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El día después o ¿qué demonios es la Navidad?
No, no voy a hablarte de la película aquella. Lo que voy es a expresar algunos pensamientos al calor de la resaca de estas fiestas, pasada la euforia navideña y ya de vuelta a la realidad de nuestra vida cotidiana.

No sé como será en otras latitudes, pero por estas tierras de Dios, en lo que termina el mes de noviembre la gente entra en una especie de paroxismo, en una orgía consumista, que se traduce en una sensación de felicidad obligada… es Navidad, joder! y hay que estar felices porque sí, porque es Navidad.

Las calles se llenan de gente comprando regalos, ropa para estrenar, aparatos electrónicos, etcétera, etcétera. Los restaurantes, tascas, bares y discotecas se abarrotan de personas que festejan la Navidad. Es imposible andar por los centros comerciales o shoppings sin que la multitud te atropelle. Y no hablemos del tránsito automotor: más vale no salir en tu auto en estos días, pues cualquier diligencia que hagas te va a tomar no menos de dos horas de tráfico lento y pesado (y eso sólo de ida).

Como si este vía crucis no fuese suficiente, está el asunto aquel de la felicidad y los regalitos. Hay una especie de contrato social, o entendimiento, no lo sé, por el cual todo ser humano debe obligatoriamente estar alegre en estos días y felicitar y regalar a todo Dios. Independientemente del calvario que puedas llevar por dentro, todo el mundo supone que debes estar feliz, so pena de ser execrado cual paria social. Así, con la mejor de tus sonrisas, tienes que atender mil invitaciones a fiestas, almuerzos o cenas, para no herir sensibilidades.

Por supuesto, ello también acarrea las felicitaciones. No importa si durante todo el año apenas cruzaste mirada con la gente. No interesa si el tipo te cae como una patada en el hígado. No es excusa valedera que detestes a tus jefes. Nada que ver si se trata del imbécil de tu vecino. Es Navidad y hay que desearle felices fiestas a cuanto bicho de pezuña habite el planeta, con el consabido abrazo o, en el mejor de los casos, con un efusivo apretón de manos.

Y no te olvides de las tarjetitas... si, si, las tarjetas navideñas que enviamos a colegas, familiares y amigos. Hace mucho tiempo, cuando conocía poca gente, escribía un mensajito personalizado en cada una de ellas, lo cual tomaba largas horas de mi vida. Luego, al ampliarse mi círculo social (que pedante sonó eso, verdad?) decidí que era mejor encargarlas a una tipografía, todas iguales con un único mensaje. Sólo había que firmarlas y, de ser el caso, escribir una breve frase a los más allegados. La cosa es que siempre te queda alguien por fuera, porque lo olvidaste o porque te quedaste sin tarjetas, y es precisamente ese el único mortal que tiene a bien enviarte una tarjeta a ti. Sentimiento de culpa en primer grado, mínimo.

Ahora que tengo muchos conocidos pero menos amigos y familiares (porque me peleé con ellos o murieron), simplemente no envío un coño. Asunto resuelto. Menos gastos, menos preocupaciones y más tiempo libre. Ah.. y olvidarse del sentimiento de culpa, así que no me envíen tarjetas por favor!. También está el tema de los buenos deseos por vía de la mensajería de texto del teléfono celular o móvil o por internet, pero eso va a ser el tema del post de mañana.

Acepto que lo de la alegría y las felicitaciones es un tema discutible, pero lo de los regalos es algo que no tiene nombre. Aquí no hay cristiano que no espere en estas fechas su regalo o aguinaldo. Porqué si, coño, porque es Navidad y hay que compartir. Ergo, es casi una obligación andar cual Papá Noel, San Nicolás o Niño Jesús (depende de tus creencias) repartiendo regalos a diestra y siniestra a amigos, familiares y conocidos. No menciono a los Reyes Magos porque por aquí no celebramos eso, lo cual es algo que agradece mi ya mermado presupuesto.

Es inaudito, pero a cuenta de la Navidad, donde vayas te vas a encontrar con alguien que espera su aguinaldo. Las secretarias, los mensajeros, el de la fotocopia, la cajera del supermercado, el de la panadería, el vigilante del edificio, los del aseo urbano, el que te atiende en la carnicería, la peluquera, el del quiosco, el de la librería, el que te recibe el auto en el estacionamiento público, el taxista, los mesoneros en el restaurante y pare usted de contar. No hay negocio al que vayas donde no te encuentres con la alcancía en forma de cerdito, para que deposites allí el aguinaldo… y cuídate de no hacerlo, porque te lo exigen abiertamente. Hay que joderse!!!. Y de los intercambios de regalos o el fastidioso jueguito del amigo secreto en la oficina, mejor no hablar.

Al igual que con las tarjetas, el sentimiento de culpa que te embarga por no regalarle a alguien es de campeonato, porque es precisamente ese a quien no le diste el que va y te da un obsequio. Así las cosas, he decidido limitar a lo estrictamente indispensable los regalos navideños. Es más barato y menos estresante.

Toda esta ordalía navideña culmina el 24 de diciembre en la noche, con una cena descomunal y una rumba alucinante (incluyendo la apertura de regalos) que ríete tu de “La Gran Comilona” y “La Fiesta Inolvidable”. Ah… y los fuegos artificiales, no lo olvidemos. En esa noche es de estricto rigor lanzar cohetes, petardos y cuanta cosa estalle y haga ruido, con tal profusión que haría palidecer de envidia a los militares gringos que bombardearon Bagdad en la Guerra del Golfo (la primera digo, aquella de 1991 que pudimos ver en vivo y directo por CNN).

El día 25, aturdidos por las secuelas etílicas y gastronómicas de la farra anterior, la pasamos moribundos en casa con la excusa de que es tiempo de recogimiento familiar. La tragedia viene el 26, cuando pasada la resaca alcohólica, volvemos a la cotidianidad y nos preguntamos qué cuernos fue lo que pasó. A la etílica, se suma la resaca moral y la económica por la hartada de comida y los gastos de los días anteriores. Pero eso si, preparándonos para los festejos del fin de año, faltaba más!!!

Toda esta paja loca y sarcástica para decirte que por aquí la Navidad es consumo desaforado, rumba y bochinche. Y digo yo, a todas éstas ¿alguien se acuerda por qué demonios es que celebramos Navidad?. Por encima de los festejos, la regaladera y las felicitaciones ¿nos acordamos del sentido real de estas fechas?. Muy paganos y poco religiosos… ¿espíritu de la Navidad???... me suena, me suena, lo he oído en alguna parte…

En fin, que aunque lo diga tarde y cada vez le encuentre menos sentido a estas fiestas, espero que hayas tenido una Feliz Navidad en compañía de aquellos que amas.

 
Montevideo
En una clara noche de agosto de 1993, que aún recuerdo como si hubiera sido ayer, me fui a Uruguay en un viaje que me regresó a casa siete largos años después. Mientras el avión tomaba altura y viraba al sur, veía por la ventanilla como se perdía Caracas a lo lejos, detrás de la cordillera, y con él y la distancia, todo mi pasado... o al menos eso pensaba yo en aquel entonces.

Doce años después, por circunstancias distintas, he tenido que viajar a Uruguay. En esta oportunidad, el 767 de la aerolínea Varig fue más que una aeronave y se convirtió en una máquina del tiempo que me transportó al pasado. Mientras se elevaba dejando el aeropuerto tras de si, en su interior yo retrocedía hasta aquella lejana noche de agosto, cuando ingenua o desesperadamente, o tal vez las dos, creía que sólo bastaba la distancia para cerrar círculos, romper con todo e iniciar una nueva vida.

Así, durante las casi doce horas que esta vez tomó llegar a Montevideo, me encontré rememorando con nítido detalle los cuatro años que pasé allí, período del que apenas tuve conciencia que fui escasamente feliz, justo el decembrino día de 1997 en que dejaba la ciudad para irme a vivir a Bogotá. Ahora, al cabo de ocho años de ausencia, regresé con las ansías y la aprehensión del reencuentro, con la paradoja de estar al mismo tiempo alegre y triste por el breve retorno.

Nomás llegar allí, azuzado por recuerdos y nostalgias, vagué por los rincones que fueron míos, volví a los barrios donde viví, caminé por sus calles y avenidas. Al igual que entonces, fui a la escollera Sarandí a ver los cargueros entrar en el puerto. Dejé que el viento me llevara a través de la Rambla que bordea el imponente río de La Plata. Regresé a aquellas cafeterías cercanas a la playa de Pocitos, donde tantas veces leí en soledad a Benedetti al amparo de una taza de café.

Me perdí en la Ciudad Vieja, en pos de aquellas noches de copas en bares del puerto. Me busqué a la luz de sus farolas y sólo pude encontrar desparramados fragmentos de aquel que una vez fui. Montevideo fue en lo personal una etapa muy confusa, de búsqueda, de descubrirme a mi mismo. Allí me debatí entre lo que yo era y lo que quería ser, entre la lealtad a terceros y la lealtad conmigo mismo. Incluso, cuestioné los motivos que justificaban mi existencia en el mundo.

Uruguay quedó indefectiblemente unido a muchas vivencias. Algunas buenas, como los amigos y afectos que encontré y los viajes por su territorio. Otras malas, como el estúpido accidente que pudo costarme la vida y el pecado imperdonable que cometí por omisión y que aún arrastro como deuda por saldar. Algunas importantes, como los primeros pasos y palabras de mi hijo, su primer día de escuela y las noches en vela cuando enfermó. Otras triviales, como la emoción de comprar mi primer auto o las clases de música. Y algunas más que prefiero no calificar, como la ternura y abnegación de aquella que me amó aún a sabiendas de mi compromiso matrimonial o la decisión que tomé de postergar sueños y sepultar deseos bajo la fachada de la prudencia, la responsabilidad, el autocontrol, la ponderación y lo socialmente correcto.

Pero también quedó ligado a muchas enseñanzas. Por allá entendí que por mucho que te alejes, poniendo miles de kilómetros por medio, no podrás dejar atrás tus miedos, dudas y conflictos, pues ellos están dentro de ti. Aprendí a ser papá y aprendiéndolo comprendí mejor a mis padres. Con la perspectiva que dan el tiempo y la distancia, más tarde aprendí de aquellos años que debemos siempre hacer lo que nos señala el destino, que hay que arriesgarse por lo que creemos y anhelamos, que no debemos represar nuestros impulsos cuando se trata de perseguir nuestros sueños y que, por sobre todas las cosas, la única forma de ser felices es emprendiendo la aventura de vivir conforme a los dictados de nuestro espíritu.

 
Trabaja, esclavo!!
Esto ha sido una locura y la verdad es que ya estoy harto. Llevo dos fines de semana sin descansar debido al trabajo. Cuando esperaba por fin tener un tiempo libre, resulta que tampoco voy a poder disfrutar mi fin de semana pues me envían a Colombia. Tres en línea. No hay derecho, coño!

El viaje a Uruguay, contrariamente a lo previsto, terminó siendo agotador y estresante. No pude estar hasta el final de las negociaciones, porque a última hora la Directiva decidió viajar a Paraguay y tuve que salir en avanzada a finiquitar los documentos que se suscribirían con nuestros socios paraguayos.

Regresé a este pueblo el martes y hoy jueves, al mediodía, me anuncian que mañana debo ir a Santa Marta, Colombia, a una nueva reunión que se va a efectuar el sábado para comprar unas acciones de una empresa de polímeros. La puta que los parió…. otro “weekend” que se va al cuerno.

Aunque hay cinco vuelos diarios a Colombia, no hay cupo en ninguno de ellos para mañana. Claro, comienza el fin de se semana y encima se nos viene la navidad… todo el mundo viajando. Así que a los genios de Administración les pareció buena idea colocarnos en lista de espera a los dos cretinos que vamos en avanzada. Los jefes viajan el mismo sábado en avión privado, por supuesto.

Por lo pronto, mañana voy temprano al aeropuerto, invocando a las ánimas benditas y encomendándome a todos los santos para conseguir un asiento en cualquiera de los vuelos. Ah y en clase económica, porque el “perraje” no tiene derecho a “business class”, faltaba más!. Luego te contaré.

Con este trajín va descuidando uno a la familia, los amigos (que cada vez son menos) y hasta la propia vida. Y es que no sólo son los viajes, que a fin de cuentas no son tantos, sino también las largas jornadas en la oficina saliendo horas después que se ocultó el sol, llegando muerto de cansancio a casa, sin ganas de hacer otra cosa que no sea darse una ducha y dormir. Esto no es vida, sino simple supervivencia.

Por cierto, al que me venga a decir que aquí la esclavitud la abolieron a mediados del siglo XIX, lo cago a patadas.

En fin... para ambientar el asunto había pensado colocar un vallenato o una cumbia, pero mejor te dejo una vieja canción (que no tiene nada que ver con este post) del desaparecido grupo colombiano Ekhymosis. Por las dudas, te digo que el cantante de esa banda de rock se llama Juan Esteban Aristizabal, hoy mundialmente conocido como "Juanes".

"Solo" - Ekhymosis

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Yo te amo
Palabras encadenadas en un verso que no encontraron eco en su corazón. Las susurré en una apacible noche de octubre y sólo respondó la suave brisa, dispersándolas, llevándolas consigo allá donde los silencios moran.

Yo te amo
antes y después de todos los acontecimientos,
en la profunda inmensidad del vacío
y en cada lágrima de mis pensamientos.

Yo te amo
en todos los vientos que cantan,
en todas las sombras que lloran,
en la extensión infinita de los tiempos
hasta la región donde los silencios moran.

Yo te amo
en todas las transformaciones de la vida,
en todos los caminos del miedo,
en la angustia de la voluntad perdida
y en el dolor que se viste en secreto.

Yo te amo
en todo en lo que estás presente,
en la mirada de los astros que te alcanzan
y en todo en lo que aún estás ausente.

Yo te amo
desde la creación de las aguas,
desde la idea del fuego
y antes de las primeras risas y tristezas.

Yo te amo perdidamente
desde el principio de la gran nebulosa
y hasta que el universo caiga sobre mi
suavemente.

POEMA DEL AMANTE
Adalgisa Neri




 
República Oriental del Uruguay