Sex Bomb!
Navegando en la red, me encuentro por azar con este video que se intitula “Sex Bomb!”. El protagonista es el ruso Evgeni Plushenko, campeón mundial y olímpico de patinaje sobre hielo, quien hace delirar a la audiencia con un baile al ritmo de la canción “Sex Bomb” de Tom Jones. En verdad es todo un espectáculo.
Los colores de mi hijo
Este es el título de un artículo de la escritora venezolana Indira Páez, que apareció publicado en Venezuela Analítica el pasado 17 de julio. Me lo hizo llegar hoy una colega de mi trabajo y la verdad es que me gustó bastante este texto de Páez. Cuando se me ocurrió colgarlo en el blog, no sabía si sólo colocar el enlace o transcribir todo el artículo. Al final me decidí por el “corta y pega”, así que aquí te va íntegro... es un poco largo, bastante más que un post promedio, pero te juro que vale la pena su lectura:
En particular, me siento bastante identificado con sus palabras y vivencias, pues yo también vengo de una casa multicolor y al igual que Indira también me casé con alguien de piel canela que proviene de una familia igualmente multicolor. Pero cuando nació mi hijo nadie me preguntó por el color de su piel y no sé de ningún familiar que, ante la posibilidad de un color marrón oscuro, haya suspirado aliviado cuando lo vio blanquito como la abuela materna. Sólo se preocuparon por su salud. Claro, eran otros tiempos.
En momentos en que este país presenta graves fracturas sociales y raciales (por culpa de cierta revolución trasnochada), valdría la pena tener siempre presente estas sencillas palabras de Indira Páez. Y es que el nuestro, desde hace varios siglos, es un país color arco iris.
Los colores de mi hijo
Indira Páez
“Yo nací en una casa de lo más multicolor. Y no, no me refiero a las paredes. Esas eran blancas, como las de cualquier casa de Puerto Cabello en los setenta. Mi casa era multicolor por dentro. Y es que mi mamá es de piel tan clara, que sus hermanos la bautizaron “rana platanera”. Y mi papá era de un trigueño agresivo, con bigote de charro, sonrisa de Gardel y cabello ensortijado, estirado a juro con brillantina. La vejez lo ha desteñido, a mi papá. Como si la melanina se acabara con el tiempo. Como si los años fueran de lejía.
De esa mezcla emulsionada salimos nosotros, cinco hermanos de lo más variopintos. Mi hermano mayor, vaya usted a saber por qué, parece árabe. Ojos penetrantes, nariz aguileña, frente amplia y cabello rizado (cuando existía, pues ahora ostenta una calvicie de lo más atractiva). Le sigue una hermana preciosa, nariz perfilada, pecas, ojos inmensos, sonrisa como mandada a hacer. Castaña clara y de cabello cenizo. Se ayuda con Kolestone, vamos a estar claros. Pero le queda de un bien que parece que hubiera nacido así. Al tercero, extrañamente, le decían “el catire”. Nunca entendí por qué, con ese cabello de pinchos rebeldes que crece hacia arriba. Eso sí, tan rana platanera como la madre. Yo soy trigueña como mi padre, y mi nariz delata algún ancestro africano por ahí. Y mi hermana menor es pecosa y achinada, como si en algún momento los genes se hubieran vuelto locos y por generación espontánea hubieran creado una sucursal asiática en la casa.
Así, los almuerzos en mi casa parecían más una convención de las naciones unidas que otra cosa. Claro que yo jamás me di cuenta de eso. Para mí eran almuerzos, punto. Con el olor inenarrable de las caraotas negras de mi mamá y las tajadas de plátano frito que se hacían por kilos. De chiquita nunca entendí por qué en el colegio de monjas un día una niñita me preguntó si mi papá era el chofer. Tampoco supe por qué no lo habían dejado entrar a cierto local nocturno muy de moda en los ochenta. Yo jamás me fijé en los colores de mi familia. Mi papá, mi mamá y mis hermanos, siempre fueron exactamente eso: mi papá, mi mamá y mis hermanos.
Cuando yo era chiquita pensaba que los colores los tenían las cosas, no la gente. No entendía por qué a algunos les decían negros si yo los veía marrones, y a otros les decían blancos si yo los veía como anaranjado claro tirando a rosa pálido. Y menos aún entendía por qué aparentemente y para muchos adultos, era mejor ser “blanco” que “negro”. Una vez mi papá se comió un semáforo y alguien le gritó: “¡negro tenías que ser!”. Yo me quedé estupefacta al descubrir que los “blancos” jamás se comían los semáforos.
Así las cosas, comenzó en mi adolescencia una suerte de fascinación por aquello de los colores de la gente, las etnias, las razas y esos asuntos que parecían importar tanto a la humanidad. Tanto, que hasta guerras entre países generaba. Tanto, que se mataba la gente por asuntos de piel. De genes. De células. De melanina. Yo buscando vivencias reales, y con lo enamorada que soy, tuve novios marrones, rosados, amarillos y uno hasta medio verdoso. Me casé con un italiano y tuve una hija que parece una actriz de Zefirelli. Y finalmente me enamoré hasta los huesos y me casé otra vez. Con un marrón. Un marrón de esos que la gente llama “negro”.
Una tía abuela me dijo cuando me casé: “ni se te ocurra tener hijos con ese hombre, porque te van a salir negritos”. A mí no me cabía en la cabeza que a estas alturas de la historia universal, alguien pudiera hacer un comentario como ese. Pero mi tía tiene 84 años, y uno, a la gente de 84 años, le perdona todo. Hasta el racismo. Como soy bien terca salí embarazada de mi esposo marrón. El embarazo fue una montaña rusa total, así que cuando nació mi hijo, sano, con diez deditos en las manos y diez en los pies, un par de ojos, orejas, boca, nariz y gritos, yo estallaba de felicidad. Y cuando uno estalla de felicidad, no escucha nada.
Pero resulta que han pasado cinco meses, y aunque sigo felicísima, se me ha ido pasando la sordera. Y como soy tan bruta, no termino de entender cómo es que tanta gente, que no solo mi tía la de 84, me pregunta “¿y de qué color es el niño?”. Sí, sí, así mismo. “¿De qué color es?”. Les importa muchísimo ese detalle a algunos. Tal vez a demasiados. Una amiga de España. Una antigua vecina. Una ex compañera de colegio. Una gente cualquiera que no tiene 84 años. Una gente que, que yo sepa, no pertenece al partido Neo Nazi, ni milita en el Ku Klux Klan, ni es aria, ni tiene esvásticas en la ropa. Una gente que se ofende si uno les dice racista. Llegan así, llaman, escriben. Y lo primero que preguntan, antes de esas típicas preguntas de viejita (“¿Cuánto pesó?” “¿Cuánto midió?” “¿Lloró mucho?”), es “¿y de qué color es?”.
Y la verdad, lo confieso, a riesgo de quedar como una madre desnaturalizada, es que yo no me había fijado de qué color era mi hijo. Porque cuando nació mi hija la italianita nadie me preguntó eso. Entonces no pensé que era tan importante saberse el color del hijo. Yo me sabía la fecha de su primera sonrisa. Me sabía cuándo se le puso la triple, cuándo comió papilla por primera vez. Sabía que tenía tres tipos de llanto (uno de hambre, uno de sueño y uno de ñonguera). Sabía que por las noches le gustaba quedarse dormida en mi pecho. Cosas, pues, intrascendentes. Igual con mi bebé. Ya me sé sus ojos de memoria, por ejemplo. A veces están a media asta y es que tiene sueño, pero lucha porque no quiere perderse nada. Me sé sus saltos cuando quiere que lo cargue. La temperatura de su piel, el olor de su nuca.
Pero el domingo pasado me encontré a una ex compañera de trabajo que no veía desde mi preñez, y ¡zuás!, me lanzó la pregunta. “¿Ya nació tu hijo? ¿Y de qué color es?”. Me agarró desprevenida, y no supe qué responderle, pero me prometí a mí misma averiguarlo, ya que a tanta gente parece importarle el asunto. Debe ser que es algo vital, y yo de mala madre no he prestado atención a la epidermis de mis críos.
Así que ante tanta curiosidad de la gente, me he puesto a detallar los colores de mi hijo. Y resulta que mi bebé es un camaleón. Sí, de verdad. Cambia de colores. A las cinco y media de la mañana, cuando se despierta pidiendo comida, es como rojo. Un rojo furioso y candelero. Después se pone como rosadito, y se ríe anaranjado. A veces pasa el día verde manzana, y me provoca darle mordiscos por todos lados. Cuando lo baño, y chapotea con el agua, se vuelve como plateado, una cosa increíble. Cuando se le cierran los ojitos del sueño, es amarillo pollito y provoca acunarlo y meterlo bajo las dos alas acurrucadito. Finalmente se duerme y, lo juro por Dios, se pone azul. Y brilla en la oscuridad.
Ese es mi hijo, multicolor. Sé que va a ser un poco difícil llenarle la planilla del pasaporte, o contestarles a las ex compañeras de colegio cuando pregunten de qué color es mi hijo. Pero eso es lo que hay. Lo juro. Mi hijo es color arco iris.”
En particular, me siento bastante identificado con sus palabras y vivencias, pues yo también vengo de una casa multicolor y al igual que Indira también me casé con alguien de piel canela que proviene de una familia igualmente multicolor. Pero cuando nació mi hijo nadie me preguntó por el color de su piel y no sé de ningún familiar que, ante la posibilidad de un color marrón oscuro, haya suspirado aliviado cuando lo vio blanquito como la abuela materna. Sólo se preocuparon por su salud. Claro, eran otros tiempos.
En momentos en que este país presenta graves fracturas sociales y raciales (por culpa de cierta revolución trasnochada), valdría la pena tener siempre presente estas sencillas palabras de Indira Páez. Y es que el nuestro, desde hace varios siglos, es un país color arco iris.
12 de octubre
Para hoy, doce de octubre, tenía pensado recurrir a un lugar común en esta fecha: escribir sobre el “Día de la Raza” o “Día de la resistencia indígena” como eufemísticamente lo llamamos por aquí. Así, iba a explayarme en lo irónico que resulta conmemorar este día, con semejante nombre, mientras nuestro indígenas aún siguen abandonados a su suerte como hace quinientos y pico de años. Iba a despotricar sobre la demagogia de un Gobierno que pretende reivindicar a un pueblo, mientras en la realidad las comunidades indígenas venezolanas se resisten a perecer ante el hambre, la miseria, las enfermedades, el atropello de sus derechos, la transculturación y la depredación de su hábitat.
No iba a dejar de lado el comentarte como en este país, hace dos años, en un acto “heroico” la barbarie derribó un monumento a Colón (que data de 1904), luego de un supuesto juicio popular al Almirante por genocida, y hasta la presente fecha aún no sabemos del paradero de la estatua. Ni que decir, del hecho de que la desidia oficial permitió el deterioro de la réplica, construida en España en 1967, de una de las carabelas con las que se apareció Colón por este continente (la Santa María) y hoy ya no existe más, salvo en fotos y en la memoria de aquellos que alguna vez la visitamos.
Pero después se me ocurrió que escribir sobre eso me obligaría a efectuar disquisiciones sobre la reinterpretación de la historia que hacen aquellos que hoy nos dirigen; las escasas luces de algunos partidarios de la revolución; la manipulación interesada de hechos históricos y un sinfín de temas conexos que me temo que son un poco álgidos y polémicos, por la enorme carga que tienen de matices ideológicos y políticos. Como la polémica política no es la pretensión de este blog, decidí que mejor no escribía nada. Así que este post no existe, no lo leíste.
No iba a dejar de lado el comentarte como en este país, hace dos años, en un acto “heroico” la barbarie derribó un monumento a Colón (que data de 1904), luego de un supuesto juicio popular al Almirante por genocida, y hasta la presente fecha aún no sabemos del paradero de la estatua. Ni que decir, del hecho de que la desidia oficial permitió el deterioro de la réplica, construida en España en 1967, de una de las carabelas con las que se apareció Colón por este continente (la Santa María) y hoy ya no existe más, salvo en fotos y en la memoria de aquellos que alguna vez la visitamos.
Pero después se me ocurrió que escribir sobre eso me obligaría a efectuar disquisiciones sobre la reinterpretación de la historia que hacen aquellos que hoy nos dirigen; las escasas luces de algunos partidarios de la revolución; la manipulación interesada de hechos históricos y un sinfín de temas conexos que me temo que son un poco álgidos y polémicos, por la enorme carga que tienen de matices ideológicos y políticos. Como la polémica política no es la pretensión de este blog, decidí que mejor no escribía nada. Así que este post no existe, no lo leíste.
Se deja de querer
Una conversación durante el almuerzo de hoy me hizo recordar que hace exactamente dos años atrás estaba yo enamorado de alguien que no me correspondía... ehh, y si... es una frase cursi y un cliché, pero a esta hora de la madrugada no se me ocurrió una mejor, lo siento.
A lo que iba... esta chica me hizo alucinar, le escribí las palabras más bellas que pude imaginar; quise vivir las más locas aventuras junto a ella; estuve dispuesto a abandonarlo todo, no me importaba empezar de nuevo; la vida giraba en torno a ese ser especial que con su sola presencia iluminaba mis oscuros días. Pero no estaba escrito que camináramos juntos este sendero que hemos dado en llamar vida. ¿Razones?... ya sabes, la clásica excusa aquella de “yo te quiero como amigo, pero... etc, etc, etc”... ah! y un detalle menor: es casada. Vamos, que resultó un amor imposible, como dicen por ahí.
Como todo aquel que sufre un desencuentro en el amor, pasé por todas las etapas del despecho, que en mi caso era un guayabo platónico por aquello de lamentarme por lo que pudo ser y no fue. Del masoquismo inicial (largas noches de despecho con ron, rockola y boleros y amargos días de soledad) pasé a la etapa de la rabia y finalmente aterricé donde lo hacemos todos los despechados: la aceptación. Así, asumiendo mi barranco, comencé a repetir como un loro aquellos versos del gran poeta venezolano Andrés Eloy Blanco:
El caso es que a pesar de esta renuncia, en aquel entonces juraba que mis días iban a terminar como los de Florentino Ariza, uno de los personajes que recrea Gabriel García Márquez en su novela “El amor en los tiempos del cólera”, que es toda es una apología a la idea del amor eterno. Como recordarás, Florentino pasó cincuenta años esperando por el amor de Fermina Daza, cosa que logra obtener ya al final de su vida.
Me imaginaba yo sufriendo en silencio por ese querer no correspondido, rechazando el amor de otras mujeres... un momento! no te confundas, que quede claro: dije rechazar “el amor de” no “el sexo con” que es muy distinto; a fin de cuentas era un despecho, no una abstinencia del goce carnal, que además es muy rico. En fin, te decía que al igual que Florentino Ariza decidí esperar estoicamente que algún día ella estuviera libre de ataduras, por divorcio o fallecimiento del marido, lo primero que ocurriera, la verdad no me importaba.
Pero una cosa piensa el burro (yo) y otra quien lo arrea (la vida). Decía Oscar Wilde que lo único que dura más que un amor eterno es una obsesión y yo, que no soy obsesivo, hace algún tiempo que descubrí que algo había cambiado; el sentimiento ya no era el mismo. Fue entonces que recordé a José Angel Buesa:
Hoy, a dos años de aquella historia, sólo queda el sereno recuerdo de lo vivido, de lo sufrido y de lo amado. Sin embargo, con la convicción de que el amor no es una cosa etérea ajena a nosotros y que por ello el carácter de permanencia se lo damos nosotros mismos, al recapitular aquellos días me pregunto si realmente fue que dejé de querer o fue que sólo asumí los hechos. De cualquier manera eso ya no es relevante, lo que está claro es que no soy Florentino Ariza. Mucho me temo que maté al amor eterno... y espero sobrevivir a ello.
"Presente" - Tango Feroz
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A lo que iba... esta chica me hizo alucinar, le escribí las palabras más bellas que pude imaginar; quise vivir las más locas aventuras junto a ella; estuve dispuesto a abandonarlo todo, no me importaba empezar de nuevo; la vida giraba en torno a ese ser especial que con su sola presencia iluminaba mis oscuros días. Pero no estaba escrito que camináramos juntos este sendero que hemos dado en llamar vida. ¿Razones?... ya sabes, la clásica excusa aquella de “yo te quiero como amigo, pero... etc, etc, etc”... ah! y un detalle menor: es casada. Vamos, que resultó un amor imposible, como dicen por ahí.
Como todo aquel que sufre un desencuentro en el amor, pasé por todas las etapas del despecho, que en mi caso era un guayabo platónico por aquello de lamentarme por lo que pudo ser y no fue. Del masoquismo inicial (largas noches de despecho con ron, rockola y boleros y amargos días de soledad) pasé a la etapa de la rabia y finalmente aterricé donde lo hacemos todos los despechados: la aceptación. Así, asumiendo mi barranco, comencé a repetir como un loro aquellos versos del gran poeta venezolano Andrés Eloy Blanco:
He renunciado a ti. No era posible
Fueron vapores de la fantasía;
son ficciones que a veces dan a lo inaccesible
una proximidad de lejanía.
He renunciado a ti, y a cada instante
renunciamos un poco de lo que antes quisimos
y al final, !cuantas veces el anhelo menguante
pide un pedazo de lo que antes fuimos!LA RENUNCIA (fragmentos)
Andrés Eloy Blanco
El caso es que a pesar de esta renuncia, en aquel entonces juraba que mis días iban a terminar como los de Florentino Ariza, uno de los personajes que recrea Gabriel García Márquez en su novela “El amor en los tiempos del cólera”, que es toda es una apología a la idea del amor eterno. Como recordarás, Florentino pasó cincuenta años esperando por el amor de Fermina Daza, cosa que logra obtener ya al final de su vida.
Me imaginaba yo sufriendo en silencio por ese querer no correspondido, rechazando el amor de otras mujeres... un momento! no te confundas, que quede claro: dije rechazar “el amor de” no “el sexo con” que es muy distinto; a fin de cuentas era un despecho, no una abstinencia del goce carnal, que además es muy rico. En fin, te decía que al igual que Florentino Ariza decidí esperar estoicamente que algún día ella estuviera libre de ataduras, por divorcio o fallecimiento del marido, lo primero que ocurriera, la verdad no me importaba.
Pero una cosa piensa el burro (yo) y otra quien lo arrea (la vida). Decía Oscar Wilde que lo único que dura más que un amor eterno es una obsesión y yo, que no soy obsesivo, hace algún tiempo que descubrí que algo había cambiado; el sentimiento ya no era el mismo. Fue entonces que recordé a José Angel Buesa:
Se deja de querer, y no se sabe
por qué se deja de querer.
Es como abrir la mano y encontrarla vacía,
y no saber, de pronto, qué cosa se nos fue.
Se deja de querer, y es como un viaje
destinado a la sombra, sin seguir ni volver;
y es cortar una rosa para adornar la mesa,
y que el viento deshoje la flor en el mantel.
Se deja de querer, y es como un niño
que ve cómo naufragan sus barcos de papel;
o escribir en la arena la fecha de mañana
y que el mar se la lleve con el nombre de ayer.
Se deja de querer y no se sabe
por qué se deja de querer...SE DEJA DE QUERER (fragmentos)
José Angel Buesa
Hoy, a dos años de aquella historia, sólo queda el sereno recuerdo de lo vivido, de lo sufrido y de lo amado. Sin embargo, con la convicción de que el amor no es una cosa etérea ajena a nosotros y que por ello el carácter de permanencia se lo damos nosotros mismos, al recapitular aquellos días me pregunto si realmente fue que dejé de querer o fue que sólo asumí los hechos. De cualquier manera eso ya no es relevante, lo que está claro es que no soy Florentino Ariza. Mucho me temo que maté al amor eterno... y espero sobrevivir a ello.
"Presente" - Tango Feroz
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