2600 metros más cerca de las estrellas
Dice la conseja popular que no se debe regresar a los lugares donde alguna vez uno fue feliz. La verdad es que yo, que siempre moría por retornar a donde fui feliz, nunca entendí esa frase. Recuerdo que hace una pila de años un poeta cubano, Delfín Prats, intentaba explicar eso al recomendar no volver a tales sitios y paisajes pues eran invenciones de la nostalgia. Claro, él vinculaba esos lugares con la mujer amada, así que yo aún menos entendía cosa alguna.
Pero he aquí que como sólo aprendemos por las experiencias sufridas, me correspondió entender el asunto por vivencia en carne propia. Hace cinco años salí de Bogotá dejando atrás 36 felices meses de mi vida. Fueron tres años de profundas experiencias en lo profesional y en lo personal, al cabo de los cuales llegué a sentir Bogotá, en particular, y Colombia, en general, tan mías y amadas como lo puede sentir cualquiera de los habitantes allí nacidos.
En ella sufrí con sus desgracias y pesares, reí con sus alegrías, me entusiasmé con sus logros, conocí cada rincón suyo, pateé todas y cada una de sus calles, viví locas aventuras y amé a una mujer maravillosa que me dejó honda huella. Sin abandonar mi idiosincrasia, nunca me sentí extranjero.
Desde aquel triste diciembre del 2000 en que partí, he regresado a Bogotá una y otra vez como el hijo pródigo. Retorno buscando sus ladrillos rojos, las callejuelas de La Candelaria, los rincones de Usaquén, el melancólico gotear de su llovizna, los brumosos colores de los cerros al oriente, el verde de su sabana, la fría brisa de sus noches y los luceros que se asoman en las claras madrugadas bogotanas.
Vuelvo a ella cargado de nostalgia, añorando lo que fue, extrañando a los amigos y el recuerdo del amor que perdí. Busco con ansia aquel bar y aquel café donde las horas de conversación parecían breves minutos. Pero en verdad regreso a una Bogotá que cada vez es menos mía y cada vez me es más ajena. Y es que ella no es la misma ciudad que dejé y yo no soy el mismo que partió.
Cuando buscaba en Internet la referencia al poeta Prats, para este post, me conseguí con un hermoso poema del español Félix Grande, que explica infinitamente mejor aquello que sentimos los que neciamente volvemos a los lugares donde fuimos felices:
Y así, como el perro fiel, habré de regresar a mi entrañable Bogotá, sin importar que mientras más lejanos se hagan mis recuerdos, más duela el presente que yo a ratos viva en ella.
La verdad de hoy:
“Bogotá: 2600 metros más cerca de las estrellas” (Lema oficial de las actividades públicas de la Alcaldía de Bogotá en el año 2000).
Pero he aquí que como sólo aprendemos por las experiencias sufridas, me correspondió entender el asunto por vivencia en carne propia. Hace cinco años salí de Bogotá dejando atrás 36 felices meses de mi vida. Fueron tres años de profundas experiencias en lo profesional y en lo personal, al cabo de los cuales llegué a sentir Bogotá, en particular, y Colombia, en general, tan mías y amadas como lo puede sentir cualquiera de los habitantes allí nacidos.
En ella sufrí con sus desgracias y pesares, reí con sus alegrías, me entusiasmé con sus logros, conocí cada rincón suyo, pateé todas y cada una de sus calles, viví locas aventuras y amé a una mujer maravillosa que me dejó honda huella. Sin abandonar mi idiosincrasia, nunca me sentí extranjero.
Desde aquel triste diciembre del 2000 en que partí, he regresado a Bogotá una y otra vez como el hijo pródigo. Retorno buscando sus ladrillos rojos, las callejuelas de La Candelaria, los rincones de Usaquén, el melancólico gotear de su llovizna, los brumosos colores de los cerros al oriente, el verde de su sabana, la fría brisa de sus noches y los luceros que se asoman en las claras madrugadas bogotanas.
Vuelvo a ella cargado de nostalgia, añorando lo que fue, extrañando a los amigos y el recuerdo del amor que perdí. Busco con ansia aquel bar y aquel café donde las horas de conversación parecían breves minutos. Pero en verdad regreso a una Bogotá que cada vez es menos mía y cada vez me es más ajena. Y es que ella no es la misma ciudad que dejé y yo no soy el mismo que partió.
Cuando buscaba en Internet la referencia al poeta Prats, para este post, me conseguí con un hermoso poema del español Félix Grande, que explica infinitamente mejor aquello que sentimos los que neciamente volvemos a los lugares donde fuimos felices:
Donde fuiste feliz alguna vez
no debieras volver jamás: el tiempo
habrá hecho sus destrozos, levantando
su muro fronterizo
contra el que la ilusión chocará estupefacta.
El tiempo habrá labrado,
paciente, tu fracaso
mientras faltabas, mientras ibas
ingenuamente por el mundo
conservando como recuerdo
lo que era destrucción subterránea, ruina.
Si la felicidad te la dio una mujer
ahora habrá envejecido u olvidado
y sólo sentirás asombro
-el anticipo de las maldiciones.
Si una taberna fue, habrá cambiado
de dueño o de clientes
y tu rincón se habrá ocupado
con intrusos fantasmagóricos
que con su ajeneidad, te empujan a la calle, al vacío.
Si fue un barrio, hallarás
entre los cambios del urbano progreso
tu cadáver diseminado.
No debieras volver jamás a nada, a nadie,
pues toda historia interrumpida
tan sólo sobrevive
para vengarse en la ilusión, clavarle
su cuchillo desesperado,
morir asesinando.
Mas sabes que la dicha es como un criminal
que seduce a su victima
que la reclama con atroz dulzura
mientras esconde la mano homicida.
Sabes que volverás, que te hallas condenado
a regresar, humilde, donde fuiste feliz.
Sabes que volverás
porque la dicha consistió en marcarte
con la nostalgia, convertirte
la vida en cicatriz;
y si has de ser leal, girarás errabundo
alrededor del desastre entrañable
como girase un perro ante la tumba
de su dueño... su dueño... su dueño...DONDE FUISTE FELIZ...
Félix Grande
Y así, como el perro fiel, habré de regresar a mi entrañable Bogotá, sin importar que mientras más lejanos se hagan mis recuerdos, más duela el presente que yo a ratos viva en ella.
La verdad de hoy:
“Bogotá: 2600 metros más cerca de las estrellas” (Lema oficial de las actividades públicas de la Alcaldía de Bogotá en el año 2000).
Comentario:
Por primera vez llego a tu blog, al que el azar me trajo. Y gracias a ti he descubierto este hermoso poema de Félix Grande. Vendré a recorret con calma tu espacio.
saludos,
angel
saludos,
angel
Comentario:
La verdad es que recuerdos visten a los lugares con momentos vividos. Y esos... no vuelven. Pero piensa que también es u placer descubrir cada vez una ciudad nueva.
Bsnss
Bsnss
Comentario:
Qué nostálgica me resulta tu nota de hoy....casi percibí el olor de los parques, de las almojábanas recien hechas, de chocolatico caliente. Yo no he vuelto a Bogotá desde que la dejé en el '99. Traje a cuestas lindos recuerdos, aprendizajes....allá dejé, en cambio, la manera ruda de manejar y el "que pena con usted". Pero eso sí, no se me quitan las ganas de volver y cuando lo haga, no será igual ni con la misma gente...pero será lindo otra vez.























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