Montevideo
En una clara noche de agosto de 1993, que aún recuerdo como si hubiera sido ayer, me fui a Uruguay en un viaje que me regresó a casa siete largos años después. Mientras el avión tomaba altura y viraba al sur, veía por la ventanilla como se perdía Caracas a lo lejos, detrás de la cordillera, y con él y la distancia, todo mi pasado... o al menos eso pensaba yo en aquel entonces.
Doce años después, por circunstancias distintas, he tenido que viajar a Uruguay. En esta oportunidad, el 767 de la aerolínea Varig fue más que una aeronave y se convirtió en una máquina del tiempo que me transportó al pasado. Mientras se elevaba dejando el aeropuerto tras de si, en su interior yo retrocedía hasta aquella lejana noche de agosto, cuando ingenua o desesperadamente, o tal vez las dos, creía que sólo bastaba la distancia para cerrar círculos, romper con todo e iniciar una nueva vida.
Así, durante las casi doce horas que esta vez tomó llegar a Montevideo, me encontré rememorando con nítido detalle los cuatro años que pasé allí, período del que apenas tuve conciencia que fui escasamente feliz, justo el decembrino día de 1997 en que dejaba la ciudad para irme a vivir a Bogotá. Ahora, al cabo de ocho años de ausencia, regresé con las ansías y la aprehensión del reencuentro, con la paradoja de estar al mismo tiempo alegre y triste por el breve retorno.
Nomás llegar allí, azuzado por recuerdos y nostalgias, vagué por los rincones que fueron míos, volví a los barrios donde viví, caminé por sus calles y avenidas. Al igual que entonces, fui a la escollera Sarandí a ver los cargueros entrar en el puerto. Dejé que el viento me llevara a través de la Rambla que bordea el imponente río de La Plata. Regresé a aquellas cafeterías cercanas a la playa de Pocitos, donde tantas veces leí en soledad a Benedetti al amparo de una taza de café.
Me perdí en la Ciudad Vieja, en pos de aquellas noches de copas en bares del puerto. Me busqué a la luz de sus farolas y sólo pude encontrar desparramados fragmentos de aquel que una vez fui. Montevideo fue en lo personal una etapa muy confusa, de búsqueda, de descubrirme a mi mismo. Allí me debatí entre lo que yo era y lo que quería ser, entre la lealtad a terceros y la lealtad conmigo mismo. Incluso, cuestioné los motivos que justificaban mi existencia en el mundo.
Uruguay quedó indefectiblemente unido a muchas vivencias. Algunas buenas, como los amigos y afectos que encontré y los viajes por su territorio. Otras malas, como el estúpido accidente que pudo costarme la vida y el pecado imperdonable que cometí por omisión y que aún arrastro como deuda por saldar. Algunas importantes, como los primeros pasos y palabras de mi hijo, su primer día de escuela y las noches en vela cuando enfermó. Otras triviales, como la emoción de comprar mi primer auto o las clases de música. Y algunas más que prefiero no calificar, como la ternura y abnegación de aquella que me amó aún a sabiendas de mi compromiso matrimonial o la decisión que tomé de postergar sueños y sepultar deseos bajo la fachada de la prudencia, la responsabilidad, el autocontrol, la ponderación y lo socialmente correcto.
Pero también quedó ligado a muchas enseñanzas. Por allá entendí que por mucho que te alejes, poniendo miles de kilómetros por medio, no podrás dejar atrás tus miedos, dudas y conflictos, pues ellos están dentro de ti. Aprendí a ser papá y aprendiéndolo comprendí mejor a mis padres. Con la perspectiva que dan el tiempo y la distancia, más tarde aprendí de aquellos años que debemos siempre hacer lo que nos señala el destino, que hay que arriesgarse por lo que creemos y anhelamos, que no debemos represar nuestros impulsos cuando se trata de perseguir nuestros sueños y que, por sobre todas las cosas, la única forma de ser felices es emprendiendo la aventura de vivir conforme a los dictados de nuestro espíritu.
Doce años después, por circunstancias distintas, he tenido que viajar a Uruguay. En esta oportunidad, el 767 de la aerolínea Varig fue más que una aeronave y se convirtió en una máquina del tiempo que me transportó al pasado. Mientras se elevaba dejando el aeropuerto tras de si, en su interior yo retrocedía hasta aquella lejana noche de agosto, cuando ingenua o desesperadamente, o tal vez las dos, creía que sólo bastaba la distancia para cerrar círculos, romper con todo e iniciar una nueva vida.
Así, durante las casi doce horas que esta vez tomó llegar a Montevideo, me encontré rememorando con nítido detalle los cuatro años que pasé allí, período del que apenas tuve conciencia que fui escasamente feliz, justo el decembrino día de 1997 en que dejaba la ciudad para irme a vivir a Bogotá. Ahora, al cabo de ocho años de ausencia, regresé con las ansías y la aprehensión del reencuentro, con la paradoja de estar al mismo tiempo alegre y triste por el breve retorno.
Nomás llegar allí, azuzado por recuerdos y nostalgias, vagué por los rincones que fueron míos, volví a los barrios donde viví, caminé por sus calles y avenidas. Al igual que entonces, fui a la escollera Sarandí a ver los cargueros entrar en el puerto. Dejé que el viento me llevara a través de la Rambla que bordea el imponente río de La Plata. Regresé a aquellas cafeterías cercanas a la playa de Pocitos, donde tantas veces leí en soledad a Benedetti al amparo de una taza de café.
Me perdí en la Ciudad Vieja, en pos de aquellas noches de copas en bares del puerto. Me busqué a la luz de sus farolas y sólo pude encontrar desparramados fragmentos de aquel que una vez fui. Montevideo fue en lo personal una etapa muy confusa, de búsqueda, de descubrirme a mi mismo. Allí me debatí entre lo que yo era y lo que quería ser, entre la lealtad a terceros y la lealtad conmigo mismo. Incluso, cuestioné los motivos que justificaban mi existencia en el mundo.
Uruguay quedó indefectiblemente unido a muchas vivencias. Algunas buenas, como los amigos y afectos que encontré y los viajes por su territorio. Otras malas, como el estúpido accidente que pudo costarme la vida y el pecado imperdonable que cometí por omisión y que aún arrastro como deuda por saldar. Algunas importantes, como los primeros pasos y palabras de mi hijo, su primer día de escuela y las noches en vela cuando enfermó. Otras triviales, como la emoción de comprar mi primer auto o las clases de música. Y algunas más que prefiero no calificar, como la ternura y abnegación de aquella que me amó aún a sabiendas de mi compromiso matrimonial o la decisión que tomé de postergar sueños y sepultar deseos bajo la fachada de la prudencia, la responsabilidad, el autocontrol, la ponderación y lo socialmente correcto.
Pero también quedó ligado a muchas enseñanzas. Por allá entendí que por mucho que te alejes, poniendo miles de kilómetros por medio, no podrás dejar atrás tus miedos, dudas y conflictos, pues ellos están dentro de ti. Aprendí a ser papá y aprendiéndolo comprendí mejor a mis padres. Con la perspectiva que dan el tiempo y la distancia, más tarde aprendí de aquellos años que debemos siempre hacer lo que nos señala el destino, que hay que arriesgarse por lo que creemos y anhelamos, que no debemos represar nuestros impulsos cuando se trata de perseguir nuestros sueños y que, por sobre todas las cosas, la única forma de ser felices es emprendiendo la aventura de vivir conforme a los dictados de nuestro espíritu.
Comentario:
FELIZ NAVIDAD, un brindis aun que estemos lejos. De todo corazon, espero que sean entrañables para ti.
Bsnsss
Bsnsss
Comentario:
Un amigo me dijo una vez que hay momentos en que debemos dejar de ser nosotros mismos para adaptarnos a las situaciones. Lo malo es que cuando seguimos avanzando en nuestras vidas los compromisos se vuelven mas fuertes o nuestra conciencia de "lo que debe ser" mas implacable.Solo nos resta tener valor para ser verdaderamente libres y tratar de hacer de cada instante lo mejor. Me encantó tu relato y te entiendo bastante, porque tu al igual que yo, hemos tenido nuestras ciudades de recuerdos.

















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