Para entonces
Desde que tengo uso de razón (eso un decir, porque la verdad sea dicha nunca la he usado), he sentido particular atracción por los ocasos y la noche que los siguen. De hecho, soy un ser de hábitos nocturnos y, como tal, mis facultades mentales comienzan a trabajar al cien por ciento nomás empieza el atardecer.
De todos, ese es el mejor momento del día. Al espectáculo de colores que nos brinda la puesta del astro rey, se suma la fresca brisa que calma el calor tropical; decae el ritmo apresurado de una ciudad que comienza a sumergirse en el descanso reparador; lentamente se disipa el ruido del diario trajinar y comienzan a encenderse las luces de calles y anuncios.
Así, con la nocturnidad llega la calma y la hora de la magia y la complicidad. Las horas de la noche son sorprendentes: en ellas tu alma se estira hasta alcanzar y perderse en las estrellas, no hay ruidos que aturdan a tus oídos, las sombras de la noche borran las imágenes que de día abarrotan tu visión. Por eso es que prefiero la noche al día. La luz del día es para el cerebro y los sentidos, pero la oscuridad es para el corazón y el espíritu.
En alguna parte leí hace muchos años que en la oscuridad uno mismo tiene que describirse, en tanto que en el día son los demás lo que te describen. Y razón no le faltaba, en la luz estamos expuestos, somos visibles, todos nos ven. En la noche apenas somos sombras, fugaces, pasajeras. La noche nos trae intimidad y misterio, disipa sonidos y en su silencio quedamos a solas con nosotros mismos.
Producto de esa fascinación por la nocturnidad, fue que en mi temprana adolescencia nació la idea de morir plácidamente justo en ese instante cuando aún si ser de noche deja ya deja de ser de día. Imbuido en el romanticismo afiebrado que nos ataca en esa etapa de nuestra vida, estaba convencido de que al exhalar el último aliento en esa particular hora del día, mi espíritu vagaría libre en pos de las estrellas y de ignotos mundos.
Hoy, a pesar del pragmatismo que nos dan los años vividos y de haber perdido esa visión rosa propia de la adolescencia, aún sostengo la esperanza de que llegado el momento de abandonar esta terrenal existencia, sea en paz conmigo mismo y en esos instantes de soledad y melancolía cuando en el poniente mueren los últimos rayos de luz y en el oriente se asoman los primeros luceros.
Para que veas que esta locura no es sólo mía, a continuación te transcribo unos versos que encontré hace poco tiempo, que fueron escritos en el siglo XIX por el poeta mexicano Manuel Gutiérrez Nájera, en los que también se expresa el deseo de morir al final del día. Y es que como te he comentado en algún post anterior, “mutato nomine” todo ya ha sido dicho, situación a la que no podía escapar esta romántica idea.
De todos, ese es el mejor momento del día. Al espectáculo de colores que nos brinda la puesta del astro rey, se suma la fresca brisa que calma el calor tropical; decae el ritmo apresurado de una ciudad que comienza a sumergirse en el descanso reparador; lentamente se disipa el ruido del diario trajinar y comienzan a encenderse las luces de calles y anuncios.
Así, con la nocturnidad llega la calma y la hora de la magia y la complicidad. Las horas de la noche son sorprendentes: en ellas tu alma se estira hasta alcanzar y perderse en las estrellas, no hay ruidos que aturdan a tus oídos, las sombras de la noche borran las imágenes que de día abarrotan tu visión. Por eso es que prefiero la noche al día. La luz del día es para el cerebro y los sentidos, pero la oscuridad es para el corazón y el espíritu.
En alguna parte leí hace muchos años que en la oscuridad uno mismo tiene que describirse, en tanto que en el día son los demás lo que te describen. Y razón no le faltaba, en la luz estamos expuestos, somos visibles, todos nos ven. En la noche apenas somos sombras, fugaces, pasajeras. La noche nos trae intimidad y misterio, disipa sonidos y en su silencio quedamos a solas con nosotros mismos.
Producto de esa fascinación por la nocturnidad, fue que en mi temprana adolescencia nació la idea de morir plácidamente justo en ese instante cuando aún si ser de noche deja ya deja de ser de día. Imbuido en el romanticismo afiebrado que nos ataca en esa etapa de nuestra vida, estaba convencido de que al exhalar el último aliento en esa particular hora del día, mi espíritu vagaría libre en pos de las estrellas y de ignotos mundos.
Hoy, a pesar del pragmatismo que nos dan los años vividos y de haber perdido esa visión rosa propia de la adolescencia, aún sostengo la esperanza de que llegado el momento de abandonar esta terrenal existencia, sea en paz conmigo mismo y en esos instantes de soledad y melancolía cuando en el poniente mueren los últimos rayos de luz y en el oriente se asoman los primeros luceros.
Para que veas que esta locura no es sólo mía, a continuación te transcribo unos versos que encontré hace poco tiempo, que fueron escritos en el siglo XIX por el poeta mexicano Manuel Gutiérrez Nájera, en los que también se expresa el deseo de morir al final del día. Y es que como te he comentado en algún post anterior, “mutato nomine” todo ya ha sido dicho, situación a la que no podía escapar esta romántica idea.
Quiero morir cuando decline el día,
en alta mar y con cara al cielo;
donde parezca un sueño la agonía,
y el alma, un ave que remonta vuelo.
No escuchar en los últimos instantes,
ya, con el cielo y el mar a solas,
más voces ni plegarias sollozantes
que el majestuoso tumbo de las olas.
Morir cuando la luz, triste retira
sus áureas redes de la onda verde,
y ser como ese sol que lento expira:
algo muy luminoso que se pierde.
Morir, y joven: antes que destruya
el tiempo aleve la gentil corona;
cuando la vida dice aún: soy tuya,
¡aunque sepamos bien que nos traiciona!.PARA ENTONCES
Manuel Gutiérrez Nájera
Comentario:
Entonces te dejo de regalo éste colorido ocaso que atrapé en Punto Fijo y que se bañaba con la perenne brisa de Paraguaná.
http://photos1.blogger.com/blogger/2339/778/1600/DSC013551.JPG
Abur.-
http://photos1.blogger.com/blogger/2339/778/1600/DSC013551.JPG
Abur.-
Comentario:
Yo tengo la misma pasión por la noche, pero me acuerdo de la madre que la parió cada día al levantarme a las 6:45am y decirme "mañana acuéstate más pronto, melón".
Terrible dilema el mio.
Terrible dilema el mio.

















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