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MUTATO NOMINE

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Mutato, el claustrofóbico
Entre las 02:00 y las 03:00 a.m. de las madrugadas caraqueñas, a las cuales soy confeso adicto, invariablemente dos aviones surcan el cielo en sentido sureste-noroeste. En el silencio de la noche, el viento trae el apenas perceptible sonido de sus turbinas. Sus luces de posición, titilantes, compiten en intensidad con las estrellas. Los veo pasar sobre mi balcón y los sigo con la vista hasta que desaparecen a lo lejos, tras el cerro El Avila. Algunas veces, alrededor de las cuatro, pasa otro en dirección oeste-este sobre la cordillera. A éste lo veo hasta que sus luces se difuminan en la distancia.

Esas luces no son simplemente aviones, sino unos cuantos cientos de seres que aunque comparten un viaje hacia un punto geográfico común, sus almas tienen distintas motivaciones y destinos. Así, está el que regresa a casa, el que va de vacaciones, el que busca una nueva vida, el que va por negocios, el que lo deja todo atrás, el que busca un amor, el que pretende olvidar. Todos y cada uno de esos pasajeros tienen su propia historia. Confieso que el fugaz paso de esas aeronaves me provoca envidia; en esos instantes yo desesperadamente quisiera estar en una de ellas.

Siempre me ha gustado viajar. Lo he hecho desde niño, por las más diversas razones: exilio, estudios, diversión, trabajo. El oficio que hoy ejerzo lo escogí por egoístas y hedonistas razones. Hay aquellos que trabajan por motivos altruistas, salvan vidas, curan enfermos, luchan contra el hambre y la miseria, defienden fronteras, se ocupan de la seguridad de sus semejantes; protegen al medio ambiente. Yo no, yo elegí mi trabajo porque era una forma segura de viajar y de vivir en otros lugares. Así fue y en verdad lo disfruté, aunque el precio que he pagado ha sido alto. He sido extranjero en otras tierras y al regresar a casa he sido extranjero en mi propio país. He dejado amigos entrañables, seres queridos. He tenido que empezar una y otra vez. Cargo a cuestas un baúl de recuerdos que, como alguna vez te dijera, es lo que duele. Ya llego a pensar que tengo más pasado que futuro.

Ahora, al cabo de todos estos años de trabajo, me encuentro sumido en una de mis peores contradicciones. Estoy cansado de esto, pero no puedo dejarlo. No quisiera pasar por el trago amargo de partir de nuevo, pero a la vez extraño horrores la sensación de vivir otras experiencias, de conocer nuevas gentes y culturas. Contra mi voluntad y mis deseos de estabilidad, me está atacando de nuevo mi particular claustrofobia: la angustia por permanecer encerrado en la rutina de lo conocido, de lo seguro, de la monotonía del día a día, del conformismo. Al igual que hace unos cuantos años, comienzo a sentirme encerrado en las fronteras de esta tierra de gracia, como llamó Colón a Venezuela cuando se dio una vuelta por estos predios en el siglo XV.

Lo cierto es que al final, como con otras tantas cosas, esta sensación de encierro también se me va a pasar, pero me está preocupando el hecho de que, en esta noche de ocio en la que escribo, me asomé por el balcón y al ver la inmensidad del cielo estrellado comencé a sentirme pequeño y atrapado en el globo terráqueo... ¿será claustrofobia planetaria?... ahí si es verdad que estoy jodido...

"Come fly with me" - Frank Sinatra

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