Cartelera de estrenos
Este finde he estado principalmente... cambiando ligeramente de imagen.


Con que esas tenemos...
Pues nada, que esta noche he salido con muy buenos ánimos y me he encontrado con dos amigos que conozco desde el parvulario, otro colega de adolescencia y mi primer novio, qeu son todos amigos. Hemos estado tomando algo y hemos decidido que después de todos estos años, esta era la primera vez que nos encontrábamos de fiesta. Y al despedirnos me ha dicho uno de ellos que todo el mundo que él conoce en Salou lee mi blog. Quiero pensar qeu es una exageración fruto de la hora, la circunstancia y tal, y tal, pero quiero aprovechar que son las seis y pico de la mañana y acabo de llegar a casa para decir: Cabrones, ya vale de tanto rollo voyeurístico. Joder, si me conocéis de siempre y leéis mi blog, decídmelo, así me ahorro el disimular según qué cosas y ahorramos tiempo cuando nos juntemos de tanto en cuanto. Manifestaos, jolines.
Bueno, me voy a dormir. Me caigo de sueño. Zzzzzzz...
Nanit!
Bueno, me voy a dormir. Me caigo de sueño. Zzzzzzz...
Nanit!
Camarera, camarerita...
A veces me siento un poco como Antonio Machín, tengo debilidad por las camareras de la cafetería que hay detrás de casa.
Hace años que voy esporádicamente. Por norma solía ir sólo a sitios en los que sirvieran tónica schweppes y allí tienen la otra, la que es demasiado dulce y casi no tiene gas. Pero desde que bebo café (que no hace ni dos años) voy casi cada día. A veces incluso dos veces. Indudablemente soy asídua porque sirven el mejor café que yo he probado en la zona, pero las camareras tienen también mucho que ver. Desde el verano pasado han habido varias que me han hecho ser fiel al sitio.
Creo que la primera fue Rosa. Una cordobesa de sonrisa blanquísima y ojos rasgados con la que iba a charlar y a pasar el rato. Como le entretenía los ratos muertos, me invitaba a los cafés. También me gustaba ir cuando trabajaba Eva porque me hacía capuccinos maravillosos, tiene los ojos preciosos y me encantaba lo tímida que parecía. Después llegó Gracia, una estudiante italiana que no hacía los cafés demasiado bien, pero me encantaba. Nunca hablé con ella en la cafetería, pero me crucé con ella en la calle el día siguiente de que acabase de trabajar y empezamos a hablar, fuimos a tomar cañas y acabamos yendo a una feria de artesanía juntas. Eran sus últimos días en Tarragona y no volví a verla más que un momento en una verbena, eran fiestas, y entre toda la gente me
permití el lujo de darle un beso en los labios como despedida. Este invierno trabajó allí Rosario, mi ex-compañera de piso, a quien echo de menos. Ella se acordaba siempre de que me gusta el café con leche con espuma y que sólo necesito un azucarillo; cuando no estaba el jefe me invitaba, "aprovéchate tonta, luego me haces la cena". Rosario volvía a casa con todas las sobras: bocadillos de los desayunos (que luego congelaba), donuts, croissants, madalenas... y luego pretendía que me lo comiera todo yo. Cuando ella se marchó le sustituyó Meritxell, que no es muy guapa, pero sonríe muy bien y se le
iluminan los ojos cuando lo hace. Ella también sabe cómo me gustan los cafés y cuando dejó la cafetería para irse a otro sitio la eché de menos. A Meritxell le sustituyó Cristina, una amiga suya con la que también me gusta charlar y que muy a pesar de parecer tímida siempre me sonríe y me pregunta si todo va bien. Pero ahora Meritxell ha vuelto y sigue acordándose de que mi café con leche es con mucha espuma. Siempre me pregunta qué tal estoy y nos sonreímos. El otro día me preguntó que si me gustaba el cacao. Le dije que sí y me cubrió la espuma del café... Le pregunté que si me quería, que ya nadie me los hacía así. Me contestó que era para que viniese cada día. "Ya vengo cada día", y le guiñé el ojo. Mi amigo, a quien también le gusta mirar a Meritxell, me regañó por flirtear delante de él. Ayer, cuando me marchaba, le dije que hasta luego. Ella me contestó "Hasta mañana. Porque vendrás mañana, no?"
¿Cómo no voy a ir hoy?

Hace años que voy esporádicamente. Por norma solía ir sólo a sitios en los que sirvieran tónica schweppes y allí tienen la otra, la que es demasiado dulce y casi no tiene gas. Pero desde que bebo café (que no hace ni dos años) voy casi cada día. A veces incluso dos veces. Indudablemente soy asídua porque sirven el mejor café que yo he probado en la zona, pero las camareras tienen también mucho que ver. Desde el verano pasado han habido varias que me han hecho ser fiel al sitio.
Creo que la primera fue Rosa. Una cordobesa de sonrisa blanquísima y ojos rasgados con la que iba a charlar y a pasar el rato. Como le entretenía los ratos muertos, me invitaba a los cafés. También me gustaba ir cuando trabajaba Eva porque me hacía capuccinos maravillosos, tiene los ojos preciosos y me encantaba lo tímida que parecía. Después llegó Gracia, una estudiante italiana que no hacía los cafés demasiado bien, pero me encantaba. Nunca hablé con ella en la cafetería, pero me crucé con ella en la calle el día siguiente de que acabase de trabajar y empezamos a hablar, fuimos a tomar cañas y acabamos yendo a una feria de artesanía juntas. Eran sus últimos días en Tarragona y no volví a verla más que un momento en una verbena, eran fiestas, y entre toda la gente me
permití el lujo de darle un beso en los labios como despedida. Este invierno trabajó allí Rosario, mi ex-compañera de piso, a quien echo de menos. Ella se acordaba siempre de que me gusta el café con leche con espuma y que sólo necesito un azucarillo; cuando no estaba el jefe me invitaba, "aprovéchate tonta, luego me haces la cena". Rosario volvía a casa con todas las sobras: bocadillos de los desayunos (que luego congelaba), donuts, croissants, madalenas... y luego pretendía que me lo comiera todo yo. Cuando ella se marchó le sustituyó Meritxell, que no es muy guapa, pero sonríe muy bien y se le
iluminan los ojos cuando lo hace. Ella también sabe cómo me gustan los cafés y cuando dejó la cafetería para irse a otro sitio la eché de menos. A Meritxell le sustituyó Cristina, una amiga suya con la que también me gusta charlar y que muy a pesar de parecer tímida siempre me sonríe y me pregunta si todo va bien. Pero ahora Meritxell ha vuelto y sigue acordándose de que mi café con leche es con mucha espuma. Siempre me pregunta qué tal estoy y nos sonreímos. El otro día me preguntó que si me gustaba el cacao. Le dije que sí y me cubrió la espuma del café... Le pregunté que si me quería, que ya nadie me los hacía así. Me contestó que era para que viniese cada día. "Ya vengo cada día", y le guiñé el ojo. Mi amigo, a quien también le gusta mirar a Meritxell, me regañó por flirtear delante de él. Ayer, cuando me marchaba, le dije que hasta luego. Ella me contestó "Hasta mañana. Porque vendrás mañana, no?"
¿Cómo no voy a ir hoy?

Calcetines, gafas, lentillas (me ha salido un post de protesta)
Existe un prejuicio más o menos generalizado contra llevar calcetines durante el sexo. Personalmente ni comparto ni comprendo tal prejuicio. Prefiero dejarme los calcetines puestos a tener los pies fríos. El argumento que suelen ofrecer, es que los calcetines no son sexys, pero al fin y al cabo el sexo en sí tampoco lo es. Es tirando a ridículo. Y si no miradle la cara a vuestro/a compañero/a en según qué momentos. Uno de mis humoristas favoritos dice que el sexo es un invento de dios para reirse de nosotros (o algo así era, no lo recuerdo del todo bien), pero me desvío del tema. El caso es que a mucha gente le da mal rollo que folles con los calcetines puestos.
Y por algún motivo, este mal rollo se extiende a las gafas. A mucha gente le disgusta que lleves las gafas puestas mientras te acuestas con ellos y es casi seguro que te las quitarán al principio. El caso es que a mí me fastidia que me las quiten, porque me gusta ver bien. Y me gusta ver bien a la persona con quien estoy. Y sin gafas, la persona con quien me acuesto está borrosa. Supongo que es algo que sólo se entiende si tienes tres dioptrías y media de miopía en un ojo y una setentaicinco en la otra. Hablando de ejemplos prácticos: sexo oral. Si llevas gafas y te las quitan (o aunque las lleves puestas, al estar tumbada) no ves nada. O lo ves borroso.
Pero ahora que me he comprado lentillas, puedo verlo todo sin problema y sin importunar a nadie con mis gafas.
Y por algún motivo, este mal rollo se extiende a las gafas. A mucha gente le disgusta que lleves las gafas puestas mientras te acuestas con ellos y es casi seguro que te las quitarán al principio. El caso es que a mí me fastidia que me las quiten, porque me gusta ver bien. Y me gusta ver bien a la persona con quien estoy. Y sin gafas, la persona con quien me acuesto está borrosa. Supongo que es algo que sólo se entiende si tienes tres dioptrías y media de miopía en un ojo y una setentaicinco en la otra. Hablando de ejemplos prácticos: sexo oral. Si llevas gafas y te las quitan (o aunque las lleves puestas, al estar tumbada) no ves nada. O lo ves borroso.
Pero ahora que me he comprado lentillas, puedo verlo todo sin problema y sin importunar a nadie con mis gafas.
Lista corta de algunas cosas horrorosas que no se deberían decir (ni oír dirigidas a uno mismo)
Tenemos que hablar
Cualquier combinación de "te quiero" y un "pero":
Te quiero, pero como amigo
No eres mi tipo
Te lo dije
¿Qué tal he estado?
Es que contigo ya he follado
Cualquier combinación de "te quiero" y un "pero":
Te quiero, pero como amigo
No eres mi tipo
Te lo dije
¿Qué tal he estado?
Es que contigo ya he follado
Cosas que se me dan mal, muy mal o peor
Cantar bien
Las matemáticas
Las labores del hogar
Mentir
Seguir consejos
Dibujar
Saber si flirtean conmigo
Posar en fotos
Callarme
Recordar cosas que no me interesan
Los deportes, todos
Los juegos de estrategia
Las matemáticas
Las labores del hogar
Mentir
Seguir consejos
Dibujar
Saber si flirtean conmigo
Posar en fotos
Callarme
Recordar cosas que no me interesan
Los deportes, todos
Los juegos de estrategia
Cosas que se me dan bien o muy bien
Aparcar
Cocinar
Besar
Hacer listas
Ofrecer consejo
Cantar mal
Flirtear
Hacer helado de turrón
Hablar en público
Charlar
Hacer anécdotas de pequeñas cosas
Bailar espasmódicamente (es decir, no ortodoxamente)
Los idiomas
Hacer fotos (a fuerza de hacer muchas, alguna sale bien)
Mentir fatal
Gastar dinero casi sin darme cuenta
Dejar cosas sin hacer
Malinterpretar situaciones
Abrazar
Llorar
Cocinar
Besar
Hacer listas
Ofrecer consejo
Cantar mal
Flirtear
Hacer helado de turrón
Hablar en público
Charlar
Hacer anécdotas de pequeñas cosas
Bailar espasmódicamente (es decir, no ortodoxamente)
Los idiomas
Hacer fotos (a fuerza de hacer muchas, alguna sale bien)
Mentir fatal
Gastar dinero casi sin darme cuenta
Dejar cosas sin hacer
Malinterpretar situaciones
Abrazar
Llorar
Primer día
Nadie me había dicho que en mi nuevo y glamouroso trabajo como traductora en una conocida multinacional química tendría que llevar casco.
Contraste
Además de tener sueños absurdos, hoy he recordado muchas cosas.
He recordado a Anneliese, una chica de York preciosa, peliroja de piel y pecas claras a la que conocí unos días antes de conocer a mi ex. Vinieron juntos de Erasmus a mi universidad y vivían en el mismo piso de estudiantes. Annie era artista y parecía tener talento para escoger hombres inadecuados. Durante su estancia en Tarragona su novio se casó con su exnovia y ella, a pesar de aparentar llevarlo bien estoy segura de que se derrumbaba por dentro, pero nunca quiso hablar de ello. Las últimas semanas fueron más duras y ella se apoyó mucho en Jason, mi amor entonces y durante seis años, incluso creo ahora que en algún momento la conexión entre ellos se llevó a un plano más práctico que teórico. Recuerdo que un día al volver de la playa me pidió que le pusiera crema en la espalda, se había quemado con el sol. Esa es la primera vez que recuerdo sentir atracción física por una mujer, pero no le hice ningún caso a ese sentimiento. Estaba enamorada.
También me he acordado de Kate. Ella era la exnovia de mi exnovio. Una chica dos años mayor que él y que yo, que tenía una sensibilidad extraña y con quien tuve una conexión que no sé describir. Ellos rompieron un año antes de que yo me mudase a Inglaterra y en ese tiempo ella abrió una librería. Yo la había visto en fotos, pero ella no sabía siquiera que yo estaba en su misma ciudad. Un día me acerqué a la librería, atraída por la curiosidad. Compré dos libros. Cumbres Borrascosas de Emily Brontë y El Quijote traducido al inglés para Jason, pero nunca lo leyó. Creo que se lo dejó cuando se marchó con lo que le cupo en dos maletas. Y Kate, que no podía saber quién era la primera clienta de la tarde, supo que era yo. Me lo dijo tiempo después, cuando nos cruzamos en la calle y habiéndonos visto sólo aquella vez nos paramos, nos presentamos y empezamos a conocernos. Le visité varias veces y acabamos siendo amigas. Teníamos mucho en común y yo me sentí extrañamente unida a esa mujer, pero no hice caso a ese sentimiento. Estaba enamorada. A Jason no le acababa de gustar la situación y creo que fue nuestro historial común lo que hizo que muy a pesar mío la relación flaqueara. Al final dejamos de vernos.
Otro recuerdo ha sido la noche que me despedí de Jason después de un verano de infierno, cuando él volvía a Inglaterra de la mano de una novia nueva. Como ellos empezaron su relación antes de que ella terminase la suya con su novio, hasta el último momento Jason no las tuvo todas consigo: era posible que se marchara solo. Cuando nos despedimos la noche antes de su marcha, me dijo llorando que si ella no aparecía a la mañana siguiente en la estación de tren para ir al aeropuerto, no estaría tan triste como estaba en ese momento despidiéndose de mí... A eso no se puede contestar de ninguna manera. O se monta en cólera o se derrumba uno. Yo no recuerdo qué hice en ese momento ni si le contesté algo. Supongo que me callé y pensé que los últimos cuatro meses de infierno debían de haber sido en vano si él sentía eso.
Después de tanto recordar sin pasar melancolía, he ido al Pryca, que ahora es Carrefour y me he pasado veinte minutos esperando a que alguien apareciese con el código de la palangana que quería comprar porque la que he cogido no llevaba la pegatina.
He recordado a Anneliese, una chica de York preciosa, peliroja de piel y pecas claras a la que conocí unos días antes de conocer a mi ex. Vinieron juntos de Erasmus a mi universidad y vivían en el mismo piso de estudiantes. Annie era artista y parecía tener talento para escoger hombres inadecuados. Durante su estancia en Tarragona su novio se casó con su exnovia y ella, a pesar de aparentar llevarlo bien estoy segura de que se derrumbaba por dentro, pero nunca quiso hablar de ello. Las últimas semanas fueron más duras y ella se apoyó mucho en Jason, mi amor entonces y durante seis años, incluso creo ahora que en algún momento la conexión entre ellos se llevó a un plano más práctico que teórico. Recuerdo que un día al volver de la playa me pidió que le pusiera crema en la espalda, se había quemado con el sol. Esa es la primera vez que recuerdo sentir atracción física por una mujer, pero no le hice ningún caso a ese sentimiento. Estaba enamorada.
También me he acordado de Kate. Ella era la exnovia de mi exnovio. Una chica dos años mayor que él y que yo, que tenía una sensibilidad extraña y con quien tuve una conexión que no sé describir. Ellos rompieron un año antes de que yo me mudase a Inglaterra y en ese tiempo ella abrió una librería. Yo la había visto en fotos, pero ella no sabía siquiera que yo estaba en su misma ciudad. Un día me acerqué a la librería, atraída por la curiosidad. Compré dos libros. Cumbres Borrascosas de Emily Brontë y El Quijote traducido al inglés para Jason, pero nunca lo leyó. Creo que se lo dejó cuando se marchó con lo que le cupo en dos maletas. Y Kate, que no podía saber quién era la primera clienta de la tarde, supo que era yo. Me lo dijo tiempo después, cuando nos cruzamos en la calle y habiéndonos visto sólo aquella vez nos paramos, nos presentamos y empezamos a conocernos. Le visité varias veces y acabamos siendo amigas. Teníamos mucho en común y yo me sentí extrañamente unida a esa mujer, pero no hice caso a ese sentimiento. Estaba enamorada. A Jason no le acababa de gustar la situación y creo que fue nuestro historial común lo que hizo que muy a pesar mío la relación flaqueara. Al final dejamos de vernos.
Otro recuerdo ha sido la noche que me despedí de Jason después de un verano de infierno, cuando él volvía a Inglaterra de la mano de una novia nueva. Como ellos empezaron su relación antes de que ella terminase la suya con su novio, hasta el último momento Jason no las tuvo todas consigo: era posible que se marchara solo. Cuando nos despedimos la noche antes de su marcha, me dijo llorando que si ella no aparecía a la mañana siguiente en la estación de tren para ir al aeropuerto, no estaría tan triste como estaba en ese momento despidiéndose de mí... A eso no se puede contestar de ninguna manera. O se monta en cólera o se derrumba uno. Yo no recuerdo qué hice en ese momento ni si le contesté algo. Supongo que me callé y pensé que los últimos cuatro meses de infierno debían de haber sido en vano si él sentía eso.
Después de tanto recordar sin pasar melancolía, he ido al Pryca, que ahora es Carrefour y me he pasado veinte minutos esperando a que alguien apareciese con el código de la palangana que quería comprar porque la que he cogido no llevaba la pegatina.