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Te lo juro por ikea
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Acerca de
Aunque no estoy ultrabuena, molo mil... ¡y además soy buena cocinera! Tengo sentido del humor y no hago faltas de horgotrafia (eso dice mucho de una persona).
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Me aburro tremendamente en el trabajo. Ahora que ha terminado el proyecto he pasado a la planta (con el mismo contrato de mierda de antes) y como hay escasez de despachos me he tenido que instalar en la biblioteca: una habitación sin ventanas donde echo de menos la luz natural y me cuesta mantenerme despierta. Sin luz diurna no consigo espabilarme por completo y trabajo a base de cafés. Después de comer es peor. Hoy incluso tengo acidez de estómago.

Además por aquí hay muy poca actividad, poca gente, mucho silencio, nadie viene a saludar. Acostumbrada a ponerme la música para no escuchar a todos los que se reunían en mi antigua oficina, esta tranquilidad me aletarga. Trabajo a un ritmo lento. Además no estoy contenta. No tengo ganas. Hacer sólo una semana de vacaciones en catorce meses que llevo aquí (casi quince) porque mi sueldo por horas no me permite más descanso me resulta más que penoso. Por lo tanto mi rendimiento se ha desplomado. Sin embargo la mayoría de compañeros se alegran de que siga aquí y me da la sensación de que tendría que dar las gracias por poder seguir trabajando, aunque me hayan dado tan mal el cambio y me tengan viviendo de la mano a la boca. Mi próxima tarea es organizar la biblioteca de la nueva planta. Tarea que el espabilado del jefazo quería a finales de julio que tuviese lista dentro de cinco días y que sin embargo ni siquiera he podido empezar por motivos que no tienen que ver conmigo. Es trabajo para más de seis meses, pero nadie lo admite. Mis superiores quieren que lo acabe en mucho menos y nadie me asegura que estaré aquí hasta que lo acabe. Lo mejor que he conseguido escuchar es que estaré aquí hasta “uhhh, yo creo que por lo menos hasta diciembre seguro…”. Y me siento mamoneada.

En esa habitación sin ventanas y sin luz natural en la que trabajo a ritmo lento, me da tiempo a darle infinitas vueltas a las cosas que tengo en la cabeza. A las pocas ganas que tengo de trabajar, a lo bien que me lo pasé el fin de semana, al desafortunado incidente que tengo que olvidar, a las ganas que tengo de irme a casa, a la intensidad de las cosas que siento, a si determinado gesto significa algo, a si determinado gesto no significa nada, a la música que sonó el sábado, a las canciones que mi reproductor de mp3 me pone cuando está en modo random y si es todo casualidad, a las horas que faltan hasta las cinco de la tarde, a si debería atreverme o no, a por qué no entiendo, no entiendo, no entiendo, a si me servirá de algo volver a ser universitaria, a si me cambiarán de contrato, a si conseguiré ir al cine acompañada, a si debería mandar a este trabajo a cagar a un berzal, a si algún día dejaré de darle tantas vueltas a todo…
 
Me gusta el café.
Es más, me encanta el café. Me gusta a cualquier hora del día: para desayunar, a media mañana, antes de comer, después de comer, después del trabajo, antes de salir un viernes por la noche… Cortado, con leche, con espuma, capuccino, turco, con hielo y en ocasiones incluso solo. Pero que me maten, que no sería capaz de hacer una buena taza de café para salvarme la vida. No puedo. Lo he intentado con la cafetera de fogón que tengo en casa y también con una de esas exprés que tenemos en el trabajo. A veces no soy capaz ni de acertar con el nescafé. Y eso sí que es ser cutre.

Por eso no me gusta ir a cualquier cafetería. De hecho suelo ir sólo a la que está debajo de casa. Es el café que más me gusta. Pero no sólo elijo cafetería, sino camarera. Las tres tardes que mi hermana tiene libres entre semana me espera en casa a que llegue del trabajo y bajamos al café. A esa hora suele estar Fran, que siempre está hinchada del laburo y nos cuenta las cosas que le han pasado desde la mañana con los pelotudos del barrio. A pesar de eso siempre está contenta y nos cambia el nombre sin darse cuenta. Nos dibuja corazones con la espuma de la leche y a veces nos invita a magdalenas: le da vergüenza cobrarnos 1.30 por el café con leche y no le faltan motivos.

Pero a veces hay camareras nuevas y aunque intento ser paciente, después de tres semanas ya no hay excusa para servir un café que jurarías que alguien ya ha removido y dado un enorme sorbo. No puedo con las que no le ponen cariño al café. Me caen mal. Hay veces que paso por delante y según quien esté trabajando no me paro. Prefiero quedarme sin tomar café. Una mala taza de café es comparable a ir a tu restaurante favorito y comer mal o ir al cine y que te cuelen un bodrio. Es como que te den mal el cambio y no tener valor para protestar.

Por eso echo de menos a algunas de las camareras que han pasado por allí. Debe ser cierto eso que dicen que a los hombres se les gana por el estómago: a mí me pasa con un buen café y con más de una camarera guapa acabé flirteando, aunque en vano…
 
Pues eso...
… que el día 6 cumplí años. En un principio parecía que, entre compromisos de amigos y planes que se me habían adelantado, iba a ser imposible celebrarlo este fin de semana, pero al final, combinando los compromisos de los twentynails y una barbacoa que organizó un colega, Tonet, Jordi, Ángel, Elena y yo hemos pasado el fin de semana por ahí de aventura y celebración. Y yo más feliz de un regaliz.

Los twentynails iban a pinchar en una fiesta en un pueblo de Lérida el sábado noche, y tenían que estar allí a la hora de comer. Así que el finde empezó el viernes por la noche en Lérida. Me invitaron a cenar, después fuimos a La Casa de la Bomba y de allí al hotel. A la mañana siguiente, los twentynails se fueron al sitio donde se hacía la fiesta y Elena, Ángel y yo nos fuimos a una barbacoa a L’Espluga de Francolí después de tomar un café y desayunar un poco. Tarde entretenida, por supuesto, con Jorge, Zaira, Eduard, Laura, lo Milio, Jordi, Samu, Carlitos, Gerard y otro tipo de cuyo nombre no llegué a enterarme. Me sorprendieron con tarta y velas y la verdad es que la última vez que soplé creo que fue con los 27… Fue bonito, no estoy acostumbrada a que me den sorpresas así.

Después de vaguear y alargar la sobremesa un buen rato, nos fuimos hacia la fiesta, a una hora y media en coche más o menos de donde estábamos. Ya habíamos hablado con Jordi y Tonet sobre el alojamiento en la fiesta y estaba la cosa chunga. Aquello era una casa de colonias en la montaña y a falta de algo mejor los twentynails se habían hecho con una cabaña (literalmente) con colchones en el suelo, sin luz y sin más agua corriente a la vista que una fuente para fregar platos. Habían tenido también un encontronazo con uno de los organizadores (el que no conocían) y no estaban precisamente contentos. De hecho estaban buscando alojamiento en los pueblos circundantes, pero al ser una zona de deportes de riesgo, no encontraron nada. Por si acaso, le pedimos a Gerard un par de mantas y nos fuimos para allá. Encontramos el camino sin demasiado problema, pero cuando nos quedaban unos 30 o 40 km para llegar y ya estaba bien oscuro, mi coche empezó a chirriar. Al principio apenas era perceptible, pero en cuestión de nada era un ruido tan alarmante que tuvimos que parar debajo de la única farola que vimos en muchos kilómetros. Miramos un poco el coche (en vano), lo moví hacia atrás y adelante, hicimos como que sabíamos dónde mirar y decidimos seguir adelante porque sólo quedaban 16km. Imposible. El chirrido se hizo tan fuerte que al pasar por delante de un hostal a un par de kilómetros de donde habíamos parado, di un volantazo y nos quedamos allí. No había narices a seguir adelante. A las once menos cuarto de la noche, en el parquing de un hostal en un pueblecillo en medio de la nada nos parecía estar en “Giro al Infierno”. Llamamos a los twenty para que nos vinieran a recoger y entramos en el hostal a tomar algo. El sitio era bastante surrealista. El hostalero creo que iba vestido de cocinero, no recuerdo bien, pero definitivamente llevaba delantal. Nos atendió y nos preguntó si éramos los del coche que chillaba. Le dijimos que sí y que nos vendrían a buscar en seguida. Había estado sentado fuera en la terraza y nos vio llegar junto con sus compañeros, supongo que vecinos del pueblo, a cada cual más raro. El bar tenía pinta de estar cerrado por fin de temporada. Rollo el hotel del Resplandor.

Después de veinte minutos llegó Tonet con otro colega con el que habíamos estado en Lérida: Santi. Después de que Santi tuviera que evitar que su coche rodase marcha atrás hasta la carretera –lo había aparcado sin freno de mano y lo tuvo que parar con su propio cuerpo, a la cabeza pensante del grupo se le ocurrió preguntar si tenían habitaciones disponibles. Como tenían tres libres, no había nada mejor a parte de la cabaña en kilómetros a la redonda y dado que íbamos a abandonar mi coche allí, decidimos quedarnos las habitaciones después de echarles un vistazo rápido. Quedamos en 25 por habitación (pensábamos) y le explicamos que llegaríamos tarde y querríamos salir tarde. Nos dio de tiempo hasta las cinco o las seis, que era más que suficiente, así que le dejé mi DNI para la ficha que se entrega a la oficina cada vez que te registras en un hotel, hostal, pensión o similar. Me quedé pasmada cuando, copiando directamente de mi documentación, en lugar de escribir mi nombre, escribió un montón de letras sin sentido. En lugar de Maia escribió algo así como Mnim y el apellido no alcancé a entenderlo. El número sí que lo copió bien, el jodido. Después me lo pasó con toda tranquilidad para que firmara. O tenía un caso severísimo de dislexia o se estaba riendo de mí. Una de dos. Subimos las maletas y nos fuimos para la fiesta.

De camino en el coche Tonet nos contó el encontronazo que tuvieron con el organizador. Santi opinaba que el tipo era un pringado, que iba de importante pero que no era nadie. Sacando un papel doblado de la guantera del coche, añadió “Mira quien NO es un pringado” y nos dejó muertos de la risa con la sorpresa. Al final, llegamos a la fiesta, nos alegramos de haber encontrado hostal cuando vimos la cabaña y fuimos a comer algo, ya que la fiesta ofrecía cena -aunque para cuando llegamos ésta ya era frugal. A las cuatro de la mañana, cuando los twentynails llevaban pinchando sólo media hora, me entró un sueño mortal. Creía que me iba a dormir de pie intentando bailar. Pedí las llaves de la cabaña y me fui a tumbar un rato. Pensaba dormir un poco, pero en realidad me pasé casi dos horas tiritando de frío y escuchando a las termitas masticar madera en mi oído. Entre cabezada y cabezada escuchaba a los twenty y a lo que supongo que eran ratones y me iluminaba con la luz de la cámara de fotos. Al final me levanté tiritando y volví a la pista a dar lo que quedaba de mí.

Sobre las siete y media volvimos al hostal a dormir. Como colofón del bizarrismo del lugar, en el armario encontré una maleta (asumo que llena de ropa) y un neceser, además de una botella de vino empezada junto a la cama y un vaso de tubo del Barça. Pero a las siete y media de la mañana, de lo único que fui capaz fue de comprobar que no hubiese pelos ajenos en las sábanas. Me tumbé y me dormí, no sin antes haber mirado debajo de las camas. Me desperté cuatro horas después y estuve dando vueltas hasta las dos, cuando nos levantamos. Tuve tiempo de comprobar que mi compañero de habitación ronca de varias maneras diferentes, hasta boca abajo. Me gusta escuchar como duerme la gente.

Desayunamos y nos enteramos de que el precio que nos había dicho no era por habitación, sino por persona. En fin, dormimos en un hostal en medio de la nada a precio de hotel de tres estrellas. Tampoco nos quedaba más remedio, la verdad. Aún consideramos que habíamos tenido suerte. Al menos el desayuno estaba incluido.

Quedaba por resolver el tema de mi coche, pero como no hacía tanto ruido como la noche anterior y además parecía funcionar perfectamente, lo traje hasta casa conduciendo despacio. Un aburrimiento, porque estábamos a unos 150km de Tarragona.

Ayer lo llevé al mecánico y resulta que tenía los frenos gastados. Tienen un avisador que es una lengüeta de acero que en cuanto las pastillas se gastan, monta un escándalo impresionante. Y yo pensando que tenía que abandonar el coche a medio camino entre casa y el Pirineo…

Para acabar el fin de semana, el domingo fuimos al Cau. El lunes fue fiesta en Catalunya.

Hoy he salido de casa a las ocho menos cuarto y he vuelto a las once y veinte, mojada hasta los huesos sin haber podido llegar al trabajo. Entre anoche y esta mañana ha llovido tanto que había varias carreteras cortadas. Me ha costado una hora y media llegar a dos kilómetros de la planta, pero no se podía llegar. Así que… he tenido el día de fiesta.

Espero que me lo paguen, cabrones. Que me tienen contenta, pero eso es otro post.

(1437 al final, te quejarás...)

 
Más sueños
El otro día soñé que Javier Bardem se me insinuaba.

Recuerdo pensar "voy a preguntarle si todavía tiene el mismo número de teléfono".

(ha sido mi cumple y lo he celebrado este finde, bien, bien).
 
Estoy de humor para frases largas.
Mi casa se distribuye de extremo a extremo de un largo pasillo, de modo que el salón se abre en un pequeño balcón a la parte frontal del edificio y mi habitación a la parte trasera del mismo a través de un balconcillo que prácticamente se da de narices con el reverso de otra hilera de casas antiguas. La distancia entre ambos es de unos tres metros. Cuatro a lo sumo. Justo delante de mi habitación quedan, hacia abajo y hacia arriba las habitaciones 101 y 201 del hotel que hay en la plaza del ayuntamiento. A unos les veo los pies y a otros la cabeza. Justo debajo, el almacén de uno de los bares. Los camareros argentinos charlan allí cada noche mientras van a buscar las bebidas para cargar las cámaras. Unos metros más allá, hacia la izquierda, instalaron hace unos meses el motor de el aire acondicionado y/o neveras de la frutería de la esquina. Y desde entonces no duermo bien.

Me he acostumbrado a dormir con tapones. Al principio me molestaba el pitido que me producían en el oído, pero al menos dormía. Ahora, los días que se me caen acabo entrando y saliendo de un sueño muy poco profundo sin descansar, hasta que me doy cuenta de que no llevo los tapones y me está molestando el ruido. Hace unos días que me hacen daño: me despierto en mitad de la noche y o bien me quito los tapones y no descanso, o sigo con la molestia y tampoco descanso. Un indicador de la calidad de mi descanso es lo bizarro de mis sueños.

Hoy me he despertado a las cuatro y media. Me molestaban los tapones. Me los he quitado momentáneamente pero el ruido del motor era tan fuerte que era insoportable. Además el inquilino de la 201 estaba viendo la tele a todo volumen. Me he levantado. Me he asomado al balcón de mi habitación. Debía de ser una película con banda sonora de violoncelo; la cortina estaba cerrada y no he podido comprobarlo. He considerado tirar pinzas a su ventana para llamarle la atención. Por la tos que se oía parecía un hombre gordo. También he considerado la opción más civilizada de llamar al hotel, o incluso bajar a la calle e ir a la recepción. Al final, de acuerdo con el espíritu un tanto derrotista con el que me encuentro estos días, me he vuelto a poner los tapones. He ido al salón a oscuras. He mirado por el balcón. Una vecina de la plaza estaba rellenando los bebederos que ella misma colocó para la veintena de gatos que viven en las ruinas del circo y que ella misma alimenta. He vuelto a la cama, pero me he sentado en el borde en lugar de tumbarme. Todo me ha parecido una mierda.

Al final me he dormido fantaseando con un abrazo, con no dormir sola aunque sea sólo de vez en cuando.

He soñado. Que dormía con esa persona. Que nos abrazábamos. Y que andaba por el pueblo donde crecí, aunque eran calles ficticias. Iba con mi padre y mirábamos unas casas; yo le llevaba a ver mi casa favorita. Resulta que no existía, aunque yo estaba segura de haber ido a verla varias veces. Lo habré soñado, le decía. Pero era muy bonita y estaba aquí. Ha sido un sueño dentro de un sueño. También accedía a la propuesta de unas amigas de recrear un fragmento de una película pornográfica en vídeo, por diversión. Habíamos quedado en casa de una de ellas. Eramos nueve, creo. Y habían organizado un autobús que de pronto se llena de gente, la mayoría vestidos con bañador, toalla, gorro y gafas de nadador… Por delante de mí pasa un compañero de trabajo sin camiseta y me doy cuenta de que algo falla. Demasiada gente para ser como me habían explicado que sería. Todo el tiempo me pregunto por qué he accedido a recrear una escena pornográfica. Y mientras tanto pienso que yo he avisado en el trabajo de que llegaré un par de horas tarde y es evidente que eso se va a convertir en toda una mañana. O todo un día. Por el camino pasamos por un pueblo que me recuerda a Inglaterra. Pasamos por delante de una casa de campo donde cultivan lavanda. En realidad no es lavanda sino hierba de color lila, pero en mi sueño es lavanda, mi olor favorito. Intento memorizar el lugar donde estamos, la ruta por donde hemos pasado para poder volver, pero no tengo ni idea. Me doy cuenta de que no quiero formar parte de ese proyecto: voy a ver a mis amigas que están más atrás en el autobús y les digo que de haber sabido que aquello iba a ser como la superbowl no hubiese accedido. Les llamo mentirosas. Y me marcho a una casa donde se supone que vivo a charlar por internet con alguien anónimo. De pronto se abre la puerta. Es el portero que me quiere dejar una nota en la puerta. Lleva una escoba y un recogedor rojo y le pregunto cómo ha abierto. Es un sistema centralizado, me dice. La nota dice que alguien se ha quejado de que mi aire acondicionado gotea. Pero yo no tengo aire. El despertador ha sido casi un alivio. Pero me he despertado sintiéndome mal.

A pesar de que fuese un alivio despertarme, por primera vez en muchos meses no me gusta mi trabajo y quiero cambiar. Quiero estar en casa y escuchar música. Quiero dormir siesta. El proyecto se ha acabado y, aunque sigo aquí, ya no tengo oficina ni soy la traductora. Ahora soy la chica que tiene que organizar la biblioteca de la planta. Y los ocho armarios con la documentación han desaparecido del almacén donde estaban. Ahora tengo que encontrarlos.