La vida puede llegar a ser muy perra si se lo propone.
Es curioso ver como algunos insignificantes hechos, tan insignificantes que no alterarían lo más mínimo nuestra vida diaria, en ocasiones, la cambian radicalmente. De hecho, podríamos decir que la misma vida nace como fruto del azar, de una remota posibilidad que se lleva a la práctica. Pero, ni yo soy filósofo, ni me creo la persona idónea para tratar estos temas y malgastar así estos últimos momentos de lucidez.
Lo único que debo preguntarme en estos momentos es que hago yo aquí, a las tantas de la mañana de una cálida noche del mes de Junio, en una calle desconocida del barrio de Embajadores, esperando que algún transeúnte perdido e insomne o algún taxista se de cuenta de que no soy ningún borracho tirado en la acera, y ya de paso se digne a recoger mi cuerpo muerto del asfalto.
Será mejor que ordene mis pensamientos y empiece desde el principio. Yo tenía un examen importantísimo mañana, un examen importante de los de verdad (no se si me explico), para el cual, por supuesto, no había estudiado lo más mínimo. Al mismo tiempo había conseguido entradas para el teatro en la función de esa misma noche, es decir, la noche en que tenía que estudiar. Bueno, no pasaría nada, al fin y al cabo teatro hay todos los días y examen solo iba a haber mañana. Iba. Por algún oscuro motivo que mi rota cabeza no puede llegar a comprender, mi profesora cambio la fecha del examen. Bien, aún así la nueva fecha era perfecta: tenía el plazo justo para empollar al fondo, como un cochino preparando su alegato de inocencia para el día de San Martín; esa misma noche iría al teatro.
Analicemos ahora la segunda rama que da como resultado, al confluir con la anterior, mi muerte. Esa misma mañana, paladeando ya esos precarios y últimos instantes como ciudadano libre que preceden a la vorágine desaforada del estudio, había ido a recoger mi nuevo carne de identidad a la comisaría de la calle Sierra Carbonera, sita en el barrio de Vallekas. Al salir, debía de ir a buscar mi plancha rota, en el taller Moulinex de la plaza Conde de Casal ¿Cuánto tiempo puede emplear un hombre joven con todas sus extremidades intactas, con los vicios justos para no ser malmirado, en recorrer los apenas dos kilómetros que separan ambos puntos? ¿Media hora? ¿Tres cuartos como mucho? Me disponía yo a emprender tan agradable paseo cuando a mi mente, entonces intacta, acudía un tercer elemento: ajos. Necesitaba ajos para preparar patatas panaderas para la comida; si bajaba andando, no me daría tiempo a bajar al supermercado a comprarlos. Así que decidí viajar confortablemente en metro. En ese momento, en algún lugar del cosmos, mientras yo me sumergía en la oscuridad permanente del suburbano, un gran destello dorado anunciaba que todas las piezas de mi tragedia personal se habían ensamblado a la perfección.
La función fue mala, para colmo fue tremendamente mala. Había empleado mi último viaje de bono metro para acudir al teatro, así que a la salida no tuve más remedio que deshacer el camino a pie.
Fue al cruzar una calle. El semáforo estaba en verde, pero eso no justifica que un conductor, probablemente ebrio, se me llevara por delante y huyera a continuación dejando solo un quejido de neumáticos tras de sí. Mi nuca se golpeo contra el bordillo de la acera, y comprendí que iba morir, sino es que no estaba muerto ya, cuando note en la comisura de mis labios un lento hilo de sangre deslizándose hacia los adoquines. Después sólo recuerdo el apresurado trote de algunos transeúntes pasando cerca de mi y un ruido de agua precipitada, que en mi agonía juzgue lejano, perdido, tal vez sólo dentro de mi memoria.
Recapitulemos. Si mi profesora no hubiera cambiado el examen de día, yo no hubiera ido al teatro; de no haber ido al teatro, no habría gastado mi último viaje de bono metro; de haber tenido ese viaje, no hubiera vuelto andando; si no hubiera regresado andando, no habría tenido que cambiar de acera; al no cambiar de acera, porque no hubiera estado allí, ningún coche con vitolas de astado me habría embestido; de haber pasado todo esto, yo no estaría aquí ahora, aburrido, mortalmente somnoliento y, dentro de unos párrafos, muerto. Eso por no citar los jodidos ajos, la planta Moulinex modelo Olimpo (que por cierto, se estropeaba cada dos por tres) y el nuevo carne de identidad, que tenía que haber ido a buscar hace una semana, y no hoy. Ahora que hablo del carne, he de reconocer que me dolió en el alma tener que pagar mil pesetas por su renovación; opino que si el estado quiere tenerme registrado debería al menos correr con todos los gastos, vamos, digo yo. Aunque hay que reconocer que el nuevo formato, que sustituye a aquel anterior mayor y de bordes azules, de inequívoco sabor franquista, está muy elaborado. Uno queda en él, con su foto de color y todo, como un San Luis, y no como el hijo secreto de Jack el Destripador, que es el efecto que producen todos nuestros documentos oficiales; parece ser que las autoridades prefieren vernos, permanentemente, como sospechosos. Pero volvamos al tema, que no me queda mucho tiempo.
Creo que esta muerte absurda es resultado sólo del azar (que en ocasiones nos señala a nosotros con pintura marrón), no achacable a nadie, ni siquiera a mi profesora.
Me gustaría decir algo más, algo rimbombante, algo así como "vi pasar toda mi vida ante mi en un segundo" o "después se quedo todo oscuro, salvo un punto luminoso a mi frente". Pero lo cierto, es que en el momento de mi "cogida" sólo atisbe durante un instante el cielo de Madrid, con los azules y los grises en pugna; mientras, la posición comprometida de mi cuello solo me permite ver ahora un adoquín mugriento que se va cubriendo, lenta y fatalmente, con mi propia sangre, eludiéndome así una sensación de irrealidad que me induciría a pensar que todo esto forma parte de un sueño onírico.
Lo único que se me ocurrió decir es que, de haber elegido mi muerte, está claro que no habría elegido morir en esta calle solitaria por la que nunca pasa nadie (y los que pasan son unos cabrones), con el cuello roto y el cuerpo destartalado como una marioneta en reposo. De poder escoger mi muerte seguramente escogería morir luchando por la Independencia de Grecia, o bien en una cabalgata suicida a galope tendido sobre el enemigo mientras el aroma de la pólvora me quema la garganta, o también defendiendo en solitario un lejano reducto colonial, para que luego, el día de mañana, se me dedicara una estatua ejemplificadora en una de las calles principales de la ciudad: muertes bonitas. Claro esta que estas muertes debían de acompañarse de gloriosos responsos, ya saben, banderita sobre el ataúd, salvas de fusileros, toques de corneta.... (llámenme anticuado si quieren, pero me encanta la tradición, y, a pesar de mi antimilitarismo convencido, también adoro toda esa imaginería castrense).
Todo hubiera sido mejor que este tonto accidente de circulación urbana, sin testigos ni responsables. Miento. La responsable directa de mi muerte es mi profesora: caiga sobre su conciencia mi muerte.
Creo que ya me muero. Perdónenme, creo que les he hecho perder el tiempo.
Carlos Mendez Rodriguez
La capacidad de Amaro Ferreiro para componer canciones memorables ha quedado patente en los dos discos en solitario de su hermano Iván. Sin suponer una amenaza para ese tándem creativo, Amaro ha decidido ahora dar un paso al frente y presentar, por primera vez bajo su nombre, sus propias creaciones. En estos diez temas, su voz y su guitarra están respaldados por la batería de Karlos Arancegui, el bajo de Jacob Reguilón y la guitarra de Javier Pedreira. La producción corre por cuenta del propio Amaro y de Juan de Dios Martín (que también ha incluido guitarras y programaciones) y, como ya es habitual en los hermanos Ferreiro, Ángel Medina se hace cargo del sonido.
En este primer disco Amaro deja patente su estilo directo. Sobrevolando la ciudad de las agujas avistamos canciones sin rodeos (escritas a fogonazos en cuadernos de viaje) y traslúcidas (impresas en papel cebolla). Letras sin contemplaciones que se insertan en melodías ficticias. Porque las suyas son composiciones geniales, montadas sobre un esqueleto de simplicidad tan sólo aparente. Su música es la ironía de desangrarse por lo que en principio no es más que un leve pinchazo, la aguja a la que volver para consumar nuestra adicción.
A la espera del primer videoclip (lo que hay en youtube es horrible) os dejamos Turnedo de su hermano Iván que, al fin y al cabo, la letra es de Amaro.
"Fight for kisses" es el título de la nueva campaña publicitaria de Wilkinson que, con un excelente estética y diseño pretende dar un giro en las tradicionales campañas de hojas de afeitado.
Desde este blog nos llega un montaje tras la colocación de una webcam enfrente de la construcción durante dos meses. Dos minutos que merecen mucho la pena.
La candidatura olímpica Madrid 2016 está buscando, mediante votación popular, las tres mejores propuestas. Siguiendo el modelo realizado por las nuevas 7 maravillas del Mundo, han presentado los diez diseños finalistas entre los más de 2.700 presentados. Después, un jurado compuesto por representantes de la Fundación Madrid 16, así como especialistas en comunicación, imagen y diseño seleccionarán la propuesta ganadora.
Hasta el 23 de septiembre. ¡Vota tu logo favorito!
