Lecturas de verano
Esta semana en el Cultural, el suplemento de El Mundo, unos cuantos escritores, actores, diseñadores y demás artistas cuentan sus lecturas de verano. Los libros que les acompañarán durante estos meses de sol, sangría, playa y noches de charla y relajo. Y descubro estupefacto que debo conocer al 20 por ciento de los autores que citan. Y habré leído al 2 por ciento.
Ya sé que no soy un intelectual, ya sé que devoro más series de televisión que libros. Y que prefiero la librería de la FNAC a la de Antonio Machado, y que me pierde la novedad y eso es lo que compro, y que tengo unas lagunas con la literatura con mayúscula, que más que lagunas parecen océanos. Pero hombre de dios, ¿era necesario ese despliegue cultureta para dejarnos al común de los mortales a la altura de Belén Esteban? (para los que me leen desde el extranjero, o sea, Anthony, aclararé que la Esteban es como la Paris Hilton española, pero sin los hoteles de su padre, y con más mala leche y una hija fruto de su amor con un torero, que ahora está casado con una que hizo unos chanchullos para declarar a su madre inválida y así cobrar una baja del estado. Y todos viviendo en una finca que se llama Ambiciones)
Ahí van mis lecturas de verano, y os animo a hacer lo mismo, para comprobar si sois tan cultos como los artistas del cultural o pertenecéis más a mi grupo, el de humildes lectores que van saliendo al paso.
Encima de mi mesa descansa Paul Auster con su mini biografía A salto de Mata, (fue marinero, vivió en Paris, devoró libros como un poseso... qué asco de biografía perfecta, dios, pero que bien me cae el desgraciado) también tengo un libro de fotos, Rare Views de Ohm Phanphiroj, cercanas (y tanto) a lo porno (que tiene su prólogo y su índice y su página de agradecimientos, esto lo digo para que se vea que tiene contenido que leer) este libro, el de fotos, es el que más he hojeado estos últimos días, cosas del calor supongo y de los chicos que fotografía, (ay...), dos comics gays, completamente insustanciales, tanto que ni merecen que cite los títulos, El cielo de Madrid de Julio llamazares, Una historia en bicicleta de Ron Mc Larty (estupendo de verdad), Mi familia y otros animales de Geral Durrell (este lo he comprado pa hacer bulto, estoy convencido que pasará a la estantería de los cadáveres sin ser abierto) . Duluth de Gore Vidal (que no se diga que no hay uno gordo entre mi selección veraniega) , una colección de relatos de mi gran descubrimiento el año pasado en NY, David Sedaris, Un vestido de Domingo (si no lo conocéis ir corriendo a comprarlo, este hombre es desternillante) Y el Mago de Viena de Sergio Pitol, que a pesar de ser el premio Cervantes del 2005, (según consta en la portada del libro y supongo que en las hemerotecas) yo lo descubrí el otro día en el metro, porque estaba pegado en un vagón un extracto de esta colección de relatos y me dejó bastante fascinado.
Y ya. De estos que he citado leeré la mitad, se colará alguno nuevo y seguro que también la nueva temporada de alguna serie de televisión. Y otro verano más sin que entre mis libros esté el Ulises de Joyce para “releer” (juas juas), las obras completas de Shakespeare, o de Ovidio, en latín, claro, tampoco Murasaki Shibiki, un autor al parecer fundamental del que Angeles Caso, como confiesa en El Cultural, esperaba desde hace años su ultimo libro, La novela de Genji (?) o las obras de las poetas favoritas de Lola Beccaria, Anna Ajmatova y Marina Tsvetaieva (que tengo que contenerme las ganas de salir corriendo e ir a la Fnac a comprarme toda su poesía)
En fin, otro verano más, como decía, sin salir de mi estupidez y mi incultura... Cachis la mar. ¿Y vosotros qué, cómo lleváis vuestras lecturas de verano?
La misma diferencia
Escribo esto sólo para dar envidia a mis compañeros de trabajo. El lunes bromeaba con ellos sobre mis dos semanas de vacaciones. Les dije que no me iba a ningún sitio, que ya había cumplido con “la obligación playera” y que ahora ya sólo me quedaba disfrutar de Madrid: Ir al cine, dar unas cuantas vueltas por la FNAC mirando libros, dvds y comics, salir por la noche a tomar una cervecita fresca, quedar con amigos que hace tiempo que no veo, tirarme cómodamente en el sofá de casa para ver las temporadas que no he visto de El Ala Oeste de la Casa Blanca, leer tumbado en la cama o mientras como un helado al sol del templo de Debod. Así es como imagino las vacaciones ideales. Y eso es lo que estoy haciendo estos días. Esta mañana tocó gastarse parte del sueldo en la FNAC. Siempre compro más de lo que después leo. Pero gracias a esa práctica de compra compulsiva a veces descubro hallazgos que no esperaba.
Hoy el descubrimiento ha sido un cómic increíble que se titula “La misma diferencia” Es de un coreano americano que se llama Derek Kirk Kim. Hacía tiempo que algo no me llegaba tanto. ¿Cómo es posible que me sienta tan identificado con la historia de dos jóvenes coreanos americanos heterosexuales que viven en la Bahía de San Francisco? El dibujo es sencillo, expresivo, delicado. Los personajes son muy tiernos, y están un poco perdidos, pero no por eso dejan de buscar. Todo son preguntas, las que nos hacemos cada día, o al menos una vez a la semana. Y leyéndolos dan unas ganas terribles de irse a San Francisco a tomarse una sopa coreana con ellos y darles un abrazo.
Creo que este cómic va a ser el regalo perfecto durante una buena temporada. Así que decidme ya vuestras fechas de cumpleaños.
Hoy el descubrimiento ha sido un cómic increíble que se titula “La misma diferencia” Es de un coreano americano que se llama Derek Kirk Kim. Hacía tiempo que algo no me llegaba tanto. ¿Cómo es posible que me sienta tan identificado con la historia de dos jóvenes coreanos americanos heterosexuales que viven en la Bahía de San Francisco? El dibujo es sencillo, expresivo, delicado. Los personajes son muy tiernos, y están un poco perdidos, pero no por eso dejan de buscar. Todo son preguntas, las que nos hacemos cada día, o al menos una vez a la semana. Y leyéndolos dan unas ganas terribles de irse a San Francisco a tomarse una sopa coreana con ellos y darles un abrazo.
Creo que este cómic va a ser el regalo perfecto durante una buena temporada. Así que decidme ya vuestras fechas de cumpleaños.
Ralf König
El sábado pasado Darío me envió el siguiente mensaje:
“No fue un sueño: estabas en una fiesta de romanos con unas alitas puestas y la foto con el futuro sex symbol de España entera en el bolsillo. Nos llamamos en la mani?”
Lo cito porque no imagino mejor manera para describir como fue la semana del orgullo. Sí, acabé el viernes con unas alitas de ángel en una fiesta de desconocidos todos ellos disfrazados de romanos. Yo me pasé toda la fiesta persiguiendo a un amigo de Miguel obsesionado con bajarle los pantalones, él se dejaba encantado. Y la foto del sex symbol de la que habla el mensaje... bueno, esa historia la contaré otro día. No es apta para sobrios.
Ese mismo sábado por la tarde esperamos en Callao a que la manifestación del Orgullo con sus carrozas orgullosas desfilaran ante nosotros y ante “decenas de miles” de personas. ¿Por qué las manifestaciones a favor de la familia eran cientos de miles, incluso millones y nosotros, los gays orgullosos sólo somos para los periódicos “decenas de miles”? En fin.
Esa noche acabamos en la fiesta de Infinita, donde otras decenas de miles (al menos una decena) bailaba a ritmo maquinorro bajo los efectos del alcohol y demás sustancias perniciosas. Yo me dejé arrastrar por los ritmos y por las sustancias y sentí esos momentos de gloria en los que quieres que la noche no se acabe nunca y sueñas con permanecer eternamente rodeado de esa gente que va tan inconsciente pero mucho menos vestida que tú. Y encima tiene muchos más músculos y mejor puestos que los tuyos.
Intenté ligar con un guapo que me dio bola toda la noche pero que al final prefirió la compañía de su amiga, una petarda de 21 que añoraba a su ex novio latino, con el que había roto la noche anterior y al que calificaba de fogoso. Porque los latinos son muy fogosos, ¿a qué si, Carlos? Y uno qué contesta a eso cuando en realidad lo que quiere es que ella se evapore con todas sus opiniones de extrarradio y te deje a solas con el guapo. Sólo conseguí su teléfono y dos mensajes majos pero lacónicos, que a nada que uno interprete significan una cosa: NO CONTIGO
Amaneció en la fiesta y los primeros rayos del sol se colaron entre las ventanas iluminando todo el andamiaje como de nave espacial que sustentaba el techo del recinto. Y realmente uno se sentía como dentro de una película de ciencia ficción, miles de cuerpos bailando en la pista y yo allí, en la segunda planta contemplando ese amanecer galáctico. Y el guapo al lado y la petarda descalza de sus zapatos plateados, sentada en la barra y añorando a su fogoso latino.
En el metro de vuelta a la realidad la gente estuvo apunto de amotinarse y se vivieron unas escenas cercanas al pánico. Pero todo quedó en nada. Como lo mío con el guapo. No fue un sueño, pero casi.
Y ahora que hago recuento de esa noche y de las anteriores (yo empecé la maratón alcohólica el martes y la acabé el lunes siguiente) con las alitas, las fiestas de romanos, las petardas mariliendres, las pastis y el mdma, las carrozas de la mani, los músculos de los chicos, el ambiente festivo y eufórico durante toda la semana en Chueca... Ahora que hago recuento, decía, lo agito todo en la coctelera de la resaca y lo que sale es como de comic de Ralf König. ¿En qué momento me convertí en un estereotipo del dibujante alemán? Ya sólo me falta que me acaben gustando los tipos rudos y peludos como a él. Pero, no, aún no me he convertido del todo, sigo prefiriendo los niños de 21 con amigas imposibles.
realidades paralelas
He vuelto de Cádiz moreno, más gordo (dos kilos más, lo acabo de comprobar en la báscula) y con dolor de espalda. A eso hay que añadirle esta resaca mañanera producto de haber mezclado ayer en menos de tres horas cerveza, vino, cava, johnnie walker y los tres goles que nos metió Francia. Como decía Alejandro anoche, para qué este sufrimiento si a nosotros nunca nos ha gustado el fútbol. Ya son ganas de sufrir a lo tonto. Yo por eso me emborraché, las derrotas siempre se asimilan mejor ebrio. Lo malo es que le puse tanto empeño que acabé encerrado en el baño de Joserra vomitando como un adolescente. Esta mañana al ver la ropa con salpicaduras marrones he llamado corriendo a nuestro anfitrión, (que nos preparó una tortilla de patatas estupenda, lástima que durara tan poco en mi estómago) para saber si me había maldecido mucho al entrar al baño y verlo hecho una guarrada. Pero se ve que borracho y todo tuve la suficiente templanza para limpiar el desastre. Siempre he sido un borracho muy apañado.
Así que entre mi dolor de espalda y esta resaca llevo dos días postrado en la cama o en el sofá del salón, dolorido y descansando de los cuatro días en la playas de Cádiz.
Cuatro días estupendos. Cuatro en el monovolumen que alquilamos. Y descansando de Cuatro, la cadena de mis torturas. Hoy, por cierto, ponen el último capítulo de la temporada y que llevará mi firma. La próxima temporada será Darío quien esté al mando.
Vuelvo a Cádiz y a los cuatro. Jesús, Joaquín, Jaime y yo. Hemos sido un par de parejas la mar de compenetradas. Sólo pequeños conatos de discusiones en el coche cuando nos perdíamos a lo tonto, pero después estábamos prácticamente de acuerdo en todo. Es un gustazo cuando coincides con amigos que tienen el mismo plan de vacaciones y que cuando tú quieres pasear por la playa, ellos lo mismo, cuando quieres comer pescaíto frito o atún, ese atún que sólo se come en la costa gaditana, ellos también, cuando tienes ganas de descansar y estás ya harto de playa pues ellos y nosotros como un reloj, sincronizados. Jesús y Joaquín no conocían a Jaime, pero se han llevado con él estupendamente. Y Jaime, tuvo la valentía de venirse conmigo y con dos desconocidos y también nos hizo la vida muy fácil. Y qué guapo desnudo en la playa de Caños.
No hizo levante, (uno después de cuatro días en Cádiz, ya le llama al viento levante, como los lugareños) y pudimos torrarnos al sol en las playas de Caños de Meca y en la Barrosa. Y el día que se levantó nublado fuimos a pasear por las ruinas romanas de Bolonia y por la playa kilométrica. Todas lo son. Nos enamoramos de La pequeña Lulú, un pequeño restaurante en Caños, y de su camarera y el perro. Fuimos un par de veces. En la segunda, la camarera estaba muy alterada, acababa de servir la comida a Adrian Brody, y allí nos pusimos como paletos a mirar por la ventana para ver como aparcaba su porche descapotable. Qué cliché lo del porche. Coincidimos con él en la playa. Iba con dos chicos guapísimos y ninguno llevaba bañador. Tomaron el sol y se bañaron en gallumbos. Tres travestis gaditanas sentadas detrás de él no pararon de gritarle así que duraron poco a nuestro lado, temerosos de la furia travesti gaditana y se fueron.
Sí, amigos, travestis gaditanas en tanga y Adrian Brody en la misma frase y en la misma playa. Eso sí que no es un cliché como su porche. Eso sólo puede pasar en la realidad.
Jaime y Joaquín decidieron que Adrian era muy atractivo, Jesús destacó su cuerpo fibroso y yo sólo podía fijarme en su nariz ganchuda (muchas copas tendría que llevar yo encima pa hacérmelo con él y él, supongo que infinitas más para hacérselo conmigo, claro. Básicamente porque tiene pinta de hetero y aunque no, yo, desnudo pierdo una barbaridad) Eso sí, no hubiera necesitado ni un mililitro de alcohol para hacérmelo con cualquiera de sus amigos. Dios. Dios. Dios. Ellos, me temo, garrafas enteras, pa confundirme con una vigilante de la playa.
En el Palmar nos esperaba un amigo de Joaquín, que lleva un año retirado en plan asceta en esa playa hippy y surfera. Me acuerdo de la primera vez que fui a NY y al volver cuando estaba harto de Madrid o de la rutina de mi vida pensaba: Hay un Carlos en una realidad paralela que se pasea ahora mismo por las calles del West Village. Y eso me consolaba. Que cosa más tonta. Al final resultó que más que realidad paralela fue la misma realidad la que me llevó a pasearme durante meses por esas calles manhateñas. Vamos, que me empeñé en que las realidades paralelas, que como las líneas del mismo nombre no pueden tocarse, se tocaran. Y así salió todo.
Perdón por la digresión neoyorquina pero tenía una finalidad. Lo pongo de ejemplo porque en esa playa del Palmar, con su rollo hippy, surfero y kilométrico yo sentí de nuevo la llamada de la realidad paralela. ¿Cómo sería un Carlos retirado ascética y hipimente en una playa así durante un año, que sé yo, escribiendo, pongamos, una novela? Ahora como sé que las realidades paralelas no deben tocarse, dejaré de pensar en ese Carlos moreno, feliz, fibroso (sí, ¿qué pasa?, yo en mis realidades paralelas me vuelvo fibroso) y llevando a cabo una de las ilusiones de su vida, no vaya a ser que como pasó con NY acabe por hacerlo y me descalabre de nuevo.
Además supongo que las playas kilométricas, de arena blanca, y agua azul turquesa con olas perfectas, siempre acaban por evocar la llamada de la realidad paralela. Y dejarse llevar por esa llamada está muy bien para que te aplaudan en ese anuncio de coca cola light (ya sabéis ese de “un aplauso por el que dijo que iba dejarlo todo y montar un chiringuito en la playa y lo hizo”, “otro aplauso por el que pagó el gimnasio y encima fue” ) pero si la llamada la haces real corres el riesgo neoyorquino de que pierda la magia y te des de bruces con la realidad de la buena y ya no estés ni fibroso ni nada y la novela se quede en 5 mails más o menos inspirados a tus amigos.
Yo a todo esto iba a contar que el amigo de Joaquín en el Palmar nos invitó a una estupenda cena barbacoa en la playa. Era la noche de San Juan. Y la celebramos con una embarazada, otra chica con un perro y su novio inglés con acento de Cádiz, dos morenos fibrosos, y yo abrazado a Jaime mientras contemplábamos los fuegos artificiales.
Casi, casi parecía una realidad paralela.
Para eso están las vacaciones, ¿no? Para que las realidades paralelas se toquen pero sólo durante un tiempo prudencial. Que en mi caso son cuatro o cinco días al año. Bueno, están para eso y para tomar pescaíto frito, torrarte al sol y venir con esos dos kilos de más que a ver como ligo yo ahora en el orgullo.
Frivolidad, euforia y GHB
Si estrené este blog hablando de equilibrio, permitidme que de un salto de gigante, y todo este artículo hable sobre el caos. O sea más bien caótico.
Caótico Carlos, se podría llamar, robándole a Medem el título del que tanto nos hemos reído los amigos. Caótica Ana, así se llama su nuevo proyecto. Hay que tener huevos.
Caos, porque escribo bajo los efectos de dos cervezas, una botella de vino y dos porros. Unido al cansancio de 8 horas en el curro y un partido victorioso de España Ucrania, cualquiera puede entender mi grado etílico y poco equilibrado. Es la 1 y cuarto de la madrugada. (Este dato también puede ayudar a disculpar todo este desvarío)
He mencionado a Medem. Permitidme ahora que cite a La cabra Mecánica (soy un erudito como veis). La letra de una de sus canciones:
“Felicidad que bonito nombre tienes
Felicidad hay que ver donde te metes
Felicidad cuando sales sola a bailar
Te tomas dos copas de más y se te olvida que me quieres....”
La letra es grande. “Y tomas dos copas de más y se te olvida que me quieres” Pocas veces una frase ha definido también mis intentos de relaciones con mis parejas. A la segunda copa yo siempre me olvidaba del amor que profesaba a mi novio. Y ya estaba el lío armado.
Pero no traigo a colación esta letra para hablar de mis intentos fallidos de compromiso sentimental. Quería hacer un cambio de palabra en la letra. Quería sustituir felicidad por frivolidad. Porque en la felicidad no puedo creer, como mucho puedo aspirar a ella. Un anhelo noble pero absurdo, supongo. En la frivolidad creo. Creo y oposito.
La frivolidad da sentido a mi vida.
La frivolidad es como el arte en los museos, como una buena novela en la que te sumerges. La frivolidad es como una serie de televisión que te apasiona. La frivolidad es como la mejor canción de REM (aunque casi todas sean tristes). La frivolidad te libera de lo serio de la vida. La frivolidad hace que conviertas el agobio y el tedio de tener que pagar la letra de tu hipoteca en un momento de luz. En un momento de brillo, de magia.
La frivolidad convierte el peso de una letra de piso en el paseo de un chico hermoso y desnudo que acepta pisar descalzo el parqué de tu casa aún sin remodelar.
La felicidad es robarle a la seriedad de la vida un momento irrepetible. Darle a través de la risa, del descaro, del deseo, una razón para seguir trabajando sin sentido hasta el día de tu jubilación.
La frivolidad a veces puede avergonzarte, porque es duro admitir que vives para esos momentos en los que un sueño adolescente se convierte en realidad.
Yo que soñé con abrazar a Rob Lowe cuando tenía 18 años (él tenía 18, yo dos menos, creo), ahora estoy con alguien parecido al que desnudo en mi piso aún sin pagar de la Plaza del 2 de Mayo. Le quito la camiseta, luego los pantalones. Las zapatillas me cuestan más. Luego los gallumbos. Y ahí está en todo su esplendor, como sacado de una película porno de Bel Ami, como el sueño de Cocteau, como un fotograma de una peli de Gus Van Sant o de Passolini, como un poema de Villena.
Y le digo, paséate por mi piso. Y él obedece y yo me muero frívolamente. Y la vida, ay, ya no es equilibrada, ni seria, ni rígida, ni rutinaria. La vida se convierte en un poema de Alberti, en una oda al mar y a sus gaviotas. La vida se vuelve technicolor aunque afuera el cielo esté encapotado y amenace a tormenta gris y plomiza.
Y luego desnudo se enciende otro porro. Y las risas y el semen en el suelo.
Y la euforia de un momento que como digo siempre, solo el Alzheimer me arrebatará.
Y el recuerdo de pronto de tantos momentos como este.
Hace un año, por ejemplo. Qué nostálgico me estoy poniendo ya en este blog. Lo siento.
Hace un año, la semana del Orgullo (dejadme que lo escriba con mayúsculas) Yo recién llegado de NY después de 6 meses, y eufórico por poder comunicarme con todo el mundo. Que todos entendieran lo que decía. Poder dirigirme a cualquier chico guapo de la discoteca sabiendo que me iba a entender.
Yo llegué de NY sediento de Madrid. Con ganas de exprimir cada noche, cada hora, con ganas de hablar hasta que me obligaran a callarme. Y a los pocos días de estar aquí, llegó la fiesta del Orgullo. Y esa noche, loco de alegría, estaba dispuesto a beberme el Manzanares si Gallardón lo hubiera convertido en Ballantines con coca cola. Como a Gallardón no se le ocurrió esa obra megalómana, él prefiere enterrar la M-30, me tuve que conformar con un frasquito de GHB que Miguel diluyó en mi copa.
Ansioso, eufórico y pletórico por mi semana en Madrid y por estar rodeado de todos los chicos gays de España (hoy se puede decir España sin rubor después del partido 4-0 a Ucrania) me bebí en cuatro tragos la copa con el GHB. No lo hagáis nunca, advierto. El subidón no se hizo esperar ni cinco minutos. No pude controlarlo. Creo que perdí el conocimiento apoyado en una pared. Con el primer sorbo recuerdo que el pabellón donde se celebraba la fiesta aún estaba semi vacío, cuando recuperé el conocimiento, el pabellón estaba a rebosar. Vomité en las cuatro esquinas y en los siete contenedores del recinto. Luego pude recobrar parte de mi yo. Aunque un yo un poco diluido en tú, en él y en vosotros. Y disfruté de muchas de las ventajas de esa droga. Todos se habían convertido en seres apolíneos. Los defectos no existían y la belleza se multiplicaba como los gremlis mojados después de las doce. Hasta yo en el espejo me convertía en un sex symbol. Mi sonrisa era más sonrisa, mis ojos oscuros cada vez más oscuros. Y bajo ese estado artificial de euforia ligué.
Ligué con un chico que ya había visto en el metro camino a la fiesta. Y pensé sensatamente, ya que no me podía fiar de mi percepción artificial, que lo mejor sería al menos liarme con alguien que ya me había gustado antes de estar colocado. Porque bajo los efectos de la droga, todos me gustaban y eso no era un buen criterio a seguir. Porque el GHB hace ver todo lo feo bello, pero no impide que pierdas el control sobre otras facultades, como el sentido común. Extraña droga, sí.
Nos pusimos a hablar, nos besamos como dos soldados que se han salvado en la trinchera después de un ataque mortal. Y yo lo arrastré por toda la pista para preguntarle a todos mis amigos y conocidos si era guapo de verdad o sólo se trataba de un efecto engañoso de mi estado psicotrópico. Todos aprobaron la elección y acabamos en mi cama al amanecer.
El era de Barcelona, me dio su messenger, pero ahí se quedó la cosa.
¿Por qué cuento todo esto? Porque después de 6 meses de mi periplo de NY enamorado y absurdo, me vine a salvar una noche jugando a vomitar a las cuatro esquinas, perdiendo el conocimiento y besando a un guapo desconocido.
La frivolidad me salvó y le dio sentido a todo.
Volvía a mi mundo. Lo había echado de menos. Después de jugar a lo que no era. Después de intentar una vida que no era la mía, volví a mi sitio.
Cuando el trabajo me agobia y cuando la responsabilidad me atenaza, me reconforta saber que un chico paseando descalzo y desnudo por mi nuevo piso, en el que aún no vivo, pero es sólo mío, puede dar un sentido a todo. A mi caos. A mi vida.
Qué cosas. Busco el equilibrio, pero sólo me encuentro en el caos. (Perdonad la grandilocuencia de un porrero que casi nunca fuma)
Buenas noches, Madrid. Ya falta menos para el siguiente Orgullo.





