realidades paralelas
He vuelto de Cádiz moreno, más gordo (dos kilos más, lo acabo de comprobar en la báscula) y con dolor de espalda. A eso hay que añadirle esta resaca mañanera producto de haber mezclado ayer en menos de tres horas cerveza, vino, cava, johnnie walker y los tres goles que nos metió Francia. Como decía Alejandro anoche, para qué este sufrimiento si a nosotros nunca nos ha gustado el fútbol. Ya son ganas de sufrir a lo tonto. Yo por eso me emborraché, las derrotas siempre se asimilan mejor ebrio. Lo malo es que le puse tanto empeño que acabé encerrado en el baño de Joserra vomitando como un adolescente. Esta mañana al ver la ropa con salpicaduras marrones he llamado corriendo a nuestro anfitrión, (que nos preparó una tortilla de patatas estupenda, lástima que durara tan poco en mi estómago) para saber si me había maldecido mucho al entrar al baño y verlo hecho una guarrada. Pero se ve que borracho y todo tuve la suficiente templanza para limpiar el desastre. Siempre he sido un borracho muy apañado.
Así que entre mi dolor de espalda y esta resaca llevo dos días postrado en la cama o en el sofá del salón, dolorido y descansando de los cuatro días en la playas de Cádiz.
Cuatro días estupendos. Cuatro en el monovolumen que alquilamos. Y descansando de Cuatro, la cadena de mis torturas. Hoy, por cierto, ponen el último capítulo de la temporada y que llevará mi firma. La próxima temporada será Darío quien esté al mando.
Vuelvo a Cádiz y a los cuatro. Jesús, Joaquín, Jaime y yo. Hemos sido un par de parejas la mar de compenetradas. Sólo pequeños conatos de discusiones en el coche cuando nos perdíamos a lo tonto, pero después estábamos prácticamente de acuerdo en todo. Es un gustazo cuando coincides con amigos que tienen el mismo plan de vacaciones y que cuando tú quieres pasear por la playa, ellos lo mismo, cuando quieres comer pescaíto frito o atún, ese atún que sólo se come en la costa gaditana, ellos también, cuando tienes ganas de descansar y estás ya harto de playa pues ellos y nosotros como un reloj, sincronizados. Jesús y Joaquín no conocían a Jaime, pero se han llevado con él estupendamente. Y Jaime, tuvo la valentía de venirse conmigo y con dos desconocidos y también nos hizo la vida muy fácil. Y qué guapo desnudo en la playa de Caños.
No hizo levante, (uno después de cuatro días en Cádiz, ya le llama al viento levante, como los lugareños) y pudimos torrarnos al sol en las playas de Caños de Meca y en la Barrosa. Y el día que se levantó nublado fuimos a pasear por las ruinas romanas de Bolonia y por la playa kilométrica. Todas lo son. Nos enamoramos de La pequeña Lulú, un pequeño restaurante en Caños, y de su camarera y el perro. Fuimos un par de veces. En la segunda, la camarera estaba muy alterada, acababa de servir la comida a Adrian Brody, y allí nos pusimos como paletos a mirar por la ventana para ver como aparcaba su porche descapotable. Qué cliché lo del porche. Coincidimos con él en la playa. Iba con dos chicos guapísimos y ninguno llevaba bañador. Tomaron el sol y se bañaron en gallumbos. Tres travestis gaditanas sentadas detrás de él no pararon de gritarle así que duraron poco a nuestro lado, temerosos de la furia travesti gaditana y se fueron.
Sí, amigos, travestis gaditanas en tanga y Adrian Brody en la misma frase y en la misma playa. Eso sí que no es un cliché como su porche. Eso sólo puede pasar en la realidad.
Jaime y Joaquín decidieron que Adrian era muy atractivo, Jesús destacó su cuerpo fibroso y yo sólo podía fijarme en su nariz ganchuda (muchas copas tendría que llevar yo encima pa hacérmelo con él y él, supongo que infinitas más para hacérselo conmigo, claro. Básicamente porque tiene pinta de hetero y aunque no, yo, desnudo pierdo una barbaridad) Eso sí, no hubiera necesitado ni un mililitro de alcohol para hacérmelo con cualquiera de sus amigos. Dios. Dios. Dios. Ellos, me temo, garrafas enteras, pa confundirme con una vigilante de la playa.
En el Palmar nos esperaba un amigo de Joaquín, que lleva un año retirado en plan asceta en esa playa hippy y surfera. Me acuerdo de la primera vez que fui a NY y al volver cuando estaba harto de Madrid o de la rutina de mi vida pensaba: Hay un Carlos en una realidad paralela que se pasea ahora mismo por las calles del West Village. Y eso me consolaba. Que cosa más tonta. Al final resultó que más que realidad paralela fue la misma realidad la que me llevó a pasearme durante meses por esas calles manhateñas. Vamos, que me empeñé en que las realidades paralelas, que como las líneas del mismo nombre no pueden tocarse, se tocaran. Y así salió todo.
Perdón por la digresión neoyorquina pero tenía una finalidad. Lo pongo de ejemplo porque en esa playa del Palmar, con su rollo hippy, surfero y kilométrico yo sentí de nuevo la llamada de la realidad paralela. ¿Cómo sería un Carlos retirado ascética y hipimente en una playa así durante un año, que sé yo, escribiendo, pongamos, una novela? Ahora como sé que las realidades paralelas no deben tocarse, dejaré de pensar en ese Carlos moreno, feliz, fibroso (sí, ¿qué pasa?, yo en mis realidades paralelas me vuelvo fibroso) y llevando a cabo una de las ilusiones de su vida, no vaya a ser que como pasó con NY acabe por hacerlo y me descalabre de nuevo.
Además supongo que las playas kilométricas, de arena blanca, y agua azul turquesa con olas perfectas, siempre acaban por evocar la llamada de la realidad paralela. Y dejarse llevar por esa llamada está muy bien para que te aplaudan en ese anuncio de coca cola light (ya sabéis ese de “un aplauso por el que dijo que iba dejarlo todo y montar un chiringuito en la playa y lo hizo”, “otro aplauso por el que pagó el gimnasio y encima fue” ) pero si la llamada la haces real corres el riesgo neoyorquino de que pierda la magia y te des de bruces con la realidad de la buena y ya no estés ni fibroso ni nada y la novela se quede en 5 mails más o menos inspirados a tus amigos.
Yo a todo esto iba a contar que el amigo de Joaquín en el Palmar nos invitó a una estupenda cena barbacoa en la playa. Era la noche de San Juan. Y la celebramos con una embarazada, otra chica con un perro y su novio inglés con acento de Cádiz, dos morenos fibrosos, y yo abrazado a Jaime mientras contemplábamos los fuegos artificiales.
Casi, casi parecía una realidad paralela.
Para eso están las vacaciones, ¿no? Para que las realidades paralelas se toquen pero sólo durante un tiempo prudencial. Que en mi caso son cuatro o cinco días al año. Bueno, están para eso y para tomar pescaíto frito, torrarte al sol y venir con esos dos kilos de más que a ver como ligo yo ahora en el orgullo.
Frivolidad, euforia y GHB
Si estrené este blog hablando de equilibrio, permitidme que de un salto de gigante, y todo este artículo hable sobre el caos. O sea más bien caótico.
Caótico Carlos, se podría llamar, robándole a Medem el título del que tanto nos hemos reído los amigos. Caótica Ana, así se llama su nuevo proyecto. Hay que tener huevos.
Caos, porque escribo bajo los efectos de dos cervezas, una botella de vino y dos porros. Unido al cansancio de 8 horas en el curro y un partido victorioso de España Ucrania, cualquiera puede entender mi grado etílico y poco equilibrado. Es la 1 y cuarto de la madrugada. (Este dato también puede ayudar a disculpar todo este desvarío)
He mencionado a Medem. Permitidme ahora que cite a La cabra Mecánica (soy un erudito como veis). La letra de una de sus canciones:
“Felicidad que bonito nombre tienes
Felicidad hay que ver donde te metes
Felicidad cuando sales sola a bailar
Te tomas dos copas de más y se te olvida que me quieres....”
La letra es grande. “Y tomas dos copas de más y se te olvida que me quieres” Pocas veces una frase ha definido también mis intentos de relaciones con mis parejas. A la segunda copa yo siempre me olvidaba del amor que profesaba a mi novio. Y ya estaba el lío armado.
Pero no traigo a colación esta letra para hablar de mis intentos fallidos de compromiso sentimental. Quería hacer un cambio de palabra en la letra. Quería sustituir felicidad por frivolidad. Porque en la felicidad no puedo creer, como mucho puedo aspirar a ella. Un anhelo noble pero absurdo, supongo. En la frivolidad creo. Creo y oposito.
La frivolidad da sentido a mi vida.
La frivolidad es como el arte en los museos, como una buena novela en la que te sumerges. La frivolidad es como una serie de televisión que te apasiona. La frivolidad es como la mejor canción de REM (aunque casi todas sean tristes). La frivolidad te libera de lo serio de la vida. La frivolidad hace que conviertas el agobio y el tedio de tener que pagar la letra de tu hipoteca en un momento de luz. En un momento de brillo, de magia.
La frivolidad convierte el peso de una letra de piso en el paseo de un chico hermoso y desnudo que acepta pisar descalzo el parqué de tu casa aún sin remodelar.
La felicidad es robarle a la seriedad de la vida un momento irrepetible. Darle a través de la risa, del descaro, del deseo, una razón para seguir trabajando sin sentido hasta el día de tu jubilación.
La frivolidad a veces puede avergonzarte, porque es duro admitir que vives para esos momentos en los que un sueño adolescente se convierte en realidad.
Yo que soñé con abrazar a Rob Lowe cuando tenía 18 años (él tenía 18, yo dos menos, creo), ahora estoy con alguien parecido al que desnudo en mi piso aún sin pagar de la Plaza del 2 de Mayo. Le quito la camiseta, luego los pantalones. Las zapatillas me cuestan más. Luego los gallumbos. Y ahí está en todo su esplendor, como sacado de una película porno de Bel Ami, como el sueño de Cocteau, como un fotograma de una peli de Gus Van Sant o de Passolini, como un poema de Villena.
Y le digo, paséate por mi piso. Y él obedece y yo me muero frívolamente. Y la vida, ay, ya no es equilibrada, ni seria, ni rígida, ni rutinaria. La vida se convierte en un poema de Alberti, en una oda al mar y a sus gaviotas. La vida se vuelve technicolor aunque afuera el cielo esté encapotado y amenace a tormenta gris y plomiza.
Y luego desnudo se enciende otro porro. Y las risas y el semen en el suelo.
Y la euforia de un momento que como digo siempre, solo el Alzheimer me arrebatará.
Y el recuerdo de pronto de tantos momentos como este.
Hace un año, por ejemplo. Qué nostálgico me estoy poniendo ya en este blog. Lo siento.
Hace un año, la semana del Orgullo (dejadme que lo escriba con mayúsculas) Yo recién llegado de NY después de 6 meses, y eufórico por poder comunicarme con todo el mundo. Que todos entendieran lo que decía. Poder dirigirme a cualquier chico guapo de la discoteca sabiendo que me iba a entender.
Yo llegué de NY sediento de Madrid. Con ganas de exprimir cada noche, cada hora, con ganas de hablar hasta que me obligaran a callarme. Y a los pocos días de estar aquí, llegó la fiesta del Orgullo. Y esa noche, loco de alegría, estaba dispuesto a beberme el Manzanares si Gallardón lo hubiera convertido en Ballantines con coca cola. Como a Gallardón no se le ocurrió esa obra megalómana, él prefiere enterrar la M-30, me tuve que conformar con un frasquito de GHB que Miguel diluyó en mi copa.
Ansioso, eufórico y pletórico por mi semana en Madrid y por estar rodeado de todos los chicos gays de España (hoy se puede decir España sin rubor después del partido 4-0 a Ucrania) me bebí en cuatro tragos la copa con el GHB. No lo hagáis nunca, advierto. El subidón no se hizo esperar ni cinco minutos. No pude controlarlo. Creo que perdí el conocimiento apoyado en una pared. Con el primer sorbo recuerdo que el pabellón donde se celebraba la fiesta aún estaba semi vacío, cuando recuperé el conocimiento, el pabellón estaba a rebosar. Vomité en las cuatro esquinas y en los siete contenedores del recinto. Luego pude recobrar parte de mi yo. Aunque un yo un poco diluido en tú, en él y en vosotros. Y disfruté de muchas de las ventajas de esa droga. Todos se habían convertido en seres apolíneos. Los defectos no existían y la belleza se multiplicaba como los gremlis mojados después de las doce. Hasta yo en el espejo me convertía en un sex symbol. Mi sonrisa era más sonrisa, mis ojos oscuros cada vez más oscuros. Y bajo ese estado artificial de euforia ligué.
Ligué con un chico que ya había visto en el metro camino a la fiesta. Y pensé sensatamente, ya que no me podía fiar de mi percepción artificial, que lo mejor sería al menos liarme con alguien que ya me había gustado antes de estar colocado. Porque bajo los efectos de la droga, todos me gustaban y eso no era un buen criterio a seguir. Porque el GHB hace ver todo lo feo bello, pero no impide que pierdas el control sobre otras facultades, como el sentido común. Extraña droga, sí.
Nos pusimos a hablar, nos besamos como dos soldados que se han salvado en la trinchera después de un ataque mortal. Y yo lo arrastré por toda la pista para preguntarle a todos mis amigos y conocidos si era guapo de verdad o sólo se trataba de un efecto engañoso de mi estado psicotrópico. Todos aprobaron la elección y acabamos en mi cama al amanecer.
El era de Barcelona, me dio su messenger, pero ahí se quedó la cosa.
¿Por qué cuento todo esto? Porque después de 6 meses de mi periplo de NY enamorado y absurdo, me vine a salvar una noche jugando a vomitar a las cuatro esquinas, perdiendo el conocimiento y besando a un guapo desconocido.
La frivolidad me salvó y le dio sentido a todo.
Volvía a mi mundo. Lo había echado de menos. Después de jugar a lo que no era. Después de intentar una vida que no era la mía, volví a mi sitio.
Cuando el trabajo me agobia y cuando la responsabilidad me atenaza, me reconforta saber que un chico paseando descalzo y desnudo por mi nuevo piso, en el que aún no vivo, pero es sólo mío, puede dar un sentido a todo. A mi caos. A mi vida.
Qué cosas. Busco el equilibrio, pero sólo me encuentro en el caos. (Perdonad la grandilocuencia de un porrero que casi nunca fuma)
Buenas noches, Madrid. Ya falta menos para el siguiente Orgullo.
el equilibrio
Dentro de unos días cumplo 34.
Es raro escribirlo. Llevo tantos meses mentalizado pensando en que voy a cumplir esa edad que ya parecía que los tenía, los 34, digo. Así que me siento un poco mentiroso. Parece que fuera a cumplir 35 y me quitara uno.
Pero no, lo compruebo en el DNI, echo la cuenta y salen 34.
El 16 de junio cumplo 34.
Con 4 kilos más de los que esperaba, más canas en la barba y unas ojeras que ya no se me van de la cara por mucho que duerma.
Hace más o menos un año, el 16, celebraba mi cumpleaños en un restaurante italiano del East Village, con el chico del que estaba completamente enganchado, obsesionado.
Él me invitó a ese restaurante, compró una botella de champán y cervezas. En ese italiano uno tenía que llevar sus propias botellas de alcohol si quería emborracharse. Eso a mí me parecía lo más de lo más.
East Village, NY, comiendo pizzas con unas cervezas de la marca Negra Modelo compradas en el deli paquistaní de la esquina.
Habían sido unos meses duros en NY, intensos. Un largo invierno incomunicado por el frío y por el idioma, seguido de una primavera más generosa, que ayudó a que la dificultad del idioma empezara a resquebrajarse de la misma manera que los bloques de hielo en el río Hudson.
¿Por qué esa ciudad será tan condenadamente cinematográfica y literaria? East Village, el río Hudson... suena todo tan evocador. Supongo que por eso me fui allí esos meses, para sentirme personaje de pelicula americana. Lo que no imaginaba es que me convertiría más en personaje de película rusa: Introvertido, incomunicado, deprimido. Y enamorado, ay, como en un bolero cantado por la Lupe, por Sabina, por Chavela. Enamorado como un tonto el día de los enamorados. Enamorado como en una novela de Tolstoi.
Un año después ya no me siento nada ruso: Ni introvertido, ni incomunicado, ni deprimido. Ni enamorado.
Han pasado muchas cosas. Enumero:
- 11 meses de trabajo en una productora, con un horario de entrada y de salida (que yo he procurado saltarme a la torera más veces de las que mi jefe acepta ), con unos atascos que hacían de un trayecto de 20 minutos uno de una hora. (Nunca pensé que pasaría tantas horas en la M30 encerrado en un panda fragil y azul. Yo, que no cogía más coche que un taxi para volver de madrugada. Yo, que mi camino al trabajo consistía en salir de la cama y sentarme en la mesa de la habitación)
- Unas noches de fin de semana, también rutinarias, pero no por eso menos divertidas
- Unos cuantos chicos levántandose a mi lado, con ese aliento que deja la resaca, pero lo suficientemente guapos como para que ese aliento no importara.
Todo eso y más ha pasado en un año. Porque también...
- me he comprado un piso. Sí, ya soy propietario. Ya soy uno más que pasa media vida atascado en la M 30 y que tendrá que pagar una hipoteca que quita el hipo y provoca sudor frío cuando piensas mucho rato seguido en ella. Maldita la hora, maldita la hora, pero qué 6 balcones más bonitos que tiene y que dan a la plaza 2 de mayo. Tan chula, tan centrica pero tan ruidosa, ay... ¿mi vida sera centrica y ruidosa a partir de ahora? ay... ¿quiero eso? ay...
-he coordinado una serie de la que a ratos estoy muy orgulloso y de la que a ratos quiero escapar corriendo.
-he ido al sicólogo para que me ayudara a aceptar los 4 kilos de más, las canas en la barba, el invierno en NY, los atascos de la M30, las ganas de dejar mi trabajo, mi miedo al compromiso hacia todo.
- he ido también al sicólogo para aceptar mis subidas y bajadas. Aceptar que soy un exagerado que no todo es estupendo o que no todo es horriiiible... que mi trabajo no siempre es la leche y que cuando viene un día malo no hay que decir ahí te quedas a otra cosa, yo me bajo en atocha y usted?
- he ido al sicólogo para que no me vuelva a aterrorizar ese mini ataque de ansiedad que casi me mata del susto un domingo de otoño por la tarde. Ansiedad por una vida que tiene todos los elementos para que funcione, pero que a veces se atasca.
¿Será eso cumplir 34? ¿Será eso madurar? ¿Ir al sicólogo para aceptar que hay vida encerrado en un panda en la M·30 y que hay vida comprometido a 40 años con una letra de hipoteca?
Y yo qué sé.
¿Por qué se titula este artículo Equilibrio? Supongo que porque estoy haciendo un balance rápido de un año. Porque intento ser equilibrado.
Pero sobre todo porque es lo que estoy intentando aprender, a buscar el equilibrio. No todo es bueno o malo. No todo es euforia o depresión. Se puede construir equilibradamente. Se puede pensar equilibradamente.
Hay dias que siento mi vida construida en una roca. Todo parece firme, estable, rutinario. Otros días veo que esa roca está sobre una capa fina de hielo. Cualquier movimiento brusco la puede romper y todo se irá al garete. ¿Cómo puedo pensar hoy que estoy sobre una roca y mañana pensar que estoy sobre una capa fina de hielo? ¿Será por mi facilidad para mandarlo todo al garete? ¿por miedo a una rutina que a la vez necesito?
Hoy todo va bien y mañana puedo sentir justo lo contrario. Si a ese chico no le gusto, si ese guión no funciona, si el capítulo que se emite no es muy bueno, si no recibo halagos, si no sé manejar a mi equipo de guionistas, todo, todo, enseguida se viene abajo. Y tengo ganas de correr y de saltar muy fuerte sobre la roca para que rompa el hielo y así hundirme.
Pero si el chico me sonríe y acaba en mi cama y si esa secuencia le gusta hasta a la cadena de tv y si me he reído a la hora de comer y también me he reido encerrado en el panda, todo parece funcionar y me alegro de haber construido todo sobre esa roca.
El equilibrio. ¿Los 34 me harán más equilibrado? ¿No pensaré en escapar, en tirarlo todo por la borda una vez a la semana, cuando él no me sonría en esa discoteca de chicos de 18, cuando otro guión más no funcione?
Estais todos invitados a mi cumpleaños. Esta vez no habrá East Village, ni obsesiones destructivas. Este año toca fiesta. Ya veremos si equilibrada o no. Alcoholica fijo.
Es raro escribirlo. Llevo tantos meses mentalizado pensando en que voy a cumplir esa edad que ya parecía que los tenía, los 34, digo. Así que me siento un poco mentiroso. Parece que fuera a cumplir 35 y me quitara uno.
Pero no, lo compruebo en el DNI, echo la cuenta y salen 34.
El 16 de junio cumplo 34.
Con 4 kilos más de los que esperaba, más canas en la barba y unas ojeras que ya no se me van de la cara por mucho que duerma.
Hace más o menos un año, el 16, celebraba mi cumpleaños en un restaurante italiano del East Village, con el chico del que estaba completamente enganchado, obsesionado.
Él me invitó a ese restaurante, compró una botella de champán y cervezas. En ese italiano uno tenía que llevar sus propias botellas de alcohol si quería emborracharse. Eso a mí me parecía lo más de lo más.
East Village, NY, comiendo pizzas con unas cervezas de la marca Negra Modelo compradas en el deli paquistaní de la esquina.
Habían sido unos meses duros en NY, intensos. Un largo invierno incomunicado por el frío y por el idioma, seguido de una primavera más generosa, que ayudó a que la dificultad del idioma empezara a resquebrajarse de la misma manera que los bloques de hielo en el río Hudson.
¿Por qué esa ciudad será tan condenadamente cinematográfica y literaria? East Village, el río Hudson... suena todo tan evocador. Supongo que por eso me fui allí esos meses, para sentirme personaje de pelicula americana. Lo que no imaginaba es que me convertiría más en personaje de película rusa: Introvertido, incomunicado, deprimido. Y enamorado, ay, como en un bolero cantado por la Lupe, por Sabina, por Chavela. Enamorado como un tonto el día de los enamorados. Enamorado como en una novela de Tolstoi.
Un año después ya no me siento nada ruso: Ni introvertido, ni incomunicado, ni deprimido. Ni enamorado.
Han pasado muchas cosas. Enumero:
- 11 meses de trabajo en una productora, con un horario de entrada y de salida (que yo he procurado saltarme a la torera más veces de las que mi jefe acepta ), con unos atascos que hacían de un trayecto de 20 minutos uno de una hora. (Nunca pensé que pasaría tantas horas en la M30 encerrado en un panda fragil y azul. Yo, que no cogía más coche que un taxi para volver de madrugada. Yo, que mi camino al trabajo consistía en salir de la cama y sentarme en la mesa de la habitación)
- Unas noches de fin de semana, también rutinarias, pero no por eso menos divertidas
- Unos cuantos chicos levántandose a mi lado, con ese aliento que deja la resaca, pero lo suficientemente guapos como para que ese aliento no importara.
Todo eso y más ha pasado en un año. Porque también...
- me he comprado un piso. Sí, ya soy propietario. Ya soy uno más que pasa media vida atascado en la M 30 y que tendrá que pagar una hipoteca que quita el hipo y provoca sudor frío cuando piensas mucho rato seguido en ella. Maldita la hora, maldita la hora, pero qué 6 balcones más bonitos que tiene y que dan a la plaza 2 de mayo. Tan chula, tan centrica pero tan ruidosa, ay... ¿mi vida sera centrica y ruidosa a partir de ahora? ay... ¿quiero eso? ay...
-he coordinado una serie de la que a ratos estoy muy orgulloso y de la que a ratos quiero escapar corriendo.
-he ido al sicólogo para que me ayudara a aceptar los 4 kilos de más, las canas en la barba, el invierno en NY, los atascos de la M30, las ganas de dejar mi trabajo, mi miedo al compromiso hacia todo.
- he ido también al sicólogo para aceptar mis subidas y bajadas. Aceptar que soy un exagerado que no todo es estupendo o que no todo es horriiiible... que mi trabajo no siempre es la leche y que cuando viene un día malo no hay que decir ahí te quedas a otra cosa, yo me bajo en atocha y usted?
- he ido al sicólogo para que no me vuelva a aterrorizar ese mini ataque de ansiedad que casi me mata del susto un domingo de otoño por la tarde. Ansiedad por una vida que tiene todos los elementos para que funcione, pero que a veces se atasca.
¿Será eso cumplir 34? ¿Será eso madurar? ¿Ir al sicólogo para aceptar que hay vida encerrado en un panda en la M·30 y que hay vida comprometido a 40 años con una letra de hipoteca?
Y yo qué sé.
¿Por qué se titula este artículo Equilibrio? Supongo que porque estoy haciendo un balance rápido de un año. Porque intento ser equilibrado.
Pero sobre todo porque es lo que estoy intentando aprender, a buscar el equilibrio. No todo es bueno o malo. No todo es euforia o depresión. Se puede construir equilibradamente. Se puede pensar equilibradamente.
Hay dias que siento mi vida construida en una roca. Todo parece firme, estable, rutinario. Otros días veo que esa roca está sobre una capa fina de hielo. Cualquier movimiento brusco la puede romper y todo se irá al garete. ¿Cómo puedo pensar hoy que estoy sobre una roca y mañana pensar que estoy sobre una capa fina de hielo? ¿Será por mi facilidad para mandarlo todo al garete? ¿por miedo a una rutina que a la vez necesito?
Hoy todo va bien y mañana puedo sentir justo lo contrario. Si a ese chico no le gusto, si ese guión no funciona, si el capítulo que se emite no es muy bueno, si no recibo halagos, si no sé manejar a mi equipo de guionistas, todo, todo, enseguida se viene abajo. Y tengo ganas de correr y de saltar muy fuerte sobre la roca para que rompa el hielo y así hundirme.
Pero si el chico me sonríe y acaba en mi cama y si esa secuencia le gusta hasta a la cadena de tv y si me he reído a la hora de comer y también me he reido encerrado en el panda, todo parece funcionar y me alegro de haber construido todo sobre esa roca.
El equilibrio. ¿Los 34 me harán más equilibrado? ¿No pensaré en escapar, en tirarlo todo por la borda una vez a la semana, cuando él no me sonría en esa discoteca de chicos de 18, cuando otro guión más no funcione?
Estais todos invitados a mi cumpleaños. Esta vez no habrá East Village, ni obsesiones destructivas. Este año toca fiesta. Ya veremos si equilibrada o no. Alcoholica fijo.





