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equilibrio
Mi existencia sobre una roca solida posada en una capa fina de hielo
Sindicación
 
Frivolidad, euforia y GHB

Si estrené este blog hablando de equilibrio, permitidme que de un salto de gigante, y todo este artículo hable sobre el caos. O sea más bien caótico.

Caótico Carlos, se podría llamar, robándole a Medem el título del que tanto nos hemos reído los amigos. Caótica Ana, así se llama su nuevo proyecto. Hay que tener huevos.

Caos, porque escribo bajo los efectos de dos cervezas, una botella de vino y dos porros. Unido al cansancio de 8 horas en el curro y un partido victorioso de España Ucrania, cualquiera puede entender mi grado etílico y poco equilibrado. Es la 1 y cuarto de la madrugada. (Este dato también puede ayudar a disculpar todo este desvarío)

He mencionado a Medem. Permitidme ahora que cite a La cabra Mecánica (soy un erudito como veis). La letra de una de sus canciones:

“Felicidad que bonito nombre tienes
Felicidad hay que ver donde te metes
Felicidad cuando sales sola a bailar
Te tomas dos copas de más y se te olvida que me quieres....”

La letra es grande. “Y tomas dos copas de más y se te olvida que me quieres” Pocas veces una frase ha definido también mis intentos de relaciones con mis parejas. A la segunda copa yo siempre me olvidaba del amor que profesaba a mi novio. Y ya estaba el lío armado.

Pero no traigo a colación esta letra para hablar de mis intentos fallidos de compromiso sentimental. Quería hacer un cambio de palabra en la letra. Quería sustituir felicidad por frivolidad. Porque en la felicidad no puedo creer, como mucho puedo aspirar a ella. Un anhelo noble pero absurdo, supongo. En la frivolidad creo. Creo y oposito.

La frivolidad da sentido a mi vida.

La frivolidad es como el arte en los museos, como una buena novela en la que te sumerges. La frivolidad es como una serie de televisión que te apasiona. La frivolidad es como la mejor canción de REM (aunque casi todas sean tristes). La frivolidad te libera de lo serio de la vida. La frivolidad hace que conviertas el agobio y el tedio de tener que pagar la letra de tu hipoteca en un momento de luz. En un momento de brillo, de magia.

La frivolidad convierte el peso de una letra de piso en el paseo de un chico hermoso y desnudo que acepta pisar descalzo el parqué de tu casa aún sin remodelar.

La felicidad es robarle a la seriedad de la vida un momento irrepetible. Darle a través de la risa, del descaro, del deseo, una razón para seguir trabajando sin sentido hasta el día de tu jubilación.
La frivolidad a veces puede avergonzarte, porque es duro admitir que vives para esos momentos en los que un sueño adolescente se convierte en realidad.

Yo que soñé con abrazar a Rob Lowe cuando tenía 18 años (él tenía 18, yo dos menos, creo), ahora estoy con alguien parecido al que desnudo en mi piso aún sin pagar de la Plaza del 2 de Mayo. Le quito la camiseta, luego los pantalones. Las zapatillas me cuestan más. Luego los gallumbos. Y ahí está en todo su esplendor, como sacado de una película porno de Bel Ami, como el sueño de Cocteau, como un fotograma de una peli de Gus Van Sant o de Passolini, como un poema de Villena.

Y le digo, paséate por mi piso. Y él obedece y yo me muero frívolamente. Y la vida, ay, ya no es equilibrada, ni seria, ni rígida, ni rutinaria. La vida se convierte en un poema de Alberti, en una oda al mar y a sus gaviotas. La vida se vuelve technicolor aunque afuera el cielo esté encapotado y amenace a tormenta gris y plomiza.

Y luego desnudo se enciende otro porro. Y las risas y el semen en el suelo.

Y la euforia de un momento que como digo siempre, solo el Alzheimer me arrebatará.

Y el recuerdo de pronto de tantos momentos como este.

Hace un año, por ejemplo. Qué nostálgico me estoy poniendo ya en este blog. Lo siento.

Hace un año, la semana del Orgullo (dejadme que lo escriba con mayúsculas) Yo recién llegado de NY después de 6 meses, y eufórico por poder comunicarme con todo el mundo. Que todos entendieran lo que decía. Poder dirigirme a cualquier chico guapo de la discoteca sabiendo que me iba a entender.

Yo llegué de NY sediento de Madrid. Con ganas de exprimir cada noche, cada hora, con ganas de hablar hasta que me obligaran a callarme. Y a los pocos días de estar aquí, llegó la fiesta del Orgullo. Y esa noche, loco de alegría, estaba dispuesto a beberme el Manzanares si Gallardón lo hubiera convertido en Ballantines con coca cola. Como a Gallardón no se le ocurrió esa obra megalómana, él prefiere enterrar la M-30, me tuve que conformar con un frasquito de GHB que Miguel diluyó en mi copa.

Ansioso, eufórico y pletórico por mi semana en Madrid y por estar rodeado de todos los chicos gays de España (hoy se puede decir España sin rubor después del partido 4-0 a Ucrania) me bebí en cuatro tragos la copa con el GHB. No lo hagáis nunca, advierto. El subidón no se hizo esperar ni cinco minutos. No pude controlarlo. Creo que perdí el conocimiento apoyado en una pared. Con el primer sorbo recuerdo que el pabellón donde se celebraba la fiesta aún estaba semi vacío, cuando recuperé el conocimiento, el pabellón estaba a rebosar. Vomité en las cuatro esquinas y en los siete contenedores del recinto. Luego pude recobrar parte de mi yo. Aunque un yo un poco diluido en tú, en él y en vosotros. Y disfruté de muchas de las ventajas de esa droga. Todos se habían convertido en seres apolíneos. Los defectos no existían y la belleza se multiplicaba como los gremlis mojados después de las doce. Hasta yo en el espejo me convertía en un sex symbol. Mi sonrisa era más sonrisa, mis ojos oscuros cada vez más oscuros. Y bajo ese estado artificial de euforia ligué.

Ligué con un chico que ya había visto en el metro camino a la fiesta. Y pensé sensatamente, ya que no me podía fiar de mi percepción artificial, que lo mejor sería al menos liarme con alguien que ya me había gustado antes de estar colocado. Porque bajo los efectos de la droga, todos me gustaban y eso no era un buen criterio a seguir. Porque el GHB hace ver todo lo feo bello, pero no impide que pierdas el control sobre otras facultades, como el sentido común. Extraña droga, sí.

Nos pusimos a hablar, nos besamos como dos soldados que se han salvado en la trinchera después de un ataque mortal. Y yo lo arrastré por toda la pista para preguntarle a todos mis amigos y conocidos si era guapo de verdad o sólo se trataba de un efecto engañoso de mi estado psicotrópico. Todos aprobaron la elección y acabamos en mi cama al amanecer.

El era de Barcelona, me dio su messenger, pero ahí se quedó la cosa.

¿Por qué cuento todo esto? Porque después de 6 meses de mi periplo de NY enamorado y absurdo, me vine a salvar una noche jugando a vomitar a las cuatro esquinas, perdiendo el conocimiento y besando a un guapo desconocido.

La frivolidad me salvó y le dio sentido a todo.

Volvía a mi mundo. Lo había echado de menos. Después de jugar a lo que no era. Después de intentar una vida que no era la mía, volví a mi sitio.

Cuando el trabajo me agobia y cuando la responsabilidad me atenaza, me reconforta saber que un chico paseando descalzo y desnudo por mi nuevo piso, en el que aún no vivo, pero es sólo mío, puede dar un sentido a todo. A mi caos. A mi vida.

Qué cosas. Busco el equilibrio, pero sólo me encuentro en el caos. (Perdonad la grandilocuencia de un porrero que casi nunca fuma)

Buenas noches, Madrid. Ya falta menos para el siguiente Orgullo.

 
Comentario:
ai, ai ai! un porrito más!! Espero que limpiasteis el suelo, viejo sucio.
 
Comentario:
Frivolidad, ¿necedad o sabiduría? ¿O las dos cosas? Sin duda hay frivolidades y frivolidades, momentos y momentos... la frivolidad es irritante cuando es l punto de partida único, cuando es la negación y o la contestación de la reflexión. Es envidiable virtud cuando es consciente y cuando se recala en ella, con en refrescante oasis, tras las fatigas del viaje por las páramos de la responsabilidad. Y no todos estamos capacitados para hacer esa parada. Parece un contrasentido, pero no lo es. Yo- permitidme que personalice- estoy incapacitado para la frivolidad. Tengo sentido del humor, sé divertirme, no abomino de lo contingente, ni soy adicto a lo trascendente, pero soy genética o culturalmente -¿quién lo sabe?- incapaz de abandonarme por mucho rato al carpe diem, al vivir del presente como absoluto, a dejarme arrastrar por el dulce arroyo del placer... y es una desgracia, no creáis que no. Yo fui actor de teatro durante un tiempo de mi vida, allá por el Pleistoceno, y lo que más añoro de aquella época, aparte de la juventud (¡cómo les gustaba yo a los gays si me vierais hoy, no os lo creeríais, aunque mis gustos eran otros!) es la sensación que tenía en el escenario de vivir sólo el presente, el instante, concentrando todos mis sentidos y capacidades en la magia del momento, sin recuerdos ni proyectos: el aquí y ahora de la situación imaginaria de la escena me obligaba a vivir sólo aquí y ahora en la vida real. Nunca he tenido de nuevo esa sensación desde que dejé de actuar. En cada momento de mi vida (sí, en “cada” momento, también en ese momento) algo en mi cerebro está vigilándome, haciendo consideraciones sobre la situación, sus consecuencias. Incluso borracho soy un borracho responsable. No es una virtud, os lo juro. Un beso.
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