Ralf König
El sábado pasado Darío me envió el siguiente mensaje:
“No fue un sueño: estabas en una fiesta de romanos con unas alitas puestas y la foto con el futuro sex symbol de España entera en el bolsillo. Nos llamamos en la mani?”
Lo cito porque no imagino mejor manera para describir como fue la semana del orgullo. Sí, acabé el viernes con unas alitas de ángel en una fiesta de desconocidos todos ellos disfrazados de romanos. Yo me pasé toda la fiesta persiguiendo a un amigo de Miguel obsesionado con bajarle los pantalones, él se dejaba encantado. Y la foto del sex symbol de la que habla el mensaje... bueno, esa historia la contaré otro día. No es apta para sobrios.
Ese mismo sábado por la tarde esperamos en Callao a que la manifestación del Orgullo con sus carrozas orgullosas desfilaran ante nosotros y ante “decenas de miles” de personas. ¿Por qué las manifestaciones a favor de la familia eran cientos de miles, incluso millones y nosotros, los gays orgullosos sólo somos para los periódicos “decenas de miles”? En fin.
Esa noche acabamos en la fiesta de Infinita, donde otras decenas de miles (al menos una decena) bailaba a ritmo maquinorro bajo los efectos del alcohol y demás sustancias perniciosas. Yo me dejé arrastrar por los ritmos y por las sustancias y sentí esos momentos de gloria en los que quieres que la noche no se acabe nunca y sueñas con permanecer eternamente rodeado de esa gente que va tan inconsciente pero mucho menos vestida que tú. Y encima tiene muchos más músculos y mejor puestos que los tuyos.
Intenté ligar con un guapo que me dio bola toda la noche pero que al final prefirió la compañía de su amiga, una petarda de 21 que añoraba a su ex novio latino, con el que había roto la noche anterior y al que calificaba de fogoso. Porque los latinos son muy fogosos, ¿a qué si, Carlos? Y uno qué contesta a eso cuando en realidad lo que quiere es que ella se evapore con todas sus opiniones de extrarradio y te deje a solas con el guapo. Sólo conseguí su teléfono y dos mensajes majos pero lacónicos, que a nada que uno interprete significan una cosa: NO CONTIGO
Amaneció en la fiesta y los primeros rayos del sol se colaron entre las ventanas iluminando todo el andamiaje como de nave espacial que sustentaba el techo del recinto. Y realmente uno se sentía como dentro de una película de ciencia ficción, miles de cuerpos bailando en la pista y yo allí, en la segunda planta contemplando ese amanecer galáctico. Y el guapo al lado y la petarda descalza de sus zapatos plateados, sentada en la barra y añorando a su fogoso latino.
En el metro de vuelta a la realidad la gente estuvo apunto de amotinarse y se vivieron unas escenas cercanas al pánico. Pero todo quedó en nada. Como lo mío con el guapo. No fue un sueño, pero casi.
Y ahora que hago recuento de esa noche y de las anteriores (yo empecé la maratón alcohólica el martes y la acabé el lunes siguiente) con las alitas, las fiestas de romanos, las petardas mariliendres, las pastis y el mdma, las carrozas de la mani, los músculos de los chicos, el ambiente festivo y eufórico durante toda la semana en Chueca... Ahora que hago recuento, decía, lo agito todo en la coctelera de la resaca y lo que sale es como de comic de Ralf König. ¿En qué momento me convertí en un estereotipo del dibujante alemán? Ya sólo me falta que me acaben gustando los tipos rudos y peludos como a él. Pero, no, aún no me he convertido del todo, sigo prefiriendo los niños de 21 con amigas imposibles.





