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Testamento de Miércoles
Escribir es lo más divertido que se puede hacer sin ayuda
Acerca de

Para mi "husband" soy una bruja. Para mi enana "su mamá del mundo mundial". Para mi sobrino mayor "un demonio". Para otros soy "una loca". Para alguno "una tía simpática". Para la mayoría soy "la hermana de...", "la hija de...", "la mujer de...", "la tía de...", "la mamá de...". En fin, que vete a saber quién soy yo. Si te apetece intentar averiguarlo, pasa y lee.


Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons

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Mudanza I
Comunicamos a nuestra distinguida clientela (Ja…) y apreciados amigos (Ja… ja…) que por diversos motivos (Vamos, porque te da la gana…), hemos decidido trasladar nuestro negocio a otro lugar de la blogosfera.

Si le apetece a usted conocer nuestro nuevo lugar de residencia, haga favor de seguir al equipaje (sí, sí, este de aquí abajo…).

Que usted lo pase bien y disculpe las molestias.

Este de aquí les llevará hasta la nueva dirección de Testamento de Miércoles


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Una pequeña historia: El personaje
Todo en mí es gris e indefinido.

Tengo un rostro mediocre.

Carezco de personalidad.

Y no tengo historia.

No he nacido, simplemente estoy aquí. No tengo infancia. No tengo primer amor. Existo pero no vivo o, si lo prefieres, tengo vida pero no “una vida”.

Sería genial tener una historia que comenzara con algo como: “Nací una fría noche de invierno, en una solitaria casa de un solitario pueblo de esta solitaria tierra”… o, tal vez con algo así: “Me llamo Josías Aldecoa, tengo 39 años y, hasta hoy, mi vida era de lo más anodina…”, o, quizás así: “Cuando nací, hace más años de los que me gustaría confesar, mi padre se sintió el hombre más feliz de la tierra. Mi madre, sin embargo, sintió que su vida acababa con mi nacimiento…”. Y aún más genial sería que, tras un inicio como éste, viniera una historia, mi historia. Me da igual terrorífica, humorística, dramática… el caso es tener una historia. Una vida.

He viajado por todo el mundo en busca de un escritor que me inventara una vida pero, según algunos soy “poco interesante”, otros me consideran “claramente insulso”, alguno más me ha llamado “el culmen de la mediocridad” y el más considerado, el que incluso llegó a pensárselo durante unos minutos (dos o tres), finalmente me confesó que “era imposible sacar una historia de un ser tan nebuloso”. Pero ¿qué esperan de mí? Soy un ser sin historia ni personalidad ¿No es normal que sea “insulso” y “nebuloso”? ¿No son ellos quienes me tienen que hacer interesante? ¿No es esa su misión?

Cuando inicié mi búsqueda soñaba con que alguien escribiera el gran libro de mi vida. Que la inventara desde el primer momento hasta el último. ¡Qué sensación tan maravillosa debe ser tener el cerebro lleno de recuerdos! Deseaba sobre todas las cosas tener una vida.

Pasado un tiempo comencé a pensar que me bastaría con que contaran una historia, cualquiera, pero en la que yo fuera el protagonista. Con eso ya tendría un nombre, un lugar de procedencia y algunos recuerdos.

Pasó más tiempo de búsqueda infructuosa y mis aspiraciones comenzaron a descender hasta conformarme con un capítulo de algún libro.

Luego pasé a pedir un párrafo.

A estas alturas de mi existencia estoy dispuesto a conformarme con una línea en la que, al menos, se diga mi nombre; con eso bastaría para que algún lector me pusiera rostro y alguna característica más.

Pero, como es evidente, todavía no he tenido suerte… y conociendo al escritor con el que estoy ahora, mucho me temo que seguiré sin tenerla. Lo conocí no hace mucho, mientras paseaba por el bosque pensando en mi desgracia, justo el mismo día que conocimos a la musa Elisenda; una buena chica aunque un tantito pedante. Me contó (nos contó) que andaba en busca de una musa pues la última que había tenido había desaparecido un día que la llevó de paseo a un Centro Comercial. Según él todo fue culpa del despiste y la multitud; yo creo que la otra salió huyendo de semejante nulidad.

Y es que el pobre no ha nacido para esto. Por mucho que él desee creer que sí, en realidad es el peor escritor de todos los tiempos. Y su problema no es que necesite una musa, no, su problema es la falta de talento. Hay escritores capaces de provocar un incendio con sus palabras y hay otros, como el interfecto, que no son capaces ni de encender una cerilla.

El caso es que me fui con él y con la musa en busca del Viejo de la Esquina o de la Espira o como se llame. Y cuando lo encontramos el muy… el muy… el muy Viejo, se burló de nosotros. Y nos llamó tontos porque le parecía increíble que, teniendo la solución delante de nuestros ojos, fuéramos incapaces de verla. Como si yo no me hubiera dado cuenta. Por supuesto que había visto lo evidente… otra cosa es que fuera lo que queríamos.

Sin embargo, el escritor pareció aceptarlo sin más. Y a la musa, por lo que me enteré más tarde, la obligaron a aceptarlo. Y yo… bueno… yo pensé que, total, si este escritorcillo era capaz aunque sólo fuera de darme una identidad, ya me valía.

Sigo esperando ese milagro pero dudo mucho de que este zopenco, incapaz hasta de encontrar un nombre para su perro, pueda ayudarme. Para más inri, la amargada de Elisenda me trae frito con eso de que no tengo personalidad y que deje de pedir que alguien me invente una vida y me la busque yo solito.

Me tienen tan harto que, durante un tiempo, me dio por pensar si sería posible el suicidio para alguien que no ha nacido ni vivido.

Luego se me ocurrió una idea mucho mejor.

Llevo años buscando una identidad y una historia. Nadie parece capaz de ofrecérmelas. Quizás ha llegado el momento de seguir el consejo de la musa y buscarme yo solito esas dos cosas

Podría ser, por ejemplo, un escritor fracasado y frustrado con una musa que lo odia.

Y esa identidad (con su correspondiente historia) la tengo ahí, al alcance de la mano.

Lo único que tengo que hacer es eliminar un “pequeño obstáculo” de mi camino.


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Pereza

Esta mañana, tentadoramente sibilina, sin pedir permiso, Pereza, se ha metido bajo mis mantas y ha comenzado a susurrarme al oído seductoras frases sobre los atractivos de la inacción.

- No te levantes – me decía. – Quédate en la cama. Se está tan bien con este calorcito. Estar envuelta en las mantas es casi como volver al seno materno ¿verdad?

Yo intentaba convencerla, convencerme, de que no podía ser. Que tenía muchas cosas que hacer. Dar el desayuno a la niña, barrer, fregar, hacer las camas, preparar la comida, etc… No podía permitirme quedarme en la cama, le decía.

Pero ella insistía:

- Bah, no tienes por qué hacer todo eso. Total por un día de ocio no va a pasar nada. Tu marido y la niña se pueden apañar sin ti por unas horas. Yo tengo un plan mucho mejor. Quédate aquí hasta que te dé la gana. Desayuna en la cama. Luego pasa el día leyendo o viendo la tele o, simplemente, remoloneando. Disfruta del “dolce far niente” ese que dicen los italianos

Lo cierto es que costaba mucho resistirse. Si algo tiene Pereza es que es muy tentadora y bastante convincente. Una vez te permites escucharla es muy difícil escapar a sus sugerencias. No hacer nada. Pasar el día tirada a la bartola. Suena muy bien. A mí, lo confieso, me resulta difícil escapar a esos cantos de sirena. Y así y todo, lo intentaba. En serio.

Pereza casi tenía la batalla ganada cuando apareció la plasta de Responsabilidad, con cara de vinagre y cada vez más parecida a la Señorita Rottenmeier. Yo, que la veo acercarse a la cama, me aferro a las mantas con fuerza no fuera a intentar apartarlas de golpe y me aplasto contra el colchón, esperando la diatriba que, seguro, va a soltarme.

- Adelaidaaaaa…

Bueno, va, no me llamó Adelaida pero yo creo que ganas no le faltan.

- – eso sí que lo dijo: Tú… será… - Vamos, arriba, holgazana, tienes deberes que cumplir. No hagas caso a esa cabeza loca de Pereza. Si de ella dependiera no se haría nada en el mundo… nunca.

Yo intenté disimular. Me hacía la dormida. Seguía atenta a lo que Pereza me contaba.

- No escuches a esa aburrida incapaz de divertirse. Hazme caso a mí y verás que día tan estupendo vas a pasar.

La Señorita Rottenmeier, perdón, Responsabilidad comenzó a zarandearme sin piedad.

- Ya tendrás tiempo de vaguear cuando acabes con todo lo que tienes que hacer. Recuerda: lo primero es el deber y luego el ocio.

Suena aburrida ¿a qué sí? Sin embargo, Pereza… ah… qué bien entiendo a Pinocho cuando la Zorra y el Gato logran convencerlo de que haga novillos. Es tan fácil escuchar a quien te dice que eludas tus obligaciones.

De pronto noté que tiraban de las mantas, era Responsabilidad intentando destaparme. Pereza, a su vez, tiraba de ellas en sentido contrario. Todo esto sin dejar de llamarse lindezas:

- Suelta esas mantas, loca de remate.

- No me da la gana, sosa, insulsa, aburrida.

- Estate quieta o te doy un sopapo, so lunática.

- Atrévete y te dejo sin moño, petarda.

- ¿Tú y cuantas locas más?

- ¿A que te arreo?


En estas estábamos cuando, de repente, una luz cegó mis ojos. Era la enana apuntándome con una linterna de luz ultravioleta (cosa de los Reyes y cierto “Diario Secreto”) mientras reclamaba a gritos “maaaamiiiiiiiiiiiiiiiiiii, el desayunoooooooo…”.

Pereza se esfumó barbotando incoherencias.

Responsabilidad sonrió exultante y se largó a arreglarse el moño.

Yo me levanté a preparar el desayuno, fregar, barrer, hacer las camas…

Algún día ganará Pereza y entonces… entonces….


 
Una pequeña historia: La musa
He tenido una eternidad para soñar con inspirar el párrafo de inicio más bello que se pueda imaginar. Uno de esos párrafos que atrapan al lector y lo llevan de la mano hacia el interior de una historia aún por descubrir. También he soñado, como no, en inspirar el libro más hermoso del universo; he soñado con la posibilidad de inspirar las palabras más luminosas de la historia, el relato más brillante jamás escrito.

Todo eso he soñado. Todo eso soñaba. Ahora ya he dejado de hacerlo.

No sé si por mi escasez de “capacidad inspiratoria” (he de reconcer que siempre fui la más torpe de la clase) o por incompetencia de los escritores que me han asignado o, quizás por ambas cosas, el caso es que nunca he sido capaz de inspirar nada digno de mención. Nada de lo por mí inspirado llegará jamás a las páginas de la historia literaria, ni tan siquiera como una humilde nota al pie.

Mi nombre es Elisenda y soy una modesta musa literaria. Nací hace hace ya varios siglos, allá en el Parnaso y estudié, como toda musa, en la Academia de las Nueve Grandes. Como ya he comentado anteriormente no fui una gran estudiante, pues mucho me temo que me faltan dotes para inspirar cosas bellas. Más de una vez he pensado que me habría ido mucho mejor siendo una simple ninfa, pero los designios de Zeus, sólo Zeus puede cambiarlos y, seamos sinceros, el rey de los dioses no es precisamente de pensamiento permeable.

Durante los siglos transcurridos tras mi graduación en la Academia, he ido pasando de escritor en escritor sin que ni ellos ni yo hayamos obtenido demasiadas satisfacciones literarias. Algunos tenían mucho anhelo pero poco talento; a otros les sobraba talento pero no ponían el empeño necesario. Otros ni tan siquiera deseaban escribir y se encontraban con un don que no entendían.

Hubo, sin embargo, uno con el que realmente llegué a creer que podríamos conseguirlo. Tenía talento de sobra. Poseía la ilusión necesaria. Se esforzaba al máximo. Y me tenía a mí para traerle la inspiración. Junto a él me sentí realmente capaz de alcanzar cimas extraordinarias. Volé por el éter en busca de las ideas más originales, y se las llevaba en racimos, y se las entregaba una por una, dejando que las saboreara y les diera forma. Le traje ideas trágicas, cómicas, épicas, líricas… me esforcé al máximo para él. Estaba convencida de que, finalmente, conseguiría ser una buena musa. Quizás no la más grande pero si una importante.

Y entonces llegó Adrenilda. Mi rival desde que dimos los primeros pasos. Me odiaba, no sé por qué. Yo también la odiaba sin saber por qué. Era nuestro odio como el amor a primera vista: irracional y arrollador. En cuanto apareció supe que perdería a mi maravilloso escritor. Ella es fuerte, yo soy débil. Ella es brillante, yo mediocre. Ella es capaz de encontrar las ideas más deslumbrantes donde nadie es capaz de hayarlas, yo… bueno, yo hago lo que puedo. Aún así intenté luchar, pero estaba vencida antes del comienzo de la batalla.

El escritor junto al que había pasado los momentos más felices y bellos; el literato al que había dedicado mis mejores esfuerzos y mi trabajo más delicado, el escultor de palabras cuyo cincel yo guiaba, me olvidó en cuanto Adrenilda posó sobre él sus plateados ojos. Ahora él se ha convertido en “el más grande escritor de los últimos tiempos”. Adrenilda no pierde oportunidad de presumir de ello, así como tampoco pierde ocasión para contarme sobre las múltiples felicitaciones y premios que las Nueve le han concedido o de la vez que el gran Apolo en persona la invitó a una de sus exclusivas cenas.

En cuanto a mí… Bien… Yo he ido pasando de un escritor a un escritorzuelo y de este a un escribidor del tres al cuarto. Hasta llegar a este… este… este tarugo. No encuentro palabra mejor para calificarlo. Bueno, sí, también podría llamarle cenutrio, zote, adoquín, bodoque, mendrugo… Así de duro de mollera y sordo a mis ideas se muestra. Lo conocí mientras paseaba por el bosque en espera de que las Nueve Grandes me designaran un nuevo pupilo. Él había perdido a su musa (la realidad es que la pobre salió huyendo de semejante zopenco) y estaba acompañado por un personajillo que necesitaba una historia (aunque yo creo que lo que realmente necesita es una personalidad) y me uní a su viaje en busca del Viejo de la Esquina o de la Espina o como sea.

Y tuve que soportar las risas del viejo chocho mientras nos decía que la solución estaba ante nuestras narices. Sí, claro, ante nuestras narices. Como si yo no me hubiera dado cuenta. Por supuesto que había visto lo evidente… otra cosa es que yo quisiera aceptarlo.

Pero el bucéfalo este, el zote que se atreve a llamarse escritor, lo aceptó. Y el otro memo también lo aceptó. Y a mí… a mí las Nueve me lo hicieron aceptar. Les pareció una idea de lo más divertido unir a la musa más torpe de la historia con el escritor más melón que haya existido. La vida eterna es lo que tiene: ya seas dios, ninfa o musa, te aburres mortalmente.

De modo que ahora me dedico a buscar ideas (no muy complicadas) para un escritor (no muy complicado) que escribe historias para un personaje (no muy complicado). Sigo enviando notas y cartas a las Nueve Grandes, suplicándoles que me den otra oportunidad con otro escritor, no tiene que ser un gran genio, me basta con que no sea un ceporro como el que ahora está bajo mi tutela, pero sólo recibo la callada por respuesta.

No puedo fugarme como mi antecesora porque las Nueve me han amenazado con enviarme al Hades a hacer compañía a Caronte.

Me queda el consuelo de que yo soy inmortal pero este mostrenco, no. Será cuestión de tener un poco de paciencia… o de ayudarle a llegar antes al final de su camino.


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Tiempo

Esto del tiempo, ya se sabe, es como la riqueza mundial: está mal repartido. Hay gente a la que parece sobrarle y hay otros a las que no les llega con el que tienen. A mí, particularmente, me parece que sería estupendo que el tiempo pudiera traspasarse, prestarse, regalarse o, ya puestos, venderse.

A mí últimamente parece que me falta tiempo y estaría encantada de que alguna de esas personas que dicen no saber qué hacer con él (cosa que ofende mucho al Tiempo) me regalara un poquito.

Pero, claro, no se puede.

Ya lo he intentado. He ido a la Oficina Central de Personificaciones Antropomórficas, he pedido cita con el Tiempo y le he preguntado si no habría manera de solucionar esta cuestión.

- ¿Y para qué quieres más tiempo? – Me preguntó el joven-viejo-maduro-niño.

- Para… para todo.

- Pero ¿qué es todo? Me gustaría que especificaras un poco más. Simple curiosidad.

- Pues, verá, quiero más tiempo para enviar a mi imaginación a vagabundear por esos mundos. Tiempo para escribir las cosas que esa loca me cuenta tras sus vagabundeos. Tiempo para no hacer nada y dedicarme a la observación de la vida de las musarañas. Tiempo para leer todos los libros que quiero leer y poder saborear cada letra de cada capítulo. Tiempo para pasarlo con mi hija, tiempo para gastarlo con ella y con mi marido; tiempo para estar a solas con el husband (puede que le parezca que es lo mismo pero le aseguro que son tiempos muy distintos). Tiempo para descubrir si mis dedos aún saben sujetar un lápiz y dibujar. Tiempo para ver películas. Tiempo para ver series. Tiempo para escuchar música. Tiempo para estar a solas con mis pensamientos y verlos pasar volando, cogerlos en el aire y analizarlos, si me apetece, o dejarlos marchar sin dedicarles una segunda mirada. Tiempo para contemplar, escuchar y sentir. Tiempo para ahondar en los sentimientos y bucear en los recuerdos. Tiempo para estudiar, investigar y conocer. Tiempo para pasear sin rumbo fijo y tiempo para fijar un rumbo. Tiempo para acariciar y para sentir el viento y para escuchar la lluvia. Tiempo para charlar y tiempo para estar en silencio. Para estar a solas y en compañía. Tiempo para aprovecharlo o para malgastarlo. Tiempo para diferenciar los diferentes tonos de verde que ofrece un paisaje. Tiempo para disfrutar de un baño. Fíjese que hasta me gustaría tener más tiempo para dormir y soñar. En fin, simplemente, necesito más tiempo para… todo.

- Vaya, vaya, muy interesante. Pero me temo que yo no puedo darte más tiempo – me dijo el niño-viejo-joven-maduro.

- ¿Por qué no? Hay mucha gente que dice que le sobra el tiempo y que no sabe qué hacer con él ¿no?

- Sí, así es y, te aseguro que es bastante ofensivo escuchar esas cosas.

- Entonces, deme un poco de ese tiempo. Repártalo un poco mejor, hombre. Seguro que hay más gente por ahí que desearía tener más. ¿Qué le cuesta hacer un trasvase de unos a otros?

- No es que me cueste, es que no se puede. No puedo alterar el equilibrio universal de esa manera. Cada ser humano tiene su cantidad de tiempo propia y no se le puede quitar a uno para darle a otro sea cual sea el uso que le dé.

- Pues menuda injusticia.

- Puede que lo sea pero… nadie dijo que la vida fuera justa. Mira, llévate esta agenda y prueba a organizarte mejor ¿Qué te parece?

- Mejor no le digo lo que me parece; no quiero acabar como el Sombrero Loco.

Así que, nada, por mucho que queramos no podemos adquirir más tiempo.

Lo que olvidé preguntarle al Tiempo es cómo es posible que él no nos pueda dar el tiempo de quien dice que le sobra y, sin embargo, haya gente que sí nos pueda robar nuestro tiempo.

También olvidé interrogarle sobre cómo es posible que esté “permitido” perder, engañar, gastar e, incluso, matar el tiempo (todo lo cual demuestra muy poco respeto hacia él) y, sin embargo, no nos pueda dar un poquito de ese tiempo desechado. ¿Y qué ocurre con todo ese tiempo que nadie usa? ¿Existe una especie de vertedero del tiempo? ¿Se guarda para volver a repartirlo a nuevos seres?.

La próxima vez que visite la O.C.P.A. (Oficina Central de Personalidades Antropomórficas) se lo pienso preguntar.



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