Ya no puedo callarlo por más tiempo.
Es el momento de confesarlo.

Mi marido tiene una amante.
Y una amante muy absorbente.
Exigente.
Una amante a la que no consigo vencer y con la que compito desde hace años.
Una amante que, como toda amante que se precie:
Nunca se cansa.
Nunca lo agobia con los problemas cotidianos.
Es silenciosa y complaciente.
Nunca le dice que no…
Le da todo el sexo que desee.
Le ofrece compañía.
Información.
Diversión.

Satisfacción personal.
Pasa tanto tiempo con su amante que pierde horas de sueño por estar con ella.
Por su culpa muchas noches he de irme sola a la cama.
Una amante que, además, tengo metida en casa.
Y de la que nunca me voy a librar.
Porque, aunque acabara con ella, él se limitaría a cambiarla por otra.
Y es que el husband no puede separarse de su computadora, ordenador personal, PC, cacharro del demonio, aparato luciferino, tentación irresistible o como cada uno quiera llamarlo.

Yo lo llamo: la amante.
Aunque seguro que una amante de carne y hueso no le abstraería tanto.
He encontrado un viejo bolso lleno de cosas olvidadas.
Dentro del bolso, entre otras cosas del pasado, estaban mis notas de Parvulitos.
Había olvidado que las tenía.

Es curioso ver algo de hace tantos años.
Al parecer comencé el cole antes de los cinco años que, si no recuerdo mal, era la edad “reglamentaria” para iniciar la vida escolar en aquel entonces.
No me extraña. Recuerdo que lloraba a moco tendido porque yo, rara que soy desde pequeñita, quería ir al cole… luego, con la edad, se me pasó la tontería.
Las susodichas calificaciones son las siguientes:
Lectura: 10
Escritura: 6
Matemáticas: 7
Formación Religiosa: 7
Educación Cívico-Social: 6
Educación Artística: 5
Educación Física: 5
Enseñanza del Hogar (niñas): 5

Como se puede comprobar por algunas de las asignaturas esto ocurría allá por el pleistoceno.
Claro que yo no recuerdo nada de eso llamado Educación Cívico-Social. No me consta haberla dado jamás en toda mi E.G.B.
Tampoco recuerdo nada de Formación Religiosa aunque imagino que, como el resto de los cursos, sería soltarnos el rollo de la Historia Sagrada y el Catecismo.
Bueno, tampoco es que recuerde mucho de esa época.
Más bien poquito.
Recuerdo:
Una maletita de color marrón con no sé qué dibujo.
Hacer palotes. Muchos palotes.
La cartilla (El Amiguito). Ya sabes, eso de mi mamá me mima, mi mamá me ama…
Los cuadernos de Caligrafías Rubio.
Jugar al corro en el recreo con mis compañeras y la señorita.
Una tela a cuadros blancos y rojos para hacer punto de cruz.

Que por las tardes nos ponían en fila en el patio para darnos leche.
Que algunas veces nos castigaban de rodillas ya fuera en plan individual o colectivo.
Vaya, pues recuerdo más de lo que pensaba.
Pero, sin ninguna duda, lo mejor de lo mejor es el apartado Observaciones en el que mi profesora del momento (la Srta. Josefa de la que lamento mucho decir que no recuerdo ni la cara...) escribió con su pulcra y cuidada letra:

Es muy buena, pero siempre está en las nubes.
Hábitos muy buenos.
Distraidísima.
Y así sigo, oye.
No he cambiado nadita.
Siempre en las nubes.
Distraidísima.
Menudo ojo clínico el de mi profe ¿no?
Muy bien pero… probemos el otro sistema: el de regodearse en la pena y el dolor.
No pasa nada por autocompadecerse, llorar y sentirse víctima por unos días.
Hasta sienta bien zambullirse un poco en la vorágine dolorosa.
Incluso se puede disfrutar de ese baño de tristeza… durante poco tiempo.
¿Empezamos? Bien:
- Enciérrate al menos durante un fin de semana. No tienes por qué hacer caso a las amigas que se empeñan en que lo mejor es irse de marcha con ellas… a menos que realmente te apetezca, cosa que dudo si estás realmente triste. Si no te apetece: no lo hagas. Al final, te sentirás peor. Ya lo sabes.
- Antes del encierro, almacena: Principalmente pañuelos de papel (cajas enteras de pañuelos de papel) y comida de la que más te guste. Sí, sí, justamente esa, la que más engorda. No se trata de hacer un tratamiento de belleza. Si bebes puedes almacenar alguna botella de vino o unas cervezas o cualquier otra bebida espiritosa que te apetezca.
- Vestuario: Chándal, pijama. También vale cualquier camiseta o jersey viejo que tengas por casa y cualquier pantalón mugriento que encuentres.
- Cuidado personal: Olvídate de depilarte, de peinarte y… si me apuras, hasta de ducharte. Ya he dicho que no estamos haciendo un tratamiento de belleza sino regodeándonos en nuestra propia desdicha.

- Ocio: Lee poesía, si es que te gusta, y si no, invéntate el gusto. O escribe un poema. O un relato triste, tristísimo. O empieza un diario del dolor… que dejarás abandonado en menos de una semana… o escribe una carta de esas que luego nunca se entregan…
Dedícate a ver películas románticas como Casablanca o Love Story o Ghost o Titanic o películas de mujeres, de esas que hacen que pienses: ¡Qué fuertes somos las mujeres! ¡Hay qué ver como superamos las dificultades! Es decir algo que te haga sentirte bien con tu sexo, como Tomates Verdes Fritos o Magnolias de Acero.
Busca la música más triste que se te ocurra: baladas, boleros, lo que sea… y escúchala durante horas y horas. Llorando como una Magdalena, que no se te olvide…
- Comunicación con el exterior: Teléfono: fijo o móvil para poder llamar a esa amiga (o amigo) que esté dispuesto-a a escucharte aunque sean las tres de la madrugada y él/ella tenga que levantarse a las siete. También se admiten comunicaciones telemáticas.
- Temática de las comunicaciones: lo malvado que es tu ex y lo mal que se ha portado contigo, etc. Si la pena es por otro motivo adaptar la conversación monotemática a la susodicha…
También se puede realizar en compañía de una o dos íntimas amigas dispuestas a emborracharse, contarse penas, comer como cerdas y poner a parir a todos los hombres habidos y por haber.
Esta terapia se puede repetir cuantas veces sea necesaria hasta la completa recuperación del sujeto.
Hay que tener cuidado en no excederse y convertirlo en adicción. Señal de que se está sobrepasando en el tratamiento será, por ejemplo, que esa amiga o amigo antes dispuesto a escuchar horas y horas ahora, misteriosamente, no puede atender a sus llamadas. O que los amigos/as comiencen a dejar de llamarte o incluso huyan despavoridos de ti.
En resumen:
Autocompadécete y regodéate en la pena.
Retírate unos días a lamer tus heridas.
Sánate a base de lágrimas y pataleos.
Luego vuelve a tu vida de siempre.
A vivir y a reír…
Que usted lo sufra bien…
Porque no es lo mismo ser que estar… Es estupendo ser buena y también lo es estar buena…. O viceversa.
Sin embargo, y sin ninguna duda, es mejor ser mala que estar mala.
Y también es indudable que es mucho mejor ser lista que estar lista.
Y muy al contrario es mejor estar tonta que ser tonta.
En cuanto a ser rica o estar rica… Mmmm… No sé… cuestión de gustos.
Mejor ser inconsciente que estar inconsciente… supongo.
Es muy bueno ser atenta y no está de más estar atenta.
Es mejor ser alegre que estar alegre… aunque esto último es siempre preferible a ser o estar triste.

Evidentemente es preferible ser negra que estar negra y ser blanca que estar blanca.
Aún no tengo muy claro si es mejor ser parada o estar parada.
Igual de malo es ser floja que estar floja. Mientras que queda mucho mejor estar cañón que ser cañón.
Siempre será preferible estar aburrido que ser aburrido.
Y, por supuesto, mejor ser loco que estar loco… ¿O era al contrario?
Lo dicho, que no es lo mismo ser que estar.
Por eso a veces queremos Ser y otras veces nos basta con Estar.
Y otras veces querríamos no Ser y desearíamos no Estar.
Bienvenida Tristeza. Sé bienvenida.Sé que nos vemos poco pero nunca te olvido.
No te busco ni te llamo pero sé que siempre encuentras un momento para hacerme una visita.
No me escondo de ti sé que no eres mi enemiga.
Bienvenida Tristeza. Siempre encontrarás mi puerta abierta.
Pasa. Siéntate. Tomaremos un café y charlaremos un rato. Nos haremos compañía.
Ya sé que todo el mundo intenta rehuirte. Que intentan negarte y expulsarte antes de que pase tu tiempo.
Yo prefiero que estés a mi lado el tiempo que necesite hasta que mi corazón sane.
No eres tan mala compañía como algunos creen.
Contigo he aprendido muchas cosas.
Aprendí a disfrutar de la belleza de un día lluvioso y frío.
Aprendí a diferenciar los múltiples matices de naranjas, rojos y rosas de una puesta de sol.
Aprendí a conocer el cielo nocturno y a charlar con la Luna.
Aprendí a disfrutar de la poesía.

A conocer músicas que, de otra forma, nunca me habría detenido a escuchar.
A descubrir el encanto de algunos libros y de algunas películas que, de otra forma, nunca habría leído o visto.
Aprendí a expresarte en palabras escritas.
Y luego aprendí (aún estoy aprendiendo) a expresar otros sentimientos y otras ideas y otras locuras…
Aprendí a pasar tiempo conmigo misma.
El valor del silencio.
Cómo limpian el alma unas cuantas lágrimas.
Lo que vale un amigo verdadero y qué fácil es descubrir a los falsos.
Aprendí a disfrutar más de las sonrisas y de la risa. De los buenos momentos. De los colores brillantes.
Aprendí que puede que Alegría sea una compañía más divertida pero que tú eres mucho más sabia.
Aprendí que es necesario pasar tiempo contigo para poder sanarnos y luego apreciar (de verdad) la felicidad.

Por eso no te rehúyo.
No escapo de ti.
No te busco pero tampoco te niego.
Bienvenida, Tristeza.
Sé bienvenida.
Quédate el tiempo que creas necesario.
- ¿Quién?
- El Capitán Jack Sparrow.
- Psss… si te gusta el estilo desaliñado y sucio…
- Es… diferente. Singular. Atípico.
- Si tú lo dices… Me parece que es un poco cobarde ¿no?
- Puede, pero qué grandes gestos heroícos realiza…
- Y también es bastante egoísta…
- ¿Pero te has fijado en esos momentos de generosidad que tiene?

- Es tramposo…
- Mmmm… yo diría que es inteligente.
- Está loco…
- Algo excéntrico…
- Tiene halitosis…
- Nada que un buen dentífrico no solucione…
- Es un canalla… un golfo… vamos, un pirata en toda regla…
- Ay, sí… ¿No es un encanto?
- ¿Y todas las hembras humanas son así de tontas? Ejem... perdón... quiero decir... ¿Todas se sienten atraídas por este tipo de hombres?
- Sí.
- No lo entiendo.
- Normal, eres una marsopa. No puedes entenderlo.
- Pero tú puedes explicármelo ¿no es así?
- Claro… por supuesto…
- Pues venga. Explícame. ¿Por qué a las mujeres les gustan los “chicos malos”?
- Esto… pues… porque son atractivos… divertidos… diferentes.
- Ya… y no traen nada bueno, y acaban dando más problemas que satisfacciones, y te usan y te tiran y te dejan hundida y…

- Sí, sí, lo sabemos todas. Sin excepción.
- Y, sin embargo…
- No podemos evitarlo. No puedes entenderlo porque…
- Sí, ya… porque soy una marsopa.
¿Por qué nos atraen los chicos malos?
¿Habrá alguna explicación antropológica para esta atracción?
¿O una explicación genética?
¿Será algo cultural?
¿Un problema psicológico común a todas las mujeres?
Ni idea de cuál puede ser la explicación.
El caso es que nos atraen como la luz a la polilla a pesar de que nos resultan igual de dañinos. Nos pasamos años intentando librarnos de este peligroso enganche que nos hace dejar de lado a los chicos buenos que encontramos en nuestro camino. Es tanto el brillo (falso brillo) de los chicos malos que nos impide ver las virtudes de los otros… o si las vemos no las encontramos nada interesantes frente a todo lo que parece ofrecernos el Bad Boy de turno.
Da igual lo que nos digan.
Da igual lo que veamos con nuestros propios ojos.
Como la polilla, seguimos avanzando hacia ellos hasta acabar completamente quemadas.

- Pero ¿Por qué?
- Puess… no tengo ni idea.
- O sea que tú tampoco lo entiendes.
- No, yo tampoco lo entiendo.
- Y tú no eres una marsopa.
- No.
- ¿Crees que alguien lo sabrá?
- A saber…
- ¿Y tiene cura eso vuestro?
- Sí… tiene… por supuesto…
- ¿Y qué cura es esa?
- Esto... La edad… Eehhmmm.... La experiencia… Uhmmm... creo…
Algo insistente.
Algo insidioso.
Miras a tu alrededor buscando el motivo de tu malestar.
Y, sí, ahí está... Es uno de ellos.
¿Uno de quienes?
De ellos. De la gente escáner.
¿Y quiénes son esos? ¿Unos invasores extraterrestres?

No, nada de eso. Son tan humanos como tú o como yo... pero su visión es como la de un escáner. Como la de un androide.
Igual de penetrante.
Te miran fijamente, casi sin parpadear.
Si escuchas atentamente oirás casi inmediatamente el clic de su cámara al empezar a hacerte un barrido.
Si sigues prestando atención incluso podrás oír el zzzzuuuummmm de sus ojos mientras te recorren de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba.
Zzzzuuuummmmm.... clic-clac.... Estás perdida, acaban de encontrarte algún defecto. (Ya te dije que esa camiseta tenía demasiado escote).
Zzzzzuuuummmmm.... clic-clac... Oh, oh, ahí va otro. (Huys, una mancha en el pantalón).
Zzzuuuuummmm.... clic-clac... Otro más. Pobre. (Si ya sabía yo que esos zapatos no combinaban nada pero nada bien con la ropa que llevas hoy).
Rrruuummm... rruuummmmnnn... clang... pssssst.... pffff.
Imágenes guardadas y archivadas.
Archivo listo para próximas críticas con: vecinos-as, amigos-as, cuñado-as, compañeros-as, etc...

Zzzuuuummm... clic...
Escáner guardado hasta próxima víctima.
No aguanto que me escaneen.
No aguanto a la gente escáner.
Me ponen paranoica.

He salido de compras con el husband.
Se trataba de comprarme algo fresquito: un vestidito, un pantaloncito… un par de cosillas nada más.
Buscaba algo cómodo, bonito y también sexy pero sin pasarse.
Eso es lo que quería yo.
Otra cosa es lo que quería mi husband y la idea que, de lo sexy, tiene el susodicho.
El problema no es que tenga un marido de esos que estarían encantados si se impusiera el burka como prenda femenina nacional, no. El problema es justo el contrario.
Y es que si mi husband me regala ropa o si me dejo llevar por lo que él quiere que me ponga no falla: acabo vestida de putón verbenero.
En serio.
Faldas cortas… super cortas… extra cortas.
Camisetas ajustadas y escotadas.
Super mega taconazos.
Pantalones estrechísimos.
En fin, que cuanto más putón parezca, más le gusta.

Porque, desengañémonos: a los hombres eso de la elegancia, el glamour, el chic, etc., les da igual.
Créeme.
A ellos de tu ropa les interesa:
- El largo de la falda (cuanta más pierna y menos falda, mejor).
- El largo del escote (cuanto más bajo el escote y más evidente lo que contiene, mejor).
- Lo ajustado de la ropa (si te sientes como una morcilla es que estás en el punto justo de estrechez que a él le encanta).
- El alto de los tacones (diez centímetros, mínimo, y de aguja, a ser posible).
- Las transparencias (¿Qué grado de transparentez tiene la prenda? ¿Qué se puede ver o entrever?).

Hey, oiga, señora que a mí me gustan las mujeres elegantes.
Ya, ya, así como las Sex Bomb ¿no?
A mí me gusta que la mujer insinúe, no que enseñe.
Claro, claro, que insinúen, por supuesto, así como las chicas del Play Boy ¿verdad?
Que no. Créame usted. A mí me encantan las mujeres discretas.
Ahá… con manicura inglesa y depilación brasileña y el estilo de una starlett porno…
Pero señora, nos está usted dejando como si fuéramos unos… unos…
¿Unos salidos?
En fin, que mucha sofisticación, mucho cuento pero siguen teniendo todos el mismo gusto albañil de toda la vida.
¿Eh? ¿Qué? ¿Que qué pasó con mis compras?
Pues que me dejé camelar por el husband y acabé con una mega mini falda y una camiseta ajustada con escote a la espalda.
Ah, eso sí: como me ponga la ropita esa para salir yo sola se pone de los nervios…
¡Hombres!
P.S. Muchas gracias a todos por las felicitaciones a la enana (Pegaso, le encantó el vídeo). La baba nos la tenemos que limpiar a diario... los papás semos así de tontorrones...

Le gusta:
Las hadas.
Las princesas.
Los canelones.
Los donuts.
El color rosa… y el verde.
Los Simpson, Shin Chan, Bob Esponja, Zoey 101…
La ropa y los zapatos y los anillos y las pulseras y los espejos y el maquillaje y los perfumes…
Los cuentos de Juan y Tolola y los de Pomelo, un elefante rosa que vive bajo una flor de diente de león.
Amo a Laura, Locomía, Amores de Barra, Para toda la vida… y disfruta con La Marcha Turca (y otras piezas clásicas).
Que la llame Mi bebé y Bollito de Nata.
Barbie, My Little Pony y Mistyc Babies.
Sus amigos invisibles: El Mago Chi Man Bú, el cocodrilo Pinky, el duende…
Los puzzles.
Hacer sumas.
Dibujar… aunque sin demasiado cuidado.
Que le lea cuentos.
Los libros.
La plastilina.
Cortar papel y el pelo de las muñecas y lo que pille.
Jugar con el ordenador, con el móvil y con la PDA.
Jugar con sus amigos.

Ir al parque.
Ir al cole.
Cantar y bailar.
Las flores.
No le gusta:
Dormir a oscuras.
Poner la mesa.
Que los desconocidos la agobien con arrumacos y preguntas tontas.
Hablar por teléfono.
Que nos enfademos con ella.
Que la castiguen.
Que le lleven la contraria.
Que la corrijan.
La verdura (aunque dice que es muy sana).
Los monstruos.
Los perros.
El pescado.
Los bichos.
Las “cosas de chicos”.
Que la llamen fea o tonta.
Esta es, a grandes rasgos, mi enana.
Que hoy cumple cinco años y ya es una niña grande.
Le regalo dos cosas que le encantan: fotos suyas y su canción favorita.
Ojalá fuera siempre tan feliz como lo es ahora.
(Estas fotos desaparecerán en un par de días)
- ¡Hey, bruja!- Que yo no soy bruja.
- Pues tu marido dice que sí.
- Ya… Lo dice… Ahá… También dice que es dios y que hay unos hombrecitos verdes que manejan los hilos de su vida…
- Vaya… ¿extraterrestres o duendes?
- No sé ¿hay alguna diferencia?
- Pues no… bueno… que te iba a preguntar si ya habías comenzado la Operación Bikini.
- Las brujas no hacemos esas cosas.
- Pero ¿no me has dicho que no eras bruja?
- Y también he dicho que oigo voces en mi cabeza… o que los cacharros de la cocina hablan…
- Eehhmm… vale… esto…. ¿dónde iba? Ah, sí… Entonces ¿no usas bikini?
- Yo no he dicho que no use bikini. He dicho que no hago eso de la Operación Bikini.
- Ah, entonces, sí que usas bikini.
- No, no uso bikini.
- Pero si me has dich… bueno… vale ¿Entonces?
- Hago top less

- Anda, no sabía que las brujas fueran tan modernas…
- ¿Las brujas? ¿Qué tienen que ver las brujas?
- Bueno, tú eres bruja.
- ¿Yo? ¿Una bruja? Tú estás loca…
- Pero si me lo has dicho tú hace un momento…
- También he dicho que hablo con mi monitor y mi teclado y que he viajado a otros mundos…
- Boufff…. Dime, entonces… esto… no sé qué decía… ah, sí ¿Entonces no te preparas para el verano? ¿No haces dieta o ejercicio o te das unos rayos UVA?
- Tch… tch… paso de la ITV…
- ¿La ITV?
- Sí, ya sabes: Inspección para la Temporada Veraniega. Paso de ponerme a dieta (bueno, tampoco lo necesito… ejem…). Paso de hacer ejercicio (soy una vaga). Y me parece de tontos tomar rayos UVA para luego irte a tomar el sol… Además, en realidad, a las brujas no nos gusta eso de tumbarnos al sol como si fuéramos lagartos y nos da igual estar morenas o no…
- Anda, pues yo creía que eso de tomar el sol a quien no gustaba era a los vampiros pero que a las brujas, sobre todo a las modernas, les gustaría estar morenitas…
- ¿Y cómo sabes tú que no les gusta tomar el sol?
- Me lo acabas de decir tú.
- ¿Yo? ¿Y qué sé yo de las brujas?

- Pero si tú me has di… Ahora mismo me has conta… Juraría que me dij…. Bueno, vale, supongo que no sabes nada de brujas porque tú no eres una bruja ¿no?
- Yo no he dicho eso…
- Mira… esto… esto… estoy un poco…. Uhmmm… esto… mareada… sí, eso, mareada… bufff… no me siento… aahmmm… bien y creo, creo que mejor hablamos en otro momento ¿de acuerdo?
- De acuerdo… Cuídate… Pobre chica, la cabeza no le funciona muy bien. En fin, yo voy a seguir con esta pócima… ¿Qué dices? ¿Que para qué es la pócima?... ¿Qué pócima?... ¿Haciendo una pócima?... ¿Yo? ...No sé de qué me estás hablando… Y luego dicen que yo estoy loca… ¡Qué gente más extraña hay por el mundo!
Cuentan las historias que hace muchos, muchos años se entabló una curiosa discusión entre el Reino de la Tipografía y el Reino del Papel. Decían los tipos de letras que eran ellas, sin duda, las que daban belleza y elegancia a los textos y relatos.
Mientras que los diferentes tipos de papel proclamaban que todo dependía de la elección del papel adecuado para cada momento.
Afirmaban los tipos de letras que eran ellas quienes daban forma y hacían agradable un texto. Que eran ellas, con sus bellas figuras quienes daban elegancia y prestancia a cualquier frase o párrafo. Que eran ellas, sin duda, quienes daban belleza a una página. Que su sola presencia era un deleite para la vista.
Por su parte, los diversos tipos de papel, aseveraban que, sin ellos, no habría forma de presentar un escrito. Que si no existieran ellos como soporte de nada servirían las letras por muy bellas que fueran. Que no es que dieran belleza a una página, sino que ellos eran las páginas. Argumentaban que su tacto maravillaba al escritor y seducía al lector.
Pasaban los años y los lustros. Cada reino defendía y afirmaba su importancia. Los tipos de letras invitaban a los Embajadores del Reino del Papel para, en brillantes desfiles, mostrarles la enorme variedad de tipos que existían.
Y así, entre vivas y sonidos de trompas, iban apareciendo:
Un tipo tras otro,
con banderas,
con banda de música,
sin perder el paso,
sin perder el compás,
orgullosas de su belleza,
de su elegancia,
y de su maravilloso cometido...
Unas tras otras. Erguidas, orgullosas y bellamente engalanadas, mostrándose ante los enviados del Reino del Papel.
Por supuesto, el Rey del Papel no iba a ser menos y también montó su desfile. Aunque antes tuvo que consultar largamente con los astrólogos reales (eso de los meteorólogos aún no se había inventando) para buscar un día de sol, sin gota de lluvia, sin asomo de niebla y sin un soplo de viento. Cosas todas ellas perjudiciales para la integridad papelera.
Y tras largas deliberaciones se decidió el día.
Y, tras larga espera, llegó ese día.
Y cuando, emocionados y llenos de orgullo patrio estaban ya Papiros, Pergaminos, Verjurados, Papeles de hilo, Gofrados, Papeles Japoneses, Papeles de Seda, Cartulinas, etc., dispuestos en resmas, pliegos y demás… Cuando ya comenzaban a sonar los tambores y a flamear las banderas (de papel, por supuesto), en ese justo instante, antes de dar comienzo al grandioso desfile, se escuchó a lo lejos un horrísono tronar que hizo huir en desbandada (nada organizada) a todos los papeles del reino en busca de refugio. Lo cual fue motivo de gran regocijo para las señoras embajadoras del Reino de las Letras que no disimularon sus sonrisas aunque tuvieron a bien controlar sus carcajadas…
Este fracaso, sin embargo, no amedrentó al Reino del Papel que siguió con sus reivindicaciones (Así como tampoco achicó a los astrólogos reales quienes no fueron castigados ni despedidos pues, en menos que canta un gallo, achacaron tamaña desgracia no a un fallo suyo sino a oscuros tejemanejes de espías del reino vecino).
Tanto duraba ya esta disputa que, finalmente, hartos de pelear, pero no dispuestos a rendirse ante el contrario, tomaron ambos reino la decisión de acudir a la única que podía servir de árbitro entre ellos: La Gran Reina de las Palabras, Emperatriz del Lenguaje y Gran Duquesa de la Escritura, su Majestad La Gramática.
Y ante ella presentaron sus reivindicaciones.
Y su Majestad, tras escuchar las alegaciones de ambos reinos con gran paciencia (que mucha hay que tener para escuchar discusión tan absurda…) y tras pensarlo durante un minuto (más no se necesitaba para deliberar cosa tan nimia), decidió, en primer lugar, amonestar a ambos reinos por hacerle perder el tiempo con cuestión tan baladí y multar a cada uno aumentando sus respectivos impuestos en el doble de la cantidad pagada hasta el momento durante, al menos, dos años (Su Majestad andaba un poco mal de fondos y, como tonta no era, quería aprovechar y llenar un poco sus arcas).
Y en segundo lugar vino el discurso. Discurso que no pienso reproducir por largo pero que, básicamente, venía a decir que:
Ni tipos de letra ni tipos de papel eran lo más importante a la hora de presentar un relato. Que lo que importaba de verdad era lo que se iba a contar y cómo se contaba. Que era posible, incluso, relatar algo sin usar la escritura y que, desde luego, era ella la realmente importante pues de ella dependía que el texto fuera legible y de ella dependía que estuviera bien construido y hermosamente ordenado. Que eran las palabras elegidas, su orden, el seguimiento de las leyes que ella (La Gramática) imponía las que daban hermosura a un relato.
Les dijo, en fin, que ellos no eran más que meros accesorios. Simples adornos y soportes sin importancia. Que tanto daba qué tipo de letra fuera utilizado para montar una página o qué tipo de papel se utilizara para su impresión. Si no se seguían sus leyes y si no se sabía contar una historia, el resto no tenía importancia alguna.
Y tras decirles todo esto (mucho mejor dicho y mucho más extensamente) les ordenó que hicieran las paces y que volviera cada uno a su reino a trabajar y a preocuparse por cosas de mayor importancia para sus respectivos pueblos.
Y los embajadores se fueron pensativos y avergonzados.
Y no volvieron a molestar a la Emperatriz… no fuera a ser que les volviera a subir los impuestos.

Cinco minutos de silencio, paz y tranquilidad antes de despertar a la niña para ir al cole.
Cincuenta y cinco minutos de lectura apacible en la biblioteca mientras la enana está en el cuentacuentos.
Los dos o tres minutos siguientes tras la desaparición de un dolor intenso.
Los minutos de modorra y relax inmediatamente posteriores al sexo.
Un buen rato en una terraza, cerca del mar, tomando una cerveza, en un día cálido.
Las dos horas anteriores a la puesta del sol.
Los instantes en que mi niña me abraza y me besa y me dice que soy su mamá del mundo mundial.
El momento de meterme en la cama en invierno, los segundos que tardo en cubrirme con las mantas y los minutos que permanezco abrazada a mi marido.
Esos segundos maravillosos en que, tras haber andado (lo que parecen y que igual lo son) kilómetros me quito los zapatos.
Los minutos que dura una ducha fresca en pleno verano.
El instante mágico en que, muerta de sueño, apoyo la cabeza en la almohada y puedo cerrar los ojos.
El momento en que descubro que todas las cosas terroríficas que me estaban ocurriendo no eran más que una pesadilla.
Los segundos inmediatos a entrar en un lugar fresco en verano o a un lugar cálido en invierno.

Unos minutos dedicados a un buen libro.
Los ciento dos minutos que dura La fiera de mi niña…. O los ciento dieciocho de Arsénico por compasión… o los ciento doce de Historias de Filadelfia o… bueno, queda claro ¿verdad?
Un día… y su correspondiente noche… y su posterior mañana a solas con el husband.
Los minutos de alivio tras haber pasado por un mal trago.
Los minutos previos a que algo muy esperado ocurra.
El instante en que algo especialmente difícil, por fin, sale bien.
Un rato contemplando la luna.
Un rato contemplando el mar.
Un rato escuchando la lluvia.
Un rato sintiendo el viento en la cara.
Esos minutos en que, inmersa en algo, parece que todo fluye sólo.

El instante en que, en invierno, notas un rayito de sol en la poca piel que llevas al descubierto.
Las dos horas (aproximadamente) que dura una buena comida en un buen restaurante.
Unas horas de charla con amigos.
Las horas que pueda durar un viaje.
El primer día de vacaciones.
El día que vuelvo a casa tras las vacaciones.
Los segundos que dura el beso que me da el husband las noches que sale muy tarde de trabajar y yo ya estoy dormida.
Y otros muchos minutos, segundos, horas, instantes, ratos y momentos que no nombro para no aburrir.
Bueno, sí, el último.
Los tres minutos que dura la canción que tengo más abajo (entre otras canciones maravillosas).
