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Testamento de Miércoles
Escribir es lo más divertido que se puede hacer sin ayuda
Acerca de

Para mi "husband" soy una bruja. Para mi enana "su mamá del mundo mundial". Para mi sobrino mayor "un demonio". Para otros soy "una loca". Para alguno "una tía simpática". Para la mayoría soy "la hermana de...", "la hija de...", "la mujer de...", "la tía de...", "la mamá de...". En fin, que vete a saber quién soy yo. Si te apetece intentar averiguarlo, pasa y lee.


Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons

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Sindicación
 
Círculo
Alguien susurró en su oído:

- No lo hagas. Te arrepentirás.

Al girarse vio un rostro macilento de mujer, unos ojos apagados, un gesto torturado, unas facciones que le resultaban conocidas pero que no podía identificar.

La mano de la mujer aferraba su hombro con fuerza, reteniéndola:

- No lo hagas. – insistió. - Créeme. Vuelve o te arrepentirás toda tu vida. –

Su voz sonaba tan segura que casi logró convencerla. Finalmente, con un gesto brusco, se soltó de su presa y siguió andando hacia el futuro sin él.

Años más tarde, maquillándose ante el espejo, supo por qué le había resultado tan familiar aquella mujer.

El mismo rostro, la misma mirada, idéntico gesto.

Supo entonces que lo que iba a hacer era inútil pero, aún así, tenía que intentarlo.

Se atusó el pelo, sonrió dulcemente y se dijo:

- Puede que esta vez sea diferente.






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Herejía

Lo reconozco: soy una hereje. Una hereje de las peores. Hoy quiero confesar mi pecado de incredulidad ante eso que llaman el Cambio Climático o Calentamiento Global. Admito sin ningún pudor que soy una de esas personas que no siguen la nueva religión que tiene a Al Gore como profeta.

Y no, no estoy al servicio de ninguna multinacional petrolera (Aviso: si alguna compañía de estas tiene interés en que mi cuenta corriente sufra una sustanciosa mejoría tampoco voy a negarme… ejem).

Tampoco soy una liberal de derechas, ni milito en el PP ni me gustan los neocons ni nada por el estilo: soy de izquierdas de toda la vida (puedo acreditar un abuelo comunista y otro socialista y un padre militante en sindicato y hasta un marido anarquista).

Ni estoy en contra de que se tomen medidas contra la contaminación y la protección del medio ambiente (vamos, si alguien quiere hacer una campaña, por ejemplo, para eliminar los coches de las ciudades, o cosa parecida, yo estoy dispuesta a apoyarle incondicionalmente).

Y, por supuesto no me considero ni una border line ni una analfabeta.

No, la cosa es que tengo un terrible problema: pienso, dudo e intento informarme sobre la postura opuesta a la de esta nueva fe. Porque, aunque no lo parezca, y se empeñen en decir que todo el mundo está de acuerdo en esto, lo cierto es que hay quienes opinan de manera bastante distinta; claro que como es una herejía que va en contra de lo políticamente correcto, no se permite que se oiga o se la intenta desprestigiar.

Yo, pecadora de mí, nunca me he creído a los catastrofistas apocalípticos salvadores del mundo y me temo que no voy a comenzar ahora. Hace unos años era que el mundo iba a estar superpoblado y nos íbamos a morir de hambre y luego fue que el planeta se estaba enfriando y luego que si nos íbamos a achicharrar a causa del agujero de la capa de ozono y luego que el sida iba a ser la gran pandemia y luego las vacas locas y luego la gripe aviaria y ahora esto y luego no sé qué se inventarán para meternos miedo.

No, lo siento, seré una hereje que merece la hoguera. Tal vez deba comenzar a flagelarme por infiel y pecadora. Quizás me espere el fuego eterno. Es probable que esté equivocada pero… no me lo creo.

A mí siempre me ha fallado la fe ciega (por eso soy agnóstica) y ahora me sigue fallando.

No digo que yo esté en posesión de la verdad. Sólo digo que no pasa nada por escuchar a los demás. Igual descubrimos algo nuevo y todo.

(¡Y la rabia que me da está de acuerdo con Rajoy… grrrrrr!).

Para comenzar a ver otro punto de vista, y sin ánimo de convencer a nadie, recomiendo el siguiente documental (“El gran engaño del calentamiento global”). Para quien quiera verlo cuando disponga de un poco de tiempo.

P.S. Ayer pusieron en mi blog en el que se me animaba a presentarme a los Premios Blogs y hoy, al leer los comentarios, me he encontrado con la gratísima sorpresa de que Susana ha decidido nominarme. No pensaba yo, en princpio, presentar mi nominación pero, claro, ahora que ya estoy nominada oye, si a alguien le apetece votarme... no diré que no :D Muchas gracias Susana.




 
El caserón de la nostalgia
Anda por estos mundos blogueros un Necio Hutopo (con poco de necio) quejicoso que protesta por sentirse excluido cuando entrego premios a otros. A este Don Mario Stalin va dedicado este post de nostalgia. Que se sepa, eso sí, que cualquier parecido con la realidad es pura casualidad... o no. Espero que, a falta de premio, le guste este escrito.

Hacía mucho que vivía en el caserón de la nostalgia. Con sus habitaciones en penumbra, con su jardín de eterno otoño, con sus sonidos amortiguados, era el lugar perfecto para vivir su melancolía.

Llegó, poco después de irse ella, la recordada, la amada nunca olvidada, para pocos días y allí se quedó, instalado en su aflicción. Soñándola cada día, imaginándola cada noche. Conviviendo con su fantasma añorado, con su ausencia y su sonrisa perdida.

Los días iban pasando y él seguía perdido en su ensueño. Quienes vivían fuera de su caserón le parecían más fantasmales que los espíritus que le acompañaban en su cotidianidad. La vida se escapaba sin que él se apercibiera ni le importara.

En el caserón de la nostalgia se sentía tan resguardado como un feto en el vientre materno.

Al principio, sólo visitaba las habitaciones donde ella, su ausente, habitaba. Los lugares donde podía verla sonreír, la ventana exacta por donde entró aquel rayo de sol que se posó un instante en su cabello haciéndolo brillar, la cama cálida donde su cuerpo desnudo reposaba entre sábanas revueltas. Recorrió todas esas habitaciones donde podía encontrarla una y otra vez.

Luego fue explorando más lugares de su añoranza. Las habitaciones de su infancia, con su sol ya gastado, sus libros, sus juguetes, sus risas y sus amigos del cole. Le gustaba oír resonar, a lo lejos, la tabla del cinco, el balón botando en el patio, los gritos de sus compañeros. Le gustaba volver a sentir los besos de su madre y los abrazos de su padre.

Exploró también su adolescencia. Su confusión, su irritación, su rebeldía. Sus sueños e ilusiones. Se paseó por los lugares de su primer amor y volvió a sentir la emoción del primer beso, la primera vez que saboreó un pecho, la primera vez que se entregó con plenitud.

Paseó por los lugares de su primera juventud. Sus amigos. Su primer trabajo. Sus borracheras. Sus estudios. Sus juergas.

Y, por fin, de nuevo, ella.

Ella omnipresente.

Ella casi omnisciente.

Ella casi omnipotente.

Y él continuaba viviendo su vida de nómada del recuerdo. De habitación en habitación de la memoria. Recorriendo el caserón de arriba abajo y de abajo a arriba una vez y otra vez. Rememorando su vida sentía que veía el sendero que, despacio y sin pausa, le había llevado hasta ella. Quería ver, quería entender, quería revivir. Quería vivir eternamente en el caserón de la nostalgia. Quería vivir eternamente con su melancolía. Quería el fantasma de ella como esposa.

Pero nada es eterno. Nada. Ni la nostalgia.

Un día despertó y notó con temor que el caserón de la nostalgia era menos visible. Que entraba más luz por las ventanas. Que los sonidos eran menos audibles. Que los fantasmas eran algo más transparentes de lo habitual.

El caserón se deterioraba. Se desmoronaba. Iba perdiendo realidad a favor de la realidad.

Aún así, no quiso irse. Se aferró a su nostalgia como se aferró a su amor perdido. Se esforzó para que su caserón recuperara solidez. Hablaba con su fantasma ausente repasando cada instante de su presencia junto a él. Intentaba imprimirle vida a su cabello, a sus labios, a sus brazos y a su voz.

Pero no había nada que hacer.

Su imagen se difuminaba.

Su voz se desvanecía.

Su presencia era cada vez más ausencia.

Una noche, al intentar convocar su fantasma se dio cuenta de que no podía hacerlo porque no recordaba su rostro. Su cuerpo era una sombra en su mente. Tuvo que recurrir a viejas fotos para mantener su imagen un poco más.

Hasta que, finalmente, tuvo que admitirlo: la nostalgia también se agota.

Y el caserón de la nostalgia, en ese momento, se volatilizó, sin más.

Y la luz de la realidad lo deslumbró.

La vida lo deslumbró.

Escuchó una voz que lo llamaba y, cual Lázaro del amor, se levantó y andó hacia el futuro ausente de fantasmas.

 
Pobrecita Huyhuyhuy (Cuento Infantil)
Huyhuyhuy era una niña diminuta.

Tan pequeña, tan pequeña que podía dormir en la palma de una mano.

Tan minúscula, tan minúscula que una margarita era más alta que ella.

Huyhuyhuy vivía en un mundo donde todo, todo, era rojo. Bueno, todo menos las nubes que eran blanquirosadas.

Lo demás, todo rojo.

Su pelo era rojo.

Sus vestidos, rojos. O blancos con rayas rojas. O rojos con lunares blancos. O a cuadros rojos y blancos.

Las flores eran rojas.

La hierba, roja.

Y los árboles.

Y las hojas.

Y el otoño, por supuesto.

Y las fresas, las cerezas y las manzanas.

Y hasta los animales.

Todo, todo, era de color rojo.

Huyhuyhuy era tan pequeñita que era difícil verla. Y, además, entre tanto rojo, era muy difícil distinguirla de todo lo demás.

Así que, la pobrecita Huyhuyhuy, siempre que salía a pasear iba con mucho cuidado y con mucho miedo.

- Huyhuyhuy – decía la niña cuando se encontraba con el Sr. Gato. – Tenga usted cuidado, Sr. Gato, que estoy aquí abajo y me puede pisar.

Y el Sr. Gato, maullaba (bajito para no amedrentarla):

- Lo siento, Huyhuyhuy, pero eres tan pequeña y es todo tan rojo que no logro verte. -

- Huyhuyhuy – decía la niña cuando se encontraba conel Sr. León. – Tenga usted cuidado, Sr. León, que estoy aquí abajo y me puede pisotear.

Y el Sr. León rugía (bajito para no asustarla):

- Lo siento, Huyhuyhuy, pero eres tan pequeña y es todo tan rojo que no logro verte. –

- Huyhuyhuy – decía la niña cuando se encontraba con el Sr. Cardenal.

– Tenga usted cuidado, Sr. Cardenal, que estoy aquí abajo y me puede zampar.

- Lo siento, Huyhuyhuy, pero eres tan pequeña y es todo tan rojo que no logro verte. –

Y la pobrecita Huyhuyhuy seguía paseando con mucho cuidado para que nadie la pisara, la aplastara o se la zampara sin querer.

Un día, mientras la pobrecita y pequeñita Huyhuyhuy, se hallaba sentada en una pequeña piedra (roja), contemplando los árboles (rojos), disfrutando del otoño (rojo) y pensando en qué podía hacer para pasear con tranquilidad, vio algo sorprendente: una rana de un color que nunca, jamás, había visto.

La rana, salta que te salta, se dirigía directamente hacia donde ella estaba y la pequeña y pobrecita Huyhuyhuy dijo:

- Huyhuyhuy. Tenga usted cuidado, Sra. Rana, que estoy aquí abajo y me puede aplastar.

- ¿Quién habla? – dijo la Sra. Rana.

- Yo, la pequeña y pobrecita Huyhuyhuy. – y diciendo esto se puso sobre la pata de la rana, donde destacaba como una gota de roja sangre sobre una hoja verde, pues este era el color de la Sra. Rana.- ¿Me ve ahora? –

- Sí, jovencita, ahora sí te veo, perdona si casi te piso pero es que eres tan pequeña y es todo tan rojo que no te había visto.

- ¡Qué color tan extraño tiene usted, señora! Nunca lo había visto. ¿Cómo se llama?

- ¿Yo o mi color? Bueno, es igual. Yo me llamo Grarg y mi color se llama verde. Allí de donde yo vengo, todo es como yo: verde.

- Vaya. Seguro que si viviera allí, aunque fuera pequeña como soy, todos sabrían donde estoy. – Dijo la pequeña Huyhuyhuy con tristeza.- ¿No podría llevarme con usted Sra. Rana? Al menos allí no correré el riesgo de que alguien me aplaste, me pisotee o me zampe sin querer.

- Supongo que sí podría pero tus padres se iban a poner muy tristes si te fueras ¿no crees?

- Eso es verdad – dijo la pobrecita Huyhuyhuy, y suspirando, se sentó en la pata de la Sra. Rana y siguió contemplando pensativa el rojo paisaje.

- Pero esa no es la única solución, jovencita.

- ¿Tiene usted otra idea, señora? – Dijo Huyhuyhuy con ilusión.

- Por supuesto. Es muy fácil: iré a mi país y te traeré un sombrero, un precioso sombrero de color verde. Y, cuando te lo pongas, aunque sigas siendo tan pequeña, tan pequeña, todos podrán ver donde estás porque tu sombrero verde destacará sobre todo el rojo de tu país.

La pobrecita Huyhuyhuy se puso muy contenta. Le dio un gran beso a la Sra. Rana y esta se marchó inmediatamente a su país. A los pocos días estaba de regreso con un precioso sombrero verde que Huyhuyhuy se puso inmediatamente.

Desde ese día, todo el mundo sabe donde se encuentra la pequeña Huyhuyhuy porque su sombrero verde destaca como una esmeralda en un mar rojo.

Así que si un día vas a ese país tan rojo, tan rojo y ves un puntito verde saltar entre la hierba, ten cuidado de no pisarlo porque esa cosita verde es el sombrero de la pequeña Huyhuyhuy y, debajo, va ella.

Y si no me crees pregunta a la primera rana que te encuentres.

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Fashion

¿Te has fijado en los zapatos?

¿Qué pasa con mis zapatos?

Los tuyos no, los de esa.

¿Qué pasa con sus zapatos?

¿Cómo puede llevar esos zapatos con ese bolso?

Curioso.

¿El qué?

Que te quejes de sus zapatos y no de su bolso.

¿Y por qué iba a decir nada de su bolso?

Mujer, si se supone que esos zapatos no pueden ir con ese bolso, digo yo que será igualmente cierto que ese bolso no puede ir con esos zapatos. O sea, que también podrías haber dicho algo sobre ese complemento.

… Oh… Uh… No, no… El bolso está perfecto teniendo en cuenta la hora y el lugar. Los que están mal elegidos son los zapatos.

Ah ¿Es que hay unos zapatos para las once de la mañana y otro para las seis de la tarde? ¿A las seis menos cinco hay que quitarse los de las cinco o tienes que llevarlos hasta las seis en punto?

Bueno, entonces no te has fijado ¿no?

¡Qué perspicaz eres!

¿Tampoco te has fijado en la calidad de su ropa? Ni que comprara en el Carrefour o en un mercadillo… bufff…

¿Y eso qué tiene de malo exactamente?

¿Malo? Pues… nada… pero es de horteras ¿no? De pobretones.

¿Y qué tiene de malo ser “pobretón”? ¿Es algún nuevo delito? ¿Vienen y te dicen: eh, oiga, usted, queda detenida por tener poco dinero y vestirse en el Carrefour?

No. No es ningún delito.


¿Entonces?

No. Nada. Es sólo que… bueno… una tiene que tener buen aspecto.

Yo la veo con muy buen aspecto. Está limpia. Huele bien…

Esto… entonces tampoco te habrás fijado en la falda de aquélla ¿verdad?

Sí, me he fijado en que lleva falda ¿Y?

Nada, déjalo. Se ve que no eres observadora.

Observadora soy sólo que hay detalles a los que no presto la menor atención. No me interesan ni me importan.

Pero la forma de vestir dice mucho de una persona.

¿Ah, sí? Ropa parlanchina ¿eh? Muy interesante. Y dime ¿La ropa te dice si es buena persona? ¿Si es simpática? ¿Si es perezosa? ¿Si le gusta leer o la música o el cine? ¿Te dice si es feliz? ¿Te cuenta si es perseverante o negligente o responsable o estúpida? ¿Te habla de sus problemas o de sus deseos?

Bueno, no.

Entonces seguiré sin fijarme en la indumentaria y esperaré a conocer a la persona para decidir qué opino sobre ella ¿vale?

Vale, vale. Mira que es difícil ser superficial contigo.

¿Y eso te lo ha dicho mi falda o mi blusa?

Ja, ja, ja






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El niño
Bueno, Alex, este es el resultado de tu petición. A ver qué tal.

Era una anomalía.

Un ente insólito en un mundo que se aferraba a la homogeneidad.

Un ser defectuoso en una sociedad orgullosa de su perfección.

Hasta no hacía mucho no comprendía por qué era distinto. Era demasiado pequeño para saber.

Pero había crecido y, al crecer, las diferencias se habían hecho más claras para él. Esas cosas que los demás podían hacer y él no. Ese hermoso aspecto que los otros poseían y él no. Esa salud de hierro de la que los demás disfrutaban y él no.

En el colegio sus compañeros le llamaban Niño Invol, él no sabía qué significaba pero el mensaje estaba claro: eres diferente y no nos gustas. En casa nadie le quería explicar el significado de esa extraña palabra. Mamá lloraba cuando le preguntaba. Papá fruncía el ceño y lo enviaba a jugar. La abuela hacía como que no lo oía.

Hasta que no fue lo suficientemente mayor para poder tener acceso a la Red de Información no supo por qué era tan diferente del resto y por qué sus compañeros le habían puesto ese apelativo.

Los Niños Invol (la Gente Invol) sufrían una extraña malformación genética: carecían del gen que hacía de los demás lo que eran.

No pertenecían a la misma especie.

Eran una regresión inexplicable.

Eran la vuelta a un punto anterior de la evolución humana… y eso asustaba a los otros.

No querían que sus genes regresivos se mezclaran con sus super evolucionados genes.

Durante años los habían tolerado. Pero las cosas estaban cambiando. Cada vez nacían más niños Invol y eso tenía muy preocupado al Estado Perfecto. No lograban detener la involución y, por tanto, decidieron imponer por ley el aborto de los fetos que tuvieran ese “defecto”, castigando duramente a quienes se negaran a cumplirla.

Los que conseguían nacer, eran apartados de sus padres en el mismo instante en que veían la luz y alejados de sus familias para siempre.

Habilitaron grandes zonas al estilo de las antiguas Reservas Indígenas y ahí eran enviados adultos y niños. Allí eran olvidados y dejados a su suerte. Allí mal vivían y mal morían.

El niño estaba asustado. Sabía que pronto vendrían a por él. Ahora entendía por qué, en los últimos años, se habían mudado tantas veces. Por qué mamá lloraba cada vez con más frecuencia. Por qué papá tenía el ceño fruncido permanentemente. Y por qué la abuela mascullaba oraciones a todas horas.

Mientras esperaba que lo encontraran (sólo era cuestión de tiempo que eso ocurriera), decidió informarse más sobre su especie. Quería saber más sobre lo que él era. Y descubrió que los suyos, los Invol, habían dominado el mundo, que la sociedad actual existía gracias a todo lo que, los que eran como él, habían descubierto, aprendido e inventado.

Rebuscando y desbrozando la información falsa que el Estado lanzaba sobre su especie comenzó a aprender cosas que le hicieron sentirse orgulloso de lo que era. La rebeldía comenzó a prender en él como el fuego en un bosque seco.

Poco a poco dejó de temer y tuvo claro lo que iba a ser su futuro.
Cuando la policía lo localizó no hubo lucha ni persecución. El niño se entregó sin tan siquiera derramar una lágrima. Abrazó y besó a su familia. Se despidió de ellos para siempre y se dejó llevar hasta la furgoneta que le llevaría a la Reserva.

En su cara se reflejaba la pena de la pérdida y el miedo a lo desconocido, pero en sus ojos brillaba la determinación de enseñar a los suyos quienes eran, quienes habían sido y quienes podrían llegar a ser. La determinación de devolverles el orgullo y el mundo.

La policía no sabía que en esa furgoneta iba el germen de sus futuros problemas.
Nadie, ni tan siquiera el niño que miraba alejarse su casa y la vida que conocía, sabia que, en ese justo momento, la semilla del futuro comenzaba a germinar.




 
Palabras
Lo siguiente está basado en una idea de Jose... aunque no sé si he logrado captarla bien.

Hoy voy a contarte un secreto.

Voy a hablarte de magia.

Voy a desvelarte quién hace que una palabra sea la justa.

Voy a mostrarte qué hace que una misma palabra sea benéfica o maléfica.

Voy a decirte quién logra que una misma palabra sirva para sanar o para enfermar.

Tendrás que ir al lugar más mágico de todos cuantos puedas imaginar: el Bosque de las Palabras.

En lo profundo del bosque, donde toda la magia habita, podrás encontrarte con quien te ayuda a crear, a decir, a contar…

Allí, entre los árboles más frondosos, en el lugar más oculto, viven gnomos, hadas, duendes, trasgos…. Seres mágicos que conocen los secretos de la magia más poderosa: la del verbo que todo lo creó y todo lo crea.

Allí podrás encontrar a los Gnomos Iustusparabola o de las palabras justas, seres sesudos, barbudos y sabios que te ayudan a encontrar la palabra oportuna en el momento justo. La palabra sabia en el momento apropiado.

Si lo que buscas es una palabra para herir, para dañar, ahí están los Trasgos Malifatius, los dadores de palabras maléficas o, por mejor decir, los que dan maldad a las palabras pues no hay palabra maléfica sino intención de hacer daño. Oscuros como la maldad y tan feos como sus intenciones.

Cuando necesites hacer reír o sonreír con tus palabras nadie mejor para ayudarte que las Fatae Iocosi, es decir, las Hadas Divertidas. Siempre sonrientes, alegres, cantarinas. Con sus vestidos de alegres colores, sus voces argentinas y su eterno optimismo, te procurarán la magia perfecta para construir frases ingeniosas, irónicas, humorísticas, llenas de júbilo.

En cambio, si quieres hablar de tristeza, está claro, quienes tienen que ayudarte son los Duendes Melancólicos, grises y lacrimosos; siempre cabizbajos pero inmejorables para ofrecerte las palabras más tristes, nostálgicas, lastimeras o doloridas.

Y si de enfado se trata los Trolls Agraces serán los más adecuados para ayudarte a encontrar las palabras más duras y coléricas que puedas imaginar.

Y hay más, muchos más seres mágicos dispuestos a ayudarte a encontrar las palabras necesarias.

Amables, educadas, llenas de amor, repletas de odio, groseras, estúpidas, sabias…

El Bosque de las Palabras y sus habitantes ofrecen su magia a todos: cuerdos, locos, sabios, ignorantes, enamorados, amigos, enemigos, melancólicos, nostálgicos, optimistas, dichosos, buenos, malvados...

Toda la magia del mundo en las palabras.

Todo el poder de la magia en un verbo.

Sólo tienes que atreverte a entrar en su mundo y buscarles.

Ellos te darán lo que les pidas y te ayudarán a usar su magia para crear más magia.

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Delirio onírico
Hay días que una no anda bien de insp… (¡Qué cosa más rara, juraría que algo me ha golpeado la mano! En fin, imaginaciones mías.) …iración y se pone ante el orden… (¡Vaya, otra vez! ¿Escribir causará algún tipo de lesión en las manos? Tendré que informarme… bueno, sigamos…) …ador a ver qué sale de sus dedos o de su menteedffrf… Pero, bueno, ¿qué está pasando? ¡Ay!...

¿Qué porras es eso? ¿Un boli? ¿Y qué hace un boli sobr… ¡Ay!.

Bic: Bueno, a ver si me prestas un poco de atención ya…

Un bolígrafo Bic que habla. Muy bien, tú tranquila. Apaga el ordenador y métete en la cama. Debe ser cansan… ¡ouch!

Bic: ¿Tendré que estar haciéndote esto mucho rato? No es nada bueno para lo que queda de mi tapa.

Buffff… vale, será mejor seguir la corriente. Igual es un sueño. Sí, eso tiene que ser. Un bolígrafo Bic sobre el teclado, con una tapa roída y medio agotado…. Y que habla. Evidentemente, esto es un sueño.

Bic: Esto no es un sueñ…. Bueno, mira, si te vas a sentir mejor piensa lo que quieras.

Eso mismo haré. Pensar y creer lo que quiera. Y quiero pensar que estoy soñando.

Bic: Vale, “original”, ahora toca lo de las preguntas y tal…

¿Las preguntas? ¿Qué preguntas?

Bic: Bueno, ya sabes, esas típicas pregunta que uno se hace ante un suceso extraño como, por ejemplo que yo, un bolígrafo, te esté hablando.

¡Ah, ya! Perdona… no había caído… Esto… ¿Qué haces aquí? ¿Cómo es que un bolígrafo habla sin boca? ¿Y cómo te tienes en pie? ¿Y quién te ha mordisqueado de esa manera la tapa? ¿A qué huelen las nubes? ¿Qué sonido hace una palmada con una sola mano? ¿Existe el más allá? ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Si un árbol cae en mitad del bosque y nadie lo ha oído, realmente hace ruido?

Bic: Bueeenoooo. Ya está bien. Para, para, para….

¿Dios existe? ¿Qué nos depara el futuro? ¿Quién mató a Kennedy? ¿Es verdad lo de Rosswell? ¿Existen los extraterrestres? ¿Zapatero tiene la culpa de todo o es otra leyenda urbana? ¿Los del tomate volverán algún día a ser personas normales o están perdidos para la sociedad?

Bic: Para… Alto… Stop… YAAAAAAAAAAA PAAAARAAAA… Oye, que soy un simple bolígrafo Bic no la Wikipedia esa. ¡Qué barbaridad! Confórmate con saber por qué estoy aquí y ya… ¿vale?

Bueeeno… vaaale. Si no queda más remedio pero que conste que, como sueño, me estás resultando de lo más coñazo. Para eso mejor soñar con Brad Pitt, repetido, ya lo sé pero, oye, al menos me divierto y no como ahora que…

Bic: PAAARAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA…. ¿Pero cómo habla tanto esta mujer? ¿Quieres saber por qué estoy aquí o no?

Pues claro que quiero, como no voy a querer. Soy una mujer curiosa y, por tanto, siento interés por saber qué significa que en mis sueños aparezca un símbolo fálico tan evidente como eres tú. Aunque, claro, como símbolo fálico eres un poquitín… mmm… no sé cómo decírtelo… diminuto, sin ánimo de ofender… mmm ¿por dónde iba?

Bic: ¡Basta, basta por favor! Y yo que me quejaba de mi compañero el Bic Naranja que se pasaba todo el día con eso de “escribo fino ¿has oído? Escribo fino… soy mejor que tú… Mmuaahahaha… escribo fino… ñañañaña”. Todo el santo día con la misma cantinela pero lo tuyo es mucho peor.

Bueno ¿qué? ¿Me dices qué quieres o me paso a soñar algo más entretenido?

Bic: La verdad es que yo venía a soltarte un discursito sobre el tiempo que hace que me tienes abandonado (vamos, no a mí, sino a los de mi clase, o sea, a los bolígrafos). Iba a hablarte de todo eso de que, desde que existe la tecnología y los ordenadores ya casi nadie nos hace caso. Que estamos abandonados en un rincón. Que todavía el papel, oye, pues se usa para imprimir cosas pero, nosotros, cada vez se nos usa menos. En fin, te iba a hablar de todo eso pero ¿sabes qué?

¿Qué? Ah, ya, que te has dado cuenta que la tecnología no es tan mala. ¿Verdad? Y todo gracias a mí. Si es que tengo una capacidad para convencer a la gente… Aunque no recuerdo haberte dicho nada de eso pero como esto es un sueño, da lo mismo.

Bic: No, de lo que me he dado cuenta es que, para estar con una cotorra como tú, mejor que me sigan usando los niños en el cole… y poco más. Así que, ahí te quedas…

¿Ya te vas? Pues vaya sueño más tonto. Al final, no me he enterado de nada. No sé por qué me llama cotorra. Ya puestos, tampoco sé porque Keanu Reeves me dijo lo mismo en el sueño del otro día. Bueno, y Johnny Depp y Brad Pitt y el duende que pierde los zapatitos de los bebés y el pirata Pata de Palo y la serpiente que tiene un sonajero en lugar de un cascabel y la bruja miedosa. Si yo apenas hablo. Bueh… ¡Qué sueños más aburridos tengo! En fin, ¿por dónde iba yo con esto? …a ver qué sale de sus dedos o de su mente… ajá, por aquí era, sí.



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Imaginatio - imaginationis
Imaginación. Facultad del alma que representa las imágenes de las cosas reales o ideales.

Dice mi loca bajita que su cama es mágica. Que tiene un detector de monstruos malos cuyo funcionamiento es el siguiente: si el monstruo es malo, se vuelve rojo; si el monstruo es bueno, se vuelve verde (aún no tengo muy claro si el cambio de color se produce en la cama o en el monstruo). Si el monstruo es bueno, la cama le dice que vuelva por la mañana o por la tarde porque, claro, de noche ella duerme. Si el monstruo es malo, la cama lucha contra él y lo hace huir.

Me encantaría tener una cama así.

Fantasía. Facultad que tiene el ánimo de reproducir por medio de imágenes las cosas pasadas o lejanas, de representar las ideales en forma sensible o de idealizar las reales.

A medida que mi enana va creciendo el número de sus amigos imaginarios va decreciendo. De momento han desaparecido, que yo sepa, su hija Mimi (difunta no se sabe cómo, D.E.P.), el mago Chi-Man-Bú (nunca sé como se escribe) que se ha vuelto a China con su magia y su idioma. Otros apenas aparecen ya en las conversaciones. Pero aún quedan un par de habituales: el cocodrilo Pinky y el duende. Ambos viven bajo mi cama y, de noche, toman café con leche, unas galletas, se ponen el gorro de dormir y se van a la cama a charlar.

Inventiva. Capacidad y disposición para inventar.

Según dice la antedicha enana existen cuatro clases de música, a saber:

“Triste, alegre, rock and roll y enfadada”.

No, aún no sé qué tipo de música es la “enfadada”.

También asegura, con total convencimiento, que las nubes huelen a menta y que la luna sabe a chocolate blanco.

Y a ver quien demuestra lo contrario.

Ingenio. Facultad del hombre para discurrir o inventar con prontitud y facilidad.

Según mi niña la tos es: un viento “horacanado” que hace salir volando de su boca todos los bichos que allí viven y que la ponen malita.

En base a que acabo de contar y siguiendo las normas del premio Imaginatio que me ha sido entregado por Tamaruca (muchas gracias por obligarme a poner otra estantería para premios; entre el tuyo y el de Koti – gracias a ti también, Koti – ya no me quedaba sitio en la otra), creo que Ayla se lo merece sin ninguna duda pero como se trata de un premio entre blogueros pues no se lo puedo conceder; por otra parte, si lo hiciera, me acusarían de nepotismo.

Pensé en dejarlo desierto por aquello el mal trago (que ya pasé) que supone premiar a un blog entre todos los que leo pero, al final me lo pensé mejor y, bueno, me dije, digo, vamos a darle una alegría a alguien y a ponerle en el compromiso de premiar a otro alguien, que eso mola.

Estuve dándole vueltas al asunto.

Primero pensé en hacerlo en plan tinmaríndedospingüé o pito pito gorgorito pero no parecía muy serio.

Luego lancé una moneda al aire que fue a parar debajo del mueble del salón y oye, no tenía yo ganas de mover semejante armatoste sólo para ver si había sido cara o cruz.

Luego tuve la brillante idea de premiar al primero que actualizara… y resulta que ese día se pusieron todos de acuerdo para actualizar.

En fin, al final no me quedó más remedio que hacerlo como es debido, que es la manera más aburrida y pensando, pensando, llegué a la conclusión de que en la blogosfera en cuestión de imaginación, inventiva e ingenio está despuntando una recién llegada que ya muchos conocemos y seguimos: Zafferano, con su blog No todo el monte es orégano.

Así que, niña, el premio Imaginatio este de las narices, pa’ ti pa’ siempre…. O hasta que mi enana pueda tener blog propio y nos lo arrebate sin piedad.


 
Un día cualquiera

Otro día más – dijo alguien – Un día sin nada de particular.

¿Hoy es un día corriente?

Depende.

Para alguien, en algún lugar, hoy es un día distinto a los demás.

Para alguien, en algún lugar, hoy es un día inolvidable.

Porque hoy, ahora, en algún lugar, están pasando millones de cosas interesantes, tristes, maravillosas, horribles, divertidas, escandalosas, dulces, amargas, dramáticas o cómicas.

¿Quién dice que hoy es un día como todos?

Hoy es un día especial para alguien, en algún lugar.

Porque hoy:

Alguien está naciendo y alguien está muriendo.

Alguien se está enamorando y alguien está perdiendo el amor.

Alguien vuelve y alguien se marcha.

Alguien pierde su libertad y alguien la recupera y alguien más la saborea por vez primera.

Alguien se está haciendo rico y alguien está cayendo en la pobreza.

Alguien gana y alguien lo pierde.

A alguien cae enfermo y alguien recupera la salud.

Alguien se casa y alguien se divorcia.

Alguien sonríe a la vida y alguien decide despedirse de ella.

Alguien da y alguien recibe.

Alguien ama, alguien odia, alguien ríe, alguien llora.

Alguien ha alcanzado la cima y alguien ha caído a las profundidades.

¿Quién dice que hoy es un día más?

Hoy es, ayer fue, mañana será, para alguien, para ti, para otro, un día especial, un día feliz, el peor día de su vida, un día inolvidable, un día para olvidar.

Ningún dia es igual a otro.

Cada día es diferente.

Para alguien, en algún lugar, la vida está cambiando.

Incluso puede que para ti, que piensas que hoy es un día normal.








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Vecinas, camelias y pelusas (Un sinsentido)
Para mi vecina la "Gotié", a ver si esta vez acierto :P

Marte es rojo. Desierto rojo, mares rojos, montañas rojas, dunas rojas, tormentas de arena roja. Marte es monótonamente rojo. Menos el cielo. Por fortuna el cielo de Marte ofrece algo más de variedad. Nubes blancas, amarillas y azules, cielo rosa salmón. Bueno, de acuerdo que como combinación no resulta demasiado elegante pero, al menos, ayuda a paliar la monotonía roja de la superficie.

Aparte de esto poco más se puede contar sobre Marte. Rojo, frío y silencioso. Aburrido. No tiene ni el glamour de Venus ni el encanto romántico de la Luna. No, Marte es un planeta sencillo, una pequeña urbanización familiar, nada del otro mundo. Poca gente vive aquí. Pueden pasar meses sin ver a ningún vecino. Nuestras casas con sus cúpulas protectoras nos ofrecen tanto confort que nadie tiene ganas de salir de paseo por esos inhóspitos, vacíos, fríos y rojos desiertos.

En teoría las cúpulas estaban pensadas para acoger entre dos y tres viviendas con sus correspndientes habitantes, cosa que ocurre en las que fueron construidas en plena euforia migratoria mientras que las más recientes (como es el caso de la cúpula donde yo vivo) aún se encuentran medio vacías.

Yo estaba encantada con esa soledad. No tener ningún vecino me parecía una auténtica maravilla. Mucho espacio, nada de música o películas a altas horas de la madrugada, nada de verte obligada a hacer vida vecinal. En fin, una maravilla. Un pequeño y solitario paraíso. Pero, claro, lo malo de los paraísos es que siempre acaban por expulsarte de ellos. Bueno, en este caso fue más bien una invasión externa la que acabó con mi paraíso privado y con mi asocial vida.

Una tranquila tarde de primavera (sí, en Marte también hay estaciones), hayándome sentada en mi pequeño jardín, contemplando el rosa del cielo y tomando una agradable taza de café recién traído desde nuestro querido planeta materno (o sea, de la Tierra) vi aparecer, sobre el horizonte, una nave en fase de acercamiento a la superficie. En principio pensé que sería una nave de turistas de paso hacia el espaciopuerto cercano pero, a medida que se aproximaba, me percaté de que no era del típico color anaranjado de estas naves sino blanca con una ancha franja azul y que se dirigía hacia nuestro pequeño estacionamiento de naves. Como soy miope, tardé mucho rato en poder leer las letras que, en su “panza” y laterales, llevaba escrita la nave:

“ESPACIO-MUDANZA. LA MUDANZA MÁS SEGURA”.



Adiós soledad. Adios tranquilidad. Adios paraíso. Ahí llegaba el ángel exterminador de mi paz.

De la nave bajaron los empleados robots de la empresa de mudanzas, el encargado de supervisar a los robots de la empresa de mudanzas, el piloto de la nave de mudanzas y una mujer rubia que pagaba a los de la empresa de mudanzas, o sea, mi nueva vecina.

- Bue… rubia… – pensé – seguro que es tonta -.

Como no soy cotilla, no fui corriendo a buscar unos prismáticos, no me dediqué a mirar desde detrás de las cortinas y no vi como bajaban los muebles (ni su tamaño, calidad o color), no vi como bajaban unas macetas de camelias, no vi la ropa que llevaba (poca), en fin, no vi ni me enteré de nada.

No me gusta meterme donde no me llaman.

Durante unos días no tuvimos demasiado contacto, cosa que yo agradecía aunque confieso que empezaba a picarme la curiosidad. La vecina estaba muy ocupada limpiando, paseando desnuda, colocando muebles, paseando desnuda, cuidando de sus plantas de camelias, paseando desnuda, organizando, en fin, su nuevo hogar ¿Ya he dicho que paseaba desnuda?

Pero lo que más alimentaba mi curiosidad no era la nudista de mi vecina sino sus aristocráticas flores, las camelias. Esas flores tenían algo raro. Ella les hablaba… y esas flores parecían reaccionar a sus palabras. Ya, ya sé que para eso se supone que se les habla a las plantas, pero no me refiero a que crecieran más o se pusieran más bonitas o algo así, no, me refiero a que reaccionaban como si pudieran entender las palabras y responder; vamos, que juraría que podían mantener una conversación. Y eso ya no es tan normal ¿verdad?

Al menos yo, nunca había oído hablar de flores parlantes. De pájaros parlantes, sí. De chimpancés que habían aprendido a “hablar”, también. Pero ¿flores que hablan? ¡Nunca! Así que como el contacto entre la vecina de las camelias y yo no acababa de producirse, decidí enviar a unas pelusas* en plan espía a su casa.

Las pelusas, como todo el mundo sabe, tienen como hábitat natural las zonas bajas de sillones y camas. Viven en pequeños clanes o tribus, son revolotosas y divertidas y, por su capacidad para pasar desapercibidas son los mejores espías que se pueda imaginar. Eso si es que estás dispuesto a soportar su charla, sus correteos y sus continuos cambios de domicilio*, claro.

Así que convencí a algunas de esas pelusas para que se mudaran temporalmente a casa de la rubia y así poder contarme luego cosas interesantes. Por supuesto, mi interés era meramente científico (unas flores que hablan, insisto, no son algo habitual) y no había en mi ánimo ningún deseo de conocer nada de la vida privada de dicha señorita. Obviamente, si ellas decidían contarme algún hecho escabroso yo no iba a negarme a escucharlas pues podría tratarse de algo importante para mi “investigación meramente científica”.

Las pequeñas pelusas regresaron a los pocos días para informar de que: la vecina era una poetisa que gustaba de andar vestida de Lady Godiva gran parte del día (esto último ya lo había comprobado yo con mis propios ojos, vamos, yo, mi marido, mi hija y cuatro o cinco naves llenas de turistas que habían pasado por allí); que también practicaba extraños rituales orientales; que la casa, en consonancia con sus gustos olía a inciesos de variados aromas; que, efectivamente, hablaba con las camelias y estas le contestaban; que está loca pero que eso no les extraña demasiado porque ellas creen que yo también lo estoy, vamos, que opinan que la locura es el estado habitual del ser humano y, por último, que se mudaban definitivamente a casa de la vecina, y que habían decidido formar allí una nueva tribu.

- ¿Y eso a qué viene pequeñas cerdas traidoras? – les pregunté con gran delicadeza y diplomacia.

Y me contaron las muy pelusas que se habían quedado prendadas de la Señoritas Camelias (sí, sí, Señoritas Camelias las llamaron, ellas que son de lo más irreverente con todo). Que, aunque en principio, las Señoritas Camelias las habían ignorado ostentosamente, ellas no habían parado hasta conseguir llamar su atención. Que ellas encontraban de lo más normal que, al ser Señoritas tan Aristocráticas (comenzaba a cansarme tanto uso de mayúsculas para hablar de las florecitas…), tratar con seres tan analfabetos y brutos como eran ellas no les parecía adecuado; pero que, como son tan Buenas (venga, más mayúsculas aduladoras) les habían permitido aproximarse y darse a conocer. Y que ellas descubrieron que las Señoritas Camelias eran muy simpáticas y divertidas y las Señoritas habían descubierto que ellas, las pequeñas pelusas, también podían ser muy divertidas.

En fin, que en pocos días, las familias de Camelias y los clanes de pelusas se habían hecho grandes amigas. Y se tenían tanto cariño que no querían separarse, asi que mis ex pelusas tomaron la decisión de abandonar mi casa y trasladarse a la de la vecina pirada. A mí me parecía un tanto raro que ese fuera el único motivo. Así que continué interrogándolas al respecto pero ellas insistían en su versión, hasta que decidí usar la inteligencia y, amenazándolas con el aspirador, conseguí que confesaran que, además, habían conocido pelusos muy apuestos e inteligentes y que, bueno, ya se sabe que no se puede luchar contra el amor y bla, bla, bla…

Pequeñas traidoras…

En fin, que se fueron y me quedé sin informantes. En pocos días yo tenía nuevas pelusas pero, caray, confieso que echaba de menos a aquellas otras que se largaron con mi vecina.

¡Anda, mi vecina, casi me olvido de ella!

Me presentó a sus Camelias que resultan ser tan parlanchinas, sino más, que ella; y me permitió visitar a mis ex pelusas que viven felices con sus pelusos y que se han reproducido de una manera tan exagerada, que la vecina tiene pelusitas y pelusitos hasta debajo del lavamanos.

El caso es que ya me he acostumbrado a mi vecina, sus camelias y sus pelusas y hasta a su café (y a eso cuesta acostumbrarse, palabra).

Marte es un planeta sencillo, sin el glamour de Venus o el romanticismo lunar, una pequeña urbanización familiar, nada del otro mundo. Poca gente vive aquí. En apariencia, Marte resulta bastante aburrido, pero si pasas por nuestra cúpula… bueno… ¿Quién puede aburrirse en compañía de: una bruja loca (yo), una niña con cien amigos invisibles (mi hija), un hombre ególatra y protestón (mi marido), unas pelusas entrometidas (ellas), unas camelias charlatanas (las otras ellas) y una poetisa chiflada (mi vecina)?

Estás invitado a visitarnos cuando quieras. Si te atreves.

Ah, tráete café.

Del bueno.


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* Sí, he dicho pelusas. ¿Cómo que eso de las pelusas espías suena tan raro como lo de las flores parlantes? ¡En absoluto! Lo de las pelusas es de lo más normal… al menos en lugares civilizados como Marte.
* Nunca puedes saber exactamente qué pelusa está exactamente bajo qué cama o sillón.


 
El último hombre de la tierra
Ella era guapa, muy guapa. Estaba acostumbrada a ser el centro de atención. La mujer del momento. La más de lo más. Desde el Instituto, desde antes, siempre había sido la más guapa, la más popular, la que todas las chicas envidiaban y todos los chicos deseaban. Era maravillosa, sexy, glamurosa, esplendorosa, hermosa. Y también era engreída, egoísta, ególatra y egocéntrica.

Ella le despreciaba. Le ignoraba. Le hacía objeto de sus burlas y de sus críticas. Ella no lo soportaba a él…

… que era todo lo opuesto a ella. El gris. El que nadie veía o el que nadie quería ver. El feo, el raro. El empollón, el de los granos. El que te dejaba copiar en clase. Era como la esencia de todos los fracasados sociales del mundo. El que ningún hombre envidiaba y el que ninguna mujer deseaba. El que no iba a ninguna fiesta. El apestado. El solitario. Era ese del que las Ellas del planeta dicen: “ni que fuera el último hombre de la tierra”.

Y ahora… ahora era el último hombre de la tierra… y ella era (¿justicia poética?) la última mujer de la tierra.

Él era, una vez pasado el trauma inicial, un hombre relativamente feliz.

Ella… ella… pobre ella… ¿no?

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