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Testamento de Miércoles
Escribir es lo más divertido que se puede hacer sin ayuda
Acerca de

Para mi "husband" soy una bruja. Para mi enana "su mamá del mundo mundial". Para mi sobrino mayor "un demonio". Para otros soy "una loca". Para alguno "una tía simpática". Para la mayoría soy "la hermana de...", "la hija de...", "la mujer de...", "la tía de...", "la mamá de...". En fin, que vete a saber quién soy yo. Si te apetece intentar averiguarlo, pasa y lee.


Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons

Apoyo al Proyecto Gran Simio

No olvides a...
Sindicación
 
Esos días tontos…

Hay días en que tu cuerpo se levanta de la cama pero tu espíritu parece haberse quedado acurrucado entre las mantas calientes.

Hay días en que la niebla de la mañana parece meterse en tu cerebro e impedirte la visión del sol.

Hay días en que te sentarías en el sofá, con una buena manta y un buen libro y así pasarías el día entero.

O, incluso peor, hay días en que te quedarías en ese sofá, con una buena manta y un mal programa de televisión que te mantuviera adormilada el día entero.

Hay días de estos, tontos, en que te levantas cansada antes de empezarlo; en que parece que te hubieran puesto un peso extra en las piernas, en que la mente te va a cámara lenta.

No estás triste pero tampoco contenta.

Es un día raro.

Un día tontorrón.

Confuso, como una fotografía movida.

Un día en que te sientes como un caracol ante una enorme roca.

Es, en fin, un día que te saltarías si pudieras.

Pero no puedes.

Lo bueno de estos días es que se van tan fácilmente como vienen.

La mayoría de las veces basta una palabra.

Un gesto amable.

Una llamada inesperada.

Un piropo.

Una sonrisa amistosa.

Un abrazo espontáneo.

Un “Te quiero”.

O un “Mami, te quiero mucho y no te voy a dejar nunca, nunca, nunca.”

Y, entonces, la niebla se disipa suavemente y el sol vuelve cálido el día.







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Carta al Director
Este post ha sido inspirado por la ficción de Miroslav Panciutti tituladas: Receta para cocinar pastel de sueño de muertos (I, II y III ), cuya lectura recomiendo y cuya continuación estamos esperando.

Señor Director:

Muy señor mío, escribo la presente misiva en nombre de la “Asociación de Difuntos Descanse en Paz” para hacerle llegar nuestra más enérgica repulsa y nuestra más firme protesta hacia ciertos artículos que un colaborador suyo lleva publicando desde hace unos números en esta nuestra revista (permítame la utilización de este posesivo ya que, tras años de seguirla con deleite, como tal la sentimos).

Me refiero, en concreto, a la serie de artículos que llevan como título: “Receta para cocinar pastel de sueño de muertos” (I, II y III). Artículos que reconocemos serios y bien fundamentados pero que, a nuestro entender, están provocando una reacción dañina para nuestra paz y tranquilidad.

Y es que, señor mío, “gracias” a estos escritos de su colaborador los cementerios de todo el país se están convirtiendo en lugares de peregrinación masiva de ignorantes cazurros que, sin mostrar el menor respeto hacia nosotros y nuestro descanso, transforman la recogida de “sueño de los muertos” (o “necrosomnia” como prefieren llamarlo los auténticos eruditos en la muy antigua ciencia nigromántica) en un festival, una especie de verbena insoportablemente populachera. Incluso, muchos de nuestros compañeros (especialmente en las necrópolis de las grandes ciudades) deben soportar y sufrir el alboroto mercantil y el griterío infernal de vendedores ambulantes de talismanes, amuletos, pócimas, hechizos, etc.

Hasta la publicación de los antedichos artículos nuestra vida o, mejor dicho, nuestra muerte, era tranquila. Dormitábamos plácidamente en nuestras tumbas, nichos y panteones. Nadie nos molestaba ni nosotros molestábamos a nadie. Se lamentaba cierto gran poeta de “¡…qué solos se quedan los muertos!” pero lo cierto es que los muertos estamos (o estábamos) encantados y felices con nuestra pacífica soledad.

Llegaba de vez en cuando hasta el cementerio alguna pareja de enamorados en busca de tranquilo refugio para sus ardores carnales, ya fuera por morbo o por no disponer de otro lugar o, incluso, alguno-a por aquello de hacerlo en las mismísimas narices de su difunto-a (claro que, a esas alturas, al difunto-a poca nariz le quedaba y poco le importaba lo que hiciera su viuda-o). Estos más que molestar nos procuraban entretenimiento; eran una curiosidad, un motivo para meditar sobre el por qué nos preocupaba “eso” allá, cuando pertenecíamos al mundo de los vivos; la mayoría de nosotros ni tan siquiera nos percatábamos de su presencia.

Otros asiduos visitantes de cementerios eran esos chiflados de las sectas satánicas. Más molestos y ruidosos que los enamorados. Se paseaban por ahí con sus cánticos y sus pinturas, profanando tumbas y dejándolo todo hecho una pena. Algún susto le hemos dado a alguno de estos ruidosos satanitontos pero, vamos, en general, sus visitas eran lo bastante esporádicas como para no resultar molestas (el que se tiren o rompan lápidas y demás, como usted comprenderá, molesta más a los vivos que a nosotros).

También acudían, de vez en cuando, otros pobres locos dispuestos a grabar nuestras voces o a conseguir nuestras fantasmales imágenes fijas o en movimiento. Estos eran, de todos, los menos molestos y los más respetuosos. En realidad nos hacían mucha gracia sus esfuerzos… si es que nos llegábamos a dar cuenta de su presencia, claro. Y es que de tan silenciosos y cautos la mayoría de las veces ni sabíamos que estaban allí a menos que algún insomne (que también ese mal aqueja a los muertos) se apercibiera de que alguien rondaba por allí. Si este insomne resultaba ser un joven y alborotado recién llegado era probable que despertara a otro, igualmente joven y recién llegado, y se divirtieran a costa de estos crédulos esotéricos. Así, sin moverse de sus tumbas y por debajo del umbral auditivo de los vivos, emitían gritos, declamaban frases, susurraban palabras ominosas… Lo de las imágenes, sin embargo, no es cosa nuestra. Como puede usted imaginar por esta carta, nuestra envoltura sigue siendo carnal (u ósea, todo depende del tiempo que se lleve aquí que, en mi caso, le aseguro que es mucho).

Y por último quedan los recolectores de “sueño de muertos”. Más silenciosos y respetuosos que estos locos buscadores de voces e imágenes. Nunca fueron una molestia para nosotros. Ni tan siquiera fueron objeto de burlas por los más jóvenes entre los nuestros. Los dejábamos hacer pues, que se lleven esos sueños ningún mal nos hacía… Hasta ahora, claro.

Ahora, con la publicación de esos dichosos artículos, nuestra paz ha sido profanada; nuestra tranquilidad ha desaparecido y nuestro sueño se ve continúamente perturbado por esa horda infame que, llevados por una insana curiosidad, se acerca hasta los cementerios como quien se va a un mercadillo. Pisoteando nuestras tumbas, usando nuestras lápidas como mesa de pic-nic, gritando, vendiendo y comprando… y hasta haciendo botellón.

Esto se ha vuelto insoportable. Exigimos de su revista y de su iconsciente e irresponsable colaborador, una ayuda. Hagan una llamada a sus lectores. Adviértanles del peligro de seguir con su actitud. Estamos siendo muy pacientes pero imagine lo que puede ocurrir si se sigue interrumpiendo el sueño a millones de muertos.

A ustedes las falta de sueño les pone de muy mal humor… a nosotros nos enfurece.

Se lo ruego, haga algo para detener esta locura. Hasta ahora hemos podido evitar la reacción violenta de nuestros congéneres pero no sé durante cuanto tiempo más podremos lograrlo.

En manos de su revista dejamos la responsabilidad de detener esta invasión de nuestros lugares de descanso.

Sin más que añadir (de momento) se despide de usted.

Atentamente

Aquilino Fuencarral

Presidente de la Asociación de Difuntos Descanse en Paz.





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Ama de Casa

- Así que no trabajas.

- Soy ama de casa.

- Eso, que no trabajas.

- He dicho que soy ama de casa.

- Ya, te he oído. Te envidio, no creas ¡Qué bien se vive sin dar palo al agua!


Ah, vale, entendido. Soy ama de casa, ergo, no trabajo. Ajá, todo aclarado. No trabajo. Eso dicen.

Me pregunto si habría alguien tan amable de decirme entonces cómo se le llama a esto que hago yo desde que me levanto a las siete y media de la mañana:

Hacer de despertador a la enana.
Preparar desayuno.
Perseguir a la enana para que desayune.
Perseguir a la enana para que se vista (acabando, en el noventa y cinco por cien de las ocasiones, vistiéndola yo por pura impaciencia: no sé si puedes imaginar lo que se puede tardar en meter una pierna en la pernera cuando se tienen cinco años…).
Llevar a la niña al cole.
Hacer de despertador al husband.
Barrer y fregar suelos.
Limpiar cristales.
Fregar cacharros (los del desayuno, los de la comida, los de la cena… y alguno que cae entre medias).
Quitar el polvo.
Limpiar baños.
Hacer camas.
Recoger juguetes.
Recoger la ropa sucia.
Lavar, tender y planchar la misma.

Coser (botones y no mucho más, confieso que no doy para mucho en quehaceres costuriles).
Limpiar zapatos.
Hacer la compra (aunque en casa la compra la hacemos los dos).
Cocinar.
Llevar a la niña a las extraescolares.
Recoger a la niña de las extraescolares.
Llevar a la niña a la biblioteca.
Preparar meriendas.
Bañar a la renacuaja.
Preparar cena.
Poner pijama a la niña.

Además de:

Hacer de enfermera (miedo me da ponerme yo mala, decía mi madre, ahora entiendo por qué lo decía).
Animadora infantil (encontrar la forma de entretener a una niña no es tan fácil como parece). Camarera.
Secretaria.
Profesora (esto, todavía poco, pero ya tocará ayudar con deberes, ya).
Relaciones públicas.
Cuentacuentos…

.... Y soportar con toda la estoicismo posible que piensen que, por el hecho de ser ama de casa, soy una maruja descerebrada, que no es ninguna tarea pero que, igualmente, resulta agotador.

En fin ¿Qué? ¿Algún voluntario-a para decirme qué es esto ya que, al parecer, no es trabajo?





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El Hada Helada (II)
Menuda panda de impacientes. Hala, ya está terminado :P (Mario, intentaré que no se me alarguen los relatos aunque me temo que tienen vida propia y hacen lo que quieren). Pues ná, que ahí queda el final...

La joven Dralina se ofrecía voluntaria para ir a los campos de cereales del Hechicero del Verano y robar unas cuantas Espigas del Sol.

(- ¿Espigas del Sol? ¿Qué es eso?)

Pues son, ni más ni menos, que las espigas que utiliza el Hechicero del Verano para transportar el calor. Con un puñado de ellas se podría derretir en un par de días todo el hielo del Polo Norte.

(- ¡Guau! ¡Vaya!)

Sí, vaya…

Así que lo que proponía Dralina era robar una o dos de esas espigas. Llevarlas hasta el palacio del Mago del Invierno y amenazarle con usarlas contra su país si no dejaba en paz a la Bruja y su bosque.

Y así se hizo.

Dralina voló hasta los sembrados del Hechicero del Verano y robó dos o tres de sus Espigas del Sol. No fue muy difícil ya que, como he contado este Hechicero anda más preocupado en pasarlo bien que en vigilar su propio país.

Una vez tuvo las espigas, Dralina atravesó las aguas color rosa y naranja del Mar Asorda que separa los campos del Verano de las planicies del Invierno.

Cabalgó sobre los gigantescos icebergs que los dioses usan para surfear.

Recorrió las llanuras blancas de nieve y hielo donde los grandes osos polares son reyes indiscutibles.

Atravesó las cuevas de Cristal Helado donde las estalagmitas y las estalactitas son de hielo milenario, de color azul profundo allá en su fondo.

Caminó sobre glaciares formados con la nieve y el frío de millones y millones de años.

Anduvo, y patinó, y esquió, y resbaló e incluso se atrevió a nadar en el Lago Gélido.

Hasta que, por fin, llegó al colosal palacio de hielo del Mago del Invierno.

No tuvo problemas para entrar ya que, tan seguro se encontraba el Mago de que nadie se atrevería a atravesar todo su país hasta llegar a él, que jamás se ponían guardias en la entrada… ni en ningún otro lugar del palacio.

Dralina cruzó sin el menor impedimento salas y más salas heladas. Pasillos resbaladizos de hielo. Salones que parecían de puro cristal. Admiró los jardines con flores de hielo y cascadas de nieve. Caminó por lo que le parecieron kilómetros de palacio hasta llegar al Salón del Trono.

Y allí se enfrentó, por fin, al Mago del Invierno.

Éste la miró sorprendido y admirado.

Tan sorprendido y admirado que consintió en escuchar todo su discurso.

Dralina habló:

- Señor del Invierno y del Frío. Amo de la Nieve y del Hielo. Dueño de la Ventisca, las Heladas, las Cencelladas y la Escarcha. Eres grande y poderoso. Eres frío y pendenciero. Durante años has demostrado tu valor y tu poder sin fin y ahora, esta humilde y pequeña hada te pide que muestres tu inteligencia y tu altruismo dando fin a esta guerra y devolviendo a mi Señora la Bruja del Otoño la tranquilidad, su territorio y su tiempo. Te lo pido con humildad, gran señor.

- ¿Y por qué habría de hacer eso cuando, sin la menor duda, soy el claro vencedor de esta guerra?

- Por generosidad, señor.

- Eres muy divertida y muy atrevida. No pienso hacer lo que me pides así que mejor vuelve con tu Señora. Y confórmate con esa generosidad.

- Entonces, Señor, me veré obligada a abrir esta caja…

- ¿Y tengo que asustarme de una caja?

- No señor, de la caja no. De lo que en ella hay, sí.

- Y bien ¿Qué es eso que ha de aterrarme?

- Unas Espigas del Sol, Señor del Frío. Supongo que no os será difícil imaginar qué ocurriría si abriera y dejara caer estas espigas en vuestro palacio.


Al oír esto el Gran Hechicero, de un salto, se levantó de su trono pensando en acabar con la pequeña Dralina a base de magia… pero tres razones le hicieron cambiar de opinión.

(- ¿Que tres razones? )

Una, que la pequeña hada tenía su propia protección mágica y la de su Señora.

Dos, que le bastaba un pequeño gesto para dejar caer las espigas y, por tanto, acabar con su palacio y su reino en menos de un segundo.

Y tres, la admiración que le había provocado el valor y la tenacidad de Dralina.

Así que tras pensarlo unos segundos el Mago del Invierno decidió abandonar la guerra y su deseo de más terreno y tiempo. Decidió, asimismo, pedir perdón a la Bruja del Otoño e intentar hacer las paces con ella y, por último, decidió regalar a Dralina, como premio a su valor, un diamante mágico tallado en forma de copo de nieve para que pudiera ponerse en contacto con él siempre que necesitara ayuda.

Y así acabó la guerra entre la Bruja del Otoño y el Mago del Invierno.

(- ¿Ya está?)

Sí, ya está.

(- Pero aún no me has dicho porque llaman a Dralina el Hada Helada.)

Ah, sí, es cierto.

Pues, verás, la llaman así porque desde su viaje a las tierras del Invierno la pobrecita hada siempre tiene frío. Es como si se le hubiera metido dentro y no hay manera de que entre en calor. Así que en el Bosque del Otoño los pequeños duendes cantan:



La hermosa Hada Helada,
siempre tiene frío
y siempre va abrigada.
Mas si quieres que en calor entre
haz el bien y sé un poco valiente.

(- ¿Y eso que quiere decir?)


Pues está muy claro: que cuando un niño o niña hace algo especialmente bueno o valeroso Dralina, el Hada Helada, durante unas pocas horas, vuelve a sentir el calor dentro de su cuerpo.

Así que, ya sabes. Ayuda a Dralina: sé bueno de vez en cuando.

Ella te lo agradecerá.


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El Hada Helada (I)
El lunes o el martes, el final.

Para quitarte el aburrimiento.

Para llamar al sueño.

Para compartir un rato.

Te voy a contar una historia.

Yo disfrutaré contándola.

Espero que tú disfrutes escuchándola.

Es la historia del Hada Dralina a la que todos llaman el Hada Helada.

(- ¿Por qué la llaman así?)

No te impacientes. Atiende a la historia y lo sabrás.

Existe un país llamado Fantagia en el que habitan brujos (y brujas), magos (y magas), hechiceros (y hechiceras), encantadores (y encantadoras), nigromantes (¿y nigromantas?), hadas (¿y hados?), augures, clarividentes y cualquier otro tipo de criaturas mágicas (duendes, gnomos, elfos, unicornios, dragones…).

No está lejos ni cerca y no lo puedes encontrar en ningún mapa.
Nadie sabrá decirte cómo llegar. Sólo tu corazón y tu imaginación pueden hacer que lo encuentres.

Se halla siempre envuelto por una niebla espesa, iridiscente y musical. Una niebla formada por pequeñas partículas de magia en suspensión. Estas partículas, en continua agitación, producen una música cristalina, melancólica a veces, otras veces inquieta, a veces enojada y otras, la mayoría, alegre.

En cuanto el viajero se sumerge en esta niebla la magia comienza a cosquillear en su piel, la nota en su boca (algo picante, algo ácida, algo burbujeante) y, sobre todo, siente como se le mete por la nariz provocando que Aaa… provocando que Aaa…. Digo que provocando que Aaaatchíiiisss… sniff… eso, que estornu… Aaaaatchússss… que estornude sin parar durante un rato.

Aaaatchíiiiisssss…

(- Salud.)

Gracias.

En el extremo norte de Fantagia, según se mira a la derecha, hay un gran bosque.

Un bosque enorme.

En este bosque no hay nada verde, ni verde claro, ni verde oscuro ni verde botella ni verde azulado ni ningún tipo de verde, no, este bosque es de color rojizo, anaranjado, marrón, ocre, amarillo… En fin, los colores del otoño. Porque en este bosque siempre, siempre, es otoño.

(¿Que no te gusta? ¿Y por qué no te gusta? Ah, porque tú prefieres el verano… pues lo siento, esta no es tu historia ni tu bosque ni tu país así que… a callar… y a escuchar… shhhh).

En fin… ¿por dónde iba? Ah, sí, habíamos dicho que en este bosque siempre es otoño. Pues bien, en el centro de este bosque hay un claro. Un gran claro. Y en el centro del claro hay un árbol.

El árbol más alto y más grueso que puedas imaginar.

Tan alto como el rascacielos más alto, tan alto que es imposible ver su copa y tan grueso que… esto… tan grueso, tan grueso que… bueno…. Que…, eso, que muy grueso.

(- ¿Pero cómo de grueso?)

No sé. Mucho. Muchísimo.

(- Pero ¿cómo cuánto?)

Puessss… Como un castillo de grueso. Como dos castillos de grueso. ¿Vale así?

(- Vale.)

Tiene este árbol una descomunal y hermosa puerta adornada con grabados de hojas, tallos entrelazados y frutos otoñales (nueces, castañas, avellanas…).

Tiene también muchas ventanas. Grandes y pequeñas. Abiertas y cerradas. Altas y bajas.

O sea que, en este árbol, está claro, vive alguien.

(-¿Quién, quién? Dime ¿quién vive en ese árbol?)

Pues en este árbol vive una Bruja.

(- Fea.)

No insultes…

(- No, que la bruja será fea…)

Ah. No, no es fea. Tampoco es bella. Pero fea no, en absoluto.

(- Ah, será vieja entonces.)

No, no es vieja. No es que sea joven pero tampoco vieja.

(- Vale, entonces será malvada.)

Pues no, no es malvada. Ni bondadosa ni malvada. Como todos, vamos.

(- Vestirá de negro al menos.)

Pues no. Para nada. En realidad odia el negro. No, esta bruja siempre viste de rojo, naranja, ocre… los colores otoñales que la rodean. Porque esta bruja es la Bruja del Otoño y esos son sus colores.

(- Vaya, no di ni una…)

No te preocupes, suele pasar cuando se habla de brujas.

Continúo con la historia.

Es aquí, en este país y en este bosque donde vive el hada Dralina y es aquí, en este país y en este bosque donde comienza la historia…

…Hubo un tiempo en que la Bruja del Otoño y su vecino el Mago del Invierno se llevaban muy mal. Quería el Mago apoderarse de más terreno y reinar durante más tiempo en el mundo y por eso, cada año, intentaba arrebatarle más tierra a la Bruja y expulsarla antes del mundo.

Primero lo hizo disimuladamente, llegando cada vez un poquito antes y un poquito más lejos. Pero la Bruja se dio cuenta y le llamó la atención ante el Consejo de las Estaciones, le advirtió de que no continuara con sus intentos y consiguió que el Consejo lo amonestara muy duramente.

El Mago del Invierno se sintió tan ofendido que, en ese mismo momento, declaró la guerra a la Bruja del Otoño .

Y así comenzó la lucha.

El Mago del Invierno lanzaba contra el bosque de la Bruja tormentas de nieve, olas de frío polar y vientos helados, sin tregua y sin descanso.

La Bruja del Otoño se defendía como podía. Usaba mantas de hojas para proteger a los habitantes del bosque del frío y el viento. Usaba sus propios vientos otoñales contra los vientos invernales. Usaba la lluvia contra la nieve.

(¿Y las otras estaciones? ¿No ayudaban a la Bruja del Otoño?)

¿Las otras estaciones dices? ¡Vaya par! El Hechicero del Verano es un ser arrogante y vanidoso al que sólo preocupa lucirse y bailar entre sus sembrados de trigo y en cuanto al Hada de la Primavera no es más que una niñata tontorrona, caprichosa y presumida que siempre anda poniéndose guirnaldas de flores y admirándose en los ríos. Como ves poca ayuda se podía esperar de ellos.

(- Ya veo. Entonces ¿qué pasó?)

Pues verás. A la Bruja del Otoño no le iba nada bien en la guerra. El Mago del Invierno era implacable y parecía no agotarse nunca. Sin embargo, en el bosque, las pequeñas criaturas que lo habitaban empezaban a sentirse extenuadas y desmoralizadas.

Para los seguidores del Invierno era muy fácil resistir los ataques del Otoño mientras que para las criaturas otoñales los rigores que enviaba el Mago del Invierno ya comenzaban a ser insoportables.

La Bruja empezaba a plantearse la rendición para proteger a sus súbditos cuando se presentó ante ella la joven Hada Dralina, la encargada de hacer caer las hojas de los árboles y esparcirlas por campos, calles y parques, para contarle la idea que había tenido como último remedio para acabar con la guerra.



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Cursilería marciana
Mi vecina, la nudista de las pelusas, está siendo estos días objeto de burla, mofa y befa por un quítame allá esas cursilerías.

Se la acusa, con fundamento (a que negarlo) de que le gustan cosas muy cursis, sensibleras y romanticonas.

Se airean a los cuatro vientos (bueno, no sé cuantos vientos hay en Marte pero, vaya, se entiende la imagen retórica ¿verdad?) algunos de esos gustos suyos tales como: escribir poesía, (probablemente) leerla, ciertos gustos literarios y televisivos…

Los turistas venusinos en lugar de acercarse a nuestra cúpula para verla en paños inexistentes, se aproximan por ver si la pillan escribiendo una de esas poesías suyas o leyendo un libro cursilón y hacerle fotos como si fuera una simia desnuda cualquiera (bueno, lo de desnuda es cierto pero lo otro, no… bueno, lo de simia también, que simios semos todos pero lo otro, no…).

Los lunáticos (no es que estén locos es que son de la luna… bueno, no es que “todos” estén locos… en fin, vale, están locos y, además, son de la luna…) que son el no va más de lo sentimentaloide (su capital Selenia - toda llena de corazoncitos y color rosa y con volantes de encaje hasta en las farolas… - es el destino favorito de toda pareja enamorada), le han enviado una extensa misiva oficial en la que solicitan su presencia en el satélite terrestre para homenajearla y nombrarla hija adoptiva y predilecta.

La Asociación de Madres por la Moralidad y Anticursilería (A.M.M.A.) ha emprendido una campaña en su contra y ya hay muchas madres marcianas que apartan a sus pequeños monstr… digo, niños marcianos en cuanto ven a aparecer a nuestra desnuda y estimada vecina. Cosa que también han intentado con los padres (apartarlos, digo) pero no ha habido forma de conseguirlo, ignoro el motivo…

En fin, resumiendo, que anda mi vecina algo decaída y tristona (cosa que, claro, empeora su cursilería…) y ni las pelusas consiguen animarla con sus cotilleos ni las camelias logran distraerla con su alegre parloteo ni la nueva vecina (otra loca de la que ya veré si hablo o no…) la hace reír con su vida absurda y surrealista.

Así que, señores y señoras, me decido a escribir esta carta abierta a convecinos y visitantes de los diversos planetas, planetoides y satélites del Sistema Solar y más allá para decirles que ya está bien de discriminar a la pobre individua y que no está bien hacer chufla de alguien sólo por ser como es.

Escribo esto para animar a los marcianos (y también turistas e inmigrantes de más allá del S. S.) a decir la verdad y a confesar que todos, pero todos (sí, sí, usted también, no disimule) somos cursis a tiempo parcial o completo.

Confesémoslo, levantémonos y digamos en voz alta: “Yo también soy cursi”, “A mí también me gustan algunas cosas sentimentaloides”.

Confesemos. Hagamos un repaso por nuestras vidas y gustos y descubramos esas cosas de las que tanto disfrutamos, que están llenas de sensiblería y de las que tanto nos avergonzamos.

Y, para animaros a todos a confesar, seré yo la primera en exponerme a las burlas públicas proclamando que:

- Me gusta (ya se lo dije a la vecina) Ana de las Tejas Verdes. Tanto la serie televisiva como los libros.

- Me encanta la película ¡Qué bello es vivir!

- Me gustan las Rimas y Leyendas de Becquer.

- He llorado a moco tendido con más de una canción romanticona.

- Llamo a mi marido “cari” y, en lugar de su nombre, uso un mote cariñoso (que no pienso reproducir aquí).

- Soy incapaz de escapar al influjo de esas escenas hollywoodienses preparadas al milímetro para llorar: suelto el chorro justo en las escenas que toca, sin fallar ninguna.

- Me embobo mirando a bebés y cachorritos.

- Me parece adorable (palabra cursi donde las haya) que mi marido me regale rosas todos mis cumpleaños.

- Me gustan mucho, pero mucho los peluches, cuanto más blanditos y suaves, mejor.

Y seguro que aún me queda alguna cursilería o sensiblería que confesar. Porque, sí, señoras y señores:

Yo también soy cursi.

Y tú… y tú… y él… y aquél de allá que se esconde tras el señor gordo… y el señor gordo que se está riendo de ese…

Venga, yo ya he confesado.

Ahora te toca el turno.

Sal del “armario sentimental” y confiesa tus cursilerías.

Sin miedo.

¿Qué pasa? ¿Es que nadie se va a atrever? ¿Eh?



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Juguetes
Era una tarde lluviosa y Pedrito estaba en casa de sus abuelos. Su abuelo estaba durmiendo una siesta muy larga. La abuela estaba cosiendo frente a la tele, y Pedrito ya se había cansado de leer, y de pintar, y de jugar con su consola. No sabía qué más hacer y se aburría, se aburría y se aburría mirando las gotas de lluvia en la ventana.

La abuela, cansada de oírlo gruñir y quejarse continuamente de la lluvia, le dijo que subiera al desván, que estaba lleno de cosas viejas y que igual encontraba algo con lo que divertirse.

Pedrito no se lo pensó dos veces. Subió corriendo las escaleras recordando todas las cosas que había visto aquella vez que ayudó al abuelo a hacer limpieza en el desván: arcones llenos de ropa antigua, misteriosas cajas cerradas, sillas desvencijadas, animales disecados, figuritas desportilladas, un montón de cosas para revolver…

Y a revolver se puso en cuanto llegó. Abrió arcones y cajas, movió sillas y desordenó ropas y papeles. Y cuando más entretenido estaba… ¡Bum! Un golpe muy fuerte le hizo dar un salto.

El golpe había sonado detrás de las cajas y Pedrito, despacito, se acercó a ver qué era.

- ¿Qué podrá ser? – Pensaba - ¿Un ratón? Nunca había visto ratones en casa de los abuelos… ¿Una cucaracha gigante? No, esas cosas sólo existían en las películas… ¿Un duende despistado? No, los duendes sólo estaban en los cuentos.

No, no era nada de eso lo que había provocado el golpe. Lo que Pedrito encontró tras las cajas fue un montón de juguetes: un camión de madera rojo, un caballo de cartón, una muñeca de trapo, un cochecito de bebé, una peonza, una comba, una pelota amarilla y alguna cosa más… Los juguetes se veían viejos y estropeados pero eso no le importó a Pedrito que jugó con ellos durante el resto de la lluviosa tarde.

Horas más tarde, camino de casa, Pedrito le contó a su papá lo de los juguetes y su papá le dijo que lo más probable es que fueran de sus abuelos, que seguramente ni recordaban que estaban ahí y que igual les hacía ilusión volver a verlos.

De repente, Pedrito, que llevaba varios días pensando en qué podía regalar a sus abuelos para su aniversario, tuvo una idea fantástica: reparar aquellos juguetes para ellos. Y le preguntó a su papá si le ayudaría a sacarlos a escondidas de casa de los abuelos y luego a pintarlos y arreglarlos. A su papá le pareció una gran idea y, dicho y hecho, el siguiente día que fueron a ver a los abuelos sacaron los juguetes sin que ellos se enteraran y los llevaron a casa.

Durante días y días Pedrito y su papá trabajaron pintando, y cosiendo, y atornillando, y golpeando y, en fin, arreglando los juguetes y dejándolos tan bonitos como recién comprados. Durante aquellos días, el niño vio en los ojos de su padre un extraño brillo, una pequeña luz que salía de sus ojos, pero pensó que eran imaginaciones suyas y no dijo nada.

Tras unas semanas de trabajo, por fin, acabaron de arreglar los juguetes, los envolvieron en un precioso papel de regalo y su papá le ayudó a transportarlos hasta la casa de sus abuelos y a meterlos dentro antes de marcharse a trabajar.

Cuando los abuelos comenzaron a desempaquetar los juguetes, sus ojos se llenaron de luz. Una sonrisa les llenó la cara y una pequeña y brillante lágrima comenzó a rodar primero, por la mejilla de la abuela y luego, por la mejilla del abuelo.

Y aquellas dos pequeñas lágrimas se fueron haciendo cada vez más y más brillantes. Tan brillantes que, durante un momento, Pedrito no pudo ver nada.

El niño no supo qué estaba ocurriendo hasta que, por fin, el resplandor desapareció y, en lugar de encontrarse con las caras llenas de arrugas de sus abuelos, se encontró con una niña que mecía una muñeca en sus brazos y un niño montado en el caballo de cartón.

Era tanta la felicidad que sus abuelos habían sentido al ver sus antiguos juguetes y era tanta la felicidad que los juguetes habían sentido al estar de nuevo con sus dueños que se creó una nube de magia lo suficientemente poderosa como para devolverles a la niñez.

Y aquella tarde, la casa de sus abuelos estuvo llena de risas y gritos y canciones infantiles. Y la magia duró hasta que llegó la hora de guardar los juguetes porque su papá estaba a punto de llegar. En ese momento, sus abuelos volvieron a ser adultos pero no les importó porque sabían que, cada vez que sacaran aquellos juguetes para jugar con Pedrito, la magia volvería a producirse y volverían a ser niños.

Y sus abuelos le dieron las gracias a Pedrito por hacerles el regalo más bello de su vida.

De esta forma aprendió Pedrito que todos los juguetes tienen algo de magia.

Y aprendió también que, si se fijaba bien en los ojos de los adultos podía ver, allá en el fondo, un niño (o una niña) que lo saludaban con la mano y le sonreían.

Y que era cuestión de encontrar la magia adecuada para sacar a esos niños del interior de los adultos.

Y cuando Pedrito se hizo mayor, siempre que se sentía un poco triste, usaba esa magia para transformarse en niño y jugar y ver la vida con ojos infantiles y recuperar la ilusión, la fantasía y las risas.

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Vivir decentemente

Alguien: Para vivir decentemente debes tener casa propia.

Mi mente calenturienta: Cachis, nosotros vivimos de alquiler… qué vida más indecente llevamos.

Alguien: Además, para vivir decentemente, es imprescindible tener coche.

Mi mente calenturienta: Más me cachis, nosotros no tenemos coche ni carné ni ná… que vida más indecente llevamos.

Alguien: No se puede vivir decentemente sin tener ropa de moda, buenos zapatos, multitud de bolsos, etc. Todo eso es imprescindible para tener una buena vida.

Mi mente calenturienta: Jolín, encima no estamos a la última… que vida más indecente llevamos.

Alguien: Y que no se te olvide que, para vivir decentemente, tienes que comprar alimentos de marca. Nada de Hacendado, Carrefour, Día, Consumer o, peor aún, Plus. Hay que comprar Danone, Cola Cao, Avecrem, Orlando, La Asturiana…

Mi mente calenturienta: Eso, encima nos alimentamos mal, con marcas blancas de esas… de esas que son las mismas que las otras pero con otro envase… que vida más indecente llevamos.

Alguien: Yo, para vivir decentemente, tengo que comprarme mi jamoncito y mi choricito ibérico… faltaría.

Mi mente calenturienta: Mira que somos cutres… nosotros comemos de eso de higos a brevas… que vida más indecente llevamos.

Alguien: Por supuesto, para vivir decentemente, tengo que salir cada fin de semana a tomar copas por ahí, a bailar, y comer fuera.

Mi mente calenturienta: ¿Ves? ¿Te das cuenta? Y nosotros hace meses que no pisamos un restaurante… que vida más indecente llevamos.

Alguien: Ah, y para vivir decentemente no puede faltar alguna escapadita de fin de semana, varias al año, por supuesto. Y las vacaciones, quince días en la playa y gastando, gastando mucho que para eso son vacaciones.

Mi mente calenturienta: Caray, y nosotros que sólo salimos una vez al año y nos cuesta sudores… que vida más indecente llevamos.

Alguien: ¡Mecagoentó… el sueldo no me llega para vivir decentemente! ¡Mecagoentó… tengo embargao el sueldo del próximo mes sólo porque quiero vivir decentemente…!

Mi mente calenturienta: Mira, al menos nosotros no tenemos el sueldo embargado y nos llega el sueldo y todo… que vida más indecente… ¿no?

Alguien: ¡Mecagoentó… que mala vida llevo! ¿Por qué no tendré más dinero?

Mi mente calenturienta: Dime una cosa ¿A ti te gustaría “vivir decentemente”? Es decir ¿Te gustaría tener más dinero?

Yo: Por supuesto, ni que fuera tonta. Me encantaría tener más dinero, como a todos.

Mi mente calenturienta: Pero no veo que te quejes como Alguien.

Yo: Pues no, no me quejo. Eso no me va a dar más dinero.

Mi mente calenturienta: Oye… y digo yo… ¿este Alguien es feliz?

Yo: Pues… tiene pinta de que no…

Mi mente calenturienta: ¿Y por qué crees que no es feliz?

Yo: Porque no disfruta de lo que tiene y piensa continuamente en lo que no tiene. Es más, aunque tuviera más dinero, seguiría igual de infeliz.

Mi mente calenturienta: ¿Y eso por qué?

Yo: Porque siempre querrá más. Porque piensa que para ser feliz, para “vivir decentemente”, hay que tener, tener y tener. Porque confunde lo supérfluo con lo necesario. Porque cree que cuantas más cosas tenga mejor vida tiene. Porque hace tiempo que no trabaja para vivir sino que vive para trabajar y conseguir más dinero y más cosas…

Mi mente calenturienta: : Ah… ¿Y nosotros? ¿Somos felices?

Yo: Sin la menor duda. Somos muy felices.

Mi mente calenturienta: ¡Qué bien que vivimos indecentemente! ¿Verdad?

Yo: Tú lo has dicho.


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El Príncipe del Guisante
Soy “El príncipe del guisante” o, hablando con más propiedad, soy el príncipe que se casó con la Princesa del guisante… ¡menuda idea tuve! ¡Qué tendría yo en la cabeza para poner todo mi empeño en casarme con una “Princesa de Verdad”!.

Es increíble lo ingenuo que fui al creer todo lo que me contaban mis padres.

Las “Princesas de Verdad” son encantadoras y fascinantes. – decían.

Las “Princesas de Verdad” son mujeres de modales y gustos exquisitos. – afirmaban.

Las “Princesas de Verdad”, querido hijo, son el no va más del glamour y la elegancia. – me repetían una y otra vez.

Y yo, claro, me lo creí. A fin de cuentas son los reyes y, lo más importante, son mis padres. No iban a mentirme. Y, bueno, mentirme, no me mintieron… se limitaron a no contarme toda la verdad.

De modo que ahí salí yo al mundo, como mandan los cánones de todo buen cuento de hadas, en busca de mi “Princesas de Verdad”. Conocí muchas princesas, de todos los tipos, de todas las razas, de todos los tamaños y con todas las virtudes que se pueda imaginar pero… (Ah, el pero…) ninguna era una “Princesas de Verdad”. Ninguna de ellas tenía ese “algo”, ese glamour, ese encanto, esa fascinación. En fin, todas tenían algún defecto que no las hacían aptas para ser mi esposa.

Y seguí buscando y buscando hasta que, cansado y decepcionado, decidí volver a casa. Y entonces apareció ella. La auténtica. La real. La fascinante y encantadora y glamurosa y hermosa y elegante “Princesas de Verdad”.

Y mamá (la reina) la puso a prueba con el dichoso guisante. Y superó la prueba con creces (tuvo moratones durante días). Y me enamoré de su encanto y de su real realeza y de su fascinante elegancia y de su glamurosa gracia.

Y le pedí que se casara conmigo.

Y ella, con exquisita dulzura, me respondió afirmativamente.

Y al poco tiempo nos casamos…. Y me convertí en el “Príncipe del guisante” o el “Señor de la Princesa del Guisante” o, incluso, en el “Señor Guisante”. Todo el mundo se quedaba prendado de su “algo” y a mí no me miraban dos veces; todos recordaban su historia y la adoraban y la buscaban y yo pasé a ser una especie de guardaespaldas incordio.

Pero no es eso lo peor de estar casado con ella, no. Eso aún podría soportarlo y hasta disfrutarlo. Lo peor es esa “sensibilidad” suya, esa “delicadeza” insufrible. No hay quien la toque porque, ante el más leve abrazo, se queja de dolores múltiples; un simple beso en la mejilla le supone, dice, un sufrimiento inenarrable así que ni hablemos de besos más apasionados y nada de caricias porque la dejarían marcada, o eso asegura ella… Yo sé que todo eso es mentira. No se puede ser tan “sensible” al tacto y luego ponerse esos ajustados corsés.

No, lo que ocurre es que sólo puede pensar en si misma. Se pasa el día pensando en vestidos, zapatos, cosméticos, peinados, fiestas, paseos, admiradores… No sabe hablar de nada que no sea ella misma y su “shaaarme” (así lo dice ella “shaaaaarme”) y su “chic” (bueno, ella más bien dice “shiiiic”).

Para ella no existe en el mundo nada más interesante que ella misma.

Yo, por supuesto, no existo para mi esposa. En realidad no existo para nadie. Dejé de existir en cuanto se acabó el cuento, es decir, justo cuando nos casamos.

Ella es el centro de todo y yo soy un mero comparsa.

Y es que sólo a mí se me ocurre empeñarme en buscar una “Princesas de Verdad” en lugar de buscar una “Mujer de Verdad”.

Sólo a mí se me ocurre buscar a alguien lleno de perfecciones cuando, seguramente, habría sido más feliz con una persona repleta de imperfecciones.

Cualquier día reuniré el valor suficiente para dejar de ser el que se casó con la “Princesa del guisante” y me iré a buscar otras princesas y a ver otros mundos y a ser yo mismo.

Cualquier día… Ya lo verás.

Ahora, con tu permiso, debo irme, mi esposa está esperando que le lleve su capa de seda para salir hacia un nuevo baile. Y ya se sabe que no se puede hacer esperar a una “Princesas de Verdad”.


P.S.: Viendo algunos comentarios que relacionan mi post con la reciente noticia sobre los Duques de Lugo afirmo que: todo parecido con la realidad es pura coincidencia y que este relato fue escrito varios días antes de conocer la noticia.


 
Puntualidad
Padezco una curiosa manía (Ping… son las diecisiete horas, veinticinco minutos, cero segundos), un extraño defecto (Ping… son las diecisiete horas, veinticinco minutos, un segundo), tengo la extraña costumbre de… (Ping… son las diecisiete horas, veinticinco minutos, dos segundos)… Oye, perdona pero ¿es necesario que digas la hora segundo a segundo? (Es que así me programaron… Ping… son las diecisiete horas, veinticinco minutos… esto… vaya, he perdido la cuenta… a ver… mmmm… ¿pueden ser cinco segundos?). A ver, así, entre nosotros ¿No podrías hacer el favor de ahorrarme lo de los segundos? Es que interrumpes lo que quiero contar a estos señores (Ah… vaya… no les había visto, hola ¿qué tal?… Bueno, lo haré por ti, total, ya me desconté con el segundero…). Muchas gracias, eres muy amable.

Ejem… a ver… pues decía yo hace unos cuantos segundos (Unos catorce… creo…). Umpf, gracias (De nada, para esos estamos). Decía yo hace catorc... (Eehm… perdona, ya son dieciséis). Grumpf… sí, vale, gracias, pues que decía yo hace "un rato" que tengo la manía, el defecto y la mala costumbre de ser puntual (Pues a mí, eso no me parece una mala costumbre, sino muy al contrario). Intentaba ser irónica. (Oh, vaya, lo siento, seguiré contando el tiempo…). Eso, tú, a lo tuyo. A ver, pues eso, que soy de esos bichos raros a quienes gusta llegar a su hora. Peor aún, soy de esas personas que, incluso, tienden a llegar varios minutos antes de la hora (Ay, es que da gusto con la gente como tú… con permiso… Ping… son las diecisiete horas, veintiséis minutos, ce… ah, no, los segundos no). ¿Crees que será posible que termine de decir hoy lo que quiero decir? (Por supuesto ¿es que te está molestando alguien?). Jummmm…

No soporto llegar tarde a los sitios, así que siempre calculo el tiempo que me llevará arreglarme y luego el que me llevará llegar al lugar en cuestión (Mmmm… perdona… ¿calculas? ¿Tú sola?). Bufff… a ver, calculo con ayuda de mi reloj… (Así está mejor… con permiso… Ping... son las diecisiete horas, veintisiete minutos… hala, ya puedes seguir). No, no puedo seguir; así no. Haz el favor y avísame sólo cuando te lo pida ¿de acuerdo? Al menos de momento porque sino, no acabaré nunca. (Pero… pero… mi programación… mi trabajo…). Es sólo durante un rato: o eso o te meto en el bolso, tú eliges. (Vale, vale, me callaré... traidora…). Pues a ver si es verdad.

Pues… ah, sí, eso, que calculo el tiempo necesario para llegar a mi hora. Gracias a esta costumbre mía, me he pasado mucho tiempo de mi vida esperando a otros. (¿Quieres que te diga exactamente cuanto tiempo?) ¡No! No es necesario, déjalo. Esperando a esos otros incapaces de estar a la hora marcada. (Es que hay cada impresentable por ahí… si yo te contara lo que me contaba mi abuelo…). ¿Tu abuelo? ¿Los relojes tienen abuelos? (Toma, claro, y el mío era todo un señor reloj de péndulo, muy serio él y un gran profesional, pertenecía a la famiumpfffmmfffp). Luego me lo cuentas si eso… (Vale, pero no era necesario que me pusieras la mano encima… antipática… ya verás, ya, como me ponga a atrasar…). No me amenaces, te recuerdo que hay muchos relojes en venta... y muy bonitos… y silenciosos… y déjame seguir…

Sé que es una tontería esta manía mía de ser puntual porque, por una parte, pierdes un montón de tiempo esperando a los demás (siempre suelo ser la primera en llegar y, por tanto, me toca esperar entre un mínimo de cinco minutos y un máximo de vete a saber cuanto…) sino que, además, no te lo agradecen e, incluso, para algunos, eres causa de mofa. Pero no puedo evitarlo, soy puntual, lo llevo en los genes o algo así. Me gustaría, eso sí, saber por qué los impuntuales son impuntuales (Yo, yo te lo digo… porque no tienen reloj, seguro). Sí que tienen (¿Ah, sí?). Sí. (Vaya, entonces no sé por qué son impuntuales, no… Ping… son las… huy, perdona, la costumbre…). ¿Qué hace que una persona sea totalmente incapaz de llegar a su hora? ¿Qué lleva a alguien a creer que puede tener a otra u otras esperando diez, veinte, treinta o más minutos por ella? ¿Por qué dan tan poca importancia a mi/nuestro tiempo?

A mí me preocupa tanto saber que alguien está esperándome, que me es imposible pensar siquiera en llegar más tarde de la hora prevista y por eso no comprendo la impuntualidad. En fin, por mi parte pienso seguir siendo tan puntual como lo he sido siempre porque, como ya he dicho, es algo que no puedo evitar. Eso sí, ahora siempre me llevo algo con lo que pasar el rato y no aburrirme en las largas esperas.

Por cierto ¿qué hora es? (Ah, ahora sí ¿eh? Ahora tienes que acudir a mí… ja…). Venga, deja de hacer el tonto y dime la hora o te quito las pilas… (Eres una abusona, una matona, una dictad… mmmmfffpfff… vale, vale, ya voy… ejem… Ping… son las diecisiete horas, treinta minutos – creo -, diez segundos – creo -). ¿Crees? (Oye, con tanto lío y tanta cháchara me he descontrolado un poco pero, vamos, aproximadamente es eso… ejem…). En fin, me conformaré con la “aproximación”. Buffff… y media… y quedamos… (Pues de cinco y media a seis lo cual ya sabes que quiere decir que…). Pues quiere decir que aparecerá pasadas las seis. (Exactamente, muuuuy pasadas las seis…). Odio quedar de esta manera… de cinco y media a seis… mejor sería que dieran una hora concreta, total, llegarán tarde igual… (Pero tú ¿Por qué llegas tan pronto?). Lo acabo de decir: porque tengo la manía de ser puntual…

(Pues hala, a seguir esperando por tontorrona… Ping… son las diecisiete horas, treinta minutos, treinta segundos… Ping… son las diecisiete horas, treinta minutos, treinta y un segundos… aproximadamente… ejem).

ACTUALIZACIÓN: He quedado entre los tres finalistas en Premios Blog en la categoría de Literario. A quien le guste mi blog y tenga tiempo y ganas, pues que me vote. Para ello hay que ir a http://www.premios-blog.co.nr/ a la sección Votaciones y, bueno, ahí explican como va la cosa. De momento, muchas gracias a quien me haya votado hasta el momento.

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Hogar de papel
Pues aquí está el final...

Así, mientras continuaba con su vida real, sus amigos reales, su trabajo real, etc., Gualberto decidió iniciar la búsqueda de alguien que le abriera la puerta de regreso.

Pensó, en primer lugar, que tal vez él mismo podría lograr encontrar el camino si leía la novela de donde procedía con la suficiente intensidad y concentración. Pero, por mucho que lo intentó no logró ni abrir un pequeño agujerito en la cortina que separaba ambos mundos.

Buscó, luego, al lector panzudo sin saber muy bien cómo iba a hacer para convencerle de que él, Gualberto, era un personaje de ficción y que debía volver a leer aquella novela para, de esta manera, abrir el pasadizo entre los dos universos y que él, Gualberto, pudiera regresar. Se pasó días y días preparando cuidadosamente un discurso que a él le pareció lleno de fuerza, muy convincente y extremadamente conmovedor. El pobre Berto trabajó en balde: el señor panzón hacía tiempo que había dejado su casa, la ciudad y el país para irse a trabajar a los U.S.A. donde daba clases de historia española en una famosa universidad de aquel país.

Sin desanimarse, pensó en dedicar sus esfuerzos en la localización de alguien que tuviera la misma poderosa imaginación y la misma pasión lectora que el hombre que le había abierto las puertas a este mundo, pero pronto se dio cuenta de que era una empresa demasiado gigantescaa para llevarla a cabo él solo.

Más tarde, se decidió a ir en busca de Arcadio Lozano ya que, a fin de cuentas, él era su creador y, sin duda alguna, alguien con la imaginación suficiente como para abrir una brecha interuniversal que le permitiera el regreso. Pero cuando, tras arduo trabajo, Gualberto logró contactar con Arcadio Lozano, éste dio muestras de no tener la mente tan abierta como en principio pudiera pensarse. El escritor le escuchó con gran atención para, a continuación, sufrir tal ataque de risa que Gualberto creyó que iba a contemplar en directo la muerte de Arcadio ahogado en sus propias carcajadas. Era evidente, pues, que su creador no se había creído nada de la historia de Berto y si alguna duda le cabía, esta se disipó cuando Gualberto fue “amablemente acompañado” por dos enormes gorilas fuera de la presencia del afamado escritor.

Intentó a continuación Gualberto dedicarse él mismo a la escritura pensando que, quizás, si se sumergía en la creación de relatos, su fuerza creadora sería bastante para hacer posible la ingeniería mágica que daría como resultado un hermoso camino hacia su hogar. Lamentablemente, resultó que su fuerza creadora estaba falta, por así decirlo, de unas cuantas sesiones en el gimnasio y no era lo bastante poderosa para hacer realidad su sueño.

El pobre Gualberto se iba hundiendo lentamente y sin remedio, en las ciénagas de la desesperanza. Pasaba las tardes paseando por la ciudad sin rumbo fijo. Cuando se sentía cansado de este vagar, se metía en alguna biblioteca, cogía su libro, su hogar, y, entre suspiros de nostalgia, leía una y otra vez aquellos pasajes en que él aparecía.

Y fue ahí, en la biblioteca a la que ambos acudíamos casi a diario, donde conocí al pobre Berto. Una tarde me preguntó por el libro que estaba yo leyendo y acabamos charlando animadamente sobre literatura. A los pocos días, trasladamos la conversación a una pequeña y acogedora cafetería. Y allí, animado quizás por el reconfortante aroma del café, la nostalgia de los días otoñales que vivíamos, el calor acogedor del local y la confianza que, al parecer, yo le inspiraba, Berto me contó toda su historia.

Y yo no tuve la menor duda de que todo era tal y como me lo había contado.

Y tampoco tuve la menor duda de que debía ofrecerle mi ayuda.

Y fuimos a casa y leí para él. Leí la novela de la que había salido. En realidad, la leímos juntos, en voz alta. Paladeando las palabras, intentando darles vida, dejándonos arrastrar por la historia. Concentrándonos, aislándonos de la realidad. Y cuando íbamos ya por la mitad del libro, y nuestras voces estaban enronqueciendo por el esfuerzo continuado y yo estaba a punto de sugerir un descanso, en ese preciso instante, noté que algo cambiaba en mi salón, percibí un aroma a tinta y a papel, escuché rumor de voces extrañas y vi un como a modo de desgarro en el aire que Gualberto miraba con una sonrisa arrobada.

Habíamos conseguido abrir la puerta. Berto podía volver a casa. Nos abrazamos, lloramos de alegría por su regreso y pesar por la despedida. Nos dijimos adiós mil veces y, finalmente, Gualberto Torralba atravesó la abertura entre realidad y ficción y volvió a su hogar.

Escribo esto después de tantos años con la esperanza de que se abra un poco la ventana, lo suficiente para que Gualberto reciba mi mensaje y sepa que no le he olvidado y que ahora me ha llegado el momento a mí.

Que yo también me cansé de este mundo real.

Que encontré alguien dispuesto a ayudarme.

Que muy pronto yo también volveré a mi hogar.

Y que tenía razón cuando me decía que los personajes de ficción no estamos hechos para este mundo real.

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Hogar de papel
Como creo que este relato es un poco extenso para ponerlo de una sola vez, he preferido dividirlo en dos. El próximo post, pues, será la continuación de este.

Gualberto Torralba nació de la pluma o, por mejor decir, del ordenador de Arcadio Lozano, escritor con su poco de fama y su mucho de egolatría que se creía mejor literato de lo que en realidad era; dato éste que poco hace al caso de nuestra historia pero que nunca está de más aportar.

Era Gualberto personaje terciario de una novela costumbrista de nuesto autor. Uno de esos personajes grises que el lector tiende a olvidar por lo poco que aporta al relato. Uno de esos personajes, en fin, que el autor pensaba llegaría a mucho y, misterios de la creación literaria, se quedó en casi nada; cuestión que poco o nada preocupaba a Gualberto (Berto para los amigos) que era de carácter poco ambicioso y que gustaba, en realidad, de pasar desapercibido.

Otra cosa, sin embargo, preocupó a nuestro amigo Berto desde su nacimiento y era ésta la posibilidad de acceder al mundo que dicen real. Gualberto había visto atisbos de este mundo mientras Arcadio escribía su novela. En esos momentos en que su personaje no tenía nada que hacer, Gualberto, aprovechando la ventana abierta en ese instante entre ambos universos, se asomaba al mundo exterior (o interior que esto no se sabe, o puede que alguien lo sepa pero no la que esto cuenta) e intentaba curiosear lo que en él había.

Pero desde esta atalaya, estaba claro, poco podía descubrir. Como mucho la pequeña habitación donde Arcadio escribía y que él llamaba estudio en un intento de darle un aire intelectochic a lo que no era más que un minúsculo dormitorio habilitado como despacho. Así, Berto llegó a conocer a la perfección el bonito (y un poco cursi) cuadro de margaritas colgado tras la silla de Arcadio, las fotos de la familia del mismo sujeto al lado del ordenador, una ventana siempre entornada que apenas dejaba pasar un rayo de luz y sonidos amortiguados del exterior y un ficus a punto de palmarla por deshidratación galopante pues nadie se acordaba de ponerle ni medio vaso de agua a la pobre planta.

En fin, demasiado poco si tenemos en cuenta que uno de los principales rasgos de Gualberto era su insaciable curiosidad, la cual le había transformado en una auténtica enciclopedia andante, una Larousse parlante que de todo sabía y de todo opinaba.

Llevado, pues, de esta inagotable sed de saber, o hambre de conocer o, si se prefiere, afán de descubrir, nuestro amigo Gualberto no paró hasta encontrar no ya una minúscula ventana, sino una puerta, portón, pórtico o simple portillo que le llevara de su mundo novelesco a nuestra realidad.

Y lo hizo.

Encontró su entrada a este lado del espejo.

Le bastó con hallar, entre los múltiples lectores de la historia de la que formaba parte, uno capaz de vivir tan intensamente lo que leía, con una imaginación tan vívida y potente, que al leer se viera arrastrado y sumergido en el relato. Uno que, sin apercibirse de lo que ocurría, abriera el camino entre ambos mundos. Y aprovechó Gualberto cierta tarde en que este “uno” se quedó dormido mientras leía; momento idóneo por dos razones principales: primero, porque el sueño permitía que la puerta permaneciera abierta aún cuando el leedor hubiera abandonado la lectura; segundo, porque el encuentro vespertino entre el susodicho interfecto y Morfeo hacía más discreto su paso de un mundo a otro (Berto, como ya se ha dicho, odiaba ser el centro de atención, y tener que responder a las preguntas del señor gordo que roncaba con el libro en la panza, no era algo que le entusiasmara especialmente).

Y Gualberto salió a toda prisa de la casa del durmiente, cerró con sumo cuidado la puerta, aspiró hondo el aroma de la realidad… y recibió en plenas narices el aliento petrolífero de un todoterreno que, justo en ese momento, arrancaba a toda velocidad.

No fue la mejor de las bienvenidas pero Berto estaba encantado.

Paseó por toda la ciudad comparando colores, olores, sabores, sonidos y el tacto de las cosas reales con las cosas ficticias. Notando cuanto más intenso era todo en este mundo que en el suyo. Ya había imaginado él, allá en su mundo novelesco, que no era lo mismo construir un paisaje a base de palabras que verlo con tus propios ojos. Las palabras pueden ser muy bellas, pensaba Gualberto, pero nada es comparable a la experiencia real de las cosas.

De modo que Berto decidió mandar a paseo la novela de la que había salido y quedarse en el mundo real; a fin de cuentas, su personaje era tan insignificante que nadie, ni tan siquiera su creador, se percataría de que había desaparecido de la novela.

Y comenzó nuestro anodino, ficticio, curioso y osado Berto a construirse una nueva y “real” vida.

No alargaré este relato narrando todas las peripecias de Gualberto para conseguir alojamiento, trabajo e identidad, pues prefiero dejarlo para otro momento y lugar en que, tanto los lectores como yo, dispongamos de más tiempo y espacio, pero dejo constancia de que las andazas que llevaron a Gualberto hasta lograr eso que llaman una vida normal, fueron múltiples y dignas de ser narradas.

El caso fue que, a medida que pasaba el tiempo, Gualberto comenzó a añorar más y más su mundo de ficción. No es que llegara a odiar la realidad como la odia aquel a quien la vida maltrata, es que echaba de menos lo que había sido su hogar.

Al principio no era más que una pequeña punzada de nostalgia cuando veía un libro; algo que casi no percibía y que no le impedía disfrutar de todo lo nuevo que vivía. Luego fue una necesidad casi física de pasar horas y horas en librerías y bibliotecas, hurgando entre los libros, buscando aquel del que había salido para leerlo una y otra vez. Poco a poco, la añoranza fue ganando en intensidad, la novedad de la realidad fue transformándose en normalidad y el deseo de regresar a su mundo de ficción ganó terreno en detrimento del de vivir en la realidad.


(En pocos días, la continuación)


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Bla, bla, bla...

Nueve menos cuarto de la mañana. Un frío que pela. Mi enana y yo vamos de camino al cole.

Ando con cuidado, oteando la calle, atenta a cualquier alegre taconeo que suene a mis espaldas. De momento, todo parece normal. El sol me da en los ojos impiéndome tener una correcta visión aunque, claro, siendo miope eso de la correcta visión es un decir... El frío, a pesar del calentamiento ese, me tiene las manos heladas. Un niño casi se me incrusta en la zona lumbar. La enana va bailando y cantando a lo Hanna Montana.

Todo es paz y tranquilidad… hasta el momento en que, a mis espaldas, escuchó unos tacones y una voz risueña de mujer charlando con una niña. ¡Horror! ¡Es ella! ¡La Supermegaestupenda! Con sus taconazos, y su chaquetón, y su coleta rubia y sus enooooormes gafas de sol.

¡Tengo que escapar como sea! Tiro de mi niña intentando ir más aprisa que ella. Debería ser fácil: yo voy con unas botas sin tacón, ella lleva supertaconazo. Pero mi niña no está por la labor de acelerar el paso: se para a coger una hoja, se pone a caminar por el bordillo, salta, baila. Y mientras, “ella” se va aproximando.

Intento la táctica del avestruz. Hundo mi cabeza en el cuello de mi chaqueta, miro mi teléfono móvil como si tuviera un mensaje del que dependiera mi vida, hablo con la niña de cualquier cosa… en fin, intento hacerme la loca de todas las maneras posibles. Pero la joía de mi enana está por fastidiarme el plan. Se gira, ve a la Supermega y grita: “Mira, mami, es la niña de cuatro años”…

Se acabó. Estoy atrapada. Ella dice “Hola, Buenos Días”. Yo digo: “Buenos D….” y, de repente, una riada de palabras me arrastra sin piedad. Es como un tornado de fonemas. Un diluvio de vocablos. Ella pregunta. Ella se contesta. Yo no puedo hacer nada contra este vendaval lingüístico salvo asentir. Intentar introducir una palabra en medio de semejante derroche oratorio es batalla perdida.

Ella no escucha. No soy un ser humano: soy una oreja en la que verter todo su exceso verbal. Las palabras salen a borbotones de su boca y saltan hacia mí como un ejército de hormigas.

Nado en un mar de palabras del que es, prácticamente imposible salir.

No sé ni qué me está contando. No logro seguir el hilo de su discurso. Es imposible que nadie pueda. Habla, habla y habla sin parar. Me pregunto si respirará o si es un alienígena que no necesita oxígeno para vivir.

No cabe duda de que le encanta escuharse porque en su charla continua no hay la menor intención de comunicación.

Cuando estoy a punto de morir aplastada por tanto bla, bla, bla, llegamos a nuestro destino.

Ella se desvía hacia otra víctima.

Yo salgo huyendo hacia la puerta del colegio.

Dejo a la niña y me oculto durante el tiempo que tardan en entrar.

Luego salgo corriendo a toda pastilla.

Esta vez no me pilla: yo puedo correr, ella no.

Mañana volveré a intentar escapar de este fenómeno de la naturaleza. Afortunadamente hay días en que lo logro.

En cambio, mi pobre husband, nunca consigue escapar. Cuando llega a casa tengo que quitarle las palabras que se le han ido quedando colgadas de las orejas y sacudirle las que tiene esparcidas sobre los hombros.

Si no conseguimos pronto un repelente contra incontinentes verbales no tardaremos en morir aplastados bajo ese muro de charla insustancial.

Sí, sí, ríete cuanto quieras pero… recuerda… tú también puedes ser presa de uno de estos habladores compulsivos.

P.S.: Continúa el concurso Premios Blog. Si te gusta mi blog y quieres nominarme aún puedes hacerlo en http://www.premios-blog.co.nr/ en la Categoría de Literario.


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Cumpleaños

- ¿Qué haces?

- Intento ser original

- ¿Original en qué?

- En felicitar un cumpleaños

- ¿Pero es que se puede ser original en eso?

- No lo sé pero al menos se puede intentar.

- Lo puedes intentar pero no lo vas a conseguir.

- Tú siempre dando ánimos.

- Ya sabes que me encanta ayudar.

- Pues si quieres ayudar, cállate un ratito y déjame pensar…

Domingo en Marte. El sol ilumina el conocido paisaje rojo más allá de la cúpula (por cierto, necesita una buena limpieza, habrá que ir pensando en llamar a los limpiacristales jupiterinos). Es una mañana tranquila para un cumpleaños tranquilo. Nada de fiestas, nada de gente abarrotándome la casa. Una comida especial sólo para nosotros tres.

Ni lo sabe la loca de la vecina, ni lo saben las pelusas, ni las camelias, ni los turistas (y eso que últimamente parece que se enteran de todo). Escuchando el canto de los pequeños pájaros importados directamente desde Alfa Centauri, comienzo a preparar un estupendo desayuno


- No, no, así no. Hay que probar otra cosa.

- ¿Y por qué, mejor, no te rindes?

- Porque no me da la gana. Te he dicho que me dejes pensar…

Un año más de vida.

Un año más de amor.

Un año más para compartir amor y vida.

Un año más para disfrutar de tu compañía.

Un año más para ser feliz a tu lado.


- ¡Puagh! Eso es tan dulce que puede provocar una subida de azúcar a quien lo lea.

- Tienes razón, hasta a mí me resulta empalagoso.

- Te he dicho que lo dejes, no vas a conseguir nada.

- Oye ¿y no has pensado en pegarte un tiro o algo así?

- No, ni se me había pasado por la cabeza.

- Pues lárgate por ahí a pensarlo y déjame un rato tranquila ¿vale?

Llevo rato intentando encontrar una forma diferente de felicitarte el cumpleaños pero no hay manera. Está visto que no hay más que una forma de hacerlo y es diciendo eso que todo el mundo dice. Vamos, que no me queda más remedio que ser normalita, así que:

Que tengas un muy Feliz Cumpleaños y que llegues, como mínimo, a los noventa y nueve años y que yo siga soportando tus gruñidos década tras década.


- ¿Ves? Te dije que no ibas a conseguir ser original.

- Bueno, vale, tenías razón pero al menos lo he intentado.

- Eso es cierto.

- Bueno, ya está hecho ¿Qué, te vienes a comer tarta?

- Vale, pero sólo si invitas a la vecina nudista, a las pelusas, a las camelias, a los turistas de Venus, a los limpiacristales de Júpiter y a todos estos que te están leyendo que ya estoy harta de ti y de tu husband. Necesito caras nuevas. Aire fresco.

- Ya, ya, mejor di que necesitas más gente a la que volver loca… En fin, vamos a tocar a un milímetro de tarta por cabeza pero vale, que vengan todos pero al que se le ocurra cantar el Feliz Cumpleaños lo envio de vuelta a la Tierra sin nave, que conste.

- ¿Y el “Feliz, feliz en tu día?

- No.

- ¿”Porque es un chico excelente”?

- Tampoco.

- Bufff… sosa…

- Sólo protejo mis tímpanos.


Por si no ha quedado claro (que me parece que no) el cumpleañero es mi husband ;)




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Los Ladrones de Palabras

Cuando el mundo acababa de nacer y todo era nuevo. Cuando los animales aún olisqueaban en busca de su primera comida y bajaban a los ríos recién creados para apagar su primera sed. En el tiempo en que todo estaba por comenzar; los dioses se reunieron y decidieron crear toda clase de seres mágicos como guardianes de la tierra y de lo que en ella habitaba.
Crearon y crearon hasta que sólo les quedó una pequeña mota de magia por entregar y ningún pequeño espíritu a quien traspasársela. Entonces, los dioses decidieron guardar esa mota de magia en el animal más indefenso de todos los que habían creado. Un animal sin garras, sin fuerza, sin velocidad, sin pelo. Decidieron guardar esa mota de magia en los seres humanos.

Así logramos la inteligencia, la consciencia y la imaginación.

Así obtuvimos el mágico don de la palabra.

Las palabras pertenecían a todos y eran usadas para enseñar, para crear, para unir, para comunicar, para amar. Pero entonces llegó Uno. Uno que se dio cuenta de la magia que había en las palabras. Uno que descubrió que podía retorcerlas, disfrazarlas, manipularlas, destrozarlas, dejarlas vacías de sentido incluso. Y ese Uno se apercibió de que adulterando las palabras, manejándolas a su antojo, podía lograr hacer creer a los demás cuanto quisiera y engañarlos para que hicieran cuanto él deseara. Ese Uno descubrió que las palabras le daban poder, mucho poder.

Y ese Uno llamó a otros y les enseñó lo que había descubierto, siendo el primero de la Gran Orden Oscura de los Ladrones de Palabras que, desde entonces, nunca nos han abandonando.

Los Ladrones de Palabras, grises montones de nada, llegan en la oscuridad y nos roban sin piedad. Con sus manos sarmentosas y retorcidas atrapan las palabras, una por una, y las retuercen, las desgastan, las cambian.

Los Ladrones de Palabras, enjutos diablos sin sombra, llenan sus bolsas con nuestras palabras, las amalcenan y una, por una, les quitan el sabor, el color y la vida.

Los Ladrones de Palabras intentan y de vez en cuando logran, no sólo arrebatarnos las palabras sino prohibirnos su manejo.

Les aterra que conozcamos el auténtico significado de las palabras.

Les aterroriza que seamos capaces de devolverles su sabor y su color verdaderos.

Les produce pánico que, cual orfebres, las trabajemos y las hagamos brillar.

Ellos, los Ladrones de Palabras, llevan siglos intentándolo y seguirán intentándolo hasta el fin de los tiempos. Siempre habrá Uno o varios Unos que quieran robárnoslas y quitarnos el derecho a usarlas. Lo que no acaban de aprender los Ladrones de Palabras es que siempre ha habido y siempre habrá Guardianes de las Palabras que las cuidarán y las mimarán y las protegerán de sus rapiñas; que las volcarán en libros y en oídos para devolvérnoslas a todos.

Ellos, los Guardianes, están siempre vigilantes y atentos.

Ellos, los Ladrones de Palabras, están siempre al acecho.

¿Y nosotros? Nosotros, los simples humanos, debemos luchar para que los Unos del mundo no nos roben lo que es nuestro.

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