Mudanza I
Comunicamos a nuestra distinguida clientela (Ja…) y apreciados amigos (Ja… ja…) que por diversos motivos (Vamos, porque te da la gana…), hemos decidido trasladar nuestro negocio a otro lugar de la blogosfera.
Si le apetece a usted conocer nuestro nuevo lugar de residencia, haga favor de seguir al equipaje (sí, sí, este de aquí abajo…).
Que usted lo pase bien y disculpe las molestias.
Este de aquí les llevará hasta la nueva dirección de Testamento de Miércoles

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Etiquetas: mudanza
Una pequeña historia: El personaje
Todo en mí es gris e indefinido. Tengo un rostro mediocre.
Carezco de personalidad.
Y no tengo historia.
No he nacido, simplemente estoy aquí. No tengo infancia. No tengo primer amor. Existo pero no vivo o, si lo prefieres, tengo vida pero no “una vida”.
Sería genial tener una historia que comenzara con algo como: “Nací una fría noche de invierno, en una solitaria casa de un solitario pueblo de esta solitaria tierra”… o, tal vez con algo así: “Me llamo Josías Aldecoa, tengo 39 años y, hasta hoy, mi vida era de lo más anodina…”, o, quizás así: “Cuando nací, hace más años de los que me gustaría confesar, mi padre se sintió el hombre más feliz de la tierra. Mi madre, sin embargo, sintió que su vida acababa con mi nacimiento…”. Y aún más genial sería que, tras un inicio como éste, viniera una historia, mi historia. Me da igual terrorífica, humorística, dramática… el caso es tener una historia. Una vida.
He viajado por todo el mundo en busca de un escritor que me inventara una vida pero, según algunos soy “poco interesante”, otros me consideran “claramente insulso”, alguno más me ha llamado “el culmen de la mediocridad” y el más considerado, el que incluso llegó a pensárselo durante unos minutos (dos o tres), finalmente me confesó que “era imposible sacar una historia de un ser tan nebuloso”. Pero ¿qué esperan de mí? Soy un ser sin historia ni personalidad ¿No es normal que sea “insulso” y “nebuloso”? ¿No son ellos quienes me tienen que hacer interesante? ¿No es esa su misión?
Cuando inicié mi búsqueda soñaba con que alguien escribiera el gran libro de mi vida. Que la inventara desde el primer momento hasta el último. ¡Qué sensación tan maravillosa debe ser tener el cerebro lleno de recuerdos! Deseaba sobre todas las cosas tener una vida.

Pasado un tiempo comencé a pensar que me bastaría con que contaran una historia, cualquiera, pero en la que yo fuera el protagonista. Con eso ya tendría un nombre, un lugar de procedencia y algunos recuerdos.
Pasó más tiempo de búsqueda infructuosa y mis aspiraciones comenzaron a descender hasta conformarme con un capítulo de algún libro.
Luego pasé a pedir un párrafo.
A estas alturas de mi existencia estoy dispuesto a conformarme con una línea en la que, al menos, se diga mi nombre; con eso bastaría para que algún lector me pusiera rostro y alguna característica más.
Pero, como es evidente, todavía no he tenido suerte… y conociendo al escritor con el que estoy ahora, mucho me temo que seguiré sin tenerla. Lo conocí no hace mucho, mientras paseaba por el bosque pensando en mi desgracia, justo el mismo día que conocimos a la musa Elisenda; una buena chica aunque un tantito pedante. Me contó (nos contó) que andaba en busca de una musa pues la última que había tenido había desaparecido un día que la llevó de paseo a un Centro Comercial. Según él todo fue culpa del despiste y la multitud; yo creo que la otra salió huyendo de semejante nulidad.
Y es que el pobre no ha nacido para esto. Por mucho que él desee creer que sí, en realidad es el peor escritor de todos los tiempos. Y su problema no es que necesite una musa, no, su problema es la falta de talento. Hay escritores capaces de provocar un incendio con sus palabras y hay otros, como el interfecto, que no son capaces ni de encender una cerilla.
El caso es que me fui con él y con la musa en busca del Viejo de la Esquina o de la Espira o como se llame. Y cuando lo encontramos el muy… el muy… el muy Viejo, se burló de nosotros. Y nos llamó tontos porque le parecía increíble que, teniendo la solución delante de nuestros ojos, fuéramos incapaces de verla. Como si yo no me hubiera dado cuenta. Por supuesto que había visto lo evidente… otra cosa es que fuera lo que queríamos.

Sin embargo, el escritor pareció aceptarlo sin más. Y a la musa, por lo que me enteré más tarde, la obligaron a aceptarlo. Y yo… bueno… yo pensé que, total, si este escritorcillo era capaz aunque sólo fuera de darme una identidad, ya me valía.
Sigo esperando ese milagro pero dudo mucho de que este zopenco, incapaz hasta de encontrar un nombre para su perro, pueda ayudarme. Para más inri, la amargada de Elisenda me trae frito con eso de que no tengo personalidad y que deje de pedir que alguien me invente una vida y me la busque yo solito.
Me tienen tan harto que, durante un tiempo, me dio por pensar si sería posible el suicidio para alguien que no ha nacido ni vivido.
Luego se me ocurrió una idea mucho mejor.
Llevo años buscando una identidad y una historia. Nadie parece capaz de ofrecérmelas. Quizás ha llegado el momento de seguir el consejo de la musa y buscarme yo solito esas dos cosas

Podría ser, por ejemplo, un escritor fracasado y frustrado con una musa que lo odia.
Y esa identidad (con su correspondiente historia) la tengo ahí, al alcance de la mano.
Lo único que tengo que hacer es eliminar un “pequeño obstáculo” de mi camino.
Pereza

Esta mañana, tentadoramente sibilina, sin pedir permiso, Pereza, se ha metido bajo mis mantas y ha comenzado a susurrarme al oído seductoras frases sobre los atractivos de la inacción.
- No te levantes – me decía. – Quédate en la cama. Se está tan bien con este calorcito. Estar envuelta en las mantas es casi como volver al seno materno ¿verdad?
Yo intentaba convencerla, convencerme, de que no podía ser. Que tenía muchas cosas que hacer. Dar el desayuno a la niña, barrer, fregar, hacer las camas, preparar la comida, etc… No podía permitirme quedarme en la cama, le decía.
Pero ella insistía:
- Bah, no tienes por qué hacer todo eso. Total por un día de ocio no va a pasar nada. Tu marido y la niña se pueden apañar sin ti por unas horas. Yo tengo un plan mucho mejor. Quédate aquí hasta que te dé la gana. Desayuna en la cama. Luego pasa el día leyendo o viendo la tele o, simplemente, remoloneando. Disfruta del “dolce far niente” ese que dicen los italianos
Lo cierto es que costaba mucho resistirse. Si algo tiene Pereza es que es muy tentadora y bastante convincente. Una vez te permites escucharla es muy difícil escapar a sus sugerencias. No hacer nada. Pasar el día tirada a la bartola. Suena muy bien. A mí, lo confieso, me resulta difícil escapar a esos cantos de sirena. Y así y todo, lo intentaba. En serio.

Pereza casi tenía la batalla ganada cuando apareció la plasta de Responsabilidad, con cara de vinagre y cada vez más parecida a la Señorita Rottenmeier. Yo, que la veo acercarse a la cama, me aferro a las mantas con fuerza no fuera a intentar apartarlas de golpe y me aplasto contra el colchón, esperando la diatriba que, seguro, va a soltarme.
- Adelaidaaaaa…
Bueno, va, no me llamó Adelaida pero yo creo que ganas no le faltan.
- Tú – eso sí que lo dijo: Tú… será… - Vamos, arriba, holgazana, tienes deberes que cumplir. No hagas caso a esa cabeza loca de Pereza. Si de ella dependiera no se haría nada en el mundo… nunca.
Yo intenté disimular. Me hacía la dormida. Seguía atenta a lo que Pereza me contaba.
- No escuches a esa aburrida incapaz de divertirse. Hazme caso a mí y verás que día tan estupendo vas a pasar.
La Señorita Rottenmeier, perdón, Responsabilidad comenzó a zarandearme sin piedad.
- Ya tendrás tiempo de vaguear cuando acabes con todo lo que tienes que hacer. Recuerda: lo primero es el deber y luego el ocio.
Suena aburrida ¿a qué sí? Sin embargo, Pereza… ah… qué bien entiendo a Pinocho cuando la Zorra y el Gato logran convencerlo de que haga novillos. Es tan fácil escuchar a quien te dice que eludas tus obligaciones.
De pronto noté que tiraban de las mantas, era Responsabilidad intentando destaparme. Pereza, a su vez, tiraba de ellas en sentido contrario. Todo esto sin dejar de llamarse lindezas:

- Suelta esas mantas, loca de remate.
- No me da la gana, sosa, insulsa, aburrida.
- Estate quieta o te doy un sopapo, so lunática.
- Atrévete y te dejo sin moño, petarda.
- ¿Tú y cuantas locas más?
- ¿A que te arreo?
En estas estábamos cuando, de repente, una luz cegó mis ojos. Era la enana apuntándome con una linterna de luz ultravioleta (cosa de los Reyes y cierto “Diario Secreto”) mientras reclamaba a gritos “maaaamiiiiiiiiiiiiiiiiiii, el desayunoooooooo…”.
Pereza se esfumó barbotando incoherencias.

Responsabilidad sonrió exultante y se largó a arreglarse el moño.
Yo me levanté a preparar el desayuno, fregar, barrer, hacer las camas…
Algún día ganará Pereza y entonces… entonces….
Una pequeña historia: La musa
He tenido una eternidad para soñar con inspirar el párrafo de inicio más bello que se pueda imaginar. Uno de esos párrafos que atrapan al lector y lo llevan de la mano hacia el interior de una historia aún por descubrir. También he soñado, como no, en inspirar el libro más hermoso del universo; he soñado con la posibilidad de inspirar las palabras más luminosas de la historia, el relato más brillante jamás escrito. Todo eso he soñado. Todo eso soñaba. Ahora ya he dejado de hacerlo.
No sé si por mi escasez de “capacidad inspiratoria” (he de reconcer que siempre fui la más torpe de la clase) o por incompetencia de los escritores que me han asignado o, quizás por ambas cosas, el caso es que nunca he sido capaz de inspirar nada digno de mención. Nada de lo por mí inspirado llegará jamás a las páginas de la historia literaria, ni tan siquiera como una humilde nota al pie.
Mi nombre es Elisenda y soy una modesta musa literaria. Nací hace hace ya varios siglos, allá en el Parnaso y estudié, como toda musa, en la Academia de las Nueve Grandes. Como ya he comentado anteriormente no fui una gran estudiante, pues mucho me temo que me faltan dotes para inspirar cosas bellas. Más de una vez he pensado que me habría ido mucho mejor siendo una simple ninfa, pero los designios de Zeus, sólo Zeus puede cambiarlos y, seamos sinceros, el rey de los dioses no es precisamente de pensamiento permeable.

Durante los siglos transcurridos tras mi graduación en la Academia, he ido pasando de escritor en escritor sin que ni ellos ni yo hayamos obtenido demasiadas satisfacciones literarias. Algunos tenían mucho anhelo pero poco talento; a otros les sobraba talento pero no ponían el empeño necesario. Otros ni tan siquiera deseaban escribir y se encontraban con un don que no entendían.
Hubo, sin embargo, uno con el que realmente llegué a creer que podríamos conseguirlo. Tenía talento de sobra. Poseía la ilusión necesaria. Se esforzaba al máximo. Y me tenía a mí para traerle la inspiración. Junto a él me sentí realmente capaz de alcanzar cimas extraordinarias. Volé por el éter en busca de las ideas más originales, y se las llevaba en racimos, y se las entregaba una por una, dejando que las saboreara y les diera forma. Le traje ideas trágicas, cómicas, épicas, líricas… me esforcé al máximo para él. Estaba convencida de que, finalmente, conseguiría ser una buena musa. Quizás no la más grande pero si una importante.
Y entonces llegó Adrenilda. Mi rival desde que dimos los primeros pasos. Me odiaba, no sé por qué. Yo también la odiaba sin saber por qué. Era nuestro odio como el amor a primera vista: irracional y arrollador. En cuanto apareció supe que perdería a mi maravilloso escritor. Ella es fuerte, yo soy débil. Ella es brillante, yo mediocre. Ella es capaz de encontrar las ideas más deslumbrantes donde nadie es capaz de hayarlas, yo… bueno, yo hago lo que puedo. Aún así intenté luchar, pero estaba vencida antes del comienzo de la batalla.
El escritor junto al que había pasado los momentos más felices y bellos; el literato al que había dedicado mis mejores esfuerzos y mi trabajo más delicado, el escultor de palabras cuyo cincel yo guiaba, me olvidó en cuanto Adrenilda posó sobre él sus plateados ojos. Ahora él se ha convertido en “el más grande escritor de los últimos tiempos”. Adrenilda no pierde oportunidad de presumir de ello, así como tampoco pierde ocasión para contarme sobre las múltiples felicitaciones y premios que las Nueve le han concedido o de la vez que el gran Apolo en persona la invitó a una de sus exclusivas cenas.

En cuanto a mí… Bien… Yo he ido pasando de un escritor a un escritorzuelo y de este a un escribidor del tres al cuarto. Hasta llegar a este… este… este tarugo. No encuentro palabra mejor para calificarlo. Bueno, sí, también podría llamarle cenutrio, zote, adoquín, bodoque, mendrugo… Así de duro de mollera y sordo a mis ideas se muestra. Lo conocí mientras paseaba por el bosque en espera de que las Nueve Grandes me designaran un nuevo pupilo. Él había perdido a su musa (la realidad es que la pobre salió huyendo de semejante zopenco) y estaba acompañado por un personajillo que necesitaba una historia (aunque yo creo que lo que realmente necesita es una personalidad) y me uní a su viaje en busca del Viejo de la Esquina o de la Espina o como sea.
Y tuve que soportar las risas del viejo chocho mientras nos decía que la solución estaba ante nuestras narices. Sí, claro, ante nuestras narices. Como si yo no me hubiera dado cuenta. Por supuesto que había visto lo evidente… otra cosa es que yo quisiera aceptarlo.
Pero el bucéfalo este, el zote que se atreve a llamarse escritor, lo aceptó. Y el otro memo también lo aceptó. Y a mí… a mí las Nueve me lo hicieron aceptar. Les pareció una idea de lo más divertido unir a la musa más torpe de la historia con el escritor más melón que haya existido. La vida eterna es lo que tiene: ya seas dios, ninfa o musa, te aburres mortalmente.

De modo que ahora me dedico a buscar ideas (no muy complicadas) para un escritor (no muy complicado) que escribe historias para un personaje (no muy complicado). Sigo enviando notas y cartas a las Nueve Grandes, suplicándoles que me den otra oportunidad con otro escritor, no tiene que ser un gran genio, me basta con que no sea un ceporro como el que ahora está bajo mi tutela, pero sólo recibo la callada por respuesta.
No puedo fugarme como mi antecesora porque las Nueve me han amenazado con enviarme al Hades a hacer compañía a Caronte.
Me queda el consuelo de que yo soy inmortal pero este mostrenco, no. Será cuestión de tener un poco de paciencia… o de ayudarle a llegar antes al final de su camino.
Tiempo

Esto del tiempo, ya se sabe, es como la riqueza mundial: está mal repartido. Hay gente a la que parece sobrarle y hay otros a las que no les llega con el que tienen. A mí, particularmente, me parece que sería estupendo que el tiempo pudiera traspasarse, prestarse, regalarse o, ya puestos, venderse.
A mí últimamente parece que me falta tiempo y estaría encantada de que alguna de esas personas que dicen no saber qué hacer con él (cosa que ofende mucho al Tiempo) me regalara un poquito.
Pero, claro, no se puede.
Ya lo he intentado. He ido a la Oficina Central de Personificaciones Antropomórficas, he pedido cita con el Tiempo y le he preguntado si no habría manera de solucionar esta cuestión.
- ¿Y para qué quieres más tiempo? – Me preguntó el joven-viejo-maduro-niño.
- Para… para todo.
- Pero ¿qué es todo? Me gustaría que especificaras un poco más. Simple curiosidad.
- Pues, verá, quiero más tiempo para enviar a mi imaginación a vagabundear por esos mundos. Tiempo para escribir las cosas que esa loca me cuenta tras sus vagabundeos. Tiempo para no hacer nada y dedicarme a la observación de la vida de las musarañas. Tiempo para leer todos los libros que quiero leer y poder saborear cada letra de cada capítulo. Tiempo para pasarlo con mi hija, tiempo para gastarlo con ella y con mi marido; tiempo para estar a solas con el husband (puede que le parezca que es lo mismo pero le aseguro que son tiempos muy distintos). Tiempo para descubrir si mis dedos aún saben sujetar un lápiz y dibujar. Tiempo para ver películas. Tiempo para ver series. Tiempo para escuchar música. Tiempo para estar a solas con mis pensamientos y verlos pasar volando, cogerlos en el aire y analizarlos, si me apetece, o dejarlos marchar sin dedicarles una segunda mirada. Tiempo para contemplar, escuchar y sentir. Tiempo para ahondar en los sentimientos y bucear en los recuerdos. Tiempo para estudiar, investigar y conocer. Tiempo para pasear sin rumbo fijo y tiempo para fijar un rumbo. Tiempo para acariciar y para sentir el viento y para escuchar la lluvia. Tiempo para charlar y tiempo para estar en silencio. Para estar a solas y en compañía. Tiempo para aprovecharlo o para malgastarlo. Tiempo para diferenciar los diferentes tonos de verde que ofrece un paisaje. Tiempo para disfrutar de un baño. Fíjese que hasta me gustaría tener más tiempo para dormir y soñar. En fin, simplemente, necesito más tiempo para… todo.

- Vaya, vaya, muy interesante. Pero me temo que yo no puedo darte más tiempo – me dijo el niño-viejo-joven-maduro.
- ¿Por qué no? Hay mucha gente que dice que le sobra el tiempo y que no sabe qué hacer con él ¿no?
- Sí, así es y, te aseguro que es bastante ofensivo escuchar esas cosas.
- Entonces, deme un poco de ese tiempo. Repártalo un poco mejor, hombre. Seguro que hay más gente por ahí que desearía tener más. ¿Qué le cuesta hacer un trasvase de unos a otros?
- No es que me cueste, es que no se puede. No puedo alterar el equilibrio universal de esa manera. Cada ser humano tiene su cantidad de tiempo propia y no se le puede quitar a uno para darle a otro sea cual sea el uso que le dé.
- Pues menuda injusticia.
- Puede que lo sea pero… nadie dijo que la vida fuera justa. Mira, llévate esta agenda y prueba a organizarte mejor ¿Qué te parece?
- Mejor no le digo lo que me parece; no quiero acabar como el Sombrero Loco.
Así que, nada, por mucho que queramos no podemos adquirir más tiempo.
Lo que olvidé preguntarle al Tiempo es cómo es posible que él no nos pueda dar el tiempo de quien dice que le sobra y, sin embargo, haya gente que sí nos pueda robar nuestro tiempo.

También olvidé interrogarle sobre cómo es posible que esté “permitido” perder, engañar, gastar e, incluso, matar el tiempo (todo lo cual demuestra muy poco respeto hacia él) y, sin embargo, no nos pueda dar un poquito de ese tiempo desechado. ¿Y qué ocurre con todo ese tiempo que nadie usa? ¿Existe una especie de vertedero del tiempo? ¿Se guarda para volver a repartirlo a nuevos seres?.
La próxima vez que visite la O.C.P.A. (Oficina Central de Personalidades Antropomórficas) se lo pienso preguntar.
Etiquetas: tiempo
Cumpleaños
Esa niña regordeta con bikini y chupete al cuello. Esa niña llorosa que camina, con las dificultades propias de su edad y del suelo arenoso, hacia quien toma la foto o, quizás, hacia quien esté a su lado. Esa niña que, por lo que me han contado, odiaba la arena (a saber por qué). Esa pequeñaja, soy yo. Aunque ahora me cueste creerlo y sea totalmente incapaz de saber qué pasa por esa cabecilla.
Esa otra niña con coletas y uniforme escolar. Esa niña que sujeta con orgullo un periódico (un honor arduamente disputado con sus hermanos más pequeños…) que luego dejó sus manos manchadas de tinta negra. Esta niña minifaldera (como todas las de la época) con esa sonrisa feliz de quien aún conserva la ilusión y la inocencia. Esa niña también soy yo, aunque me resulte igual de increíble y sea tan incapaz como antes de saber qué pasa entre ese par de coletas.
Esta mujer que dejó la niñez ya hace unos cuantos años. Esta mujer que posa sonriente con su hija. Esta mujer que es, en cierto modo, hija de las dos niñas anteriores (y de todas las niñas, chicas y mujeres que ha sido sucesivamente a lo largo de los años). Esta mujer que, supuestamente, guarda los recuerdos y aprendizajes de esas dos pequeñas.Esta mujer que creció gracias a esas niñas (y a las niñas posteriores a ellas y a las mujeres anteriores a la de la foto); que conoce su futuro, sus errores y sus aciertos. Esta mujer que, tras dar multitud de pasos, encontró la felicidad e intenta poner a su hija en el camino para encontrarla. Esta mujer, ya lo saben todos quienes me leen, soy yo. Y esa yo cumple hoy… bueno, unos cuantos años (vale, vale, 44 añazos, casi ná…).
Y esta yo piensa que lo peor de los cumpleaños es que te da por reflexionar sobre el paso del tiempo y dar la turra a los demás con el tema.
En fin, pues eso, que hoy he celebrado un cumpleaños más.
Y gracias que sigo cumpliendo porque la alternativa no me parece demasiado atrayente, la verdad.
Esa otra niña con coletas y uniforme escolar. Esa niña que sujeta con orgullo un periódico (un honor arduamente disputado con sus hermanos más pequeños…) que luego dejó sus manos manchadas de tinta negra. Esta niña minifaldera (como todas las de la época) con esa sonrisa feliz de quien aún conserva la ilusión y la inocencia. Esa niña también soy yo, aunque me resulte igual de increíble y sea tan incapaz como antes de saber qué pasa entre ese par de coletas.
Esta mujer que dejó la niñez ya hace unos cuantos años. Esta mujer que posa sonriente con su hija. Esta mujer que es, en cierto modo, hija de las dos niñas anteriores (y de todas las niñas, chicas y mujeres que ha sido sucesivamente a lo largo de los años). Esta mujer que, supuestamente, guarda los recuerdos y aprendizajes de esas dos pequeñas.Esta mujer que creció gracias a esas niñas (y a las niñas posteriores a ellas y a las mujeres anteriores a la de la foto); que conoce su futuro, sus errores y sus aciertos. Esta mujer que, tras dar multitud de pasos, encontró la felicidad e intenta poner a su hija en el camino para encontrarla. Esta mujer, ya lo saben todos quienes me leen, soy yo. Y esa yo cumple hoy… bueno, unos cuantos años (vale, vale, 44 añazos, casi ná…).
Y esta yo piensa que lo peor de los cumpleaños es que te da por reflexionar sobre el paso del tiempo y dar la turra a los demás con el tema.
En fin, pues eso, que hoy he celebrado un cumpleaños más.
Y gracias que sigo cumpliendo porque la alternativa no me parece demasiado atrayente, la verdad.
Etiquetas: cumpleaños
Una pequeña historia
Érase una musa sin nadie a quien inspirar pues el escritor a su cargo se había largado con una musa más… eehhmmm… “inspiradora”.Érase un personaje sin historia que vivir (el chaval tenía cierta tendencia a la sosería, él no tenía culpa: lo llevaba en los genes literarios…).
Érase un escritor sin historia que contar pues la musa a cuyo cargo estaba había desaparecido en un Centro Comercial en plenas rebajas de Enero.
Érase que, de paseo por el bosque, se encontraron estos tres y sus penas se contaron. Y mucho se lamentaron y ninguna solución encontraron (hummmm… creo que no debería dedicarme a la poesía).
Érase un pájarito cotilla que, cómodamente sentado en su rama favorita, no se perdió ni media palabra de toda la conversación. Érase que se era, que este parajillo aparte de cotilla era bastante metiche de modo que, sin pedir permiso ni saludar ni nada, metió baza en la conversación y, con estridentes trinos les dijo:
- Deberíais acudir al Viejo de la Encina… ¿o era de la Esquina? Bueno, no sé… Viejo sí que era, de eso no me cabe duda.

- ¿Y dónde vive ese viejo? – Preguntó la musa que era la más extrovertida de los tres.
- Vive en la cima más alta de la más alta montaña… no, no, espera. Creo que vive en la cima más baja de la más baja montaña. No, tampoco, creo que era en la sima más profunda del océano más profundo… no, tampoco. Ah, ya sé, en la cueva más oscura de… no, tampoco… en… en… Mira, ni idea, mejor pregunta y ya te irán indicando.
Y allá se fueron los tres amigos en busca del Viejo de la Encina o de la Esquina o de la Espina… o algo así.
Mucho anduvieron y mucho hablaron. Mil aventuras pasaron (bueno, quizás unas pocas menos pero en los cuentos, ya se sabe, hay que exagerar un poquito). Grandes amigos se hicieron y, aunque no se daban cuenta, hasta felices fueron.
Y tras días y días de preguntar por aquí y preguntar por allá; subir montañas, atravesar valles, navegar ríos y bucear en mares, por fin llegaron a donde el Viejo vivía que era, que era… vaya, pues se me ha olvidado donde era…
Bueno, da igual donde viva, el caso es que lo encontraron. Y le contaron su caso y, el Viejo de… ¿la Espira? .... hummmm…. En fin, el Viejo escuchó toda la historia con gran atención y gran diversión. Empezar los tres amigos a contar sus penas y comenzar el Viejo a reírse a carcajadas fue todo una. Cuanto más se lamentaban los tres compañeros, más se reía el Anciano.

La musa, el personaje y el escritor no entendían nada. Se miraban sorprendidos, confundidos e, incluso, ofendidos hasta que, finalmente, la musa que, como ya hemos dicho era la menos tímida, se decidió a preguntar qué le hacía tanta gracia. Y el Viejo este de… mmmm… el Viejo le respondió:
- ¿Quién de los tres más tonto es? ¿Cómo es posible que, tras tantos días juntos, aún no os hayáis dado cuenta? No he visto problema más fácil de solucionar.
Los amigos nada entendían pero atentamente escuchaban.
- Todo el tiempo la solución en vuestras manos ha estado. Debajo de las narices la habéis tenido y, sin embargo, a ninguno de vosotros se os ha ocurrido.
Los compañeros seguían confusos y con cara de lelos sin entender a qué se refería el Viejo:
- En verdad que estoy ante los tontos más tontos de este universo – decía el anciano enjugando las lágrimas que la risa había causado - ¿En serio que no veis como resolver vuestro dilema? A ver, musa ¿No necesitas tú un escritor a quien inspirar?
- Claro, para eso nací y para eso sólo sirvo.
- Pues… ¿y ese que ha viajado contigo y que ahora está a tu lado no es un escritor, alma de cántaro? Y tú, escribidor sin imaginación ¿No andas en busca de una musa?
- Desde hace tiempo, sí.
- Y ¿quién es esa que tienes al lado? Por último, tú, personajillo sin sal… ¿no andas a la busca de una historia y alguien que la cuente?
- Pues sí, señor, desde que nací ni sé dónde, ni sé cómo, ni sé cuando.

- ¿Y no te valdría ese escritorcillo que te acompaña para inventarla?
Los compañeros se miraron sorprendidos y se dieron cuenta de que el viejo tenía razón. Y se preguntaron cómo era posible que hubieran sido tan tontos y tan ciegos. Volvieron a su hogar, felices y dispuestos a trabajar unidos y con miles de historias que inspirar, contar y vivir.
El Viejo de… de… el señor mayor que los había ayudado continúo viviendo en… en… en donde sea que vivía y, cuando alguien venía a visitarle, siempre contaba la historia de los tres amigos que fueron en su busca para encontrar una solución que tenían delante de sus narices.
… Y la verdad es que todavía se parte de la risa recordándolo.
P.S.: A ver... nuestra amiga Palito quiere celebrar las 50.000 visitas a su blog y, para ello, solicita nuestra ayuda en forma de fotos (eróticas), canciones, relatos, vamos, lo que a cada uno se le ocurra... Pero mejor es pasarse por su blog y echarle un vistazo. El blog es Pour vivre hereux...
Día de Reyes
Llegas una hora y media antes a la cabalgata para poder estar en primera fila. Aguantas frío, lluvia, empujones y caramelazos en plena cabeza.Te lanzas a la pesca del caramelo (sin caña), luchando a brazo partido con pequeñas pirañas y grandes tiburones.
Aguantas empujones en el autobús. Escuchas al enésimo padre contar por enésima vez el famoso chiste de: “Los Reyes Magos no son tres sino cuatro: Melchor, Gaspar, Va-a-saltar y Se cayó” (¿Existe alguien a quien su padre no le haya contado dicho chiste? ¿Sí? ¿Tú? Ah, no, tú no vales, tú es que eres de Alfa Centauri…).
Pones las galletas (sí, sí, galletas ¿qué pasa?) y convences a la niña de que, en lugar de un vaso por Rey, pongas un litro de leche (sí, sí, he dicho leche… ¿y?) para que ellos se sirvan lo que quieran (no voy a desperdiciar tres vasos de leche con lo cara que va por muy Noche de Reyes que sea…).
Colocas los zapatos en el orden exacto que se ponen todos los años (la pequeña sargenta no permite el más mínimo cambio en los rituales).
Te armas de paciencia y comprensión ante la docena y media de vueltas (aproximadas) que dá la niña antes de dormirse.

Mientras colocas los juguetes tienes la plena convicción que, entre los juguetes que has comprado y los de los abuelos y los de los tíos, la niña sobreprasa con creces el número de regalos recomendado por los expertos pero te sientes incapaz de quitar ni uno sólo,
Te zampas las galletas (dejando las migas en el plato…), pones un poco de leche en el fondo de los vasos, arrugas las servilletas (pues claro que dejamos servilletas, faltaría que los Reyes no pudieran limpiarse la boca después de comer…) y te vas a la cama con la sensación del deber paterno cumplido.
Te despiertan temprano y con ansia. Te llevan hasta el salón y te “obligan” a asistir a la apertura de todos y cada uno de los paquetes: quitar papel, apartar juguete; quitar papel, apartar juguete… una vez todos abiertos y comprobado que Sus Majestades han traído lo pedido, se procede a una observación más detenida.
Te acuerdas de toda la santa familia de los fabricantes de juguetes que los empaquetan con tan gran empeño que pierdes media mañana sólo en quitar todo el plástico que une a una muñeca al cartón.
Compruebas con horror que, a pesar de todas las previsiones, faltan pilas para algún cacharro.
Pasas el día aprendiendo a usar los juguetes antes de que los use la enana.

Acabas con una inundación de papel y cartón que te llevará unos tres días sacar de casa.
Llegas al final del día con agotamiento tanto físico como mental pero con la satisfacción del deber cumplido.
Finalmente, te preguntas si algún día ella se dará cuenta de que, el día de Reyes no es para que los niños disfruten recibiendo ilusión y regalos, sino para que los padres disfruten preparando la magia y regalando juguetes y amor.
Que los Reyes (a pesar de su carta anterior) se hayan portado como verdaderos ídem con todos y cada uno de los que por aquí pasan.

Yo: Por cierto… ¿Nos queda paracetamol?
Husband: Sí. ¿Quieres uno?
Yo: Sí, por favor.
Husband: Creo que yo me tomaré otro.
Yo: Esto… ¿a quién se le ocurrió lo de la guitarra y el micrófono este?
Husband: A ti.
Yo: Me parecía…
Carta de los Reyes Magos

De: MagicKings@oriente.net
Para: nannytataogg@gmail.com
Asunto: Carta de los Reyes Magos
Estimada Nanny (por usar uno de sus muchos “alias”):
Después de largas discusiones, mis compañeros (Melchor y Gaspar) hemos decidico escribirte este e-mail para ver si podías hacer llegar nuestras peticiones al resto de adultos. Podríamos haber elegido a alguien más importante; alguien del mundo de la comunicación o de la literatura pero, al final, tras repasar una y otra vez nuestras listas hemos pensado que tú eras la más adecuada porque: a) tienes un cerebro habitado por personajes un tanto sui géneris, b) posees una imaginación bastante descontrolada y c) tu razón se empieza a oxidar por falta de uso: todo lo cual te permite tener una mente abierta hacia según qué cosas. En resumidas cuentas, que tú eras la única loca capaz de creerse lo de esta carta y, además, atreverte a publicarla en su blog. Si lo hubiéramos enviado a alguien con más sesera habría ido a parar directamente a la carpeta de spam…
Bueno, en realidad también pensamos en enviárselo a esa chica… Azafrán... no... ah, sí, Zafferano, me dice Melchor que se llama, pero después de meditarlo unos minutos decidimos que no nos apetecía acabar convertidos en los tres Reyes Majos del Orient Express o que nuestros camellos acabaran vendiendo droga por las esquinas o nuestros pobres pajes transformados en drag queens o algo peor, que esa chica, aparte de estar loca es también demasiado Marxiana… y no hacemos referencia, precisamente, a Karl Marx… aunque a saber. También se nos ocurrió escribirle a esa otra, la marciana nudista, la Margarita Gotié que dice el amigo Gaspar, pero ésta aún habría sido menos adecuada porque estamos convencidos de que habría escrito un poema sobre nosotros…. O peor: uno para cada uno. Y se pondría sentimental, sensiblera, cursi. Y, lo que aún sería más terrible, intentaría convencernos de que nos volviéramos nudistas también y ya puedes imaginar qué consecuencias tendría eso para nuestra imagen. En fin, que nos pareció que entre todas las locas, tú eras la menos peligrosa… o eso esperamos.

En fin, que nos hemos ido por las ramas y aún no te hemos dicho el motivo de esta carta que es bien sencillo: queremos, por una vez, ser nosotros quienes pidan algo a quienes llevan siglos pidiéndonos cosas.
A saber:
- Queremos comer algo que no sean galletas, polvorones o turrón. Agradecemos el detalle, que conste pero… ¿qué tal si alguien nos deja un poco de cordero o de pavo o, al menos, algún filetito ruso? Y alguna ensaladita para Melchor que es vegeteriano. Y ya puestos, tampoco nos molestaría que, en lugar de la consabida leche, nos dejaran una copita de vino o una latita de cerveza… Ah, y si es posible que las raciones sean abundantes que los pajes también llegan con hambre.
- Nos gustaría que, aquellos que tienen problemas odoríferos con sus pies, se abstuvieran de dejar los zapatos o, si se empeñan en seguir la tradición, que dejen unos sin estrenar o si esto tampoco puede ser que, al menos usen esos desodorantes que anuncian por la tele o los envuelven en plásticos o algo porque es que, en serio, hay algunos zapatos con unos efluvios que ya, ya…

- Deseariamos que desaparecieran de ventanas y balcones esos muñecos de Papá Noel que tan de moda se han puesto en los últimos años. Por una parte resulta de mal gusto que, al llegar a una casa a dejar los regalos, nos encontremos con la imagen de la competencia justo por donde tenemos que entrar y, por otra parte, se nos enganchan las túnicas y las capas en el dichoso muñequito con lo que corremos el riesgo de tropezar y acabar la noche lesionados.
- Y ya que estamos con el gordo este nos gustaría saber por qué se ven tantas imágenes suyas por todos lados y a nosotros se nos ve tan poquito. Ya podrían hacernos un poco más de publicidad que nos tienen muy abandonados.
- Nos encantaría que, a poder ser, aquellas familias que convivan con perros los dejen en algún lugar que no sea el salón. No imaginan lo complicado que es mantenerlos callados para que no despierten a todo el vecindario y, sobre todo, que no nos muerdan. Así que, por favor, enciérrenlos en otro lado.
- Pedimos que, por favor, dejen de enviarnos cartas pidiendo cosas como paz, libertad, erradicación de la pobreza y el hambre, solidaridad, tolerancia, que desaparezcan el racismo y la violencia y las torturas y no sé cuantas cosas más. Muy bonitas y emotivas; todas muy encomiables pero… que no, que nosotros tres no podemos hacer eso. Que eso es cosa humana, no nuestra. Más acción y menos deseo es lo que hace falta. También pedimos que dejéis de pedirnos: Felicidad, eso no se puede regalar porque tiene que salir desde dentro del corazón; amor: no somos una Agencia Matrimonial, no podemos elegir a un hombre o a una mujer y hacer que se enamore de uno de vosotros; lo sentimos pero eso también hay que currárselo cada uno. Millones de euros, un trabajo, una casa… ya nos gustaría conceder esos deseos pero… somos unos simples magos, no hacemos milagros.
Ya sé, ya sé. Ahora dirás (y dirán los demás) que vaya porquería de Magos que no sirven para nada, y puede que tengan razón pero es que lo que olvidan todos es que somos un producto de su imaginación. Que parecen todos tontos escribiéndonos cartas como cuando eran pequeños.
A ver si crecemos y nos dejamos de tonterías.
A ver si aprendemos que las cosas no dependen ni del gordinflas de Papá Noel, ni de nosotros, los Reyes Magos, ni de cualquier otro ser mágico.

A ver si, de una puñetera vez, comenzamos a hacernos responsables de nuestras vidas y dejamos de buscar muletas fuera de nosotros mismos.
Si es que… de verdad, los humanos, a veces, son como críos… o peores.
Pues nada. Esto es todo.
Esperando que nos concedan lo que hemos pedido, se despiden hasta mañana por la noche:
Los Reyes Magos:
Melchor, Gaspar y Baltasar
Año Nuevo
Última semana del año con visita familiar (sólo uno, bueno, una… afortundamente).He paseado por la ciudad.
Hemos pasado frío.
He tomado mucho café vienés y he mostrado a otra canaria la imposibilidad de tomar un cortado en estos lares (al menos un cortado tal y como lo entendemos por mi tierra, donde tenemos distinciones del tipo: cortado, cortado largo, leche y leche, café con leche…)
Hemos pasado frío.
He recorrido el centro de la ciudad a la busca y captura de unos repartidores de globos gratuitos para la enana (estaban todos reunidos frente a la catedral).
Hemos pasado frío.
Visita tradicional al Belén de Las Francesas (media hora de cola para tres minutos de “visionado”).
Hemos pasado frío.
Otra tradicional visita, esta vez, al Pueblo Navideño, instalado en la Plaza Mayor. Visita harto complicada cuando está llenos de automátas que causan pavor a la enana pero… se logró.
Hemos pasado frío.

Hemos paseado entre multitudes en plena fiebre consumista navideña. He salido indemne y victoriosa del slalom humano sin derribar ni ser derribada.
Hemos pasado frío.
Hemos sido estrujados, empujados y aislados por masas humanas en el transporte público… ahí no he pasado frío.
He comprobado que un globo demasiado inflado al pasar de un frío extremo al calor de un autobús, explota causando que el noventa y nueve por ciento de los usuarios de dicho vehículo (ya se sabe que siempre hay algún-a sordo-a) dé un bote tremendo en sus asientos, a la par que sus corazones intenta escapar por sus gargantas. Durante un minuto o así me transformé en el centro de atención de todos los presentes. Agradezco la ausencia de cámaras fotográficas que inmortalizaran la pinta que debía tener yo con el palito que sujetaba el globito (sin globito) y con cara de qué-narices-ha-pasado-yo-sólo-pasaba-por-aquí… Ah, y hemos pasado frío. Bueno, en el autobús no, fuera de él, sí.
Hemos ido al tradicional restaurante a comer el tradicional Lechazo y beber el tradicional Ribera del Duero. Y luego hemos hecho la tradicional visita a la playa de Las Moreras; esa playa que ningún canario se cree que exista pero que sí, que sí, que existe, palabra. Es pequeña, pero es playa. Es de río, pero es playa. Y hasta tiene arena. Esto ha sido durante uno de los días más fríos del año. Se nos helaron las ideas.
Hemos paseado bajo una niebla de esas de película de terror de la que esperas que surja Jack el Destripador (o alguien parecido) o un zombie come cerebros o un espíritu en busca de venganza. Afortunadamente, de esta niebla lo único que surgía era frío, mucho frío.
Hemos ido al Campo Grande. Hemos dado de comer a las ardillas. Hemos visto a los patos y los pavos.
Hemos pasado frío.
Hemos visitado la tradicional Feria de Artesanía.

Hemos pasado frío.
Hemos visitado el tradicional Mercadillo Navideño, elegante nombre para unos cuantos puestos donde se venden, principalmente, productos de broma, juguetillos infantiles del estilo de trompetillas y martillos con silbato y chucherías varias. Ah, sí, bueno, creo recordar que había uno que vendía figuritas para el Belén…
Hemos pasado frío.
Hemos comprado la tradicional tarta de hojaldre que compramos para todos los que vienen de visita… (Los que, tras esta información, estén pensando en pasarse por Valladolid que avisen con tiempo para reservar dicho postre… panda de golosos…).
Finalmente, hemos acompañado a nuestra visitante a la estación de autobuses. Ha podido comprobar antes de irse lo que es una helada y hasta ha visto un poco (muy poquito) de nieve. Nos hemos despedido. Hemos pasado muuuuuucho frío (-5º a las diez de la mañana).
Y esa misma noche: tradicional cena de Nochevieja. Tradicional frase: pufff-ya-no-me-cabe-nada-más-en-el-estómago… acompañado del tradicional gesto de seguir comiendo y bebiendo. Tradicional explicación vía televisión desde la Puerta del Sol, sobre la bolita que baja, los cuartos y las campanadas… que no sé por qué nos lo tienen que explicar año tras año: o bien piensan que somos tontos o es una manera como otra cualquiera de rellenar los minutos previos. Tradicional atragantamiento con las uvas. Tradicionales besos post campanadas. Tradicionales atascos de Nochevieja con las tradicionales chicas minifalderas y escotadas pasando frío para estar sexys.

Hemos pasado frío. Mucho frío.
En fin. Esto ha sido, más o menos resumido, lo ocurrido durante estos días de ausencia en la blogosfera.
No he podido felicitar el año pero espero que valga con unas horas de retraso. Iba a hacer una lista de propósitos de Año Nuevo pero me lo he pensado mejor: no puedo dejar de fumar porque ya lo dejé hace un par de años, no puedo incluir lo de perder un par de kilos porque ese ese un propósito de todo el año, no pienso proponerme hacer más deporte porque no soy deportista ni nunca lo seré ni tengo el menor interés en serlo, no puedo proponerme leer más porque si leo más no haría otra cosa en todo el día, tampoco pienso proponerme hacer ninguna de esas colecciones que ahora salen porque no me da la gana llenarme la casa de cachivaches inútiles. En fin, que mucho me temo que, durante 2008, voy a ser una mujer sin propósitos… Lo cual me permitirá hacer lo que me dé la gana.
Feliz Año Nuevo sin propósitos para todos.
Ah, seguimos pasando frío ;)

P.S.: Enseguida me pongo a la lectura de todos los blogs... ¡la que me espera! :D
