¿Dime por qué todo se complica y bien?
“Madre, si tu dios me quiere muert@, y di pq no acaba esto pronto y bien; en vez de encadenarme a este desierto, para caer igual, pero más lento, de hambre y sed.
Quien será el primero que renuncie a ocupar como un cordero su lugar; quien será el q arrase el matadero para no verlo funcionar nunca jamás.
Sé que he de escapar de este agujero, aunq no tenga más remedio q vender, desde la parte más interna de mis huesos hasta una trenza hecha con tiras de mi piel. Pq aquí ya no hay derecho a respirar; dime, ¿no soy hombre yo tb?
Tú dijiste que la fe mueve montañas y el mar, tb dijiste que yo en algo debo creer, y si algo creo es q tú dios nunca pasó por aquí, por esta tierra baldía, reseca, rota y gris.
Tú me dijiste q tu dios se encuentra en todo lugar; desde el lobo del desierto hasta en un trozo de pan, y si algo creo es q tu dios nunca pasó por aquí, por esta tierra baldía, reseca, rota y gris.”
Estos días, más que nunca, creía q esta tierra era el lugar nunca visitado por los dioses; por Zeus, Dios, Alá, Buda o cualquiera de ellos que sea el adecuado a la religión de quien lo profese.
Se había olvidado del Inframundo y el helador frío del olvido soplaba por los recovecos más oscuros de mi pequeña parcela de muerte.
Todo parecía ausente de movimiento, los fantasmas no se movían de sus lugares preferidos. Ni siquiera se molestaban en atormentarme con sus quejidos. Mi bella flor estaba casi inerte, no tenía ningún movimiento ni parecía necesitar siquiera agua. Y en las aguas de la Laguna, apenas sí había un cierto movimiento, pero no denotaba ninguna agilidad.
Era la quietud que precedía a la calma, la tranquilidad antes de caer la tormenta. De repente, como salido de la nada, un viento hizo retumbar todos los resortes del Inframundo. Hizo q saltarán de su lugar los fantasmas, q la Laguna se envalentonara y q mi bella Flor tratara de encoger sus pétalos para no ser arrasados por el aire huracanado.
Algo había hecho enfurecer a las fuerzas q hacen q todos ellos se mantengan aquí. Algo horrible, oscuro, se había adueñado del aire (irrespirable) de aquí abajo y hacía q todo pareciese más negro aun.
El aullido de los fantasmas era ensordecedor; el oleaje de la Laguna era intratable y la Caverna del Olvido no estaba asequible a mi vista; había perdido el camino entre el remolino de tierra sucia y negra que había levantado esa maldita bocanada de aire q no sabía de donde procedía.
Parecía como si del fondo del Inframundo, de allá donde no he querido ir ( pero caí por error una vez) una fuerza inmensa tratara de salir para agrandar los lugares oscuros de, mi ya sabida, morada.
Era como si alguien quisiese agrandar el mal, el dolor, el desconsuelo; de mis fantasmas y, con ello, los míos.
No era una situación fácil. No sabía hacia donde dirigirme. Quise recubrir a mi Flor, pero ella se había retraído y se protegía ella misma. No era q me diese la espalda (metafóricamente hablando, obviamente); era q ya era tan autosuficiente, q en los peores casos no era yo quien debía ayudarla, sino, casi, ella a mí.
No tenía refugio alguno, pues la Caverna del Olvido había desaparecido tras la tormenta de arena y la Puerta, pues ya sólo me quedan ganas de ir a una de ellas, no había hecho ningún esfuerzo por abrirse y dejarme pasar. Sólo se había cerrado, casi herméticamente, para q nada de ese aire doloroso pasase por sus lugares sin investigar.
No podía hacer nada, así q ese aire me atravesó. Entró por todos lados y era como oír un chillido agudo. Como si alguien gritase al oído: “¿Ves como siempre puede ir a peor?; no puedes creer q todo serán días dóciles, pues siempre estaré aquí para vigilarte. No vas a salir”.
Yo gritaba, o eso creo, pero mis gritos no podían subir al tono que la tormenta de aire había llegado a alcanzar. Sólo me quedaba esperar a q todo pasase o q, por el contrario, todo acabase; aquella tormenta podía llevarme consigo y así acabar con todo.
Sólo podía pensar q tenía q aguantar, q no quedaba otra cosa. El dolor q me penetraba era intenso. Las lágrimas caían por sí solas por el rostro, pero apenas sí las notaba, sólo sentía el dolor atravesar cada una de mis, anteriormente, vísceras.
No era fácil poder respirar allá abajo, ni con esa tormenta sin ella; pero sólo quería q se abriese bien la Puerta; pues tenía q salir. ¡He de salir!
Será sencillo verme naufragar contigo o sin ti, pero prefiero salir, prefiero naufragar sin ti.
No me des más dolor, pero quítate de en medio y permíteme pasar, ya lo he perdido todo, así q déjame pasar.
Ella entonces se calmó, pero una pequeña advertencia había quedado en el aire. “No pienses q saldrás tan fácil. Te daré un alivio, pararé, seré calmada por un tiempo. Pero no te voy a decir donde irán a dar los huesos q conforman tus huesos”.
Y de repente, el silencio, la nada. De nuevo no había vida allí abajo. De nuevo era el Inframundo oscuro, reseco y gris. De nuevo los fantasmas volvieron y reían como si eso q había ocurrido les hiciese gracia. Era como si supiesen q aquello había sido una advertencia para q no tratase de volver a intentar salir.
No debí abrir tanto la ventana, no debí ir tanto por la puerta.
Quizá sea el momento de aletargarse, de hibernar y parar el ciclo vital por un tiempo.
Pero al menos el dolor cesó. Al menos ahora ya no duele y se está bien.
Saludos desde el Inframundo.
Quien será el primero que renuncie a ocupar como un cordero su lugar; quien será el q arrase el matadero para no verlo funcionar nunca jamás.
Sé que he de escapar de este agujero, aunq no tenga más remedio q vender, desde la parte más interna de mis huesos hasta una trenza hecha con tiras de mi piel. Pq aquí ya no hay derecho a respirar; dime, ¿no soy hombre yo tb?
Tú dijiste que la fe mueve montañas y el mar, tb dijiste que yo en algo debo creer, y si algo creo es q tú dios nunca pasó por aquí, por esta tierra baldía, reseca, rota y gris.
Tú me dijiste q tu dios se encuentra en todo lugar; desde el lobo del desierto hasta en un trozo de pan, y si algo creo es q tu dios nunca pasó por aquí, por esta tierra baldía, reseca, rota y gris.”
Estos días, más que nunca, creía q esta tierra era el lugar nunca visitado por los dioses; por Zeus, Dios, Alá, Buda o cualquiera de ellos que sea el adecuado a la religión de quien lo profese.
Se había olvidado del Inframundo y el helador frío del olvido soplaba por los recovecos más oscuros de mi pequeña parcela de muerte.
Todo parecía ausente de movimiento, los fantasmas no se movían de sus lugares preferidos. Ni siquiera se molestaban en atormentarme con sus quejidos. Mi bella flor estaba casi inerte, no tenía ningún movimiento ni parecía necesitar siquiera agua. Y en las aguas de la Laguna, apenas sí había un cierto movimiento, pero no denotaba ninguna agilidad.
Era la quietud que precedía a la calma, la tranquilidad antes de caer la tormenta. De repente, como salido de la nada, un viento hizo retumbar todos los resortes del Inframundo. Hizo q saltarán de su lugar los fantasmas, q la Laguna se envalentonara y q mi bella Flor tratara de encoger sus pétalos para no ser arrasados por el aire huracanado.
Algo había hecho enfurecer a las fuerzas q hacen q todos ellos se mantengan aquí. Algo horrible, oscuro, se había adueñado del aire (irrespirable) de aquí abajo y hacía q todo pareciese más negro aun.
El aullido de los fantasmas era ensordecedor; el oleaje de la Laguna era intratable y la Caverna del Olvido no estaba asequible a mi vista; había perdido el camino entre el remolino de tierra sucia y negra que había levantado esa maldita bocanada de aire q no sabía de donde procedía.
Parecía como si del fondo del Inframundo, de allá donde no he querido ir ( pero caí por error una vez) una fuerza inmensa tratara de salir para agrandar los lugares oscuros de, mi ya sabida, morada.
Era como si alguien quisiese agrandar el mal, el dolor, el desconsuelo; de mis fantasmas y, con ello, los míos.
No era una situación fácil. No sabía hacia donde dirigirme. Quise recubrir a mi Flor, pero ella se había retraído y se protegía ella misma. No era q me diese la espalda (metafóricamente hablando, obviamente); era q ya era tan autosuficiente, q en los peores casos no era yo quien debía ayudarla, sino, casi, ella a mí.
No tenía refugio alguno, pues la Caverna del Olvido había desaparecido tras la tormenta de arena y la Puerta, pues ya sólo me quedan ganas de ir a una de ellas, no había hecho ningún esfuerzo por abrirse y dejarme pasar. Sólo se había cerrado, casi herméticamente, para q nada de ese aire doloroso pasase por sus lugares sin investigar.
No podía hacer nada, así q ese aire me atravesó. Entró por todos lados y era como oír un chillido agudo. Como si alguien gritase al oído: “¿Ves como siempre puede ir a peor?; no puedes creer q todo serán días dóciles, pues siempre estaré aquí para vigilarte. No vas a salir”.
Yo gritaba, o eso creo, pero mis gritos no podían subir al tono que la tormenta de aire había llegado a alcanzar. Sólo me quedaba esperar a q todo pasase o q, por el contrario, todo acabase; aquella tormenta podía llevarme consigo y así acabar con todo.
Sólo podía pensar q tenía q aguantar, q no quedaba otra cosa. El dolor q me penetraba era intenso. Las lágrimas caían por sí solas por el rostro, pero apenas sí las notaba, sólo sentía el dolor atravesar cada una de mis, anteriormente, vísceras.
No era fácil poder respirar allá abajo, ni con esa tormenta sin ella; pero sólo quería q se abriese bien la Puerta; pues tenía q salir. ¡He de salir!
Será sencillo verme naufragar contigo o sin ti, pero prefiero salir, prefiero naufragar sin ti.
No me des más dolor, pero quítate de en medio y permíteme pasar, ya lo he perdido todo, así q déjame pasar.
Ella entonces se calmó, pero una pequeña advertencia había quedado en el aire. “No pienses q saldrás tan fácil. Te daré un alivio, pararé, seré calmada por un tiempo. Pero no te voy a decir donde irán a dar los huesos q conforman tus huesos”.
Y de repente, el silencio, la nada. De nuevo no había vida allí abajo. De nuevo era el Inframundo oscuro, reseco y gris. De nuevo los fantasmas volvieron y reían como si eso q había ocurrido les hiciese gracia. Era como si supiesen q aquello había sido una advertencia para q no tratase de volver a intentar salir.
No debí abrir tanto la ventana, no debí ir tanto por la puerta.
Quizá sea el momento de aletargarse, de hibernar y parar el ciclo vital por un tiempo.
Pero al menos el dolor cesó. Al menos ahora ya no duele y se está bien.
Saludos desde el Inframundo.
Ahora tocaba arena.
La vida se reparte los golpes a cara o cruz. Un día decide ser mala y arruinarte la vida y otro día decide q se va a portar bien, q ha decidido q salga a relucir la sonrisa de tus labios.
Y ahora tocaba la arena; la cal, casi cal viva, había caído día a día por las grietas q cubren el Inframundo. Y eso hacía q el aire fuese irrespirable, q no se pudiese distinguir el halo blanquecino, maldito halo, q rodea a mis fantasmas.
Decidí, pues, intentar abrir un poco la ventana q da a vuestro mundo, era hora de q entrase aire puro, no en exceso, pues eso dañaría mis pulmones q no se acuerdan de la cantidad de oxígeno q tenía el aire allá arriba y podrían resultar heridos, pero sí un poco de aire sin maldad.
Mi preciosa ventana al exterior no quería abrirse; al principio traté de no forzar el cristal. Parece tan débil ese material aquí, tan suave frente al roce de la piedra y la madera fuerte q forja las puertas...
Estaba enmohecida; tanto tiempo hacía q no tenía ninguna intención de abrirla, q no notaba el empuje de mis huesudas manos sobre su marco. No, había decidido q la postura q había tomado desde inmemorables años, no debía de ser cambiada ahora y menos pq yo lo quisiera. ¿Con q derecho me había creído yo a tocarla? ¿Quién era yo para decidir cuando debía o no abrirse?
Ella q siempre me mostró un ojo al exterior, q me parecía amable, ahora se había infestado de la maldad del resto de los q vivimos aquí (menos tú, mi bella Flor, sé q tú no eres malvada ni así te lo propusieras; q grandes momentos pasé contigo estos días, cuando podía tumbarme a tu lado y sonreír sin saber pq; sólo pq tu presencia me hace ver colores q antaño conocí, sólo pq me haces sentir bien). Pero, volvamos a la ventana. Se había vuelto malvada, pero... ahora tocaba la arena; es lo q me repetía constantemente.
Y no sabía q hacer, así q lo intenté todo. Incluso pise los escalones de mi escalera hacia arriba para poder llegar mejor a ella.
Por fin cedió, se abrió; pero creo q el esfuerzo fue tan grande q abrí demasiado su cristal. Un aire frío, desconocido para mí, atravesó veloz el pequeño hueco de Inframundo q encontró a su paso y alborotó todo. Lo primero mi cabeza; ya no solo por el pelo, q se fue tras él, como si quisiera huir de mi cabeza para poder correr libre tras el viento, sin necesidad de cubrir mis pensamientos ni oír mis pesares día a día. Sino también mi túnica y, lo q es más importante, mi mente; quería volar fuera de aquí, quería volver a pensar en cosas bellas, quería volver a ser una mente sin estar atormentada. Pero, igual q se fue tras el viento, uno de los fantasmas la ató rápidamente, debía seguir en mi cabeza, en esta maraña de hilos q quieren ser mis cabellos.
Así q traté de entrecerrarla un poco, no quería q ese aire fresco desbaratara todo el pseudo orden q había creado aquí abajo.
No fue fácil, el aire había entrado hasta dentro. Había removido los bellos pétalos de mi flor, la tierra q la recogía. Había llegado a entrar en la Caverna del Olvido y había provocado un raro eco, un ruido q parecía una carcajada de las q antaño oía yo. Y había llegado a la superficie de mi Laguna del Olvido y había creado unas suaves olas q hacían q el oscuro fondo pareciese relucir.
Y había llegado a mis “dos” puertas. Levantó polvo alrededor de las cenizas q quedaban de la primera puerta, pero eso ya no importó. El aire era tan limpio q no podía enturbiarse por unas cenizas antiguas. Y pasó rozando el espectro de lo q quiso ser un día la tercera puerta. Pero donde impuso su mayor fuerza fue en la puerta nº 2, LA PUERTA, según sus defensores. La puerta q debería cruzar y no volver a salir.
El aire, al entrar, parece q vio muchas cosas q yo no había visto. Soplo por doquier para dejarlas al descubierto y así poder disfrutarlas yo tb.
Era increíble lo q el viento dejó ver; parecía como sí el polvo de los años me hubiese tapado accesos no conocidos, mensajes en la roca q yo no había leído; historias q ululaban en el viento de antiguos momentos felices q había vivido allí y no recordaba. Ecos, de nuevo ecos, de risas q una vez hubo aquí abajo. O quizá eran las risas q pasé allá arriba antes de caer aquí.
Y eso hizo q consiguiera sonreír; los músculos de mi faz no recordaban ese movimiento, pero tras un rato tratando de dibujarla en mi cara, salió; surgió de la nada, surgió al escuchar algún eco de mi pasado, alguna risa q me trajo el viento.
Así q traté, por todos los medios, de mantenerla; pero el viento fue sólo una bocanada; al cerrar de nuevo la ventana todo volvió a la pasividad y silencio de siempre.
Pero, por una vez, ahora tocaba la de arena.
“La mente humana no puede ser destruida absolutamente con el cuerpo, sino que hay alguna de sus partes que perdura eternamente.” (Ética; Spinoza).
Saludos desde el Inframundo.
Y ahora tocaba la arena; la cal, casi cal viva, había caído día a día por las grietas q cubren el Inframundo. Y eso hacía q el aire fuese irrespirable, q no se pudiese distinguir el halo blanquecino, maldito halo, q rodea a mis fantasmas.
Decidí, pues, intentar abrir un poco la ventana q da a vuestro mundo, era hora de q entrase aire puro, no en exceso, pues eso dañaría mis pulmones q no se acuerdan de la cantidad de oxígeno q tenía el aire allá arriba y podrían resultar heridos, pero sí un poco de aire sin maldad.
Mi preciosa ventana al exterior no quería abrirse; al principio traté de no forzar el cristal. Parece tan débil ese material aquí, tan suave frente al roce de la piedra y la madera fuerte q forja las puertas...
Estaba enmohecida; tanto tiempo hacía q no tenía ninguna intención de abrirla, q no notaba el empuje de mis huesudas manos sobre su marco. No, había decidido q la postura q había tomado desde inmemorables años, no debía de ser cambiada ahora y menos pq yo lo quisiera. ¿Con q derecho me había creído yo a tocarla? ¿Quién era yo para decidir cuando debía o no abrirse?
Ella q siempre me mostró un ojo al exterior, q me parecía amable, ahora se había infestado de la maldad del resto de los q vivimos aquí (menos tú, mi bella Flor, sé q tú no eres malvada ni así te lo propusieras; q grandes momentos pasé contigo estos días, cuando podía tumbarme a tu lado y sonreír sin saber pq; sólo pq tu presencia me hace ver colores q antaño conocí, sólo pq me haces sentir bien). Pero, volvamos a la ventana. Se había vuelto malvada, pero... ahora tocaba la arena; es lo q me repetía constantemente.
Y no sabía q hacer, así q lo intenté todo. Incluso pise los escalones de mi escalera hacia arriba para poder llegar mejor a ella.
Por fin cedió, se abrió; pero creo q el esfuerzo fue tan grande q abrí demasiado su cristal. Un aire frío, desconocido para mí, atravesó veloz el pequeño hueco de Inframundo q encontró a su paso y alborotó todo. Lo primero mi cabeza; ya no solo por el pelo, q se fue tras él, como si quisiera huir de mi cabeza para poder correr libre tras el viento, sin necesidad de cubrir mis pensamientos ni oír mis pesares día a día. Sino también mi túnica y, lo q es más importante, mi mente; quería volar fuera de aquí, quería volver a pensar en cosas bellas, quería volver a ser una mente sin estar atormentada. Pero, igual q se fue tras el viento, uno de los fantasmas la ató rápidamente, debía seguir en mi cabeza, en esta maraña de hilos q quieren ser mis cabellos.
Así q traté de entrecerrarla un poco, no quería q ese aire fresco desbaratara todo el pseudo orden q había creado aquí abajo.
No fue fácil, el aire había entrado hasta dentro. Había removido los bellos pétalos de mi flor, la tierra q la recogía. Había llegado a entrar en la Caverna del Olvido y había provocado un raro eco, un ruido q parecía una carcajada de las q antaño oía yo. Y había llegado a la superficie de mi Laguna del Olvido y había creado unas suaves olas q hacían q el oscuro fondo pareciese relucir.
Y había llegado a mis “dos” puertas. Levantó polvo alrededor de las cenizas q quedaban de la primera puerta, pero eso ya no importó. El aire era tan limpio q no podía enturbiarse por unas cenizas antiguas. Y pasó rozando el espectro de lo q quiso ser un día la tercera puerta. Pero donde impuso su mayor fuerza fue en la puerta nº 2, LA PUERTA, según sus defensores. La puerta q debería cruzar y no volver a salir.
El aire, al entrar, parece q vio muchas cosas q yo no había visto. Soplo por doquier para dejarlas al descubierto y así poder disfrutarlas yo tb.
Era increíble lo q el viento dejó ver; parecía como sí el polvo de los años me hubiese tapado accesos no conocidos, mensajes en la roca q yo no había leído; historias q ululaban en el viento de antiguos momentos felices q había vivido allí y no recordaba. Ecos, de nuevo ecos, de risas q una vez hubo aquí abajo. O quizá eran las risas q pasé allá arriba antes de caer aquí.
Y eso hizo q consiguiera sonreír; los músculos de mi faz no recordaban ese movimiento, pero tras un rato tratando de dibujarla en mi cara, salió; surgió de la nada, surgió al escuchar algún eco de mi pasado, alguna risa q me trajo el viento.
Así q traté, por todos los medios, de mantenerla; pero el viento fue sólo una bocanada; al cerrar de nuevo la ventana todo volvió a la pasividad y silencio de siempre.
Pero, por una vez, ahora tocaba la de arena.
“La mente humana no puede ser destruida absolutamente con el cuerpo, sino que hay alguna de sus partes que perdura eternamente.” (Ética; Spinoza).
Saludos desde el Inframundo.
Soy tu problema y tú el mal que me hace sufrir.
“No de las mentiras, no de los desiertos, no de los malos momentos q ya no están para ser nuestros. No de amargos tragos ni tristes canciones. Y no de malas intenciones q llenan malos corazones. Q mi todo es nada y tu nunca es siempre. Llevo ya tiempo sin verte, así q ven q yo de buenos te hablaré y no de malos te hablaré.
Y no de malos q complican, q mienten, q no te explican, q no entienden y q nunca tienen nada q contarte ni una sonrisa ni un final con un te quiero, ni un te esperaré siempre ni un seré sincero, ni una sola palabra q no lleve mentira o q te llene de vida.”
Ahora no es el momento, ahora calla, ahora deja q el silencio sea tu compañero. No debes dejar q los rumores te ahoguen.
Eso es lo q debe pensar mi flor. Esa bella flor q a veces parece más humana q cualquiera de los q aquí vagamos, aunq algunos fueran humanos en otro época.
No sabe nada, no conoce nada, hace tiempo q dejé de hablarle de mis problemas, de mis preocupaciones, de mis penas; pues veía q no era lo mejor para sus colores, para sus raíces, para su corola bella y elegante.
Pero no es necesario q le hable, es como si ella supiera leer mis silencios, como si ella viera mis ojos y leyera las lágrimas q ya no la riegan, como si, en algún lado, una de sus raíces fuese capaz de penetrar en mi mente y absorber, por ósmosis, todos mis pensamientos.
Y es el momento de decirme “ahora calla”. Ella viene a hablarme de cosas q son bellas, de cosas q debo hacer.
“No debes temer, sigue adelante y no dejes atrás cada uno de los momentos vividos. El Inframundo llegó a acogerte y no puedes pensar q será tu mundo después de todo. Has de salir.”
¿Y q haría contigo, mi bella flor? Tan arraigada a esta tierra, q a veces creo q es un fantasma más, no sé si podría sacar tus largas raíces q llegan a la Laguna del Olvido para autoabastecerse.
Sé q vendrías conmigo, sé q nunca me abandonarías; el esfuerzo de sacarte de la tierra para ponerte en otro lugar no sería tal si fuese por venir conmigo.
El problema es q no puedo irme, no me dejan, no es ni la hora ni el momento. Son ellos, ELLOS se han anclado a este Inframundo, ellos me han anclado a él.
Sus pesares se han convertido en los míos y mis pasos se han vuelto tan pesados y tan ligeros al tiempo, como los suyos. A veces, cuando el silencio es extraño aquí abajo, parece q necesite oírles ulular, aullar, gemir, vagar sin más.
Es como si el dolor ocupase el espacio q antes fue un corazón, un alma y todas esas otras vísceras q conforman el interior de un ser humano. Es como si no pudiese creerme q una vez yo tb fui de esa especie. Los humanos, esos seres q sienten sólo hasta donde quieren, q sufren hasta cuando pueden, q huyen cuando el dolor es superior a sus límites.
Esos seres q me dejaron estar entre ellos por un tiempo. Pero eso ya pasó. Ahora quizá lo mejor, lo más cómodo, es permanecer aquí abajo, donde nada ni nadie puede decidir q hacer mejor o peor, pues no se puede decidir nada; ya está todo predeterminado. Sólo las gotas de tristeza y pena q a veces se filtran varían un poco el quehacer diario (vaya quehacer, de todas formas... ).
Q fácil me llegas y q triste el adiós, y ver q tú mirada ya se aleja, el extraño soy yo. Ni siquiera puedo consolarte, aunq no sé lo q daría yo por retenerte al menos otro instante, y el extraño soy yo. Aquí, diciendo adiós.
Te has marchado ya te has ido y ahora sé lo q he perdido, es el final q no quisimos pero q llegó al decir adiós.
Mil lunas llenas por delante, excusas para no aguardarte, nos queda al menos lo vivido y el decir adiós, sólo el decir adiós.
Y me habré cansado de esperarte, de perder a solas la razón y el cielo aquel q tanto me gustaba regalarte.
Mi vida dime q pasó para q todo fuera tan distante y q pasó para creernos q ya todo terminó, pq no nos dijimos nada antes, el extraño soy yo. Aquí, diciendo adiós.
Te has marchado ya te has ido, y ahora sé lo q he perdido.
Saludos desde el Inframundo.
Y no de malos q complican, q mienten, q no te explican, q no entienden y q nunca tienen nada q contarte ni una sonrisa ni un final con un te quiero, ni un te esperaré siempre ni un seré sincero, ni una sola palabra q no lleve mentira o q te llene de vida.”
Ahora no es el momento, ahora calla, ahora deja q el silencio sea tu compañero. No debes dejar q los rumores te ahoguen.
Eso es lo q debe pensar mi flor. Esa bella flor q a veces parece más humana q cualquiera de los q aquí vagamos, aunq algunos fueran humanos en otro época.
No sabe nada, no conoce nada, hace tiempo q dejé de hablarle de mis problemas, de mis preocupaciones, de mis penas; pues veía q no era lo mejor para sus colores, para sus raíces, para su corola bella y elegante.
Pero no es necesario q le hable, es como si ella supiera leer mis silencios, como si ella viera mis ojos y leyera las lágrimas q ya no la riegan, como si, en algún lado, una de sus raíces fuese capaz de penetrar en mi mente y absorber, por ósmosis, todos mis pensamientos.
Y es el momento de decirme “ahora calla”. Ella viene a hablarme de cosas q son bellas, de cosas q debo hacer.
“No debes temer, sigue adelante y no dejes atrás cada uno de los momentos vividos. El Inframundo llegó a acogerte y no puedes pensar q será tu mundo después de todo. Has de salir.”
¿Y q haría contigo, mi bella flor? Tan arraigada a esta tierra, q a veces creo q es un fantasma más, no sé si podría sacar tus largas raíces q llegan a la Laguna del Olvido para autoabastecerse.
Sé q vendrías conmigo, sé q nunca me abandonarías; el esfuerzo de sacarte de la tierra para ponerte en otro lugar no sería tal si fuese por venir conmigo.
El problema es q no puedo irme, no me dejan, no es ni la hora ni el momento. Son ellos, ELLOS se han anclado a este Inframundo, ellos me han anclado a él.
Sus pesares se han convertido en los míos y mis pasos se han vuelto tan pesados y tan ligeros al tiempo, como los suyos. A veces, cuando el silencio es extraño aquí abajo, parece q necesite oírles ulular, aullar, gemir, vagar sin más.
Es como si el dolor ocupase el espacio q antes fue un corazón, un alma y todas esas otras vísceras q conforman el interior de un ser humano. Es como si no pudiese creerme q una vez yo tb fui de esa especie. Los humanos, esos seres q sienten sólo hasta donde quieren, q sufren hasta cuando pueden, q huyen cuando el dolor es superior a sus límites.
Esos seres q me dejaron estar entre ellos por un tiempo. Pero eso ya pasó. Ahora quizá lo mejor, lo más cómodo, es permanecer aquí abajo, donde nada ni nadie puede decidir q hacer mejor o peor, pues no se puede decidir nada; ya está todo predeterminado. Sólo las gotas de tristeza y pena q a veces se filtran varían un poco el quehacer diario (vaya quehacer, de todas formas... ).
Q fácil me llegas y q triste el adiós, y ver q tú mirada ya se aleja, el extraño soy yo. Ni siquiera puedo consolarte, aunq no sé lo q daría yo por retenerte al menos otro instante, y el extraño soy yo. Aquí, diciendo adiós.
Te has marchado ya te has ido y ahora sé lo q he perdido, es el final q no quisimos pero q llegó al decir adiós.
Mil lunas llenas por delante, excusas para no aguardarte, nos queda al menos lo vivido y el decir adiós, sólo el decir adiós.
Y me habré cansado de esperarte, de perder a solas la razón y el cielo aquel q tanto me gustaba regalarte.
Mi vida dime q pasó para q todo fuera tan distante y q pasó para creernos q ya todo terminó, pq no nos dijimos nada antes, el extraño soy yo. Aquí, diciendo adiós.
Te has marchado ya te has ido, y ahora sé lo q he perdido.
Saludos desde el Inframundo.





