No va más
“Hay un tipo que me ha dicho, que sabe de alguien q ha visto, en la parte baja de la gran Ciudad; algo más q parecido a un corazón malherido, intentando averiguar donde estarás.
Y he buscado por las calles, donde fuimos más q nadie, con temor a comprobar mi Soledad; otra historia, como tantas, q se pierde en la distancia del camino recorrido tiempo atrás.
Ten fe en mí, no me pidas ser un Ángel, pues soy sólo lo q ves. Ten fe en mí, donde quiera que tú estés yo estaré allí.
Y así pasen tantos años, como dedos de las manos, seguiré pensado q me merecí, la oportunidad perdida, q no me diste mi vida, aunque sepa q mi parte no cumplí”
Siempre, en toda apuesta, llega un momento en que el Crupier dice aquella frase tan conocida, “no va más”. Cuando, en mi partida con la Vida, el crupier dijo esa frase, sólo estaba mi apuesta sobre la mesa. Todo el mundo dudaba de donde iría a caer la bolita, maldita bola, q sólo hacía giros extraños en esa Ruleta de la Suerte que me iba a tocar.
Siempre pierde el que más apuesta. Así q tú no sufras; tu apuesta fue tan baja que apenas sí has perdido algo o, más aún, no has perdido nada.
Se te olvidó decir en alto tu apuesta y no quedó reflejada. No has jugado, luego no has perdido.
El juego, una vez que la bola cayó, estaba decidido. Todo había quedado zanjado. Perdí todo cuanto había apostado, así que no quedaba más. No había más cera que la que ardía y yo ya no tenía vela de la cual sacar más cera.
Tras perder, sin ganas de maldecir mi suerte, me giré. Abandoné la mesa de juego y volví al Inframundo.
Y, curiosamente, esa descarga no me hizo sentir fatal. Había puesto mis esperanzas en esa apuesta y no había funcionado, pero, por una vez, saqué valentía no sé de donde, y dejé de ser el cobarde Thanatos. Aposté, jugué y perdí... qué más puedo hacer???
Una vez de vuelta en el Inframundo vi que alguien más había observado mi apuesta. Quien una vez me empujó aquí abajo, quien me encerró en este Inframundo que ya he moldeado, casi, a mi gusto; estaba tras de la Ventana. Miraba y trataba de bajar por esa Escalera que nunca terminó de construir mi Ayudante de Arqueólogo.
Bajó un par de peldaños, pero el intenso resonar de sus zapatos sobre los bellos escalones de mármol hicieron q mi cabeza se volviera loca. Callé, por un momento, todo ruido allí abajo y simplemente miré a quien ahora estaba ya cerca de pisar el Inframundo extendiendo sus manos.
Mi mirada fue tan fría, tan glacial, que incluso mi Bella Flor se vio intimidada. Todos y cada uno de mis Fantasmas sabían quien era y porque estaba allí. También todos ellos pudieron ver q esa mirada haría retroceder el glacial más antiguo de la faz de la Tierra. Esto hizo que no se oyera un paso más en la Escalera, es más; al cabo de un rato, volvieron a oírse pasos, pero en dirección contraria. Se marchaba, era hora de q yo, por una vez, dijera que No a quien nunca supe decírselo.
Hacía tan poco que había apostado toda mi porción de Felicidad que no quería que nadie más viniera ha hacer leña del árbol caído.
Ahora, en el silencio y la soledad de aquí abajo, he conseguido sentirme a gusto con mis fantasmas y con mi Flor. Ahora no quiero q nadie pisoteé este pequeño remanso de pseudo paz que vivo.
Sólo espero, que esa sensación extraña que sentí al recordar mi apuesta, esa sensación de haber ganado aun habiendo perdido, se mantenga durante mucho tiempo. Es paradójico, lo sé, pero gané algo al perder todo.
La Caverna del Olvido sirvió para endurecer más el escudo de acero que recubre el corazón de Thanatos; ya ningún fuego de aquí abajo, del Inframundo, o de cualquier sitio, logrará que se funda. El acero es insondable ahora.
“El rechazo mata, la decepción sólo te mutila.”.
Saludos desde el Inframundo
Y he buscado por las calles, donde fuimos más q nadie, con temor a comprobar mi Soledad; otra historia, como tantas, q se pierde en la distancia del camino recorrido tiempo atrás.
Ten fe en mí, no me pidas ser un Ángel, pues soy sólo lo q ves. Ten fe en mí, donde quiera que tú estés yo estaré allí.
Y así pasen tantos años, como dedos de las manos, seguiré pensado q me merecí, la oportunidad perdida, q no me diste mi vida, aunque sepa q mi parte no cumplí”
Siempre, en toda apuesta, llega un momento en que el Crupier dice aquella frase tan conocida, “no va más”. Cuando, en mi partida con la Vida, el crupier dijo esa frase, sólo estaba mi apuesta sobre la mesa. Todo el mundo dudaba de donde iría a caer la bolita, maldita bola, q sólo hacía giros extraños en esa Ruleta de la Suerte que me iba a tocar.
Siempre pierde el que más apuesta. Así q tú no sufras; tu apuesta fue tan baja que apenas sí has perdido algo o, más aún, no has perdido nada.
Se te olvidó decir en alto tu apuesta y no quedó reflejada. No has jugado, luego no has perdido.
El juego, una vez que la bola cayó, estaba decidido. Todo había quedado zanjado. Perdí todo cuanto había apostado, así que no quedaba más. No había más cera que la que ardía y yo ya no tenía vela de la cual sacar más cera.
Tras perder, sin ganas de maldecir mi suerte, me giré. Abandoné la mesa de juego y volví al Inframundo.
Y, curiosamente, esa descarga no me hizo sentir fatal. Había puesto mis esperanzas en esa apuesta y no había funcionado, pero, por una vez, saqué valentía no sé de donde, y dejé de ser el cobarde Thanatos. Aposté, jugué y perdí... qué más puedo hacer???
Una vez de vuelta en el Inframundo vi que alguien más había observado mi apuesta. Quien una vez me empujó aquí abajo, quien me encerró en este Inframundo que ya he moldeado, casi, a mi gusto; estaba tras de la Ventana. Miraba y trataba de bajar por esa Escalera que nunca terminó de construir mi Ayudante de Arqueólogo.
Bajó un par de peldaños, pero el intenso resonar de sus zapatos sobre los bellos escalones de mármol hicieron q mi cabeza se volviera loca. Callé, por un momento, todo ruido allí abajo y simplemente miré a quien ahora estaba ya cerca de pisar el Inframundo extendiendo sus manos.
Mi mirada fue tan fría, tan glacial, que incluso mi Bella Flor se vio intimidada. Todos y cada uno de mis Fantasmas sabían quien era y porque estaba allí. También todos ellos pudieron ver q esa mirada haría retroceder el glacial más antiguo de la faz de la Tierra. Esto hizo que no se oyera un paso más en la Escalera, es más; al cabo de un rato, volvieron a oírse pasos, pero en dirección contraria. Se marchaba, era hora de q yo, por una vez, dijera que No a quien nunca supe decírselo.
Hacía tan poco que había apostado toda mi porción de Felicidad que no quería que nadie más viniera ha hacer leña del árbol caído.
Ahora, en el silencio y la soledad de aquí abajo, he conseguido sentirme a gusto con mis fantasmas y con mi Flor. Ahora no quiero q nadie pisoteé este pequeño remanso de pseudo paz que vivo.
Sólo espero, que esa sensación extraña que sentí al recordar mi apuesta, esa sensación de haber ganado aun habiendo perdido, se mantenga durante mucho tiempo. Es paradójico, lo sé, pero gané algo al perder todo.
La Caverna del Olvido sirvió para endurecer más el escudo de acero que recubre el corazón de Thanatos; ya ningún fuego de aquí abajo, del Inframundo, o de cualquier sitio, logrará que se funda. El acero es insondable ahora.
“El rechazo mata, la decepción sólo te mutila.”.
Saludos desde el Inframundo
Naufragando
“Andaba sola, no tenía donde ir... por las aceras; y yo cruzando el invierno sin sentir... naufragando por aquí.
Abrigo largo, pá taparse los fracasos, ojos perdidos que al mirarlos hacen daño.
Sólo tengo un saco roto de sueños, un alma en vela y un corazón indispuesto... alérgico a los desencuentros.
Se marchó con su prisa, no quiso despertarme, llevándose mi risa y el veneno de esos martes.
Rastreé todas las calles, la busqué en todos los bares, enredé por los cajones en busca de señales.
Me quedé si alimento pá mis noches de desvelo, me perdí el resto de besos, me perdí el final del cuento.”
Ahora ya sabía cual era la opción elegida, sabía que era lo que debía de hacer y no quería que Él me viera entrar, vencedor y vencido en una misma escena. Había ganado y yo debía entrar en la Caverna del Olvido y olvidar, para eso la habían creado. Dejar pasar el tiempo, gota a gota, grano a grano, en el reloj de arena, hasta que el Olvido, de nuevo, se anidara entre mis neuronas y olvidara lo que nunca debió de existir aquí abajo.
Simplemente le rogué que no quería que me viera entrar allí, no quería que viera mi sufrimiento más profundo, así que, con todo el coraje de que fui capaz en ese momento, me giré, le di la espalda y seguí mi camino hacía la Caverna. Él se quedó parado allí, mirando las huellas que mis pasos iban dejando en la roca, era como si mis lágrimas fuesen capaces de crear surcos en la fría Roca y dejar allí una señal indeleble.
Caminé sin rumbo, sabiendo donde iba, pero no queriendo ir. No quería terminar allí, los gritos de Ella y mi obligado Olvido, me iban a ser insoportables. Vagué por todo el Inframundo, miré el lugar de las Tres Puertas, que ahora era otro lugar árido como los demás. Fui al lugar donde estaba mi bella Flor y me tumbé en sus tierras, a su abrigo durante unos minutos y me abrigó con sus pétalos, me arrulló con el movimiento de su corola y oí el fluir de su savia por su tallo, como si ella también sintiera pena y quisiera que eso se volvieran lágrimas.
La abandoné de nuevo y me marché hacia algún lugar desconocido, caminé sin más. Me topé contigo, mi gran amigo Voland, y entonces el tiempo pasó volando. Realmente tú sentiste todo mi dolor, viste como brotaban las lágrimas que no supe verter ante Él (o quizá no quise verter delante suya) y escuchaste atentamente, sin decir en ningún momento lo cobarde que había sido al decir las cosas en el último momento. Simplemente, con tu mejor voz, dijiste que ahora era el momento de olvidar, que era el momento de seguir adelante, aunque para ello tuviera que estar un tiempo en esa dichosa Caverna.
Me encaminé, pues, hacia ella. No quedaba otra cosa que hacer. Había sido así elegido mi destino, o quizá era lo que yo había conseguido con mi desidia.
Franqueé la entrada con toda la congoja que ahora me abatía y traté de no ver el negro fondo de la Caverna. Ni siquiera, aunque parezca extraño, escuché los gritos que Ella había dejado allí, puesto que mis lamentos, quejidos y lloros eran aun más fuertes. Yo, el eterno carcelero, el que ha sufrido ya todo, estaba otra vez llorando por alguien que nunca estuvo del todo aquí abajo. Sufriendo por alguien que nunca quiso quedarse, por Él, que jamás fue un Fantasma del todo.
Era el absoluto silencio, el no sentir los quejidos de los demás Fantasmas, lo que me hacía ver que mi dolor era realmente intenso. ¿Cuán grande puede ser el dolor del Carcelero, cuando los Fantasmas no dicen nada a su paso y sufren con él en silencio? Mi rostro había permutado a una mueca de dolor. Era una especie de signo de interrogación en medio de un desierto de roca. Era el fin.
Ahora iba a encerrarme por un tiempo allí, el olvido era el fin último, la última derrota para un Inframundo que nunca debió de pisar, que nunca debió de visitar. Él había conseguido derruir, poco a poco y de nuevo, el pequeño silencio, el pequeño resquicio de paz que había conseguido crear día tras día, lustro tras lustro, en este Inframundo.
Sabía a ciencia cierta, que una vez pasada mi estancia en la Caverna, todo lo que viese fuera de ella habría cambiado. Había perdido tantos recodos de paz que ahora sólo quedaría dolor.
Al pensar esto dentro de la Caverna, deseé no salir nunca. Quizá lo haga. Quizá me quede.
“Todas las palabras que te quiero decir, se me rompen enseguida. Me di cuenta tarde que te perdí, por pensar que te tenía.
Y todas las noches me acuerdo de ti y te olvido cada día. Y vuelvo a ser un loco para sobrevivir a la locura de la vida (...).Déjate llevar, si el alma te lleva.
Duele el corazón cuando te lo dejas, cerca del final, donde todo empieza.
No me sale bien la cuenta de la vida; o me sobran noches o me faltan días. Todos los minutos que no he estado contigo, ahora son Demonios que viven conmigo.
Puedes encontrarme cerca del final, porque todo empieza cerca del final.”
Saludos desde el Inframundo.
Abrigo largo, pá taparse los fracasos, ojos perdidos que al mirarlos hacen daño.
Sólo tengo un saco roto de sueños, un alma en vela y un corazón indispuesto... alérgico a los desencuentros.
Se marchó con su prisa, no quiso despertarme, llevándose mi risa y el veneno de esos martes.
Rastreé todas las calles, la busqué en todos los bares, enredé por los cajones en busca de señales.
Me quedé si alimento pá mis noches de desvelo, me perdí el resto de besos, me perdí el final del cuento.”
Ahora ya sabía cual era la opción elegida, sabía que era lo que debía de hacer y no quería que Él me viera entrar, vencedor y vencido en una misma escena. Había ganado y yo debía entrar en la Caverna del Olvido y olvidar, para eso la habían creado. Dejar pasar el tiempo, gota a gota, grano a grano, en el reloj de arena, hasta que el Olvido, de nuevo, se anidara entre mis neuronas y olvidara lo que nunca debió de existir aquí abajo.
Simplemente le rogué que no quería que me viera entrar allí, no quería que viera mi sufrimiento más profundo, así que, con todo el coraje de que fui capaz en ese momento, me giré, le di la espalda y seguí mi camino hacía la Caverna. Él se quedó parado allí, mirando las huellas que mis pasos iban dejando en la roca, era como si mis lágrimas fuesen capaces de crear surcos en la fría Roca y dejar allí una señal indeleble.
Caminé sin rumbo, sabiendo donde iba, pero no queriendo ir. No quería terminar allí, los gritos de Ella y mi obligado Olvido, me iban a ser insoportables. Vagué por todo el Inframundo, miré el lugar de las Tres Puertas, que ahora era otro lugar árido como los demás. Fui al lugar donde estaba mi bella Flor y me tumbé en sus tierras, a su abrigo durante unos minutos y me abrigó con sus pétalos, me arrulló con el movimiento de su corola y oí el fluir de su savia por su tallo, como si ella también sintiera pena y quisiera que eso se volvieran lágrimas.
La abandoné de nuevo y me marché hacia algún lugar desconocido, caminé sin más. Me topé contigo, mi gran amigo Voland, y entonces el tiempo pasó volando. Realmente tú sentiste todo mi dolor, viste como brotaban las lágrimas que no supe verter ante Él (o quizá no quise verter delante suya) y escuchaste atentamente, sin decir en ningún momento lo cobarde que había sido al decir las cosas en el último momento. Simplemente, con tu mejor voz, dijiste que ahora era el momento de olvidar, que era el momento de seguir adelante, aunque para ello tuviera que estar un tiempo en esa dichosa Caverna.
Me encaminé, pues, hacia ella. No quedaba otra cosa que hacer. Había sido así elegido mi destino, o quizá era lo que yo había conseguido con mi desidia.
Franqueé la entrada con toda la congoja que ahora me abatía y traté de no ver el negro fondo de la Caverna. Ni siquiera, aunque parezca extraño, escuché los gritos que Ella había dejado allí, puesto que mis lamentos, quejidos y lloros eran aun más fuertes. Yo, el eterno carcelero, el que ha sufrido ya todo, estaba otra vez llorando por alguien que nunca estuvo del todo aquí abajo. Sufriendo por alguien que nunca quiso quedarse, por Él, que jamás fue un Fantasma del todo.
Era el absoluto silencio, el no sentir los quejidos de los demás Fantasmas, lo que me hacía ver que mi dolor era realmente intenso. ¿Cuán grande puede ser el dolor del Carcelero, cuando los Fantasmas no dicen nada a su paso y sufren con él en silencio? Mi rostro había permutado a una mueca de dolor. Era una especie de signo de interrogación en medio de un desierto de roca. Era el fin.
Ahora iba a encerrarme por un tiempo allí, el olvido era el fin último, la última derrota para un Inframundo que nunca debió de pisar, que nunca debió de visitar. Él había conseguido derruir, poco a poco y de nuevo, el pequeño silencio, el pequeño resquicio de paz que había conseguido crear día tras día, lustro tras lustro, en este Inframundo.
Sabía a ciencia cierta, que una vez pasada mi estancia en la Caverna, todo lo que viese fuera de ella habría cambiado. Había perdido tantos recodos de paz que ahora sólo quedaría dolor.
Al pensar esto dentro de la Caverna, deseé no salir nunca. Quizá lo haga. Quizá me quede.
“Todas las palabras que te quiero decir, se me rompen enseguida. Me di cuenta tarde que te perdí, por pensar que te tenía.
Y todas las noches me acuerdo de ti y te olvido cada día. Y vuelvo a ser un loco para sobrevivir a la locura de la vida (...).Déjate llevar, si el alma te lleva.
Duele el corazón cuando te lo dejas, cerca del final, donde todo empieza.
No me sale bien la cuenta de la vida; o me sobran noches o me faltan días. Todos los minutos que no he estado contigo, ahora son Demonios que viven conmigo.
Puedes encontrarme cerca del final, porque todo empieza cerca del final.”
Saludos desde el Inframundo.





