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Creer es poder?
Comentarios desde el inframundo
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No hay nada nuevo bajo el sol, pero cuántas cosas viejas hay que no conocemos
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Sindicación
 
El sueño recurrente
“En mis sueños puedo ser laberinto de pasiones, desear y poseer, esconderme en mil rincones. Puedo ser lágrima q cae de tus ojos ya cansados, mensajero de poder, aire que besa tus labios.
Ya no quiero salir pá ver q tal te va, quiero seguir soñando. Quiero seguir aquí, no quiero despertar, sin sueños, pá q valgo??.
En mis sueños pude ver como un día me besabas, de la cama yo caí, agarrándome a la almohada. Soñaré q tú estás aquí, tu cuerpo sin ropa en mis sábanas. Tiemblo sólo de pensar que despertaré mañana.
Ya no quiero salir pá ver q tal te va, quiero seguir soñando. Quiero seguir aquí, no quiero despertar, sin sueños pá q valgo??”

Últimamente, cuando el sueño ya me ha vencido, cierro los ojos y trato de dormir. Me dejo mecer por el ruido del agua al hacer ligeras olas en mi Laguna del Olvido y así abrazarme a Morfeo durante algunas horas, q él acaricie mi pelo y consiga hacer q, por unas horas, todo se desvanezca.
El sueño siempre, dicen, ha de ser reparador. Cerrar los ojos y no volver a conectar la parte consciente del cerebro (maldito instrumento de tortura en algunos casos) hasta que no sea estrictamente necesario.
Pero, ¿qué hacemos cuando el sueño no repara, sino q destruye? ¿qué se hace cuando el sueño duele más q la realidad? ¿qué ocurre cuando no se quiere despertar pq sabes q el dolor de la realidad no te va a dejar disfrutar del descanso ya tomado?
Eso me pregunto día a día, o más bien, noche a noche. Cierro los ojos y me digo: “sueña, sé feliz un rato, deja la mente volar al exterior y vuelve a ver las cosas desde aquél punto de vista q tuviste algún día”. Pero cuando el sueño me gana la partida, la gana de lleno.
Cierro los ojos y la negrura es distinta de la habitual de aquí abajo. Cierro los ojos y te veo, y en mis sueños, respiro el aire y te siento.
Camino por el campo de batalla, pero ahora no vamos a luchar, coincidimos, sin más, por ese lugar que ahora no depara batallas. Mi visión está nublada por las gafas oscuras q procuro llevar siempre q salgo a la superficie, el sol es demasiado brillante para mí. Y mis oídos no están del todo disponibles, llevo en un aparato de música todos y cada uno de los gritos que mis fantasmas me han dejado grabados, para q nunca olvide q tengo q bajar. Por ese motivo, camino con el alma encogida y la cabeza agachada. Camino mirando al suelo, tratando de hacer transparente el asfalto y poder ver que ocurre allá abajo en mi ausencia.
No sé que motivo me hace levantar la vista, y a lo lejos aparece Él; se ha puesto su traje de humano, el q tenía antes de caer y volver a salir del Inframundo, para no llamar la atención con su apariencia de aquí abajo. Yo veo su imagen reflejada en mis cristales y me entra el pánico; no quiero cruzar mi mirada con su sonrisa triunfante. Procuro, con el mayor disimulo posible, cruzar a la otra acera, para así no tener q ver más su imagen. Como la distancia entre nosotros es tan grande, espero que no haya deparado en mi figura, no sepa quien soy y no haya notado el cambio de acera. Deseo que no haya reparado en mí, simplemente.
Pero no, ni siquiera en sueños me es posible tener un hálito de paz. Camino por mi nuevo bando, mirando, de nuevo, fijamente el asfalto, cuando veo, justo bloqueando mis pasos, un calzado q recuerdo. Recuerdo haber caído a esos pies y haber sentido los golpes (figurados) que esos pies dieron en mi coraza, y posteriormente, en mi corazón cuando traté de mostrárselo (para que supiera que también Thanatos tiene de eso). No quiero alzar la vista, sé lo q me voy a encontrar y no sé q decir.
Pero no puedo eludirlo por más tiempo. Levanto mis ojos y digo un, casi imperceptible, “Hola” y trato de no escuchar lo mismo de sus labios. El sonido es como el canto de sirenas; bella en apariencia pero doloroso en su base, en su medio y en su fin. Lo oigo, aun así. Y, una vez realizado el esfuerzo, pienso que ya está, que ha pasado, que el campo de batalla sigue al fondo y Él seguirá su marcha y yo la mía. Trató de pasar por un lado, pensando que así dejaré el otro libre para que Él siga su camino. Pero no ocurre esto. Cuando casi ya no estoy en su línea de visión, trata de agarrarme. Como no es la túnica negra lo que llevo, le cuesta más, pero es capaz de coger con fuerza mi delgado brazo y sonreír.
¡¡¡Nooo!!! Eso no lo hagas. Eres malvado. Sabes que ese arma es letal. Ahora, ya sin defensas, frente a Él, no sé que decir. Sólo miro y veo como sus manos tratan de soltar el brazo para agarrar la cintura. ¿Tengo aquí también cintura? Pero sí, la tengo, y la rodea con su brazo.
Sospecho q va a volver a sonreír y miro al suelo. No quiero verlo. Como ve q ese ataque no va a poder ser, habla y dice lo q nunca debió decir: “hace tiempo q no te veo, te echaba en falta; aunque saliera de allí tan rápido, luego me di cuenta q te echaría de menos cada día aquí arriba.”
Bien, era eso lo q querías, que yo tratara de sonreír. Q sintiera, no sé de donde, salir un calor extraño de mi interior. Pero no es suficiente. Le digo q no es necesario q mienta, q sé q arriba, los dioses a los q adorar son más benévolos y por tanto no tiene ningún motivo para echarme en falta. Y no es eso lo q Él piensa; puesto que no son lo q parecen. Son “becerros de oro” falsos. No quiere más Dios que Thanatos.
Cuando veo q va a conseguir deshacer la coraza, camino de calentar todo el hielo q la recubre con su aliento, pasando primero por los labios; me obligo a despertar. Quiero ver la realidad, no quiero soñar eso. No puedo vivir en sueños, puesto que siempre despertaré y trato por todos los medios de olvidar el sueño. ¿Por qué algunos sueños nunca se olvidan y otros jamás se recuerdan?
No puedo más, la cabeza no descansa cuando duerme y cuando está despierta rememora el sueño. La cordura, si queda, me va a dejar y se va a marchar con la alegría q un día me abandonó.
Por ello, o por muchos motivos, hace días subí cerca de vuestro Dios. Me acerqué cuanto pude al cielo y le rogué que no volviera a traérmelo en sueños. Q dejará sólo los fantasmas que tengo siempre y q los que ya se han ido se marchasen para siempre. Vi vuestras nubes tan cerca, q lloré por no poderlas ver tan a menudo y supliqué. Supliqué con lo poco de corazón q me queda. Déjame descansar!!! Déjalo en el lugar q esté, tranquilo, y deja q su imagen se diluya...
Es más, durante mi viaje a vuestro cielo, Él se asomó por mi Ventana y rió, alto y claro. Tanto que hasta mi Flor pudo contármelo, en su lenguaje, cuando regresé.
Pero no se ha ido. Por ello volveré a subir a vuestro cielo.

"No el que tú me hayas mentido, sino el que yo ya no te crea, eso es lo que me ha hecho estremecer.”
Saludos desde el Inframundo.
 
La batalla.
“Nunca se empieza una batalla tarde
Las penas siempre llegan enseguida
Tú siempre pides para nunca darme
Yo sólo pido lo que tú me quitas (...).
Yo sé q soóo muere lo q olvidas
Hay corazones llenos de agujeros
Pero no lo saben, pero no lo saben”.

Quizá así lo veía yo; daba igual el momento siempre y cuando fuese el que yo creyera oportuno. Si luchaba cuando creía q me serviría de algo, ganaría. Al menos esa batalla, cuando no la guerra.
Pero no es cierto, nunca es fácil elegir el momento de atacar y cuando decides hacerlo, ves q tu enemigo ya ha tomado la delantera.
Me lancé, tras largos días de estrategias y colocación de mis tropas. Limpié bien todas las armas a utilizar y lavé cuidadosamente la bandera que portaría como estandarte. Todo estaba preparado, hasta había sacado lustre a mi bello caballo negro, con sus crines trenzadas para no obstaculizar en la ardua pelea q se nos avecinaba. Era el momento, no cabía el temor ni la duda cuando ya estaba todo preparado.
Caminamos todos, mis miedos, mis alegrías, mis sueños y yo, juntos en un gran batallón; formábamos el ejército más extraño, diminuto y a la vez inmenso que jamás había visto. Nada, a nuestro paso, hacía presagiar la lucha q íbamos a tener cuando llegara nuestra hora.
Al caminar, respiraba hondo y trataba de calmar mis nervios que trataban de saltar de la piel y correr por sí solos. No podía más q tratar de acompasar los latidos de mi corazón para q pudieran ir a la vez que el bombeo de la sangre, pues no le daba tiempo a llegar a todos los órganos de tan rápido q iba y venía.
Pensaba en como comenzar el combate. El enemigo no presentó nunca una lucha abierta; todo fue comedido. Eran insinuaciones veladas; silencios sonoros que hacían ver que tenía q ir a la guerra en algún momento.
Y ahora, había decidido, por mi cuenta y riesgo, que era el momento.
Curiosamente el territorio que elegimos fue parcial, para que no hubiera favoritismos y según me acercaba al campo de batalla, me flaqueaban las fuerzas. Me hacía a la idea de batirme en retirada, siempre decían que una retirada a tiempo es una victoria. Pero también pensaba que si no ganaba ni siquiera una batalla no ganaría nunca la guerra, que era lo que yo quería.
Así que, cara a cara, con el frente enemigo, comenzó la batalla. Al principio fue muy suave, ya dije q era un enemigo comedido. Todo iba bien, demasiado bien y no quería luchar, veía que al fin y al cabo mi enemigo no dejó de ser nunca muy amigable.
Pero, de repente, sin saber como, dejó caer una de sus mayores armas. La bomba estalló bajo mis huestes y perdí muchos de mis componentes. Vi como mis alegrías morían al pie de esa bomba, como mis ilusiones quedaban diezmadas y mis sueños fueron zaheridos en lo más hondo.
Aun me quedaban muchos miedos y parte de mis valiosos sueños y alguno que otro sueño.
Así que, tratando de reorganizar mi ejército (lo que de él quedaba tras ese duro golpe); me lancé al ataque. Grité con todo mi corazón, “luchad, pues dicen que hay que morir luchando...”; y al galope (de mi corazón) nos lanzamos a la lucha.
Disparamos todas las municiones de las que disponíamos; todas resbalaban por mi mejilla para ver si eso hacía romper sus barreras. El agua salada siempre derretía barreras duras de roer. Pero no era el caso. Sus fuertes estaban construidos de algún material insoldable por las lágrimas; así que mi más fuerte artillería chocó contra su precinto sin apenas dejar mella en él.
La batalla estaba perdida, pero no podía rendirme, no quería batirme en retirada. Ahora ya no, era tarde, puesto que había empezado a luchar.
Así que decidí jugar mi baza más fuerte; saqué el arma más poderosa del que disponía. Le quité la coraza al corazón y deshice todo el hielo que recubre a ese músculo estúpido que nunca duele cuando es el momento. Todo el agua, todo el hielo, todo el dolor, salieron a raudales.
Pero el enemigo miró el ataque final como el que ve pasar un tren que cogió algún día pero que se bajó sin pena ni lástima por él. Era un tren anticuado. Era como una locomotora de carbón para él.
Había pasado a formar parte de otro mundo paralelo al suyo. El enemigo (mi enemigo era ese o era yo únicamente???) había vencido.
Con todos mis ejércitos destrozados (alegrías, sueños, ilusiones e incluso miedos) y vencidos, agaché la cabeza y recogí todo lo que pude de mi coraza. La volví a colocar, malherida, alrededor del corazón y pasé a la enfermería a que curara, se hiciera fuerte y nunca, nunca volviera a caerse.
Sólo pude marcharme y decir adiós. Sólo pude mirar como mi enemigo se retiraba ondeando su bandera al viento, mostrando su victoria. El rojo de su bandera había ganado.
Yo, tras meses en la enfermería, recuperé la coraza, dejé q mis sueños no se reagruparán nunca y despedí a mis alegrías. Son soldados de reserva ahora.

Ahora, cuando se va a cumplir un año de aquella loada batalla, ahora es cuando en los anales del Inframundo, figura la batalla librada por Thanatos.

“Un día soñando en un sueño soñé que estaba soñando contigo(...) soñé que no estaba dormido.
Ojala no te hubiera conocido nunca, para no amarte siempre; para no verte sin verte, para borrar tu recuerdo, del que siempre me acuerdo y nunca me deja en paz.”

Saludos desde el Inframundo.