La Luz que se apaga o el miedo.
Cierro los ojos para volver a la Oscuridad que me rodeará. He decidido exterminar la Luz que me dejaba ver lo recóndito de mi Inframundo.
He decidido, alocadamente, que debo apagar la Luz que a veces me dejaba caminar hacia arriba.
¿O quizá es miedo y por eso quiero apagarla? Me he asustado al verme, al reflejarme en la Laguna del Olvido y ver mi semblante triste, demacrado. Quizá eso ha sido lo que me ha asustado tanto que he decidido apagarla.
En realidad no quiero apagarla, pero no puedo seguir cargando con ella. No es una Luz fácil de llevar. Si bien es cierto que me alegraba, también es cierto, que cuando me alejaba de ella, me sentía hundir. Me caía en una negrura que no me dejaba ser yo. Me sumía en la tristeza que lleva consigo la oscuridad y no podía salir. Sólo entonces, cuando un rayo de esa Luz se dejaba ver entre las rocas, podía seguirlo para volver a verla en su plenitud.
Pero es que me está matando. Empiezo a acostumbrarme a verlo todo bajo esa Luz y no es bueno. Tengo que asumir que aquí, durante eones, no ha habido luz y no puedo dejar que eso cambie. Si nunca ha habido Luz, no debería haberla ahora. Debe ser eliminada.
También tengo miedo a sentirme tan bien con esta Luz que luego, cuando desaparezca, el dolor sea más agudo. Suena cobarde, pero si soy yo quien la apaga, no me sentiré mal porque ella decida extinguirse.
El problema es hallarla. Sé que está en un alto. Por encima de mi cabeza, obviamente. Pero muy por encima.
¿Cómo se le dice a una Luz que ha surgido sola que se la quiere mucho pero que tiene que apagarse? ¿Que ha sido ella quien ha iluminado los escasos momentos de felicidad de este Dios tonto, pero que ya no puede seguir haciéndolo? ¿Qué me dolerá más a mi sentir de nuevo la oscuridad y la soledad, puesto que ella no sentirá nada? Es Luz, al fin y al cabo, insensible del todo.
No sé por donde empezar. Lo primero, he de buscar el camino; tengo que buscar el sendero que se ha formado alrededor de ella. En algún lugar comienza y lo más difícil de un largo recorrido es el primer paso. No tengo ánimos, me asusto, me escondo y me voy por otro lado para no encontrar el inicio de ese camino. Será un camino duro, no por su trazado. Sé a ciencia cierta que se ha formado muy estable, casi recto, sin ningún bache. Porque sé que quiere que la visite cuantas veces pueda. Pero, también sé, que cuando mi intención sea la de extinguirla, el propio camino me pondrá impedimentos. Seguro que en el momento que ponga el pie en el camino, sus tierras notarán mi necesidad de apagarla y entonces empezarán a surgir malas hierbas, maleza y pequeños agujeros, que me harán el paso más difícil. Incluso intuyo que en algún lugar, se me bloqueará el paso y tendré que regresar al principio.
Tendré que iniciar el camino sin ningún pensamiento en la cabeza. He de engañar al propio camino para no tener impedimentos. Y eso es muy difícil. ¿Qué excusa le expongo a la Luz o a su camino para subir sin trabas? Tengo que empezar por el principio. Tengo que decirle al camino: “vengo a admirar a la Luz que mora al final de tus tierras, déjame pasar sin problema”. Y, no sólo he decirle eso, es que además lo tengo que decir con la convicción suficiente en mi voz, que no me tiemble, que no note las lágrimas que luchan por salir, que serán las que finalmente tendrán que apagar la Luz.
Una vez iniciado el camino, tengo que mantener la cordura y la fortaleza. No derrumbarme en mil sentimientos encontrados, mil ideas que me dicen que no la apague, que deje que siga brillando y que sólo la mire de vez en cuando; y a la vez, otros pensamientos que me dicen que la apague de una vez, que ni siquiera le haga ver las razones por las que ha de desaparecer. Simplemente, vierte todas las lágrimas que te hace surgir y apágala.
Y entonces, una vez tomada la cima de esa cumbre, mirarla de frente. Sin miedo a que esa Luz me ciegue. Mirarla firmemente y decirle las cosas como son.
Tu Luz me ha iluminado, me ha hecho sentir un calor que hacía tiempo que no sentía, me ha hecho ver las cosas desde otra perspectiva, ya no todo era tan oscuro, había claridad a ratos y me ha llenado de ilusión.
Pero también me ha hecho ver muchas cosas de aquí abajo que las tenía en penumbra y no me dolían puesto que no era consciente de su presencia. También me has enseñado a ser egoísta, pues tu Luz ha iluminado demasiadas cosas aquí abajo, ha llegado a acariciar a algunos de mis Fantasmas; y yo la quería sólo para mí. Me he vuelto engreído, creyendo que sólo iluminabas a Thanatos. Y me he dado cuenta que no puede ser así, que eres generosa, que todo lo abarcas y a veces abrazas tanto como llegan tus estelas de luminosidad.
Necesito que sepas que te he adorado, como no adoré a ningún otro dios; que he llegado a sentir amor por ti, que me enamoré de la calidez que dejabas en mi mejilla cuando la rozabas. Me he sentido feliz cuando al dormir sentía tu protección. Me he embriagaba de alegría cuando al abrir los ojos era esa claridad lo primero que veía.
Pero por eso, porque empiezo a hacerme dependiente de ti; porque temo que esta sensación acabe de pronto y me duela, he decidido que te apagues. Porque sé que tú no eres de nadie. Eres Luz, libre, una onda que viaja sin ninguna traba. Todo el mundo puede tocarla, tenerla y sentirse acariciado por ella y no puedo sentir eso.
Ya digo, aquí abajo, yo y sólo yo, poseía todo. Y me he vuelto egoísta, celoso o llámalo como quieras.
Te quiero, pero has de ser de otras personas, no puedes quedarte aquí para siempre, porque sé que tampoco ese es tu deseo.
Entonces, cuando haya dicho esto, sé que no dejaré de llorar. Todas y cada una de las lágrimas, oscuras y claras (que surgen a su lado), brotarán como un torrente y no podré pararlas. Ellas harán lo que mis manos no serán capaces de hacer. Ellas apagarán esta luz que me ha dado la vida y que a la vez me está matando.
Ellas harán que se apague la luz.
Pero ellas no harán que la olvide. No, la Luz quedará dentro de mí por mucho tiempo…
Ahora sólo queda armarme de valor y hacerlo. ¿Cuándo lo haré? ¿Cuándo tendré el camino libre?
“Te echaría de menos aunque no te hubiese conocido”.
Saludos desde el Inframundo.
He decidido, alocadamente, que debo apagar la Luz que a veces me dejaba caminar hacia arriba.
¿O quizá es miedo y por eso quiero apagarla? Me he asustado al verme, al reflejarme en la Laguna del Olvido y ver mi semblante triste, demacrado. Quizá eso ha sido lo que me ha asustado tanto que he decidido apagarla.
En realidad no quiero apagarla, pero no puedo seguir cargando con ella. No es una Luz fácil de llevar. Si bien es cierto que me alegraba, también es cierto, que cuando me alejaba de ella, me sentía hundir. Me caía en una negrura que no me dejaba ser yo. Me sumía en la tristeza que lleva consigo la oscuridad y no podía salir. Sólo entonces, cuando un rayo de esa Luz se dejaba ver entre las rocas, podía seguirlo para volver a verla en su plenitud.
Pero es que me está matando. Empiezo a acostumbrarme a verlo todo bajo esa Luz y no es bueno. Tengo que asumir que aquí, durante eones, no ha habido luz y no puedo dejar que eso cambie. Si nunca ha habido Luz, no debería haberla ahora. Debe ser eliminada.
También tengo miedo a sentirme tan bien con esta Luz que luego, cuando desaparezca, el dolor sea más agudo. Suena cobarde, pero si soy yo quien la apaga, no me sentiré mal porque ella decida extinguirse.
El problema es hallarla. Sé que está en un alto. Por encima de mi cabeza, obviamente. Pero muy por encima.
¿Cómo se le dice a una Luz que ha surgido sola que se la quiere mucho pero que tiene que apagarse? ¿Que ha sido ella quien ha iluminado los escasos momentos de felicidad de este Dios tonto, pero que ya no puede seguir haciéndolo? ¿Qué me dolerá más a mi sentir de nuevo la oscuridad y la soledad, puesto que ella no sentirá nada? Es Luz, al fin y al cabo, insensible del todo.
No sé por donde empezar. Lo primero, he de buscar el camino; tengo que buscar el sendero que se ha formado alrededor de ella. En algún lugar comienza y lo más difícil de un largo recorrido es el primer paso. No tengo ánimos, me asusto, me escondo y me voy por otro lado para no encontrar el inicio de ese camino. Será un camino duro, no por su trazado. Sé a ciencia cierta que se ha formado muy estable, casi recto, sin ningún bache. Porque sé que quiere que la visite cuantas veces pueda. Pero, también sé, que cuando mi intención sea la de extinguirla, el propio camino me pondrá impedimentos. Seguro que en el momento que ponga el pie en el camino, sus tierras notarán mi necesidad de apagarla y entonces empezarán a surgir malas hierbas, maleza y pequeños agujeros, que me harán el paso más difícil. Incluso intuyo que en algún lugar, se me bloqueará el paso y tendré que regresar al principio.
Tendré que iniciar el camino sin ningún pensamiento en la cabeza. He de engañar al propio camino para no tener impedimentos. Y eso es muy difícil. ¿Qué excusa le expongo a la Luz o a su camino para subir sin trabas? Tengo que empezar por el principio. Tengo que decirle al camino: “vengo a admirar a la Luz que mora al final de tus tierras, déjame pasar sin problema”. Y, no sólo he decirle eso, es que además lo tengo que decir con la convicción suficiente en mi voz, que no me tiemble, que no note las lágrimas que luchan por salir, que serán las que finalmente tendrán que apagar la Luz.
Una vez iniciado el camino, tengo que mantener la cordura y la fortaleza. No derrumbarme en mil sentimientos encontrados, mil ideas que me dicen que no la apague, que deje que siga brillando y que sólo la mire de vez en cuando; y a la vez, otros pensamientos que me dicen que la apague de una vez, que ni siquiera le haga ver las razones por las que ha de desaparecer. Simplemente, vierte todas las lágrimas que te hace surgir y apágala.
Y entonces, una vez tomada la cima de esa cumbre, mirarla de frente. Sin miedo a que esa Luz me ciegue. Mirarla firmemente y decirle las cosas como son.
Tu Luz me ha iluminado, me ha hecho sentir un calor que hacía tiempo que no sentía, me ha hecho ver las cosas desde otra perspectiva, ya no todo era tan oscuro, había claridad a ratos y me ha llenado de ilusión.
Pero también me ha hecho ver muchas cosas de aquí abajo que las tenía en penumbra y no me dolían puesto que no era consciente de su presencia. También me has enseñado a ser egoísta, pues tu Luz ha iluminado demasiadas cosas aquí abajo, ha llegado a acariciar a algunos de mis Fantasmas; y yo la quería sólo para mí. Me he vuelto engreído, creyendo que sólo iluminabas a Thanatos. Y me he dado cuenta que no puede ser así, que eres generosa, que todo lo abarcas y a veces abrazas tanto como llegan tus estelas de luminosidad.
Necesito que sepas que te he adorado, como no adoré a ningún otro dios; que he llegado a sentir amor por ti, que me enamoré de la calidez que dejabas en mi mejilla cuando la rozabas. Me he sentido feliz cuando al dormir sentía tu protección. Me he embriagaba de alegría cuando al abrir los ojos era esa claridad lo primero que veía.
Pero por eso, porque empiezo a hacerme dependiente de ti; porque temo que esta sensación acabe de pronto y me duela, he decidido que te apagues. Porque sé que tú no eres de nadie. Eres Luz, libre, una onda que viaja sin ninguna traba. Todo el mundo puede tocarla, tenerla y sentirse acariciado por ella y no puedo sentir eso.
Ya digo, aquí abajo, yo y sólo yo, poseía todo. Y me he vuelto egoísta, celoso o llámalo como quieras.
Te quiero, pero has de ser de otras personas, no puedes quedarte aquí para siempre, porque sé que tampoco ese es tu deseo.
Entonces, cuando haya dicho esto, sé que no dejaré de llorar. Todas y cada una de las lágrimas, oscuras y claras (que surgen a su lado), brotarán como un torrente y no podré pararlas. Ellas harán lo que mis manos no serán capaces de hacer. Ellas apagarán esta luz que me ha dado la vida y que a la vez me está matando.
Ellas harán que se apague la luz.
Pero ellas no harán que la olvide. No, la Luz quedará dentro de mí por mucho tiempo…
Ahora sólo queda armarme de valor y hacerlo. ¿Cuándo lo haré? ¿Cuándo tendré el camino libre?
“Te echaría de menos aunque no te hubiese conocido”.
Saludos desde el Inframundo.
Los ojos que todo lo ven.
…Cerré los ojos para parar todos los sentidos. Imaginaba, o más bien, quería creer, que al cerrar los ojos, el resto de los sentidos se dejarían influir y tampoco estarían activos.
Con los ojos cerrados, pensaba que los oídos no captarían nada. Que serían meros receptores del silencio. Tampoco entonces el olfato dejaría pasar nada a la pituitaria y no relacionaría ningún olor con algún recuerdo.
Incluso dejé las manos quietas, para no rozar (ni tan siquiera levemente) nada y no sentir un tacto que pudiera ser conocido.
Por supuesto, el gusto estaba paralizado también. Sin nada en la boca, excepto la sensación de sequedad aguda (puesto que ni agua quería tomar), nada debería sentir.
Pero me engañé. Otra vez, me engañé; pues aunque los sentidos estuvieran aletargados, el cerebro, esa terrible máquina que no descansa nunca, traía una y otra vez imágenes a las retinas cerradas. Ellas, ajenas a mis deseos de que no recordasen, creaban imágenes y las proyectaban en mis párpados a modo de pantalla de cine.
Todo era nítido entonces, y volvía a pasar.
Entonces también volvía el olor; ese olor que se asocia a los recuerdos y que me perseguía en estas imágenes no reales. El olor, difícil de olvidar. Un olor a madera húmeda y a tierra mojada; un olor a vapor de agua condensado; olor a jazmín. Tan complejo era el perfume y tan detalladamente recordaba sus componentes… (maldita memoria olfativa).
Incluso, aunque mis manos seguían inmóviles, parecía como si de nuevo volvieran a acariciar lo que no debían. A pasar las yemas de los dedos, delicadamente, por aquella superficie tan suave; pulida, cuidada y perfumada para la ocasión. De nuevo ese tacto… (que tanto había anhelado olvidar y que tanto anhelaba volver a tener).
Hasta el oído se había vuelto loco y recordaba el resonar de los pasos (lejanos ya, quizá), recorridos por ahí, para llegar allí.
Recordaba las notas de música que producían las gotas de lluvia repicando en los cristales, en la madrea y en todo lo que rodeaba la escena.
Ni siquiera el gusto se alió conmigo. También él, ese sentido que parece que sólo funciona con estímulos reales, se activó con una imagen recordada.
Ese sabor, que no tenía con que compararse. Ese sabor dulce y a la vez amargo, esa mezcolanza de todos y cada uno de los sabores. Sólo era un sabor conocido, SU SABOR…
Entonces grité; la desesperación hizo que mi garganta articulase un grito, como hacía tiempo que no emitía. Abrí todos los sentidos al tiempo y eché a correr. La carrera, aunque parecía alocada, me llevaba a donde quería ir (pues el recuerdo así me lo había dicho).
Y comprobé, para mi estupefacción, que no todo había sido un recuerdo. Algo había surgido mientras recordaba. Allí estaban…
De nuevo, en el lugar donde las vi desaparecer; habían vuelto a aparecer los ojos de las cerraduras de dos de mis tres puertas. Estaban allí, abiertos, como ojos que todo lo ven…
¿Detrás de las cerraduras, se volverían a formar las puertas y su destino, El Desconcierto?
¿Volverán mis recuerdos a reconstruirlas?
He vuelto al lugar del que no debí salir, es obvio…
Saludos desde el Inframundo.
Con los ojos cerrados, pensaba que los oídos no captarían nada. Que serían meros receptores del silencio. Tampoco entonces el olfato dejaría pasar nada a la pituitaria y no relacionaría ningún olor con algún recuerdo.
Incluso dejé las manos quietas, para no rozar (ni tan siquiera levemente) nada y no sentir un tacto que pudiera ser conocido.
Por supuesto, el gusto estaba paralizado también. Sin nada en la boca, excepto la sensación de sequedad aguda (puesto que ni agua quería tomar), nada debería sentir.
Pero me engañé. Otra vez, me engañé; pues aunque los sentidos estuvieran aletargados, el cerebro, esa terrible máquina que no descansa nunca, traía una y otra vez imágenes a las retinas cerradas. Ellas, ajenas a mis deseos de que no recordasen, creaban imágenes y las proyectaban en mis párpados a modo de pantalla de cine.
Todo era nítido entonces, y volvía a pasar.
Entonces también volvía el olor; ese olor que se asocia a los recuerdos y que me perseguía en estas imágenes no reales. El olor, difícil de olvidar. Un olor a madera húmeda y a tierra mojada; un olor a vapor de agua condensado; olor a jazmín. Tan complejo era el perfume y tan detalladamente recordaba sus componentes… (maldita memoria olfativa).
Incluso, aunque mis manos seguían inmóviles, parecía como si de nuevo volvieran a acariciar lo que no debían. A pasar las yemas de los dedos, delicadamente, por aquella superficie tan suave; pulida, cuidada y perfumada para la ocasión. De nuevo ese tacto… (que tanto había anhelado olvidar y que tanto anhelaba volver a tener).
Hasta el oído se había vuelto loco y recordaba el resonar de los pasos (lejanos ya, quizá), recorridos por ahí, para llegar allí.
Recordaba las notas de música que producían las gotas de lluvia repicando en los cristales, en la madrea y en todo lo que rodeaba la escena.
Ni siquiera el gusto se alió conmigo. También él, ese sentido que parece que sólo funciona con estímulos reales, se activó con una imagen recordada.
Ese sabor, que no tenía con que compararse. Ese sabor dulce y a la vez amargo, esa mezcolanza de todos y cada uno de los sabores. Sólo era un sabor conocido, SU SABOR…
Entonces grité; la desesperación hizo que mi garganta articulase un grito, como hacía tiempo que no emitía. Abrí todos los sentidos al tiempo y eché a correr. La carrera, aunque parecía alocada, me llevaba a donde quería ir (pues el recuerdo así me lo había dicho).
Y comprobé, para mi estupefacción, que no todo había sido un recuerdo. Algo había surgido mientras recordaba. Allí estaban…
De nuevo, en el lugar donde las vi desaparecer; habían vuelto a aparecer los ojos de las cerraduras de dos de mis tres puertas. Estaban allí, abiertos, como ojos que todo lo ven…
¿Detrás de las cerraduras, se volverían a formar las puertas y su destino, El Desconcierto?
¿Volverán mis recuerdos a reconstruirlas?
He vuelto al lugar del que no debí salir, es obvio…
Saludos desde el Inframundo.





