En la cocina
Detesto cocinar. Me aburre y pierdo todo interés aunque tenga algo entre manos. Puedo quemar la cocina olvidando completamente lo que hay en la sartén al descubrir algo mucho más interesante al asomar la nariz fuera dos segundos.
A Prizz sin embargo le encanta. Es mi alquimista renacentista. Le gusta hacer mezclas con los ingredientes más insólitos y me encanta observarlo sentada sobre la mesa de la cocina, hasta que me obliga a salir porque no le gusta que lo mire fijamente. Lo que pasa, Prizz, es que puede ser que se te olvide a ti también lo que tienes en la sartén si te miro mordiéndome el labio inferior con lascivia y alargo el pie para que me hagas caso. Y me siento celosa de que algo te obligue a concentrarte de manera que reclame toda, absolutamente toda tu atención, como si fuese la única que pudiese conseguir algo semejante. Que tonterías.
Estábamos hablando de comida.
La primera vez que cociné para mis abuelos, bueno, concretamente para él, mi abuelo, fue en la playa. Ellos tenían un pequeño apartamento al que íbamos de vez en cuando en verano. Más por verlos a ellos, que se pasaban allí meses, que por la playa en si. También detesto la playa. Ese verano, hace ya muchos años, ingresaron a mi abuela con una flebitis. Prizz y yo nos hicimos cargo de la cocina en su ausencia. Macarrones y pechugas a la plancha. Sencillito. Los macarrones de Prizz me recordaron a aquellas manos terriblemente pegajosas que los niños lanzaban al pelo de las niñas desde el pupitre de atrás en clase. Eran de colores y recalco lo de terriblemente pegajosas. Si te caía una en el pelo estiraban otra vez y siempre se llevaban unos cuantos de recuerdo. Como los niños entonces llevaban el pelo bastante corto, las manos no eran demasiado efectivas, así que nosotras optábamos por arrancar directamente...
Pero estábamos hablando de comida.
Los macarrones. Era una especie de masa de la cual no podía extraerse uno solo...
Las pechugas eran mías. Murieron carbonizadas y no se salvó ni una.
Mi abuelo trató de solucionarlo con el buen humor que le caracteriza: “Cosas peores comí en la guerra... menos cuando estaba en Francia, claro. Allí nos daban latas de búfalo y condones a todos. Nos daban de las dos cosas a diario.” Los búfalos, por si alguien lo dudaba, se extinguieron gracias a los franceses, que alimentaban a sus tropas enlatándolos a discreción.
Después, a Prizz le entró el gusanillo de las cosas bien hechas y aprendió. Yo no. Yo no tengo ningún gusanillo.
Al mudarnos, decidí que el día de navidad se comía en casa. A mis abuelos les hace mucha ilusión toda la parafernalia navideña, y yo que soy así, dije, pues oye, que menos que cocinar para ellos. Con amor, como dice Rebeca. Elegí una receta. Pollo a la canela. Me gusta el pollo. Me gusta la canela. ¿Qué podía pasar? Pues sin entrar demasiado en técnicas, mi abuelo se echó la siesta entre el primer plato y el segundo, mientras mi abuela me daba consejos sobre el problema de abrir el horno durante el proceso, o porqué la comida congelada tarda más de la cuenta en llegar al punto. Aquello estaba incomible. Él volvió a contarnos la historia de la guerra y los búfalos, y yo decidí rendirme reduciendo mi presencia en la cocina a meter las palomitas de microondas en el microondas. Hasta que lo quemé (el microondas, valga la redundancia ya). Mi nuevo y brillante aparato lo atestigua.
Brr... mejor me dedico a sentarme en la mesa de la cocina y estirar el pie en busca de un Prizz frenético porque se le quema el aceite je jee jeee...
Sonando: Deftones - Change
A Prizz sin embargo le encanta. Es mi alquimista renacentista. Le gusta hacer mezclas con los ingredientes más insólitos y me encanta observarlo sentada sobre la mesa de la cocina, hasta que me obliga a salir porque no le gusta que lo mire fijamente. Lo que pasa, Prizz, es que puede ser que se te olvide a ti también lo que tienes en la sartén si te miro mordiéndome el labio inferior con lascivia y alargo el pie para que me hagas caso. Y me siento celosa de que algo te obligue a concentrarte de manera que reclame toda, absolutamente toda tu atención, como si fuese la única que pudiese conseguir algo semejante. Que tonterías.
Estábamos hablando de comida.
La primera vez que cociné para mis abuelos, bueno, concretamente para él, mi abuelo, fue en la playa. Ellos tenían un pequeño apartamento al que íbamos de vez en cuando en verano. Más por verlos a ellos, que se pasaban allí meses, que por la playa en si. También detesto la playa. Ese verano, hace ya muchos años, ingresaron a mi abuela con una flebitis. Prizz y yo nos hicimos cargo de la cocina en su ausencia. Macarrones y pechugas a la plancha. Sencillito. Los macarrones de Prizz me recordaron a aquellas manos terriblemente pegajosas que los niños lanzaban al pelo de las niñas desde el pupitre de atrás en clase. Eran de colores y recalco lo de terriblemente pegajosas. Si te caía una en el pelo estiraban otra vez y siempre se llevaban unos cuantos de recuerdo. Como los niños entonces llevaban el pelo bastante corto, las manos no eran demasiado efectivas, así que nosotras optábamos por arrancar directamente...
Pero estábamos hablando de comida.
Los macarrones. Era una especie de masa de la cual no podía extraerse uno solo...
Las pechugas eran mías. Murieron carbonizadas y no se salvó ni una.
Mi abuelo trató de solucionarlo con el buen humor que le caracteriza: “Cosas peores comí en la guerra... menos cuando estaba en Francia, claro. Allí nos daban latas de búfalo y condones a todos. Nos daban de las dos cosas a diario.” Los búfalos, por si alguien lo dudaba, se extinguieron gracias a los franceses, que alimentaban a sus tropas enlatándolos a discreción.
Después, a Prizz le entró el gusanillo de las cosas bien hechas y aprendió. Yo no. Yo no tengo ningún gusanillo.
Al mudarnos, decidí que el día de navidad se comía en casa. A mis abuelos les hace mucha ilusión toda la parafernalia navideña, y yo que soy así, dije, pues oye, que menos que cocinar para ellos. Con amor, como dice Rebeca. Elegí una receta. Pollo a la canela. Me gusta el pollo. Me gusta la canela. ¿Qué podía pasar? Pues sin entrar demasiado en técnicas, mi abuelo se echó la siesta entre el primer plato y el segundo, mientras mi abuela me daba consejos sobre el problema de abrir el horno durante el proceso, o porqué la comida congelada tarda más de la cuenta en llegar al punto. Aquello estaba incomible. Él volvió a contarnos la historia de la guerra y los búfalos, y yo decidí rendirme reduciendo mi presencia en la cocina a meter las palomitas de microondas en el microondas. Hasta que lo quemé (el microondas, valga la redundancia ya). Mi nuevo y brillante aparato lo atestigua.
Brr... mejor me dedico a sentarme en la mesa de la cocina y estirar el pie en busca de un Prizz frenético porque se le quema el aceite je jee jeee...
Sonando: Deftones - Change
Comentario:
Ragnar, me encanta el sushi!! Y pillarle el punto es mucho más difícil de lo que parece, así que no me queda más remedio que felicitarte ;)
Girl, ¿vinagreta de ceniza? Juaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaassss esto lo inventó algún pirómano frustrado, seguro.
Rebe, no. No lo he olvidado. Lo he omitido, que son cosas distintas jejeje más de 30 dice... si estuvimos comiendo canelones tres días (sin contar los que ya nos comimos el día 25) y al cuarto fue cuando hice la cena de cierre. Las secuestré a todas en casa y las obligué a comer hasta que dejaron el plato limpio, limpio...
Wilheim, no te quepa duda de que la mayoría de las cosas que nos llevamos a la boca han salido de errores de esos. A ver quien fue el guapo que experimentó con la leche para hacer queso o cuajadas y tubo el valor de comérselo... porque el queso, ahora que todo el mundo lo conoce está bueno de cojones, pero lo hueles y no te dan ganas de darle un mordisco, vaya.
Por otro lado, cuando era pequeña vi la famosa escena de “El cartero siempre llama dos veces” protagonizada por Jack Nicholson y Jessica Lange sobre la mesa de la cocina, harina y demás de por medio, y tengo que reconocer que me marcó bastante.
Girl, ¿vinagreta de ceniza? Juaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaassss esto lo inventó algún pirómano frustrado, seguro.
Rebe, no. No lo he olvidado. Lo he omitido, que son cosas distintas jejeje más de 30 dice... si estuvimos comiendo canelones tres días (sin contar los que ya nos comimos el día 25) y al cuarto fue cuando hice la cena de cierre. Las secuestré a todas en casa y las obligué a comer hasta que dejaron el plato limpio, limpio...
Wilheim, no te quepa duda de que la mayoría de las cosas que nos llevamos a la boca han salido de errores de esos. A ver quien fue el guapo que experimentó con la leche para hacer queso o cuajadas y tubo el valor de comérselo... porque el queso, ahora que todo el mundo lo conoce está bueno de cojones, pero lo hueles y no te dan ganas de darle un mordisco, vaya.
Por otro lado, cuando era pequeña vi la famosa escena de “El cartero siempre llama dos veces” protagonizada por Jack Nicholson y Jessica Lange sobre la mesa de la cocina, harina y demás de por medio, y tengo que reconocer que me marcó bastante.
Comentario:
Pues yo adoro cocinar. Últimamente he aprendido a hacer sushi, y estoy haciendo progresos realmente asombrosos en poco tiempo.
Está delicioso. Si algún dia te vienes, avísame.
;)
Está delicioso. Si algún dia te vienes, avísame.
;)
Comentario:
pues que sepas, que hace poco ví en la tele que las cosas quemadas se usan para cocinar, para hacer vinagretas. sí, por ejemplo, queman los puerros pero hasta el punto de dejarlos tostaos tostaos tostaos, como los palos de una fogata y luego lo pasan por la licuadora con vinagre. ya tienes una vinagreta de ceniza de puerro (se llama así, creo). así que tenías que haber patentado lo de quemar todo :S
jejejejje
pd.- a mí no me gusta cocinar, pero se me da bien, no sé cómo, pero se me da bien :P
jejejejje
pd.- a mí no me gusta cocinar, pero se me da bien, no sé cómo, pero se me da bien :P
Comentario:
Te has olvidado de contar cuando compraste un monton de canelones y sobraron mas de 30 y tuviste que invitar a mucha gente para que se los comiera... juas juas juas
Comentario:
Pobre Prizz... pero tal vez los grandes cocineros han salido de cuando sus mozas les estiraban la ropa atrayéndoles hacía sí, o les alargaban el pie lascivamente... y de los despistes inevitables del momento se han inventado unas patatas que cayeron en aceite hirviendo, o se tiró el bacon caliente a la ensalada por despiste,... o tiraron canela al pollo en lugar de al arroz con leche (otro despiste...)... nada nada, tú sigue y patenta lo que salga de esos momentos.
(patenta lo culinario, lo "otro" ya está sobre la mesa... joerrrr bueno, paro ya que me desmadro).
(patenta lo culinario, lo "otro" ya está sobre la mesa... joerrrr bueno, paro ya que me desmadro).





