Pequeño boy scout

Cuando yo tenía once años, me moría de ganas de acompañar a mis amigas en esos campamentos escolares, donde se tejían cestas de mimbre y te pasabas el día a remojo en la piscina del pueblo de turno. Ellas iban todos los veranos, y siempre volvían contando un montón de aventuras interesantes. Se lo pasaban bomba.
Mi padre siempre fue un gran amante de la naturaleza. Ante mi insistencia decidió que no era del todo una mala idea, pero a su manera. Pensó que lo mejor para curtir el carácter e impartir algo de disciplina, que buena falta hacía, era apuntarme una quincena completa a una secta: Los boy scout.
Yo no había oído en mi vida ese nombre. Solo sabía que no habría tardes de piscina ni cestas de mimbre con mis amigas, vaya por dios. ¿¿¿No podíamos ser normales ni siquiera en eso??? Un año más, mientras mis amigas planeaban en grupo sus quince días yo me sentía excluida, pero con el aliciente de tener que irme a saber donde.
Mis padres solían salir mucho a la montaña y me llevaban con ellos. En aquella época, el concepto de “deporte de aventura” era al parecer culminar una noche con tu chica utilizando como método anticonceptivo la marcha atrás (mi generación proviene en un alto porcentaje de este gracioso deporte) Total, que mis padres eran pioneros de su tiempo en las dos modalidades, aquí estoy yo para dar fe, y me solían llevar con ellos a casi todas partes. Reconozco que me encantaba. Arrastrarme por el interior de cuevas colgada de una cuerda, seguir los barrancos con mi chaleco salvavidas y las botas puestas (esto me gustaba especialmente por el rollo de bañarme con las botas, cosas de niños), o imitar a mi padre colgada de alguna pared. Aprendí a esquiar casi antes que a andar. Una delicia para cualquier niño.
En cualquier caso, el tema del campamento ya no me hacía tanta ilusión. Me costaba mucho relacionarme con la gente, y quince días en un sitio donde no conocía a nadie se me hacían cuesta arriba. Acompañé a mi padre a apuntarme al local que tenían. Había unos chicos sentados por el suelo cantando canciones. El monitor parecía simpático, aunque sólo habló con mi padre. Antes de salir, Le dio una lista e hizo ese detestable gesto de revolverme el pelo con la mano mientras me decía sonriente: “Ya verás, lo pasaremos genial”
La noche anterior no pegué ojo. Como mis padres trabajaban, me quedaba en casa de mis abuelos, y fueron ellos los que me llevaron hasta los autobuses (había tres o cuatro). La mochila pesaba horrores y casi no podía levantarla. Ropa para quince días (azul), utensilios de cocina, cantimplora y autan para los mosquitos. Todo lo que ponía en la lista. El monitor que habló con mi padre estaba por allí asegurándose de que no faltaba nadie. Mi abuelo me ayudó con la mochila, me dieron un beso y subí al autobús. Me senté en la ventanilla del lado contrario al que estaban ellos. No quería ver como me decían adiós con la mano durante cinco minutos mientras terminaba de subir la gente y arrancaba de una vez. Esos momentos me ponen de los nervios y no los aguanto ni ahora.
Una vez en marcha, repartieron unos libros con canciones. Al ojearlos, me di cuenta de que algunas estaban marcadas como “Prohibida” que intriga... la letra no parecía nada especial... algo de Cumbayá. Todos se pusieron a cantar y el monitor me miraba esperando que yo también lo hiciese. ¡¡Ni cinco minutos y aquello ya daba señales de ser un auténtico coñazo!! Me dediqué a mirar por la ventanilla sin hacer mucho caso. Hasta que vino el señor alegre, le cambió el asiento a la niña que iba a mi lado y sonriente me hizo seguir tooooooooodo el libro. Ríete de las torturas chinas.
Al llegar, nos pusimos a repartir el sitio y a montar las tiendas.
Aquel grupo se dividía en varias secciones dependiendo de la edad. Los pequeños, en seisenas de colores. Había niños de siete u ocho años. Estos estaban en la azul. También había verde, roja, naranja y blanca. Yo estaba en esta. Era la última. En las seisenas los chicos y las chicas estábamos mezclados. Después se separaban y pasaban a formar parte de Guías (ellas) y Rangers (ellos). Tres años después, se volvían a reunir y se llamaban Pioneros. Yo estaba en el último año de seisena, apunto de pasar a las Guías.
En nuestra tienda éramos seis. Tres chicos y tres chicas. Los monitores no repartieron, nos indicaron donde montar la nuestra y nos dejaron solos. Mirando ora el suelo, ora la tienda en su saco, como si se fuese a montar sola. Me fijé mejor en mis compañeros. Las niñas ya se conocían de antes, al parecer y ellos también. Nos presentamos oficialmente y conocí el nombre del que sería mi antagonista durante esos quince días: Victor.
Me cayó fatal desde el primer momento. No decía nada, pero no me quitaba de encima esa mirada bobina que llegaría a aborrecer. Era un chico que no se alteraba por nada. Era como si no tuviese sangre en las venas, y eso siempre me ha puesto de los nervios. Me miraba fijamente, allí, quieto, como un pasmarote, y yo ya tenía ganas de abofetearle.
Nunca había tenido que montar una tienda de campaña, y menos una de esas dimensiones. Buff. Nos llevó toda la mañana y gran parte de la tarde. De vez en cuando, pasaba algún monitor y nos hacía desmontar alguna parte, diciendo que esas varillas no eran de allí, sino de allá. Era quince de julio, y hacía calor como en el mismísimo infierno. En mi primera comida allí aprendí una cosa: si no te dabas prisa, te quedabas sin comer.
Voy a contar un poco la organización de un campamento de boy scout (al menos, la de este grupo en concreto y tal y como yo lo recuerdo, que quede claro)
Cada grupo (seisenas, guías, ranger y pioneros) era completamente independiente de los demás. Todos acampábamos en el mismo sitio, pero al resto no los veíamos más que de pasada, o por casualidad, en algunos de los juegos nocturnos.
Una vez montadas las tiendas, se pasaba a elegir al zorro. Esto es algo que me llamó mucho la atención. Parecía muy divertido...
Los monitores se sentaban en el suelo, y uno a uno íbamos pasando a que nos diesen el nombre de un animal al oído. Solo habría un zorro. Nadie sabía quien era, y este tenía la obligación de salir todas las noches, cuando la gente estaba dormida, a hacer alguna cabronada. Si te hacías pasar por zorro, te sometían a un castigo público. Si el zorro no salía a hacer su trabajo, lo sometían a un castigo público. Aquí, casi todos los castigos eran públicos. Yo aún no sé en qué consistían ninguno de los dos. No fueron necesarios aquel año...
El primer día, los pioneros se encargaron de construir las letrinas. Un agujero enorme en el suelo, con un tronco de árbol en medio al que subirte como podías. A nosotros nos dieron hachas pequeñas y nos dijeron que nos había tocado el zapatero.
Todos los días, había clases. Tenias que elegir una especialidad. Si al terminar el campamento aprobabas un examen, te daban un trozo de tela con el símbolo propio de esa especialidad para coserlo a la manga de tu camisa en una ceremonia. Todos llevaban las mangas llenas de símbolos de colores. Yo escogí astrología.
Cada boy scout tiene un fular. Al parecer es algo serio que no debe deshonrarse con un comportamiento indebido. Cuando llevas varios años siendo miembro boy scout y demostrando que eres digno, puedes solicitar un pasa-fular. Es una anilla para sujetarlo en lugar del típico nudo. Es como subir de categoría. Los monitores decidían si te lo concedían o no, y si era así, lo hacían en una ceremonia (todo lo terminaban con ceremonias, hay que ver). Los fulares son de distintos colores para cada zona. Los nuestros eran negros con rayas blancas, mientras que los de los chicos franceses del pueblo de al lado eran azules con rayas amarillas.
No se cantaban canciones que estuviesen marcadas como “Prohibida” hasta que no fuese el día de cantar esa canción concreta. Nunca me llegué a enterar muy bien de este tema.
Todas las noches había hoguera con juegos nocturnos. Ese primer día aprendí otra cosa importante al respecto. A no levantar jamás la mano a la pregunta de “¿Alguien no se sabe este juego?” Lo que pasó, es que después de haberla levantado la primera vez, hacían la pregunta mirándome a mi (¿es que no había más nuevos? Pues no. Generaciones enteras de boy scout se daban cita aquí.) y cuando afirmaba tajantemente que sí, que sí me lo sabía, me preguntaban que de qué iba pues. Y ya estaba jodida. Se basaban casi todos en asustar y hacer miedo. Unos se jugaban alrededor de la hoguera, otros, por toda la zona de bosque. Estos, generalmente iban de correr delante de alguien que te perseguía. O esconderte para que no te encontrasen. También hacían algunas pruebas de orientación en la oscuridad. Nos llevaban a todos los grupos a un kilómetro del campamento. Un monitor, cronómetro en mano, nos hacía salir de uno en uno a cada minuto, alternando los grupos. Uno de las seisenas, una guía, un ranger, un pionero. Y vuelta a empezar. Había farolillos de luz cada cien metros y tenías que regresar solo al campamento. No era miedosa, pero los más mayores se escondían entre los árboles y salían dándote unos sustos de muerte, o no salían, pero hacían ruidos (había jabalís y se hacían pasar por ellos)
Un día nos tocó construir una cabaña. Debíamos hacerlo con materiales naturales, ramas, hojas, o cualquier otra cosa que pudiésemos conseguir, y dormir en ella una noche. Esa noche llovió, y dormimos mojados porque teníamos muchas goteras.
Tras la primera semana, teníamos el día de visita. Todos los padres vinieron menos los míos. Pero Mon Mère me mandó a través de la madre de uno de los niños una sudadera, por si hacía frío. Me quedé allí sola, con mi sudadera roja de arco iris puesta, desentonando entre tanto azul, aunque hacía un calor de cojones, mientras los demás niños se iban con sus familias. Lloré bastante ese día. Fue el peor.
Al día siguiente, una de las niñas más pequeñas se cayó a la letrina. Tras una semana, ésta ya estaba bastante llena... os lo podéis imaginar... A la pobre la vinieron a recoger sus padres y no volvió más. La idea de lanzarme de cabeza a la letrina con la esperanza de que me viniesen a recoger a mi también me llamaba con cantos de sirena, y creo que lo único que me disuadió fue pensar que mi padre no vendría a buscarme por semejante tontería jejeje
El zorro hacía estragos por las noches, poniendo pasta de dientes en pelos, bocas y ojos (algo bastante molesto, al parecer) Un día me calcé las botas y alguien había metido un chicle bien masticado en cada una. Tuve que cortar y tirar cos calcetines. No había sido el zorro... había sido Victor. Estaba segura porque antes de ponerme las botas él ya se estaba riendo, y recuerdo que lo pensé. Me pregunté que de qué se reiría. Estaba segura de que Victor no era el zorro, porque dormía en mi tienda y tengo el sueño muy ligero. Lo habría pescado alguno de los días. Así que sólo era una gracieta personal. A esas alturas, ya nos habíamos enzarzado en más de una ocasión. Él seguía imperturbable y yo me imaginaba cortándole una oreja por la noche, mientras dormía. Seguro que se quedaba callado, pestañeando como si fuese tonto, mirándome fijamente mientras se desangraba. Como siempre. Ahora ya sé que nadie se desangra por perder una oreja.
Como no tenía pruebas, no dije nada. Pero era terriblemente vengativa, y pensé que ya se daría oportunidad de resarcirme. Como dice el antiguo proverbio Klingon, la venganza es un plato que se sirve frío.
El día 22 de julio, día de mi cumpleaños, tuve un regalo sorpresa. Quince kilómetros de ida y otros tantos de vuelta a pie. Excursión a uno de los pueblos cercanos. Una vez allí nos dieron suelta, como a las baquillas, para comprar alguna cosa y demás. Compré tres postales. Una para mis padres y la otra para mis abuelos. Un recuerdo típico. No recuerdo qué era. Alguna cosa pequeña de cerámica con el nombre del pueblo en letras molonas. Con lo que me sobraba, me compré un tubo de leche condensada. Se comía fatal, y sin tonterías, así que me escondí la leche para pasar algún buen rato a solas con ella. Soy muy golosa, y por aquel entonces, me zampaba esos tubos a palo seco. Y realmente me dio ese buen momento, pero de una forma muy diferente a la que me imaginaba...
En la excursión al pueblo, muchos compraron machetes que quedaron requisados al segundo día, cuando uno se cortó un pie jugando y hubo que coser.
Yo no mencioné en ningún momento que era mi cumpleaños. A saber lo que se les podía ocurrir para celebrarlo...
Uno de aquellos días, el mejor de todos para mi, hicimos una especia de ginkana a lo bestia. Nos dividieron a todos, mayores y pequeños, en dos grupos. Piratas y cazadores de piratas. Cada grupo con diversos sub-grupos. A mi me tocó cazador de piratas. No estaba con ninguna de mis amigas ni compañeros de tienda, ya que estábamos todos mezclados. Tenías que recoger las pruebas y llegar el primero, aunque por el camino podías capturar a miembros del otro equipo.
Y se desató el señor de las moscas.
En mi grupo éramos ocho. Uno de los chicos más mayores, era partidario de organizar una emboscada y pasar del tema de las pistas. Nos lo pasaríamos bien a nuestra manera. A todos nos pareció estupendo. Fuimos a por cuerdas. Adivinad quien iba en el primer grupo que cayó...
Los dejamos atados y amordazados a un árbol y cuando ya nos íbamos, me fijé en que el árbol estaba llenos de hormigas rojas. Les hice esperarme, y fui a la tienda. Me traje el tubo de la leche condensada y unté a Victor con ella... Antes de decirle adiós, le susurré al oído: “esto es para que vuelvas a meter chicles en mis botas” y le di una colleja. Me marche sin mirar atrás pensando en lo que había hecho. Estaba encantada, y mis compañeros se reían de lo lindo.
Cuando todo terminó, me enteré de que los habían encontrado y que Victor estaba lleno de hormigas y se tuvo que ir a bañar al río. No volvió a dirigirme la palabra.
Nosotros, sobra decir que no ganamos la prueba, pero os aseguro que fuimos los que más la disfrutamos. Cogimos montones de piratas y encesté la única canasta de tres :D A estas alturas ya estaba más que harta de novatadas, escarmientos y gilipolleces.
Cuando faltaban tres días para terminar el campamento se hicieron las ceremonias de paso y las de entregas de trozos de telas para las mangas de las camisas. Yo suspendí y no me dieron nada. Fui la única. La astrología resultó ser un peñazo insufrible. Yo creía que iría de ver estrellas, y a las cuatro de la tarde, lo único que se veían eran libros de estudio. Me prometí a mi misma no hacerles ni caso, y pasaba aquella hora allí -que remedio- pero pensando en mis cosas.
Por lo demás, yo y las otras chicas de mi edad, nos íbamos con las Guías y cada uno donde tocase. Para entrar, las que ya eran guías de pro te hacían unas pruebas. Consistían en untarte de comida pasada, mantequilla y mermelada que habían guardado para la ocasión y tal. Yo dije que a mi no se me acercaban a untarme de nada. Me dijeron que si no, me quedaría con los pequeños para siempre. La verdad es que para tres días, me la pelaba. Y tampoco pensaba volver al año siguiente, así que...
Me quedé en la orilla del río mirando, con el resto de gente que no pasaba a ningún sitio. Vi a Victor. A ellos, aparte de untarlos con comida, les habían puesto por encima un montón de bichos. Pobre. Que racha llevaba. No parecía disfrutar nada. Levantó la cabeza y me vio. Se puso rojo hasta las orejas. En ese momento me dio mucha pena. Intenté sonreírle. Una sonrisa que no pareciese de triunfo. Una sonrisa amistosa. Pero bajó la cabeza de nuevo muy digno, como diciendo “te la metes donde te quepa, puta”
Esa fue la última vez que lo vi.
Esa noche dormimos en una tienda nueva, con las guías. La amenaza de no pasar se había quedado sólo en eso. Ptse.
Pero no podía terminar así...
De madrugada empezamos a oír gritos provenientes de las otras tiendas. Nos llamaban.
Había una en el suelo y otra le tapaba la cabeza con un pañuelo lleno de sangre. Decían que se había caído, y que al parecer las monitoras no estaban. Al verla en el suelo y sin signos de reaccionar, nos pusimos muy nerviosas. Estuvieron cinco minutos gritando y haciendo el melón, hasta que una de mis amigas se echó a llorar. Luego dijeron que era una broma de bienvenida.
Al día siguiente, penúltimo día, día de limpieza y recogida de todo, apareció Mon Mère para llevarme con ella. Mi padre, que era guía de montaña, estaba con un grupo de alemanes en ese mismo pueblo. Nunca había estado tan contenta. Creo que a ella siempre le dio algo de pena dejarme allí. Era un descanso estar sin hijas unos días, pero en ese momento, creo se alegró mucho de verme. Y yo a ella. Estaba guapísima. Se había hecho mechas rubias y llevaba un dedo vendado. Parecía que habían pasado siglos desde la última vez que la había visto y nunca había estado tan contenta.
Comimos con los alemanes, que se quedaron alucinados. Casi tanto como mis padres... era muy mala comedora. No levanté la cabeza del plato y no respiré para nada. Solo masticar y tragar, masticar y tragar. Mi padre ya decía que el campamento había dado sus frutos... Y yo pensaba que antes de volver, me largaba de casa sola los quince días. Que hambre tenía, por favor. Casi lloraba de gusto. Una de las señoras alemanas me obsequió con una tableta de chocolate relleno de fresa. Por aquel entonces en España, eso no estaba muy visto. Y estaba delicioso... ¿Era mi día de suerte o qué?
No quise saber nada más de campamentos, ni mucho menos de los boy scout. Y así fue.
No volví a pensar en ellos hasta hace poco más de dos años. El marido de la chica que se hacía pasar por lesionada aquella noche, fue atropellado en una carretera a las afueras de la ciudad. Falleció en el acto. Ella se suicidó dos días después. Esta ciudad es muy pequeña, y fue toda una tragedia. Decían que estaba embarazada, pero a la gente le encanta hablar.
Mi padre, como he dicho, era guía de montaña. Colaboraba en los rescates a montañeros desaparecidos y esas cosas. En noviembre de aquel año de campamento, dos barranquistas perdieron la vida en el Alcanadre. Mi padre también, al intentar sacar los cadáveres.
Y ya no hubo más campamentos...
A veces me cuesta recordarle. Me dejó su gusto por la buena música. Le encantaban Cat Stevens, Deep Purple, Janis Joplin, Led Zeppelin... los grandes de los sesenta y setenta. También su pasión por la montaña. Aunque ahora sea solo para ir de visita.
La vida puede pasar de ser un circo romano a una tragedia griega en cuestión de minutos.
Sonando: Led Zeppelín – Starway to Heaven
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boy scout: niño que se viste de gilipollas comandado por un gilipollas vestido de niño.
con respecto al "tema serio" con el que acabas, tienes toda la razón, en cuestión de segundos puede cambiar todo :S
con respecto al "tema serio" con el que acabas, tienes toda la razón, en cuestión de segundos puede cambiar todo :S
Comentario:
¿Y qué será de Victor hoy?
A lo mejor camina por la calle con un puñado de hormigas rojas en el bolsillo, esperando cruzarse contigo... jejejeje
A lo mejor camina por la calle con un puñado de hormigas rojas en el bolsillo, esperando cruzarse contigo... jejejeje





