¡Hi-yo Silver!
Esta noche he tenido otro de esos sueños de los que uno no quisiera despertar...
He soñado con Silver Rain, aunque allí no era un poni, era un precioso y esbelto caballo. Los ponis también son preciosos, no jodamos, pero los sueños son así, y supongo que es más cómodo soñar un caballo por cuestiones de tamaño. Del suyo y del mío.
Estaba en una pradera de hierva alta, hasta donde alcanzaba la vista, como un mar verde. Y como mar, se mecía por la brisa que arrastraba ese olor tan característico de la hierva... iba descalza, con los pies teñidos de caminar, y al mirar abajo, encontraba un pequeño silbato de plata que pendía de mi cuello, colgado de una cadena muy fina, también de plata. Lo cogía y lo hacía girar entre los dedos, admirando lo bonito que era, pues de cerca se apreciaba una cabeza de caballo tallada. Era inevitable llevárselo a la boca. El sonido era similar al de un sonajero de viento, suave y relajante...
Silver aparecía momentos después, trotando silencioso, con sus vaporosas crines azules meciéndose al compás de la hierva. Llegaba hasta mi y le acariciaba la frente. Me invitaba a montar con la mirada, y yo, obediente, no le hacía esperar. Era suave como terciopelo, y me sentía segura, pese a que nunca he montado a caballo, más que en sueños. Y él, como si me leyese la mente, tras un trote ligero, se lanzaba al galope. Y es ahí donde todo lo demás se olvida, y soñar merece la pena... y con la cabeza hacia atrás y los brazos en cruz, como un Leonardo “Soy el Rey del Mundo” Dicaprio en Titanic, reía. Reía salvaje y enloquecida, porque en ese momento nada más importaba. Solo el olor fresco de la hierva, y Silver. Y gritaba. Gritaba en una reminiscencia infantil del pasado. ¡Hi yoooooooooooooooooooooooo Siiiilveeeeeeeeeeeeeeeeeeeeer!
Y nunca me sentí más libre que entonces...
He soñado con Silver Rain, aunque allí no era un poni, era un precioso y esbelto caballo. Los ponis también son preciosos, no jodamos, pero los sueños son así, y supongo que es más cómodo soñar un caballo por cuestiones de tamaño. Del suyo y del mío.
Estaba en una pradera de hierva alta, hasta donde alcanzaba la vista, como un mar verde. Y como mar, se mecía por la brisa que arrastraba ese olor tan característico de la hierva... iba descalza, con los pies teñidos de caminar, y al mirar abajo, encontraba un pequeño silbato de plata que pendía de mi cuello, colgado de una cadena muy fina, también de plata. Lo cogía y lo hacía girar entre los dedos, admirando lo bonito que era, pues de cerca se apreciaba una cabeza de caballo tallada. Era inevitable llevárselo a la boca. El sonido era similar al de un sonajero de viento, suave y relajante...
Silver aparecía momentos después, trotando silencioso, con sus vaporosas crines azules meciéndose al compás de la hierva. Llegaba hasta mi y le acariciaba la frente. Me invitaba a montar con la mirada, y yo, obediente, no le hacía esperar. Era suave como terciopelo, y me sentía segura, pese a que nunca he montado a caballo, más que en sueños. Y él, como si me leyese la mente, tras un trote ligero, se lanzaba al galope. Y es ahí donde todo lo demás se olvida, y soñar merece la pena... y con la cabeza hacia atrás y los brazos en cruz, como un Leonardo “Soy el Rey del Mundo” Dicaprio en Titanic, reía. Reía salvaje y enloquecida, porque en ese momento nada más importaba. Solo el olor fresco de la hierva, y Silver. Y gritaba. Gritaba en una reminiscencia infantil del pasado. ¡Hi yoooooooooooooooooooooooo Siiiilveeeeeeeeeeeeeeeeeeeeer!
Y nunca me sentí más libre que entonces...





