Love... Actually
Me quedo con la historia del escritor y la portuguesa
Cual es vuestra historia favorita???
No me canso de verla y no paro de llorar...
Y es que es lo que tienen todas estas pelis ñoñas y amorosas que todos hemos visto alguna vez.
No sé si le pasa a todo el mundo pero hay días que apetece llorar. Días de sofá y mantita y caja de pañuelos de papel. No tienes por qué estar especialmente triste, simplemente necesitas "echar el moco" y desahogarte a gusto mientras gritas para tus adentros "Por qué ella sí y yo no!" o "Por qué solo pasa eso en las películas".
O cualquier frase negativista que empiece con un "Por qué".
Yo cuento con una maravillosa colección para estos menesteres que incluye todas en las que Meg Ryan se enamora del petardo de Tom Hanks (discúlpenme pero es que ese hombre parece que tiene horchata en vez de sangre), varias comedias románticas para adolescentes como Looser y para adultos como "La verdad sobre perros y gatos", "Love Actually" y, cómo no, "El diario de Bridget Jones". Así si no tengo bastante con una me pongo tres seguiditas y acabo con los ojos como dos "puñalás" que diría mi madre.
Y luego suspiras y te levantas, llena de energía y positivismo, dispuesta a comerte el mundo y a no permitir bajo ningún concepto que nadie, absolutamente ninguno de los petardos por los que has estado sufriendo, te haga derramar una lágrima más. Porque "Mark Darcy" existe y esté donde esté te está esperando.
Once in a lifetime
Ni siquiera existían los teléfonos móviles
Cuantos años han pasado? Sí, más de la mitad de mi vida.
Sin saber nada de ti.
Pero sin terminar de olvidarte.
Cuando releo mis diarios, esos que tenían candado y llave y que empecé cuando comencé a escribir, apareces. Año tras año. Cada verano. "El francés". De la ciudad desde donde llegaban las cigüeñas.
Aparecen los caramelos de tu abuela, los columpios, la caseta, los juegos de cartas, las lluvias de estrellas, todos tumbados en la hera, arropados por el aullido de los mastines y la completa oscuridad. Las escursiones, los escondites. Mi primer gato. Mi primer cigarro. Mi primera pelea. Mi primera mentira. Mi primer amor. Absoluto e inocente.
Imposible y absurdo.
Confidencial. Secreto.
Nunca te lo dije. No merecía la pena. Eras un maldito ángel de ojos claros y pelo rubio. Inalcanzable. O así te veía yo, cada año más cerca de Alicia (cómo llegué a odiarla) y más lejos de mi.
Y resulta que han pasado siglos.
Y hoy salgo del dentista, en una ciudad extraña para ambos y apareces frente a mi. Como una visión. Y te llamo. Y contestas. Y me reconoces.
Y estás condenadamente igual de perfecto. Igual de inalcanzable. Y yo tengo media cara paralizada por la anestesia y una coleta mal hecha. Y muy mala suerte.
Ni siquiera llevo tacones.
Y tu hermana me abraza y tus padres me besan y yo no puedo dejar de mirarte.
Ahora, milenios después, resulta que has dejado el París de tus amores por la tranquilidad de una ciudad levantina a la que yo he llegado de rebote y con fecha de caducidad.
Y tengo tu teléfono y me encantará quedar con vosotros y que me cuentes qué te ha traído hasta aquí y tomar un café y hablar durante horas y saber cómo eres ahora, más de una década después.
Y decirte que me alegro de haber vuelto a verte porque cada agosto te he echado de menos. A ti y a la época de mi vida que representas
Cuantos años han pasado? Sí, más de la mitad de mi vida.
Sin saber nada de ti.
Pero sin terminar de olvidarte.
Cuando releo mis diarios, esos que tenían candado y llave y que empecé cuando comencé a escribir, apareces. Año tras año. Cada verano. "El francés". De la ciudad desde donde llegaban las cigüeñas.
Aparecen los caramelos de tu abuela, los columpios, la caseta, los juegos de cartas, las lluvias de estrellas, todos tumbados en la hera, arropados por el aullido de los mastines y la completa oscuridad. Las escursiones, los escondites. Mi primer gato. Mi primer cigarro. Mi primera pelea. Mi primera mentira. Mi primer amor. Absoluto e inocente.
Imposible y absurdo.
Confidencial. Secreto.
Nunca te lo dije. No merecía la pena. Eras un maldito ángel de ojos claros y pelo rubio. Inalcanzable. O así te veía yo, cada año más cerca de Alicia (cómo llegué a odiarla) y más lejos de mi.
Y resulta que han pasado siglos.
Y hoy salgo del dentista, en una ciudad extraña para ambos y apareces frente a mi. Como una visión. Y te llamo. Y contestas. Y me reconoces.
Y estás condenadamente igual de perfecto. Igual de inalcanzable. Y yo tengo media cara paralizada por la anestesia y una coleta mal hecha. Y muy mala suerte.
Ni siquiera llevo tacones.
Y tu hermana me abraza y tus padres me besan y yo no puedo dejar de mirarte.
Ahora, milenios después, resulta que has dejado el París de tus amores por la tranquilidad de una ciudad levantina a la que yo he llegado de rebote y con fecha de caducidad.
Y tengo tu teléfono y me encantará quedar con vosotros y que me cuentes qué te ha traído hasta aquí y tomar un café y hablar durante horas y saber cómo eres ahora, más de una década después.
Y decirte que me alegro de haber vuelto a verte porque cada agosto te he echado de menos. A ti y a la época de mi vida que representas





