Cuando los caballos salieron de mi vida.
Cuando yo era niño, había caballos en mi casa. No digo dentro de mi casa, sino que mi padre poseía dentro de las cosas que tuvo, una parcela donde había caballos de su propiedad. Recuerdo algunos que fueron regalados a algunos de mis hermanos mayores. Eramos 7 hermanos, hijos de nuestros comunes padres, digo esto porque la verdad es que hay un octavo que no es hijo de mi madre y que yo no conozco.
Nunca hubo 7 caballos en casa, por lo que yo nunca tuve uno que yo pudiera afirmar: es mío. Con las bicicletas fue peor porque según recuerdo, hubo sólo una, y el poder establecido indicaba que había que esperar siempre mucho para poder optar a una oportunidad real y distendida que permitiera disfrutar de tamaños juguetes.
El caso es que igual aprendí a montar y corría y me sentía Roy Rogers, o Kirk Douglas, el Llanero Solitario o simplemente yo mismo cabalgando veloz o lentamente según la ocasión y el día, a traves de los bosques parapetados en la 8a. región, del cruce de Cabrero, 20 kms. hacia la cordillera, el bello Campanario, pueblo de mis amores.
Siempre que estimulaba al animal para que corriera lo más rápido que pudiera, yo sentía algo de miedo, miedo de que el corcel tropezara, que se abriera la tierra o algo así, de modo que era una mezcla de gran placer y una porción de excitación temerosa. Episodios dolorosos recuerdo dos: Uno en el que estando yo montado, me puse detrás de una yegua que estaba algo encabritada y acto seguido lanzó una patada que dió de lleno en mi pierna cerca de la rodilla. Me dolió mucho, mas, afortunadamente el incidente no pasó a mayores. Pudo haber tenido consecuencias lamentables.
El otro episodio sucedió un tiempo después. Yo debo haber tenido unos 14 años. Uno de los caballos de casa estuvo dos o tres días encerrado y no se alimentó bien. Y al tercer día lo ensillé, le puse las riendas y ¡a galopar! En un momento tomé una curva para cruzar la línea del tren y en el momento de doblar, el caballo tropezó, me fui de bruces al suelo y aterricé con la cabeza. Debo haber estado inconciente un minuto. Me subí de nuevo al "Huracán" volví a casa y estuve todo el resto de la tarde en cama con fiebre.
Lindas rememoranzas, cabalgar por el medio del bosque, camino naturalmente de tierra, el sol colándose por entre los árboles, la mañana o la tarde siempre agradable puesto que casi siempre esas historias ocurrían en verano
Pasó el tiempo y después más tiempo. Un día descubrí que ya no me gustaba subir al caballo. No por doctrina ecologista ni por ser devoto de Francisco de Asis, sí puedo reconocer que de un momento en adelante tomé conciencia de lo que por ejemplo tiene que ser para estos cuadrúpedos, sentir el fierro dentro de su hocico, presionando o suavemente o con toda brutalidad los labios, la lengua, el interior del aparato bucal del animal para que éste se detenga.
Tal vez me dije: No quiero obligar a un ser vivo a llevarme de aquí para allá, si puedo ir a pie o en bicicleta. Así fue que me alejé de los caballos, esos seres tan hermosos que encarnan a la perfección lo masculino con sus cabezas enormes y alargadas, su fuerza física, y lo femenino expresado en sus curvas, el lomo, las ancas.
No critico al que los usa. El caballo, el camello, el burro, el elefante´, el buey, son vehículos indispensables aún para no poca gente en el planeta. Lo que es yo cuando tenga mucho, mucho dinero, no voy a comprar caballos ni jirafas ni antílopes. A lo sumo y creo que sí, adquiriré al menos 4 cabalgaduras ojalá de madera, que formen parte de un precioso juego de ajedrez.
Nunca hubo 7 caballos en casa, por lo que yo nunca tuve uno que yo pudiera afirmar: es mío. Con las bicicletas fue peor porque según recuerdo, hubo sólo una, y el poder establecido indicaba que había que esperar siempre mucho para poder optar a una oportunidad real y distendida que permitiera disfrutar de tamaños juguetes.
El caso es que igual aprendí a montar y corría y me sentía Roy Rogers, o Kirk Douglas, el Llanero Solitario o simplemente yo mismo cabalgando veloz o lentamente según la ocasión y el día, a traves de los bosques parapetados en la 8a. región, del cruce de Cabrero, 20 kms. hacia la cordillera, el bello Campanario, pueblo de mis amores.
Siempre que estimulaba al animal para que corriera lo más rápido que pudiera, yo sentía algo de miedo, miedo de que el corcel tropezara, que se abriera la tierra o algo así, de modo que era una mezcla de gran placer y una porción de excitación temerosa. Episodios dolorosos recuerdo dos: Uno en el que estando yo montado, me puse detrás de una yegua que estaba algo encabritada y acto seguido lanzó una patada que dió de lleno en mi pierna cerca de la rodilla. Me dolió mucho, mas, afortunadamente el incidente no pasó a mayores. Pudo haber tenido consecuencias lamentables.
El otro episodio sucedió un tiempo después. Yo debo haber tenido unos 14 años. Uno de los caballos de casa estuvo dos o tres días encerrado y no se alimentó bien. Y al tercer día lo ensillé, le puse las riendas y ¡a galopar! En un momento tomé una curva para cruzar la línea del tren y en el momento de doblar, el caballo tropezó, me fui de bruces al suelo y aterricé con la cabeza. Debo haber estado inconciente un minuto. Me subí de nuevo al "Huracán" volví a casa y estuve todo el resto de la tarde en cama con fiebre.
Lindas rememoranzas, cabalgar por el medio del bosque, camino naturalmente de tierra, el sol colándose por entre los árboles, la mañana o la tarde siempre agradable puesto que casi siempre esas historias ocurrían en verano
Pasó el tiempo y después más tiempo. Un día descubrí que ya no me gustaba subir al caballo. No por doctrina ecologista ni por ser devoto de Francisco de Asis, sí puedo reconocer que de un momento en adelante tomé conciencia de lo que por ejemplo tiene que ser para estos cuadrúpedos, sentir el fierro dentro de su hocico, presionando o suavemente o con toda brutalidad los labios, la lengua, el interior del aparato bucal del animal para que éste se detenga.
Tal vez me dije: No quiero obligar a un ser vivo a llevarme de aquí para allá, si puedo ir a pie o en bicicleta. Así fue que me alejé de los caballos, esos seres tan hermosos que encarnan a la perfección lo masculino con sus cabezas enormes y alargadas, su fuerza física, y lo femenino expresado en sus curvas, el lomo, las ancas.
No critico al que los usa. El caballo, el camello, el burro, el elefante´, el buey, son vehículos indispensables aún para no poca gente en el planeta. Lo que es yo cuando tenga mucho, mucho dinero, no voy a comprar caballos ni jirafas ni antílopes. A lo sumo y creo que sí, adquiriré al menos 4 cabalgaduras ojalá de madera, que formen parte de un precioso juego de ajedrez.
Comentario:
Querido Eduardo, Hermano mayor que coloreas el mundo para nosotros… Que agrado fue encontrarte en el espacio de esta caja, aun que el poder darte un abrazo y conversar algo por algún camino, hubiese tenido menos de frió y mas de calor. La necesidad de decirte esto, se viste de porvenir, de algún encuentro entre nos.
Valla la música que es amor de la vida.
Juan Francisco Lastra
Valla la música que es amor de la vida.
Juan Francisco Lastra
Comentario:
muy bueno el texto hermanito...
se lo robé espero q no se enoje..
lo publique en www.culturaenmovimiento.cl
echele un vistazo
salutes
ricardo
se lo robé espero q no se enoje..
lo publique en www.culturaenmovimiento.cl
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salutes
ricardo
Comentario:
Hummm, Bruce Lee dijo que los demonios que no son derrotados en esta vida, son traspasados a los hijos... y bueno... me siento un tanto aludida con el tema de la bicicleta... desde muy chica lloré por la bicicleta no obtenida. Por cosas de la vida, ya nadie sabe las razones, fui la única de los 4 hermanos que no tuvo bici. Asi que tuve que aprender a equilibrarme en dos ruedas en los turnos de descanso de sus conductores. Y aprendí. Y anhelé tener una bici, con toda el alma y no llegó. Lo gracioso del tema es que cuando tuve la oportunidad de comprarme una... no lo hice. Y ahora que nuevamente no puedo... pues me dieron ganas. Por lo pronto me compré una guitarra y galoparé entre sus notas, rememorando un pasado que no me pertenece, pero que llama con fuerte y claro mensaje.
Comentario:
Hummm, Bruce Lee dijo que los demonios que no son derrotados en esta vida, son traspasados a los hijos... y bueno... me siento un tanto aludida con el tema de la bicicleta... desde muy chica lloré por la bicicleta no obtenida. Por cosas de la vida, ya nadie sabe las razones, fui la única de los 4 hermanos que no tuvo bici. Asi que tuve que aprender a equilibrarme en dos ruedas en los turnos de descanso de sus conductores. Y aprendí. Y anhelé tener una bici, con toda el alma y no llegó. Lo gracioso del tema es que cuando tuve la oportunidad de comprarme una... no lo hice. Y ahora que nuevamente no puedo... pues me dieron ganas. Por lo pronto me compré una guitarra y galoparé entre sus notas, rememorando un pasado que no me pertenece, pero que llama con fuerte y claro mensaje.





