Comienza el viaje
Este blog va a estar dedicado a uno de los países más singulares del mundo: Islandia. A través de artículos y fotografías, vamos ha hacer un recorrido alrededor de esta isla donde se mezclan hielo y fuego.
Tierra salvaje

Islandia es uno de los confines de Europa. Se levanta sobre la conjunción de los océanos Ártico y Atlántico, a caballo entre las dos grandes placas continentales americana y eurasiática, que año tras año reclaman para sí una parte de esta remota isla. Debido a esta crítica ubicación sobre una de las zonas más notables del globo por su vulcanismo y fuerzas sísmicas, los asentamientos humanos han sido escasos y tardíos en Islandia, permitiendo que su desbordante e incontrolable naturaleza haya permanecido casi inalterada por la mano del hombre.
Por lo tanto, se trata de un lugar privilegiado, un reducto del planeta que todavía conserva su carácter salvaje. La sensación de pureza en su ambiente, en sus acuíferos y en sus paisajes es totalmente palpable en cada uno de sus rincones, tanto urbanos como naturales.
La bandera

La bandera de Islandia es muy similar al resto de banderas escandinavas.
Islandia como inspiración literaria
Islandia fue el punto de partida que eligió Julio Verne para una de sus novelas más célebres: Viaje al centro de la tierra. Como en toda buena historia de ciencia ficción, gran parte de su trama goza de un trasfondo real, el poderoso y casi perfecto cono volcánico del Snaefells (que servía de puerta de acceso a los personajes), así como las humildes aldeas de Budir y Arnastapi, que se encuentran en su falda, aún conservan un aspecto casi idéntico a la descripción que en su relato hacía el escritor francés. Todo lo que ha cambiado desde entonces se ha debido únicamente a las modificaciones que el planeta ha decidido por sí mismo mediante erupciones, corrimientos de tierra, flujos de lava y añadidos diversos. Tal vez Islandia no oculte en realidad el acceso al centro de la tierra, pero sí que permite mirar en sus entrañas y comprobar el corazón de un planeta latiendo sin parar.

La lengua
El islandés es un idioma complicado no sólo por su gramática y difícil pronunciación, debida, entre otros motivos a la enorme cantidad de signos de puntuación que poseen sus palabras, sino también porque, como prueba y reminiscencia de su origen como lengua germánica y su pervivencia casi invariable con respecto al nórdico antiguo del que deriva, cuenta con una serie de caracteres en su alfabeto que no aparecen en el abecedario latino.
Seres humanos y naturaleza: una relación singular

En Islandia, sus habitantes han aprendido a aprovechar, y no a intentar someter, la energía proveniente del subsuelo, que ofrece calefacción y agua a raudales. No en vano, ha sido una tierra de características peculiares desde que surgió del mar, cuyas duras condiciones fueron, sin embargo, idóneas para que los oprimidos vikingos, que ávidos de libertad abandonaron Noruega, pudieran convertirla en su hogar respetando las condiciones que se encontraron y que, de alguna manera, les debieron condicionar para respetarse a sí mismos como personas, mediante la creación del que sería el primer parlamento del mundo, el Althing, localizado con total sabiduría sobre dos mundos, las propias placas continentales de América y Eurasia, simbolizando la supeditación a los rigores de la tierra y a la necesidad humana de adaptarse a los cambios a través de la permisividad, la colaboración y la solidaridad.

Situación geográfica
Islandia se encuentra en el límite mismo del Círculo Polar Ártico, en el extremo noroeste del océano Atlántico entre los 63º 30’ y 66º 30’ de latitud norte, y los 14º y 25º de longitud oeste. Está a 800 km del norte de Escocia, a 970 km de la costa occidental de Noruega, y a 290 km de la región oriental de Groenlandia. Tan sólo la pequeña isla de Grimsey, en el norte islandés, sobrepasa y forma parte del territorio perteneciente al Círculo Polar.

El clima
A pesar de su localización junto al límite del Círculo Polar Ártico y su consecuentemente elevada latitud, el clima en Islandia resulta, en términos generales, mucho más templado de lo que cabría imaginar, debido sobre todo a la influencia de la cálida Corriente del Golfo y los vientos de compontente sudoccidental que llegan a la isla provenientes de las zonas tropicales del océano Atlántico.

Sin embargo, aunque Islandia goza de unas temperaturas estivales potencialmente agradables, la influencia de su proximidad con el entorno polar también provoca que los rigores del clima nórdico afecten cotidianamente a la isla, dando pie a curiosos y repentinos cambios climáticos. En Islandia se pueden experimentar características de las cuatro estaciones en apenas un par de horas.
Lógicamente, el verano nórdico, o más concretamente, el periodo comprendido entre junio y septiembre, es el lapso anual en el que la climatología local resulta más benigna por cuanto a temperatura se refiere, situándose la media de temperatura nacional en julio alrededor de los 15º C. Sin embargo, las zonas más soleadas durante estos meses son el norte y el este de la isla, ya que el resto de la misma puede permanecer cubierta de nubes tormentosas y con lluvia previsible a pesar de la llegada del estío.
Con todo, siempre hará más frío que calor en Islandia, hasta el punto de que, como consecuencia de la influencia polar, aunque el termómetro sobrepase con creces los 20º C, los vientos procedentes del ártico harán que cualquier valor resulte fresco y hasta desapacible.
El invierno islandés es muy riguroso en toda la isla. La nieve suele hacer su aparición a partir de noviembre, siendo habitual que la mayor parte del país quede enterrada bajo una especie de manto blanco que a menudo origina el aislamiento de un buen número de poblaciones. Aún así, la temperatura media en enero en Reykjavík se mantiene en 1º C, lo que no evita que los índices bajo cero sean cotidianos.

Sin embargo, aunque Islandia goza de unas temperaturas estivales potencialmente agradables, la influencia de su proximidad con el entorno polar también provoca que los rigores del clima nórdico afecten cotidianamente a la isla, dando pie a curiosos y repentinos cambios climáticos. En Islandia se pueden experimentar características de las cuatro estaciones en apenas un par de horas.
Lógicamente, el verano nórdico, o más concretamente, el periodo comprendido entre junio y septiembre, es el lapso anual en el que la climatología local resulta más benigna por cuanto a temperatura se refiere, situándose la media de temperatura nacional en julio alrededor de los 15º C. Sin embargo, las zonas más soleadas durante estos meses son el norte y el este de la isla, ya que el resto de la misma puede permanecer cubierta de nubes tormentosas y con lluvia previsible a pesar de la llegada del estío.
Con todo, siempre hará más frío que calor en Islandia, hasta el punto de que, como consecuencia de la influencia polar, aunque el termómetro sobrepase con creces los 20º C, los vientos procedentes del ártico harán que cualquier valor resulte fresco y hasta desapacible.
El invierno islandés es muy riguroso en toda la isla. La nieve suele hacer su aparición a partir de noviembre, siendo habitual que la mayor parte del país quede enterrada bajo una especie de manto blanco que a menudo origina el aislamiento de un buen número de poblaciones. Aún así, la temperatura media en enero en Reykjavík se mantiene en 1º C, lo que no evita que los índices bajo cero sean cotidianos.
Otros apuntes geográficos
Los poco más de 103.000 km2 de Islandia corresponden a unas dimensiones máximas de 500km de este a oeste y 300 km de norte a sur, que comprimen diversos accidentes geográficos entre los que prevalecen las llanuras desérticas, que superan la mitad del territorio nacional, y que se complementan con campos de lava, glaciares, y terrenos de sandur, o deltas arenosos que se depositan en las costas del sur como resultado de la formidable erosión de los casquetes de hielo en su avance desde los valles montanos.
El techo de Islandia es la montaña Hvannadalshnúkur, cuyo impronunciable pico se yergue a 2.119 m. sobre el nivel del mar, bajo los hielos del glaciar Oraefajökull. La altitud media de la isla se sitúa en torno a los 400 m., y debido a los enormes afloramientos magmáticos del país y a la abundancia de derrubios estériles piroclásticos, tan solo una quinta parte de las tierras de Islandia es relativamente apta para la agricultura y la sedentarización de la población, que se concentra principalmente en el extremo sudoccidental de la isla, soportando la capital, Reykjavík, casi el 50% del censo total de los islandeses.
De los sucintos territorios insulares adscritos a la nación, el más importante es Vestmannaeyjar, un archipiélago localizado frente a la pequeña población de Skógar, ante la costa del sudoeste, cuyo islote principal, Heimaey, surgió de océano debido a la intensa actividad volcánica hace menos de 10.000 años. De hecho, la isla de Surtsey, a 18 km de la anterior, se formó en apenas unos meses nada menos que en 1963.
El techo de Islandia es la montaña Hvannadalshnúkur, cuyo impronunciable pico se yergue a 2.119 m. sobre el nivel del mar, bajo los hielos del glaciar Oraefajökull. La altitud media de la isla se sitúa en torno a los 400 m., y debido a los enormes afloramientos magmáticos del país y a la abundancia de derrubios estériles piroclásticos, tan solo una quinta parte de las tierras de Islandia es relativamente apta para la agricultura y la sedentarización de la población, que se concentra principalmente en el extremo sudoccidental de la isla, soportando la capital, Reykjavík, casi el 50% del censo total de los islandeses.
De los sucintos territorios insulares adscritos a la nación, el más importante es Vestmannaeyjar, un archipiélago localizado frente a la pequeña población de Skógar, ante la costa del sudoeste, cuyo islote principal, Heimaey, surgió de océano debido a la intensa actividad volcánica hace menos de 10.000 años. De hecho, la isla de Surtsey, a 18 km de la anterior, se formó en apenas unos meses nada menos que en 1963.
El sol de medianoche
Por encima de los 66º 30’ de latitud norte y sur, la inclinación del eje terrestre hace que las regiones polares comprendidas en los respectivos Círculos Ártico y Antártico se encaren permanentemente al sol durante sus solsticios de verano. Este fenómeno tiene lugar en el hemisferio norte entre mayo y finales de julio, y en el sur entre noviembre y enero, originando que el astro rey no llegue a ocultarse tras el horizonte al llegar el ocaso de la tarde, lo que implica que la oscuridad de la noche no existe en beneficio de un atardecer luminoso.
En invierno sucede todo lo contrario. esto es, que los integrantes de los Círculos Polares nunca reciben los rayos del sol, por lo que la noche se prolonga durante semanas, sin que tenga lugar un nuevo amanecer cada 24 horas.
Aunque Islandia está situada inmediatamente por debajo del Círculo Polar Ártico, el sol de medianoche afecta a la isla entre mediados de mayo y la primera semana de agosto, fenómeno que se manifiesta en mayor modo en el norte del país, en torno al lago Myvatn. Allí se puede contemplar mejor que en ningún otro lado cómo el sol desciende hasta la línea del horizonte sin llegar a ocultarse, impidiendo que las estrellas sean visibles durante casi dos meses al año. Este periodo se caracteriza por la hiperactividad de los islandeses, quienes celebran en verano gran cantidad de festividades para beneficiarse del prolongado número de horas de luz natural, que compensa la perenne oscuridad invernal durante un tiempo idéntico.

En invierno sucede todo lo contrario. esto es, que los integrantes de los Círculos Polares nunca reciben los rayos del sol, por lo que la noche se prolonga durante semanas, sin que tenga lugar un nuevo amanecer cada 24 horas.
Aunque Islandia está situada inmediatamente por debajo del Círculo Polar Ártico, el sol de medianoche afecta a la isla entre mediados de mayo y la primera semana de agosto, fenómeno que se manifiesta en mayor modo en el norte del país, en torno al lago Myvatn. Allí se puede contemplar mejor que en ningún otro lado cómo el sol desciende hasta la línea del horizonte sin llegar a ocultarse, impidiendo que las estrellas sean visibles durante casi dos meses al año. Este periodo se caracteriza por la hiperactividad de los islandeses, quienes celebran en verano gran cantidad de festividades para beneficiarse del prolongado número de horas de luz natural, que compensa la perenne oscuridad invernal durante un tiempo idéntico.

La flora en Islandia

Una de las características más sorprendentes de Islandia es que se trata de un país sin árboles. Los paisajes suelen ser yermos, carentes de vegetación, y aún más de bosques. Según los primeros relatos pertenecientes a la era de la colonización, la isla contaba con gran número de árboledas, si bien es de suponer que en las latitudes donde se encuentra Islandia no creciesen más que pequeñas especies de sauces, las cuales debieron ser rápidamente aprovechadas por las primeras comunidades de inmigrantes como combustible al uso para alimentar los hogares que debían arder permanentemente durante el duro invierno. La posterior introducción del ganado ovino, devorador incansable de brotes frescos de nuevas generaciones boscosas, así como los campos de lava y las erupciones volcánicas debieron arrasar las ínfimas zonas verdes que todavía pudieran quedar.
En el presente, varias zonas de Islandia han sido reconvertidas en viveros con el fin de poblar nuevamente a la isla de sus desaparecidos árboles. Mientras esta operación prospera hacia buen término, lo único que podemos encontrar en esta tierra de hielo es su codiciado musgo, que medra admirablemente entre las coladas de escoria y otros materiales piroclásticos. Del mismo modo, el liquen aprovecha idénticos terrenos pero en regiones más elevadas sobre el nivel del mar, sobre las que el siguiente piso ecológico está ocupado por una sencilla tundra puramente ártica, la cual contrasta con las llanuras repletas de pastos en las áreas más bajas, en las que también crecen algunos tipos de arbustos, como el boj, así como contadas flores entre las que destacan la campanilla silvestre, la orquídea verde, la margarita y la saxífraga, si bien abundan en variedades adaptadas y oriundas de Europa continental.
Las distintas especies animales
La fauna islandesa es aún más reducida que su flora, siendo el zorro ártico el único mamífero endémico de la isla. Tiempo atrás, el oso polar compartió ocasionalmente este honor, debido a la llegada de pequeños grupos de estos animales abordo de témpanos de hielo procedentes de otras regiones norteñas. Sin embargo, los colonos islandeses siempre han mantenido una guerra abierta contra los osos, exterminando por sistema cualquier ejemplar que hubiese llegado hasta sus dominios.
Al margen de los mamíferos mencionados, en la actualidad hay en Islandia otros animles, como el cordero, la vaca o el reno, especies domésticas que han sido introducidas por el hombre para la explotación ganadera.
Otro tipo de mamíferos, los marinos, son mucho más abundantes en las aguas jurisdiccionales islandesas, como la foca gris, y casi una veintena de especies de ballenas. También en el océano abundan grandes bancos de peces, siendo los más numerosos de bacalao, halibut, arenque y lenguado. Entre los crustáceos, la gamba y la cigala son los más comunes.

Pero es en el capítulo de las aves donde Islandia posee una variedad más amplia, hasta el punto de que muchos ornitólogos dedicados a la investigación de especies árticas marinas encuentran en este confín del Atlántico una especie de paraíso terrenal. Entre las grandes colonias de aves que anidan en la isla destacan los pájaros bobos, las alcas, las gaviotas, los alcatraces, los petreles y las golondrinas árticas. Mención aparte merecen los frailecillos, que alcanzan poblaciones medias superiores a los 10 millones repartidos entre los distintos acantilados de la isla, así como los eiders, los conocidos ánades cuyas plumas son codiciadísimas para la confección de los casi homónimos edredones. Entre las especies en peligro de extinción islandesas cabe mencionar el águila de cola blanca y el falárope gris.
Al margen de los mamíferos mencionados, en la actualidad hay en Islandia otros animles, como el cordero, la vaca o el reno, especies domésticas que han sido introducidas por el hombre para la explotación ganadera.
Otro tipo de mamíferos, los marinos, son mucho más abundantes en las aguas jurisdiccionales islandesas, como la foca gris, y casi una veintena de especies de ballenas. También en el océano abundan grandes bancos de peces, siendo los más numerosos de bacalao, halibut, arenque y lenguado. Entre los crustáceos, la gamba y la cigala son los más comunes.
Pero es en el capítulo de las aves donde Islandia posee una variedad más amplia, hasta el punto de que muchos ornitólogos dedicados a la investigación de especies árticas marinas encuentran en este confín del Atlántico una especie de paraíso terrenal. Entre las grandes colonias de aves que anidan en la isla destacan los pájaros bobos, las alcas, las gaviotas, los alcatraces, los petreles y las golondrinas árticas. Mención aparte merecen los frailecillos, que alcanzan poblaciones medias superiores a los 10 millones repartidos entre los distintos acantilados de la isla, así como los eiders, los conocidos ánades cuyas plumas son codiciadísimas para la confección de los casi homónimos edredones. Entre las especies en peligro de extinción islandesas cabe mencionar el águila de cola blanca y el falárope gris.
La geología, un aspecto apasionante de Islandia
Islandia se enclava en el tercio septentrional de la enorme dorsal oceánica de más de 18.000 kilómetros de longitud que, con un eje norte-sur, disecciona y al mismo tiempo sirve de límite unilateral a las placas continentales americana y euroasiática.
La enorme actividad magmática a lo largo de este grandioso accidente geológico se manifiesta mediante potentes erupciones submarinas bajo el Atlántico y en forma de afloramientos insulares de naturaleza volcánica. Como consecuencia de esta violenta fuerza terúlica, el territorio formado por una buena parte de los fiordos occidentales así como una aplia extensión de la franja oriental de Islandia surgieron del mar hace apenas 16 millones de años, por lo que, desde el punto de vista geológico, la isla es una de las masas terrestres más jóvenes del planeta. No obstante, en los fiordos de occidente también quedan abundantes restos de la antigua masa emergida que hace 50 millones de años formaba la meseta de Thule, un puente de tierra entre Europa y Groenlandia, hoy desaparecido bajo las aguas del océano.
Sin embargo, la mayor parte de la restante superficie insular es mucho más reciente, por cuanto la ubicación de islandia sobre la mismísima dorsal atlántica y la consecuente partición de su tierra emergida en dos mitades pertenecientes a cada una de las mencionadas placas tectónicas, origina que los cataclismos y las erupciones volcánicas se manifiesten continuamente, hasta el punto de haberse estimado que la tercera parte de todas las coladas de lava surgidas en el globo en el último milenio se han generado en la inestable Islandia.
En la actualidad, el país posee un elevado número de volcanes activos, como Eldfell, Öraefi, Katla, Hekla y Grimsvötn. Los dos últimos erupcionaron, respectivamente en fechas tan recientes como 1991 y 1996. Del mismo modo, la terrible fisura volcánica de Krafla, en las inmediaciones del lago Myvatn, ha experimentado en el último cuarto de siglo notabilísimos afloramientos de lava, que continúan enfriándose en la actualidad, por lo que gran parte de la región cruzada por la falla mantienen a nivel de suelo unas temperaturas altísimas palpables por simple tacto y notorias por la peculiaridad de que diversos cultivos de tubérculos locales tuvieron que se abandonados al madurar cocidos directamente por el gran calor latente en el subsuelo.

Las manifestaciones geotermales acodes a la naturaleza de la isla constituyen uno de sus principales alicientes, en forma de fumarolas, solfataras, pozas de barros hirvientes, géiseres y manatiales en grado de ebullición. la topografía islandesa, del mismo modo, es abundante en cráteres, calderas y lagos volcánicos, destacando a nivel geológico los grandes depósitos de escoria, lava, riolita (lava ácida) y tefra en general (materiales varios expulsados durante una erupción).
Como formaciones naturales de origen magmático, las columnas basálticas constituyen sin género de dudas la variante más espectacular, debido a sus curiosos diseños geométricos, tal y como pueden contemplarse en Svartifoss (Parque Nacional de Skaftafell) y en el Parque de Jökulsárgljúfur, generados a raíz de la súbita contracción del material magmático al contacto con el aire.
La enorme actividad magmática a lo largo de este grandioso accidente geológico se manifiesta mediante potentes erupciones submarinas bajo el Atlántico y en forma de afloramientos insulares de naturaleza volcánica. Como consecuencia de esta violenta fuerza terúlica, el territorio formado por una buena parte de los fiordos occidentales así como una aplia extensión de la franja oriental de Islandia surgieron del mar hace apenas 16 millones de años, por lo que, desde el punto de vista geológico, la isla es una de las masas terrestres más jóvenes del planeta. No obstante, en los fiordos de occidente también quedan abundantes restos de la antigua masa emergida que hace 50 millones de años formaba la meseta de Thule, un puente de tierra entre Europa y Groenlandia, hoy desaparecido bajo las aguas del océano.
Sin embargo, la mayor parte de la restante superficie insular es mucho más reciente, por cuanto la ubicación de islandia sobre la mismísima dorsal atlántica y la consecuente partición de su tierra emergida en dos mitades pertenecientes a cada una de las mencionadas placas tectónicas, origina que los cataclismos y las erupciones volcánicas se manifiesten continuamente, hasta el punto de haberse estimado que la tercera parte de todas las coladas de lava surgidas en el globo en el último milenio se han generado en la inestable Islandia.
En la actualidad, el país posee un elevado número de volcanes activos, como Eldfell, Öraefi, Katla, Hekla y Grimsvötn. Los dos últimos erupcionaron, respectivamente en fechas tan recientes como 1991 y 1996. Del mismo modo, la terrible fisura volcánica de Krafla, en las inmediaciones del lago Myvatn, ha experimentado en el último cuarto de siglo notabilísimos afloramientos de lava, que continúan enfriándose en la actualidad, por lo que gran parte de la región cruzada por la falla mantienen a nivel de suelo unas temperaturas altísimas palpables por simple tacto y notorias por la peculiaridad de que diversos cultivos de tubérculos locales tuvieron que se abandonados al madurar cocidos directamente por el gran calor latente en el subsuelo.

Las manifestaciones geotermales acodes a la naturaleza de la isla constituyen uno de sus principales alicientes, en forma de fumarolas, solfataras, pozas de barros hirvientes, géiseres y manatiales en grado de ebullición. la topografía islandesa, del mismo modo, es abundante en cráteres, calderas y lagos volcánicos, destacando a nivel geológico los grandes depósitos de escoria, lava, riolita (lava ácida) y tefra en general (materiales varios expulsados durante una erupción).
Como formaciones naturales de origen magmático, las columnas basálticas constituyen sin género de dudas la variante más espectacular, debido a sus curiosos diseños geométricos, tal y como pueden contemplarse en Svartifoss (Parque Nacional de Skaftafell) y en el Parque de Jökulsárgljúfur, generados a raíz de la súbita contracción del material magmático al contacto con el aire.
Los islandeses
Islandia posee alrededor de 270.000 habitantes, de los que más del 60% viven en el área metropolitana de Rekjavík, centro neurálgico, económico y político del país, a pesar de que la capital islandesa tenga el aspecto de una pequeña ciudad provinciana.
Las demás poblaciones, incluyendo las más notorias, como Eglisstadir o Akureyri, tienen unas dimensiones aún más reducidas y, por descontado, un censo de vecinos netamente inferior. De hecho, la mayoría de las aldeas o pueblos islandeses cuentan con una media de 200 habitantes, mientras que en las aisladas y diseminadas granjas suelen convivir núcleos familiares de entre 4 y 10 personas.
Los islandeses cuentan con un altísimo nivel de vida, que se manifiesta, entre otras maneras, en una esperanza de vida de 76 años para los hombres y 80 para las mujeres. Siendo un país con una densidad de habitantes tan baja, el gobierno anima y fomenta los nacimientos, se sitúan en un elevado índice de 17,4 alumbramientos por cada 1000 mujeres.
Especialmente notoria resulta la permisividad social imperante en la isla, traducida en la enorme cantidad de parejas de hecho y madres solteras del país, que por lo general, suelen tener sus primeros hijos mucho antes de contraer matrimonio, sin que esto suponga ninguna lacra en su vecindad.
Por lo demás, el pueblo islandés es objeto de una curiosa contradicción, y es que si bien su tradición, lengua y costumbres son antiquísimas y se remontan a los usos y maneras de los antiguos vikingos que inmigraron a la isla a partir del siglo IX, la pureza de sangre escandinava es bajísima, ya que, desde los orígenes de la nación los habitantes primeros se mezclaron con otros colonos celtas de cuya unión desciende la población actual.
Las demás poblaciones, incluyendo las más notorias, como Eglisstadir o Akureyri, tienen unas dimensiones aún más reducidas y, por descontado, un censo de vecinos netamente inferior. De hecho, la mayoría de las aldeas o pueblos islandeses cuentan con una media de 200 habitantes, mientras que en las aisladas y diseminadas granjas suelen convivir núcleos familiares de entre 4 y 10 personas.
Los islandeses cuentan con un altísimo nivel de vida, que se manifiesta, entre otras maneras, en una esperanza de vida de 76 años para los hombres y 80 para las mujeres. Siendo un país con una densidad de habitantes tan baja, el gobierno anima y fomenta los nacimientos, se sitúan en un elevado índice de 17,4 alumbramientos por cada 1000 mujeres.
Especialmente notoria resulta la permisividad social imperante en la isla, traducida en la enorme cantidad de parejas de hecho y madres solteras del país, que por lo general, suelen tener sus primeros hijos mucho antes de contraer matrimonio, sin que esto suponga ninguna lacra en su vecindad.
Por lo demás, el pueblo islandés es objeto de una curiosa contradicción, y es que si bien su tradición, lengua y costumbres son antiquísimas y se remontan a los usos y maneras de los antiguos vikingos que inmigraron a la isla a partir del siglo IX, la pureza de sangre escandinava es bajísima, ya que, desde los orígenes de la nación los habitantes primeros se mezclaron con otros colonos celtas de cuya unión desciende la población actual.
Anécdotas relacionadas con la seguridad en la isla
En Islandia, la delincuencia constituye una auténtica y genuina rareza. Cualquier acto delictivo que se produzca, por pequeño que sea, alcanza tal notoriedad que enseguida es publicado en la primera página de toda la prensa local. La seguridad en la isla se evidencia por dos peculiaridades contundentes: la policía, cuya presencia para totalmente inadvertida, no va armada; y las puertas de las viviendas, sobre todo fuera de Reykjavík, no suelen cerrarse nunca con llave. La única conflictividad social social latente en Islandia, es la tendencia al alcoholismo compulsivo de buena parte de la población, debido precisamente a las estrictas normativas que pesan sobre la comercialización de este producto. Curiosamente, uno de los principales cometidos. Como anécdota añadida a la notoria ausencia de inseguridad ciudadana en Islandia, baste añadir que la insignificante población reclusa del país goza de permisos regulares durante todas las fiestas nacionales.
Nuestro viaje a Islandia
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Después de la información general y de las curiosidades sobre el país, os voy a contar cómo fue el viaje que hicimos mi familia y yo en el año 2002.

¿Cómo surgió la idea de ir a Islandia?
A mis padres siempre les ha gustado mucho viajar, y por ello, desde pequeñas mi hermana y yo hemos recorrido Europa junto a ellos. Nuestra forma habitual de viajar es en autocaravana, un medio que te permite hacer un viaje a medida, sin necesidad de una excesiva planificación. Sin embargo, el verano de 2002 iba a ser diferente. Mis padres levaban bastante tiempo planteándose la posibilidad de cambiar nuestra autocaravana. Yo no quería, pero ya tenía 13 años y, a pesar de que la habíamos cuidado mucho, 13 años ya son muchos para un vehículo. Casualmente, unos meses antes del verano, surgieron unos compradores, a través de unos amigos que también tenían autocaravana y con los que habíamos hecho muchos viajes juntos. Muy a mi pesar, tuve que despedirme de nuestra “furgonetita”, con la que habíamos recorrido tantos kilómetros.
Como fue algo un tanto repentino, y aunque mis padres pronto se decidieron por un modelo para reemplazarla, nos encontramos con que ese verano no teníamos plan. Por primera vez, teníamos total libertad para elegir el destino (no dependíamos de que fuese un lugar al que pudiésemos llegar por carretera). Barajamos varias posibilidades, pero muy pronto surgió el nombre de Islandia, país del cual mi hermana había visto un documental. De inmediato, la idea nos sedujo a todos. El viaje más emblemático que habíamos hecho hasta el momento había sido al Cabo Norte, punto más septentrional de Noruega, y de Europa continental, y nos habían maravillado los países escandinavos. Además, en verano, siempre buscábamos destinos que nos permitiesen escapar, aunque sólo fuese durante unos días, del calor agobiante de valencia. Además, el 22 de agosto de ese año, mi padre cumpliría los 50, y nos pareció que Islandia sería un destino muy especial en el que celebrarlo. Y de hecho, lo fue.
Como fue algo un tanto repentino, y aunque mis padres pronto se decidieron por un modelo para reemplazarla, nos encontramos con que ese verano no teníamos plan. Por primera vez, teníamos total libertad para elegir el destino (no dependíamos de que fuese un lugar al que pudiésemos llegar por carretera). Barajamos varias posibilidades, pero muy pronto surgió el nombre de Islandia, país del cual mi hermana había visto un documental. De inmediato, la idea nos sedujo a todos. El viaje más emblemático que habíamos hecho hasta el momento había sido al Cabo Norte, punto más septentrional de Noruega, y de Europa continental, y nos habían maravillado los países escandinavos. Además, en verano, siempre buscábamos destinos que nos permitiesen escapar, aunque sólo fuese durante unos días, del calor agobiante de valencia. Además, el 22 de agosto de ese año, mi padre cumpliría los 50, y nos pareció que Islandia sería un destino muy especial en el que celebrarlo. Y de hecho, lo fue.
Preparativos y contratiempos
A través de internet, empezamos a buscar información sobre el país y sus principales atractivos. Por suerte, había mucha información. También acudimos a una agencia de viajes para reservar el vuelo. Allí nos intentaron convencer de que fuésemos en un viaje organizado, ya que la mayor parte de la isla estaba deshabitada y no era recomendable viajar por tu cuenta. Pero la idea del viaje organizado no nos seducía en absoluto, así que preferimos arriesgarnos, y contratar únicamente los billetes del avión, para un vuelo charter que salía en verano desde Barcelona. Con las fechas del vuelo claras, empezamos a buscar alojamiento alrededor de la isla, pero sólo reservamos, a través de e-mails, para algunas noches. También alquilamos un coche, un pequeño todoterreno, para poder circular por todas las carreteras, muchas de las cuales no estaban asfaltadas.
Cuando ya lo teníamos todo organizado, surgió un contratiempo. En uno de sus largos paseos con nuestros dos perros, mi madre se cayó en una zanja de un tramo en obras, y se hizo un esguince bastante grave en el tobillo. Por suerte, mi hermana estaba con ella cuando le pasó, y nos llamó para que fuésemos a recogerlas. Cuando llegamos, mi madre se puso a llorar. Yo pensaba que era porque le dolía mucho, pero entonces empezó a decir: “Con la ilusión que me hacía irme...”. El verano anterior, ya nos habíamos quedado todos sin vacaciones porque mi padre se había roto el pie. Pero este año no iba a suceder lo mismo. Mi madre no estaba dispuesta a quedarse, y ya lo teníamos todo reservado, así que, con muletas y todo, se fue.
Cuando ya lo teníamos todo organizado, surgió un contratiempo. En uno de sus largos paseos con nuestros dos perros, mi madre se cayó en una zanja de un tramo en obras, y se hizo un esguince bastante grave en el tobillo. Por suerte, mi hermana estaba con ella cuando le pasó, y nos llamó para que fuésemos a recogerlas. Cuando llegamos, mi madre se puso a llorar. Yo pensaba que era porque le dolía mucho, pero entonces empezó a decir: “Con la ilusión que me hacía irme...”. El verano anterior, ya nos habíamos quedado todos sin vacaciones porque mi padre se había roto el pie. Pero este año no iba a suceder lo mismo. Mi madre no estaba dispuesta a quedarse, y ya lo teníamos todo reservado, así que, con muletas y todo, se fue.
13/09/2002
Comienza la aventura. Después de despedirnos de toda la familia animal, que se iba a pasar sus propias vacaciones a la casa que mis abuelos tienen rodeada de naranjos, salimos de Valencia rumbo a Barcelona, con el maletero lleno. No sólo llevábamos la ropa (que al ser de invierno, ocupaba mucho más), sino que también llevábamos los sacos de dormir, y algunas provisiones para poder sobrevivir los primeros días. El avión salió de El Prat, rumbo a Keflavik (el único aeropuerto internacional de Islandia) con un poco de retraso. El viaje duró cuatro horas, y cuando llegamos allí ya era tarde, pero todavía había luz. Mientras el avión se aproximaba a tierra, pudimos ver un paisaje completamente inusual: se trataba de una enorme llanura formada por restos de lava, en la que no había nada: ni árboles, ni casas... Era un paisaje casi lunar.
Cuando aterrizamos, había unos chicos esperándonos para darnos las llaves del coche. Pronto descubrimos nuestro primer error. A pesar de que el coche, en teoría, era para cuatro personas, en la práctica fue casi imposible que nos metiéramos los cuatro y todo el equipaje. Una vez conseguido, nos dirigimos al núcleo urbano de Keflavik, en busca de la casa de huéspedes que habíamos reservado. Tras dar unas cuantas vueltas, la encontramos (al fin y al cabo, Keflvik tampoco era tan grande). Un amable islandés llamado Wilmar nos enseñó nuestras habitaciones, y el resto de la casa, que compartíamos con otros turistas. Una vez instalados, como ya habíamos cenado en el avión, nos fuimos enseguida a la cama.

Cuando aterrizamos, había unos chicos esperándonos para darnos las llaves del coche. Pronto descubrimos nuestro primer error. A pesar de que el coche, en teoría, era para cuatro personas, en la práctica fue casi imposible que nos metiéramos los cuatro y todo el equipaje. Una vez conseguido, nos dirigimos al núcleo urbano de Keflavik, en busca de la casa de huéspedes que habíamos reservado. Tras dar unas cuantas vueltas, la encontramos (al fin y al cabo, Keflvik tampoco era tan grande). Un amable islandés llamado Wilmar nos enseñó nuestras habitaciones, y el resto de la casa, que compartíamos con otros turistas. Una vez instalados, como ya habíamos cenado en el avión, nos fuimos enseguida a la cama.

14/08/2002
Cuando nos levantamos, nuestra primera mañana en Islandia, el resto de los huéspedes de la casa donde estábamos ya se habían ido. En la cocina, encontramos una gran variedad de alimentos para desayunar, aunque nada típicamente islandés. Nuestra primera misión aquel día era cambiar el coche. Afortunadamente, no hubo ningún problema, aunque nuestro nuevo coche no era un todoterreno (un todoterreno grande desequilibraba demasiado nuestro presupuesto). El coche limitaba nuestras incursiones en el interior de la isla, pero esto no suponía un grave problema, ya que la ruta que habíamos previsto no se alejaba de la principal carretera de la isla, que la rodeaba. A lo largo de esta carretera se encontraban la mayoría de poblaciones y lugares a visitar.
Salvado este contratiempo, nos dirigimos al Laugarvatn, también conocido como Blue Lagoon, una de las principales atracciones de Islandia. Se trata de un lago, cuyas fuentes afloran en pozas de distintas temperaturas, debido a la actividad volcánica del subsuelo. Este lago, elegido por los antiguos cristianos islandeses para celebrar el rito del bautismo, es hoy una especie de balneario que recibe miles de visitantes al año. Allí nos dimos un baño en las calientes aguas, que más que azules, tenían un color blanquecino, debido al barro blanco que cubría el fondo y con el que la gente se cubría la cara. El contraste entre la temperatura del agua, y la del ambiente era enorme, por lo que lo único que manteníamos fuera del agua era la cabeza.

Por la tarde, tras el reconfortante baño en aguas volcánicas que nos dejó un extraño tacto en la piel y en el pelo (que ni siquiera el champú consiguió eliminar), fuimos a otro lugar emblemático en Islandia: Thingvellir, Parque Nacional donde se pueden ver los límites de las dos placas tectónicas norteamericana y eurasiática, en forma de dos acantilados hendidos por una falla, que lenta, pero continuamente se separan un poco más cada año, en función de las leyes impuestas por la deriva continental. Thingvellir es además el enclave de mayor importancia histórica de Islandia, ya que sobre este accidente geológico se instauró la que se considera la primera asamblea popular del mundo, el Althing, órgano de gobierno local que durante casi nueve siglos continuados se reunió en Thingvellir para trazar los destinos de la nación nórdica, hasta que en 1984 la institución se reubicó el la capital.
Por lo tanto, nuestro primer día en la isla fue muy completo. Esa noche y la siguiente, dormimos en una cabañita madera que habíamos reservado por internet, junto a un río, en la pequeña población de Hella.
Salvado este contratiempo, nos dirigimos al Laugarvatn, también conocido como Blue Lagoon, una de las principales atracciones de Islandia. Se trata de un lago, cuyas fuentes afloran en pozas de distintas temperaturas, debido a la actividad volcánica del subsuelo. Este lago, elegido por los antiguos cristianos islandeses para celebrar el rito del bautismo, es hoy una especie de balneario que recibe miles de visitantes al año. Allí nos dimos un baño en las calientes aguas, que más que azules, tenían un color blanquecino, debido al barro blanco que cubría el fondo y con el que la gente se cubría la cara. El contraste entre la temperatura del agua, y la del ambiente era enorme, por lo que lo único que manteníamos fuera del agua era la cabeza.
Por la tarde, tras el reconfortante baño en aguas volcánicas que nos dejó un extraño tacto en la piel y en el pelo (que ni siquiera el champú consiguió eliminar), fuimos a otro lugar emblemático en Islandia: Thingvellir, Parque Nacional donde se pueden ver los límites de las dos placas tectónicas norteamericana y eurasiática, en forma de dos acantilados hendidos por una falla, que lenta, pero continuamente se separan un poco más cada año, en función de las leyes impuestas por la deriva continental. Thingvellir es además el enclave de mayor importancia histórica de Islandia, ya que sobre este accidente geológico se instauró la que se considera la primera asamblea popular del mundo, el Althing, órgano de gobierno local que durante casi nueve siglos continuados se reunió en Thingvellir para trazar los destinos de la nación nórdica, hasta que en 1984 la institución se reubicó el la capital.
Por lo tanto, nuestro primer día en la isla fue muy completo. Esa noche y la siguiente, dormimos en una cabañita madera que habíamos reservado por internet, junto a un río, en la pequeña población de Hella.
15/08/2002
Nuestro tercer día en Islandia vimos un fenómeno único: un géiser. Se trata de un pozo que expele regularmente columnas de agua hirviente a presión, es como un surtidor de casi 20 metros. Es un fenómeno propio de zonas volcánicas. El día era muy desapacible, no sólo por la temperatura, sino también por el fuerte viento, pero ello no nos impidió disfrutar de algo tan poco habitual. El llamado Gran Geysir entró súbitamente en actividad alrededor del siglo XIII, y su columna de agua llegaba a alcanzar los 60 metros. Esto atrajo a muchos visitantes a lo largo de los siglos, y pronto se normalizó la costumbre de provocar el fenómeno arrojando grandes cantidades de jabón, que conseguían provocar el gran chorro casi a voluntad. Sin embargo, esto tuvo graves consecuencias, y el Gran Geysir comenzó a perder su actividad a principios del siglo XX. El que nosotros vimos fue el de Stokkur, el más famoso y regular de los géiseres menores. Y a pesar de ser considerado menor, impresiona igualmente.

Después del géiser, visitamos la impresionante cascada de Gullfoss. Su nombre se traduce exactamente como catarata dorada, expresión poética que hace referencia a la belleza del salto de agua, sobrecogedor con sus casi 2,5 km de anchura, por el que el río Hvitá se precipita al vacío desde 32 m. de altura, generando una inmensa poza que, en algunos lugares, alcanza hasta 70 metros de profundidad.
De vuelta a nuestra cabañita en Hella, pudimos observar el volcán de Heckla, el mayor exponente del vulcanismo en Islandia. La rotundidad y cadencia de sus erupciones han convertido a este volcán en uno de los fenómenos geológicos más estudiados por los científicos durante el siglo XX. La última erupción fue en 1991, y su espectacularidad logró captar la atención de los medios de comunicación mundiales. Después de cada erupción, debido al asentamiento y solidificación del material eyectado por el cono, la montaña crece. Esto ha dado lugar a un aumento paulatino de su altura, que, en la actualidad es de 1491 metros.

Después del géiser, visitamos la impresionante cascada de Gullfoss. Su nombre se traduce exactamente como catarata dorada, expresión poética que hace referencia a la belleza del salto de agua, sobrecogedor con sus casi 2,5 km de anchura, por el que el río Hvitá se precipita al vacío desde 32 m. de altura, generando una inmensa poza que, en algunos lugares, alcanza hasta 70 metros de profundidad.
De vuelta a nuestra cabañita en Hella, pudimos observar el volcán de Heckla, el mayor exponente del vulcanismo en Islandia. La rotundidad y cadencia de sus erupciones han convertido a este volcán en uno de los fenómenos geológicos más estudiados por los científicos durante el siglo XX. La última erupción fue en 1991, y su espectacularidad logró captar la atención de los medios de comunicación mundiales. Después de cada erupción, debido al asentamiento y solidificación del material eyectado por el cono, la montaña crece. Esto ha dado lugar a un aumento paulatino de su altura, que, en la actualidad es de 1491 metros.
16/08/2002

Hella, el pueblecito en el que nos encontrábamos, era famoso por sus granjas de caballos. Por ello, decidimos visitar una, la granja Árbakki. Los caballos autóctonos o eqqus scandinavicus son una variedad del antiguo caballo nórdico, pero que, a diferencia de los que todavía subsisten en Noruega, en islanda permanece puro e invariable en su raza desde los tiempos de la colonización, debido a que nunca se han cruzado con otros caballos foráneos. Este tipo de caballo es de talla pequeña, llegando raramente al metro y medio de alzada. Sin embargo, es muy resistente y dócil, y está dotado de una adaptación formidable al terreno abrupto de la isla. En la granja nos enseñaron cómo adiestraban a los caballos, y también nos presentaron a un pequeño potro, de tan sólo cuatro días. Sin embargo, no nos animamos a montar.
Tras la granja, y de camino a Vik, nos detuvimos para contemplar la cascada Seljalandfoss, una de las pocas cascadas que permite pasar por detrás de la cortina de agua, sin llegar a mojarse. Después de hacer esta parada, nos ocurrió algo muy curioso: estábamos escuchando una emisora de radio islandesa, y, de repente, empezó a sonar una música familiar. Se trataba de la canción Valencia, como después dijo la locutora en perfecto islandés. Nos quedamos muy sorprendidos, pero, por extraño que parezca, este no fue el único incidente de este tipo durante el viaje. También por el camino pudimos ver una de las lenguas del glaciar Myrdalsjökull.
Por fin llegamos a Vik, la población más meridional de Islandia. Allí pudimos ver Reynisdraungur, un conjunto de tres grandes rocas de aspecto monolítico que surgen del océano a poca distancia de la costa y del imponente acantilado de Reynisfjall. El más alto de los peñascos alcanza los 66 metros sobre la superficie del mar. Cada uno tiene su propio nombre, Skessudrangar, Landdrangar y Langhamrar, y según la creencia local, son los cuerpos petrificados de tres trolls, personajes de la mitología escandinava que se transforman en piedra cuando ven la luz del sol.
Aquella noche, la primera que no teníamos el alojamiento reservado, tuvimos que dormir en una habitación que tenían acondicionada con literas en una gasolinera, en mitad de la nada. Nos empezamos a preocupar, porque no sólo fue un alojamiento precario, sino también bastante caro. Sin embargo, este fue el peor sitio donde dormimos. A partir de este momento, supimos elegir mejor.
17/08/2002
Lo primero que atravesamos, tras dejar atrás la gasolinera, fue el desierto de Skeidarársandur, situado junto al glaciar de Vatnajökull. Este glaciar de 8.400 kilómetros cuadrados de extensión, lo cual lo convierte no sólo en la mayor masa de hielo nacional, sino también en la más grande de Europa, y en la tercera más grande del mundo, por detrás de los gigantescos bloques congelados de la Antártida y Groenlandia. Nos detuvimos en el Parque Natural de Skaftafell, y partimos, desde el centro excursionista donde había bastante gente (para tratarse de Islandia), en una excursión hasta la lengua del glaciar. No fue una excursión excesivamente larga, pero teniendo en cuenta que mi madre hizo el recorrido con muletas, estuvo bastante bien.
Por la tarde, tuvimos la oportunidad de ver otra de las maravillas naturales fruto de este glaciar: el lago de Jökulsárlón. Lugar predilecto para rodar películas y anuncios publicitarios (entre ellos, una película de James Bond), se trata de un lago formado por el deshielo del glaciar y conectado con el mar. En él se pueden contemplar enormes icebergs, que pudimos observar de cerca gracias al trayecto en un curioso medio de transporte anfibio, que era capaz de ir por tierra y mar. Jökulsárlón alcanza una profundidad media de 100 metros y una anchura de 500 metros. La longitud total comprendida dentro del área protegida del Parque Nacional se extiende a lo largo de 35 kilómetros, ocupando una superficie de 150 kilómetros cuadrados. En este lago sí que pudimos sentir el verdadero frío polar, a pesar de nuestra esforzada indumentaria, y de los enormes chalecos naranjas que debíamos llevar dentro del barco.

Nuestro alojamiento ese día fue una residencia escolar, acondicionadas en verano para recibir turistas. En ella coincidimos con unos alicantinos, hecho muy curioso, ya que éramos los únicos en la residencia. Ellos habían llegado hasta el país después de atravesar toda Europa por carretera hasta Noruega, donde habían cogido un ferry que hacía escala en las islas Feroe. Viajaban en dos todoterreno impresionantes, con los que incluso podían atravesar ríos. Tras contarnos su experiencia, decidimos que, la próxima vez que volviésemos a Islandia, lo haríamos en autocaravana, ya que, cuanto más conocíamos el país, más constatábamos que era el lugar ideal para un recorrido en autocaravana.
Por la tarde, tuvimos la oportunidad de ver otra de las maravillas naturales fruto de este glaciar: el lago de Jökulsárlón. Lugar predilecto para rodar películas y anuncios publicitarios (entre ellos, una película de James Bond), se trata de un lago formado por el deshielo del glaciar y conectado con el mar. En él se pueden contemplar enormes icebergs, que pudimos observar de cerca gracias al trayecto en un curioso medio de transporte anfibio, que era capaz de ir por tierra y mar. Jökulsárlón alcanza una profundidad media de 100 metros y una anchura de 500 metros. La longitud total comprendida dentro del área protegida del Parque Nacional se extiende a lo largo de 35 kilómetros, ocupando una superficie de 150 kilómetros cuadrados. En este lago sí que pudimos sentir el verdadero frío polar, a pesar de nuestra esforzada indumentaria, y de los enormes chalecos naranjas que debíamos llevar dentro del barco.
Nuestro alojamiento ese día fue una residencia escolar, acondicionadas en verano para recibir turistas. En ella coincidimos con unos alicantinos, hecho muy curioso, ya que éramos los únicos en la residencia. Ellos habían llegado hasta el país después de atravesar toda Europa por carretera hasta Noruega, donde habían cogido un ferry que hacía escala en las islas Feroe. Viajaban en dos todoterreno impresionantes, con los que incluso podían atravesar ríos. Tras contarnos su experiencia, decidimos que, la próxima vez que volviésemos a Islandia, lo haríamos en autocaravana, ya que, cuanto más conocíamos el país, más constatábamos que era el lugar ideal para un recorrido en autocaravana.
18/08/2002
Hasta este momento, habíamos visto la parte sur de la isla. Para llegar al norte, teníamos que atravesar un gran desierto por una pista forestal llena de baches, por lo tanto, se trataba de un día de transición. Durante todo el trayecto no nos cruzamos con ningún coche ni con ninguna persona. Lo único que veíamos, ocasionalmente, eran ovejas junto a los riachuelos. Por suerte, encontramos, en medio del desierto, una pequeña granja, en la que tenían una casa para alojar a viajeros. Era una casa un tanto tenebrosa, pero la noche resultó bastante divertida. Había una antigua televisión en la que se veían las dos únicas cadenas de Islandia. Afortunadamente, la mayor parte de la programación era en inglés, ya que en Islandia no se pueden permitir doblar la producción extranjera porque no hay suficientes telespectadores. Para nuestro asombro, la película de esa noche no era americana, sino española. Así que, en mitad d eun desierto islandés tuvimos la oportunidad de ver Asfalto en castellano. Seguro que a un islandés nunca le pasaría eso en España.
19/08/2002
Tras nuestra noche de cine español, conseguimos salir del desierto y llegar al norte, no sin algún que otro contratiempo. La primera parada del día fue en la cascada de Dettifoss, una cascada que alcanza un volumen gigantesco debido al agua de deshielo proveniente del glaciar Vatnajökull, esta vez por su vertiente norte. Después de ver esta cascada, y cuando estábamos a punto de dejar la pista forestal, tuvimos un pinchazo. Tuvimos que poner la rueda de repuesto hasta llegar a la ciudad de Húsavík, donde encontramos una casa de neumáticos. Llamamos a la empresa de alquiler y nos dijeron que teníamos que correr nosotros con los gastos. Cuando a mi padre le dijeron el precio de la rueda, casi le da un ataque. En Islandia es todo muy caro porque todo debe ser importado de Europa o de América, pero los neumáticos lo son especialmente.
Ese día hicimos otro gasto importante, pero esta vez al menos pagamos a gusto. Fuimos, a bordo de un pequeño barco, a ver ballenas en la bahía de Húsavík. En las aguas que rodean Islandia se pueden encontrar hasta 20 clases de ballenas distintas. Nosotros sólo vimos a una, pero fue bastante emocionante. El barco se alejaba durante unos 30 minutos de la costa. Después, paraba los motores, y esperaba a que su guía, una bióloga que iba subida en el mástil equipada con unos prismáticos, localizara a un ejemplar. Una vez localizado, el barco intentaba acercarse. El problema es que las ballenas permanecen uno o dos minutos en la superficie, y después se sumergen durante aproximadamente 10 minutos. Durante ese tiempo, se pueden desplazar considerablemente, y volver a salir a la superficie en un lugar completamente distinto al anterior. Por ello, es bastante difícil conseguir acercarse a ellas. A los que sí que les gusta acercarse es a los delfines, que, en ocasiones, parece incluso que estén llevando a cabo un espectáculo como el de los delfinarios. En su conjunto, fue una experiencia llena de emoción y tensión. Todos los que íbamos a bordo permanecíamos en silencio, mirando al horizonte, intentando averiguar por dónde saldría la ballena la próxima vez. Tras un par de horas, volvimos a la costa. Ya se estaba haciendo tarde, y hacía mucho frío, pero la tripulación nos ofreció chocolate caliente y bollos para que entrásemos en calor.

Ese día hicimos otro gasto importante, pero esta vez al menos pagamos a gusto. Fuimos, a bordo de un pequeño barco, a ver ballenas en la bahía de Húsavík. En las aguas que rodean Islandia se pueden encontrar hasta 20 clases de ballenas distintas. Nosotros sólo vimos a una, pero fue bastante emocionante. El barco se alejaba durante unos 30 minutos de la costa. Después, paraba los motores, y esperaba a que su guía, una bióloga que iba subida en el mástil equipada con unos prismáticos, localizara a un ejemplar. Una vez localizado, el barco intentaba acercarse. El problema es que las ballenas permanecen uno o dos minutos en la superficie, y después se sumergen durante aproximadamente 10 minutos. Durante ese tiempo, se pueden desplazar considerablemente, y volver a salir a la superficie en un lugar completamente distinto al anterior. Por ello, es bastante difícil conseguir acercarse a ellas. A los que sí que les gusta acercarse es a los delfines, que, en ocasiones, parece incluso que estén llevando a cabo un espectáculo como el de los delfinarios. En su conjunto, fue una experiencia llena de emoción y tensión. Todos los que íbamos a bordo permanecíamos en silencio, mirando al horizonte, intentando averiguar por dónde saldría la ballena la próxima vez. Tras un par de horas, volvimos a la costa. Ya se estaba haciendo tarde, y hacía mucho frío, pero la tripulación nos ofreció chocolate caliente y bollos para que entrásemos en calor.
20/08/2002
Tras pasar la noche en unas cabañitas dobles muy bien equipadas, visitamos una granja tradicional típica islandesa. Lo que más llama la atención de estas construcciones de madera son sus tejados hechos a base de ramas, en apariencia muy frágiles, pero capaces de soportar las duras condiciones climáticas de la isla.

A continuación, visitamos las fumarolas de Hverir, en Namafjall, un paisaje formado por tonalidades ocre, y donde se daban distintos fenómenos volcánicos. Junto a las fumarolas por las que no dejaba de salir un vapor que impregnaba el ambiente de un olor característico, también había pozas de barro hirviendo, de un color grisáceo. Mi hermana y yo subimos hasta lo alto de una de las colinas de la zona, para poder contemplar una vista general de todo el conjunto.

Cerca de Hverrir, estuvimos recorriendo el volcán de Krafla, que llama la atención porque en lugar de ser un volcán convencional, tiene un cráter de fisura. Es decir que la lava no es expulsada por una enorme montaña con forma de cono, sino por una grieta. Allí pudimos ver y tocar lava todavía humeante, a pesar de que la última erupción fue en 1984.
Muy cerca de estos fenómenos volcánicos se encuentra el lago Myvatn, también resultado de la actividad volcánica, aunque a simple vista no sea tan evidente como en los emplazamientos anteriores. En este lago, cuyo nombre se podría traducir por el de “lago de las moscas” por la abundancia de estos insectos, los antiguos cráteres están cubiertos por agua y vegetación.

Tras visitar la zona volcánica, paseamos por la segunda ciudad más importante de Islandia, Akureyri. En cualquier otro país, por sus dimensiones, no habría pasado de ser un pequeño pueblecito, pero en Islandia es la capital del norte. Destacan sus casas pintadas de vivos colores y, sobre todo, su pequeño aeropuerto para avionetas, construido en mitad de un fiordo.
Nuestro alojamiento de esa noche sería espectacular: una gran cabaña de madera con diversas habitaciones, en la que además había una sauna (en el interior) y un hot pot o jacuzzi (en el exterior). Nos hubiera gustado pasar más tiempo allí, pero, por desgracia, no estaba en una zona particularmente interesante, y a nosotros se nos estaba acabando el tiempo. Aún así, no dejamos de disfrutar de todos sus lujos.
A continuación, visitamos las fumarolas de Hverir, en Namafjall, un paisaje formado por tonalidades ocre, y donde se daban distintos fenómenos volcánicos. Junto a las fumarolas por las que no dejaba de salir un vapor que impregnaba el ambiente de un olor característico, también había pozas de barro hirviendo, de un color grisáceo. Mi hermana y yo subimos hasta lo alto de una de las colinas de la zona, para poder contemplar una vista general de todo el conjunto.
Cerca de Hverrir, estuvimos recorriendo el volcán de Krafla, que llama la atención porque en lugar de ser un volcán convencional, tiene un cráter de fisura. Es decir que la lava no es expulsada por una enorme montaña con forma de cono, sino por una grieta. Allí pudimos ver y tocar lava todavía humeante, a pesar de que la última erupción fue en 1984.
Muy cerca de estos fenómenos volcánicos se encuentra el lago Myvatn, también resultado de la actividad volcánica, aunque a simple vista no sea tan evidente como en los emplazamientos anteriores. En este lago, cuyo nombre se podría traducir por el de “lago de las moscas” por la abundancia de estos insectos, los antiguos cráteres están cubiertos por agua y vegetación.

Tras visitar la zona volcánica, paseamos por la segunda ciudad más importante de Islandia, Akureyri. En cualquier otro país, por sus dimensiones, no habría pasado de ser un pequeño pueblecito, pero en Islandia es la capital del norte. Destacan sus casas pintadas de vivos colores y, sobre todo, su pequeño aeropuerto para avionetas, construido en mitad de un fiordo.
Nuestro alojamiento de esa noche sería espectacular: una gran cabaña de madera con diversas habitaciones, en la que además había una sauna (en el interior) y un hot pot o jacuzzi (en el exterior). Nos hubiera gustado pasar más tiempo allí, pero, por desgracia, no estaba en una zona particularmente interesante, y a nosotros se nos estaba acabando el tiempo. Aún así, no dejamos de disfrutar de todos sus lujos.
21/08/2002
Nuestro viaje se acercaba al final y estábamos a punto de completar el círculo. Ésa mañana estuvimos recorriendo los acantilados de Arnastapi, donde había una enorme cantidad de pájaros. En ocasiones, cuando todos levantaban el vuelo a la vez, resultaba un tanto inquietante.
Por fin, llegábamos a Reykjavík. La verdad es que no había demasiado ambiente en la capital, pero, después de tanto tiempo sin ver prácticamente a nadie, no lo echábamos de menos. Tras pasear por sus calles, fuimos a visitar el zoo. Parecía que lo hubieran abierto especialmente para nosotros, porque éramos los únicos visitantes. Los encargados de alimentar a los animales, una chica y un perro muy juguetón, siguieron el mismo recorrido que nosotros, y así pudimos ver bien a todos los animales. La mayoría eran especies autóctonas de la isla, o al menos presentes en ella. Lo más curioso fue ver cómo el perro de la cuidadora jugaba con una pequeña cría de foca. Los pequeños zorros árticos también nos llamaron mucho la atención. Tras el zoo fuimos a parar, por casualidad, en un mercado de objetos de segunda mano, en el cual sí que había mucho movimiento. Por primera vez en todo el viaje, vimos aglomeraciones de gente, parecía que toda la ciudad estuviera allí.

Por fin, llegábamos a Reykjavík. La verdad es que no había demasiado ambiente en la capital, pero, después de tanto tiempo sin ver prácticamente a nadie, no lo echábamos de menos. Tras pasear por sus calles, fuimos a visitar el zoo. Parecía que lo hubieran abierto especialmente para nosotros, porque éramos los únicos visitantes. Los encargados de alimentar a los animales, una chica y un perro muy juguetón, siguieron el mismo recorrido que nosotros, y así pudimos ver bien a todos los animales. La mayoría eran especies autóctonas de la isla, o al menos presentes en ella. Lo más curioso fue ver cómo el perro de la cuidadora jugaba con una pequeña cría de foca. Los pequeños zorros árticos también nos llamaron mucho la atención. Tras el zoo fuimos a parar, por casualidad, en un mercado de objetos de segunda mano, en el cual sí que había mucho movimiento. Por primera vez en todo el viaje, vimos aglomeraciones de gente, parecía que toda la ciudad estuviera allí.

22/08/2002
El viaje había llegado a su fin. Pero antes, aún nos quedaba algo por celebrar. Mi padre cumplía ese año los 50, y lo celebramos con un bizcocho al que le pusimos velas, y que tomamos para desayunar. Todos nos sentíamos tristes por tener que volver, pero no quedaba más remedio. Salimos pronto porque teníamos que recorrer bastantes kilómetros hasta el aeropuerto de Keflavik. Por suerte, no hubo ningún imprevisto. Dejamos el coche en el aeropuerto. Esta vez, el avión no salió con retraso, pero el vuelo fue bastante más ajetreado, debido a las numerosas turbulencias.
Barcelona nos recibió con una enorme tormenta, mucho peor que cualquiera de las de Islandia. Al menos, así el contraste no fue tan fuerte. Con un poco de imaginación, aún podíamos imaginar que seguíamos allí.
Barcelona nos recibió con una enorme tormenta, mucho peor que cualquiera de las de Islandia. Al menos, así el contraste no fue tan fuerte. Con un poco de imaginación, aún podíamos imaginar que seguíamos allí.
Valoración del viaje

Nuestro viaje a Islandia fue sin duda una de las experiencias más especiales que hemos vivido. Islandia no se parecía a nada de lo que conocíamos con anterioridad. Rasgos como la ausencia de árboles y la escasa densidad de población te provocan en ocasiones la sensación de que estás en otro planeta. Cada día descubres una cosa nueva, algo tan espectacular que no crees que pueda ser superado, pero, al día siguiente conoces algo todavía más espectacular. Nunca, en tan poco espacio y tan poco tiempo, habíamos visto tantos contrastes. Islandia es, sin duda, un lugar que te deja una profunda huella.





