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- Quique Porcar Garrett -
Aristócrata Indio convertido al Jainismo carnívoro y feroz. De estirpe anglosajona, destacó desde niño en la cria de flamencos paticortos haciendose muy famoso en bautizos y pasos a nivel. Ya de mayor se ganaba el jornal como sonámbulo en campos de golf, trabajo que le causó terribles dolores de cabeza.
Decidió entonces hacer carrera de periodista, y desde ese momento, junto con su amada Aga, no han parado de patearse medio mundo subidos a su burra famélica, hasta que esta se enamoró de un vendedor de naranjas de carretera y les abandonó justo a mitad de camino. Justo en el medio. En el oriente medio.

Atharva-Veda Syndicate
 
Fiesta en la Embajada
El viernes pasado se celebró la Fiesta de la Hispanidad en la Embajada Española, y como no, los flamantes becarios fuímos invitados, con invitación oficial que guardo como oro en paño.
Una estricta etiqueta y unos comensales de alta alcurnia prometían una fiesta un tanto aburrida, pero la realidad fue bien distinta. La llegada a la fiesta ya marcó lo que sería el devenir del acontecimiento
El Sr. Embajador había convocado a sus invitados a las 19:30 en los jardines de su residencia privada, adjunta a la embajada, y yo y mi compañero de piso decidimos ir en taxi, pues el rickshaw resultaría demasiado innoble para aparecer, todo trajeado, en una fiesta de tal abolengo. Y como no, no conseguimos hacernos con una taxi, y a las 19:10, andando entre un mar de coches, decidimos tomar un rickshaw como última alternativa. Fue difícil hacer entender al conductor del "rickie" nustro destino, pero al final, tras leer la dirección en la tarjeta de invitación, comprendió.
A medio camino, torturado por la idea de hacer nuestra llegada montados en tal sucio medio de transporte, le dijimos al conductor que nos dejara un número más abajo, en vez del 12, en el 14, y caminar el trecho restante y conservar un poco de nuestra dignidad.
Sin embargo, el conductor había leído que nuestro destino era el 12, y, movido ya sea por la ignorancia, la maldad o una programación robótica, nos plantó justo en la puerta del embajador, donde una serie de policías, invitados y camareros se aglomeraban en la puerta. Triunfal.
En la fiesta, unas 500 personas disfrutamos de un cocktail tipical espanis, de unos bailes regionales bastante interesantes y de una cena preparada por un valenciano de Alfafar de la que destacaría unas paellas particularmente deleznables. Además del personal de la embajada y la oficina comercial, había empresarios españoles autoridades indias, embajadores de otros países y un enorme séquito de camareros. Poco a poco, los invitados se fueron yendo, salvo los españoles, que nos aferramos como lapas a la barra libre y practicamos el deporte que mejor se nos da. Para haceros una idea, imaginaos una pandilla de gremlins encorbatados sueltos en los jardines del embajador. Para acabar la fiesta, nos desplazamos a una discoteca de un hotel, y allí que quemamos nuestros últimos cartuchos y gastamos nuestras últimas rupias.
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