siempre nos quedará París
Acerca de
Cada vez que amanda abre una puerta, allí le espera París.

Sentada en un banco a orillas del Sena, amanda está leyendo
Cortafuegos de Henning Mankell
Sindicación
 
La biblioteca del domingo.
La ficha de hoy es la de un libro que leí hace tiempo, recién publicado en España, prestado por una amiga que comparte conmigo la afición por la (buena) novela policíaca y de misterio.
En aquel momento hice algunos apuntes y devoví el libro. Aunque de lectura entretenida, no consideré imprescindible comprarlo, cosa que sí hago con los que realmente me interesan y quiero guardar en mi biblioteca. Hoy, después del 'boom' que ha supuesto, prefiero copiar una crítica, que suscribo, referida tanto a éste como a su saga posterior.

El Código da Vinci de Dan Brown 2.003.

"...La literatura de anticuario es una especie de thriller intelectual o pseudointelectual que busca explicaciones globales a los misterios insolubles y, para delicia de la aburrida clase media occidental ¡las encuentra!. Las encuentra aunque sean contradictorias, falsas o directamente fantasía. Ese es el éxito: había una demanda acumulada de lógica esotérica, de raíz culta, que ahora puede saciarse..."

Fórmula da Vinci: parió el Código Margarita Rivière Qué leer Septiembre 2004
 
E la nave va...
Esta ya casi pasada semana, encerrada como nunca en mí misma, rodeándome de mi propia depresión, he pasado como de puntillas por el resto del mundo, mirando de reojo cosas que, en otros momentos, me hubiesen sublevado, emocionado, inspirado, preocupado...
Hoy, con más tiempo, de nuevo relajada, repaso mis notas (no he dejado de escribir, ahora siempre salgo de casa con un cuaderno y, al menos, un lápiz) y quiero dejar aquí una enumeración somera y quizá patética, lo sé, de esas 'otras' cosas, que también forman parte de mi vida.

Arafat enfermo, lo han trasladado a París. ¿Podrá volver a Palestina?

¿Un centro cívico con el nombre del ex-alcalde acosador? ¡Cuánta presión ha debido sentir Rajoy para llamar al orden y obligar a retirar la propuesta!

Las niñas francesas musulmanas expulsadas de las escuelas. Como bien dice una de ellas, el Estado ha de ser laico, no los ciudadanos.

El ejecutivo y las televisiones pactan desarrollar un código para proteger a los menores de la telebasura. ¿Por qué sólo a los menores?

El católico Buttiglione ha caído de la lista. Pondrán a otro semejante, ya se encargará de ello Berlusconi, sólo espero que los parlamentarios mantengan los ojos y los oídos abiertos.

La supermanifestación que se está, ya, convocando desde los más altos ámbitos de la Iglesia Católica, en contra de las últimas decisiones del Gobierno, que atentan contra "su" moral y "sus" buenas costumbres... ¿para cuándo van a dejar de querer imponernos su estrechez, su ambigüedad, su 'infierno'?

El cambio de hora, que nos va a llenar las tardes de noches.

 
Superado...
... el estupor del reencuentro, de los primeros y abrumadores momentos de inmersión en un mar lleno de tiburones, en una mesa vacía y una silla estratégicamente situadas en un pasillo, he decidido, porque si no, las pierdo, empezar a disfrutar de mis vacaciones lo más pronto posible. Así que he pedido un período de tres semanas incial a partir del próximo martes que, sumado a los días que restan de los 23 (laborables) que me tocan y los cuatro de asuntos propios aun no utilizados, voy a comerme lo que resta del año en un ir y venir entre semana laboral y semana de descanso. Que no está mal, para empezar.
Y el día de mi cumpleaños, que ya se acerca. Me lo voy a regalar de fiesta, spa y masaje. Cincuenta años no es ninguna broma.

 
Enhorabuena, guiñolandia.
Una vez más, porque ni es la primera ni, espero, será la última.
El Premio Ondas de este año al mejor programa en televisión se lo ha llevado el Debate Electoral que mantuvieron los guiñoles de Rajoy y Zapatero allá por el mes de marzo.
Es un premio merecido, no sólo por este debate, único que se hizo en televisión, sino por sus noticias diarias, a menudo políticamente incorrectas (signifique lo que signifique el término), porque ponen en boca de sus protagonistas lo que quizá nunca han dicho, pero parece que han pensado. Por eso a menudo son más reales que los diversos telenoticiarios de las diferentes cadenas.

No se olviden de reír y etcétera etcétera para todos...
 
No es "el" trabajo.
Es este trabajo. Este pequeño e incómodo local provisional en el que estamos desde hace cerca de cuatro años, es este mal ambiente, de crispación, de presión, que impone la jefa que nos ha tocado en (mala) suerte, es esa mala distribución de funciones, esa incomodidad de llegar cada mañana a la oficina a la espera de nuevas instrucciones, porque, en una de sus muchas noches de isomnio, la responsable ha considerado que ya quedaron obsoletas las que impartió ayer. Y los enfrentamientos entre compañeros que esas malas decisiones provocan, que van minando las (pocas) ganas de estar ahí, de sacar adelante el trabajo.
Yo ya soy veterana en esto de trabajar fuera de casa. Saqué la oposición en el 85 y me incorporé inmediatamente, después de unos pocos meses en el paro, porque mi estado natural era el de estar trabajando. En cualquier cosa. Desde los veranos de mi adolescencia.
Y nunca, hasta ahora, dejando aparte la excedencia que pedí cuando nació la nena, había deseado tanto no volver al trabajo. A este trabajo.
 
En un desapacible
día de auténtico otoño (¡cómo añoro la primavera!) he vuelto a darme de bruces con la realidad. Por voluntad propia.
A las 9 de la mañana, hora mágica en la que empezaba a despertarme cuando estaba en casa, la pasada semana, sin ir más lejos, la nena depositada en el cole, cinco cafés y periódico leído, estaba ya cansada, buscando referencias que me resultaran familiares en una ciudad que abandoné hace casi seis meses, paseando sin gana a través de un fuerte viento, porque me faltaba casi una hora para fichar en el trabajo (sí, hoy he comenzado de nuevo), y me sobraban ganas de volver a casa y echarme a llorar.
 
A veces escribo cartas.
El año que empezamos nuestros estudios en la Universidad, mi cari y yo estuvimos una temporada viviendo en diferentes ciudades. Nuestro contacto era puramente epistolar. Ni existían los teléfonos móviles ni hubieran estado a nuestro alcance, de haber existido. Incluso es posible que él, como ahora, no quisiera tener teléfono móvil.
Nos escribíamos mucho. Una carta diaria, al menos. Algunos días, más de una.
Recuerdo de aquella época que pasaba muchas horas en mi cuarto, ensimismada, delante de un montón de folios en blanco, escribiéndole, contándole, minuto a minuto, mi personal crónica de todo el tiempo que había pasado (apenas unas horas) desde mi anterior carta. Le decía, entre líneas, cuánto le quería, cómo le echaba de menos. Aquellas eran cartas de amor.
Desde hace un tiempo, he recuperado la costumbre de escribirle cartas.
Ahora no está el montón de papel, ni los bolígrafos de diferentes colores. No hay sobres abultados ni franqueo muchas veces insuficiente. Ahora hay un teclado y una pantalla. Hay un ratón con el que hacer clic encima del botón enviar. Sabes que va a llegar enseguida, que va a abrir inmediatamente, porque quizá lo está esperando, ilusionado. Se ha perdido, es cierto, un poco de la magia de la distancia, en el tiempo y en el espacio. Que a veces llegaba una carta cuando, lo que en ella contabas, había perdido todo su interés, porque los acontecimientos se disparaban, exactamente igual que ahora, por otro lado, y que todos los días, después de ponerla en el buzón, pensabas: hoy seguro que llega. Y quizá ese hoy no era el día más indicado. Pero eso ¿quién lo controlaba?
Ahora controlo, y por eso, a veces le escribo cartas. Le cuento lo que siento, casi también minuto a minuto. Sigo diciéndole, pero ya no entre líneas, cuánto le quiero y cómo le echo de menos.
Son otros tiempos, son otras edades, son otros instrumentos, son otras palabras. Pero yo juraría que continúan siendo cartas de amor.
 
La biblioteca del domingo.

Porque en fin de semana no hay apenas tráfico. Porque nadie va a detenerse en los gustos literarios de una mujer madura cuyo único horizonte son unas ruinas enfrente de su puerta, además de poder lanzarse cualquier día en paracaídas. He decidido que los domingos voy a poner al descubierto mi biblioteca. A partir de ahora, las fichas de los libros las voy a hacer aquí. De los que voy leyendo y de los leídos anteriormente.

Viaje sin mapas de Graham Greene. (Una aventura por el corazón de Liberia). 1946 (Segunda edición)

"No podías evitar, aunque no estuviese justificado, un sentimiento de lo teatral, el camino que teníamos delante, a través del claro, era tan ancho como el camino del placer, tan abierto y despejado como una trampa; el camino de vuelta era estrecho, escondido, difícil..."

"Estaba descubriendo en mí mismo una cosa que creía que no poseía: un amor a la vida."

"Intenté pensar en mi próxima novela, pero me dio miedo pensar en ella demasiado tiempo, porque entonces podría no tener nada en qué pensar al día siguiente."
 
Viernes noche.
Mi cari ha salido. A ver una partida de pelota. En el trinquete. Por si alguien no conoce el término,

trinquete2.
(Del fr. trinquet, pala para jugar a la pelota).
1. m. Frontón cerrado sin contracancha y con doble pared lateral.

La nena duerme ya. Nada que me interese ver en televisión.
Antes de irse, mi cari ha preguntado qué película tenía para hoy. Ninguna, ha sido mi respuesta. Pues sal al mundo, ha replicado, más o menos. En eso estoy. Con un poco de angustia. Hoy no he tenido un buen día. Nada comparable a lo de mi amigo manuti (en otra época le nombré hijo predilecto de esta especie de página, para mí sigue siéndolo, aunque tuve que desposeerle gráficamente del título, necesitaba espacio para enlazar a otros amigos y no sabía cómo ampliarlo. Ahora lo sé, gracias a él, y algún día se lo devolveré con todos los honores. Estáis todos invitados a esa fiesta, por supuesto). En cualquier caso, acabo de pasar por su blog y veo, orgullosa como una madre, que entre todos estamos intentando animarle. Sé que es difícil, para una persona que no lo espera, recibir un regalo, porque se ve en la obligación de agradecerlo, y eso a veces cuesta un montón, y hay mucho bla, bla, bla de sobra, pero si con este detalle logro arrancarle una sonrisa, ya me daré por satisfecha.


(Espero que sea de tu talla, no conozco las medidas)

Pero se me va la bola. Quería hablar (escribir) de otra cosa. De la angustia que yo sentía. Que parece que va desapareciendo. Una vez más, gracias, manuti.

 
Duermevela.
Es ese desigual lapso de tiempo (igual puede durar cinco que cincuenta minutos) que existe entre la semiinconsciencia y el sueño profundo, por la noche al acostarse. Momento de máxima lucidez para mí, porque es cuando realmente me encuentro sola conmigo misma. En la duermevela pasan por mi mente imágenes del día, palabras no pronunciadas, ideas no escritas, reflexiones no demasiado reflexionadas.
Una noche, según iba pasando una de esas ideas, pensé en levantarme en ese mismo momento, ponerme a escribir, no consentir que se me escapase nada, no dejar que se me olvidase con los sueños .
Tuve una idea mejor, las neuronas en esos momentos trabajan con celeridad. A partir de la noche siguiente, iba a poner un moleskine y un lápiz debajo de la almohada. ¿O quizá sobraría el lápiz?
 
Preguntas...Respuestas...Conversaciones...
Tengo fama de ser una persona preguntona. Y sí, puede que lo sea. Pregunto por interés, las más de las veces. Interés por aprender. Interés por entender. Interés por saber. De cosas. Pero también de personas. No por curiosidad, no por querer averiguar algo, sin más. Mis preguntas suelen tener un objetivo concreto, no son preguntas retóricas, de las que se hacen sin esperar respuesta.
Gonzalo escribió el otro día que le parece curioso que, cuando no sabemos de qué hablar, empecemos la conversación con una pregunta. Puede que así sea, en algunos casos. Puede que no, en otros. No es tan fácil (o no me lo parece a mi) empezar una conversación. Aunque sepas de qué quieres hablar. Con quién quieres hablar. Cuándo quieres hablar. Puede que yo tenga la costumbre de comenzar preguntando, pero también es mi costumbre no preguntar algo o a alguien cuando no estoy interesada, si no en la respuesta exacta a mi pregunta exacta, sí en que se inicie un contacto. Aun sabiendo que a veces puedo parecer impertinente, aun sabiendo que la persona a la que estoy preguntando (un simple cómo estás, nada complicado) se revuelve en cuanto escucha una pregunta, no responde, se pone a la defensiva, incluso pasa al ataque algunas veces...
Llega entonces el descoloque. Se rompe el encanto. Ya no va a existir conversación. Ya no va a haber contacto. Lo dejamos para otro momento. En el que volveremos a empezar con otra pregunta..

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Y aquí va mi interrogación de hoy. ¿Hay mejor manera de empezar una conversación que hacer una pregunta?
 
Noche de Champions.
Hoy no me toca película. La tele la ocupa el fútbol.
Hasta cierto punto, no me importa. He visto la primera parte del Valencia-Inter, pero ahora ya hay más gente en casa, y ni siquiera me toca sofá. He abandonado, pues.
Seré compensada la próxima semana.
Canal plus va a dedicarla a las elecciones en EE.UU. con una programación especial que han dado en denominar Agitación USA, programación que promete, pues incluye dos películas que tenía pendientes y, al fin, veré antes de lo que imaginaba. Dogville de Lars von Trier y, cómo no, Farenheit 9/11 de Michael Moore. Además de documentales inéditos sobre el tema de las elecciones, un programa especial sobre los Presidentes y el cine, y alguna otra sorpresa que seguro nos va a encantar. En semanas como ésta me reconcilio con la cuota mensual que pago por estar abonada a Digital+, que, algunos meses, me hace llorar. ¿Para cuándo una televisión pública y gratuita con la misma calidad?
 
Asociación de ideas.
Viendo en televisión la publicidad de Digital + noté que empezaba a inquietarme, sin motivo aparente. ¡Era sólo un anuncio! Algo había que me resultaba familiar, que me ponía un poco los pelos de punta... aquellos muebles que no eran muebles, aquella cabeza disecada que tampoco era una cabeza de animal, aquella alfombra que se levantaba porque debajo había alguien 'haciendo de alfombra'...Hiperdramatismo. Súbitamente me acordé del témino. Y de ahí, la novela Clara y la penumbra y el autor, José Carlos Somoza. La leí hace tiempo, más de dos años, creo, y la recordaba sólo por las imágenes que me había inspirado mientras leía, precisamente la de los muebles que no eran muebles, la de los cuadros que no eran cuadros. Sí, era inquietante, extraña, interesante, diferente, pero había leído cosas mejores. También peores. Hace como un año me recomendaron otra novela del mismo autor La dama número trece que me puse a leer, después de devorarme en plan tranquilo El mundo de Sofía, una ventosa noche de invierno, sola en casa, al lado de la chimenea con el fuego encendido y crepitando, todas las campanillas del porche sonando, con la pequeña lámpara lectora como única compañía.
Las primeras sesenta páginas me dejaron literalmente clavada. Terror. Auténtico terror, eso fue lo que sentí. Lo que todavía siento ahora cuando recuerdo aquella lectura.
Lo peor es que aquello me llevó más lejos, a mi época de estudiante, hace muchos años. Yo tenía un amigo fanático de la ciencia ficción, tema no incluido en mis lecturas habituales. Para hacerme una gracia (o una desgracia, hoy todavía no lo tengo muy claro), me prestó el libro que acababa de leer. Del maestro. H.P. Lovecraft El Necronomicon. Los mitos de Cthulhu.

Incluso escribir el título hace hoy, más de treinta años después, que me tiemblen las manos...
 
¿Ell@s leerán?
Hace unos días manuti me escribió que un buen 'comentario' puede, a veces, convertirse en un buen 'post'.
No pretendo que el mío hubiese sido un buen comentario, ni que este post vaya a ser el mejor, pero, en esta ocasión, no puedo resistirme a seguir su indicación.

Ayer escribía Princesa sobre la campaña de fomento de la lectura del Ministerio del ramo. Yo iba a ponerle un comentario en el blog, pero, recordando lo antes dicho (escrito), me apeteció reservarme para hoy. Porque, entre otras cosas, mi enfoque va a ser distinto. Según indica la campaña, si te ven leer, leen.
Y yo no puedo estar más en desacuerdo. Podría remontarme a mis primeros años escolares, allá por los sesenta, años en los que, en una familia de clase media, como era la mía, y la mayoría de mis compañeras y amigas de entonces, comprar un libro era algo así como 'tirar el dinero' (así se lo oí decir a mi padre innumerables veces). Y, pese a ese ambiente tan poco lector, hemos salido cuatro hermanas lectoras, lectoras, lectoras...hasta el punto de que, entre las cuatro, compartimos una gran biblioteca, libros que intercambiamos, nos prestamos, recomendamos y comentamos en cada uno de nuestros encuentros. Incluso hemos conseguido, a fuerza de vernos en la tarea, que mi madre no sólo lea con interés los libros que le dejamos en depósito, sino que haya empezado a comprarse ella misma los que piensa que le van a gustar. O sea, que visita librerías, tipo de tienda que no entraba en sus circuitos de compras hasta hace un par de años. Incluso me atrevería a asegurar que mi padre les echa una ojeada de vez en cuando.
Pero la cosa cambia cuando se trata de nuestr@s hij@s, y ahí es donde discrepo del lema de la campaña. En mi casa (dos adultos y la nena) tenemos estanterías con libros incluso en el cuarto de baño. Cada vez que hacemos una ampliación, es porque no nos caben los libros. Leemos todos los días. Tenemos libros empezados en todos los rincones de la casa. Mi cari y yo. La nena, desde que empezó a enterarse un poco de las cosas, nos acompaña a la biblioteca, nos acompaña a la librería, celebra con nosotros el día del libro, la dejamos elegir (con algunas indicaciones) los libros que quiere comprarse, se ha dormido casi todos los días de su vida con un cuento, tiene una gran biblioteca para ella sola...y aun así, no quiere leer. Hemos intentado explicarle la magia de los libros, cuando vemos una película que le gusta, le contamos que, antes, esa historia estuvo escrita. Nada. No quiere leer. O no quería. Porque este verano , tantas horas libres, ya no se distraía tanto con los juguetes, descubrí el truco. Con cada libro que lee, después de hacer una pequeña ficha, tiene un regalo. Que suele ser otro libro, pero eso parece no importarle. No fue el estímulo de vernos leer. Fue el estímulo de la recompensa. Todavía no entiende que la verdadera recompensa está en haber vivido lo que acaba de leer.

 
18 de Octubre.
Baja la temperatura. Sacamos los paraguas. Encendemos el fuego en la chimenea. Llegó el otoño a París.
 
Me enfadé.
De verdad que me enfadé. No me gusta nada que me re-organicen, ni siquiera que me re-decoren, sin consultar, y menos cuando lo hacen, alevosamente, cuando estoy enferma. Pasé una mala tarde, intentando tomar una decisión, aunque fuese simplemente un escrito de protesta, que sepan que todavía estoy, que un día voy a volver y me gustaría, al menos, tener ese espacio conocido donde refugiarme cuando llegue, un poco aturdida, el día que el médico decida que ya estoy en condiciones de desarrollar una "vida normal", es decir, madrugar, vestirme, desayunar con prisas, llevar a la nena al cole corriendo, ir a la oficina, fichar, pasarme allí las cinco horas seguidas que me permite mi reducción de jornada, pactada hace ya dos años con la empresa, salir corriendo del trabajo, llegar a casa, acabar de preparar la comida que habré hecho la noche anterior, comer corriendo, bajar a buscar a la nena al cole, llevarla a ballet o a inglés, volver a casa con el tiempo justo de darle una ducha, la cena, cinco minutos de conversación en el sofá, mirando el reloj continuamente, no quiero que se acueste tarde, que al día siguiente vuelve la presión del despertador, preparar la cena para los adultos, la comida para el día siguiente, poner la lavadora, tender, recoger la ropa del día anterior, planchar, ducharme, cenar, tumbarme un rato en el sofá y quedarme dormida...de puro agotamiento.
Así que decidí que esta mañana pasaría por la oficina, para evaluar los daños personalmente. Y resultó peor de lo que se me había comunicado por teléfono. Además, había pedido cita con el médico, quería también evaluar el tiempo que me quedaba por estar de baja. La experiencia, en ambas cosas, ha sido un poco desgarradora. En la oficina las cosas están mal, pero que muy mal, para los pocos que todavía permanecen allí. He contado demasiadas bajas. Los ánimos están muy, pero que muy alterados. Han desaparecido secciones completas porque se han quedado sin personal, por lo que el trabajo que en ellas se hacía se va acumulando en otras, con el consiguiente mosqueo de las personas que, mal que bien, iban haciendo lo que les correspondía. No he estado ni una hora en el local. Pero había tomado ya una decisión de compromiso conmigo misma y con mis agobiad@s compañer@s. Iba a pedir el alta voluntaria. Iba a incorporarme el próximo lunes, todavía llegaba un poco a tiempo de echar una mano en estos días en los que hay más trabajo del normal.
Pero la suerte no estaba de mi parte, aunque yo todavía no lo sabía. Al llegar a la consulta de mi médico, preparándome el discurso definitivo que le convencería que estoy recuperada al cien por cien, me he llevado la tremenda sorpresa de que ¡¡¡¡no estaba!!!!. Y claro, el médico que le hacía la sustitución ni siquiera ha querido oír mi historia. Que vuelva la próxima semana, me ha dicho. Puede que entonces tenga suerte y alguien quiera firmar mi alta voluntaria...
 
Hace un rato...
... me ha llamado por teléfono una compañera de trabajo (y, sin embargo, amiga). No es la primera vez que me llama desde que, repentinamente un día, allá por el mes de mayo, dejé de ir a 'trabajar'. Con esos contactos, más o menos quincenales, he ido enterándome de los cotilleos, novedades, antigüedades, ausencias, presencias inesperadas, incluso lugares y fechas de vacaciones del conjunto de fauna que sobrevive (todavía) en la oficina.
En cinco meses pueden ocurrir muchas cosas, y de hecho han ido ocurriendo. Trabajo acumulado, personal que no responde a ningún estímulo, jefecillos nerviosos y alterados, compañer@s que se trasladan, otros que, simplemente hartos, lo dejan, bajas y altas de paridoras...en fin, esas pequeñas cosas a las que no das importancia si estás allí, porque, mal que bien, controlas y compartes, pero que asombran un poco cuando llegan, en revoltillo, por teléfono, en la distancia.
Hasta ahora, ninguna noticia había sido preocupante. Lo de siempre. Unas risas, unos comentarios malintencionados las más de las veces, y a esperar, sin demasiado interés, todo hay que decirlo, el próximo parte...Pero lo de hoy ya ha sido algo así como aterrador. Me ha llamado en un momento en el que yo no estaba en casa. Ha dejado un lacónico mensaje en el contestador ("llámame hoy o mañana"), pero el tono de su voz...el tono de su voz ha hecho que la llamara inmediatamente.
Cuando salí de allí, hace ya tanto tiempo, yo compartía sección (o subsección, o servicio, soy incapaz de distinguir unas cosas de otras) con un compañero al que le costaba un poco entender lo que se le decía. Compartíamos tareas y recinto. Tareas auxiliares, rutinarias, aburridas y recinto casi cerrado, inhóspito, feo, mal ventilado e incómodo.
Pues la noticia es que ya no tengo nada para compartir. En la última reestructuración que ha hecho la jefa (redecoración, lo llama ella), me he quedado sin compañero, al que la presión ha hecho abandonar, sin recinto, que ha pasado a convertirse en almacén, sin tarea, porque no había nadie que la hiciera, incluso sin mesa, sin silla, sin archivador y sin armario.
 
Un fragmentito...
Sucedió.
Me da la sensación de que he encontrado , en esta cada día más inmensa red de bloggers, un auténtico vecino. Y de que él también me ha encontrado a mí. Por lo que, casi sin darnos cuenta, hemos empezado un juego de seducción ...
Hoy voy a darle una pista. Esta imagen es la que veo desde el umbral de mi puerta cuando, por las mañanas, salgo a fumarme el primer cigarro del día, después del café, para intentar despertarme un poco.



 
¿Correo? ¡¡¡¿Dónde?!!!
A día de hoy mantengo en funcionamiento cinco cuentas de correo diferentes, una para cada sector de mi fraccionada vida. La que comparto con la nena, que, en principio, iba a ser la única, ofrecida generosamente (venía con el kit) por el proveedor de ADSL, es la que menos quebraderos de cabeza me da, especialmente porque la tengo muy bien configurada (realmente es la única que tengo configurada, no fue tarea mía, yo en aquella época no tocaba el ordenador), y sobre todo, porque prácticamente he olvidado que existe, tal es la frecuencia con la que la utilizo.
Más tarde, en el cursillo de informática, abrimos todos los alumnos una gratutita en Hotmail, que en su momento me pareció interesante, por lo de la contraseña y todo eso, porque, para algunas cosas, soy muy celosa de mi intimidad. Seguimos hablando de la época en la que yo apenas tocaba el ordenador. Empecé a utilizarla para estar en contacto permanente con mis hermanas, sobre todo, porque lo del teléfono a veces no es suficiente, y ellas todas tienen correo electrónico en el trabajo.
Surgió posteriormente una especie de plataforma reivindicativa en un centro de trabajo de otra provincia, al que me adherí como contacto en nuestra oficina, en la que se utiliza el correo como medio de información, y ellos mismos me abrieron otra cuenta. No había que mezclar. (Esa también está un poco olvidada. Pasó la furia de los primeros días de nuevo gobierno y parece que todos nos quedamos ligeramente satisfechos...)
Después vino esto del blog, que pedía anonimato total. Y esta circunstancia me obligó a abrir otra cuenta. Que utilizo única y exclusivamente para estas cosas del internet.
Y ya, por fin, alguien me 'invitó' a esa supercuenta llamada gmail, que parece la panacea de posiblidad de almacenamiento ¿dónde, por cierto?, y se acabó de complicar el asunto. Porque, ¿qué hago yo con esa cuenta? Además de que me riñe cuando intento borrar un mensaje, si le pongo mi nombre, apenas la voy a utilizar, con quien más contacto tengo últimamente es con bloggers, mis hermanas me escriben a la que conocen, las reivindicaciones laborales parece que han cesado, o van por la vía reglamentaria de los sindicatos tradicionales, y yo ahí no entro, y el resto de relaciones la tengo tan a mano, que con salir y dar un grito, puedo empezar una conversación.
Está, además, el problema añadido de que no sé ya muy bien qué correo he de abrir (problemas de memoria, de no saber a quién le he dado cada dirección, y, cuando creo que lo he averiguado, otra vez problemas de memoria, casi nunca me acuerdo de las contraseñas) cuando sé con seguridad que alguien me ha enviado algo, tengo urgencia por leerlo y dispongo de poco tiempo.
¡Con lo fácil que era todo cuando recoger el correo era tan sencillo como abrir el bonito buzón que me había puesto en la puerta de casa!

Sé que no puede ser tan complicado, que no soy la única persona en el mundo que tiene más de un correo, pero también sé que soy la más torpe, que, en esto de la tecnología y las teclas, me ahogo en un vaso de agua, y que he estado a punto muchas veces de 'borrarme' de todo ésto, cosa que, por otra parte, es más difícil que 'desaparecer' de la lista de pacientes de un psiquiatra, así que continúo todos los días, varias veces al día, abriendo todos los correos, por si acaso...
 
Una (pequeña) reflexión.
¿Se escribe más (y mejor) desde el cabreo, desde el 'contra', desde la tristeza, desde la desazón, desde la desesperanza...?
 
9 d'Octubre.


Hoy se celebra la fiesta autonómica en mi país (valencià). En el pueblo donde vivimos no lo celebramos, a diferencia de otras muchas poblaciones, con actos "institucionales" cargados de discursos vacíos. Aquí salimos los vecinos a la calle, con nuestras mesas, nuestras sillas y nuestras paellas, y convivimos durante unas horas, con 'La moixeranga' de fondo. Es un auténtico día de fiesta.

Mañana nos vamos, temprano, a acabar de pasar el puente, de 'turismo rural' (como si no tuviéramos bastante ambiente rural en nuestra vida cotidiana), a un pequeño pueblo (más pequeño que éste), en pleno parque natural de la Serra d'Espadà. Seguiremos haciendo país.
 
No me gusta, pero...
No me gusta nada, nada, es más aborrezco, que alguien se plante delante de mí con una cámara de fotos y, después de enfocarme, con más o menos suerte, apriete el disparador. Y no me gusta, entre otras cosas, por pura vanidad, porque en las fotos suelo salir fatal, porque me tenso, me enervo, cuando veo una cámara, cuando parece que hay que sonreir, o decir "patata", yo no soy capaz de adoptar una actitud natural, y luego, claro, no me reconozco en las fotos.

Pues resulta que, últimamente, a mi cari le ha dado por la fotografía, digital claro, la inmediatez y todas esas cosas. Tenemos desde hace un tiempo una pequeña cámara digital a la que nadie hacía mucho caso. Ahora se ha convertido en una prolongación de su mano derecha. Paisajes, flores, animales...personas, por supuesto. Su modelo favorito venía siendo la nena, y a ella, además, le gusta. Una sesión de fotos equivalía a un rato de diversión asegurada.
Yo no solía entrar en ese juego, las más de las veces corría a esconderme en cuanto alguien descolgaba la cámara del perchero donde suele reposar cuando nadie la usa. Y además, como la relación entre nosotros no era, digamos, fluida, normalmente no se me consideraba como modelo ni en el apartado 'paisajes'.
Pero ahora las cosas han cambiado. Ahora ha descubierto mi potencial...
El jardín es, mientras dure la frondosidad, un "marco incomparable", nos pasamos horas a la fresca, mis posturas pueden, incluso, parecer atrevidas (que no lo son, simple comodidad, reconozco que todavía no he aprendido a sentarme como una señorita), suelo estar tumbada, despatarrada más bien, leyendo, escribiendo, pensando, o simplemente mirando...
Así que, sin quererlo, he desbancado a la nena en ese papel, y ahora la top model soy yo. El objetivo me persigue todo el día.
Solemos ver los resultados juntos, y la verdad es que, a la vista de alguno de ellos, he de reconocer que ahora no me gusta que me hagan fotos pero... hay algunas, de mis piernas (que no pienso poner aquí, porque se dispararían las alarmas de algunos contadores) realmente fantásticas.
Gracias, cari.
 
Hay motivo.
Siendo hoy primer jueves de mes, día instituido por la autora de este blog como Ciberespacial en contra de los malos tratos y otras violencias, he re-visitado aquella película que nos ofrecieron 32 cineastas españoles en plena campaña electoral (hoy ya son 33 los cortos, Diego Galán añadió uno sobre el 11 de Marzo), y he pensado que todavía hay motivo.
Así que me atrevo a pediros que volvamos a verla hoy todos juntos. Especialmente, dada la fecha, y que no cesa el goteo de muertes de mujeres, por serlo, el corto firmado por Victor Manuel, que lleva el sugerente título de ""El club de las mujeres muertas".

Allí os espero. (Se pasará lista)

La Ley "contra la violencia machista" ha sido aprobada por unanimidad hoy en el Congreso de los Diputados. Ahora a esperar que los agresores aprendan a leer...
 
Y tú ¿qué quieres ser de mayor?
Tal cual recibí la pregunta (por parte de mi cari) hace unos días, en un momento en el que lo que menos me pedía el cuerpo era pensar, tal cual le respondí lo que venía respondiendo a esa y otras preguntas semejantes desde mi más tierna infancia: pues yo quiero ser...escritora y paracaidista.
He de decirlo. Últimamente, mi cari está muy pendiente de mí. Así que me trae libretas, cuadernos, lápices, bolígrafos, libros (para escribir hay que leer mucho)...También me propone temas, me recomienda lecturas (no sé si para que aprenda, o para que desista viendo lo bien que escriben los demás), me matricula en un taller de escritura creativa... En fin, que me mima. Que procura tenerme contenta. Y lo estoy. Hasta ahí lo estoy. Me parece todo entrañablemente encantador.
La parte mala llega cuando oigo un avión. Y por aquí pasan muchos.

Porque temo que, enviado por mi cari, aterrice en el jardín, abra la puerta y escupa dos (o más) individuos que, como si de camisa de fuerza se tratara, me coloquen un paracaídas, y, para que vea cumplido, al menos, uno de mis deseos, me lleven arriba, muy arriba, y me lancen del avión ¡¡¡sin entrenamiento previo!!!

No sé, creo que ya lo escribí el otro día. Me da un poco de miedo que se vayan cumpliendo todos mis deseos...




 
Casi ningún derecho reservado.
Después de meter la pata (vergonzosamente) un par de veces en el Blog de manuti, aquí me va a resultar más cómodo, porque puedo borrar lo que no me salga bien.
Pillé ayer en Escolar.net el video, traducido a castellano, en el que la gente de Creative Commons explica un poco el porqué del movimiento Compartir en Igualdad. Aunque basado en la Sociedad de autores estadounidense, es totalmente aplicable en este país. Vale la pena verlo, si alguien no lo tiene demasiado claro. Está aquí

(Espero no equivocarme esta vez)
 
Vagancia luneril.
Queda bonito, aunque no se sepa qué hay escrito. Lo he (han) hecho con un generador, que convierte palabras en imágenes.

Para los días vagos, queda genial. Hay poco en qué pensar, con dos palabras, suficiente. En este caso han sido tres, pero incluso con una ya valía.

Pues eso, ánimo, que sólo es lunes.
 
Otro sábado en la playa.
El de ayer fue, posiblemente, el último sábado de playa de esta temporada. El próximo fin de semana es festivo, tenemos unos cuantos planes, y por muy bueno que haga, no vamos a poder ir. El próximo próximo, pues no somos tan optimistas. Demasiado avanzado octubre..
Este aspecto presentaba ayer la playa cuando llegamos. Casi desierta. Fueron llegando, después, los incondicionales, los que no miramos la fecha del calendario, sino la del cielo cuando nos levantamos por la mañana. Y aseguro que se estaba muy, pero que muy a gusto.
Mi cari y la nena disfrutaron. Nadando, riendo, haciendo tonterías dentro y fuera del mar, llamándome para que me bañase con ellos y poder hacerme perrerías...Me encanta verlos juntos, disfrutando.
Y nos despedimos del día como merecía, con una buena comida en un buen restaurante. Unos deliciosos mejillones al vapor, unas gambas rojas a la placha, apenas, vuelta y vuelta, para que no pierdan el jugo, una ensalada de ahumados y una paella marinera por los cuatro costados.
Vamos a echar de menos esos sábados de playa, cada uno por su particular razón, y todos porque en la playa somos como un poco más...auténticos.
 
Hombre de verdad no pasa aspiradora ¿o sí?
Artículo 'cazado' en The New York Times, publicado en El País jueves 30 Septiembre 2004.

Hombre cazar mastodontes. Mujer barrer caverna y amamantar niños.
Avancemos hasta 1.950. Hombre cazar nómina. Mujer pasar aspiradora, amamantar niños y llevarlos en coche a los partidos de béisbol.
Avancemos dolorosamente hasta 2.004. Hombre y mujer cazar nómina. Mujer seguir amamantando niños, pasando aspiradora, etcétera. Hombre cazar mando a distancia.
De acuerdo, es una caricatura. Pero un informe publicado recientemente por el Departamento de Estadística Laboral de Estados Unidos hace pensar que, por más que se haya evolucionado desde la Edad de Piedra, algunas cosas siguen igual.
Los encuestadores preguntaron a 21.000 personas qué habían hecho el día anterior. Los hombres con empleo trabajaron una hora más que las mujeres con empleo. Pero en las casas en las que trabajaban los dos, las mujeres dedicaron una hora extra a cuidar niños pequeños. Con los hijos mayores, esas mujeres dedicaron seis horas al día en "cuidados secundarios", como ir de compras con ellos a cuestas, mientras que los hombres sólo cuatro.
Cerca del 20% de los hombres aseguró haber realizado alguna tarea doméstica, como hacer la limpieza o lavar la ropa, frente al 65% de las mujeres. Aproximadamente el 35% de los hombres cocinó o fregó los platos, frente al 66% de las mujeres.
Ha habido un avance hacia la paridad. Las encuestas de los años ochenta, al comienzo de la Era de las Dos Nóminas, descubrieron que los hombres hacían solo el 10 o el 15% de las tareas de la casa. Julie E. Brines, socióloga de la Universidad de Washington, afirma que "no es una entusiasta de las explicaciones biológicas o genéticas", porque los hombres han demostrado que pueden hacer más.
Los hombres de hoy pueden aprender a hacer más cosas que sus padres, pero siguen siendo quisquillosos. La mayoría de ellos se muestran más dispuestos a cambiar pañales que a restregar el cuarto de baño, lo que Brines denomina "el nivel más bajo de la jerarquía de tareas".
Muchos asesores matrimoniales sostienen que los hombres fallan muchas veces, no por la división prehistórica del trabajo sino porque las esposas modernas son perfeccionistas. La teoría de la psicología familiar de la "guardiana materna" sostiene que las mujeres piden a los hombres que compartan su trabajo, pero luego insisten en dar el visto bueno al resultado. Cuando ellas lo critican, o incluso lo rehacen, sus maridos abandonan la tarea o lo hacen todo mal para que no vuelvan a pedírselo.
En un estudio sobre recién casados en 1998, John M. Gottman, psicólogo, descubrió que, a mayor participación de los maridos, mayor era el nivel de satisfacción e intimidad sexual de las esposas.
Hombre cazar intimidad. Hombre limpiar cuarto de baño.

Donald G. McNeil Jr.