siempre nos quedará París
Acerca de
Cada vez que amanda abre una puerta, allí le espera París.

Sentada en un banco a orillas del Sena, amanda está leyendo
Cortafuegos de Henning Mankell
Sindicación
 
Con mis mejores deseos.
No sé de qué hacen ahora los años, que cada vez duran menos.

 
Ultimo regalito con lazo.
El último es, cómo no, para mi más apreciado amigo en la red, del que (casi) todos los días aprendo algo. Y lo que me queda. La imagen de la playa que nos sirvió de excusa para contactar por primera vez. Con mucho cariño, manuti.

 
Regalito con lazo.
Para uno de mis primeros amigos en esta inmensa telaraña, ahora distante y añorado, un fragmento de una secuencia de cine. La película es Annie Hall. El que habla, Woody Allen. Para Camarada Bakunin, claro.

Después se nos hizo tarde, los dos nos teníamos que marchar, pero fue magnífico volver a ver a Annie. Me di cuenta de lo maravillosa que era y de lo divertido que era tratarla, y recordé aquel viejo chiste, aquel del tipo que va al psiquiatra y le dice: "Doctor, mi hermano está loco, cree que es una gallina". El doctor contesta: "¿Lo ha llevado a un médico?" y el tipo le dice. "Lo haría, pero necesito los huevos". Pues eso, más o menos es lo que pienso sobre las relaciones humanas, ¿saben?. Son totalmente irracionales y locas, y absurdas, pero ... supongo que continuamos manteniéndolas porque, la mayoría, "necesitamos los huevos".

 
Regalito con lazo.
Para Txarly, en constante evolución, siempre con la mano tendida, una lámpara mágica, diseño clásico, ya ves.

No lleva instrucciones, porque ya se sabe cómo funciona. Frotas, aparece el genio, se piden deseos, se cumplen. En cualquier caso, como no es modelo standard, no hay límite en los deseos. Cuanto mayores sean tus expectativas, más amplio también el horizonte.



 
Nieve.
El lunes por la mañana nevó en el jardín. Fue una nevada pequeña y efímera, suficiente, no obstante, para que, durante unos instantes, se paralizara la vida corriente. Porque todos dejamos lo que en aquellos momentos estuviésemos haciendo para correr hacia las ventanas a mirar, a contemplar, cómo caían los copos de nieve. Y después, niños y mayores, nos pusimos los abrigos y las botas por encima de los pijamas y salimos a las calles, a los patios, a los jardines, a dejarnos mojar por esa nieve, fría y extraña, tan extraña que la vemos cada muchos años, para empaparnos de la buena suerte que dicen que lleva, de recuerdos de infancia, de días felices...
Cuando desapareció, porque a un día blanco que apenas duró media hora le sucedió una mañana radiante, dejó un rastro de frío, de mucho frío. Que convirtió nuestro lunes en un día de fiesta, la familia alrededor del fuego, saboreando los restos de la Navidad.
 
Inocentes.
Me han colado tantas, y tantas me colarán, que mi símbolo de hoy es el que ya llevé tantas veces en mi infancia. Es que no se puede ser tan crédula y confiada...

 
Regalito con lazo.
Para Ararat porque, a pesar de mi esfuerzo, no se me ha ocurrido nada más rebuscado, una adivinanza. Escondida, eso sí, que si no, era demasiado fácil.


 
Con el ajetreo
de estos días, tantas fiestas, tantas compras de última hora, tantas horas en la cocina, tantas felicitaciones, tantos regalos por empaquetar y adornar con lazos, me he dado cuenta casi súbitamente de que tengo más amigos que regalos. Es la primera vez que me pasa. También es la primera vez que, lejos de preocuparme, me alegra esa imprevisión. Porque eso me demuestra que los augurios de aquellos que todavía creen que internet crea personas antisociales, distanciadas de la realidad, viviendo continuamente en un mundo impersonal de imágenes digitales, son creencias sin fundamento.
Porque, precisamente gracias a ese internet tan denostado, se han multiplicado mis opciones de relacionarme con gente que no vive en mi entorno, con gente que ni siquiera sé dónde vive. Personas, no obstante, que siento cercanas, algunas incluso más cercanas que las que suelen rodearme todos los días, porque la conexión con ellas ha sido diferente, y en algunos casos, más entrañable. Y en esta época de balances, no puedo sino sentirme satisfecha de todo el tiempo que he dedicado a escribir mis simplezas, mis ilusiones, mis fantasías, mis miedos, mis errores y mis aciertos, mi día a día, unas veces más real que imaginario, otras más imaginario que real. Siendo siempre yo misma. Que, al fin, es lo único que importa. Porque siendo yo misma me he liberado, por este medio, de muchas insatisfacciones. Sin dañar a nadie. Escribiendo, simplemente. Y pensando, la mayoría de las veces, que había alguien del otro lado que comprendía mis sentimientos. Que los compartía, en algunas ocasiones. La recompensa ha llegado en forma de palabras escritas también, los comentarios, los correos, los guiños y las sonrisas.
Hoy estoy un poco melancólica, quizá debido al mal tiempo, a la falta de sueño, tal vez, o al no haber visto cumplidas mis expectativas al reconciliarme con estas fiestas. Lo cierto es que la experiencia de los años ya vividos me demuestra que, cuanto más esperas de algo o de alguien, más grande es la decepción.
Pero no era ese hoy mi tema. Estoy encantada con vuestras reacciones al ir recibiendo mis regalitos. Tengo varios más preparados, que iré poniendo en próximas conexiones. Y, de nuevo, a todos doy las gracias. Soy yo la que presume de vuestra amistad.
 
Regalito con lazo.
Para la Princesa, que lo es de cuento, una leyenda:

Hace mucho, mucho tiempo, cuando el mundo era joven, un viejo líder espiritual, Lakota, de la comunidad de los indios Sioux, subió una noche a una montaña y tuvo una visión. En ella aparecía Iktomi, el gran maestro de la sabiduría, bajo la forma de una araña. Mientras le hablaba, se puso a tejer una telaraña, con la base de un aro de sauce, desde el exterior y trabajando hacia adentro. Cuando Iktomi terminó de hablar, le regaló a Lakota la telaraña. Era un círculo perfecto, pero en el centro tenía un agujero. De allí surgió la leyenda de la red de la vida, llamada atrapasueños.

El atrapasueños es una telaraña simbólica que se suele colocar cerca de la cama y que, según esta leyenda, y dado que los sueños son mensajes del mundo espiritual, hace que los sueños buenos, siendo inteligentes, hallen su camino a través del agujero central, bajando por las plumas sagradas hasta el durmiente, y los malos sueños queden atrapados por la red y sean destruidos por las luces de la mañana.

 
Regalito con lazo.
Papá Noel ha sido generoso (muy generoso) conmigo, y me ha traído mi viaje soñado a Bora-Bora. Ni sé qué día parto, ni cuándo volveré, pero prometo ser muy, muy feliz allí, y contaros mis experiencias a la vuelta.

 
Regalito con lazo.
Porque hoy es Navidad, dos regalos para dos buenos amigos.
Para Jose, el amigo de los mil nombres, un mensaje en una botella.


 
Regalito con lazo.
Para benaki, porque, aunque ha cerrado el blog, espero que no haya perdido la costumbre de pasar por aquí de vez en cuando. Una canción de Serrat que me gusta: Aquellas pequeñas cosas



Uno se cree que las mató el tiempo y la ausencia
pero su tren vendió boleto de ida y vuelta.
Son aquellas pequeñas cosas
que nos dejó un tiempo de rosas
en un rincón, en un papel o en un cajón.

Como un ladrón te acechan detrás de la puerta.
Te tienen tan a su merced como hojas muertas
que el viento arrastra allá o aquí,
que te sonríen tristes y
nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve.
 
Para todos.
 
Regalito con lazo.
Para Laura, un brindis, con todo mi cariño.

Por la mujeres del mundo. Y por nosotras dos, dignas representantes de todas ellas.
 
(Otro) regalito con lazo.
Y es que hoy me siento espléndida.
Para el Cocinillas, una receta ligera, para el día después.

Ensalada de berros y naranja con salsa de yogur. Necesitas dos naranjas, un manojo de berros, cincuenta gramos de orejones de albaricoque, una cucharada de zumo de limón, una cucharada de perejil picado, tres cucharadas de aceite de oliva, una pizca de sal y una pizca de pimienta.
Las naranjas, las pelas, y las cortas a láminas, que luego partes por la mitad. Limpias los berros, lavas y escurres. Picas lor orejones y los vas poniendo en una ensaladera. Añades las naranjas y los berros. Mezclas el yogur con el zumo de limón, el perejil y el aceite. Salpimentas esa mezcla, y bates con las varillas. Cuando esté bien emulsionada, riegas la ensalada. Y a disfrutar.
 
Regalito con lazo.
Para Luz, un deseo:
Que pronto encuentres tu hora violeta, repleta de promesas todavía sin definir.

 
Regalito con lazo.
Para Gonzalo, unas bellas palabras de Josep Pla. De "El Quadern Gris". En versión original.

La Rambla abans de sopar. Les dones sota la llum viva. Fascinació palpitant. A tot arreu deu ésser fàcil de renunciar a les coses de l'esperit i a les obligacions normals - però tan fàcilment renunciables com en aquest clima dubto que hi hagi un ambient comparable.
 
Navidad, Navidad...(2ª parte)
He llegado hasta aquí paseando por la zona antigua de la ciudad. Callejas que han peatonalizado hace poco, por las que resulta un placer, en estos días, caminar y detenerse a mirar. Porque los vecinos, los viejos y los nuevos vecinos, se han adueñado de la calle que antes era un paraíso donde aparcar. Y han sacado a la luz toda la decoración navideña que antes se escondía detrás de las puertas y ventanas cerradas de cada casa. Entre las pascuas, las alfombras rojas, las ramas de acebo, los belenes y algún que otro árbol con sus luces y todo, he vuelto a caer en el 'espíritu navideño'.
La culpa de todo la tenéis vosotros, que me estáis abrumando con vuestros mensajes, vuestras felicitaciones. Yo puse en esta misma página mi felicitación colectiva hace unos días, que ahora reitero, incluso amplío. Quizá me precipité, quizá debí esperarme unos días, no haber cedido al primer impulso repentino...bueno, ya está hecho, no voy a lamentarme ahora. Pero pensando, pensando (estos días estoy sola en el trabajo, por lo que tengo tiempo para ensimismarme y escuchar conversaciones ajenas), me han invadido malos pensamientos ( o buenos, depende de la perspectiva desde el que se miren). Y es que el reconciliarse con la navidad tiene ese peligro. Que te metes en la vorágine de las felicitaciones, las comidas especiales, los regalitos con sus lazos, la calidez de los amigos...Y esos han sido los temas centrales de mis (malos pensamientos): los regalitos y los amigos.
Pero como la mente y la economía suelen ir por sendas paralelas, sin encontrarse jamás, había que buscar un compromiso entre ese afán regalador y la falta de dinero. Creo que al final lo encontré. Nada material, aunque me cueste más que entrar en una tienda y elegir cualquier objeto (actividad para la que estoy sobradamente preparada). Así, cada uno va a tener su regalito personalizado, yo, la satisfacción de de haberme esforzado por vosotros, y mi cuenta corriente, el alivio de no haber disminuido. Irán llegando. Podéis ir pasando por aquí para recogerlos, aunque no habrá aviso previo.

Mientras tanto, para los que habéis depositado alguna esperanza en la lotería de mañana, que la suerte os acompañe
 
Los celos.
Una querida amiga (40 años, dos hijos y embarazada de un tercero) ha sorprendido a su pareja mientras éste la abandonaba. Me explico.
Según su relato, en una conversación intrascendente, puramente doméstica, ajena a cualquier intimidad, delante de un plato de macarrones y una ensalada, él le dijo que, como hacía tiempo que no se sentía a gusto con la vida que llevaban en común, había puesto la casa en venta, iba trasladando poco a poco sus cosas a casa de sus padres y no estaba seguro de querer darle explicaciones.
¿Mucho tiempo? fueron las únicas palabras que salieron de la boca de mi amiga. Más de un año, respondió él. Y ella, mirándose la tripa, empezó a no entender nada. ¿Y ésto?, le dijo, refiriéndose al embarazo. Es mi venganza, contestó, sin pestañear. Siempre he sentido celos de cualquier persona que se relacionase contigo, prosiguió, ante la mirada atónita de ella. Estabas siempre tan atractiva, tan feliz, que necesitaba hacer algo para amargar tu existencia, igual que amargo la mía. Ahora, sola, abandonada, con tres hijos, nadie te mirará. Y yo, a lo lejos, empezaré a sonreír.

Y yo me pregunto . ¿Por qué las personas celosas son tan inseguras, tan incapaces de confiar en los demás que piensan que todos les traicionan, en particular la pareja?
Los celos son miserables y peligrosos, porque pueden conducir a la violencia. Ese abandono es violento. Aunque nadie haya levantado ni un solo dedo para agredir físicamente.

 
Nuestra canción.
Después de comer, medio tirada en el sofá, repasando el colorines, ha venido la nena a sentarse en mis rodillas. Estaba mimosa, parecía tener sueño. Hacía mucho tiempo que no se sentaba en mis brazos, esas pequeñas cosas que se van perdiendo según crecen los hijos. Me ha pedido que le cantase la canción.
Cuando era bebé, a mí me gustaba dormirla acunándola, sentada en una mecedora que fue de mi abuela, susurrándole, más que cantándole, una pequeña canción sólo para sus oídos.
"La nena té son, la mare l'agafa al bracet , li canta una cançó i ella s'adorm molt poc a poquet"
Una simple canción repetitiva, en voz muy bajita, que todavía hoy, nueve años después, sigue siendo nuestra canción
 
La Biblioteca del domingo
He estado pensando en publicar esto en dos veces, porque quizá quede un poco largo. El libro de hoy es de relatos, así que me apetecía poner un relato completo. Eso es lo que hago, al fin.

El museo de los esfuerzos inútiles de Cristina Peri Rossi. 1983

HISTORIA DE AMOR.
Dijo que me amaba y me ofrendó su vida.
Al principio, yo me sentí halagado- era la primera vez que me sucedía- pero luego comencé a notar un dolor sobre los hombros. No hay vidas livianas. Todas son difíciles de llevar. Como soy sumiso y obediente, calcé bien el pesado bulto sobre mis espaldas y me dirigí, sin vacilación, a la montaña. A veces, su vida me rozaba los omóplatos, en difícil equilibrio, y yo sentía un escozor en la piel, que enrojecía y adelgazaba. Cuando un costado me dolía mucho, arqueaba el lomo e intentaba trasladar el peso hacia el otro.
No había transcurrido aún la primera parte del camino, cuando observé que una de mis costillas cambiaba de lugar, clavándose en mi estómago. Entonces me alarmé, quise despojarme de mi carga, pero ella, solemnemente, declaró que me amaba, y se acomodó mejor sobre mis hombros.
Con la costilla en el estómago, era difícil comer y moverse, pero descubrí una nueva manera de respirar, en dos movimientos, el primero lento y no muy profundo,, el segundo algo más hondo, que me permitía seguir caminando. Observé que, mientras andaba, mucha gente se detenía para felicitarme: se había extendido la noticia de su amor y yo me había vuelto relativamente famoso. Mis pies sangraban y desistí de los zapatos. Deseé, como las enormes tortugas marinas, poseer una caparazón milenaria que me protegiera las espaldas.
Bajo el peso de su vida, yo caminaba inclinado. Ya no veía el cielo, ni las altas cimas de los árboles, ni los pájaros que cruzan el aire, ni las fugaces mariposas de los días de tormenta. Es cierto que a veces experimentaba una fuerte nostalgia de nubes y arco iris, pero me acostumbré a andar agachado, a mirar sólo las cosas que andaban a ras de suelo.
Al principio, cuando me detenía al borde de una corriente cristalina para beber o descansar un rato, ella aceptaba que yo depositara brevemente su vida sobre el suelo (comía o bebía vigilándola atentamente para que no se extraviara o un desconocido se la llevara). Así, yo obtenía algún descanso. Pero un día, cuando llevábamos andando ya algún tiempo, me anunció su decisión de no separarse jamás de mí. No pude levantar la cabeza para mirarla, por el peso, pero de todos modos comprendí la obstinación de su propósito. La resolución nacía, según me dijo, de su profundo amor por mí. Tenía la espalda encorvada, mis muslos temblaban, los pies estaban desollados y las costillas, rebeldes, cambiaban permanentemente de lugar, pero el privilegio de su amor era todo mío. “No podrá continuar pegada a mí si yo no quiero”, reflexioné interiormente, mientras ajustaba mejor, con un movimiento de hombros, la carga sobre mí. La montaña estaba próxima y la temible ascensión comenzaría de un momento a otro. “Por más que quiera-continué diciéndome- podré desembarazarme un instante de ella para beber o para dormir, aunque llore, me riña o simule estar enferma: bastará que sacuda mis hombros para que caiga”. Pero me equivocaba: cuando intenté sacudirla de mis espaldas para depositarla un momento en el suelo, comprobé que no podía hacerlo. Sus órganos vitales, durante esa etapa del camino, habían comenzado a segregar un líquido amarillento, una sustancia córnea que, al secarse sobre mi espalda la había unido definitivamente a mí. Con la obcecación del náufrago, intenté romper con las manos la dura costra que nos unía. “Es inútil- me dijo ella, justo encima de mis riñones- .Mi amor es eterno, indisoluble, indestructible. De mis senos mana esta corriente que al llegar a ti se solidifica y de mi útero fluye este metal que se adhiere a tus costillas” “Ya no nos separaremos más”, dijo, triunfal.
En vano me sacudí, intentando librarme de la carga: sólo conseguí cansarme más. En efecto, igual que esos torpes caracoles que avanzan lentamente con su concha encima, cada vez que yo me movía, sin querer la trasladaba. Pensé aproximarme a la montaña y, brutalmente, golpear mi carga contra la piedra dura, insomne; pronto comprendí que yo me estrellaría también, como una fiera enloquecida.
De modo que comencé la ascensión. Las emanaciones de sus órganos eran cada vez más frecuentes; aquellos líquidos pegajosos se derramaban sobre mis manos, entumeciéndome los dedos; formaban densas películas adhesivas que unían una parte de mi cuerpo a otra que no le correspondía, con lo cual la dificultad para caminar era mucho mayor. Sobre mis espaldas sentía sus secreciones fluir, fortaleciendo cada vez más la costra que nos unía.
A la noche, me sentía agotado y dormía entrecortadamente, mojado por los líquidos que chorreaban de manera intermitente de sus axilas, de sus poros, de sus piernas. Una mañana desperté con la boca completamente cubierta por un tejido pegajoso, amarillento, de sólida textura, que no me permitía hablar; comprendí que al moverse, en sueños, había exhalado algunas de esas hebras cartilaginosas que se endurecieron sobre mis labios. Luché por romper la cáscara, pero fue imposible: ahora yo avanzaba mudo por la montaña.
La ascensión es difícil. Cada vez estoy más encorvado. Ya no veo a nadie por el camino. No se trata solamente de la soledad del lugar o del riesgo de la montaña: si alguien pasara, yo no le vería, inclinado como estoy sobre el suelo, a causa del peso. Mi fama, por otra parte, se ha extinguido: no creo que alguien me reconozca, con los huesos al aire, macilento y lleno de costras leguminosas.
No me preocupa el final del recorrido: la cima de la montaña está muy lejos y jamás conseguiré llegar allí. Además, ya estoy muy viejo, o por lo menos, lo parezco. Sé que moriré pronto y he tratado de advertírselo: cada vez estoy más flaco, mis pies ya no tienen piel, los huesos asoman por los agujeros del cuerpo. Como no puedo hablar (ni comer) a causa de la costra, se lo advertí con gestos. Ella me contestó de inmediato. “Te amo-me dijo-Te he brindado mi vida ¿Cómo no ibas a darme la tuya?”

 
RAE
Mientras me doy un baño, actividad que practico los días que tengo mucho tiempo o que estoy muy cansada, me gusta desconectar de los problemas cotidianos, así que me invento otros.
Elijo tres o cuatro palabras, intento definirlas y buscarles puntos de relación. Unas veces lo consigo, otras no, pero me distraigo hasta que se enfría el agua.

astucia
(Del lat. astutĭa).
1. f. Cualidad de astuto.
2. f. ardid (ǁ artificio).

astuto, ta.
(Del lat. astūtus).
1. adj. Agudo, hábil para engañar o evitar el engaño o para lograr artificiosamente cualquier fin.
2. adj. Que implica astucia.

vulnerabilidad
1. f. Cualidad de vulnerable.

vulnerable.
(Del lat. vulnerabĭlis).
1. adj. Que puede ser herido o recibir lesión, física o moralmente.

infamia
(Del lat. infamĭa).
1. f. Descrédito, deshonra.
2. f. Maldad, vileza en cualquier línea.

¿Qué pueden tener en común estas tres palabras?
 
En la oficina
volvemos a estar de cambios. Se trasladan armarios y archivadores de un despacho a otro, se buscan funciones nuevas para personas no tan nuevas, se inventan mejores fórmulas de control, se imprimen circulares con normas de reparto de tareas...
Desde que me he incorporado de una manera más o menos estable, semana sí, semana no, más o menos, han cambiado la ubicación de mi mesa al menos tres veces. Cada vez que regreso después de unos días de descanso he de pedir un plano que me indique dónde debo dejar el bolso. Sigo sin estar conectada pero ahora, al menos, tengo paredes donde colgar mi cartel del festival de jazz, el calendario, las fotos de la nena, el cartel de no a la guerra que me acompaña a todas partes y mi última adquisición, una bonita foto del gran ramo de rosas de mi cumple.
Ayer, espíritu navideño mediante, incluso se me preguntó dónde, de entre el inmenso espacio que queda libre después de meter en un pequeño despacho los muebles y los papeles de los que el resto se han deshecho, prefería que fuese colocada mi mesa. Porque eso sí, salimos al menos a una mesa y una silla por persona.



Aquí, ha sido mi respuesta. Pero ni con esas...
La suerte es que todavía me quedan unos días de vacaciones, que el de inocentes ya no estaré allí, que volveré mediado el primer mes del año nuevo. Y todos lo sabemos: año nuevo, ubicación nueva. Son ya varios trienios de experiencia.
 
Madurando.
En contra de todas las tradiciones, y finalizada la temporada de las mil lluvias, mi cari y la nena adornaron ayer el árbol del jardín.
En contra, también, de todas las previsiones, ha florecido la flor de pascua que plantamos el año pasado.
Mi madre me comenta que este año vamos a cambiar de restaurante para la comida familiar, porque el tradicional al que solíamos ir todos los años ni es tan bueno como nos cobra, ni nos ofrece el suficiente espacio para que nos sintamos cómodos.
Y que va a haber un solo regalo por persona.
La nena este año no ha escrito la carta a los reyes, porque, dice, ellos seguro que ya saben lo que han de traer, y no quiere preocuparles pidiéndoles cosas con las que no contaban.
Me piden unos amigos y amigas que volvamos a enviarnos christmas como cuando éramos niños.
¿Estamos madurando?
Todo son buenos augurios.
Quizá ya es hora de que me reconcilie con la navidad.
 
Mi psiquiatra
de cabecera cree que tiene la fórmuna para nuestra felicidad; recomienda adoptar una dieta regular de placeres simples: reunirnos con amigos, cocinar una comida sabrosa, dar un paseo por el campo, salir de compras, aunque no compremos nada, arreglar cosas de la casa, cuidar del jardín, leer un libro interesante o escuchar una música grata.
Hoy he seguido sus indicaciones al pie de la letra, pero lo cierto es que me siento más cansada que feliz.
Quizá no entendí bien las instrucciones y no había que hacerlo todo el mismo día...
 
Hopper. (Sólo para tus ojos)
Una curiosa coincidencia, asociación de ideas o vete tú a saber qué clase de magia (porque yo no creo en las brujas, pero haberlas, haylas), me ha llevado, hoy, hasta aquí.
Primero tropecé con Teresa, que ha puesto un Hopper en su cabecera. Después, preparando la ficha de un libro para La biblioteca..., observé que la cubierta era, también, un Hopper. Por último, buscando una imagen en mis archivos personales, volví a descubrir este Hopper que tenía reservado para alguna ocasión especial. Las brujas me han llevado de la mano hasta ella.



Ya sabes, la puerta está abierta. Puedes acabar de entrar o acabar de salir. Sólo hazme un favor. Si entras, no salgas. Si sales, no entres.
 
¿Metrosexual?
De un comentario en el blog de manuti, el Camarada hace un post. Y amanda. Ya hemos hablado otras veces de los comentarios ascendidos de categoría.
Yo no voy a pincharos la noticia, pasad por allí para verla, pero sí quiero expresar mi opinión, tanto sobre el titular, que, a la manera habitual del El Mundo encierra muy pocas veces la noticia real, como del fondo del asunto, no de la noticia en sí, que al parecer tanto va a molestar a los 'machos'.
Pues resulta que se ha elegido a un grupo de cinco profesionales (en el titular les llaman gays) de diversas ramas, para asesorar a los hombres que, teniendo gusto por la decoración, la belleza, la moda, la gastronomía y la cultura relacionada con el ocio, (o sea, hombres normales) todavía no han tenido la oportunidad de desarrollar esos gustos, o lo hacen sin asesoramiento, porque, todos lo sabemos, no está bien visto. El problema es que esta experiencia se va a desarrollar en un programa de televisión que pronto degenerará en bodrio. Por el tratamiento que se le va a dar, machista, homófobo y hortera, cuando podría ser un programa informativo más.
Si alguien cree de verdad, pero de verdad, que cocinar ricos platos, saber elegir una corbata a juego con la camisa, teñirse las canas, decidir de qué color quiere el tapizado del sofá, y leer la cartelera para averiguar la oferta de cine, teatro y otros espectáculos diarios que le ayuden a pasar una tarde agradable, no es cosa de hombres tanto como de mujeres, que tire la primera piedra.

 
Navidad, Navidad...
Es costumbre en casa montar el árbol el día 8 de Diciembre. Este año no ha podido ser, porque llueve, llueve, llueve, desde el día 3, viernes. Sin pausa. Sin descanso. Y el árbol está en el jardín, así que mi cari y la nena, con las luces preparadas, las guirnaldas preparadas, los lazos preparados, la escalera preparada, se han pasado todo el puente, el largo puente, que yo todavía disfruto (jejeje), pegados a la ventana, esperando que dejara de llover. Porque la tradición dice que, si no se monta ese día, ya no se monta (al menos en mi casa).
Yo, que en invierno soy más de interiores, y no sigo la tradición, lo acabo de montar ahora, hace unos minutos. Me ha quedado bonito, he de reconocer que tengo buen gusto, así que lo voy a utilizar de felicitación navideña para todos aquellos que lo esperaran de mí. De manera comunitaria, nada de personalizaciones, de algo ha de servir que nos vendan la Navidad como fiesta para compartir. Pues eso, a compartir este árbol, que lleva el nombre de todos grabado en el tronco, aunque de lejos no se aprecia.

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La leyenda será la misma en todos los casos: Gracias por vuestra compañía durante todo este tiempo
 
Un proverbio chino.
No hay festín que no se acabe.
 
Hay mujeres.

Hay mujeres que arrastran maletas cargadas de lluvia.
Hay mujeres que nunca reciben postales de amor.
Hay mujeres que sueñan con trenes llenos de soldados.
Hay mujeres que dicen que sí cuando dicen que no.
Hay mujeres que bailan desnudas en cárceles de oro.
Hay mujeres que buscan deseo y encuentran piedad.
Hay mujeres atadas de manos y pies al olvido.
Hay mujeres que huyen perseguidas por su soledad.
Hay mujeres veneno, mujeres imán.
Hay mujeres de fuego y helado metal.
Hay mujeres consuelo, mujeres fatal.
Hay mujeres que tocan y curan, que besan y matan.
Hay mujeres que ni cuando mienten dicen la verdad.
Hay mujeres que exploran secretas estancias del alma.
Hay mujeres que empiezan la guerra firmando la paz.
Hay mujeres envueltas en pieles sin cuerpo debajo.
Hay mujeres en cuyas caderas no se pone el sol.
Hay mujeres que van al amor como van al trabajo.
Hay mujeres capaces de hacerme perder la razón.

(J. Sabina/A.Llamado)
 
Bad, bad girl.
Recuerdo que comimos todos juntos. Recuerdo la comida y las botellas de vino. Recuerdo la tarta, las velas y el 'cumpleaños feliz'. Recuerdo parte de la sobremesa, aunque ninguna conversación en concreto. Recuerdo varios mantones de manila (auténticos, dijo mi madre) y una ostentosa pulsera de oro. Recuerdo unas tarjetas y unos libros de cocina. Recuerdo vagamente un intercambio de dinero y lotería. Recuerdo que cuando se fueron todos, aunque no recuerdo cómo fue la partida, me acosté. Y a partir de ahí se evaporan los recuerdos. Me levanté de nuevo cuando se acostó (en mi cama) la nena. Entonces no recordaba nada.
Es extraño. Lo encuentro extraño ahora, no en ese momento. No pude haber bebido tanto. Pero debí hacerlo bien, porque las cuatro o cinco copas de vino se convirtieron en una auténtica borrachera. Debió ser la mezcla con el enfado y el estrés que llevaba arrastrando de días antes. No sé, debe ser demoledor, ha sido mi primera experiencia.
El de ayer fue, pues, un día sin pasado reciente, un día de resaca sin alcohol, de dolor de cabeza debido al sueño, de ojos hinchados por la falta de descanso.
Sé que esos recuerdos son irrecuperables, aunque hoy, ya más despierta, ya casi recuperada, voy encontrando indicios de lo sucedido en algunos rincones de la casa. Que me devuelven pequeños fragmentos.
Pero lo cierto es que en casa nadie me habla. Eso me hace pensar que fui una chica mala, muy mala...
 
¿Ciencia ficción?
Llueve. Mucho.
Mientras intentaba conciliar el sueño, cosa que me va a costar, porque he dormido una muy buena siesta, se me ha ocurrido una historia de terror, que voy a narrar en primera persona, porque ese es mi estilo. Fantasía. Ficción.
Ha vuelto. Desde mis peores pesadillas. Se me ha reproducido el alien. Un alien crítico, que lee mis palabras, posiblemente incluso las no escritas, cada día. Que las desmenuza, las radiografía, las deconstruye, desordena, despieza y reorganiza hasta que, con ellas, consigue construir el discurso que sus ojos quieren ver, que sus oídos quieren oír, y entonces, va a por mí. Con argumentos inventados, manipulados, fabulados, que intenta hacer pasar como míos, que apunta en mi curriculum, y de los que me pasa factura. Cada día.
Ha pasado varios meses haciéndome creer que era mi amigo, mi maestro, mi compañero, mi confidente, mi apoyo, mi libro de estilo, mi corrector automático, mi mecenas...
Ahora se ha quitado la máscara. Porque ya no hay dónde exprimir. Sacó todo el jugo. Ya no le sirvo, porque resultó que no era yo la que, contrariamente a lo que él creía, y no cesaba de repetirme, dominaba la red. La contraseña olvidada era la suya, yo sólo soy una usuaria más, ya no le sirvo de coartada. Así que me toca emigrar. Quedarme en la calle.
Todo fue un espejismo de su propia hipocresía. Se acabó. El ilusionista ha mostrado lo que había en el sombrero. Nada. Aire viciado. El disfraz le está destrozando, así que ha decidido acabar con él. No es tan fuerte. Sólo un cuerpo podrido. Y un corazón atrofiado.
Siento que ésto acabe así. Que ni siquiera me haya dado la opción de decidir el final. El cómo y el cuándo del final. Pero he de borrar todos mis archivos, he de deshacerme de mis palabras escritas, he de abandonar el trabajo de muchos días de reflexión, incluso he de olvidar París. Porque ya nada será como antes. Yo también he cambiado. De niña ilusa, emocionalmente subnormal he pasado a mujer madura, emocionalmente superada. Eso, la evolución, ya no me lo va a quitar nadie. Pero no se va a deshacer de mí. Ese gusto no lo va a ver cumplido. Disfrutará de mi presencia ausente. Los días que le resten de vida. Si al paso de sus horas se puede llamar vida.
He sido manipulada, desinformada, exprimida, explotada, violada y, al fin, abandonada. Se me han negado mis derechos fundamentales como mujer, como persona y como prisionera de guerra. He sido tratada como botín, se me ha intentado expoliar intelectual y físicamente, se me han hecho promesas a sabiendas de que en ningún momento iban a ser cumplidas, para fomentar sus propias expectativas. Y, a pesar de todo, aquí sigo. Entera o medio rota, eso sólo a mí me incumbe, pero aquí sigo, para luchar contra él.
Porque el alien también sigue, aunque ése es SU problema. Ya no se va a alimentar de mí. En esas circunstancias, su supervivencia está en peligro, y lo sabe. Espero su próximo ataque. Será inminente, y estoy preparada.

Alguien pasará por aquí de vez en cuando. Barrer, quitar el polvo, sacar brillo a la plata, limpiar los cristales... Nada personal. Muchos recuerdos. De cuando nada importaba. De cuando todo era mucho más sencillo.
 
La Biblioteca del domingo
Ni es domingo, ni es novedad, pues hace ya meses que lo publiqué, pero la cuestión es que me voy a tomar unos días de vacaciones, he visto que vuelven a publicitarlo y estoy vaga, vaga, vaga...
Las novedades, en la próxima entrega. Espero.

Nuestra Incierta vida normal de Luis Rojas Marcos
He terminado el libro de Rojas Marcos al que hacía referencia unos posts más abajo. Es curioso, lo he leído en salas de espera (últimamente he ido mucho al médico), porque lo llevaba en el bolso grande que cojo para ir a la ciudad. Todos mis bolsos son grandes, pero éste especialmente.
Aunque está escrito en referencia al 11S, su objetivo es más amplio que analizar los cambios emocionales experimentados en el mundo tras la convulsión que supusieron los hechos ocurridos en ese día.
En los tres últimos capítulos, expone, de acuerdo con el refrán "más vale la práctica que la gramática", una receta que consta de dos partes: una prescripción general que requiere descartar tres comunes quimeras o mitos incorrectos acerca de la humanidad, y la segunda, más específica, consite en una serie de estrategias o antídotos eficaces que contrarrestan los efectos nocivos de la incertidumbre y la vulnerabilidad en nuestro tiempo (y en cualquiera, añadiría yo).
Las tres quimeras son:
- somos malos
- antes estábamos mejor
- la dicha no existe
Los antídotos:
- informarse
- diversificarse
- relacionarse
- hablar
- encontrar la explicación
- reírse
- moverse
- dejarse ayudar por la ciencia
- cultivar la espiritualidad
- llevar a cabo actividades voluntarias filantrópicas.

Y finaliza con un proverbio chino: "Todas las crisis tienen dos elementos: peligro y oportunidad. Con independencia de la peligrosidad de la situación, en el corazón de cada crisis se esconde una gran oportunidad. Abundantes beneficios esperan a quienes descubren el secreto de encontrar la oportunidad en la crisis". Sublime.
 
Acidez.
Dice Manuel Vicent en la introducción a una nueva edición de "La casa de Lúculo" de Julio Camba:
"Ninguna comida es indigesta, pesada y da acidez de estómago. Quienes dan acidez y resultan pesados e indigestos son ciertos comensales con los que uno, a veces, no tiene más remedio que compartir la mesa. Con gente agradable y optimista, que encara la vida con alegría, se puede comer garbanzos con chorizo y oreja de cerdo sin que su digestión te cree el más mínimo problema. Con toda seguridad, la siesta también será placentera."

Uffff qué alivio. Algunas veces, después de que una simple ensalada me produzca una mala digestión he llegado a pensar que tenía una úlcera de estómago. Ahora ya sé que no era eso...
 
Contra la violencia.


El pasado sábado el presidente del club de fútbol local pidió, a la asociación de mujeres convocante de las concentraciones de los jueves contra la violencia, la pancarta que, desde el primer día, es el estandarte de nuestras protestas, de nuestras reivindicaciones, pancarta sobradamente conocida en toda la ciudad. Quería que, el día del partido de fútbol, se rindiese un homenaje a todas las mujeres que han sufrido, sufren y sufrirán malos tratos.
He oído decir que, cuando salieron al campo los jugadores de los dos equipos flanqueando la pancarta, el estadio enteró se quedó en silencio.
Hubiese querido estar allí. Ver y escuchar ese silencio.
 
Queridas, queridas amigas:
La conjunción entre juventud y enfermedades, graves y muy graves, accidentes, malos tratos y abandonos me tiene últimamente un poco aturdida, oprimida y triste, muy triste.
Quisiera, a veces, que mi capacidad de buena escuchadora no fuese tan aparente. Sólo a veces. Porque en estas últimas semanas, y a pesar de mi aspecto radiante, feliz, acogedor y amigable (o quizá precisamente por eso) se me ha acercado gente de lo más diversa a hacerme confidencias, a contarme historias, propias o ajenas, que en algunos momentos han llegado a acongojarme profundamente, y me han impulsado a huir, a refugiarme en mi buena suerte. No lo he hecho. Quizá las que más me conocéis sabéis que no hubiese podido hacerlo.
Quisiera, a veces, poder desarrollar otra capacidad que, en algunos casos, necesitan más las personas que se me han acercado para hablar: la capacidad de dar consuelo, aunque sea sin palabras, que a mí hablar me suele costar bastante. Dar consuelo con un gesto, con una mirada, con un gran abrazo. Pero la realidad es que a los humanos parece como si cada vez nos costase más el contacto físico porque sí, una palmada en el hombro, una caricia en la mejilla, un apretón en el brazo, un beso en la palma de la mano, cualquiera de esos gestos, antes tan entrañables y que ahora sólo vemos entre parejas, y que tanto bien nos hacían a los que sólo somos amigos, o conocidos, o, simplemente, personas.
Por eso yo hoy quiero disculparme ante todas vosotras por haber tenido miedo al rechazo y no haberme acercado lo suficiente para ofreceros esa caricia, ese beso, esa palmada, ese abrazo que quizá hubiese aliviado el dolor, la pena, la tristeza, que los acontecimientos que os están sucediendo os provocan.