El Caso Ibarretxe

Ibarretxe ha sido siempre "un caso" al modo como lo son las intrigas de las novelas de Agatha Cristie, en todas las cuales el misterio se basa en el inicial y confuso enredo de las pistas pero la solución es de un simpleza aplastante. En su primera entrega la maquinal y rutinaria Agatha lo hubiera titulado "El Caso del Gallito de Pelea" y ahora, en sus actuales ediciones, "El Caso del Lehendakari que Quería Ser Presidente". En esta trama tal vez el meollo del misterio sea la inmensa brecha que media entre las privadas y muy prácticas aspiraciones de sus seguidores y la evidente o aparente llaneza, inocencia y hasta ingenuidad del protagonista, quien gusta gorjear Urbi et Orbi con los ojos cerrados en estática contemplación, pero no viendo lo que sucede tras bambalinas. Algún otro mata a la víctima e Ibarretxe administra los últimos sacramentos.
Dicho abismo entre actos y pura presencia, dichos y hechos, apariencia y realidad, aspiraciones o apariciones personales y aparecidos y ambiciones corporativas también manifiesta sus honduras al examinar la dialéctica que se suscita entre Ibarretxe y sus consejeros, asesores y operadores. Si se me permite otro parangón literario, la relación entre todos ellos recuerda "Los Intereses Creados", de Jacinto Benavente, obra en la cual el jovencito no se ensucia nunca las manos y mantiene a todo evento su prístina naturaleza, pero a condición de tener un astuto sirviente encargándose de las negociaciones. Azkárate es la mujer para esos menesteres. De su boca fértil en durezas brotan las andanadas mordientes del más feroz oficialismo, de modo que Ibarretxe pueda modular las suaves y acariciantes expresiones de su bonhomía política standard. A menudo Ibarretxe aparece "apoyando" actos de gobierno antes que los resentidos y desorientados seguidores del tripartito. Así jamás entra a la arena de la disputa y las recriminaciones, todo ello al muy bajo costo de la mera ausencia. Es la clave de su malograda imagen de estadista.
El entorno que siempre lo acompaña, menos lo rodea que lo circunscribe. Ibarretxe es, en la actualidad, prisionero de una muchedumbre de charlatanes cuya especialidad es la de ser efectivos sólo en la industria de los efectos especiales. Es de sus cerebros mágicos que han surgido iniciativas como el Plan que lleva su nombre o la no asistencia a la Conferencia de Presidentes Autonómicos. Se adivina que todo reposicionamiento será basado en otra serie de medidas de la misma procedencia. Ibarretxe desea eludir a toda costa las obsolescencias, mezquindades, bajezas y miopías del partidismo tradicional; sin embargo, huyendo en estampida de ese ámbito, ha terminado por caer en otro tanto o más malo. ¿O tal vez sólo ha simulado que huye? ¿No será la suya sino una carrera estática en la que sólo se mueve el fondo audiovisual? ¿Estará, como Buster Keaton, arrancando de locomotoras proyectadas en un lienzo?
Uno puede caer en estas horribles sospechas de tanto verlo ensimismado en una política virtual basada en puntos más o menos de rating, en la permanente impresión que sólo se apresta a lanzar o relanzar campañas de bien público que aparezcan en los titulares. Por cierto esa estrategia se ha agotado o está a punto de agotarse. Hasta el ciudadano más desaprensivo comienza a notar sus falencias. Lo que se limita al anuncio, lo que fracasa o se desvanece, tiene el impacto innegable de sus ningunos efectos en la realidad cotidiana.

