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Si la democracia, para constituirse, exige la presencia de un oficialismo y de una oposición es porque ella renuncia a la idea de la verdad como monopolio de un solo entendimiento. Su antípoda acabada es el terrorismo. El terrorismo prospera donde se acentúa la disolución del interés por la disonancia y el matiz. Donde triunfa el cansancio del pensamiento. Es así como se concibe como auténtica revelación. Como revelación no exige examen ni reconsideración. Lo que pide es cumplimiento. Subordinación a secas. Es que su meta es la creación de un orden homogéneo. El habitante del mundo con el que sueña no es alguien sino nadie. Un nadie vertebrado con consignas, nunca con ideas. La lucidez le repugna. Ama en cambio, fervorosamente, la obediencia. La identificación sin vacilaciones con el mandato.
¿Por qué el terrorismo apunta y dispara, con especial deleite, sobre la civilidad? Porque aspira a que el miedo destruya la aptitud y el ejercicio de la convivencia. Quiere minar el don de la interdependencia asentada en la libertad personal y el respeto hacia la diferencia. Quiere ver desangrada la convicción de que la sociedad, si es democrática, se construye sin cesar. De allí que su enemigo eminente sea lo que las democracias llaman ciudadanía. Gente que opina, que discute, que no renuncia a la libertad. Y que, por eso mismo, comprende que nadie puede tener toda la razón.
No. No puede haber coexistencia entre demócratas y terroristas. Pero la lucha al terrorismo sólo ha de librarse de la mano de la ley. Porque en cuanto se renuncie a la ley para combatir al terrorismo, el terrorismo habrá ganado la partida.
Comentario:
Cojonudo tio
Me parece buena idea
Un abrazo
Me parece buena idea
Un abrazo

