La traducción de la A a la Z.
Vicente Fernández González
Editorial Berenice, 2008
De vez en cuando le entra a uno curiosidad por regresara los textos académicos, pero no tanta como para acercarse a los viejos mamotretos de prosa polvorienta y pedagogía nula en los que el fin último parecía ser la creación de una jerga que mantuviese fuera a de la disciplina a los no iniciados.
Por eso es un placer, y un alivio, encontrar libros como el de Vicente Fernández, en el que entre el ejemplo, la anécdota y la lección magistral, se detallan los problemas a los que debe enfrentarse el traductor a la hora de verter un texto a una lengua distinta de la que fue concebido.
Compuesto con estructura de diccionario, la inicial por la que empieza cada capítulo supone únicamente un atajo mental que nos lleva a los ejemplos, abundantes en toda la obra, o a dilemas de índole semántica, política o hasta ética con que se encuentra el traductor, pues mientras lo escrito, sobre todo lo antiguo, permanece inalterable, no sucede así con las sociedades ni tampoco en el significado de las palabras.
La traducción, para Vicente Fernández, es un poco como el análisis de un virus que muta en cada generación, pero al que es forzoso encontrarle un patrón para no perderle el rastro y que se vuelva incontrolable. Los ejemplos, algunos jurídicos e incluso más cercanos a la picaresca que a la literatura, avalan esta tesis. El traductor ya no es el traidor del aserto clásico, sino un analista que debe buscar la esencia de lo que el autor pretendía transmitir, y para ello debe especializarse en toda clase de serpentines y alambiques.
Este libro demuestra que, cuando hay voluntad para ello, se puede ser riguroso y ameno a la vez. Se puede, al mismo tiempo, satisfacer las expectativas del que busca un texto especializado y del lector curioso que sólo trata de acercarse a una especialidad siempre atractiva, poblada de laberintos y celadas, como una buena partida de ajedrez.
Javier Pérez
La tesis parece ser que las naciones no se vuelven locas de repente, y que si un pueblo con la tradición cultural de Alemania votó en las urnas a un individuo como Hitler tuvo que ser por alguna razón muy grave. Y de eso va la cosa. De eso, y de que por primera vez se impone la prohibición sobre el consumo y tráfico de drogas, que hasta ese momento eran libres. Las prohibiciones, como siempre, generan mafias, y ahí es donde se arma el gran lío, porque a mucha gente le parece buena idea aprovechar la cantidad de morfinómanos que dejaron los hospitales de la I Guerra Mundial para enriquecerse vendiéndoles morfina.
La historia en sí es entretenida, a ratos divertida, a ratos tierna y a veces un poco brutal. Hay un poco de todo, desde el excombatiente chiflado que no acabas de saber si es un romántico o un psicópata, a un adivino paralítico y rencoroso, a una chica de alta sociedad, rica pero fea, que se muere de soledad viendo cómo su padre no admite a ninguno de sus pretendientes.
El mejor sin duda es el comisario protagonista, que nunca llegas a saber de qué pie cojea, porque el autor consigue hacer simpáticos a los malos hasta hacerte dudar de qué te gustaría que pasase. Y el final es bestial, uno de esos finales que encajan y que no tienen que traerse por los pelos como aquel de Abre los Ojos, de Amenábar.
Como novela policiaca, muy buena. Como novela histórica sobre el nazismo, de lo mejor que he leído.
A veces es un poco bestia, pero si no lo fuera no sería real.
Julia Manso
Gran pelea tengo conmigo mismo, porque eso de crear repeticiones, y anacolutos, y decir tonterías a propósito es algo que no resulta tan fácil como pudiera creerse.
Lo normal es soltar majaderías sin querer, y que las repeticiones o la sfrases mal construidas se deslicen ellas solas, por su cuenta, como serpientes de zarza. Pero cuando hay que cometerlas intenfionadamente no son tan fáciles de encontar ni de ellegir.
Y en la novela de corte psicológico, en la que el carácter del personaje es la piedra angular de todo el invento, un personaje que no dice tonterías ni entra en contradicciones es un personaje que malamente se sostiene.
Estamos aquí, por tanto, ante el desafío opuesto al de la novela negra, en la quetiene que encajar todo: en el personaje subjetivo, si todo encaja y condice, no es real. Porque un personaje es un trasunto de una persona, y las personas perfectamente lógicas no existen.
Lo que está de moda, o estuvo, es el monólogo interior, o conjunto de sandeces que se le ocurren al personaje tratando de convertirse en interesante desde su diversidad o diferencia.
Dije sandeces no de modo despectivo, sino porque esta técnica se usa sobre todo para la construcción del carácter desde la minucia, desde lo que aprentemente no cuenta. Cuando el personaje piensa para sus adentros y se expresa como Montaigne, entonces no resulta creíble.
Yo, con lo que ando a vueltas ahgora es con el monólogo exterior, tipo "Cinco Horas con Mario", para que os hagáis una idea. Y aunque parezca fácil no lo es tanto, porque hay que separar muy bien la objetividad autorial de la subjetividad, llena de repeticiones y errores, del personaje que habla en voz alta.
El autor debe cuidar su voz. En cambio, la voz del monólogo debe parecer descuidada. De lo contrario, en vez de una voz será una losa.
A ver lo que sale.
Cuando se trata de escribir una conjura, tan de moda actualmente pero tan mal planteado en la mayoría de los casos, no sólo es importante que no queden cabos sueltos, sino también que la escala de relevancia sea acorde a lo que se quiere contar.
¿Y qué leches es eso de la escala de relevancia? Pues no dar demasiada importancia a lo secundario y no usar el truco, miserable y trapacero, de presentar como secundario lo realmente importante. El lector permite que se le engañe, pero no permite que se le maree con estupideces.
La conjura debe tener una razón sostenible para ponerse en marcha, debe seguir su curso alimentada por verdaderos intereses, y concluir con triunfo o fracaso por motivos razonables. Todo recurso a la casualidad debilita la narrativa. Echar mano d elo imposible, o de lo infinitamente improbable, debilita la credibilidad y deja al lector con la impresión de haber perdido el tiempo.
En la conjura, más que en cualquier otro género, hay que evitar a toda costa loque se llama “meter un elefante en la bañera” , o sea, complicar la trama de tal modo que el autor sólo pueda resolverla con una estupidez, un milagro o un fraude.
Véase, como ejemplo negativo, la estupenda trama de El Club Dante, de Mathew Pearl, y su mendicante, zarrapastrosa, piojosa resolución.
Hay que escribir poesía, aunque se queme luego, o se entierre en un cajón, o se doble en cuadraditos, como hacía yo antes, para abandonarlas en las grietas de un piso de alquiler a la espera de que alguien las encuentre, o no, algún día inesperado. Todo vale, con tal de acercarse a su lenguaje.
Y si además de buscar la imagen y la metáfora, el sentido y la sensibilidad, se trabaja la vieja técnica de la rima y la medida, mejor aún, porque de lo que se trata es de familiarizarse con el peso, la medida y la textura de las palabras. No propongo hacer sudokus verbales, aunque tampoco eso estaría mal: propongo una disciplina, un reto, una partida de tenis con red.
Después, al volver a la prosa, siempre se nota.
Garantizado.
A mí, personalmente, me parece que no hay tal.
Creo que se trata más bien del miedo a la mente en blanco, que es muy distinto, o del miedo al laberinto, al exceso de posibilidades, todas viables, que se presentan casi de sopetón obligando a tomar demasiadas decisiones críticas en poco tiempo.
Por eso soy de la idea de que es preferible pensar, matarse a pensar, antes de sentarse ante el folio. Construir un esquema. Anotar en alguna parte dónde se desarrollan los hechos, aunque luego no se vaya a decir una sola palabra del escenario; de describir minuciosamente a los personajes aunque luego, en el texto, no tengan más físico que el que determinan dos líneas.
El miedo desaparece cuando la idea se concreta o cuando la maraña se aclara. Si en ese momento sigues teniendo miedo al folio en blanco, piensa lo peor de ti mismo: a lo mejor se trata de vagancia, de resistencia interior a ponerte a trabajar de una vez.
Porque también la pereza tiene muchois ropajes.
Ando yo ahora detrás de cerrar una trama y el problema es precisamente el que comentaba ayer: alcanzar un tono, el que sea, pero uniforme, y acorde con lo que se quiere contar.
Pero la cuestión es que la trama, o su armazón íntimo, no las acabo de ver completas aún, y me encuentro en la zozobra del que trata de limpiar un cristal empañado por el lado contrario al que está el vaho. Puedes repulir el cristal de tuu lado sin que la cosa mejore. Romperlo sería lo moderno, desde luego, pero no estoy para chorradas.
En el caso de la novela negra es particularmente importante que todo encaje y no se puede uno permitir que un personaje ascienda a los cielos mientras dobla las sábanas.
Así es como se llega a la ansiedad del que se muere de ganas por escribir y todavía no se atreve. La salida es encontrar la solución o ponerse de todos modos.
Evitad la segunda, por supuesto. Yo lo intento con todas mis fuerzas.
Me dicen que a partir de hoy me enlaza este blog el diario de mi tierra, o sea la Opinión de Zamora, así que aprovecho para saludar a los zamoranos de pro (y de contra) que caigan por estas letras.
Y también a los leoneses, que se sorprenderán de ver cómo me llamo zamorano después de pasar toda mi vida por León. La cosa es bien fácil: hay quien tiene tan poco espacio en el alma que sólo puede ser de un barrio. Otros, nos permitimos querer a la tierra en la que vivimos y a la de nuestros padres. Y aún nos queda hueco.
Y ya de la que estoy, me planteo y os planteo una pregunta que llevo varios días hacíéndome: ¿hay que tener completa en la cabeza una historia antes de sentarse a escribirla?
A esto era a lo que García Márquez le llamaba haber visto entera la anaconda. Y cuando sólo veía trozos seguía explorando su espacio imaginario hasta ver otro trozo.
Yo no sé vosotros, pero como ahora ando con esa lucha, creo que hasta que no se completa el diseño del tapiz es mejor no sentarse a poner hilos. Y no porque sobren luego, sino proque a lo mejor el pegote se nota. Aunque sea sólo en nuestra cabeza y el lector ni lo sospeche, pero se nota.
Seamos inconsútiles, propongo. :-)
El peor momento de sentarse a contar una historia es hacerlo cuando todavía no tienes historia.
Por mucho que se alabe la improvisación, el impulso, y todos esos valores enemigos de la reflexión y el pensamiento, el caso es que yo encuentro que cuando te pones a construir algo tienes que saber por lo menos lo que quieres contar. Y después, sí, se puede ir dejando que los detalles se busquen a sí mismos, o los personajes se comporten libremente sobre el escenario, pero si dejas que también la historia vaya a su aire, al final no consigues más que un fragmento continuo.
O sea, un pegote
Y cabrearse dos mil. Por lo menos.
Ese es el proceso que hay que seguir, o el que yo sigo por lo menos, con algunas obras antiguas que no parecen querer enderezarse.
A lo mejor lo más sensato sería darlas por abortivas y olvidarse de ellas de una buena vez, pero lo cierto es que hay ideas que surgieron en un momento dado y que siguen con esa vena palpitante de lo que podría concluir en algo imporrtante si un día brillase la arista adecuada.
Pero cuando te lees a ti mismo desde una distancia de cuatro o cinco años, corres el riesgo de descubrir lo mal que escribías entonces, o peor aún, lo bien que lo hacías y el hálito o la espontaneidad que has perdido.
En cualquier caso, recuperar ese pulso es tarea más difícil que encontrar la idea o el enfoque bueno. El empeño es parecido a tratar de terminar la obra inconclusa de otro: porque el que fuimos ya no existe.
Y no vuelve ni con la ouija.
El escritor Javier Menéndez Llamzares me ha invitado a participar en una de esas extrañas diversioens que de vez en cuando se le ocurren a alguien, supongo que con la esperanza de comunicarse y saber si los demás existen de veras.
Por supuesto, quebrar la cadena acarreará toda suerte de malas idem, así que me pliego, me origamizo incñluso, y coloco aquí mi aportación.
Por supuesto, y en estos ambientes, se trata d eun juego literario, y de lo que se trata es de abrir el libro que esté más a mano, no otro, sino el que más cerca quede, y abrirlo convcretamente pro la página 139. Luego hay que transcribir en el blog propio las cinco primeras oraciones del segundo párrafo. Y además, para que la cadena siga, invitar a otros tres blogeros a continuar el juego haciendo lo mismo con otro libro.
Pues el libro que yo tengo delante no tiene página 139, porque se trata del segundo tomo de la Montaña Mágica, de Thomas Mann, y empieza en la 511.
Pero como los números y la lógica nunca me impresionaron demasiado como razones de peso, allá van las oraciones, tras el cálculo opotuno.
Esto había en la página 650:
"Sin embargo, Hans Castorp, el civil, el hijo de la paz, cuando escuchaba con atención al ex o al futuro jesuita, se sentía confirmado en su opinión de que ambos debían sentir simpatía por el estado de la profesión del otro, pues eran castas militares, tanto una como otra y similares en muchos aspectos: tanto en el asceta como en el jerarca, en la obediencia y el honor español. Esto último reinaba sobre todo en la orden de Naphta, orden de origen español y cuya regla de ejercicios espirituales, una especie de contrapartida de los que Federico de Prusia había impuesto a su infantería, habían sido primitivamente redactados en lengua española, lo que llevaba a Naphta a servirse frecuentemente de expresiones españolas en sus relatos y sus comunicaciones."
Con las trazas que me dejan, parece ser que la cadena comenzó en Alvaro Valverde, que invitó a Álex Chico, siguió David Vegue,Vicente Gutiérrez, y a mí me invitó Javier Menéndez Llamazares.
Yo invito para continuar a los escritores laureadoslos tresJesús Tiscar Jandra, a Juan Carlos Márquez y a Javier Vázqurez Losada
Hagan juegooooooooo
El circo del Dr. Lao
Charle G. Finney
Editorial Berenice 2006, 15 X 22, 160 págs. 15 €
Pasen y vean señores. Pasen y vean.
Este es el circo más extraño de la tierra, sin elefantes, ni acróbatas ni payasos. Este es el circo del doctor Lao, donde se reúnen para la contemplación del común de los mortales las criaturas mitológicas de todos los tiempos. Por muy poco dinero puede contemplarse aquí al asno de oro, la Quimera, la serpiente marina de los relatos náuticos y hasta la medusa (a través de un espejo, por supuesto)
El autor no necesita justificar nada y no se molesta en ellos. Simplemente coloca este impensable circo en un pueblo perdido de Arizona durante la depresión americana de los años treinta y nos describe las reacciones de la gente de ese pueblo a través de citas cultas, chascarrillos de sal gorda y una fina ironía a la hora de elegir lo que menciona en cada categoría y el modo en que lo trae a colación.
El americano Charles Finney concibió esta historia durante su servicio militar en China y quiso conciliar el quietismo filosófico oriental con el gusto occidental por las emociones y la novedad, dando a luz esta obra verdaderamente original y pionera en un género que se acerca al fantástico sin llegar a serlo: en el género fantástico la aparición de criaturas extraordinarias sirve a un fin, o una conclusión y aquí estas criaturas son fines en sí mismas.
Esto es la fantasía pura. El circo que fundamenta su principal genialidad en su propia existencia. Y como tal, se desenvuelve en un ambiente de imposibilidad que no se aleja del escenario real, que siendo de una fantasía apabullante deja claro en todo momento que sigue siendo un pueblo polvoriento, aburrido y deprimente de la Arizona más pedregosa.
Quizás otro ambiente, otro escenario más acorde con los personajes hubiese hecho de este libro uno de tantos, pero la persistencia en el tiempo de esta obra se debe, sin duda, a su capacidad de mantener en pie lo imposible en un mundo posible, realista por de más.
El catálogo final de personajes reales y ficticios, con ácidas apostillas sobre su vida anterior y su destino posterior, abúlico sin excepción, no hace más que profundizar esta sensación. Juzguen ustedes mismos: “Martha, tranquila triste e insegura; algunas veces se echaba a reír, pero al reír se preguntaba por qué; al preguntarse por qué, le entraban ganas de llorar.”
El lector no llega a sentir nunca ganas de llorar con este libro, pero a veces, al reír, se pregunta por qué, y la respuesta no está clara. Este es el mejor mérito de Finney: la sutileza de su humor.
Pasen y vean.
Javier Pérez
Guía de Hoteles inventados, de Óscar Sipán Sanz
IX Premio de Libro Ilustrado para Adultos. Ilustraciones de Óscar Sanmartín. Badajoz, Diputación Provincial, 2006. 122 pp. 9,60 €
Pocas veces tiene uno la ocasión de encontrarse un libro tan original como este, donde la fantasía, la metaliteratura y la elegancia de las ilustraciones se conjugan para constituir una obra tan deliciosamente etérea, y a la vez tan consistente.
La condena del protagonista a vagar por hoteles inventados, ocupando sus habitaciones con la tácita obligación de prestarles realidad, sirve de bajo continuo a una melodía donde aparecen constantemente pequeños detalles que invitan a una segunda lectura en busca de referencias, alusiones, o cimientos más profundos.
A menudo, mientras se recorren las páginas de este libro, se tiene la impresión de pasear por un manicomio de caricaturas, donde personajes reales y literarios se mezclan entre sí, intercambian vivencias y miedos, y aguardan las doce campanadas que nunca llegan para evaporarse en el olvido o cumplir su horario en el pedestal de la fama.
La lectura de esta obra puede tener dos niveles, sin que el uno estorbe al otro: la lectura culta, apuntalada por constantes referencias a obras literarias clásicas, sus objetos, sus fetiches, y sus pequeños guiños, y la lectura actual, sin referencias, considerando cada objeto, cada anécdota y cada historia por lo que son en sí mismos, sin ropajes anteriores que los revistan. En ambos casos vamos a disfrutar de una narrativa sutil, llena de extrañezas que ni se explican ni requieren interpretación alguna, con la el límite entre lo imposible, los improbable y lo excesivo difuminándose en el temperamento de cada lector.
Las ilustraciones, aparentes antigüedades sepia, son un aldabonazo más, imprescindible en este caso, para completar el artificio que nos obliga a pensar en algo que tanto podría localizarse en el pasado, en el futuro, o en un plano de realidad distinto al usual, pero igualmente verosímil.
En resumen, y desde una óptica más pedestre incluso, hay que decir que el libro es interesante, el libro es bonito, y uno no se cansa de buscar pormenores en el texto o en las ilustraciones. Como además no es ni mucho menos caro para lo que hoy en día se estila, conviene apuntar el título para la próxima remesa de regalos.
Porque una guía de viajes o de hoteles que existan la regala cualquiera. Pero esta no.
Luego vas y te pones a leer los relatos. Te pones con buen humor, con ganas y a un ritmo que en una hora o dos horas diarias terminas en cosa de quince días. Pero el caso es que hay ciento y pico relatos, y tienen ocho folios. Mil folios largos.
Coges el primero, y empieza a contarte la historia de un tipo que nació en un sitio muy chungo, que lo pasa muy mal y que está pensando en buscarse un futuro mejor. Siete folios de nada con estilo redacción. Al principio te da cargo de conciencia, pero en cuanto echas un vistazo al montón de los que quedan, lo pones para la columna de la izquierda.
Yo es que en eso funciono como Dios Padre en el Juicio Final.
El segundo que coges del montón habla de algo más interesante, pero utiliza a todas horas verbos del tipo hacer, decir, ser, ir, estar y tener. Se te ocurre que si el autor es birmano merece tal vez un premio, pero si no, no. Lástima si era birmano, porque se fue a la izquierda también.
El tercero te interesa. Lo lees entero. Lo marcas y va a la derecha.
Y cuando vas a ponerte con el cuarto te das cuenta de que llevas casi veinte minutos.
Y entonces es cuando, ya el primer día, empiezas a cogerle manía a los que utilizan letra pequeña, o cursiva, o decorativa, o los que vienen con encuadernaciones molestas. Y al que escribe clarito lo lees más animado.
¿Tendencioso? No. Humano.
Florituras de impresora, las justas, por favor. Y a la hora de pensar un tema, tened en cuneta que si hay otro que habla de lo mismo, el segundo que lees es el que está repetido. Evitad esos riesgos y sed un poco originales, caray.
Digo.
Suponed que os llaman para hacer de jurado en un concurso. Te conocen de lo que sea, y se les pasa por la cabeza que puede ser buena idea. Te llaman y te cuentan, en unos casos, que es au-pair, o sea, que te invitan a cenar el día de las deliberaciones, en otros te lo piden como favor y algunos hasta asignan unos cuartos al jurado.
El caso es que les dices que sí, porque esto de las letras te deja curiosidad por ver lo que escriben los demás, y te arrean, por ejemplo, cien relatos de ocho páginas. Una media.
El beneficio no es la cena ni el quedar bien con los amigos, ni los cuatro duros que te pagan. El beneficio, para mí, es tomar el pulso a la narrativa ajena y saber qué temas y qué estilos están de moda. O están trillados. O qué va a sonar más repetido que las campanadas de Santiago. Con eso, si tienes un poco de buen ojo, te puedes dar por bien pagado. Y si no lo tienes, ¿a qué te metes?, ¿a cagarla?
Con esto del pago espero vuestros comentarios a ver qué os parece la cosa. Luego sigo y os cuento lo que se ve.
1- Hay que leer a Kapek.
2- Hay que leer a Stanislaw Lem.
-3 Hay que leer a Neruda, pero al de verdad, no tanto a Neftalí Reyes. AL DE VERDAD.
4- Hay que entender que nuestro nuevo mundo por descubrir es centroeuropa y no tanto las américas.
5-Hay que leer a los amantes del mal, y esos ya no son los que se llamaron malditos en su día y hoy están perfectamente establecidos en su hornacina, sino a gente como Ewers, o Papini, irredentos todavía.
6-Hay qie renovar la rebelión y dejar de creer que lo incorrecto de hoy es lo mismo de ayer. Quizás hoy rebelarse sea rezar un rosario, por ejemplo. Quién sabe...
7-Hay que tener algo de asesino, o nuestras letras no perdurarán.
8-Hay que creer. En lo que sea, pero creer. Un escritor sin fe es un auxiliar administrativo.
9- Hay que hablar del ser humano como es, y no como nos gustaría verlo. Hay que dejarse de moralinas, y de deseos prohibidos. Un deseo prohibido de otro tiempo era tener dos esposas. Ahora un deseo prohibido es ser rico y ostentarlo.
10-El lector siempre es más rápido que tú. Tarda una tarde en leer lo que tardaste un año en escribir. No lo busques. ël te alcanzará si quiere.
¿Y quién dice esto?
Yo mismo, carajo. ya está bien de citar a los de siempre
A veces tengo el escrúpulo de justificar las acciones de los personajes, como un comentarista de ajedrez explica por qué es mejor una variante que otra, y me encuentro enfangado en rechazar posibilidades, ideas y alternativas. A mi juicio, las tramas quedan así mucho más sólidas, pero también menos fluidas. Y el caso es que no sé si es mejor hablar del por qué de las cosas o dejar que estas simplemente sucedan y que sea el lector el que les busque razones.
Porque supongo que tiene que haber un término medio entre esas tramas insolventes en las que la casualidad seensoñorea de tos y una trama de final ajedrecista, , donde toda rección conbduce a una reacción inevitable.
Abrir o cerrar.
Dilemas de puerta.
Toca hoy comentar la obra de un amigo, y eso siempre es un peligro como ya dije por ahí abajo, porque sucede a menudo que al resto del personal le importa un carajo lo que cuentas, y el amigo te mira con lupa cada palabra en busca de alguna canallada oculta.
En este caso, la lupa se la puede ir ahorrando, porque lo que haya que decir se dirá bien gordo.
El libro en cuestión es “el crimen de los Monegros”, último premio jaén de novela, y publicado por la editorial Mondadori, una de las grandes y las gordas, y el autor, David López Hernández, otro de estos escritores de apellidos checoslovacos que tienen que apoyarse en su obra para el marketing porque el nombre los distingue malamente.
La novela habla de un crimen en medio de un turbión de lluvia en el desierto de los Monegros, allá por Huesca y allá por el año setenta y cinco. Una conocida personalidad de uno de aquellos pueblos aparece muerta justo cuando Franco agoniza y todo el mundo espera averiguar el significado de la desaparición del generalísimo. Y además, llueve y se cortan las carreteras. Y las comunicaciones. Y Monegros queda más aislado de lo que siempre estuvo, con lo que a cargo de la investigación del crimen queda un cabo de la Guardia Civil que en su vida se vio en otra.
Por ahí van los tiros. O las cuchilladas. O los estacazos en la cabeza.
La ambientación es realmente magnífica. El autor consigue ponernos en aquella época y en aquellos pueblo del Instituto Nacional de Colonización con verdadera maestría. Se masca el polvo, se oye el viento y pesa el aburrimiento, o el tedio, o la fosilización paulatina de la vida. La ambientación es cojonudísima.
Los personajes están muy bien construidos. Los nombres que van pasando por la novela son personas de verdad y uno trata de comprenderlos. O de ponerse en su lugar. O de huir de su lugar. La unión de personajes y ambientes hace que el escenario sea perfectamente creíble.
Incluso la trama es creíble y suscita el interés uy la curiosidad del lector, hasta las dos terceras partes del libro. Luego, la historia hace aguas, mayores y menores, hasta un final que no se cree ni el lector, ni el autor, ni la madre que nos parió a todos.
Pero vale la pena leerlo, aunque sólo sea para ver como puede escribir un tío de veintiocho años, con que consistencia y con qué contundencia, y qué cosas podrá escribir en cuanto consiga tener una novela cerrada en la mente antes de ponerse a escribirla del todo.
Porque lo que tiene el autor es que curra como un animal. A veces demasiado, hombre. Demasiado. Y puede convenir currar menos y pensar otro poco.
Digo.
Y ahora esas dos leches que me debías.
Se pone uno a leer a Homero, o a alguno de aquellos griegos que contaban las más enormes batallas, con intervención de dioses incluida, y se pregunta cómo son capaces de dar una fuerza tal a sus relatos, o de repetir treinta o cuarenta veces la misma frase sin que suene lamentablemente repetitiva.
Le he dado muchas vueltas al asunto antes de concluir que lo que nos cautiva de ese estilo es su sinceridad. Y no me refiero a la veracidad de lo que cuenta, sino a lo cercana que está la voz de estos narradores de lo que es al voz natural del narrador, del hombre que cuenta a viva voz los sucesos importantes de su mundo.
Jenofonte, Tucídides y Homero eran ante todo, narradores naturales, genios de la escena pintada con palabras, y en cierto modo no dejan de recordar a aquellos pintores rupestres, magos o hechiceros en cierto modo, que invocaban a los bisontes para la caza pintándolos de modo que aún hoy parezca que van a salir corriendo.
Aquellos pintores sin duda conseguían atraer a los bisontes.
Los griegos, sin duda, consiguieron hacer participar realmente a los dioses en sus relatos.
Tengo un personaje que anda buscando como loco la manera de que lo maten y no hay quien se avenga a dar muerte a semejante idiota.
A veces las víctimas son tan claramente víctimas que el asesino, incluso el hipotético, se aburre de sólo pensar en cumplir su cometido.
Supongo que en estos casos lo más lucido y lo más honrado será hacer que la víctima muera en un accidente y que el asesino, sin serlo, cargue de todos modos con las culpas. Porque hay gente que incluso cuando se muere se equivoca, lo hace patosamente y causa problemas a los demás.
Puede que la trama no sea muy políticamente correcta, pero estoy convencido de que funcionará.
Yo he visto gatos mirando a la luna y no creo que están ensoñando romances, ni recordando un pasado venturoso en otro lugar y otro tiempo mejores.
Nadie sabe lo que piensan esos gatos, pero a veces nuestros personajes se les parecen demasiado, porque tras una descripción más o menos detallada nos los encontramos haciendo cosas que para nada se corresponden con lo que hemos sido capaces de perfilar de su carácter.
Si necesitamos que un personaje se enternezca en un momento dado, no podemos permitir que sea duro a todas horas, porque en el momento que lo asalte el buen sentimiento para llevar a cabo esa acción que tanto necesita la trama será tan creíble como el tío que se muere en América y deja ricos de pronto a los protagonistas.
También hay deux ex machina morales, amigos. Lo que pasa es quees muy fácil burlarse del difunto que deja su herencia a última hora, o del hermano gemelo que aparece providencialmente cuando nada más podría salvar la situación, pero no tanto del personaje gato que, de pronto, se pone poético y convierte en versos sus maullidos.
Estoy leyendo ahora una novela de crimen y misterio que me está sorprendiendo mucho por la ecuanimidad con que es capaz de tratar un tema tan delicado. Se trata de “la hora estelar de los asesinos”, de Pavel Kohout, y además de ser una obra entretenida en la que ocurren muchas cosas, unas más brillantes que otras como en cualquier novela, el autor aborda el final de la segunda guerra mundial y la revancha de los checos contra los nazis con verdadera imparcialidad. hay checos buenos y checos males; hay alemanes buenos y alemanes malos, y sobre todo, ante todo, hay buenas y malas personas en todas los bandos.
Salvo un par de obras, ando todavía buscando esa ecuanimidad en los autores españoles a la hora de tratar la guerra civil. Porque lo que está claro es que hablan de ella, a todas horas, en todo momento y con cualquier disculpa, pero en España está pendiente aún el abandono de los bandos: no hay frialdad alguna al tratar los hechos de una u otra facción, y así, la novelas se resienten.
Pavel Kohout ha cosechado un gran éxito con su novela porque la entiende cualquiera y es fácil de creer que hubiese personas honradas e hijos de puta en todas partes. Los nuestros, de momento, escriben sólo cuentos. Y la novela es otra cosa.
Sigo a vueltas con mi famoso taller literario, y la verdad es que la cosa salga o no salga al final, o me haga ganar o perder cuatro duros (en más no puede estar la diferencia), resulta interesante conocer a la gente que se interesa por estas cosas.
Lo mejor del caso es ver lo heterogéneo, lo dispar, lo verdaderamente plural que es interés que despierta la literatura. Normalmente, se suele entender por pluralismo la divergencia de opiniones o procedencias sociales, pero los grupos que se autodenominan plurales suelen ser mas ortodoxos de lo que creen, porque sus integrantes pertenecen casi siempre a un mismo rango de edad.
Aquí, para mi sorpresa y alegría, han llamado desde chicas que acaban de terminar el instituto y hacen sus pinitos en la Universidad hasta profesionales de alto rango jubilados que quieren aprovechar que no trabajan para dedicar, al fin, unas cuantas horas a lo que siempre les gustó pero no tenían tiempo.
Y es que parece que contar historias, el deseo de contarlas, sigue siendo universal y de todas las edades. Una agradable sorpresa, sí señor.
Escribir sobre una idea es convertirse en gusano y penetrar en la rosa, con las antenas dispuestas a captar cada mínimo cambio en la textura de las intenciones, o en los senderos posibles de ese blando laberinto.
Narrar un hecho o describir un objeto con tareas de otro tipo. Estamos acostumbrados a convertir en palabras las pisadas cotidianas y los rostros, las bufandas de diario. Describimos desde niños la pelota que buscamos, y aunque el arte no se afine, conservamos la herramienta.
Entonces cualquier día, mencionando esa pelota o esa infancia, se nos ocurre pensar que los niños y las masas se conducen por mecanismos parejos, y que nadie vencería en contienda electoral a un maestro de primaria con treinta años de experiencia.
Se nos ocurre la idea, ramificada ya en su capullo, y no es fácil aceptar metamorfosis que nos alejen del camino familiar que sólo retrata y enumera.
La idea espera, pero casi nunca nos atrevemos.
Me dicen también que se impone un cambio de estilo en este blog.
Sea.
No sé bien qué significa cambiar de estilo, como no sea modificar le criterio con que se eligen las palabras, no sólo por su significado, sino también por la sonoridad, o la culpa, esa carga que traen de otros textos y otras lenguas y que las convierte en lo que no son, o en lo que son a oscuras, escondidas entre gramáticas pardas y artificios intelectuales para mejor engañar cobardías. O tedios.
También el idioma tiene su teoría conspiratoria. Algunos le llaman concienciación, otros adoctrinamiento. Algunos, pocos, literatura. Tampoco son inocentes las tres palabras que se ofrecen para enlazar un concepto escurridizo de suyo: quien dice concienciación, afirma a la vez que necesitas un cambio de conciencia. Quien dice adoctrinamiento, habla de imposición, puño o brazo en alto, en columna de a dos, formados en un patio. El que dice literatura ni él sabe lo que dice.
Sea.
Ya me han preguntado dos o tres qué es eso de la “tipología social de los jurados de concursos” que aperece en el temario, allá al final, del taller literario de Cumbres Borrascosas.
Pues no es nada mágico, sino más bien prosaico: se trata de hablar de qué clase de gente integra esos jurados, porque aprovechando que he conocido a casi un centenar, pues lo mismo es interesante saber que no te encuentras la mayoría de las veces con quien crees que te encuentras.
Y ya sé que no a todo el mundo le interesa eso de los concursos literarios, pero ya que le cobras a la gente por un curso (además de por el alojamiento y el papeo), pues por lo menos tratar de ayudar a que recupere la gente la inversión.
Ese es todo el misterio, amigos desconfiados.
A mí, el concepto de taller literario nunca me ha convencido gran cosa. Eso vaya por delante.
Pero ahora, después de pensarlo, me ha dado pro organizar uno, aunque contras premisas. ¿Y qué tal si en un taller no se tratase de estandarizar el estilo de la gente, sino de fomentar sobre todo que se conozcan entre sí e intercambien experiencias?
Se darán las horas correspondientes de clases, por supuesto, pero después de participar en casi quinientos concursos, un tipo como yo puede ser más interesante hablando de lo que ha aprendido sobre los jurados, sobre los prejurados y sobre lo que es el mercado editorial y comercial que sobre el modo de poner una coma.
Y si la cosa es en el campo, comiendo y hasta durmiendo todos en la misma casa, estoy convencido de que tendrá otra clase de efectos. Y de ventajas.
Se verás y os cuento.
(Por si alguien se anima: http://www.cumbresborrascosas.net/tallelit)
Crear compendios literarios viene a ser como gestionar una confederación hidrográfica, y lo digo porque ahora, de un mes para acá, he adquirido cierta experiencia en el tema; en el de los compendios, se entiende.
Como digo, me ha dado por crear páginas web que reúnan textos, a ver si somos capaces de crear algún recurso cultural de entidad en la red. Y el caso es que la información que hay por ahí es como un río, y cuando lo tratas de embalsar te das cuenta de que quedan tras tu presa las aguas limpias, los arroyos de montaña, y también las cloacas de unos cuantos pueblos.
Al final, está claro que es mejor embalsar y que cada cual depure como mejor pueda, pero nunca tuve tan claro como ahora que el mal de nuestro tiempo es el exceso de luz.
Y el exceso de luz equivale a una ceguera irremediable. Me temo.
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Compendios en marcha:
www.literalia.es Base de datos de noevlas con reseñas ty críticas.
www.enverso.es Gran colección de poesía en español. Todos los autores,. La intención es crear la mayor colección de la red de poesía en español.
Si alguna vez os toca participar en un jurado ya podréis decir que hay Infierno con conocimiento de causa. Y no es que sea una cosa desagradable, porque la mayoría de las veces los demás son gente normal, agradable y hasta simpática. Lo malo es que te has leído un montón de obras y que hay que comparar entre cosas que no son comparables.
Resulta que te encuentras con que hay, por ejemplo, diez buenos relatos o poemarios, y que estos que has considerado buenos por tus propias razones, no coinciden con lo que otro tiene por buenos, también con sus razones bien explicadas y argumentadas. Y resulta que el tema que para uno es tópico para otro es impactante, y que el tratamiento con adjetivación prolija a uno le resulta pesado mientras que a otro le parece exuberante.
Conclusión: acaba ganando el que molesta poco. Acaba ganando el que no es como los demás, porque se forman facciones estéticas, entre los partidarios del poemario más sentimental y el poemario más intelectual, entre el cuento más social y el relato más filosófico.
Cuando lo que llevabas pensado no se impone, acabas votando lo que menos te joroba. Y luego, hay un fallo por unanimidad, lees al ganador y te acojonas.
Jo.