Dicen que el triunfo de la modernidad está en haber concedido al hombre un tiempo de ocio del que antes carecía. Durante mucho tiempo, se trabajó de sol a sol, y la gente tenía que afanarse en jornadas infinitas para ganarse el sustento, pero luego llegaron los fines de semana, las vacaciones pagadas y la jornada de ocho horas.
A mí, cuando oigo esas cosas me da la impresión de que me están tomando el pelo, comparando los tiempos actuales con épocas peores dentro de las muchas épocas posibles. Hoy en día hay más ocio que en el siglo XIX. Eso, por supuesto.
Es posible incluso que si se hace la suma se trabaje hoy menos que nunca, pero que tampoco nos vendan la moto: trabajar de sol a sol en el campo significa que se trabaja un montón de horas en verano, pero también que no se hace prácticamente nada en invierno. Trabajar en la antigüedad era duro, como lo era todo, claro que sí, pero en el calendario medieval, pro ejemplo, se computan casi noventa fiestas de guardar, y ahora tenemos doce.
Si a eso unimos que el ocio se llena de curiosas y sobrevenidas obligaciones, queda preguntarse si en realidad el ocio que disfrutamos no será una especie de subproducto de la jornada laboral, como el serrín lo es de la madera.
Yo, por lo menos, entre tarea menuda y cominería, no encuentro hueco, un hueco de veras, para hacer durante un espacio prolongado lo que quiero: sentarme a escribir todo seguido, sin interrupciones.
Cualquier día me echo al monte.
Me dicen que para ser un tío que se dedica a eso de escribir no me esmero un carajo en esto del blog. La verdad es que no sé lo que saldría si me esmerase, porque tampoco me tengo por un inefable maestro del estilo, pero la verdad es que sale lo que sale porque vengo aquí a desengrasar la reflexión excesiva que requieren otras páginas.
Si te pones a componer una bitácora de este tipo es porque crees que te encuentras entre amigos, aunque al final no te leas más que tú mismo. Y aunque así fuera, bastate mérito tendría estar entre amigos cuando no hay nadie más delante, porque lo más difícil que conozco es ser amigo de uno mismo.
En todo caso, cualquier día de estos me pongo en plan serio y me decido a publicar aquí textos del mismo tipo de los que escribía en otras eras geológicas para la prensa. así, por lo menos, me esmero un poco y dejo satisfechos a los que esperaban otra cosa.
Supongo que a Cicerón no se le exigía ser un maestro de la oratoria también cuando compraba los garbanzos. O a lo mejor sí, y además lo conseguía.
Uno de los peores males de la novela negra actual, tal y como yo lo veo, es el maniqueísmo. Los autores, y algunos editores, creen que lo mejor para que la obra se venda bien es que el lector se pueda identificar con alguno de los personajes, normalmente con el bueno, y para ello es preciso que la línea entre lo ético y lo inmoral esté bien delimitada.
Sin embargo, creo que semejante postulado, lejos de mejorar el acercamiento de nadie, lo que lleva es al viejo vicio de la moraleja incrustada a todas horas. Un personaje que es perfectamente íntegro en todo momento no es una persona real, y cuando un personaje de novela deja de ser creíble, la obra hace agua.
Además, con todo ese esfuerzo por hacer simpáticos a los buenos, lo que se consigue muchas veces es hacerlos un poco idiotas, porque el bien se resume en cumplir una serie de normas, mientras que el mal, para ser verdadero mal y no simple cerrazón o estupidez absoluta, tiene que reinventarse a cada instante.
Por eso a mí y a los de mi generación nos parece mucho más atractivo Darth Vader que un niñato insípido como Luck Skywalker.
Y Han Solo los supera a ambos, por supuesto. Porque sabe ser las dos cosas.
Estos días he estado de feria. La revista universitaria de León ha cumplido veinte años en continuidad, y había que celebrarlo, porque no es cosa fácil para una revista universitaria superar un número tan grande de promociones sin haber cerrado en ningún momento.
Bueno, pues el caso es que aprovechando este evento, hablamos con los organizadores de la feria Internacional del Libro y, muy amables, nos asignaron una caseta en la feria.
Y ahí, justo ahí, fue donde empecé a ver lo que es vender libros, porque además de regalar ejemplares de nuestro periódico, postales, pegatinas y un poco de lo que había por el almacén para completar una retrospectiva de los veinte años, senos ocurrió poner a la venta un libro que habíamos editado años atrás.
El libro es bueno. El libro es cojonudo. Recibió un premio muy importante, está bien editado, no era caro, y el autor, además de ser conocido, es de la tierra.
Lo teníamos todo, y no veáis la epopeya que fue vender aquellos pocos ejemplares que vendimos. La gente va a las ferias con una bolsa a ver lo que puede atropar. Coge catálogos a pares, revistas que no leerá jamás, carteles por puñados y todo lo que pueda pillar a su alance. Algunos, además, piden bolsa.
En cuanto al libro, no puedo menos de sorprenderme del modo de ojearlo que tenían muchos: pasaban las páginas como si quisieran abanicarse con ella, y volvían a dejarlo en su sitio: nunca llegué a comprender si querían saber de qué iba el texto o querían saber si estaba bien cosido. La leche.
Por esto y llo que os iré contando según surja, permitidme un consejo: si algún día os entra la vena comercial, vended churros.
Es mucho más gratificante. Seguro
Los grupos de escritores se suelen caracterizar por que la gente que se reúne en ellos pasa más tiempo hablando de lo que quiere escribir, o de lo que va a escribir, que escribiendo realmente.
Salvo la honrosa excepción del Tintero Virtual, un grupo de gente que cada semana cuelga sus relatos en el foro de Terra, no tengo vistas más que colecciones de monólogos donde toda disensión se resuelve con el salomónico subjetivismo de que hay gustos para todo.
Y por supuesto que hay gustos para todo, pero para decir semejante cosa y llegar a la conclusión de que cada cual hace bien en mantener sus vicios, sus virtudes y sus manías narrativas no hace falta reunirse en ningún sitio.
A veces llego a pensar si no será que la gente se reúne en esos grupos con intenciones muy distintas y si la literatura no será un pretexto, uno cualquiera, para conocer gente.
A veces pienso, como decía Heine, si el laurel no será un simple preludio para el mirto.
Puede ser que se trate de simple pereza, pero a veces me entran escrúpulos sobre las posibilidades cercenadas en obras ya escritas y conclusas y me asalta el deseo, casi la necesidad, de echarles un vistazo y afinar lo que en su momento pareció cerrado.
Supongo también que hay épocas para crear relatos o novelas nuevas, y otras en las que la única manera de aprovechar el tiempo y no perder la poca disciplina de que uno es capaz es sentarse a corregir lo escrito hace tiempo. No conozco el mecanismo que induce la irrupción de unas u otras temporadas, de setas o de Rolex, pero con el tiempo he ido aprendiendo que es inútil oponerse a ellas.
Por ejemplo, ahora mismo, escribo estas líneas con la torpeza del que se dirige a una novia que te acaba de mandar a tomar viento, y es que, me ponga como me ponga y tenga la prisa que tenga para concluir lo empezado, estamos en temporada de setas.
Así que mejor será no darle más vueltas y ponerse a corregir algo viejo. Y cuanto más viejo, mejor: en las obras recientes el autor se parece demasiado a uno mismo.
Hoy toca pensar un cuento por encargo, una de esas historias que te piden para hablar de una tierra, aunque aclaran que la tierra en cuestión no es necesario que ocupe el lugar central de la narración.
Lo cierto es que se me ocurren unas cuantas ideas para escribir una historia cualquiera y tengo las tablas bastantes para luego adaptar lo escrito al pedido, pero no me parece serio hacer eso, o no me lo parece esta vez. Si el relato me lo pidiese el ayuntamiento de Nueva York, escribiría lo primero que se me pasara por la cabeza y trataría de ser digno con el que me hace el encargo, pero resulta que la proposición proviene de gente que no conozco pero es mi propia gente: habitantes de un lugar desolado, comido de emigración y abandono. Limitarse con ellos a cumplir el trámite sería como poner una piedra más sobre la dejadez secular con que los políticos, las circunstancias y hasta la geología los han castigado durante siglos. Como a los míos.
Por eso, aquí estoy, escribiendo unas cuantas líneas mientras perfilo una idea que se refiera a ellos, y no uno de esos relatos intercambiables que pueden valer para treinta pueblos y ocho comarcas con cambiar cuatro topónimos.
Vergüenza poca, peroque dure.
Envidio a toda esa muchedumbre de escritores que componen sus novelas a base de contar sus experiencias sensoriales, paranormales y filosóficas. Envidio a esa gente que se sienta ante el espejo y ya tiene trama, personajes, estructura y un conflicto que narrar.
Los que nos metemos en berenjenales históricos, o vivimos en el convencimiento de que no es razonable, ni siquiera ético, fastidiar a los demás con lo que ya nos aburre bastante en nosotros mismos, tenemos que documentarnos.
Y la documentación es un vicio: empiezas por tratar de enterarte de la fecha en que sucedieron unos hechos, pasas a saber un poco más sobre los protagonistas del evento y acabas convencido de que lo importante de veras es saber qué se le daba de comer a los caballos en las paradas de postas francesas del siglo XIX.
También los hay, como Noah Gordon en el Diamante de Jersusalem, que dicen que la persecución a caballo empieza en León, y veinte minutos después, el bueno alcanza al malo en Gijón y se arroja sobre él lanzándose desde su montura.
Qué duro es eso de no llamarse Noah Gordon y tener que enterarse de las cosas.
Escribir es una tarea que requiere tranquilidad espiritual, a menos que se sea uno de esos extraordinarios especímenes capaces de convertir en literatura sus propias zozobras, como Poe.
Soy de la opinión de que para escribir verdaderas maldades hay que tener un fondo bondadoso, igual que para escribir los párrafos más líricos hay que atesorar un poso negro. Como prueba, ahí están los motetes de Gesualdo, paradigma de serenidad, y los componía para templar el pulso antes del asesinato. O eso dicen.
El caso es que cuando se te echan encima las circunstancias diarias, esas pequeñas guerras sin muertos ni heridos, pero con mucha adrenalina disparándose a toda velocidad, lo único que te apetece escribir son poemas pastoriles.
Y no es plan.
La manía de escribir por las noches proviene, oficialmente, de la necesidad de tranquilidad y concentración, sin temor a que nadie te moleste.
Lo cierto, sin embargo, es que escribir de noche suscita otra clase de ideas distintas a las que surgen de día. El tono narrativo depende, por supuesto, del tono del que escribe, y si es cierto eso de los ritmos circadianos y de que la mente funciona de distinta manera según la hora, llegamos ala conclusión de que hay obras diurnas y obras nocturnas.
¿Os imagináis a Proust escribiendo “en busca del tiempo perdido? A las once de la mañana? Es posible que lo hiciera, pero la verdad, yo no lo imagino. Me lo figuro más bien en largas noches de insomnio, peleando con el verbo justo, afinando el adjetivo a la luz de una vela, o de un quinqué. Seguramente tenía otra clase de iluminación, pero así es como lo imagino yo.
Sin embargo, hay otras obras que tienen que ser necesariamente diurnas: Stevenson escribió seguramente “la isla del tesoro” por las tardes, con el rumor de fondo de algún mar, y las voces de los carreteros y los comerciantes de las inmediaciones mezclándose con la suya, que sonaba en el interior de su cabeza.
Lo más seguro es que sea una tontería, pero para eso son las cinco de la mañana: la hora en la que puede uno permitirse estas cosas.





