Muchas veces he dicho en este espacio, y en otros, que el peor vicio de la literatura actual es la abundancia de escritores convencidos de que sus vivencias y sus sentimientos le interesan a alguien. Luego, así, se sientan, no se les ocurre nada, y eso es precisamente lo que nos cuentan. Y claro: así triunfa el videojuego.
Por mi parte, tengo a veces el problema contrario: me siento a escribir, y la trama se me complica con nuevas posibilidades, con matices que darían lugar a nuevos personajes. Supongo que sui supiese hacerlo, o me encontrase con ánimos, haría como Sholojov y compondría mi propio Don apacible, pero el caso es que me veo en la necesidad de podar el ramaje de las muchas posibilidades, y eso es casi más duro que el temor al folio en blanco.
A ese nuevo síndrome, miedo escénico, o clo que sea, habría que ponerle nombre. Propongo yo el miedo a la tijera.
Pánico, oigan.
Todos somos dos.
A veces la diferencia es mínima, sólo cuestión de urbanidad, de buen criterio para mantener una paz liviana en el entorno, una especie de tregua con el mundo para que la guerra persista pero no se libren batallas a todas horas. Pero otras, muchas veces, hay dos personas y dos caracteres distintos que tiran, con hormonas o con razones, para conducir la acción a su redil, porque lo que importa al cabo es la acción, y los pensamientos incapaces de inducir acciones no son más que flato, distracción de filósofos millonarios y pretexto para vinos, cenas de sociedad y medallas conmemorativas.
La clave es la acción. Lo que seamos capaces de hacer, el producto de nuestras decisiones y de nuestras fuerzas. De nada sirve pensar si luego se cruza uno de brazos. Hay que hacer, sí, ¿pero hacer qué?
¿Qué hacer cuando el padre de uno ni siquiera ha despertado y no ha tenido un instante de lucidez para mirar a los hijos, o a la mujer?, ¿qué hacer ante un absurdo semejante, cuando irrumpe la tragedia en medio del costumbrismo?
¿Qué acción devuelve esa vida?, ¿qué se puede inventar que reintegre las cosas a la situación anterior?, ¿cómo se puede colocar entre paréntesis un desastre estúpido en el ni siquiera hubo mala intención?
No hay paréntesis en la vida ni actos sin consecuencias. Todo al final se cobra y se paga de un modo u otro, y hasta el más insignificante de los pasos te acerca a alguna parte. ¿Pero a dónde lleva este absurdo? No son tiempos ya para venganzas que no resuelven nada, ni para violencias que no hacen más que engendrar más violencia, destruir la sociedad, crear una espiral que no se sabe en qué puede acabar. Ahora voy a buscar a ese miserable y me lío a palos con él, o a navajazos, y me desahogo, pero hay un después, una vida que vivir, un padre que no vuelve a casa, un hijo que no vuelve a la suya, ¿y qué?, ¿qué pasa después?
¿La cárcel?, ¿Silvia esperándome fuera o cansándose de esperar para al final abandonarme por otro?, ¿una vida más destrozada?, ¿qué pasa después?, ¿a qué clase de futuro aboca equipararse con lo peor de los demás?
Los arranques son arranques porque son de un momento y no se piensan, pero cuando dejamos de pensar somos como las bestias, ni más ni menos. Ni en momentos así podemos dejar de pensar. El mañana existe a todas horas, aunque se esconda detrás de algo
tan grande y tan negro que no deje pasar ninguna luz ni divisar ningún horizonte. Tan grande y tan negro como el dolor y la rabia.
El mañana siempre existe. Y tal vez mañana me arrepintiese de buscar a ese tipo. Y a lo mejor mañana pensaría que ese pobre desgraciado no vale la pena que me causa, ni la pena que causa a Silvia, ni el dolor de mi madre, porque aunque sean de distinto signo, los dolores se suman y no se restan. Nunca se restan.
Y el orgullo y el honor son palabras, y palabra es la venganza: cosas de gentes que se creen al encontrarse con la montaña que el túnel se abrirá con maldiciones y no con paladas, con dinamita, con esfuerzo y con ingenio.
No se puede ganar nada en medio de un arrebato. Ceder a la locura de un momento es deshumanizarse, olvidar cinco mil años de leyes sostenidas con esfuerzo, siglos de civilización esfuerzos incontables por alejar de nosotros la ley de la selva.
Tendrá que pagar, sí, y que pague. Pero que pague por lo que ha hecho dentro del mundo y en sus normas. Salirse a un aparte es aceptar que hay un lugar donde nos podemos enfrentar en igualdad, y no quiero igualdad con ese mierda. Cada cual que permanezca en su sitio, y si ahora me toca a mí el del dolor, que el tiempo y las circunstancias nos den a cada uno lo que nos corresponde.
Que sea el tiempo: tiene una puntería del carajo.
DE LA NOVELA "EL ESLABÓN POLVORIENTO", Javier Pérez, 2002, Editorial "ni Cristo".
Dice la ley de Lem que nadie lee nada, los que leen, no entienden y los que entienden lo olvidan enseguida. Obviamente, semejante enunciado es una deliciosa exageración del maestro polaco de la ciencia ficción, pero cuando se lee a Stanislaw Lem hay que acostumbrarse aponer sus palabras en distancia para que las proporciones de lo que afirma se conviertan en humanas.
Realizada esta operación, con mi peculiar cristal al menos, tenemos que la lectura es una actividad cada vez menos frecuente, que si se exige al lector el empleo de más atención de la que puede dejar libre un transporte público atestado y llevo de posible carteristas no tenemos nada que hacer, y que el ritmo de vida de los lectores no les permite fijar en su memoria una trama demasiado compleja.
Así la ley de Lem se convierte en la ley del Yunque: No escribas para los demás, si lo haces no esperes que se interesen en lo escrito, y si se interesan no esperes que te recuerden después de una semana.
para evitar desengaños, más que nada.
Igual que en la edad media se usaban las imágenes para ilustrar sobre temas religiosos a una población que no sabía leer, parece que en nuestros días se impone cierto tipo de literatura escrita para gente que no sabe pensar.
La estructura de los libros más populares tiende al comic, con ideas simples, sencillas, que no dejen resquicios a la ambigüedad, y cuando los dejan son dualidades tan simples que no requieren ninguna preparación anterior.
Tengo un amigo que dice, acertadamente creo, que para que un libro triunfe tiene que tener algo de infantil. No es de extrañar que sea así, porque si la juventud se ha prolongado en las normativas de los veintitrés a los treinta y cinco años, la infancia, em justa proporción, debe durar ahora hasta los veintitantos, o posiblemente más allá.
La infancia, como apartamiento de la realidad o mundo de los adultos, llega incluso mucho más lejos.
Y los libros que requiere la acompañan.
Tanto se ha extendido la lírica y la estética del perdedor que a veces le da a uno vergüenza haber conseguido algo y no ser uno más de los que se arrastran por ahí convaleciendo de sus guerras perdidas, sus proyectos fracasados y sus amores traicionados.
Ir a la guerra luce poco, y me alegro, porque la guerra es una actividad asquerosa. pero lo que me llama l atención es que, una vez se ha ido, lo que es verdaderamente chic es perder, rasgarse las vestiduras y sufrir mucho.
En literatura es casi una plaga: el personaje interesante, el que verdaderamente atrae la atención del lector es el que no tiene dónde caerse muerto, sufre todas las injusticias y trata de imponerse a su desgracia. Que trate de imponerse es estupendo, pero es que la mayoría de los atores hacen hincapié, mucho hincapié, en esa desgracia. Y luego, encima, te dicen que es literatura social para concienciarte de algo, cuando yo, lo que veo, es un absoluto abandono al morbo. Un morbo, que por cierto, tengo aún por investigar en su filiación y procedencia.
Desde que Dickens descubrió lo que vendían los huerfanitos, las mujeres abandonadas y la gente pasando frío bajo la niebla, hay gente que no se baja de la burra ni a tiros.
Así, acabaremos deseando inconscientemente que todo sea una mierda y eso,a mi ver, es una incitación al suicidio como otra cualquiera. O peor.
Voy a ponerme mesiánico, a ver qué tal se me da.
He tenido un sueño: soñé que en le futuro existiría la profesión de arqueólogo literario, de buceador en las montañas imposibles de los archivos y las bibliotecas nacionales en busca de textos olvidados que puedan ser vendidos como joyas.
Cada año se publican muchos miles y miles de títulos, y sólo unos pocos llegan al público y pueden ser analizados pro los críticos, o tener una oportunidad, mínima siquiera, de ser conocidos por el público. Góngora, por ejemplo, fue olvidado durante siglos hasta que los arqueólogos literarios de la generación del 27 lo sacaron de su sepulcro. Pero en la época de Góngora se publicaban sesenta, setenta, cien libros al años a lo sumo.
Ahora son miles, decenas de miles, p`ronto serán millones los que se hacinarán en las bibliotecas nacionales de centenares de países, y en esos anaqueles hay seguramente joyas olvidadas, tan relegadas al olvido como el diamante gigantesco que yace desde hace un millón de años en una veta de carbón poco rentable para la explotación.
Y los arqueólogos volverá de sus exploraciones con una frase, con un verso, con un libro entero quizás.
Si se escribe para una editorial, estupendo.
Si se escribe para un lector desconocido, bien está también.
Os propongo una tercera vía: escribir para el arqueólogo que sin duda surgirá un día como nuevo héroe.
Hoy en día parece que se impone ante todo la experiencia periodística del autor, porque lo que importa no es tanto el estilo, ni la manera de contar algo, como la capacidad para aportar datos al lector y contarle una trama sin florituras ni miramientos. Tengo para mí que eso no es literatura, sino folletón, y que el periodista, acostumbrado a contar simple y llanamente lo que pasa nunca será un verdadero escritor, o su obra nunca será una verdadera obra literaria.
Desde luego, eso no parece importale a nadie, y a las editoriales mucho menos. no es raro que te digan, cuando hablas de la posible calidad literaria de un texto, que ellos no se dedican a eso, que a la literatura se dedica Fulano, o Mengano, casi siempre personajes marginales con publicaciones de tirada microscópica.
Hoy, parece ser, se publican los clásicos de antaño para que ama las letras y un montón de historias de todo tipo para el que busca entretenimiento. El libro es, como nunca lo ha sido, una forma más de circo, y queda a la habilidad del autor colocar de vez en cuando, en alguna parte, una idea convenientemente disfrazada de trama para que el lector no la olvide, o no la sale, en busca del siguiente diálogo.
Los arqueólogos literarios del futuro, los que bucearán en los millones de títulospubloicados en este último siglo, tienen trabajo para eras geológicas enteras en busca de los clásicos recién descubiertos del mañana.
Porque de algo podéis estar seguros: los que serán aplaudidos reeditados dentro de doscientos años no son los que aplaudimos nosotros. Eso pasó siempre. O casi
Me dicen a veces que soy muy frío con las cosas de los demás, y que desconozco eso de la empatía que tanto se lleva ahora. Yo creo que no es verdad, pero claro, lo de verse el propio cogote no es fácil sin el retrovisor de los demás.
Vaya en mi descargo, por si fuese cierto, que el egoísta no puede ser tampoco envidioso, porque no es capaz de apreciar la felicidad de los demás y así malamente puede desearla.
Con las letras me pasa casi otro tanto, porque llevo tantos años naufragando en la vulgaridad de los textos universitarios que ya no distingo entre aquellos a los que debo envidiar y a aquellos de los que debo huir por redichos, sobreescritos o pedantes. Y como no distingo, o me cuesta trabajo segregar a unos de otros, he resuelto que lo mejor es pasar de todos en conjunto, y leerlos con el ojo de escritor en el bolsillo.
Y es agradable volver a ser sólo lector. Os lo aseguro.
Dicen por ahí que me falta lirismo, y que hoy en día, al que le falta semejante cosa no es nda, porque lo que de veras le gusta a la gente es reencontrar esa poesía que se ha perdido no se sabe muy bien dónde.
La verdad es que me la suda, pero a veces te dan ganas de probar. Así que probemos.
Y Dios, con sus claras diademas, ¿no se burla de nuestros anatemas?
Sí.
Y se burla Baudelaire de estos versos traducidos, de estos locos sinsentidos que se estampan por sí solos en medio de otras memorias. Se desinflan las historias que pensaste alguna tarde, y entre tanta algarabía, entre prosa y poesía que no se atreve a brotar, se deslizan los renglones igual que el incienso arde indiferente al altar.
¿Dónde voy con estas letras? Al olvido, por supuesto. Allí siempre tengo un puesto, y aún más cuando me río de esas cosas tan sensibles, de las vidas invisibles, del estro de los poetas, de los culos, de las tetas, de los vulgares despieces envueltos en eufemismos, de los oscuros abismos que describen los que nunca se asomaron ni a una torre, de la calma del que corre, del amor desguarnecido, del insistente crujido de unos huesos ya cansados por pecados sin sentido.
Si es que hasta rimo en prosa.
Bah.
:-))))
La abundancia de posibilidades es mi peor enemigo. Lo diré sin modestia alguna. se me ocurren tantas maneras de resolver una trama que sufro verdaderamente para elegir una entre todas ellas.
Porque elijas la que elijas, y cualquiera que sea el camino pro el que conduzcas luego la trama, hay días en que se impone la querencia a otro camino, y acabas cometiendo errores, equivocaciones embarazosas como llamar a la propia novia por el nombre de otra que conociste y con la que nunca llegaste hablar.
A veces esos otros caminos que no llegué a tomar nunca dejan su huella en los textos, y esos son los más difíciles de corregir, porque aunque a un lector ajeno le parezcan desvaríos y los señale a primera vista, el autor no los encuentra, los pasa por alto, porque forman parte de su lógica, o de rebaño de extrañezas.
Así es como te encuentras a veces con personajes que están sin haber llegado, o con armas que aperecen después de haber sido lanzadas a la corriente de algún río. Así, a veces, aparece el deseo de besar a alguien después de haberle dado portazo para siempre.
Y en la vida se permite, pero en la novela no.
Sucede en todas las facetas de la vida, pero en esto de las letras es especialmente llamativo: mirar lo que otro día te pareció bueno, lo que te pareció bien construido y encontrarte con que no tiene nada que ver con lo que estás haciendo.
Porque ren un relato puedes acertar más o menos, y lo puedes leer con el tiempo y sentirte más o menos identificado con la idea, o con la construcción,, el ritmo, o cualquier otra característica de lo escrito.
pero en una novela, y más si es de intriga, lo que ocurre es mucho más sangrante: que aquello que escribiste durante toda una tarde no tiene nada que ver con los personajes, o con la trama original que había ideado. Que los policías andan investigando algo que ya habías resuelto más atrás, los delincuentes dejan pistas imposibles de pasar por alto y los viandantes saluda, pero no ven.
A veces es duro reconocerse.
O a lo mejor es una enseñanza para la vida: no siempre somos nosotros mismos. o no siempre somos la faceta de nosotros mismos que esperamos ser. Y ese idiota que sobreviene a veces, si no tenemos cuidado, lo mismo nos la lía.
Tengo un personaje por aquí al que no le gusta el mundo en el que vive. Hasta ahí, ya sé que no puedo dármelas de original, peor el caso es que a mi personaje se la sudan las injusticias sociales, le da por el saco que haya un montón de gente pasándolo mal y no ha pensado en el futuro más de tres o cuatro veces en la vida, y siempre haciendo cuentas para su plan de pensiones.
Lo que le joroba a mi personaje es la imposibilidad de estar solo en este mundo de hoy. Lo que realmente le rejode es la sistemática destrucción de cualquier independencia, porque le gustaría es irse a una montaña, cultivar cuatro patatas y que le dejasen en paz. Pero no. que si los impuestos, que si el registro, que si los permisos de esto y de los otro... Total, que ser anacoreta es cada día más complicado y mi personaje se cabrea.
Lo otro que le molesta es la accesibilidad. te metas donde te metas siempre hay un mequetrefe en cuatro por cuatro, en batiscafo o como sea que es capaz de llegar a dónde estés a molestarte. No hay lugares recónditos. No hay sitios son cobertura, sin carretera, sin electricidad y sin tren. No hay donde esconderse de un satélite espía atontado que te siga como la nube aquella lluviosa seguía a los gafes de los dibujos animados.
¿lo trato como si estuviera chiflado o lo caracterizo como un filósofo?
Gran duda, oigan.
Hoy no sé todavía si es oficial, así que me callo nombre y título, pero me consta de que un buen amigo es ganador de un importante premio. Y encima es uno de esos amigos que no sólo te echan una mano cuando estás hecho una mierda, sino que se alegran contigo cuando las cosas te van bien.
Y mirad: yo no sé si el tipo este es buen o mal escritor, aunque a mí me guste generalmente lo que le leo. Pero lo que sí puedo asegurar es que cumple la definición a rajatabla: es escritor porque escribe.
la mayoría de la gente que dice dedicarse a este invento te habla luego de terapias para comunicarse, de intenciones siempre aplazadas, de esperar la inspiración y de dejarse llevar por el ritmo de la historia o el sentimiento de las palabras.
Chorradas. La cosa es sentarse dos o tres horas diarias y trabajar como un cabrón. Lo demás son memeces.
Así, trabajando, a veces la cosa chufla.
Aunque uno sea feo y todo.
Tengo que escribir un personaje dentro de una novela que no sea nadie, que se porte todo el día como un idiota y que lo único que le falte para convertirse en geranio sea hacer la fotosíntesis.
Sí, ya sé. tenía que haberle hecho caso a Flaubert cuando decía que no hay cosa más dura que escribir una novela interesante con idiotas que dicen y hacen idioteces. Pero bueno: estoy a ello, y hay que tirar para adelante.
El caso es que a la hora de caracterizarlo me parece que he conseguido que parezca que no piensa. Creo que resulta creíble que se mueve sólo por impulsos, pos instintos y por tropismos, como las vacas y las berzas, pero ahora me ha surgido un problema, el que siempre surge cuando te das cuenta de que además de escritor eres un tipo que tiene que ir luego por la calle, y tiene amigos, y muchos de esos amigos son también lectores: me ha surgido el temor a que más de uno y más de dos se den pro aludidos.
Y juro que el personaje es un tonto aséptico, sin inspiración concreta. pero como siga por ese camino me busco como poco un par de malas caras.
Siempre pasa con esta clase de retratos.
¿Y cuándo un amigo te pregunta qué te parece lo que ha escrito, ¿qué le dices? Y la verdad es que no te ha parecido una mierda, porque si fuese a´si le dirías: pues eso que me has pasado es una cagada infumable, y por lo menos cumplirías como amigo, ayudándolo a no perder el tiempo.
Pero no, no es eso. el caso es que lo que te ha dado para leer no es malo, pero no te gusta porque ni habla de algo que te interese ni lo aborda de manera atractiva. Si le dices que está muy bien, le mientes, porque no te lo parece. Si le dices que no te ha gustado, va a entender que es un trabajo mal hecho porque tiene en cierta consideración tu criterio.
Al final, lo mejor puede ser decirle que no está mal escrito pero que el tema de la gente que lo pasa mal no te interesa un carajo, que para hablar de pobres ya estaba Dickens.
Y entonces, claro, además de darse por ofendido en su ego de escritor, siente herido su ego político, y te la guarda.
Asco, oigan.
A veces un personaje pasaba por una novela, como quien pasa por una calle mientras ruedan una película, y al final se queda. Se queda porque rel autor es uno de sos tipos que se deja llevar por el pulso de la narración, y creyendo en la vida propia de los personajes, se da por enterado de su solicitud para ser algo más que una comparsa de dos páginas.
Puede que esa clase de conducta, o de estilo, o de manía, poco planificadora y dada a las sorpresas sea atractiva en según qué plumas, pero las más de las veces, de las veces que yo he visto, delata una absoluta falta de rigor intelectual, carencia de ideas y casi siempre de respeto por el lector.
Porque en el fondo, el que se deja llevar por la narración es el que cree que el lector está dispuesto a acompañarle a cualquier parte que le leve su digestión, su dolor de muelas, o el recuerdo de sus últimas lijurias.
Y no niego que existan esos lectores tan conformes y maleables, pero yo para mí no los quiero.
Lo peor que le puede pasar a un personaje cuando escribes una novela es que le empiece a doler la cabeza porque no acaba de tomar una decisión y tampoco es capaz de dejar de darles vueltas.
A los míos no les pasa muy a menudo, porque su peor pecado es que son demasiado expeditivos y a veces molestan a esa clase de gente que cree que todo tiene sus más y sus menos, que todo es de según el color del cristal con que se mira.
En el fondo les confieso a esos detractores de tanta decisión que también yo pienso que las cosas son del color del cristal con que se miran, pero cada cual tenemos un cristal, uno como mucho, y todo lo sea esforzarse en ver las cosas a través de los ojos de otro no acaba más que en plagios, sucedáneos y falsificaciones.
Si no nos gusta el cristal con que vamos por la vida mirando las cosas, más nos vale psicoanalizarnos, o dedicarnos a la política, oficio de gente descontenta, pero la escritura es sólo para gente convencida de su mirada.
Ponerse a escribir en comandita con otra persona requiere a veces más intimidad que el matrimonio. Lo más difícil, aunque lo parezca, no es repartirse las tareas, o los capítulos, o acordar qué va a suceder en las páginas siguientes, o qué perfil va a tener cada personaje.
Eso también es difícil, por supuesto, y se producen roces, y hay que replantear toda una línea argumental por un cambio, pero si las personas que escriben juntas son gente razonable, se sale del apuro.
Lo verdaderamente complicado es, una vez se ha comenzado, conseguir que todo el mundo tenga el mismo tono, y no sean unas páginas de ambiente oscuro y otras de aire luminoso.
Lo difícil, más que nada, es que cada una arríe su vanidad para que le puedan decir que lo que acaba de escribir es una mierda y más vale que lo haga de nuevo. Eso es lo jodido. Y a la larga, la opinión de que lo nuestro siempre es mejor que lo de algún otro del grupo, es lo que nos impulsa a relajaros y lo que lleva el proyecto al traste.
La otra opción es callar y darlo todo por bueno. No criticarse. Ser amigos ante todo. Y en vez de una novela se consigue una buena juerga. Parece un fracaso, peor a veces es más de lo que se podría esperar con según que mimbres.
Probad.