A mí, personalmente, me parece que no hay tal.
Creo que se trata más bien del miedo a la mente en blanco, que es muy distinto, o del miedo al laberinto, al exceso de posibilidades, todas viables, que se presentan casi de sopetón obligando a tomar demasiadas decisiones críticas en poco tiempo.
Por eso soy de la idea de que es preferible pensar, matarse a pensar, antes de sentarse ante el folio. Construir un esquema. Anotar en alguna parte dónde se desarrollan los hechos, aunque luego no se vaya a decir una sola palabra del escenario; de describir minuciosamente a los personajes aunque luego, en el texto, no tengan más físico que el que determinan dos líneas.
El miedo desaparece cuando la idea se concreta o cuando la maraña se aclara. Si en ese momento sigues teniendo miedo al folio en blanco, piensa lo peor de ti mismo: a lo mejor se trata de vagancia, de resistencia interior a ponerte a trabajar de una vez.
Porque también la pereza tiene muchois ropajes.
Ando yo ahora detrás de cerrar una trama y el problema es precisamente el que comentaba ayer: alcanzar un tono, el que sea, pero uniforme, y acorde con lo que se quiere contar.
Pero la cuestión es que la trama, o su armazón íntimo, no las acabo de ver completas aún, y me encuentro en la zozobra del que trata de limpiar un cristal empañado por el lado contrario al que está el vaho. Puedes repulir el cristal de tuu lado sin que la cosa mejore. Romperlo sería lo moderno, desde luego, pero no estoy para chorradas.
En el caso de la novela negra es particularmente importante que todo encaje y no se puede uno permitir que un personaje ascienda a los cielos mientras dobla las sábanas.
Así es como se llega a la ansiedad del que se muere de ganas por escribir y todavía no se atreve. La salida es encontrar la solución o ponerse de todos modos.
Evitad la segunda, por supuesto. Yo lo intento con todas mis fuerzas.
Me dicen que a partir de hoy me enlaza este blog el diario de mi tierra, o sea la Opinión de Zamora, así que aprovecho para saludar a los zamoranos de pro (y de contra) que caigan por estas letras.
Y también a los leoneses, que se sorprenderán de ver cómo me llamo zamorano después de pasar toda mi vida por León. La cosa es bien fácil: hay quien tiene tan poco espacio en el alma que sólo puede ser de un barrio. Otros, nos permitimos querer a la tierra en la que vivimos y a la de nuestros padres. Y aún nos queda hueco.
Y ya de la que estoy, me planteo y os planteo una pregunta que llevo varios días hacíéndome: ¿hay que tener completa en la cabeza una historia antes de sentarse a escribirla?
A esto era a lo que García Márquez le llamaba haber visto entera la anaconda. Y cuando sólo veía trozos seguía explorando su espacio imaginario hasta ver otro trozo.
Yo no sé vosotros, pero como ahora ando con esa lucha, creo que hasta que no se completa el diseño del tapiz es mejor no sentarse a poner hilos. Y no porque sobren luego, sino proque a lo mejor el pegote se nota. Aunque sea sólo en nuestra cabeza y el lector ni lo sospeche, pero se nota.
Seamos inconsútiles, propongo. :-)





