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AVATARES DE UN ESCRITOR Y SUS PERSONAJES.
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Esquizofrenia de autor

Todos somos dos.
A veces la diferencia es mínima, sólo cuestión de urbanidad, de buen criterio para mantener una paz liviana en el entorno, una especie de tregua con el mundo para que la guerra persista pero no se libren batallas a todas horas. Pero otras, muchas veces, hay dos personas y dos caracteres distintos que tiran, con hormonas o con razones, para conducir la acción a su redil, porque lo que importa al cabo es la acción, y los pensamientos incapaces de inducir acciones no son más que flato, distracción de filósofos millonarios y pretexto para vinos, cenas de sociedad y medallas conmemorativas.
La clave es la acción. Lo que seamos capaces de hacer, el producto de nuestras decisiones y de nuestras fuerzas. De nada sirve pensar si luego se cruza uno de brazos. Hay que hacer, sí, ¿pero hacer qué?
¿Qué hacer cuando el padre de uno ni siquiera ha despertado y no ha tenido un instante de lucidez para mirar a los hijos, o a la mujer?, ¿qué hacer ante un absurdo semejante, cuando irrumpe la tragedia en medio del costumbrismo?
¿Qué acción devuelve esa vida?, ¿qué se puede inventar que reintegre las cosas a la situación anterior?, ¿cómo se puede colocar entre paréntesis un desastre estúpido en el ni siquiera hubo mala intención?
No hay paréntesis en la vida ni actos sin consecuencias. Todo al final se cobra y se paga de un modo u otro, y hasta el más insignificante de los pasos te acerca a alguna parte. ¿Pero a dónde lleva este absurdo? No son tiempos ya para venganzas que no resuelven nada, ni para violencias que no hacen más que engendrar más violencia, destruir la sociedad, crear una espiral que no se sabe en qué puede acabar. Ahora voy a buscar a ese miserable y me lío a palos con él, o a navajazos, y me desahogo, pero hay un después, una vida que vivir, un padre que no vuelve a casa, un hijo que no vuelve a la suya, ¿y qué?, ¿qué pasa después?

¿La cárcel?, ¿Silvia esperándome fuera o cansándose de esperar para al final abandonarme por otro?, ¿una vida más destrozada?, ¿qué pasa después?, ¿a qué clase de futuro aboca equipararse con lo peor de los demás?
Los arranques son arranques porque son de un momento y no se piensan, pero cuando dejamos de pensar somos como las bestias, ni más ni menos. Ni en momentos así podemos dejar de pensar. El mañana existe a todas horas, aunque se esconda detrás de algo
tan grande y tan negro que no deje pasar ninguna luz ni divisar ningún horizonte. Tan grande y tan negro como el dolor y la rabia.
El mañana siempre existe. Y tal vez mañana me arrepintiese de buscar a ese tipo. Y a lo mejor mañana pensaría que ese pobre desgraciado no vale la pena que me causa, ni la pena que causa a Silvia, ni el dolor de mi madre, porque aunque sean de distinto signo, los dolores se suman y no se restan. Nunca se restan.
Y el orgullo y el honor son palabras, y palabra es la venganza: cosas de gentes que se creen al encontrarse con la montaña que el túnel se abrirá con maldiciones y no con paladas, con dinamita, con esfuerzo y con ingenio.
No se puede ganar nada en medio de un arrebato. Ceder a la locura de un momento es deshumanizarse, olvidar cinco mil años de leyes sostenidas con esfuerzo, siglos de civilización esfuerzos incontables por alejar de nosotros la ley de la selva.
Tendrá que pagar, sí, y que pague. Pero que pague por lo que ha hecho dentro del mundo y en sus normas. Salirse a un aparte es aceptar que hay un lugar donde nos podemos enfrentar en igualdad, y no quiero igualdad con ese mierda. Cada cual que permanezca en su sitio, y si ahora me toca a mí el del dolor, que el tiempo y las circunstancias nos den a cada uno lo que nos corresponde.
Que sea el tiempo: tiene una puntería del carajo.


DE LA NOVELA "EL ESLABÓN POLVORIENTO", Javier Pérez, 2002, Editorial "ni Cristo".

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