Se pone uno a leer a Homero, o a alguno de aquellos griegos que contaban las más enormes batallas, con intervención de dioses incluida, y se pregunta cómo son capaces de dar una fuerza tal a sus relatos, o de repetir treinta o cuarenta veces la misma frase sin que suene lamentablemente repetitiva.
Le he dado muchas vueltas al asunto antes de concluir que lo que nos cautiva de ese estilo es su sinceridad. Y no me refiero a la veracidad de lo que cuenta, sino a lo cercana que está la voz de estos narradores de lo que es al voz natural del narrador, del hombre que cuenta a viva voz los sucesos importantes de su mundo.
Jenofonte, Tucídides y Homero eran ante todo, narradores naturales, genios de la escena pintada con palabras, y en cierto modo no dejan de recordar a aquellos pintores rupestres, magos o hechiceros en cierto modo, que invocaban a los bisontes para la caza pintándolos de modo que aún hoy parezca que van a salir corriendo.
Aquellos pintores sin duda conseguían atraer a los bisontes.
Los griegos, sin duda, consiguieron hacer participar realmente a los dioses en sus relatos.
:-)))
¿Tal vez podría ser que nos parece... sí, lo diré, ridículo? ¿O una pérdida de tiempo? ¿O vergonzante pensar que podemos ser el centro de atención de un grupo de gente? Porque, paradójicamente, los latinos (mediterráneos) tenemos fama de más abiertos y sociales que los anglosajones, ¿no?
Quién sabe.
A lo mejor también tiene que ver con que escuchar a otro supone prestale una atención que no queremos conceder a hadie, no sea que se acostumbre...
No sé...
Al leerte entiendo la posibilidad de que los artistas de antaño fueran más francos, menos artificiosos, y por lo tanto su obra fuera también más sencilla y llegase con más facilidad al espectador / oyente / lector.





