Luego vas y te pones a leer los relatos. Te pones con buen humor, con ganas y a un ritmo que en una hora o dos horas diarias terminas en cosa de quince días. Pero el caso es que hay ciento y pico relatos, y tienen ocho folios. Mil folios largos.
Coges el primero, y empieza a contarte la historia de un tipo que nació en un sitio muy chungo, que lo pasa muy mal y que está pensando en buscarse un futuro mejor. Siete folios de nada con estilo redacción. Al principio te da cargo de conciencia, pero en cuanto echas un vistazo al montón de los que quedan, lo pones para la columna de la izquierda.
Yo es que en eso funciono como Dios Padre en el Juicio Final.
El segundo que coges del montón habla de algo más interesante, pero utiliza a todas horas verbos del tipo hacer, decir, ser, ir, estar y tener. Se te ocurre que si el autor es birmano merece tal vez un premio, pero si no, no. Lástima si era birmano, porque se fue a la izquierda también.
El tercero te interesa. Lo lees entero. Lo marcas y va a la derecha.
Y cuando vas a ponerte con el cuarto te das cuenta de que llevas casi veinte minutos.
Y entonces es cuando, ya el primer día, empiezas a cogerle manía a los que utilizan letra pequeña, o cursiva, o decorativa, o los que vienen con encuadernaciones molestas. Y al que escribe clarito lo lees más animado.
¿Tendencioso? No. Humano.
Florituras de impresora, las justas, por favor. Y a la hora de pensar un tema, tened en cuneta que si hay otro que habla de lo mismo, el segundo que lees es el que está repetido. Evitad esos riesgos y sed un poco originales, caray.
Digo.
Creo que todo aquel que hace algo, que no sea ver pasar el tiempo, se equivoca. Yo, al menos, lo hago continuamente.
Lamento que tengas el sueño tan ligero que una letra trocada sea capaz de arrebatártelo.
El lado positivo es que has sacado partido de la vigilia para escribir un rato, aunque sea en este blog.
Saludos.
Asunto zanjado.
Saludos.
¿Tan poco apego sentimos por la libertad que nosotros mismos nos empeñamos en resucitar instrumentos neofascistostalinistas para machacarla a conciencia? ¿Por propia voluntad vamos a renunciar a nuestro derecho a ser juzgados para pasar a ser simple y mezquinamente prejuzgados? ¿Es posible que deseemos que un solo individuo sea capaz de condenar por siempre nuestra obra sin posibilidad de apelación y sin ni siquiera conocimiento de la sentencia?
Hágannos (e incluso diría háganse) un favor y no le den ideas a las editoriales, las más interesadas en ahorrarse esfuerzo (para ellas se llama dinero) en lectura y permítannos a todos que nuestra obra sea juzgada por ella misma.
Si, aún así, la labor de ser jurado continúa siendo intolerable para ustedes tienen una solución más sencilla y menos peligrosa: negarse a serlo. Se lo digo sin ningún tipo de ironía y, desde luego, ninguna aviesa intención.
Saludos.
No estaría mal empezar ahora con listas negras. :-)))
O hacerlas oficiales, vaya, porque creo que haberlas las hay, o casi.
Saluuuuuuuuud





