Qué hago mientras no estoy aquí: "Crítica 3"
El fenómeno "Mad Men"
Si algo que está poniendo de manifiesto la actual temporada de premios televisivos es aquello que es interesante sigue actuando en los márgenes del sistema. No es que sea una conclusión original, pero no se me ocurre otra manera de empezar una anotación hablando de la increíble carrera de reconocimientos logrados por un programa que, si fuera una obra teatral, sería del off-off-Broadway, si fuera una película hubiera competido en Slamdance (no ya ni en Sundance) y, si fuera un disco, tendría en la página MySpace de sus autores su principal arma promocional. Mad Men ni siquiera tiene el caché de los productos del cable premium. Por no tener, no tiene ni lógica programativa: se emite en un canal como AMC cuyo contenido está formado por películas antiguas. ¿Qué sentido tiene apostar por producción original cuando es evidente que los espectadores del canal no van buscando precisamente material nuevo? De hecho, las audiencias han sido minúsculas y sólo la necesidad de retener un material que ha dado a AMC espacio en las columnas de televisión ha motivado su renovación. Pero para mí lo sorprendente no es que Mad Men haya atraído la atención unánime de los críticos, sino que eso se haya traducido en premios. Hay decenas de programas, desde Buffy, cazavampiros a Friday Night Lights pasando por The Wire, que han fracasado miserablemente a la hora de dar ese salto. Sin embargo, ahí estuvieron los Globos de Oro en su edición más invisible para darle dos sorprendentes premios, incluido mejor drama. Ya sabemos que todo lo que rodea a esos premios huele a podrido, pero aún así son los premios más eclécticos y arriesgados del audivosual. Con los premios del Gremio de Actores ya inminentes, la casualidad ha dejado ser tal esta misma noche, con el premio concedido a Alan Taylor por parte del Gremio de Directores por su trabajo en el piloto de la serie.¿Por qué Mad Men? Reconozco que hasta ahora no me he dejado seducir por las virtudes de la serie. El piloto me dejó un poco indiferente y mis limitaciones de tiempo me han impedido hasta ahora darle una segunda oportunidad (lo que, obviamente, no va a poder demorarse más de unos días viendo el curso de los acontecimientos). Pero en cualquier caso es irrelevante para explicar las fortunas vividas por la serie, ya que la calidad como tal no atrae los premios. Quizás la clave sea, como siempre, cierto don de la oportunidad. Asumiendo como hago que Mad Men es un excelente programa de televisión, llegó en el momento justo para los críticos tras una temporada decepcionante en las networks y el ocaso de algunos de los principales puntales del cable. Salvo casos contados (Ley y orden, Los Soprano), las series logran premios al principio de sus trayectorias o no lo logran nunca sumidas en la irrelevancia por nuevas apuestas (la televisión es un medio obsolescente como ningún otro). Las series más longevas siguen ahí pero no ofrecen novedades. A la clase de la temporada 2004-2005, por diversos motivos, le ha costado superar la crisis de los 30. Y en comparación a ellas, las novedades no han sido espectaculares. En un periodo de transición, ahí apareció el pequeño programa que pudo, cuya limitada promoción lo convirtió en algo apetecible de ensalzar y reivindicar. Era una oportunidad ideal para la labor de cruzado que debe cumplir un poco cada crítico. Pero es que, además, Mad Men es una verdadera rareza. Un relato de época en un medio hostil a ello fuera de miniseries y telefilmes. Un drama de personajes que no se adscribe a géneros tradicionales como el policiaco, el médico, el judicial o el fantástico. Y en la era de los artificios narrativos, un programa extrañamente lineal y tradicional. En un entorno veraniego dominado por la explosión de The Closer y el estrellato de Glenn Close y Holly Hunter, es también una serie con fuerte protagonismo masculino, reflejando además una época donde ocupaban la centralidad en la vida pública. Pero que nadie se asuste, porque el desarrollo de los personajes femeninos da mucho para la reflexión sobre el progreso social de la mujer. Ingredientes todos ellos para un programa que no sé si es sensacional, pero que es indiscutible que es ya una sensación.
Auge y caída de una cadena de televisión (o de varias)
Las semanas de vacaciones son siempre un buen momento para dedicar tiempo a una de mis actividades favoritas, leer libros sobre televisión. Estas Navidades ha ido el turno de dos obras muy centradas en cadenas concretas, pero radicalmente diferentes entre sí. NBC: America's Network es una antología de carácter académico centrada en unas de las tres networks clásicas, quizás la que de manera más definitiva ha marcado el carácter industrial y cultural del medio. El libro es de alguna manera un resumen de la propia historia de la televisión en Estados Unidos, pero en lugar de realizar una amplia panorámica, se opta por la profundización en determinados aspectos clave, desde el desplazamiento en el control de contenidos desde los anunciantes de Nueva York a los estudios de Hollywood a los actuales procesos de integración industrial pasando por la representación de la sexualidad en los setenta. Entre todos los artículos que componen este excelente libro (uno de los mejores y más completos de literatura académica que he leído) destaco el escrito por Máire Messenger Davies y Roberta Pearson sobre Star Trek, anticipo de un futuro libro sobre el tema. El programa y sus secuelas se ponen de ejemplo del propio devenir histórico del medio, desde la programación generalista que intenta captar el mayor número de ojos posibles a la programación de nicho de las audiencias especializadas. De momento, lo que se va conociendo del libro en forma de estas publicaciones cortas apunta a un mayor interés por desentrañar el mecanismo de la producción industrial de televisión en manos de guionistas, productores y ejecutivos que de los estudios de recepción o fans en los que el programa se ha convertido ya en un lugar común.Feliz 2008
Aunque este año no he estado demasiado imbuida por el espíritu navideño, he decidido que no puede faltar en el blog una anotación dedicada a desear a los lectores un estupendo 2008, que seguro que estará repleto de todas esas cosas que hacen de la vida una aventura. Personalmente no me puedo quejar del resultado de los doce meses precedentes. El blog continuará su marcha atendiendo a mis limitaciones de tiempo e ideas en un nuevo año cargado de actividades de investigación por concluir (sobre todo del proyecto de investigación en el que participo) e iniciar (pensando en una nueva publicación a la que dedicaré mis esfuerzos en el 2009 y que ya cuenta con un índice y título provisional, por cierto). Pero guardo para antes del regreso al trabajo una anotación sobre mis lecturas vacacionales y el prometido comentario sobre Perdidos. Os deseo a todos (con especial cariño a mis programadores, historiadores y teóricos) que estéis pasando una feliz Navidad y tengáis un próspero 2008.
Kavanaugh
The shield ha sido una series a las que más anotaciones se le ha dedicado en el blog. Ya han pasado unos cuantos años desde su sensacional estreno en 2002 y desde entonces ha permanecido como uno de esos programas imprescindibles en la parrilla ideal de cualquier teléfilo entregado. Cierto que otras muchas novedades le han privado de mayor presencia en las entregas de premios, pero los índices de audiencia se han mantenido notables, los críticos siguen entusiasmados y en España se ha acabado convirtiendo en un programa de culto, algo favorecido por las económicas y cuidadas ediciones en DVD que Sony ha puesto en el mercado. Los artífices de The shield han tenido además el buen juicio de ponerle fin en el momento, cuando su legado está asegurado por algo menos de cien capítulos en los que es difícil encontrar altibajos creativos, convirtiendo a la serie, como ya hemos dicho en alguna ocasión, en insólitamente regular para un texto televisivo. Cierto y verdad que la filmación del último capítulo estuvo marcada por la huelga de guionistas, pero esperemos que Shawn Ryan, con el conflicto laboral resuelto, pueda regresar a tiempo para poner los últimos toques a su obra antes de que ésta se despida definitivamente de los telespectadores. Al menos al frente, como él mismo ha revelado, se ha quedado alguien tan cabal como Michael Chiklis, productor del programa además de su protagonista.Visto en perspectiva, The shield hizo algo realmente novedoso con la inclusión de los arcos que permitieron la aparición de Glenn Close y Forest Whitaker. Muestra de eso que se viene a denominar stunt casting, es frecuente que todas las series intenten captar a un actor de renombre para una aparición especial que dé pedigrí al programa. Al fin y al cabo, participar en alguna serie de televisión se ha convertido en una cita obligada para cualquier estrella que se precie, ya sea pensando en un paso próximo a la televisión de manera regular (como James Woods y Ray Liotta en Urgencias), buscando el material de calidad del que escasean en la pantalla grande (Meryl Streep y Al Pacino en Angels in America) o intentando elevar su perfil entre el público medio (Liev Schreiber en CSI). Pero The shield partía con una serie de condiciones adversas, la principal que el cable básico no se puede permitir determinados lujos. Pero, más allá de esto, el ecosistema de una serie de televisión se basa en contentar los egos y vanidades de los involucrados. La inclusión de dos estrellas en relevantes arcos argumentales (tanto cualitativamente como cuantitativamente) se tuvo que hacer a costa del sueldo y el tiempo de pantalla del reparto regular de la serie y, muy especialmente, del protagonismo de Michael Chiklis. La participación de Forest Whitaker en The shield coincidió con el mejor momento profesional para este solvente actor, un clásico secundario del cine norteamericano, apreciable director de películas de mujeres y un favorito personal desde los tiempos de . A punto de tocar la gloria del Oscar con su papel en El último rey de Escocia, Whitaker aparece más delgado de lo habitual y muy cómodo en el papel de agente de asuntos internos. Lo complicado es que en The shield eso lo coloca en ruta de colisión con Vic Mackey, despertando sentimientos encontrados en un espectador con la moralidad en conflicto entre lo que es correcto y el aprecio que siente por el personaje principal de la serie, sin el que ésta irremediablemente llega a su fin.
En realidad, Jon Kavanaugh hace regresar a la serie al territorio que navegó engañosamente en su capítulo piloto, antes de aquel memorable golpe de efecto en el que Mackey disparaba en la cara a su compañero y protegido Terry Crowley, a punto de lograr las pruebas que demostraban las actividades delictivas del Equipo de Asalto. El hecho de colocar a su protagonista más allá de la redención desde el primer momento daba para gran drama en manos de este héroe-villano al que pronto se le descubrían debilidades afectivas: un matrimonio roto, una amante, dos hijos autistas, un puñado de prostitutas a las que proteger de lobos feroces y tres compañeros por los que velar a modo de hermano mayor. Ya casi nos habíamos olvidado de Terry Crowley cuando Jon Kavanaugh nos obliga a revisitar el escenario de su asesinato con Vic Mackey como incómodo testigo. Allí también está el hermano de Terry, que atestigua como su muerte destrozó a su familia mientras se declara convencido de que Mackey fue el ejecutor de la misma. El sentido de la secuencia es doble y sugerente. Nos obliga a recordar la maldad de Mackey, pero también nos presenta a Kavanaugh como verdaderamente obsesionado por cumplir su misión de acabar con Vic, sin importarle los límites éticos o morales que tiene que cruzar para conseguirlo.
En la superficie, la serie vuelve a ser Sérpico, la lucha entre el poli honrado y el corrupto. Pero en el fondo dramático, todo es mucho, mucho más complejo. Sabemos que Mackey es un criminal, pero no podemos evitar desear que consiga librarse de sus crímenes. Las narrativas de la ley y orden nos cuentan que el fin de Kavanaugh es heroico y que es casi inevitable que logre su objetivo, pero, torcedor de voluntades y destructor de los vínculos de afecto, se nos antoja como un tipo casi más peligroso que el poli corrupto al que desea cazar, un cruzado cuyos valores absolutos están fuera de lugar en un mundo basado en el relativismo moral. Pero, como contraste, el relato resuelve el conflicto en clave de machos alfa cuyo territorio se ve amenazado. Después de que Mackey se acueste con la inestable ex mujer de Kavanaugh, todo está preparado para que estos solventes sus diferencias a ostia limpia en el campo regado de testosterona por la sangre del sensible Lemansky. “Masculinidad en crisis, masculinidad en crisis”, grita la analista. “Pelea, pelea”, la espectadora entregada. El temple de Jon Kavanaugh se convierte en la nueva víctima de Vic Mackey, pero, con Lem de cuerpo presente, podemos anticipar que no será la última.