Todo sobre la tele
Acerca de
Este es el blog de Concepción Cascajosa Virino, Profesora Ayudante Doctor en el Departamento de Periodismo y Comunicación Audiovisual de la Universidad Carlos III de Madrid y autora de "Prime Time: Las mejores series americanas, de CSI a Los Soprano", "El espejo deformado: Versiones, secuelas y adaptaciones en Hollywood" y "De la TV a Hollywood: Un repaso a las películas basadas en series".
Sindicación
 
Estamos de enhorabuena (y en el Fotogramas)
Ayer fue un día ciertamente memorable en la vida de este blog. Primero una lectora, Daire, y después mi amigo de Mundoplus Fernando Simó me alertaron de que aparecía en la revista Fotogramas, en la sección dedicada a Internet bajo el título de Televisión con Fundamento (página 232, incluyo la foto que ilustra la reseña). Ahí Jorge Riera dice cosas muy halagadoras, entre ellas que dos de mis libros son recomendables. La casualidad ha querido que comenzara la semana en la Biblioteca Nacional consultando ejemplares de la década de los setenta de Fotogramas, entonces semanal y con el título de Nuevo Fotogramas. En aquella época había crónicas televisivas del añorado José Luis Guarner, muchas actrices en tetas (después dicen del subgénero del despate) y hasta ocurrencias extrañas como un reportaje sobre Starsky y Hutch. Fui durante muchos años lectora de la revista, más o menos hasta que la tesis entró en mi vida (lo de la peli de Amenabar es una chorradita en comparación con la vida real). El hecho de que este blog aparezca en Fotogramas es algo que llena de satisfacción. Así que desde aquí mi agradecimiento a la revista, a Jorge Riera y también a los lectores del blog, que hacen esto tan divertido y enriquecedor para mí. También aprovecho para dar las gracias públicamente a Inmaculada Gordillo, profesora de Narrativa Audiovisual y directora de mi tesis doctoral, que hoy me han comunicado que ha sido reconocida con el Premio Extraordinario de Doctorado de la Universidad de Sevilla en el área de Comunicación Audiovisual. Y por supuesto no me olvido de mis compañeros del Departamento de Periodismo y Comunicación Audiovisual de la Universidad Carlos III de Madrid y el Grupo de Investigación "Televisión: memoria, representación e industria", por su confianza y cariño. Bueno, fin de los auto-homenajes (perdonadme, pero es que soy feliz). Mañana volvemos con cinco razones por las que todavía vale la pena la televisión en abierto.
 
“Blade”: Heridas de guerra
El Sci-Fi Channel España está teniendo el detalle de ofrecer con bastante celeridad (se estrenó en Estados Unidos el pasado verano) la serie Blade, uno de los productos más sorprendentes surgidos de la televisión norteamericana en los últimos tiempos. Las películas me gustaron moderadamente (ganan con las repetidas visiones, aunque para ello hay que ser muy fan del género vampírico como es mi caso), pero mis expectativas con el programa eran moderadas. Claro, que no hace tantos años también una serie sobre una antigua animadora rubia que se dedica a cazar vampiros también acabó desafiando todas las ideas preconcebidas. No sé si Blade hubiera podido llegar a ser algo similar a lo que significó Buffy, pero en su única temporada hay tantas buenas ideas estupendamente planteadas que al menos la cosa se anticipaba muy notable. Y es que el problema de Blade, menuda ironía, era que se produjo para un canal masculino como Spike pero los espectadores que captó eran al menos la mitad mujeres. Tras una primera parte del piloto en el que todo parecía explotación y patadas para todos los lados, empezó a haber tramas de interés, desarrollo de personajes y una mitología fascinante. El punto que me enganchó para dar una nueva oportunidad a la serie fue la vampirización de Krista, convertida así en agente doble. Los que esperaban que la serie iba a ir del dúo formado por Blade y su compañera tía buena yendo a por el vampiro de la semana se debieron sentir decepcionados.

Poco a poco Blade desarrolló un subtexto interesante sobre las relaciones de clase y raza, la corrupción empresarial y la degradación urbana. La tensión entre Blade y Marcus no es ni la mitad de interesante que la que este último mantiene con los pura sangre como Charlotte, la niña vampiresa, y Domic, el pendenciero. La promesa de Blade se convierte en realidad en Entrega, su sexto capítulo. Ejemplo perfecto de su trayectoria ascendente, el capítulo avanza la mitología central, pero lo hace además girando en torno a un motivo central ciertamente provocativo, las heridas de guerra. En una de las primeras escenas Marcus y Krista acuden a una exposición de cuadros pintados por veteranos de la guerra de Iraq evidentemente trastornados por su experiencia. Resulta interesante aprovechar la representación pictórica de este trauma para ver en las peripecias de Krista, desubicada y literalmente muerta por dentro, una historia sobre la dolorosa experiencia del veterano cuando regresa a casa. El cazador conoce al Conde Drácula.

Cuando en la parte final se deja mutilar por Blade para mantener su mascarada, lo que se muestra no deja de ser una manifestación física de sus heridas psicológicas. Una suerte de auto-mutilación liberadora, esas heridas la colocan muy cerca de Chase, que se pasa todo el capítulo recuperándose de ser quemada viva por Blade en el capítulo anterior. Su experiencia recuerda sin duda a las narraciones publicadas a menudo en los periódicos sobre soldados heridos, en su mayor parte apenas recién salidos de la adolescencia, que recuerdan el día en el que sus vidas cambiaron para siempre. Krista y Chase son soldados en una guerra que, como la que está en curso, provoca daños irreparables en los que la sufren. Sin lograr el mismo el lustre que los dibujos del genial Garry Trudeau, Blade demuestra que la ficción televisiva, incluso en los géneros más imprevistos, se nutre de la realidad y tampoco nos deja olvidarnos de ella.
 
Engancharse a una serie
Ayer un compañero de trabajo me planteó que quería comenzar a seguir una serie de televisión, supuse inmediatamente que norteamericana. Un aficionado al cine en blanco y negro y visitante asiduo a filmotecas, se trata para él de un reto notable. Durante la conversación me comentó que pensaba que los habituales a las series de televisión son en muchos casos meros devoradores de tramas. Como tal entendí que sólo nos interesa saber qué pasa sin pararnos al deleite de lo que vemos, a las interpretaciones, la puesta en escena, la construcción dramática. Tras comprobar lo que molesta a algunos lectores del blog (o de Prime Time) conocer lo que sucede en determinadas series cuando explicarlo es imprescindible para apreciar su calidad (y no detrae ni un gramo de la experiencia estética que suponen), me temo que tiene parte de razón más allá de la injusta generalización. ¿Qué serie le podría recomendar actualmente en emisión en las cadenas generalistas?. Perdidos, de la que había visto unos capítulos la noche anterior, podría ser una buena opción. Se trata de una serie sugerente, compleja, sofisticada. Un programa con miga narrativa y simbólica, un texto que sin mucho esfuerzo se puede volver eterno para el análisis. ¿Pero es posible conectar con Perdidos a estas alturas, cuando no queda demasiado para que finalice en TVE?. Creo que no y, visto que la temporada ya está en DVD, la serie se presta más al consumo personalizado que al hábito semanal.
Otra alternativa puede ser la excelente Médium, una serie que va creciendo con ingenio y cuya estructura más episódica seguramente le permitirá conectar mejor con un espectador novato. Y aunque sin llegar a los niveles de Perdidos, la serie también tiene sus elementos de complejidad, con las ensoñaciones de Allison DuBois como piezas de un puzzle narrativo que sólo terminamos de comprender al final. La caracterización de los personajes y la riqueza con la que se muestra la vida familiar de los protagonistas son otros puntos a favor. Por supuesto, también podría recetar House, un programa original y provocativo que seduce inmediatamente a los nuevos espectadores. No recomendaria Prison Break a no ser que pudiera pillar una reposición desde el principio, aunque no creo que a este compañero deseoso de saber qué tiene la tele que es tan interesante le gustaran sus artificios. Y, con todo el dolor de mi corazón, tampoco Sin rastro, cuya actual temporada está siendo a cada capítulo más decepcionante. Mi problema esencial no es que haya capítulos tan lamentables como el de anoche (¿alguien se fijó en que aparecía Masi Oka, Hiro en la imprescindible Heroes?), sino que la idea original del programa era mostrar en cada flash-back las múltiples facetas de la vida del desaparecido que eran desconocidas para sus amigos y familia. Ahora sólo es un misterio policial convencional contado de manera fragmentada. Prometo mantener a los lectores del blog informados de los hallazgos de este adicto a las series en proyecto.
 
No olvidamos a la Elegida
Los fans de todo lo relacionado con Joss Whedon en general y el Buffyverso en particular pueden encontrar de interés un artículo mío recién publicado en la revista Garoza, editada por la Sociedad Española de Estudios Literarios de Cultura Popular. Se titula "Miedos y sueños en Sunnydale: Una aproximación a Joss Whedon como autor televisivo en Buffy, cazavampiros" y analiza la figura de Joss Whedon como autor en un medio donde ésa es una noción muy a menudo discutida. Una parte del artículo se centra en lo que considero que son las características de su obra y en una segunda comento el cuarteto mágico de episodios de autor: Silencio, Inquietud, El cuerpo y Una vez más, con sentimiento. Recientemente también se ha publicado otro artículo mío dedicado a la serie, esta vez respecto a la representación de la experiencia escolar. Se titula "Estudiando en la Boca del Infierno: La experiencia escolar en Buffy, cazavampiros" y se ha publicado en el número 27 de Comunicar: Revista científica iberoamericana de comunicación y educación, páginas 193 y 198. Desafortunadamente la revista no está en Internet, pero se puede encontrar con cierta facilidad en bibliotecas universitarias. Aunque Joss Whedon se ha olvidado de momento de la televisión, yo no me he olvidado de él.
 
SET: La hora de los programas fracasados
La cuestión sobre si la TDT va a ser el oro y el moro televisivamente hablando o un fiasco es un tema de bastante actualidad en el que dos grupos perfectamente alienados ofrecen visiones completamente contrapuestas sobre el futuro de la televisión. No podemos olvidar que los operadores de televisión actuales, que han creador sus canales de TDT, no se esfuerzan en absoluto por darles difusión. Y en el panorama actual también tenemos a Net TV y Veo, que subsisten con una infraestructura mínima, y ese extraño híbrido que es SET, Sony Entertainment Television. Mientras que Sony tiene en AXN su mejor apuesta de futuro a pesar de lo reiterativo de los contenidos, ha montado esta versión menor cuya cualidad más sobresaliente es la emisión de series norteamericanas fracasadas en los últimos años, como Línea de fuego, Fenómenos, Kevin Hill. También hay otro grupo de programas que, aunque llegaron a las tres temporadas, lo hicieron a duras penas, el caso de Una vez más y El sueño americano.

Ya que hemos hablado de las nociones de éxito y fracaso en las últimas semanas, la programación de SET ofrece una interesante perspectiva. Definitivamente estos cinco dramas tienen mucho interés y los tres primeros, que en el mejor de los casos no pasaron de una temporada completa, pueden entrar en la categoría de lamentables chascos. Kevin Hill, emitido en la difunta UPN, optó por algo muy poco común, dar protagonismo a la experiencia de un profesional negro, en este caso un abogado al que interpreta Taye Digg. Aunque algo forzado, que se tenga que además hacer cargo de un bebé permite ofrecer una mirada sobre las responsabilidades sobrevenidas por su éxito en la vida, tanto para sí mismo como para su familia y su comunidad. Por su parte, la gracia de Línea de fuego es mostrar el contraste entre dos organizaciones fuertemente jerarquizadas, un equipo de agentes del FBI y un clan criminal, en perpetuo conflicto. Rod Lurie, antes de probar suerte con Sra. Presidente (ya sabemos cómo acabó aquello), dio en la diana con este relato sobre los peajes y miserias de las organizaciones, especialmente a través de la experiencia de un policía encubierto (Anson Mount). La pena es que la audiencia de la ABC (se emitió como repuesto de Policías Nueva York durante su descanso invernal) no conectara con este programa que ha sido definido como un drama político, pero en el sentido de la política de las organizaciones de The wire.

Por último, tampoco nos podemos olvidar de Fenómenos (también en el Sci Fi Channel en la actualidad), un apreciable relato de misterio y terror que contó en el apartado creativo con Richard Hatem (antes de contribuir a Sobrenatural) y David Greenwalt (después de dejar desamparada a Ángel). Un programa repleto de buenas ideas y un reparto sugerente, su problema es que no supo sacarle de todo partido a la premisa central para atrapar al espectador. Aunque más arriesgado, haber mantenido al personaje de Skeet Ulrich en el sacerdocio hubiera sido bastante más estimulante que como agente libre. A pesar de ello, es imposible no dejarse seducir por una pequeña gema como el capítulo La batalla de Shadow Ridge, en el que el presente de los personajes y una batalla de la Guerra Civil comienzan a confundirse. Viendo el capítulo pensé mucho en los relatos sobre la Guerra Civil de La dimensión desconocida, con la que se comparte sensibilidad, especialmente en la denuncia de la brutalidad e inutilidad de cualquier conflicto bélico en un año, el 2003, en el que los tambores de guerra ya eran ensordecedores.
 
'House': Mala medicina
Artículo de opinión publicado en FórmulaTV:
Durante las últimas semanas ha pasado una cosa extraña en mi calendario televisivo. Dos de mis citas imprescindibles (de esas que te hacen decir no a otro plan si se presenta) han dejado de ser una experiencia placentera para convertirse en una obligación en cada ocasión más tediosa. Se trata de la ración semanal de House y Sin rastro, que o bien han caído en la monotonía (el primer caso) o bien han palidecido ante un pasado ciertamente más glorioso (el segundo). La experiencia de House es especialmente sangrante. Cierto que, a pesar de lo que han predicado algunos, la serie nunca ha destacado precisamente por la riqueza de sus guiones. Escribir diálogos graciosos para un actor en estado de gracia, en este caso Hugh Laurie, es una cosa. Desarrollar piezas compactas y equilibradas donde tema, estructura y emoción se conjugan con talento, otra muy distinta. Sin embargo, House culminó su primera temporada con un capítulo memorable, Tres historias, y comenzó su segunda con otro de parecida altura, Autopsia.

El paso de las semanas y los capítulos está demostrando que esas gotas de genio han resultado ser excepciones en una norma mediocre. Será la pérdida de la novedad, pero House se revela cada vez más con un arrogante y pedante idiota, los casos resultan insufriblemente aburridos (apuesto mi sueldo a que no es Lupus) y los personajes secundarios, que casi nunca se han elevado por encima de meras comparsas, resultan más planos que nunca. El episodio de estreno del martes por la noche, El sueño de los justos, fue un perfecto ejemplo de ello. ¿Fui la única que notó la increíble paradoja de que House justificara a la paciente por no contar a su novia que iba a dejarla antes de que ésta le diera la mitad de su hígado y al final la insultara por ello?. La diferencia entre una caracterización compleja y otra contradictoria es la misma entre un filete bien hecho y otro carbonizado. Se trata de no pasarse para complacer al comensal. Los arranques moralistas de House, en teoría y práctica un cínico, tienen tanto sentido como los peinados de Cameron, reducida por la incapacidad de los guionistas a un manojo de nervios.

El problema de House es que, conforme su popularidad aumenta y se convierte en un fenómeno social, mayor es la sensación de que se trata del programa más sobrevalorado del momento. La serie ha impresionado al público con tres gracietas sin lograr elevarse del todo sobre su estructura de procedimental médico (la enfermedad como el criminal al que hay que descubrir). Incluso comparte el increíble sadismo de CSI y la nauseabunda Mentes criminales, mostrando sin pudor la dolorosa y dilatada tortura de los pacientes. A este universo le sentaría estupendamente que el Dr. Macizo de Anatomía de Grey se trasladara allí para impartir un seminario sobre los beneficios en la práctica médica de la promiscuidad sexual. Probablemente los ejecutivos de Cuatro estén a estas alturas decidiendo si nombran a sus primogénitos Hugo o Gregorio en honor a sus índices de audiencia, pero para mí el fenómeno House ha dejado de tener gracia.
 
Un libro analiza la inclusión de marcas en la ficción televisiva
Hay quien piensa que los periódicos son una mera excusa para vender publicidad y, siguiendo esa lógica, casi se podría decir lo mismo de la televisión. Lo peor es que además en España las cadenas nos torturan con interminables pausas que nos hacen migrar a otros contenidos y a menudo realizar una excursión al cuarto de baño. Y es que gracias a las pausas de diez y hasta veinte minutos (muy malo el vicio que la aparentemente renovadora Cuatro ha copiado a las otras cadenas), a veces es posible seguir varios programas a la vez para los adictos al zapping. Sin embargo, la publicidad no sólo interrumpe los programas de televisión, sino que históricamente ha formado parte de ellos, eso que se llama el product placement para productos concretos y el brand placement para la utilización de las marcas. Ahora la editorial Gedisa, en su serie Estudios sobre Televisión, acaba de publicar un documentado estudio sobre este fenómeno en la ficción audiovisual española escrito por mi compañera en la Universidad Carlos III de Madrid Cristina del Pino, un tema al que dedicó su tesis doctoral (el libro tiene también algunas contribuciones del co-director de la misma). El título del mismo es Brand Placement: Integración de marcas en la ficción audiovisual (Evolución, casos, estrategias y tendencias), tiene 267 páginas e incluye un dossier de ilustraciones en color. A lo largo de su extensión, se repasan los fundamentos del brand placement, se traza un relato histórico de su uso y se revelan secretos sobre la relación entre productoras y anunciantes. Aunque para los amantes de la ficción, la parte más apasionante es la dedicada a desentrañar su integración en la narrativa de programas como Médico de familia, Al salir de clase, El súper, Farmacia de guardia, Los Serrano, Periodistas, Aquí no hay quien viva y Siete vidas. En resumen, un libro imprescindible, ameno y muy documentado sobre un proceso fundamental en la creación de ficción televisiva. Se puede comprar en sitios diversos como Casa del Libro y la librería Railowsky.


¿Por qué hay un bar y una cocina en todas las teleseries? ¿Cuál es la marca española que más aparece en la ficción televisiva? ¿Les gusta a los actores prescribir una marca mientras actúan? ¿Ofrecen resistencia los guionistas a integrar marcas en sus guiones? ¿Pueden las marcas influir y manipular los guiones? ¿Cuáles son las claves para ser un experto en placement?

Brand placement trata de forma rigurosa y amena la integración de marcas comerciales en los espacios de ficción audiovisual. La consolidación de la ficción propia en las parrillas televisivas de las cadenas generalistas y privadas, la revolución que supone la llegada de la Televisión Digital Terrestre y la saturación en las vías tradicionales de publicidad son factores que favorecen la presencia creciente de marcas en los espacios de ficción audiovisual.
Fruto del análisis empírico y de la investigación sobre el terreno en los platós de grabación, los autores hacen un apasionante recorrido por los casos más paradigmáticos de la integración de marcas en nuestra ficción audiovisual televisiva y cinematográfica, recabando, por primera vez, la opinión de importantes actores –y de otros agentes que intervienen en el proceso- acerca de esta forma publicitaria.
Asimismo, se descubren algunas tendencias en el ámbito del entertainment marketing y se plantean los desafíos y retos pendientes del brand placement -como disciplina y práctica profesional- en el contexto de la omnipresencia de las marcas y de los intereses comerciales en los medios de comunicación y en todos los órdenes de la vida pública.

Cristina del Pino es doctora en Publicidad por la Universidad de Málaga y profesora de Publicidad y Nuevas Formas Publicitarias en la Universidad Carlos III de Madrid. Asimismo, es ganadora, junto con F. Olivares, del premio a la mejor ponencia del 19º Seminario de Televisión organizado por AEDEMO.

Brand Placement: integración de marcas en la ficción audiovisual.
Evolución, casos, estrategia y tendencias

Precio: 17€ (IVA incluido)
Editorial: Gedisa
Nº de páginas: 267
ISBN: 84-9784-161-1
 
¿Quién necesita a HBO?
Definitivamente Showtime se ha convertido en la nueva HBO. Y es que mientras la segunda parece morir de éxito tras unos años gloriosos, la primera ha resucitado tras morir de fracaso. Claro está, de momento los triunfos comerciales del canal brillan por su ausencia. Pero al menos se está ganando el favor de los críticos y el respeto de los espectadores con sus renovaciones de series poco populares. Tras la desasosegante Sleeper Cell (el terrorista entre nosotros), la divertida Weeds (la narcotraficante entre nosotros), la elaborada Brotherhood (los corruptos entre nosotros) y la sorprendente Dexter (el asesino en serie entre nosotros), Showtime tiene ya terminados los preparativos para el piloto de Manchild, versión de un programa británico que lleva pululando varios años en la industria y que Darren Star parece decidido a hacer funcionar. Y es que si Showtime aún no ha encontrado a su Los Soprano, tiene fundadas esperanzas en que este proyecto sea su Sexo en Nueva York en masculino. Hay que recordar que en la serie original los protagonistas eran reflejados de manera mucho más ácida que en las aventuras de Carrie, Samantha y compañía.

El cuarteto protagonista de Manchild, que debe interpretar a cuatro amigos maduros con complejas relaciones con las mujeres, ya está completo. John Corbett, uno de los objeto de deseo masculinos de Sexo en Nueva York, ha sido, bastante apropiadamente, fichado como uno de los protagonistas junto al desconocido Paul Hipp. Hace unas horas se ha anunciado que sus acompañantes serán James Purefoy, el sexy Marco Antonio de Roma, y Kevin Smith, que al principio pensé que era un actor desconocido (desgraciadamente el Kevin Smith de Xena falleció en un accidente años atrás) hasta que leyendo la noticia me di cuenta de que era el Kevin Smith director de Clerks y Dogma. El fichaje es sorprendente porque no es habitual que un director de cine se haga regular de una serie de televisón, aunque también es cierto que en los últimos años Smith se ha prodigado bastante por el medio con apariciones en Joey, Degrassi: The Next Generation y Verónica Mars. Por cierto, que se han reabierto las esperanzas de que Sexo en Nueva York salte al cine. Y es que el panorama tras finalizar la serie no ha sido tan brillante para algunas de sus protagonistas como quizás ellas esperaban y eso ha debido bajar los humos a algunos egos superlativos.
 
"The Unit": Los juegos malabares de David Mamet y Shawn Ryan
El canal Fox está emitiendo como una de sus grandes apuestas para el otoño la serie The Unit, especialmente conocida por ser creación del dramaturgo y guionista David Mamet y el artífice de The Shield Shawn Ryan. Lo que resalta a primera vista de ella es que The Unit no es lo que debería haber sido. Visto el currículum recientes de ambos, cualquiera se hubiera imaginado que un esfuerzo común hubiera sido una serie pequeña y provocativa para el cable que los críticos adoraran y lograra un público no demasiado numeroso pero fiel. Pues no. The Unit es una serie grande y cara emitida por la cadena más popular, la CBS, que además en su estreno no despertó el entusiasmo de los críticos pero se convirtió en el drama nuevo de más éxito de la pasada temporada. Y lo mejor es que nadie duda que Mamet y Ryan están haciendo la serie que quieren hacer, que lo están disfrutando y que además están ganado mucho dinero con ello.

Viendo un capítulo de The Unit, o mejor aún los tres que Fox emitió en un mini-maratón este fin de semana, se aprecia que The Unit es dos series a la vez. Por un lado, un relato de acción bélica con suspense y tiros protagonizado por un grupo por Machos Alfa. Y por otro, un drama sentimental sobre un grupo de mujeres en el que hay humor y lágrimas. Estas dos series conviven y se entrecruzan a veces, pero lo más importante de todo es que se construyen como relatos gemelos en los que el grupo es lo que garantiza la supervivencia del individuo ante los peligros a los que se enfrenta, ya sea un grupo de terroristas o una empresa de mudanzas. Jonas (Dennis Haysbert) y Molly Blane (Regina King) son los líderes del grupo, fuertes y resolutos a pesar de que las dudas y la inseguridad hacen mella en ellos. Mack (Max Martini) y Tiffy Gerhardt (Abby Brammell) son el elemento desestabilizador, provocando tantas crisis como resolviendo otras de manera inesperada. Y Bob (Scott Foley) y Kim Brown (Audrey Marie Anderson) son los novatos que deben estar a la altura del reto pero que todavía no terminan de entender la dinámica con la que funciona el grupo.

El problema de The Unit es que esas dos series, a pesar de lo interesante de la combinación, no terminan de ser compatibles. Los aficionados a la acción se deben aburrir con las desventuras caseras y viceversa. Pero la buena noticia es que tampoco son excluyentes. Y es que estamos sin duda ante una serie de concepto en la que Mamet, siguiendo la estela de la magnífica Spartan, y Ryan, continuando la propuesta de The Shield, quieren explorar la relación entre lo público y lo privado, entre las obligaciones sentimentales y profesionales, a la vez que continúan creando fuertes personalidades sólo pueden funcionar en grupo, rechazando de paso la idea de que el individualismo sea de alguna utilidad incluso en una sociedad despersonalizada.

Si Scott (Val Kilmer), el héroe solitario de Spartan, el cínico que a pesar de ello salva a los demás asegurando su propia destrucción, se topara alguna vez con el Equipo de Asalto de Vic Mackey, me temo que el resultado sería similar a una de las dos mitades de The Unit, la que está en primera línea de fuego mientras en la retaguardia no hay tiempo ni ganas de jugar a ser una simple mujer desesperadas. La visión de cada una de estas dos series fragmentadas con la perspectiva de la otra permite que trasciendan a pesar de que el resultado no sea nunca redondo por la limitación de partida. El drama militarista no es tan entusiasta si tenemos en cuenta el alto precio que se paga en casa, un toque de atención al intervencionismo norteamericano a menudo fútil. Y el drama sentimental tienen un nuevo sentido porque aquí la muerte y el desamparo están en el horizonte (como ocurre en el segundo capítulo), no se trata sólo (aunque también) de largas horas de trabajo, falta de atención, facturas sin pagar y amantes.
 
Todo es relativo
Hace unos pocos días un lector respondió un tanto enfadado a una anotación sobre Aaron Sorkin, un autor al que por aquí se admira bastante, y el fracaso de su nueva serie, Studio 60 on the Sunset Strip. Esto coincidió con un comentario que en el trabajo realizó un compañero, un especialista en audiencias, sobre el éxito relativo de la serie documental La transición respecto a Ana y las siete. El consideraba, en mi opinión bastante acertadamente, que La transición, aunque había llegado a un público mucho menor que el vehículo de lucimiento de Ana Obregón, habían tenido un notable impacto en la sociedad. Se había hablado y escrito mucho sobre ella además de contribuir a construir una determinada imagen de España como país y, un elemento también relevante, iba a ocupar un lugar relevante en la memoria televisual de todos los que la había visto. Aunque Ana y los siete lograra ocho veces más audiencia, tras su finalización ha caído rápidamente en el olvido.

Lo cierto es que las cadenas de televisión siempre venden como grandes éxitos las series que estrenan, a veces hasta el punto de engañar directamente al espectador, como en el momento actual el canal Cosmopolitan promocionando Verónica Mars como la serie número uno en Estados Unidos. Sin embargo, el éxito no debe ser en nunca exclusivamente éxito comercial, por mucho de que éste sea sin duda un baremo objetivo. No es lo mismo ser emitido por CBS, CW, FX o HBO en Estados Unidos. En la era de fragmentación, éxito no es llegar a la mayoría de la sociedad, sino satisfacer las demandas relativas del medio en el que se emite. Y el carácter y la complejidad de cada programa es un elemento también a tener en cuenta. Últimamente está resultando noticia en Estados Unidos el hecho de que la repugnante Mentes criminales ha superado en el total de espectadores a Perdidos, que a pesar de todo conserva a sus fieles dieciséis millones de espectadores. La complejidad y la exigencia de Perdidos hace que éste sea un triunfo notable frente a un programa que atrae ojos con violencia y sadismo.

Y después están otros baremos para mesurar el éxito como la atención crítica, repercusión e influencia. La Star Trek original o Twin Peaks no funcionaron a nivel de audiencia más allá de comienzos prometedores, pero han tenido vidas mucho más longevas en la industria y para sus espectadores que programas que estuvieron casi una década en antena. Y es que la relación con los espectadores es un factor, como dijimos antes, extraordinariamente importante para considerar lo que es un éxito. Bien es cierto que Verónica Mars no es el programa número en Estados Unidos, pero en este aspecto es definitivamente un éxito, si se quiere de eso que se denomina de culto. Sus espectadores son pocos, pero para ellos (y me incluyo en ese grupo) cada capítulo es una experiencia especial, no una mera forma de desconectar con el mundo durante una hora. Crear un producto cultural capaz de conectar de esa manera con sus espectadores debe ser considerado un éxito, aunque su vida sea tan breve como la de la marciana Arrested development.

Para mí Studio 60 on the Sunset Strip está siendo un fracaso no porque sus espectadores sean más o menos numerosos, sino porque su público, el público admirador de Sorkin y El ala oeste de la Casa Blanca que sintonizó con él el primer día, lo está abandonando porque no le gusta lo que ve. De los aproximadamente catorce millones de espectadores del primer día, el programa ya ha perdido la mitad. Y que nadie se engañe en pensar que Sorkin es un autor de culto que trabaja para minorías. Si así fuera, hubiera probado suerte en el cable en vez de en las bastante más generosas económicamente networks. Algunos hombres buenos y El presidente y Miss Wade fueron títulos comerciales producidos por grandes estudios y repletos de estrellas y El ala oeste de la Casa Blanca fue un notable éxito comercial. Sean tres millones, diez o veinte, el éxito o fracaso de un programa significa para mí llegar a lo que puede ser el potencial de su público y convencerlo para que vuelva semana tras semana. Y eso es algo que Verónica Mars, Prison Break, Heroes, NCIS y hasta Mentes criminales han logrado (por poner ejemplos diversos). Y otros programas, aquejados de la fuerte sangría de espectadores que durante las primeras semanas de vida equivale a fracaso, no. Entre los que prueban porque les interesa y los que finalmente se quedan está la clave del éxito.