Todo sobre la tele
Acerca de
Este es el blog de Concepción Cascajosa Virino, Profesora Ayudante Doctor en el Departamento de Periodismo y Comunicación Audiovisual de la Universidad Carlos III de Madrid y autora de "Prime Time: Las mejores series americanas, de CSI a Los Soprano", "El espejo deformado: Versiones, secuelas y adaptaciones en Hollywood" y "De la TV a Hollywood: Un repaso a las películas basadas en series".
Sindicación
 
Rumbo a Argentina
Después de un año, por así decirlo, movidito, ahora preparo las maletas para tomar mañana un avión rumbo a Argentina, donde estaré hasta el 17 de septiembre. Además de conocer el país y volver a ver a una gran amiga que tengo allí, el objeto del viaje es hacer una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires, por cortesía de la Carlos III (que me ha concedido una beca de movilidad) y la profesora Mirta Varela, que me acoge amablemente allí. Se me han quedado algunas cosas pendientes de escribir que prometo colgar en el blog en las próximas semanas, como comentarios sobre los finales de Héroes y Sobrenatural, la serie Friday Night Lights y mi estancia en Santiago en un curso de verano, pero ni el tiempo ni mi cerebro han dado para más. Aunque no me llevo el portatil, espero a ratos hacerme con un equipo para poder escribir, por lo que el blog no cierra por vacaciones. Mi intención es que para finales de septiembre, coincidiendo con el segundo aniversario del blog, todo regrese a la normalidad. Feliz verano para todos.
 
Premios para todos
Artículo de opinión publicado en FórmulaTV:
A pesar de que el verano parece ser el tiempo de las vacaciones y el descanso, no es así para la televisión norteamericana, en total ebullición. Algunos directivos pasan de una cadena a otra con facilidad (como Kevin Reilly, que tras ser despedido de la NBC ha sido fichado por su rival, Fox), hay series nuevas en pleno proceso de reformulación (como 'Twilight', en donde han despedido a todo el mundo salvo al protagonista) y algunos actores aprovechan para hacer mutis por el foro e irse a casa sin despedirse (como Mandy Patinkin, que ha dejado colgados a los productores de la enfermiza 'Mentes criminales', cómo si pudiéramos culparle). Pero esta época es también la previa a los galardones más importantes de la industria, los Emmy. Con las reglas cambiadas por vigésima vez intentando dar con la clave, este año al menos el escándalo ante las nominaciones ha sido menos sonoro que en otras ocasiones, por lo que podemos estar relativamente contentos. La verdad es que las series norteamericanas tienen tanto bueno que ofrecer que cualquier selección se queda necesariamente corta. Lo habitual es la incapacidad para reconocer a las series nuevas y de género, por lo que las contadas nominaciones para 'Friday Night Lights' y 'Galáctica: Estrella de combate' no han extrañado. Otro tanto ha ocurrido con 'Dexter', en la que Michael C. Hall compone un memorable asesino en serie. Pero la sorprendente 'Ugly Betty', que Cuatro mantiene en la nevera intuimos que esperando que pase la efervescencia de la Bea patria, ha arrasado en comedia con sus once nominaciones.

Todo apunta a que Hugh Laurie se llevará por fin su merecida estatuilla como mejor actor (tenemos problemas con la serie, pero lo cortés no quita lo valiente) y que 'Los Soprano' concluirá su trayectoria como mejor drama, desafiando la norma que marca que ningún drama gana al despedirse. Bien nos hubiera gustado que mejores temporadas de 'House' y 'Anatomía de Grey' le pudieran hacer la competencia, que 'Boston legal' no fuera un disparate total o que 'Héroes' no hubiera finalizado con ese decepcionante capítulo, aunque sólo hubiera sido para hacer más interesante la cosa. Pero lo más curioso está siendo comprobar cómo ganar el Emmy en esa categoría se está convirtiendo en el beso de la muerte: 'Perdidos' ha sido ignorada otra vez de manera injusta, pero la justicia de dar un sopapo a '24' tras un año pésimo no la discute nadie. La categoría de actriz de drama se pone a cada año más interesante con tanta estrella reciclada a la televisión como Kyra Sedgwick o Sally Field (las favoritas), que ya esperan la llegada el año que viene de Glenn Close y Holly Hunter, con nuevas series de estreno este verano.

Obviamente al anuncio de las nominaciones le ha seguido el furor de los críticos norteamericanos, que en su papel alzan la voz ante olvidos que perjudican a programas necesitados de reconocimientos. Pero al menos ellos tienen sus propios premios para arreglar las cosas, muy valorados por los creadores que, sin embargo, también presentan su propia ración de absurdos. Por ejemplo, 'Héroes' ha sido para ellos el programa del año. Pero Héroes, que es un drama y una serie nueva, no ha ganado en ninguna de esas dos categorías, desplazada por 'Los Soprano' y 'Friday Night Lights' respectivamente. Y hasta Alec Baldwin, otro que anda pidiendo cariño, se llevó un premio por su trabajo en la comedia '30 Rock' (el protagonista de 'Dexter' hizo lo propio en drama, categorías de actuación que no distinguen entre sexos). Arregladas las cosas, todos ya podemos disfrutar tranquilos del verano, especialmente si estamos acompañados de alguna de las series anteriormente citadas.
 
Grey, House y la nueva generación (finales parte 3)
Reconozco que este año ni House ni Anatomía de Grey han sido programas que he seguido con expectación y regularidad. Hace ya tiempo expuse las razones por las que las desventuras del excéntrico Gregory House dejaron ser una cita obligada, un sentimiento que una y otra me he ido encontrando en gente que al comienzo se sintió fascinanda por su ingenio. Pero la realidad es que House sigue siendo un fenómeno televisivo y es algo a lo que es imposible sustraerse. Así muchos martes decidí darle una oportunidad a la serie y acabé disfrutando de excelentes capítulos como el protagonizado por una fotografa que prefiere morir antes de abortar o el que muestra una crisis médica en el avión en el que viajan House y Cuddy. Mi problema con Anatomía de Grey probablemente tuvo que ver con un proceso muy distinto. Tan satisfecha estaba con sus dos primeras temporadas, que temía que las nuevas entregas no estuvieran a la altura de las expectativas. Tras los primeros y no demasiados estimulantes capítulos, fui sólo una espectadora esporádica en capítulos que por sus tramas me parecían más interesantes, siendo sólo fiel en la media docena de capítulos finales. Pero a pesar de las evidentes distancias que las separan, las respectivas terceras temporadas de House y Anatomía de Grey han tenido como elemento en común buscar refrescar sus planteamientos ante un cierto desgaste. Lo malo, es que lo han hecho a través de dos tramas que nunca deberían haber pasado del primer borrador. En House quisieron buscarle un antagonista a su personaje principal en forma del policia Tritter. Pero el resultado fue un timo narrativo de increíble proporciones por su nefasta resolución. Y aunque la presencia de David Morse parecía un guiño a sus tiempos de St. Elsewhere, ando ya un poco cansada de lo que parece haberse convertido en su registro único en los últimos tiempos. A pesar de todo, las desventuras de Tritter son fantásticas en comparación a la trama más inverosímil y suicidad de los tiempos televisivos, el romance de Izzie y George en Anatomía de Grey. George ha protagonizado grandes momentos esta temporada (como en el episodio en el que fallece su padre), pero convertirlo en vértice de un triángulos amoroso es una traición total a la esencia del personaje, hasta el punto de dar credibilidad a las afirmaciones recientes de un desquiciado Isaiah Washington sobre que tras el embrollo que ha sacudido la serie se encuentra en realidad la actividad depredadora de T.R. Knight.

Lo cierto y verdad es que House ya no puede humillar, insultar y minusvalorar a sus ayudantes y en Anatomía de Grey todos los emparejamientos sexuales posibles se han agotado. Las dos series, en su estado inicial, no dan para más. Quizás por eso me parecen notables los dos capítulos finales de sus temporadas. En House el buen doctor se libra de sus ayudantes mientras una nueva generación de médicos pone el pie en sus dominios. En Anatomía de Grey, Burke renuncia a todo, Addison tiene pinta de marcharse a la soleada california y George se plantea su futuro tras suspender su examen, mientras llegan un puñado de nuevos internos. Creo que no soy la única en sospechar que la presencia entre ellos de una hermana de Meredith puede estar relacionada con que asegura que la serie no tenga que cambiar su nombre si hay algún conflicto con la actriz Ellen Pompeo (si hay un reparto problemático en televisión, es el de esta serie). Probablemente, con la nueva temporada comprobaremos que los cambios no han sido tan dramáticos. Chase, Cameron y Foreman seguirán de una manera u otra en contacto con House. En el Seattle Grace, con Burke fuera de escena definitivamente y Addison al menos de manera provisional (a la espera de ver si Private Practice remonta el vuelo), habrá más espacio para novedades. Hay espacio para al menos un senior, mientras que supongo que con los jovenzuelos todo estará en un proceso de prueba y error. Pero es interesante que las dos series culminen con una visión ambigua de sus respectivas figuras patriarcales que inciden en la dificultad para asumir los cambios y evolucionar cuando ya parece saberse todo: House compra una nueva guitarra igual que la anterior y Richard decide que nadie mejor que él puede ser el nuevo jefe. De alguna manera, se refleja la propia problemáticas de las series de televisión, conservadoras por naturaleza por exigencias del público y el amor que los creadores tienen por sus criaturas. Pero espero que, dejando atrás sus glorias pasadas, en los capítulos de final de temporada de House y Anatomía de Grey se encuentre la esperanza de que lo mejor está por llegar.
 
Hasta la vista, Verónica (finales parte 2)
De todas las series norteamericanas notables estrenadas en aquella histórica temporada 2004-2005, Verónica Mars se ha quedado como la prima pobre, incapaz a lo largo de estos tres años de lograr un público significativo fuera de un grupo reducido muy fiel de seguidores. Por eso, al ver el último capítulo de su tercera temporada (se avecinan spoilers, se avisa), que ponía fin a su existencia, no sentí tristeza, sino admiración por el logro conseguido. En su momento, Verónica Mars vino a cubrir un hueco para todos aquellos que nos quedamos un poco huérfanos con la cancelación de Buffy, cazavampiros. Se trataba de un programa juvenil con una poco convencional heroína en el lugar central y que utilizaba las desventuras del instituto para ofrecer un rico retrato sobre el paso a la vida adulta. Después de un brillante capítulo piloto, una de las presentaciones más extraordinarias de un personaje principal que he visto nunca, la primera temporada de Verónica Mars desarrolló un conseguido relato de misterio con ingeniosos golpes de efecto y una montaña rusa narrativa a modo de resolución. Más discutida fue su segunda temporada, más imbricada y compleja y con menor implicación emocional para la protagonistas que, sin embargo, a mi me convenció plenamente.

El misterio central se sustituyó, en principio, en la tercera temporada por tres arcos con un misterio autónomo, y aquí es cuando las cosas comenzaron a torcerse. Como parece que se ha convertido en norma, el cambio de escenario, del instituto a la universidad, hizo perder a la serie mucho de su encanto, por no hablar de que determinados artificios comenzaron a ser evidentes: el cliffhanger al final de la segunda temporada fue un mero artificio que se demostró hueco. Además, los altibajos en la relación entre Logan y Verónica fueron repetitivos. Y para colmo, la resolución de la trama de las violaciones en serie (con ese par de criminales tan inverosímiles y esos ecos de thriller manido) fue un fiasco de grandes proporciones, una decepción teniendo en cuenta el demostrado talento de sus guionistas. Tanto es así, que durante un tiempo la única diversión que me proporcionó Verónica Mars fueron las clases de criminología de su protagonista y las humillantes apariciones del profesor asistente Tim. Aunque, reconozco, que tenía más que ver con una cuestión personal: asistente en las clases de mi jefe durante el primer cuatrimestre, Tim me servía para reírme de mis propias dudas sobre mi legitimidad ante los alumnos.

En la segunda parte de la temporada me reconcilié con el universo de Verónica Mars. El suicidio de Cyrus O`Dell, un personaje que parecía destinado a convertirse en uno de los característicos de la serie, fue un sobresaliente golpe de efecto. Como era lógico, la cosa olía a chamusquina y muy pronto nuestra detective favorita ya estaba realizando pesquisas. Y aunque en un momento llegué a pensar que la innecesaria muerte del sheriff Lamb tuvo como único propósito ahorrar dinero a la producción, me convenció ese misterio que tan bien entroncaba con el cine negro, con triángulo amoroso y femme fatale incluidos en la batidora. Fuera de la mitología central de la serie, tres capítulos de los de dos orejas, rabo e indulto del toro, me hicieron disfrutar de manera superlativa. Primero, el capítulo en el que Verónica debe encontrar al amor furtivo de, el estudiante que se está haciendo de oro con una pequeña factoría que suministra trabajos para las asignaturas ladrillo de sus compañeros. Desde los guiños a Galáctica y la cultura fandom hasta el agridulce desenlace, se trató de una hora redonda. El capítulo también permitió apreciar la capacidad de Rob Thomas para el desarrollo de irresistibles personajes recurrentes que sazonaban el relato con unas apariciones breves y que después eran perfilados cuando, tarde o temprano, les llegaba el turno de pedir ayuda a Verónica, o cuya presencia posterior daba un punto de familiaridad, desde Vinnie el detective hasta el peligroso delincuente Liam Fitzpatrick pasando por Jeff Ratner, el botones del hotel, y Leo, el amable policía. El resultado era que Neptune se configuró como un creíble y rico universo. También tuvo su miga la aparición de Paul Rudd en para interpretar a un ídolo musical en decadencia (Kristen Bell esa rodando una comedia gamberra con él, lo que quizás explica su aparición en la serie). En este caso, la mayor virtud del capítulo fue demostrar que las historias de la serie no debían ser necesariamente dramáticas para resultar solventes. Tras muchas ideas y venidas, las cintas perdidas no habían sido ni siquiera robadas, sino que una simple confusión de equipaje había sido la responsable de la crisis. Y como colofón, el penúltimo capítulo, en el que Weevil, uno de los clásicos del programa, era arrestado por falsificar tarjetas de estudiantes y Verónica tenía que resolver un caso que parecía imposible con un saludable implicación personal en ello. Su enfrentamiento final con el grupo de acomodados estudiantes responsables del fraude mostró una vez más cómo siempre caminaba en una fina línea entre el éxito y el fracaso, entre por lo que vale la pena luchar y lo que es moralmente discutible.

En última instancia, Neptune siempre ha sido un universo ambiguo, en el que, como se recordó al final, el antiguo sheriff siempre estaba traspasando los límites de la ley y su espabilaba hija rellenaba la solicitud para un curso en el FBI a la vez que manipulaba a sus amigos, encargaba robar coches, colocaba escuchas ilegales, mentía sobre su identidad y realizaba tratos con delincuentes. Saltar en el tiempo para mostrarnos a un Verónica como joven agente del FBI a lo Jodie Foster, era atractiva en apariencia, pero en realidad condenaba a la serie a traicionarse a sí misma. Como bien nos recordaron en el capítulo final, Verónica siempre ha sido y será una paria, siempre operando en los márgenes de la sociedad. Una Verónica en el FBI tiene tanto sentido como House de ministro de Sanidad. Sencillamente, la cosa no está en unos genes demasiado rebeldes y librepensadores. Sabiendo que el cierre del tenderete estaba próximo, hubiera deseado que Rob Thomas hubiera apostado por un capítulo de despedida un pelín menos pretencioso respecto al caso central, aunque el viaje por la memoria de la serie (incluyendo la sombra alargada de Lilly Kane y la menos alargada del ya olvidado Duncan) fue muy agradecido. Pero también lo juzgo convencida de que un buen capítulo final es aquel que nos sugiere dónde estarán los personajes diez años después, y eso lo consigue mostrando a Keith como el eterno perdedor dispuesto a darlo todo por su hija, a Wallace y como triunfadores en proyecto que no por ello van a dejar de ser los amigos más leales y a Logan inestable y enamorado, condenado a vagar por el mundo trastornado e incompleto. Y a nuestra querida Verónica sola y confusa bajo la lluvia, consciente probablemente por primera vez en mucho tiempo de que la vida tiene contradicciones que ni ella, con su infinita variedad de recursos, puede resolver, que es mucho más fácil ayudar a los demás que a sí misma y que todo lo que hace deja cicatrices y acarrea consecuencias. Hasta la vista, Verónica, es un placer poder decir que solíamos ser amigos.
 
Al final de la "Cuenta atrás"
Artículo de opinión publicado en FórmulaTV.com:
La verdad es que me gustaba Cuenta atrás desde mucho antes de su estreno en Cuatro, cuando hace un año tuve noticias de su existencia. Entonces era un proyecto en fase de desarrollo, sin cadena ni actor protagonista. No llego a recordar si ya tenía título o si era éste por el que finalmente ha sido conocido. Esperé el comienzo de su emisión con tanta anticipación como cierto temor a que el resultado no fuera el esperado. De hecho, resoplé con alivio cuando su segundo capítulo, desarrollado en un avión doblemente secuestrado, me dejó impresionada. El paso de las semanas ha afianzado esta idea y a día de hoy, cuando ha pasado por sus altos y sus bajos a nivel de audiencias, me resultaría sencillamente inexplicable que Cuatro no renovara la serie para una segunda temporada. Sería la asunción de un fracaso, sin duda, pero no el fracaso de Cuenta atrás, sino el de unos directivos que no estarían tardando demasiado en demostrar que sólo tienen que ofrecer al espectador más de lo mismo.

Desde el principio, se ha puesto de manifiesto que Dani Martín, cuya carrera musical me deja indiferente, era un recurso valioso para popularizar la serie con rapidez, pero también un blanco fácil para todo tipo de ataques. A pesar de momentos de debilidad, Martín ofrece en la mayor parte de las ocasiones lo que se le pide, una fotogenia impecable e innegable carisma. Los productores de Cuenta atrás lo hubieran tenido más fácil si hubieran optado por un protagonista maduro, pero lo cierto es que a Génesis tampoco le valió de mucho contar al frente de su reparto con un actor tan sólido como Pep Munné. Lo difícil, lo increíblemente difícil, era encontrar uno joven capaz de hacernos creer que es capaz de dirigir un equipo de élite con la arrogancia del que no tiene nada que perder. En una industria lastrada por actores con un único registro ya estén en una comedia o un drama, interpreten a un príncipe o un mendigo, ya era mucha heroicidad la cosa. Lo cierto es que me convence Corso, el infierno como novio y el paraíso como rollo de una noche, como bien sabe la expeditiva Leo. Será porque ando harta de esas figuras patriarcales (conservadoras y monótonas) que plagan las series de policías y me encanta ver a un chulo de discoteca al mando que hace chistes cuando llega a las escenas del crimen y no acepta ni consejos ni órdenes porque no le hace puñetera falta.

Y hasta me permito pensar que lo mejor que hace la serie no es escenificar escenas de acción, sino retratar a un puñado de jóvenes que saben hacer su trabajo pero mantienen un punto de vulnerabilidad. Es el caso de Rocío, el eslabón más débil del equipo, que en el episodio de la semana pasada agarra su arma y mata a un terrorista suicida cuando todos los demás, Corso incluido, estaban paralizados por el pánico. Era uno de los momentos álgidos de Bus Línea 629, 07:43h, que trataba con valentía el miedo al terrorismo islámico y lo engarzaba, en un original golpe de efecto, con la intolerancia sexual. La resonancia temática que a veces se echa en falta en nuestra ficción televisiva, estaba perfilada con un equilibrado juego con el espacio reducido de un autobús y el tiempo real.

La serie hace algo que quizás es sorprendente que deba ser destacado: cuenta cada semana una historia con solvencia. Si los profesionales del mundo del cine supieran hacer lo mismo al menos una vez al año (lo han olvidado o, peor, nunca lo aprendieron), quizás no deberían ir por las radios mendigando las subvenciones de las que carece la televisión, ni demonizando a la industria norteamericana de la que tanto y tan bien han aprendido los artífices de Cuenta atrás. La serie abre un abanico de posibilidades sobre lo que es capaz de lograr la ficción producida localmente y demuestra que, a la hora de la buena televisión, el movimiento se demuestra andando.