Todo sobre la tele
Acerca de
Este es el blog de Concepción Cascajosa Virino, Profesora Ayudante en el Departamento de Periodismo y Comunicación Audiovisual de la Universidad Carlos III de Madrid y autora de "Prime Time: Las mejores series americanas, de CSI a Los Soprano", "El espejo deformado: Versiones, secuelas y adaptaciones en Hollywood" y "De la TV a Hollywood: Un repaso a las películas basadas en series".
Sindicación
 
"Deadwood": +*!¿¨´@
Bien es sabido por el blog mi amor incondicional por la serie Deadwood, que nunca vivió para ver una cuarta temporada debido a que tanto su cadena como su creador David Milch pusieron sus miras en otros proyectos lamentablemente fallidos. Se habló en varias ocasiones de dos telefilmes en proyecto que debían cerrar la historia, pero parece que todo acabó en agua de borrajas. De esa manera, Deadwood vivió una de las cancelaciones más extrañas de la historia de la televisión, siendo amada más por sus espectadores que por aquellos que le dieron vida. Pero como las series viven mientras nos acordemos de ellas, presento a los lectores del blog un artículo que escribí hace ya casi dos años y que ahora aparece en la revista Film/Historia, editada el centro Film/Historia de la Universitat de Barcelona. Se titula "Deadwood: La recuperación del pasado fundacional en un western revolucionario". Sólo tiene en cuenta lo que había visto hasta entonces, las dos primeras temporadas, pero creo que es suficiente para explicar el interés de una de las series más creativas, originales y vibrantes de la década. A tu salud, Al.
 
“Galáctica” y el momento “la madre que los parió” (especial finales parte final)
Llevo más de un año diciendo siempre que tengo la oportunidad que Galáctica: Estrella de combate me parece la mejor serie norteamericana en producción. O al menos, me parece que ningún otro producto como Galáctica está logrando articular todas sus posibilidades dramáticas manteniéndose tan fiel a su propuesta de partida. Meses atrás ya hablamos de la dureza de los primeros capítulos de su tercera temporada, dedicados a la ocupación de Nueva Cáprica, momento en el que la serie abundó en su faceta más bélica y en su cuestionamiento más moral. Los rasgos poliformes de Galáctica estuvieron en continuo juego desde entonces. Lo metafísico tomaba lugar central en cuanto el relato se trasladaba al entorno de los cylones, mucho más trastornados por las preguntas básicas sobre el sentido de la existencia que cualquier humano de la serie. La representación de los conflictos internos de los cylones se plasmaban a menudo en elaboradas composiciones poéticas, que cuando se trasladaban a los humanos solían tener la función de mostrar más sus inseguridades afectivas. La recurrencia de la memoria del capítulo que revela el fugaz romance entre Starbucks y Lee en Nueva Cáprica (Unfinished Business) fue lo más parecido al universo literario de Proust que he visto en la ficción televisiva, tomando las pequeñas sensaciones de los personajes para abrirnos poco a poco (avanzando unos pocos minutos, a veces segundos, cada vez para elevar la anticipación) a sus más valorados secretos. Cuando Galáctica se quiso poner estupenda, se sacó de la manga un capítulo marxista como Dirty Hands, mientras que no terminábamos de decidir si a Baltar le estaban dando más ecos de Jesucristo o de Sadam Hussein. Como en una buena película de juicios, el veredicto de inocencia se logró gracias a un persuasivo alegato en el que se sacaban los colores a las contradicciones morales del programa más moral de la televisión.

Y para acabar, llegó esa secuencia final que, cuando leí por primera vez sobre ella, me pareció imposible de concebir y que en su concreción audiovisual resulta memorable. No se trataba de que se revelara la identidad de cuatro de los misteriosos cylones, ni siquiera que encima correspondiera a personajes recurrentes de la serie. Incluso que dos de ellos estuvieran desde el principio como el Coronel Tigh y el jefe Tyrol. Que sean precisamente Tigh y Tyrol los protagonistas principales de la revelación (puesto que los otros dos personajes han tenido una importancia mucho menor en la serie) no resulta para nada casual, puesto que ambos han representando, en sus diferentes capacidades, los apoyos más solventes para los humanos supervivientes. Mientras que los Adama, Roslin, Starbuck y hasta Baltar se hallaban en permanente crisis, Tyrol y Tigh siempre ejercieron su labor con eficacia, encargándose de que las naves estuvieran a punto (el primero) y que el orden nunca fuera cuestionado (el segundo). Incluso cuando sus relaciones amorosas los colocaron en situaciones comprometidas, siempre las subordinaron a su sentido del deber. Que ellos, junto con el también revelado como cylon Sam, fueran los líderes de la resistencia es la ironía que hace que todo resulte perfectamente verosímil. Cuando los tres y Tory, son llevados a un lugar seguro durante el ataque cylon que se presupone definitivo, la incredulidad de la situación dura lo justo e inmediatamente todos regresan a su trabajo. Con tantos y tantos capítulos dedicados a reflexionar sobre lo que nos hace humanos y lo que nos convierte en merecedores de la salvación como especie, resulta tan natural la extraordinaria reafirmación del libre albedrio que hace Saul Tigh, que si muere ese día lo hará siendo el hombre que ha querido ser. Galáctica ha tenido la inusitada capacidad de concluir cada temporada con un golpe de efecto que sacudía la narrativa y colocaba la historia en una nueva vía de concreción, y en este sentido la tercera temporada ha sido especialmente brillante. Por ello, sólo nos queda aguardar la manera en la que Moore, Eick y compañía decidirán poner punto final a uno de los universos más complejos jamás alumbrados por la televisión.
 
En defensa de Dean Winchester (especial finales parte 5)
Sobrenatural fue mi estreno favorito de la temporada norteamericana 2005-2006 y el afecto que desarrollé por las fantasmagóricas aventuras de los hermanos Winchester no fue flor de un día. En un periodo en el que sólo seguí cuatro o cinco series con fidelidad, Sobrenatural siempre estuvo entre mis opciones predilectas. Episódica y divertida, exhumaba un irresistible aire de escapismo, por no hablar de que sus dos guapos protagonistas no le hacían precisamente daño a mi vista. Pero en un año complicado para tantas y tantas series, Sobrenatural no ha sido una excepción. El problema ha sido que sus artífices no han sido fieles a la premisa inicial de reducir a mitología al mínimo para evitar el beso de la muerte de la escuela de buena parte de ellos, Expediente X. La parte final de la primera temporada, en la que los hermanos Winchester hallaban por fin a su padre ausente y se disponían a destruir al demonio causante de su tragedia familiar, fue realmente destacable. Así que la nueva temporada desarrolló un arco narrativo mucho más complejo, en el que se anticipaba una guerra de grandes proporciones entre el Bien y el Mal en la que Sam tendría un papel por definir. Lo malo es que esa indefinición de partida pareció sacudir igualmente a los guionistas, que nunca supieron dar desarrollo a esta trama entre el monstruo de la semana, sobre todo porque cualquier sugerencia de que Jared Padalecki pudiera encarnar una figura diabólica estaba más allá de lo que incluso el espectador más fanático toleraría. A pesar de ello esta temporada tuvo un puñado de capítulos excelentes (como, entre otros, el carcelario, el dedicado a los vampiros pacifistas, el inspirado en La cosa y la parodia hollywoodiense, con guiño a Las chicas Gilmore incluido). Y no todos los elementos recurrentes funcionaron mal, especialmente el bar de carretera como un pseudo hogar y Jim Beaver (tan brillante como en la añorada Deadwood) y Samantha Ferris (mucho más cómoda aquí que en Los 4400) como respectivos padres sustitutos.

Los guionistas de Sobrenatural también han sido ágiles en intentar atajar las partes chirriantes. Ahí tenemos a Jo, que desaparece sin dejar rastro, o la propia trama de los jóvenes cortejados por el demonio, resuelta finalmente con economía narrativa en los dos capítulos finales prometiendo una tercera temporada repleta de posibilidades. La muerte y resurrección de Sam fue una excelente jugada que ha dado una nueva complejidad a un personaje un tanto plano pero que, sobre todo, ha configurado a Dean Winchester como uno de los protagonistas más interesantes del momento televisivo actual. Dean fue durante la primera temporada el hermano menos listo, la figura cómica al que le tocaban todos los chistes y el eterno subordinado a su padre. Al dolor por la muerte de éste se sumaba el sentimiento de culpabilidad derivado de su sacrificio y la responsabilidad hipotética e imposible de cumplir de matar a su hermano si era necesario. Dean fue la principal víctima de los delirios paramilitares de John Winchester, que le hace imposible concebir la felicidad casera. En el excelente capítulo en el que un demonio le ofrece una existencia alternativa (la sombra del equivalente episodio de Buffy hubiera sido muy alargada si no hubiera sido por la modestia de la premisa y el notable trabajo de Jensen Ackles), Dean asume su carácter nómada y la ausencia de una vida propia por salvaguardar la de los demás. Su sacrificio para devolver la vida a Sam en el capítulo final tiene al menos tanto que ver con un miedo absoluto a la soledad como con el amor fraternal, de manera que en la escena del pacto diabólico hay bastante más patetismo que inspiración heroica. Una cosa es que Sobrenatural no sea una serie ambiciosa y otra es que sea intrascendente.
 
Si es martes, esto debe ser España
:)
 
Desde Argentina con amor
Artículo de opinión publicado en FórmulaTV:
Decidir pasar un verano en Argentina no tiene nada de particular, excepto que en la tierra de Evita, Maradona y el Ché, agosto es sinónimo de invierno y, por tanto, lo de “verano” es completamente retórico. Alejada del día a día televisivo en España por unas semanas, leí con interés (por supuesto en FórmulaTV) las noticias sobre el estreno de 'Hermanos y detectives', otro ejemplo de creación argentina que daba el gran salto para acabar, convenientemente versionada, en la Madre Patria catódica. No se trata de nada nuevo, pero sí de algo que evidencia los estrechos vínculos entre los dos países. Si ahora en la Argentina es habitual ver a imitadores de David Bisbal y hasta los noticieros reflejan la adoración por Sabina, en los cincuenta y sesenta contaron con sus propios programas desde Gila a Sara Montiel. Por no hablar de que aquí comenzó su carrera televisiva el maestro Narciso Ibáñez Serrador, que junto a su padre puso en pie lo que sería el antecedente de Historias para no dormir y sacó alguna idea para su Un, dos, tres... Aunque el trasvase que más fácilmente viene a la mente es el realizado por la productora Cuatro Cabezas de su formato Caiga Quien Caiga, que en su concepción original ofrece bastante menos oportunidades a los políticos para resultar simpáticos, dando más cabida a fieros reportajes cuya acidez me temo que no sería asumida por la clase dirigente (política y económica) española. Tras su nacimiento, Cuatro puso en su parrilla otra adaptación de Cuatro Cabezas, 1 equipo, además de la celebrada Los simuladores del joven Damián Szifron, artífice también de Hermanos y detectives.

Viendo todo lo que la televisión española toma (no, no digo coge, que aquí significa otra cosa) de la argentina, se podría pensar que el medio vive un momento dulce, pero la realidad es mucho más compleja y poco estimulante. Los que se quejan de que en nuestro país las parrillas son rehenes de los programas rosa y de telerrealidad, deberían saber que es imposible concebir una televisión más reiterativa, endogámica y explotadora como la que se ve en abierto en Argentina. El rey de la función de esta metatelevisión es Marcelo Tinelli, que en su perpetuo ShowMatch, ahora en Canal 13, ha utilizado los formatos que nosotros conocemos como Mira quien baila y Desafío bajo cero para lanzar a la fama a starlets pechugonas que fingen con inteligencia ser descerebradas y se prestan a todo tipo de polémicas. Polémicas que por supuesto se discuten en las decenas de programas dedicados a sacar punta a la actualidad televisiva, buena parte de ellos en el prime-time compitiendo con el propio Tinelli. En un momento cualquiera, se puede zappear por los cuatro canales privados de Buenos Aires y descubrir con sorpresa que en al menos tres de ellos se habla de lo que ocurrido en ShowMatch o Gran Hermano (el cuarto seguro que está en publicidad).

Todo está tan imbricado que es muy común que un mismo profesional trabaje en programas distintos en cadena rivales, como el todoterreno Jorge Rial, que presenta a la vez Gran Hermano en Telefé y el magazine Intrusos en el espectáculo en América, o el venerable Gerardo Sofovich (una suerte de José Luis Moreno local), jurado de ShowMatch en el 13 y presentador de dos programas diarios en el 9, A la manera de Sofovich y Sin límite de película. El clima general es de una violencia soterrada: algunos profesionales utilizan su atalaya para insultar abiertamente a los competidores (las puyas entre ShowMatch y Caiga Quien Caiga son especialmente agudas). Y el cinismo es la norma, ya que se critica la degradación general que gobierna el medio, pero cuando nacen secciones como “La boluda del mes” para destacar la estupidez, también se la alimenta. El rating, seguido minuto a minuto por los productores gracias a los SMS, convierte cada emisión es una carrera hacia el precipicio. A la vez, en el cable proliferan los canales informativos, los documentales de calidad y las series más prestigiosas, una televisión de élite para una minoría mientras al resto se le da poca oportunidad de encontrar salida al homogéneo “pan y circo” generalizado.
 
El final de la temporada al final del verano, con un punto de perdido heroismo
Los lectores del blog me tendrán que perdonar que haya dejado mis reflexiones sobre el final de la temporada norteamericana al final de verano español. Prometo que antes del 21 de septiembre la tarea estará completada, ya que ni mis idas y venidas por esos mundos de Dios justifican tanta anormalidad. Lo haré aunque tenga que empeñar mi recién compradas botas de cuero en el ciber porteño en el que me encuentro (es broma, la Charlie me paga bien y el euro está más fuerte que nunca). Y qué mejor que empezar a cancelar deudas hablando un poco de los finales de dos series tan entrelazadas como Perdidos y Héroes. Sobre todo porque todo ha resultado un poco irónico y contradictorio. Veamos. Perdidos ha tenido un año muy malo a nivel de audiencia debido a una estúpida política de programación de la ABC, entre otros motivos. Ha sido un año complejo a nivel narrativo, con el relato en plena evolución hacia lo que debe ser un punto de destino muy diferente al anticipado por su premisa inicial. Para colmo, y a pesar del aprecio de los críticos, ha recibido una bofetada en los Emmy. Pero su doble capítulo de despedida este año probablemente pase a la historia de la televisión como uno de los más emocionantes y arriesgados.

En el otro rincón del cuadrilátero se encuentra Héroes, la nueva esperanza blanca, el estreno más celebrado del año y el principal acaparador de portadas. Pero su capítulo final ha sido una innegable decepción. Quizás la cuestión de las expectativas tiene mucho que ver. Nadie esperaba que en una situación francamente difícil Perdidos pudiera renovarse de esa manera a la vez que cerrar de manera tan lograda su complejo último ciclo narrativo. De igual manera, lo que debía ocurrir en el capítulo de despedida del primer volumen de Héroes, el cara a cara en la Plaza Kirby, había sido tan anticipado desde el primer momento que se esperaba algo sencillamente espectacular. En su lugar, lo que vimos fue totalmente anticlimático, revelando que esa temporada no se había construido sobre lo que iba a ocurrir en la Plaza Kirby, sino en la idea de que iba a ocurrir algo en la Plaza Kirby, algo en lo que ya se pensaría después.

Como la tercera temporada de Perdidos acaba de empezar su emisión en España, no voy a abundar mucho más sobre este tema, pero sí decir una cosa que los que han visto el capítulo seguro que entenderán. La revelación final no ocupa sólo unos segundos para dejar al espectador paralizado por la sorpresa, sino se extiende en una larga y dolorosa secuencia. No se trataba de sacar un conejo de la chistera, sino de contar una historia a través de unos personajes cuyos temores, traumas y aspiraciones siempre han sido mucho más interesantes que la trama de aventuras en la que sólo aparentemente se insertan.

Es obvio que las comparaciones son odiosas, sobre todo cuando Héroes, superando los problemas de construcción del principio y a pesar de esa odiosa y cursi narración en off, había proporcionado capítulos sencillamente sensacionales. El primero de ellos fue El empleado fiel, en el que se revelo el pasado del hombre de las gafas de pasta, que pasó de villano a héroe con inusitada facilidad mientras se revelaba una vida repleta de dudas y contradicciones, como la aparente ejecución de su compañero, el hombre invisible (un Christopher Eccleston que debería volver a la serie lo antes posible). Por no hablar de ese triple salto mortal que fue Cinco años después, en el que la serie exploraba un futuro alternativo y francamente prometedor que de esta manera quedaba invalidado para su utilización en la serie. ¿Y no era jugosa esa idea de que el presidente de los Estados Unidos era un impostor que se había agarrado al poder tras una masacre que él mismo había provocado como ejemplo de la pérdida de legitimidad de las instituciones que se trasluce de la ficción televisiva venida de Hollywood? Había tantas buenas ideas en esos capítulos finales que podíamos perdonarle a Héroes que algunas hasta fueran ajenas, como ese guiño-homenaje-plagio de Watchmen tan poco disimulado. Y entonces llega el desenlace y de pronto las ideas se acaban (¿Sylar vive?), pasan cosas que no se entienden (¿Peter no puede volar?), otras que no se justifican (¿Bennet, después de todo lo recorrido, está dispuesto a matar a una niña?) y algunas que nos hacen golpearnos la cabeza contra la pared (¿agotar el personaje de Malcom McDowell para arreglar esa risible guerra de los Rose?). Y para concluir, un epílogo esotérico que tiene toda la pinta que será un suspiro rápidamente olvidado cuando comience la nueva temporada. Echando mano a la sabiduría popular, para este viaje no hacían falta tantas alforjas. Si de algo no está necesitado este esfuerzo por convertir la narrativa de los superhéroes en un drama adulto es de obviedades y artificiosidad. Pena, penita, pena.