Todo sobre la tele
Acerca de
Este es el blog de Concepción Cascajosa Virino, Profesora Ayudante en el Departamento de Periodismo y Comunicación Audiovisual de la Universidad Carlos III de Madrid y autora de "Prime Time: Las mejores series americanas, de CSI a Los Soprano", "El espejo deformado: Versiones, secuelas y adaptaciones en Hollywood" y "De la TV a Hollywood: Un repaso a las películas basadas en series".
Sindicación
 
Confesiones de una investigadora a galope
Una de las cosas buenas que tiene el trabajo en la universidad es que de vez en cuando nos movemos por España en congresos, cursos y similares, en alguna ocasión invitados y con los gastos pagados. Estos bolos te permiten dar a conocer tu trabajo, hacer nuevas amistades y, particularmente, comer y beber generosamente a cuenta de la organización, para qué lo vamos a negar. Una este año ha tenido dos experiencias especialmente interesantes, en julio en un curso de verano celebrado en Santiago de Compostela y la semana pasada en Málaga, dos ciudades imprescindibles que no necesitan muchas excusas para merecer una visita. El curso de verano, titulado Televisión y Ficción y organizado por CEFILMUS, fue mi debut como invitada en este tipo de eventos. Aunque los investigadores que allí nos reuníamos éramos muy diversos, todos teníamos en común que la televisión suscitaba en el momento actual nuestro mayor interés. Las conversaciones giraban en torno a los primeros programas que habíamos visto o las cosas que seguíamos ahora con pasión, de los últimos fracasos o éxitos. Los profesionales ojeaban sus teléfonos móviles esperando el SMS que les dijera cómo había sido la audiencia de la noche anterior y cuando les llegó la hora de hablar en sus intervenciones, comentaban las presiones de una industria brutal y canibal. Dedicarme a trabajar en la tele yo (pensaba cada vez que alguien preguntaba por mi experiencia profesional) con lo tranquila que es mi vida en la academia. Bueno, tranquila habitualmente, porque cuando iba a comenzar mi intervención, el Power Point no se me abrió y tuve que empezar a pelo mientras un ángel salvador recuperó mi portatil. Maldito Bill Gates, los 1000 millones de dólares para África no compensan lo que me hace surfrir. Allí hablé sobre el concepto de edad dorada de televisión y de las implicaciones legitimadoras que tiene. Espero que pronto se pueda publicar un libro con las ponencias del curso en forma escrita. El día anterior ya había presentado el capítulo de Galáctica titulado Ocupación ante los alumnos del curso. La visita a Santiago de Compostela sirvió para conocer personalmente a una lectora habitual del blog, Anxélica, y propiciar un inolvidable encuentro con los blogueros PJorge, DavidGP y Carlos de Hegemonía. Una no tiene muy a menudo la oportunidad de hablar con gente que ha visto tantas series como yo, así que aquella cena-copichuela quedará como una experiencia memorable en la que nos enteramos qué música de series teníamos en el móvil, compartimos filias y fobias (ay, Héroes, qué mal nos has tratado) y descubrimos capítulos hilarantes de series impensables como One Tree Hill.

La semana pasada fui a Málaga a intervenir en una mesa redonda sobre televisión en las Jornadas Internacionales de la Asociación Internacional de Jóvenes Investigadores sobre Comunicación, organizada por los muy estupendos María Jesús Ruiz y Alejandro Barranquero. Básicamente hablé de por qué me gustaba investigar sobre televisión y mi libro, que por casualidades de la vida me había llegado esa mañana a la facultad. La televisión sigue siendo un tema difícil en la academia y por eso me animé y nos animé a abrir las miras a los alumnos en las aulas. Y es que una también tiene su punto reivindicativo o, como dicen por ahí, temerario. La visita a Málaga estuvo sazonada por la agradable lectura del libro Cómo crear una serie de televisión. Afortunadamente, cada vez son más habituales las publicaciones sobre televisión en España, lo que nos beneficia mucho a todos los que trabajamos en este tema desde la perspectiva de la investigación. En este caso, uno de los autores, Gonzalo Toledano (la otra autora es Nuria Verde) tuvo la amabilidad de enviarme un ejemplar hace unas semanas. Creo que el libro es un estupendo complemento de la otra publicación sobre series realizada desde el punto de vista de los creadores, De Los Serrano a Cuéntame: Cómo se crean las series de televisión en España. Pero en lugar de hablar de la experiencia particular en diferentes programas, aquí los autores proponen un manual para los escritores que se adentran en el mundo de la televisión, donde por cierto hay bastante más sustento que en el cine. Didáctico y muy bien organizado, creo que es un libro extraordinariamente útil para los que practican o enseñan guión. Pero para los investigadores, tiene la utilidad de servir de escaparate de la manera en la que los profesionales perciben las series de televisión de éxito, como los engranajes de un reloj un poco dislocado que aun así siempre da la hora correcta. Aunque obviamente no estoy de acuerdo con algunos análisis, otros me parecen muy perspicaces. Las partes que podíamos denominar de auto-ayuda (como la lista de motivos para no sentarse a escribir) son también francamente divertidas y hacen amena una lectura que con otro estilo podría haberse hecho pesada para los no iniciados. Con este libro y La caja lista, por fin, en la bolsa de mano, la investigadora regresó a los parajes madrileños y se preparó, como veremos la semana que viene, para nuevas aventuras.
 
Éramos pocos
Y, como se dice, parió la abuela. Francamente esta temporada televisiva en Estados Unidos tiene pinta de pocas posibilidades de salvación. Primero hemos tenido una sucesión de estrenos decepcionantes en lo comercial y/o creativo de los que casi nadie ha podido salvarse. Ahí tenemos Viva Laughlin. Ya en mayo los críticos que pudieron ver el primer capítulo la colocaron como la principal favorita para ser la primera cancelación oficial del año y al final los pronósticos se han hecho realidad. El primer capítulo en el horario regular se emitió el domingo y a la mañana siguiente la producción fue cerrada. Cancelación casi instantánea. Los motivos de la CBS para producir estos programas bizarros de difícil encaje con el resto de su programación son absolutamente esotéricos. Tampoco le están yendo bien las cosas a Bionic Woman, que estaba ganando caché con el paso de las semanas, en parte gracias a la aureola de Galáctica. La audiencia comenzó bien, pero el público parece no tener interés en esperar a los arreglos que Jason Katims (robado de Friday Night Lights con nocturnidad y alevosía) estaba poniendo en práctica. Piloto mediocre como pocos en reciente memoria, a pesar de todo había cosas muy sugerentes en la premisa. Veremos hasta dónde dura el programa, pero lo que más claro parece es que Katee Sackhoff, si encuentra un buen programa, está a un paso del estrellato incontestable. Bionic Woman pasará a la historia por uno de los miscastings más pasmosos de los últimos años.
Probablemente alguien estará pensando: ¿Y Pushing Daisies? ¿Y Private Practice? Por citar dos estrenos que están logrando audiencia. Sobre la primera, su buena acogida está siendo una gran noticia, mostrando que la ABC sigue siendo la cadena de la innovación aunque las cosas le vayan algo mejor que hace unos años. Esta apuesta de género detectivesco (que tan bien le funciona al cable, especialmente a USA Network) en forma de cuento de hadas es un oasis entre tanto proyecto fallido. Private Practice tendrá que andar un poco más de camino antes de dejar de vivir de las rentas de Anatomía de Grey, pero estoy dispuesta a tener paciencia. Los chicos del Seattle Grace tampoco gozaron de un comienzo pletórico.
Y en el trasfondo, una huelga de guionistas en el horizonte que en apenas unas semanas puede echar el cerrojo a la industria. Y, como revela el imprescindible blog de Nikki Finke, los magnates de la industria al parecer no están preocupados en demasía por ello. Casi puede ser una salida fácil para hacer tabula rasa. Sobre cuando Finke cuenta cosas tan sorprendentes como que incluso lo que parece ir bien, como la propia Pushing Daisies, tiene problemas en la trastienda, en este caso unos valores de producción inviables para una serie de televisión regular. Pero incluso aunque no haya huelga, los más fundamentalistas deben estar regocijándose de que los pecadores de Hollywood estén siendo amenazados por el fuego purificador. California arde y de momento la cosa ha afectado a programas como 24 y Caso abierto. Media temporada, te esperamos impacientes.
 
La lenta realización de una profunda decepción
(Aviso: En esta anotación se comentan spoilers mayores de la tanda final de capítulos de "Los Soprano". Si aún no has visto los últimos capítulos de "Los Soprano", deja inmediatamente de leer este blog y vete a hacerlo. Qué falta de código.)

Alguna vez hemos comentado por aquí los problemáticos finales que suelen aquejar a los dramas televisivos, que casi nunca suelen acabar cuando les corresponde. O sus vidas son cortadas en seco por tempranas cancelaciones o su trayectoria se prolonga mucho más de lo debido y los capítulos de despedida se suelen enfrentar a una fría recepción. Nada de eso ha ocurrido con Los Soprano, que tras seis prósperas temporadas (en realidad siete si consideramos artificial el parón, como veremos a continuación) dijo adiós como un auténtico fenómeno cultural al que dedicaron rincones en sus portadas la mayor parte de los periódicos norteamericanos. Las expectativas eran tan estratosféricas que la decepción era inevitable. Probablemente David Chase fue el primer consciente de ello y decidió dedicar estos capítulos a realizar el retrato de la decepción vital de sus personajes. Chase nunca fue un creador televisivo convencional. Un oscuro guionista hasta bien entrada la mediana edad, Los Soprano supuso su salto a la fama y la oportunidad de oro de lanzar una diatriba contra el modo del vida norteamericano, el capitalismo, la Iglesia y cualquier otra institución que se cruzara en su camino, incluyendo la propia televisión. Tras un quinto año redondo, Chase ya no tenía nada que perder ni que ganar con la serie, por lo que sólo le quedaba aprovechar esos capítulos de despedida para realizar un insólito ajuste de cuentas con su propia creación. El primer capítulo de la temporada es en este sentido memorable: Tony es disparado por su propio tío Junior, ya senil, y un mafioso de segunda categoría, incapaz de asumir tantas presiones, se suicida en el sótano de su casa. Tony se recupera de sus heridas, pero no consigue encontrar apenas satisfacciones en su vida. Cada día es un regalo, afirma, pero por qué siempre tienen que ser calcetines. Así se enfrenta a un hijo que ha heredado lo peor de sí mismo y cuya incompetencia es tal que intenta quitarse la vida en la piscina de su casa con una cuerda más larga de la cuenta. Y la prometedora Meadow acaba como la esposa trofeo de un mafioso de nuevo cuño, que en lugar de un local de strip-tease utilizará un bufete de abogados como centro de operaciones. Y después está Christopher, cuyas adicciones sin fin son un constante dolor de cabeza, tanto que cuando Tony acaba con su vida tras un accidente de tráfico, el mayor problema con el que se encuentra es escenificar su dolor ante sus seres queridos. En realidad, como queda patente hasta el final de la serie, la desaparición de quien fue casi su hijo le provoca una mezcla de alivio y mera indiferencia. Tampoco se queda a la zaga la Dra. Melfi, que por fin se da cuenta de que la larga y poco frutífera terapia sólo ha servido para alimentar el ego criminal de Tony. Después de que éste afirme que no entiende por qué le pasan cosas malas (básicamente, es un buen hombre) hay muy poco espacio para avanzar. Sin dramatismo y artificios, un portazo pone fin a una de las relaciones más sugerentes de la historia de la televisión.

He leído en algún sitio que estos capítulos finales eran melancólicos, lentos, artificiales. En resumen, decepcionantes. Pero quizás esa opinión no tiene tanto que ver con la manera de contar una historia sino con la decepción con unos personajes que, a nuestro pesar, habíamos aprendido a amar. Cierto que la cuestión moral siempre fue un punto de debate respecto a la serie, pero en estos capítulos finales Chase se permitió revelar nuestra propia hipocresia. No importa lo buen hijo que fuera Paulie o las aspiraciones artísticas de Christopher, ambos no dejaban de ser unos sociópatas que nos pegarían un tiro en la nuca y después se irían a tomar una cerveza con toda tranquilidad. La salida del armario de Vito dio para una emocionante subtrama sobre la libertad personal que nos hizo olvidar el verdadero calado del personaje. Por eso la decepción que nos sacude cuando, de forma brutal e innecesaria, mata a un hombre tras un accidente de tráfico. Vito nunca dejó de ser un despojo humano, capaz de robar a Carmela mientras Tony estaba al borde la muerte, pero las convenciones del relato dramático nos creó la ilusión de otra cosa (y es que contar historias, cuando se hace bien, es inevitablemente una forma de vendernos la moto). La ironía en la serie estaba instalada en su origen, desde el momento en el que la historia se situó en el contexto de la Mafia: un mundo donde tu mejor amigo te puede pegar un tiro en la nuca ante la menor sospecha, en el que todo se basa en un código de honor que nadie tiene el menor interés en respetar si ello va contra los intereses económicos.

Y, para concluir está ese capítulo postrero, con su acción interrumpida seguida de unos interminables segundos en negro antes de que los títulos de crédito nos saquen de nuestra incredulidad para convencernos de que efectivamente es el fin de la serie. Creo que nunca en la historia de la televisión alguien ha tenido tanta libertad como para realizar una hora de ficción como David Chase, convertido así en el autor más total que ha conocido el medio. Y el resultado es que Chase decidió no primar el interés dramático del programa, ya que para entonces había hundido tanto la humanidad de sus personajes que le importaban un comino. Viva la interferencia de los ejecutivos que ponen a los artistas en su sitio, han clamado algunos, mientras Chase, desde su retiro francés, parecía reirse a carcajadas de los intelectualuchos que reivindicamos el medio con un "no queréis autoría televisiva, pues ahí la tenéis". Para el capítulo final, Chase montó un refrito de subtramas ya usadas en temporadas pasadas (Tony huyendo tras una amenaza mortal y disfrutando de un momento de armonía familiar después de que la crisis haya pasado) y las cubre una rica y muy variada lista de referencias intertextuales, algunas decididamente divertidas como el fragmento de La dimensión desconocida. A quién sorprenda el golpe de efecto final, recomiendo que revise la serie y acepte que Chase se ha negado a aceptar las normas del relato televisivo desde el principio con sus opacas metáforas y subtramas truncadas. También está el propio carácter de esta semi-temporada. A pesar de que esta segunda tanta de capítulos se presentaba como una continuación, lo cierto que a nivel narrativo es una temporada autónoma por propio derecho. Ha pasado un año, la vida de algunos personajes ha cambiado sustancialmente y no se ofrece al espectador ni un gramo de contexto. Ese plano truncando se puede entender como una tomadura de pelo para disfrute de los semióticos más irredentos, o como el reconocimiento de un fracaso propio, la imposibilidad de cerrar con satisfacción el relato. O quizás como la única manera que tuvo de expresar sus contradicciones un tipo que sólo quería hacer películas y que acabó demostrando con su trabajo para televisión lo prescindible que se había convertido el llamado Septimo Arte. Pero seamos francos y reconozcamos que Chase, coherente hasta el final, decidió primar el concepto temático de Los Soprano por encima de la eficacia dramática. Un final insatisfactorio para la crónica de una insatisfacción.
 
"Supermodelo 2007": Lloros y zapatos de tacón
Artículo de opinión publicado en FórmulaTV:
Soy la primera sorprendida de realizar esta afirmación, pero no tengo más remedio que reconocer que he decidido abandonar a Gran Hermano por Supermodelo 2007. Tras muchas ediciones, variados artificios y demasiados concursantes clónicos, el formato ya no me interesa gran cosa, sobre todo porque tengo el convencimiento de que algo como la edición ganada por el gran Pepe será moneda que no se volverá a repetir. Sin embargo, ahí está Supermodelo, divertida, fresca y bastante salvaje. Reconozco que al principio era hostil al formato en general y al programa en particular. Pero resultó que era la opción nocturna elegida por mi compañera de piso y, en aras del bienestar de la recién estrenada convivencia, comencé a verla, con escepticismo al principio y con apasionamiento en el momento actual.

Supermodelo parece nacido para ser eso que los anglosajones llaman un 'guilty pleasure', algo a lo que no damos ningún tipo de legitimidad artística o socio-cultural pero que nos encanta ver, sobre todo si, como pasa en general con la telerrealidad, se hace en compañía. En 'Supermodelo' tenemos a Judit Mascó, mujer de hielo impenetrable a pesar de estar más suelta en esta edición (y con mejor estilismo, todo hay que decirlo), a Valerio Pino, gritón profesional que ha ganado mucho con esa barba de superviviente y a Cristina Rodríguez, que leo en la página oficial del programa quiere ser actriz y que como tal destila considerables dosis de mala leche y frustración. También está ese jurado psicodélico y con espíritu de contradicción en el que destaca Daniel el Kum, que me recuerda a Lorca y que siempre porta unas gafas super fashion.

Y no nos podemos olvidar de las niñas, adolescentes y por tanto obviamente vanidosas a morir, a las que en el programa hacen pasar por cosas tremendas. Por ejemplo, colocan a las nominadas frente a frente para que se reprochen sus defectos, momentos que aprovechan para decirse barbaridades como “tienes muchos granos en la cara” o “tus piernas son más largas pero las mías son más estilizadas”. Y después, como en una pelea de patio de colegio, cada una se coloca detrás de su mejor amiga para hacer bulto. Frente a esas nominaciones escondidas de los otros realities, aquí las cosas se dicen a la cara. Y de vez en cuando (bueno, más bien cada semana), los profesores les dicen que no saben desfilar (lo cual es cierto), que les falta naturalidad para posar (indiscutible) y carecen de profesionalidad (innegable). Y entonces ellas se enrojecen y lloran. Después se recogen los mocos y siguen llorando. Pero no las culpo, yo tengo algún año más y obviamente no voy para supermodelo, pero seguro que si algún día me cruzo con Valerio, berrearé llamando a mi mamá en cuanto abra la boca para decir “hola, soy Valerio y quiero decirte una palabra que me acabo de inventar”.

Y es que lo fascinante de Supermodelo son sus radicales contrastes. Se supone que debe servir para glorificar una profesión y la retrata como un mundo miserable, superficial y enfermizo. Nos presentan ropas, vestidos y complementos impensables para un sueldo normal, pero las promociones de los patrocinadores se hacen de la forma más cutre imaginable. Nada más prosaico que regalar a las expulsadas un compact disc y unos secadores de pelo. ¿Veremos algún día a las concursantes depilándose las piernas? No lo sé, pero si ocurre allí estaré yo, haciendo comentarios maliciosos y chillando al televisor.
 
Mediateces y teleporquerías
La verdad es que mi regreso tras el periodo vacacional ha tenido un punto mediático, con mis opiniones solicitadas para artículos en La Razón y La Vanguardia y un par de participaciones en el programa Asuntos Propios de Radio Nacional, que mañana por la tarde estará en el Aula Magna de la Universidad Carlos III. También se ha publicado por fin uno de los proyectos en los que más ilusión me ha hecho participar en los últimos tiempos, un número de la revista Tripodos de la Universitat Ramón Llull dedicado a la telebasura (en serio, en catalán suena incluso peor que en castellano). El número ha sido coordinado por mi admirado Fernando de Felipe, hombre renacentista que lo mismo hace una tesis sobre Hitchcock, analiza la filmografía de los Coen, dibuja cómics, escribe una película para Jaume Balagueró, publica críticas de telévisión para La Vanguardia (que por salud pública debería hacer la sección gratuita) o imparte clases como el profesor universitario vocacional que es. O charla conmigo sobre Los Soprano para La caja lista. Pero como eso no era suficiente, Fernando se ha decidido a reunir más de un docena de artículos sobre el fenómeno de la llamada telebasura a un amplio y muy heterogéneo grupo de académicos que lo mismo discuten sobre los programas de parapsicología que realizan una crítica del libro de poemas del recordado Yoyas. Como una no tiene este blog para ser ecuánime, destaco dos trabajos. El primero es el que da comienzo al número, en el que Manuel Palacio, echando mano de la hemeroteca de algún periodico que a ratos debe arrepentirse de tenerla, desentraña el uso de un término manipulado en función de las circunstancias políticas. Y a su manera elegante y patricia (así es el boss), reparte una considerable estopa entre el personal. El segundo es el texto con el que se cierra el especial, obra del propio Fernando, que reúne deficiones del término por parte de críticos y analistas. Mi trabajo es un acercamiento a la manera en la que la telerrealidad ha servido en un momento dado para abrir nuevas posibilidades a los productos de ficción. Ni que decir tiene que estoy encantada y agradecida de haber participado en este proyecto, que supone un soplo de aire fresco en las publicaciones académicas en español.

Como los lectores del blog se habrá podido imaginar, la publicación de La caja lista: Televisión norteamericana de culto se ha retraso unas pocas semanas, pero ya tenemos portada, ISBN y demás detalles administrativos. De alguna manera, la publicación de este libro marca el fin de una etapa y conmemora el comienzo de otra. Este año pretendo concentrame en algunos de los trabajos que he desarrollado sobre ficción televisiva en España en los últimos meses, pero sin abandonar a la televisión norteamericana. Los admiradores de Nip/Tuck pronto podrán leer algo escrito por mi en la lengua de Shakespeare y hace unas semanas me confirmaron el interés por contar con un trabajo mío para un volumen dedicado a una de las series a las que más espacio se ha dedicado en este blog. En las próximas semanas, pondré por escrito mi charla en el curso de verano de Santiago de Compostela para una publicación en proyecto. Y me he planteado como objetivo para este año proyectar una nueva publicación que siga el trabajo iniciado por Prime Time con intención de dedicarle el próximo curso académico. Me parece que para el 2009 estará claramente definido el legado de aquella temporada 2004-2005 y el tiempo habrá permitido aclarar si estamos ante el final de un ciclo o aún nos queda mucho de nueva edad dorada. Mientras, el blog seguirá siendo el lugar donde colocar mis pensamientos más inmediatos.
 
The User is the New King
Durante los días 4, 5 y 6 de octubre, un grupo de profesionales del mundo de la televisión y las Nuevas Tecnologías están reunidos en Madrid bajo el amparo del Foro 50+1, promovido por RTVE y la Universidad Menéndez Pelayo. Según el título, el objetivo es pensar sobre el concepto de innovación en televisión. Sin embargo, lo más interesante del primer día de sesiones ha sido comprobar los cambios de verdad radicales a los que se enfrenta el medio a la vez que hacer notar lo parecido que va a seguir siendo. O al menos, no será tan distinta para una generación con unos hábitos ya muy definidos. Será el turno de los que apenas gatean ahora disfrutar lo nuevo que está por venir. Lo explicó a la perfección James L. McQuivey, un simpático alto ejecutivo de una consultora norteamericana (y antiguo profesor universitario) que se atrevió a hacer parte de su intervención en español: “Los adultos toman algo nuevo y buscan cómo hacer con ello algo que ya hacían antes. Los jóvenes toman algo nuevo y piensan qué cosa nueva pueden hacer con ello”. Como esos chicos que se pasan horas navegando por red y después graban pequeños vídeos de sus vídas que serán vistos por decenas de miles de extraños repartidos por todo el globo. Los quince minutos de fama son ahora que dos cientas mil personas vean tus vídeos hasta que se aburran, descubran que en realidad eres aspirante a director de cine o tengas tú algo mejor que hacer. Maria Concepción Ferreras, de Google Video España, habla de una nueva meritocracia, la fama basada en el talento de un consumidor que pasa a ser consumido. Palabras como cliente, lector, espectador o la propia consumidor van a empezar a caer en desuso sustituidas por usuario, un término con algo más de carga significativa en inglés que en español. El usuario elige conscientemente, juega, práctica, disfruta, reflexiona, discute y exige. Las reglas están cambiando. Los programas de telerrealidad buscan anónimos, que tras saltar a la fama deciden hacer del medio su carrera profesionales. Pero a la vez famosos como Will Ferrell, que gana millones de dólares por cada película, apuestan por experiencias como el portal funnyordie, para el que crea vídeos amateur como si fuera un simple anónimo.

Pero entonces llega la hora de hablar de la pasta y las grandes esperanzas se tornan en gigantescas dudas financieras. Terri Wills, una analista británica ahora residente en la tranquila Canadá, presentó al usuario tipo de estas innovaciones, un hombre universitario que ve sus series favoritas en Internet y no parece ni dispuesto ni capaz de pagar demasiado por ello. A Terri, que le pilló aquella recordada explosión de la burbuja tecnológica, no le cambian en las diapositivas del Power Point tantas dudas, retos e interrogantes de sacar rentabilidad económica real a este tipo de novedades. Sobre todo porque sus datos daban pie para plantearse una duda. Es cierto que las Nuevas Tecnologías están más extendidas en la población más joven que en la más adulta, pero su peso real quizás no vaya a crecer mucho en los próximos años debido a que el mundo occidental envejece a marchas forzadas. Y es que la intervención más reveladora de la mañana fue la de Jacques Roldán, director de contenidos para nuevos medios de Sogecable. Roldán contó que el servicio de canales de móviles del Plus ya cuenta con ochenta mil abonados dispuestos a pagar seis euros al mes por ver unas dos decenas de canales, además de una tarifa plana aparte por la conexión. Y resulta que lo que está funcionando mejor (si algo tiene esta nueva tecnología es que permite controlar su uso al milímetro) no son las series con capítulos de tres minutos, sino los contenidos de toda la vida como las películas y los toros. Sí, los toros, cuya media de sesión era la más alta de todos los programas, dieciocho minutos. Como en el zapping de la era digital (ya lo dijo Springteen, cincuenta y siete canales y nada que ver), ya no se ven las películas enteras, sino diez minutos antes de querer pasar a otra cosa, por lo que las comedias y las historias de acción son las que mejor funcionan con estos microespectadores. Algún docente allí presente reconoce después que no queda más remedio que practicar también el zapping para no perder el interés de la platea durante alguna de las muy pedagógicas sesiones de cuatro horas que le toca gestionar. Tengo blog, móvil, portátil, disco duro media player y hasta PDA con Wi-Fi y GPS incorporado. Cualquier día me enchufo un cable en el cogote como Neo, pero en días como hoy ya me siento un poquito dinosaurio.
 
"Friday Night Lights" o el sublime arte de la ejecución
Aunque Friday Night Lights se desarrolla en un ficticio pueblo de Texas, el título de esta anotación no tiene nada que ver con la pena de muerte que con tanta periodicidad y considerable espíritu vengador se practica por esos lares, sino con algo que a menudo no se sabe apreciar lo suficiente: la originalidad es un concepto artificial y no importa demasiado lo que nos cuenten o si no lo han contado muchas veces, sino el cómo. Vi el piloto de FNL en forma de lo que se llama pre-air, o sea, descargado unas semanas antes del comienzo de su emisión. Me gustó, pero no me interesó lo suficiente como para colocarla en mi rotación de series imprescindibles de la temporada. Pero con el paso de los meses, me acabó llamando la atención más y más la trayectoria de un programa que no estaba interesando demasiado a los espectadores norteamericanos y se encontraba al borde de la cancelación, pero que estaba obteniendo la adoración incondicional de los críticos, especialmente de mis dos de referencia, Matt Roush de TVGuide y Maureen Ryan del Chicago Tribune. Finalmente, a mediados de junio me animé a dar una oportunidad a la serie y me enamoré como no recuerdo haberme enamorado en mucho, mucho tiempo de un programa, con ansiedad, apasionamiento y entrega incondicional. A día de hoy, el recuerdo de esas semanas es un poco difuso, pero sé con toda seguridad que tenía exámenes que corregir, textos que entregar, gestiones de mi viaje a Argentina por completar y alguna charla veraniega por preparar, pero en lo único en lo que podía pensar era en el momento en el que, en pantalones cortos y tirantes y con el aire acondicionado a tope, pudiera disfrutar de otro capítulo hasta llegar al final. Y era feliz, porque tenía la convicción de que estaba disfrutando de la temporada televisiva más brillante y redonda producida para la televisión en abierto que pudiera recordar (y sí, incluyo la primera de Perdidos), uno de esos hitos que me hacen amar tanto la ficción para televisión.

Y ahora viene lo verdaderamente difícil, que es explicar con simples palabras las virtudes de la ejecución de FNL cuando es imposible entenderlo sin haber visto la serie. O lo que es lo mismo, ser capaz de transmitir algo que, a pesar de leerlo una y otra vez, tardé muchos meses en creerme yo misma. Puedo empezar contando que FNL transmite una honestidad desarmante. Cierto, sus protagonistas podrían haber aparecido en cualquier teen opera de nuestra añorada WB. Y buena parte de sus tramas giran en torno a las relaciones de amor y amistad establecidas en un instituto por los miembros del equipo de fútbol. Pero entonces tengo que añadir que cuando en la serie un chico se atreve a ir a casa de su novia y se encuentra con que le abre el padre de la íncluta adolescente, a la sazón su entrenador, la cámara no se fija en su perfecto peinado o su impoluta sonrisa, sino en sus pies titubeantes que cruzan y abandonan presurosamente el umbral. Y que cuando en el capítulo piloto la estrella del equipo de fútbol (Jason Street) se lesiona la espalda, no hay una recuperación milagrosa tres capítulos después, sino que nuestro héroe no se va a levantar nunca más de su silla de ruedas. En la serie hay una relevante infidelidad por parte de un personaje femenino y la serie aprovecha para mostrarnos una versión actualizada de La letra escarlata en la representación más descarnada que recuerdo haber visto en la ficción televisiva del puritanismo norteamericano, en donde el padre avaricioso, controlador y adúltero es el único que sale bien parado. Apenas en los primeros capítulos, el entrenador Taylor, adorado unos días antes, se había convertido casi en un apestado después de perder un segundo partido, sintiendo sobre sus hombros todas las frustraciones de un pueblo deprimido y sin esperanzas de futuro que vuelca sus ilusiones en los ídolos fugaces del equipo de fútbol local, que unos años después estarán mendigando trabajo tras fracasar en su vida adulta. Y por supuesto no me olvido de los memorables minutos iniciales del episodio Nevermind, en el que montaje, música e interpretación (atención al nombre de Scott Porter) nos muestran la grandeza de la lucha de Jason Street y la miseria real de su situación. Pero si hay un momento de verdad revelador, es en uno de los últimos capítulos, en el que los cuatro personajes principales masculinos (exceptuando al entrenador Taylor) se reúnen en el campo de juego en la víspera de un partido y, con alguna reconciliación por medio, se cuentan sus penas. Entonces Matt Saracen (otro nombre con futuro, Zach Gilford), cuyos únicas preocupaciones son que es el quarterback del equipo a pesar de sus evidentes limitaciones, que su padre está Iraq y que mantiene a su abuela senil trabajando en una hamburguesería, afirma: “En este pueblo todo el mundo tiene problemas”.

Quizás parte de mi fascinación con FNL es que se desarrolla en una comunidad pequeña y que yo, a pesar de algunas ínfulas internacionalistas, soy de pueblo. Y como no he estado nunca en uno, no sé qué pueden tener en común un pueblo de Texas con uno situado en la sierra del Guadalquivir. Pero sí que estoy segura de que, en Texas o en Indonesia, todos los pueblos deben ser parecidos, lugares reducidos donde lo bueno y lo malo se amplifica inevitablemente. Y a través de que una realización docudramática, unos guiones con sabor a retrato de costumbres y unas interpretaciones naturalistas, en FNL se consigue transmitir el oxígeno y el ahogo que producen las relaciones (e interrelaciones) características de los pueblos. La representación audiovisual que hace FNL de la Norteamérica real empequeñece a cualquier otra que se pueda estar realizando en cine y televisión, pero no sólo porque hable de la crisis económica, de la pérdida de fe en las instituciones, de la Guerra en Iraq, del racismo subyacente o de los fracasos del sistema educativo, todos temas tratados en sensacionales capítulos, sino sobre todo porque lo hace a través de un grupo de personajes entrañables, creíbles y repletos de matices. FNL, con su planteamiento, podría haber sido muchas cosas. Pero es su ejecución, el resultado correcto de cada decisión creativa tomada a lo largo de muchos meses, lo que la hace ser sencillamente grandiosa.