No hay finales felices para los dramas
Ayer se emitió en La 2 el último capítulo de Dawson crece. Para los que conocimos el programa en su temprana emisión en Canal +, Dawson crece fue un programa fresco que apelaba a adolescentes y adultos jóvenes con su relato de maduración y un toque de nostalgia por lo que fue y por lo que podría haber sido. Sin embargo, como iba a ocurrir con otros programas que siguieron más o menos su estela (desde Felicity a The O.C.), su atractivo fue más bien efímero, limitándose a una primera temporada brillante y a una segunda salvada por dos elementos temáticos de gran originalidad, las desventuras de sendos hermanos adolescentes que a los problemas típicos de su edad unen, respectivamente, la homosexualidad y los problemas mentales. Poco tiempo después Kevin Williamson, el creador, abandonó el programa y sus sustitutos se enfrentaron al problema insalvable de que con el fin del instituto los personajes debían comenzar caminos separados. Cuando estaban juntos sus peripecias parecían inverosímiles. Cuando estaban separados, poco interesantes. El colofón, la increíble suerte del joven Dawson como aspirante a director y guionista cuando con esa edad a lo que más podía aspirar era a ser el chico del café y las fotocopias. En línea con lo que había sido la serie perdido el encanto inicial, el doble capítulo de despedida fue melodramático y un tanto obvio. El salto en el tiempo para mostrar la agonía de Jen (una Michelle Williams que, como ha confirmado el tiempo, fue la intérprete más dotada del programa) a causa de una enfermedad tuvo un efecto curioso porque la sensación de que no nos habíamos perdido gran cosa en ese tiempo permite eliminar la culpabilidad por la falta de fidelidad. Una vez que ya sabemos a quién elige Joey y tenemos el guiño metatextual al propio origen autobiográfico del programa, el telón se cierra sin demasiada emoción. Pero este triste destino no ha sido exclusivo de Dawson crece, ya que durante los últimos tiempos se ha puesto de manifiesto una y otra vez que los dramas casi nunca acaban en el momento justo, sino o con varios años de retraso (Expediente X) o con al menos un año de adelanto (Ángel y Deadwood como ejemplos candentes). Comedias como MASH o más recientemente Seinfeld, Friends y Raymond tuvieron vidas muy longevas y finalizaron en lo alto creativamente y a nivel de audiencias. No fueron canceladas, simplemente dejaron de producirse. El único caso similar, El fugitivo, tiene ya cuarenta años y sólo estuvo cuatro temporadas en antena. Buffy, cazavampiros es lo más parecido a una excepción si tenemos en cuenta que una parte relevante de sus seguidores no aceptaron el rumbo tomado en los dos últimos años y las audiencias fueron mediocres. Joss Whedon no decidió finalizar la serie, sino que UPN y Sarah Michele Gellar tomaron, con inteligencia, esa decisión por él. Factores creativos y económicos conspiran para que el drama, a pesar de todas sus posibilidades como género, casi siempre cojee en la resolución definitiva. No es que no haya buenos finales, es que la mayoría de las veces, cuando llegan, ya no nos importa demasiado.
Comentario:
Es difícil saber cuándo debe terminar una serie, y muchas veces las cadenas pretenden alargarlas más de lo recomendable. Yo tengo mucho curiosidad por ver qué va a pasar con "Perdidos". ¿Sufrirá el síndrome de Twinm Peaks (otra que debería haber finalizado mucho antes)?.