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DIÁLOGO DE LOCURA


_ ¿Qué haces aquí? No te he invitado.- La voz temblorosa apenas abandonaba las cuerdas que le daban identidad.
- ¿Quién tú a mi? ¿Te has olvidado de nuevo quién es el dueño? No oses dirigirte a mí. Cuando yo hable tú sólo puedes escuchar, ¿lo entiendes estúpido incompetente?
- Tú no eres nadie, ¿me oyes? Tú no eres nadie.-gritaba a un auditorio vacío, inmerso en la quietud de una habitación sin más vida que él mismo. Tenía que echarlo, no podía permitir que de nuevo se apoderara de él.
- ¡Qué pronto olvidas! Yo soy quien te guía, quien te indica el camino.
- ¡Vete! ¡Desaparece! ¡Déjame vivir!
- ¡Pero qué sabrás tú qué es vivir! Sin mí apenas eres un estertor de vida. Yo te muevo los hilos, te digo a dónde ir, cómo llegar, con quién te puedes cruzar…
-¡No! ¡Déjame! Tú me hundes en el abismo y no quiero caer de nuevo. Por favor-decía suplicante, lloroso- por favor déjame vivir.
- Por favor, por favor… Ja, ja, ja… ¡Eres patético!
- No te oigo, no puedo oírte, no debo oírte. Pondré música. La música acallará tu voz.
- Pobre ingenuo. ¿Aún crees que estoy cerca de ti, alrededor tuyo, que puedes cerrarme la puerta con los sonidos de unas notas que nunca enmascararán mi voz? Mi voz que surge desde tu alma, mi voz que es la única realidad que te alimenta, mi voz que te ha llevado hasta…
- ¡Calla!- Las lágrimas empañaban unos ojos desvaídos, mediocres desteñidos de lucidez. Unos ojos que se borraban, que se desdibujaban en sombras y que, irónicamente, se hacían más opacos para renacer a una realidad distorsionada, dirigida desde su yo más oscuro y así alcanzar la luz mortecina de la locura.
- Pero no llores- decía complaciente desde el otro lado del engaño al que su mente irremediablemente le conducía. Tranquilízate-la voz se sosegaba su espíritu maltrecho, roto de nuevo, lleno de grietas por donde la palabra podía penetrar, acariciando con tonos callados, quietos, suaves, acunando al niño desvalido para, una vez en sus garras, destemplar de nuevo su espíritu.
- No debes sentir la angustia de mi compañía. Yo soy tú y te quiero. Ven conmigo y te transportaré a sueños infinitos, sueños reparadores donde no habrá angustia, donde la vida está más allá de tus limitaciones. Ven, sígueme. Te haré feliz…
Las lágrimas ahogaban su entereza, esa que apenas había podido brotar en un momento de lucidez. No podía más y la voz lo sabía. Había luchado contra todos y contra él mismo y había perdido. La voz le tendía su mano, no podía resistirse, no quería resistirse. ¿Por qué luchar más? De su mente apenas un brillo apagado le mostraba otros caminos y en ese camino la vio. Tal vez fuera sólo su sombra, pero fue el acicate necesario para no estrechar la mano que la voz le tendía. Recordó que una vez ella estuvo allí, junto a él y que no estaba solo. Se arrastró hacia la mesilla. Las fuerzas escapaban intentando enmudecer la voz con el sonido de las palabras de ella. Apenas un último esfuerzo y se vería libre de nuevo.
El agua discurría por el angosto cañón de su garganta arrastrando las píldoras que le liberarían de la voz. ¿Por cuánto tiempo? Ahora eso no importaba, le había vencido otra vez y ella desde sus sombras le sonreía.
 
LA DESPEDIDA



¡Qué difícil es despedirse sin decir adiós! Creo que por fin puedo hacerlo, puedo desprenderme de ti sin aspavientos, sin soledades, sin rencor, sobre todo sin rencor.
Dicen que a una persona la conoces en un minuto, la quieres en dos días y nunca tienes tiempo suficiente para olvidarla. Su recuerdo te acompaña durante toda la vida escondiéndose, acechando el momento de saltar sobre ti, de sorprenderte cuando más te puede aliviar o cuando más te puede herir. Pero por más que se desee, el olvido no llega y esa sombra del recuerdo te anuncia una y cien veces que en tu camino se cruzó alguien, que anduvo un tramo del sendero a tu lado y que, un día, sin previo aviso, desapareció.

Escondido en un recodo, contiene la respiración para que no sientas que te vigila, que te ha abandonado, pero no quiere dejarte marchar.

Continúas caminando y giras la cabeza, un pequeño rumor se adentra en tu pensamiento, puede ser él que ha regresado, pero no. No volverá. No entiendes por qué se ha ido, por qué ha huido de tu lado sin una explicación, sin un motivo, o al menos sin una palabra que justifique su ausencia. No volverá, no puede, o tal vez no quiere.
No es justo emprender el camino de nuevo, sola. No quiero andar. Caminar sin él a mi lado es mi mayor condena, pero ¿por qué? ¿Por qué debo seguir si no siento la vida? Se me escapa con cada destello de locura que quiere traérmelo a mi lado haciéndome beber mi propia amargura ahogada de lágrimas.
La fuerza del infinito me empuja a seguir el camino que se estrecha y se transforma en vereda se llena de guijarros que desgarran mis torpes piernas deformadas por los años.
Llevo caminando sola una eternidad y aún imploro justicia, una explicación, ese por qué necesario para aliviar la carga que me acompaña desde que desapareció.
No hay justicia, no se me concede el descanso y debo continuar.
Hubo otros alejamientos, otros cruces de caminos que separaron a los compañeros de viaje pero siempre les precedió una despedida, una sonrisa, un beso o un hasta pronto. El adiós es muerte y nunca se debería usar. El adiós es absoluto, no tiene remedio y, a veces, impide una marcha atrás.
- ¡Hasta luego, que tu camino sea llano y pronto nos volvamos a encontrar!
Ignoro qué fuerzas me empujan pero no puedo parar. Seguir caminando es el sino que me reserva la vida. Muchos se entrecruzan en mi camino, unos me acompañan un tramo, otros se alejan en una encrucijada. Algunos ni me miran cuando pasan a mi lado. Tal vez, al igual que yo, tengan esa venda que la ausencia dibuja en el rostro y no ven a su alrededor. Solos y ensimismados, no pueden compartir ni una sonrisa con quien transita por el mismo sendero en ese camino que siempre es el camino de todos pero que lo consideramos solo nuestro, sin ver que los demás avanzan igual que nosotros.
Llevo unos días que no te recuerdo, no me parece oírte, no giro la cabeza, no siento tu ausencia. Te estás desdibujando, tu imagen se disuelve en la neblina de mi postrero amanecer. Comienzo a sentir frió. El camino se difumina. El polvo se mezcla con la niebla. El adiós se me hace presente. Sé que estoy llegando al final de mi trayecto. De la niebla surge una luz brillante que avanza hacia mí. La niebla se ilumina y te veo al final. Es curioso, ahora que había cerrado mis heridas apareces. Puede que no seas tú, no lo sé. La luz lo emborrona todo y solo distingo una silueta lejana. Quiero creer, necesito creer que eres tú. Sé que ahora soy fuerte, el final del camino apremia. No te oigo, no veo tu boca y no sé si quieres decirme algo, pero siento en mi alma la despedida. No me reconozco. No siento rencor, ni estoy molesta por tantos años de dudas. Una dulce quietud recorre mi piel y puedo decirte adiós, ese adiós definitivo que debiste darme y nunca encontré. Ahora puedo cruzar tranquila la frontera, me he despedido y lo único que he sabido decirte es ADIÓS.
 
RECETAS INFERNALES: TERNERA GRATINADA


No podía ser. De nuevo todo estaba en marcha. ¿Había muerto otra vez? Debía ser eso, pero esta vez su paso por el lado oscuro y frío apenas había durado un instante. Claro que la última vez ese instante que ella había sentido se tradujo en dos siglos y medio de tiempo en la Tierra, porque ella siempre había vuelto a la Tierra. ¡Qué obsesión tiene el Jefe Supremo conmigo! Con lo bien que dicen que se vive en Las Perseidas o en Urano. Dicen que en Urano se come estupendamente.
No sé por qué creo que mi vida de nuevo en la Tierra no va a durar mucho. Confesé mis crímenes o mis pecados, cómo queráis llamarlos, bueno, casi todos pero creo que, una vez más, me pillaron. Ya sabía yo que era mi última oportunidad. Dicen que a otros les han arrojado a las entrañas de bichos inmundos o los han enterrado como semillas en el suelo transformador y se han convertido en debiluchas plantas. Todavía me acuerdo cómo me divertía al pisar margaritas en el campo o cómo despachurraba los asquerosos insectos entre mis manos. Qué divertido, pensaba. Pobre ignorante, ahora podría ser yo uno de ellos.
Espera, que ya me toca. Por si no lo sabéis, ése que está ahí es el que reparte los papeles en la nueva vida. ¡Shhhhhhhhhhh! Me toca.
-¡Hombre, tú de nuevo! Te tengo algo muy especial.
Estoy temblando, su pérfida sonrisa no puede ser tranquilizadora. Pero miradlo, si se está relamiendo.
-Decidido, vas a ser ternera en los campos de Galicia.
¿Quuuueeeeé? ¿Yo ternera? ¿Yo que era…?
No me dejó terminar. De nuevo y antes de pronunciar las palabras que se me atropellaban en la garganta, estaba en el túnel de regreso a la vida. Atrás quedaba la luz y me disponía a aterrizar de nuevo, ahora en forma de ternera gallega. Y no es que tenga nada en contra de las terneras gallegas, de hecho, la última vez que viví en España era mi plato favorito.
¡Oh, no! Me voy a convertir en alimento, en comida, en placer para unas bocas despiadadas que me hincarán el diente sin pudor.
-¡Eh! ¡Los de arriba! ¡Qué prometo portarme bien si me dais otra oportunidad, que no quiero morir para que otros se chupen los dedos…!
-Demasiado tarde, pero te daremos otra oportunidad si como ternera alcanzas todas las expectativas puestas en ti.
Así que ya veis soy una saludable ternera gallega. Ha pasado el tiempo y no ha sido tan malo, la comida no me gustaba demasiado pero no tenía nada que hacer, todo el día vagueando, comiendo (alfalfa, hierba, paja en invierno…) y tomando el sol o paseando por el campo, pero creo que mi vida debe estar llegando a su fin porque ya he cumplido un año y me están alimentando demasiado bien en estos últimos meses. ¡Qué poco dura lo bueno!
¿Qué pasa ahora? ¿Me vais a poner cables? No, tontos, que me voy a electrocutar. ¿Y ese cuchillo? Ese cuchillo es, es para…
La sangre, mi sangre corre por el suelo, la mano del matarife manchada con mi líquido vital, el tío sonríe. ¿Por qué sonríe? Pero un momento, si estoy muerta como es que sé lo que está ocurriendo. ¡Esto sí que es un misterio! A lo mejor en este estado de muerte consciente está la clave para elegir una siguiente vida mejor. ¡Eso debe ser!
Pues una vez muerta no duele nada. Mira me están abriendo en canal. Si estuviera viva me moriría de asco. No, que es broma, debo estar de rechupete. ¿Qué me comería yo si pudiera?,… Déjame pensar. Creo que me comería unos filetitos tiernos, tiernos de mi misma con, con… ¡Ah ya sé! Con un lecho de cebolla, sofrita lentamente, sin prisas, al amor del fuego, de ese fuego del infierno que voy a disfrutar o padecer pero suavecito como si acariciara transformando el duro corazón de la cebolla en suaves láminas delicadas. Mejor será que lo explique bien:

INGREDIENTES (4 Personas):

½ Kg. De cebollas
4 Filetes de ternera muy tiernos
Queso rallado

MODO DE HACERLO:

Se corta la cebolla en aros no muy gruesos y se sofríe a fuego lento sin que se dore la cebolla, sólo debe quedar muy tierna. Una vez sofrita se dispone en una bandeja de horno.
En la misma sartén dónde se ha sofrito la cebolla (para ahorrar cacharros) se fríen ligeramente los filetes de ternera. Vuelta y vuelta. Se disponen en la bandeja de horno encima de la cebolla.
Se cubre todo con queso rallado. Se disponen algunos pegotitos de mantequilla o margarina sobre el queso y se introduce en el horno a gratinar. Una vez gratinado se sirve inmediatamente.
Se puede acompañar con patatas fritas (si son gallegas mejor, por eso del maridaje, esa palabreja que está tan de moda y usan todos los Arruínanos de este país y yo, aunque ternera no voy a ser menos).
Como vino, un buen rioja o elegid vosotros al gusto que me estoy cansando de dar tantas facilidades. Bueno perdonad es mi genio que ni de ternera muerta puedo apaciguar, es que se me hace la boca agua y yo no me puedo comer a mi misma.
En fin, espero que esto me redima y en la próxima vida pueda ser el sultán de Brunei que también come bien y no hace mucho, los supermuchiricos deben ser así.
Os veré en la siguiente vida. ¡Hasta pronto!


(esta es una colaboración en la sección de "RECETAS INFERNALES" de Jimul http://calavera.blogia.com/)
 
LA MÁQUINA DEL TIEMPO (V)


9. OTROS VIAJES.

Al llegar, comprobaron que Paqui seguía dormida. Sus relojes marcaban las once y diez. Apenas habían pasado cinco minutos desde que se sentaron por primera vez en el sofá y ya habían estado en la prehistoria y en la Roma imperial.
Animados, porque era prácticamente imposible que los descubrieran, decidieron continuar sus viajes a lo largo de la historia de la humanidad y por todos los rincones del mundo. En todos los sitios y épocas encontraban tratos discriminatorios, daba igual que se tratase de indios americanos o de las mujeres de los samurais en Japón; de los esquimales en el Polo Norte o de los rancheros de la Pampa argentina. Es cierto que en algunos países, y en un tiempo concreto, podían encontrar reinas como María, de Inglaterra o, Isabel Reina de Castilla, emperatrices como Cixi, que en el s. XIX reinaba en China, mujeres guerreras como Juana de Arco y muchas más; pero eran la excepción. El mundo, en su mayor parte, había estado dirigido por hombres y la mujer desempeñaba siempre un papel secundario, y en algunas ocasiones hasta terciario. Pensaron que a medida que se acercaban en el tiempo a la actualidad, las cosas irían cambiando. Comprobaron que así ocurría pero era un proceso muy lento. Ana y Alfonso asistieron asombrados a aquellas asambleas en las que las mujeres reivindicaban su derecho al voto. Acompañaron a esas mujeres, las sufragistas, a través de las calles de Londres, Nueva York... gritando con ellas, aunque nadie podía oírles. Se fueron acercando hasta finales del siglo XX, comprobando de año en año los adelantos que se iban logrando.
Cuando volvieron de nuevo al garaje, el ánimo estaba encendido por todo lo vivido, pero entonces pensaron que en la actualidad seguía existiendo discriminación. La máquina era para viajar en el tiempo, pero podían viajar en el tiempo desplazándose sólo unos días y comprobar lo que realmente ocurría en la actualidad tanto en España como en otros países. Comenzaron por lo que les era más desconocido.
Hacía unos días habían visto un reportaje en la televisión acerca de las mujeres afganas que tras el acceso al poder de los integristas, habían visto cómo todos sus derechos desaparecían de golpe. Fue muy duro para ellos comprobar cómo grandes cirujanos, profesores, ingenieros, ATS... eran echados de sus puestos por ser simplemente mujeres. Ahora eran capaces de sentir un miedo que les helaba el alma. No era comparable al que sintieron con el primer viaje en el sofá, ni con el miedo a los castigos por su mal comportamiento. Era algo que no habían sentido nunca. Un frío glacial se apoderó de ellos al comprobar cómo la estupidez de algunos hombres era suficiente para eliminar la igualdad entre los seres humanos. Se admiraron que en esos lugares, donde ocurrían semejantes atrocidades, todavía hubiera personas valientes que arriesgaran todo, incluso la vida, para recuperar aquello que habían perdido.

10. MORATA 1999.

La vuelta al garaje alivió la tensión vivida. Quizás ellos pudieran hacer algo para intentar solucionarlo o, por lo menos, para hacer entender a sus compañeros lo que ocurría en el mundo en la actualidad; en países lejanos, es cierto, pero eran personas las que lo sufrían.
Esta vez tardaron algo más en sentarse en el sofá. Decidieron que quizás para tranquilizarse un poco debían darse una vuelta por su ciudad, o por el resto de España. Aquí no ocurren estas cosas. Nosotros somos más civilizados. Pronunciaron en voz alta:
- Morata, julio 1999.
El sofá arrancó y esta vez apareció en el jardín del vecino de Alfonso. Los mellizos, Juan y Víctor, jugaban cerca de la piscina al fútbol y su hermana, María, en el porche, les preparaba la comida en su cocinita de juguete que le habían regalado sus padres. María los llamó para que jugaran con ella y los dos pequeños se acercaron. En ese momento su abuela salía de la casa y al ver a los niños jugando con la cocinita les regañó:
- Dejaos de tonterías, las cocinas y las muñecas son de niñas. Los niños y las niñas son diferentes y no pueden hacer las mismas cosas.
María no le hizo caso y los hermanos continuaron jugando juntos.
Ana y Alfonso se quedaron totalmente asombrados. En Morata y casi en el año 2000 todavía había gente que pensaba que había juegos de niños y juegos de niñas. ¡Era increíble! La discriminación la aprendían los niños en sus casas cuando sus padres, o sus abuelos, les impedían jugar a cualquier cosa todos juntos. Con este presente difícilmente se podría construir un futuro de igualdad. Eso era algo que debía modificarse y serían ellos, Ana, Alfonso, María, Juan, Víctor y todos los niños del mundo los que tendrían que cambiarlo. Se sentaron una vez más en el sofá para regresar definitivamente al garaje. Ya habían visto suficiente, ahora ya podían hacer el trabajo.
Dejaron todo como se lo habían encontrado. La máquina cubierta con la manta, las luces apagadas y la puerta cerrada. Subieron a la habitación. Nadie se había dado cuenta que habían estado viajando a través del tiempo. Se acostaron pero todas las emociones les impedían dormir. Oyeron cómo los padres de Ana regresaban a casa. El padre se dirigió directamente al garaje, pero no debió ver nada raro cuando enseguida salió.

11.¡HORA DE TRABAJAR!

A la mañana siguiente fue el padre de Ana el que desde la escalera les llamaba diciendo:
- ¡El desayuno! ¡ El desayuno calentito espera en el comedor! ¿Alguien quiere churritos?
Esa era la única palabra mágica que hacía salir de la cama a Ana un domingo por la mañana antes de las diez. Bajaron a desayunar y después decidieron hacer el trabajo. Sería una carta a los niños y niñas de todo el mundo. Pensaron enviarla al periódico del colegio para que todos los alumnos del “Claudio Vázquez” lo pudieran leer:

Hola amigos: ¿Cómo estáis?
Seguro que mejor que los cientos de miles de niñas que viven en países de los que llamamos del Tercer Mundo y que no tienen derecho a la educación, y en algunos lugares ni siquiera derecho a la vida, sólo porque son niñas.
¿Cómo estáis?
Seguro que mejor que aquellos niños y niñas que tienen que sobrevivir como esclavos y esclavas en muchos países.
¿Cómo estáis?
Seguro que mejor que aquellas mujeres que defendieron hasta con su vida, un derecho que hoy nos parece casi sin importancia: El voto de las mujeres.
¿Cómo estáis?
Seguro que practicando deportes que hace algunos años eran totalmente prohibidos a las niñas y a las mujeres.
¿Cómo estáis?
Teniendo derecho a una enseñanza que en algunos países está prohibida a las mujeres
¿Cómo estáis?
Sabiendo que si aprovecháis el tiempo, cuando seáis mayores, vosotros y vosotras, podréis optar por un puesto de trabajo con el mismo salario y que hoy en muchos países las mujeres cobran menos que un hombre por la misma labor desarrollada.
¿Cómo estáis?
Sentados ante vuestro televisor mientras vuestra madre, tras una larga jornada de trabajo, tiene que prepararos la cena, poner la mesa y servir la comida sin recibir apenas ayuda, y cuando se la dais es, casi siempre, a regañadientes.
¿Cómo queréis vuestro futuro? ¿Un futuro en el que uno de los sexos, da igual el que sea, domine al otro y no le permita realizar determinadas cosas, por el simple hecho de pertenecer al otro bando? O ¿preferís un futuro en el que hombres y mujeres podamos compartir todo lo que la vida nos pueda ofrecer?
Quizás, no podamos solucionar lo que hoy ocurre en otros países o en algunos lugares de nuestro país, pero si nos unimos todos nuestro futuro será mejor que el presente. ¡Animaos, entre todos podemos conseguirlo! ¡Únete a nosotros! Si tú quieres y yo quiero, ¿quién podrá impedirlo?
ALFONSO Y ANA O ANA Y ALFONSO (¿QUÉ MAS DÁ?)


La profesora se quedó muy impresionada porque habían sido capaces de, en un trabajo tan corto, reflejar la situación en la que hoy en día, casi a las puertas del siglo XXI, se encontraban muchas mujeres. Pero lo que más le gustó del trabajo fue la parte final, en la que eran plenamente conscientes de que el futuro solo lo podían escribir ellos, y que trabajando juntos seguro que lo conseguirían.
Respecto al “sofá”, el padre de Ana no logró ponerlo en funcionamiento, quizás tanto viaje y tan seguido provocó algún cortocircuito o algo se fundió. Aún así todavía trabaja en él y quizás alguna vez vuelva a funcionar.

FIN
 
LA MÁQUINA DEL TIEMPO IV


6. ¡A LA ROMA IMERIAL!

Ana se situó con la espalda muy cerca del respaldo y dijo:
- ¡Quiero ir a la Roma Imperial!
Todo comenzó de nuevo, el ruido, el vértigo, la sensación de velocidad y la oscuridad. Esta vez ya sabían lo que ocurriría y no sentían miedo.
Al abrir los ojos, se encontraban en algo parecido a un almacén o una despensa muy grande. La actividad era frenética. Hombres y mujeres entrando y saliendo con bandejas, odres de vino, sacos con alimentos... Su llegada no fue percibida por ninguno de los que se encontraban allí. Ellos, silenciosos y sin moverse del sofá observaban todo lo que ocurría a su alrededor. No parecía que hubiera un trato diferente entre los hombres y las mujeres, todos trabajaban por igual. Esa debía ser la casa de una familia importante de Roma. Ana y Alfonso, sin darse cuenta que no les podían oír, empezaron a hablar en voz bajita:
- ¿Echamos una ojeada?- dijo Ana.
- Bueno, pero recuerda: Pase lo que pase no vamos a intervenir.
Se adentraron en la casa. Lo primero que vieron eran grandes columnas que bordeaban un patio con un estanque de mármol en el centro y unos divanes alrededor del mismo. Alfonso que era muy gracioso le dijo a su compañera de viaje:
- ¡Mira, más máquinas del tiempo!
Ana no le contestó. La mueca que apareció en su rostro fue suficiente para no seguir con la broma. Fisgoneando por toda la casa, descubrieron que pertenecía al senador romano Flavio Augusto. Debía ser una gran persona, nadie se quejaba de él ni del resto de la familia. Estaba casado con Adriana Flaviana, una mujer tan inteligente como bella. Parecía como si estuvieran preparando una gran fiesta.
¡Estupendo!- pensaron- Vamos a asistir a una de las famosas fiestas romanas.
- Estoy deseando ver las maravillosas túnicas que lucen las mujeres, como en las películas, pero al natural.
- Sí, dijo Alfonso, debe ser divertidísimo ver a los hombres vistiendo esas ridículas faldillas rodeadas de flecos y los cascos con el cepillo de barrer como adorno.
- Creía que estabas en contra de la discriminación sexual y aquí estás discriminando a los hombres por llevar faldas.
- Yo no discrimino a nadie, era un simple comentario. Shhhh... ¡Calla! Parece que llegan los primeros invitados.
Así era, una serie de hombres y mujeres ataviados con sus mejores galas hicieron su aparición. Se fueron situando alrededor del estanque en los sofás, pero no se sentaban en ellos, sino que se reclinaban como si estuvieran acostados. Todos parecían contentos e iniciaron una conversación muy animada. No se veía ningún rasgo que pudiera indicar que existía discriminación por razón de sexo. Quizás fuera sólo en esa casa donde los hombres y las mujeres tenían los mismos derechos, o tal vez fuera en toda la sociedad. Decidieron permanecer callados y seguir observando. Pronto comprendieron que era tan solo una ilusión. Era verdad que todos se sentaban alrededor de la misma mesa, que todos comían a la vez, que parecía que la mujer no era la servidora del hombre; pero cuando empezaron a hablar sobre un tema tratado esa mañana en el Senado, fue Adriana Flavia la que llevó todo el peso de la conversación, exponía todas sus ideas y daba poderosas razones que apoyaban las mismas.
- ¡Qué lástima que no puedas convencerlos a todos en el senado! En algunos casos se podría hacer una excepción. Ante una mente tan privilegiada como la tuya, podríamos dejaros entrar al Senado y, en la tribuna, permitiros hablar aunque fuera alguna vez.
- ¡Qué dices Antonino, las mujeres en el Senado! Seguro que también podrían hablar de leyes junto a los abogados o decir conferencias junto a los filósofos en las salas de recitación. Ese sería el fin de nuestro Imperio, ¡qué horror! ¿Dónde iríamos para descansar de ellas?
Ana y Alfonso contemplaban asombrados la escena. Ellos que pensaban que en la antigua Roma, los derechos de hombres y mujeres, por lo menos los de las personas libres, eran los mismos, y resultaba que pensaban que la capacidad intelectual en la mujer era menor que la del hombre. ¡Qué decepción!

8. ¡ALFONSO AL ATAQUE!

Alfonso estaba indignado. Era como si le estuvieran ofendiendo personalmente. En la cara se le reflejaba la ira que empezaba a sentir al oír la conversación. No se lo pensó dos veces y se acercó a ése que había hablado. Estaban a punto de llenarle la copa de vino y él, con un ligero empujoncito, la separó; toda la túnica se manchó. Alfonso comenzó a reír:
- ¡Eso por tonto! ¿Cómo puedes pensar que las mujeres son menos inteligentes que los hombres por el simple hecho de haber nacido mujeres? Con hombres así, difícilmente podremos encontrar una mujer tonta. Apuesto que cualquiera es más inteligente que tú.
Alfonso se disponía a hacer otra de las suyas cuando Ana, cogiéndole de la manga, le arrastró hasta el almacén donde se encontraba la máquina del tiempo.
- ¿Estás tonto o qué? ¿No dijimos que no actuaríamos? Un poco más y la pobre chica del vino paga por tus tonterías, menos mal que las disculpas la han salvado y no creo que tomen represalias. ¿Me puedes explicar qué te ocurre? Casi podría entenderse que esa reacción fuera mía, que soy niña, pero ¿tú? No lo entiendo.
- Mi madre.
- ¿Tu madre? ¿Qué tiene que ver tu madre?
- Pues muy fácil. Mi madre no ha tenido la oportunidad de otras mujeres y no pudo acabar sus estudios, aún así, creo que es una de las personas más inteligentes que conozco. Siempre que sigo sus consejos, las cosas me van bien. Al ver a esa señora, Adriana, he pensado en mi madre. Supongo que la educación que ha recibido no será comparable a la de ninguno de los hombres que la rodeaban, pero es capaz de razonar mejor que cualquiera de los que estaban allí. No es justo que por pedorros, como ese gordinflón de las faldas, una mujer, con las ideas tan claras, no las pueda exponer en público. Es una injusticia y no puedo consentirlo.
Ana no salía de su asombro. Jamás había visto a su amigo así de exaltado, pero tenía razón, era una injusticia. Decidieron regresar al garaje. Este viaje les pareció mucho más corto. Se habían familiarizado con el sofá y empezaba a gustarles viajar con su ayuda...

(continúa...)
 
LA MÁQUINA DEL TIEMPO (III)


5. EL PRIMER VIAJE.

Un ruido comenzó a adueñarse de la habitación. Había empezado con el deseo, expresado en voz alta, de ir a la prehistoria; pero estaban tan entusiasmados, soñando con esa posibilidad, que no lo oyeron. ¡De pronto, todo se hizo luz y todo oscuridad! Estaban asustados, entrecruzaron fuertemente sus manos y una sensación de velocidad, pero sin movimiento, se apoderó de ellos. La habitación giraba y giraba, sin poder detenerla. Intentaron bajarse del sofá, pero una fuerza superior los obligaba a permanecer fijos en él, como si estuvieran pegados. Cerraron los ojos. La sensación iba en aumento. Comenzaron a gritar. De repente, igual que había comenzado todo, se fue parando. El miedo les paralizaba todos los músculos. No se atrevían a abrir los ojos. Cuando todo se hubo detenido y lograron reaccionar, fue Ana quien los abrió primero. La oscuridad era completa, no sabía dónde se encontraba. Quizás se había ido la luz y todo era producto de la tensión nerviosa, de haber entrado a hurtadillas en el garaje y haberse sentado en el sofá. ¡Eso era! Se había ido la luz y continuaban en el mismo lugar. Logró soltarse de la mano de Alfonso y éste abrió también los ojos.
- Se ha ido la luz. ¡Que susto he pasado! Lo mejor es que salgamos de aquí y nos acostemos.
-Tienes razón, mi padre dijo que no lo tocáramos, que podía ser peligroso. Menos mal que no hemos tocado nada, solo nos hemos sentado.
Cuando se pusieron de pie notaron algo raro. Parecía como si el suelo fuera de tierra, olía a húmedo. ¡Qué tontería! Los nervios les estaban jugando una mala pasada. Dieron unos pasos y comprobaron que no eran los nervios. Realmente el suelo era de tierra y ellos estaban en, lo que parecía, el interior de una cueva.
Si hasta ese momento habían sentido miedo, ahora el pánico les salía por todos los poros de la piel. La máquina había funcionado, pero ¿cómo?
Un ruido estremecedor, desde el interior de la cueva, hizo que reaccionaran. Corrieron hacia el exterior y allí, un cielo estrellado les dio la bienvenida a... ¿Dónde estaban? No lo sabían. Parecía un bosque muy tupido. El ruido seguía detrás de ellos y lo primero que se les ocurrió fue subirse a uno de los árboles.
Un terrible oso salió en ese momento de la cueva. Lo habían despertado, pero, al parecer, tenía tanto sueño, que volvió a la cueva sin verles. ¡Menos mal!, por poco si no lo contamos, pensaron los dos, pero sin decir ni una palabra en voz alta para no asustar al otro.
Desde lo alto del árbol sólo veían más árboles. Estaban en un bosque pero dónde y, sobre todo, cuándo. Ya no había duda, la máquina funcionaba, pero no sabían a qué época les había llevado. Decidieron bajar del árbol y echar una ojeada. Parecía como si más allá de los árboles se extendiera un pequeño rumor, no era un ruido aterrador, como el del oso, pero eran incapaces de identificarlo. Era un ruido monótono, repetitivo...
- “Bunga bunga, tonka ton. Bunga bunga, tonka ton...”
Giraron la cabeza y dirigieron la mirada hacia un claro del bosque. Bajaron del árbol y se dirigieron hacia el lugar del que parecía provenir el sonido. Iban muy despacio. No sabían lo que podían encontrarse y el instinto de supervivencia les hacía ser precavidos. A medida que se acercaban, las estrellas se escondían tras unas nubes amenazantes, pero ello no interrumpió su marcha. Agazapados detrás de unos árboles, conteniendo la respiración, asomaron sus cabezas para ver lo que ocurría. Unos hombres y mujeres, que cubrían sus cuerpos con pieles, estaban en cuclillas emitiendo esos sonidos. De pronto, un trueno anunció que la tormenta se acercaba a ellos. No parecía que les preocupara, más bien parecía como si la estuvieran esperando. El primer relámpago hizo que se pusieran de pie y acercaran al centro un montón de palos. La tormenta estaba encima. Un rayo cayó cerca y prendió un árbol. Eso hizo que se volvieran como locos. Se acercaban al árbol incendiado intentando coger el fuego.
Ya sabían dónde estaban: En el momento en que el hombre descubrió el fuego. Ellos no lo sabían hacer y dependían de las tormentas para conseguirlo. Era justo la época que quería conocer Alfonso. Cuando la tormenta terminó Ana y Alfonso se bajaron del árbol, pero al bajar rompieron una rama que hizo un ruido seco. Esos hombres y mujeres con pieles se les quedaron mirando, ellos volvían a estar paralizados. Ninguno se movió y ellos comenzaron a dar unos pasos hacia atrás, lentamente, pero no los seguían, es más, no los veían. El viaje los había transportado a otra época donde no eran visibles.
Algo más relajados y sabiendo que no podían ser descubiertos, decidieron quedarse unos días para ver el modo de vida de los primitivos. Se sorprendieron de que las mujeres fueran las encargadas de los trabajos más duros. Tenían que recoger frutos, hierbas comestibles y curativas, curtir las pieles que les protegían del frío, fabricar las puntas de sílex con las que poder cazar, elaboraban la comida, aunque esto le llevaba poco tiempo ya que se limitaban a asar las piezas que traían los hombres, cuidaban a los niños, también eran las encargadas de despiojar a todos los miembros de la tribu. Un largo etcétera componían sus quehaceres, mientras que los hombres se limitaban a cazar y a luchar contra las otras tribus rivales, eso sí, ayudados por las mujeres.
- ¡Esto no es justo! –decía Ana- La inmensa mayoría del trabajo lo hacen las mujeres y apenas descansan. Son las últimas en comer y sólo les dejan las sobras.
- Tienes razón, pero, qué podemos hacer, si ni siquiera nos ven y no podemos hablar con ellos. De todos modos no te preocupes, todo esto ocurrió hace millones de años.
- No te equivoques, esto está pasando ahora y tenemos que intentar algo.
Ana salió disparada de su escondite y se acercó a uno de los hombres que empujaba a una mujer para que no comiera hasta que él terminara. Ana cogió un hueso y le sacudió en la cabeza. El hombre quedó pasmado, pensando que había sido la mujer. El dolor era tan fuerte que se cayó sentado al suelo. Las mujeres que estaban cerca empezaron a gritar y a aullar. Levantaban las manos de su heroína, que por supuesto no era Ana, a ella no la habían visto, y cogiendo otros huesos atacaban a los hombres que, sorprendidos, corrían. No se explicaban por qué sus compañeras les atacaban de esa manera. Cuando se retiraron los hombres, ellas comenzaron a comer. Una de las mujeres acercó una pieza de carne a un hombre y poco a poco, todos estaban comiendo juntos. Al día siguiente y tal vez recordando los porrazos recibidos de las mujeres, las invitaron a comer con ellos.
- ¡Estás loca Ana! ¿Cómo se te ha ocurrido hacer semejante tontería? ¡Te podía haber pasado algo!
- Pero no ha sido así y ahora no comerán las sobras.
Estuvieron estudiando la vida en la prehistoria durante unos días y decidieron volver a su época. Con mucho cuidado, para no despertar al oso, entraron en la cueva y se sentaron de nuevo en el “sofá”. Creo que esto funciona simplemente diciendo la época a la que se quiere ir.
- ¡A casita! –Dijo Ana.

6. ¡QUE NO FALLE NADA!

Dicho y hecho. Sintieron los mismos ruidos y la misma sensación de velocidad, aunque ahora ya no estaban tan asustados. Apenas les dio tiempo a pensar que podía fallar y quedar atrapados en la prehistoria, cuando se encontraron en el garaje de la casa de Ana.
Parecía como si nada hubiera ocurrido, todo permanecía igual. Había funcionado correctamente. Se asomaron al pasillo para ver si Paqui se había despertado, pero seguía profundamente dormida en el sofá. Volvieron al garaje y de nuevo cerraron la puerta.
- ¡Esto es demasiado! ¿Has visto? Hemos viajado en el tiempo. He sido testigo de cómo el hombre comenzó a utilizar el fuego...
- ¡Pues yo, de lo que he sido testigo, es de la injusticia que sufrían las mujeres ya en esa época y, que sin duda, se ha repetido en todas las demás!
- ¡Pero, no te pongas así!
- ¿Cómo quieres que me ponga?
- Anda, tranquilízate un poco. Creo que podríamos usar la máquina para ir a diferentes épocas, tomar notas y luego hacer el trabajo.
- ¿No te da miedo volver al sofá?
- Ya ha funcionado dos veces, así que no, no me da miedo. Estoy seguro que tú tienes tantas ganas como yo, pero esta vez me tienes que prometer que no vas a actuar en otras épocas de ninguna manera, si no..., no voy.
- De acuerdo, sin actuar. ¿Te parece que elija yo ahora? Vamos, siéntate en el sofá...
(continúa...)
 
LA MÁQUINA DEL TIEMPO (II)


3. ¡ALTO SECRETO!Cuando llegó al cole tenía la necesidad imperiosa de contárselo a Alfonso, pero recordando las palabras de su madre se contuvo: ¡Alto secreto! Podía haber espías y robar la idea de su padre...
Su imaginación se disparaba a cada instante. Alfonso no era ningún traidor. Seguro que podía confiar en él, pero... mejor no. Si su padre le había prohibido decirlo sería por algo y ella casi nunca desobedecía a su padre. Durante las clases apenas se podía concentrar. Su imaginación avanzaba más que su curiosidad, estaba deseando llegar a casa para acercarse a contemplar la máquina, quizás la pudiera acariciar o tal vez...
- ¡Ana! ¿Me quieres responder de una vez?
La voz la transportó desde el mundo de la imaginación y, de un batacazo, aterrizó en la realidad.
- Lo siento María Luisa. No sé lo que me has preguntado. Estaba distraída.
- Más que distraída estabas..., estabas sabe Dios dónde.
La clase continuó y ella permanecía sólo pendiente del reloj. No veía la hora de llegar a casa. Se había olvidado que esa tarde tocaba ir a casa de Alfonso y que tampoco podría fisgonear en el garaje. Para cuando ella regresara, su padre estaría encerrado en él trabajando y no podría husmear.
En casa de Alfonso tampoco encontraron nada sobre la igualdad, pero la idea rondaba ya por la cabecita de Ana: La máquina, la máquina... No pudo resistirlo más y se lo contó a su amigo. Agazapados debajo de la mesa de estudio del cuarto de Alfonso, hablando en voz muy bajita para que nadie les pudiera escuchar, comenzó a contarle lo que el padre le explicó sobre su invento:
- Un sofá con botones...
- ¿Con botones?- decía Alfonso.
- Bueno, no sé si son botones o palancas.
- Botones o palancas- repetía sin creerse nada.
- Y sirve para viajar.
- ¿Un sofá con botones o palancas que sirve para viajar? O tú me estás tomando el pelo, o te lo está tomando tu padre a ti. Con casi diez años ya no me creo esas trolas.
- ¡Que no es una trola, te lo prometo! Mi padre dice que sirve para viajar en el tiempo, ¡y si él lo dice, es verdad!- decía Ana casi gritando pero sin apenas salirle un hilito de voz.
- Bueno, si tú lo dices...
- Yo no, lo dice mi padre y eso basta. Y si no te lo crees podemos ir a comprobarlo...
- ¿Hoy?
- Hoy no. Estará allí y no nos va a dejar ni acercarnos, pero el sábado se van al teatro los dos, mi padre y mi madre. Viene Paqui, esa canguro tan dormilona. Creo que podemos esperar a que se duerma y luego bajar al sótano, pero sin tocar nada. A propósito, ¿crees que te dejarán venir a mi casa a dormir?
- Seguro, sin problema. Pero si no tocamos nada, no sabremos si es cierto lo que dice tu padre. Además, si te dijo que era como en “Regreso al futuro” el manejo debe ser muy fácil. ¿Cuándo un videojuego se nos ha resistido? ...
- Sin tocar nada, ¿entendido? Puede ser muy peligroso.
- Entendido. Pero..., la podríamos usar para nuestro trabajo de clase, ¿no crees? En vez de ir a la biblioteca y buscar durante un montón de horas en miles de libros...
- ¡Anda ya, miles de libros! Si miramos dos o tres será todo lo que hagamos.
- Bueno, qué más da dos que dos mil, en cualquier caso es muy aburrido. ¿Te imaginas?, ¡Nosotros viajando en el tiempo! Vamos, lo vemos y programamos el regreso para el mismo instante en que salimos, así nadie se enterará nunca de nuestra aventura, porque partiremos y regresaremos en el mismo instante, pero habremos ido a cualquier lugar que deseemos y a cualquier época que soñemos. ¡Sería...!
- ¡Sería un problema, seguro! ¡Algo podría ir mal! Además, no sé si mi padre la habrá terminado del todo o no.
- ¡Bueno, no lo decidamos ahora! Tenemos tres días para pensarlo, ver los pros y los contras, y entonces decidir. ¿De acuerdo?
Ana estaba deseando probar la máquina y Alfonso la tentaba demasiado. Apenas era capaz de resistirse, pero al menos lo pensaría durante tres días.
- ¿De acuerdo?
Los días pasaron lentísimos.
El padre de Ana pasó encerrado en el garaje todas las tardes y no salía ni para cenar. El ajuste final estaba casi listo. La prueba quedaría para el día siguiente ya que esa tarde iba al teatro.

4. COMIENZA LA AVENTURA

Alfonso se las había arreglado para que le dejaran ir a dormir con su amiga. Los padres de Ana se despedían de ellos con el sermón correspondiente sobre el buen comportamiento, la hora de acostarse y todos esos rollos que les meten los padres a los niños cuando salen. Seguramente también cenarían en Madrid, así que tenían al menos cinco o seis horas libres para hacer de las suyas.
Estuvieron jugando en el patio. Cuando se hizo de noche, entraron al salón y vieron un rato la tele. Le dijeron a Paqui, la canguro, que tenían hambre y enseguida preparó la cena. Paqui estudiaba en Madrid y se levantaba muy temprano cada mañana. Empezó a bostezar enseguida. Ellos, atentos a cualquier señal que les indicara la hora oportuna de retirada, se guiñaron un ojo y dijeron que se iban a acostar. Procuraron hacer el menor ruido posible. Tanto es así que, extrañada, subió a ver si les ocurría algo. Ellos se hicieron los dormidos, los arropó y bajó al salón para ver una película, aunque antes del primer intermedio ya dormía profundamente en el sofá. Ellos esperaban escondidos entre las sábanas sin mover apenas un músculo. Cuando consideraron que la canguro estaba ya dormida, bajaron las escaleras despacito, pisando muy suave, para no hacer ningún ruido. El corazón les latía como un caballo desbocado, parecía que se les quería escapar del pecho. Cuando llegaron a la planta baja, se asomaron al salón:
- ¡Dormida! ¡Adelante!
Se encaminaron hacia el garaje cuando les detuvo una voz:
- ¡Eh, vosotros!
La sangre se les heló en las venas. Un impulso de terror les hizo detenerse y girar lentamente sobre sus talones; pero allí no había nadie. La voz, que ahora se oía lejana, provenía del televisor. Decidieron continuar. La puerta del garaje estaba frente a ellos. Ninguno de los dos se atrevía a tocarla. Permanecieron de pie, junto a ella, un tiempo indeterminado, quizás un minuto..., quizás veinte... Por fin Ana se decidió. Giró el pomo. La puerta se abrió sin ninguna resistencia. La llave no estaba echada. Entraron y cerraron de forma muy cuidadosa. La oscuridad lo invadía todo. No se atrevían a moverse por si, con cualquier movimiento, algo se desplazaba de su sitio y se caía, produciendo algún ruido. Apenas respiraban. Alfonso rompió el silencio que los envolvía y paralizaba, pero la voz apenas era audible:
- ¿Y si buscamos el interruptor y encendemos la luz? No creo que con la puerta cerrada nos vayan a descubrir...
- Está bien, no te muevas que yo lo busco - dijo Ana.
Con mucho cuidado se acercó a la pared y lo pulsó. La luz lo invadía todo. Sus ojos acostumbrados a la penumbra no pudieron resistir el fogonazo que precedió al encendido; en un primer momento eran incapaces de ver nada, pero, enseguida, posaron sus ojos sobre un gran bulto que reinaba, silencioso, en el centro de la sala. Estaba envuelto por una especie de manta que lo protegía de cualquiera que osara introducirse en el mundo secreto del garaje. Los dos niños permanecían inmóviles, no se atrevían a avanzar para desvelar ese misterio que tanto les obsesionaba. Poco a poco la sangre volvió a circular por sus venas, la vida retornaba a sus cuerpos y con ella el movimiento.
Se acercaron a la máquina y, tras dar unas cuantas vueltas alrededor de ella, decidieron quitar ese trapo que la envolvía.
Ante sus ojos apareció el famoso “sofá” que sería capaz de transportar a los seres humanos a través de los tiempos. Realmente se parecía a un sofá pero de esos tan feos, de diseño, que aparecían en las revistas de decoración de las casas ultramodernas. No tenía palancas: En uno de los laterales se veía una especie de aparatos de diferentes tamaños y colores parecidos a teléfonos móviles o pequeñas calculadoras. En el otro, se distinguían unas pantallitas pequeñas semejantes a las de los relojes digitales. Una caja metálica asomaba por debajo de lo que debía ser el asiento. También tenía una especie de capota detrás del respaldo. El “sofá” era de color verdoso, pero de un tejido rarísimo, parecía como tela pero, al tocarlo, era frío como los metales.
Los dos se quedaron un rato observando la máquina, callados, como si al hablar pudieran romper la magia que, sin duda, tenía dentro; pero como si del final de un cuento se tratase, cuanto más lo observaban, menos creían posible que eso pudiera funcionar. El aparato, a primera vista, era demasiado simple para que fuera una “máquina del tiempo”. Ellos lo habían imaginado mucho más complejo. Claro que ellos no entendían de relés, ni de chips, ni de tantas cosas nuevas como se empleaban en el mundo de la informática y que eran aplicables a todos los campos de la investigación científica. Por fin, Alfonso, rompió el silencio:
- ¿Esto es la famosa máquina del tiempo? Realmente parece un sofá, pero de los feos... Esto no puede hacer que nadie viaje en el tiempo, si no hay palancas, ni botones donde programar el año al que viajar. No sé...
- Quizás no esté terminada, o quizás tengas razón y no sirva para nada –decía Ana bastante decepcionada.
Los dos amigos se habían ido acercando despacio, de un modo casi imperceptible y sin apenas darse cuenta se sentaron en el “sofá”.
- ¡Es una pena! Con lo que me hubiera gustado viajar y conocer otros lugares, otros tiempos...
- ¿Adónde te gustaría ir, Alfonso?

- Pues la verdad, no sé... Quizás me hubiera gustado hacer un recorrido por toda la historia, saltando de siglo en siglo, o tal vez deteniéndonos en algún año determinado. Pero creo que empezaría por el principio; me gustaría ir al tiempo en que se descubrió el fuego. Creo que ese fue el inicio de la evolución del hombre. Sin el fuego ahora no seríamos nada. Y además, aprovecharíamos para ver cómo vivían en aquella época y si...
(continúa...)
 
LA MÁQUINA DEL TIEMPO (I)


1. UN TRABAJO PARA CASA.
Era la hora de la merienda, el timbre sonó insistentemente. Ana estaba impaciente y corrió a abrir la puerta. Allí Alfonso, sonriendo como de costumbre, esperaba con sus libros para hacer los deberes. Ana y Alfonso eran amigos desde la guardería. Al cumplir los tres años iniciaron la educación infantil en el mismo colegio. En realidad, era el único colegio que había en su localidad, el “Claudio Vázquez”. No estaban en el mismo grupo, pero eso no era ningún problema. Durante esa semana en clase les habían hablado de la igualdad de derechos entre los hombres y las mujeres. Ellos, quizás porque todavía eran niños, no entendían que tuviera que haber diferencias ni entre niños y niñas, ni entre hombres y mujeres. Pensaban que el resto de sus compañeros tenían las mismas obligaciones y los mismos derechos que ellos, independientemente de si eran niños o niñas. Ninguno se avergonzaba de hacer la cama o poner y quitar la mesa. Incluso decían que todos, niños y niñas, podían jugar con las mismas cosas, coches, cocinitas, pelotas o muñecas; uno de los niños dijo que él jugaba con su hermana a las muñecas, no se sentía menos niño por eso y que se lo pasaba muy bien. Cuando les hablaron de la situación en otros países y en otras épocas, se dieron cuenta que no todo era tan bonito como ellos creían.
Tenían que hacer una redacción sobre lo que pensaban acerca de la igualdad y cómo ésta había variado a lo largo del tiempo. El trabajo era para la semana siguiente. Decidieron hacerlo juntos y lo mejor era empezarlo cuanto antes; pero primero había que merendar. La madre de Ana les había preparado un gran vaso de leche con tostadas. A esa hora, los dos, estaban hambrientos y devoraron todo. La madre de Ana era ama de casa, la de Alfonso era modista. Después de merendar fueron al cuarto de Ana, decididos a realizar el trabajo aunque, realmente, no sabían por dónde empezar. En clase les habían dicho que los niños y las niñas tenían los mismos derechos y deberes, pero les insistieron en que no eran iguales:
- ¡Vaya una tontería! Pues claro que no somos iguales- decía Alfonso- yo soy más alto que tú.
-¡Y yo más ágil que tú!
Los dos se enzarzaron en una pelea de las que acostumbraban, con guerra de almohadas de por medio. Para ellos todo era un juego y aprovechaban cualquier excusa para divertirse. La madre de Ana acudió rápidamente a poner orden. Ese día José, el padre, se encontraba en casa, en el sótano, enfrascado en otro de sus inventos.
José era físico, trabajaba en el Ministerio de Educación, pero en sus ratos libres se dedicaba a inventar. Ya había expuesto algunos de sus cacharros en el Salón Internacional de Ginebra. En una ocasión hasta se llevó una mención de honor. Cuando José estaba encerrado trabajando, no permitía que hubiera ningún tipo de ruido ya que se desconcentraba, entonces era terrible, se ponía de muy mal humor. Hacía varias semanas que trabajaba en un aparato muy raro y bastante grande. No había dejado a nadie que lo viera, claro que, ¿quién puede impedir a unos niños curiosos hurgar en aquello que les es prohibido?
Ana y Alfonso hacía días que habían visto el armazón de la máquina, pero no sabían para qué servía. No tuvieron la oportunidad de volver a verla ya que el padre de Ana no salía del garaje mientras ellos estaban juntos.
Se sentían muy intrigados. Algo había dicho su padre del nuevo invento, pero apenas unas palabras acerca de la importancia que iba a tener, que aumentaría los límites del conocimiento del hombre, aunque nada concreto. No había nada que hacer, si José estaba en casa, ellos no se podían ni acercar.
Cuando por fin Elena, que así se llamaba la madre de Ana, consiguió poner orden, salió del cuarto diciendo que si volvía a ocurrir un altercado Alfonso se tendría que marchar.
No les quedaba más remedio que empezar a hacer el trabajo. Al principio no se les ocurría nada. Cogieron un diccionario enciclopédico y buscaron el término “Igualdad”.
- Igualdad: “Calidad de igual. Ausencia total de distinción entre los hombres dentro de una sociedad”.
También encontraron algunos datos acerca de la igualdad de todos los hombres ante la ley, que había sido proclamada en la Declaración de los Derechos Humanos y otras acepciones relacionadas con economía y matemáticas. En realidad esta información no era suficiente para empezar. Ellos pretendían que el suyo fuera un trabajo original, pero con ayuda del diccionario no lo iban a conseguir. No estaban muy inspirados y pensaron dejarlo para el día siguiente.
Conectaron el ordenador comenzando a jugar con uno de los muchos videojuegos que tenían. El tiempo pasó volando. La madre de Alfonso llamó para que regresara a su casa. Se despidieron hasta el día siguiente que volverían a verse en el cole.


2. DESCUBRIENDO LA MÁQUINA.

Ana fue a lavarse las manos para poner la mesa, mientras su madre preparaba la cena. Solían cenar temprano, sobre las nueve, así su padre tenía tiempo para continuar con sus inventos y no acostarse demasiado tarde, aunque cuando se encontraba en faena, no era consciente del tiempo. Elena tenía que sacarlo casi a rastras del sótano.
Esa noche José estaba eufórico. Su invento iba viento en popa y pronto lo podría probar. Apenas quedaban algunos ajustes de precisión, pero estaba casi listo. Se le veía radiante. Cuando estaba así era difícil contener su alegría y a veces, se le iba la lengua más de lo que quería. Ese día iba a ser uno de los que la lengua no podía parar quieta en la boca. Comenzó a hablar atropelladamente. Al principio ni Elena ni Ana eran capaces de entender nada. Hablaba de vectores, de inversas de integrales, de coeficientes que jamás habían oído y no conseguían entender; pero cuando se emocionaba no podía parar. Ana disfrutaba escuchando a su padre, a pesar de que no sabía de qué hablaba, aún así, ése debía ser un invento especial. Jamás lo había visto tan emocionado y no se resistió a preguntar para qué servía ese “cacharro” en el que estaba trabajando.
José se quedó anonadado. Es verdad, les había estado hablando de especificaciones técnicas, pero no les había dicho de qué se trataba:
- ¡De una máquina del tiempo!
- ¡Pero papá! Una máquina del tiempo ¿para qué?
- Pues para qué va a ser, ¡para viajar en el tiempo!
- No digas tonterías. Eso sólo ocurre en las películas, como en “Regreso al futuro”, pero no en la realidad. Si eso fuera posible los americanos ya lo habrían inventado con esos laboratorios que tienen, y no aquí en el garaje de casa.
- Piensa lo que quieras, pero donde esté el ingenio de un español que se quiten los medios de los americanos, además no es tan complicado, simplemente sumar dos más dos y comprobar que a veces no sólo da cuatro.
- No lo entiendo, la verdad, - dijo Elena- pero no dudo que si tú lo dices, será posible.
- ¿Y es difícil de manejar tu invento?
- Tu viste “Regreso al futuro”, ¿verdad? Pues... algo parecido, aunque no es un coche lo que nos trasladaría a otro tiempo, sino un sofá.
- ¿Un sofá? Tu me estás tomando el pelo. No te quedes conmigo que seré pequeña, pero no tonta.
- Bueno, no es un sofá exactamente. Es un vehículo autopropulsado neutronalmente, que funciona con la energía de inyección, que se obtiene de...
- No sigas que no me estoy enterando de nada – protestaba Ana.
- Por eso te he dicho que es un sofá, que es lo que parece realmente, aunque con unos dispositivos especiales para indicar el tiempo y el lugar al que se quiere trasladar uno.
- Me parece que a las agencias de viajes no les va a gustar mucho tu invento.
- Se supone que el fin no es precisamente el de viajar por placer, sino con fines científicos. Por fin podremos saber de verdad todo aquello que ocurrió en el pasado. Todo un mundo de expectativas se abre ante la humanidad. ¡Te imaginas...!
Elena había permanecido callada durante toda la conversación. Quizás esta vez su marido estaba más cerca del mundo de la fantasía que del mundo real, pero si era feliz pensando que tal cosa era posible, no sería ella quien lo desengañara.
La conversación terminó con un vistazo al reloj y comprobar que pasaba de las once y media. Ana debía haber estado acostada hacía ya una hora. Se marchó a su dormitorio, pero le era muy difícil conciliar el sueño. Se veía protagonista de un sinnúmero de aventuras, recorría el tiempo saltando de una época a otra, cambiando de ropa, de peinado, de aspecto, pero siendo ella la libertadora de la humanidad en cualquier lugar al que la máquina la transportase.
A la mañana siguiente, cuando fue a la cocina a desayunar, su padre se había marchado al trabajo; pero antes le había encomendado a su madre que le prohibiera decir a nadie nada de lo que la noche anterior habían estado hablando: ¡Era alto secreto! Cualquier indiscreción podría dar al traste con todos los esfuerzos invertidos hasta ese momento. Ana prometió no decir nada a nadie... (continuará)
 
EN BLANCO


No sé cómo llegué aquí ni por qué escogí este lugar. Mis huidas siempre me habían guiado al mar. Quizás esa es la razón oculta e inaccesible de un destino tan incierto para mí como la sierra en invierno. Busco soledad. Tal vez consideré que la muchedumbre me la daría. Nadie se siente tan solo como inmerso en medio de una jauría humana.
Está como lo recordaba, aunque ahora me siento agobiada en un espacio tan pequeño: Comedor, cocina y dormitorio, todo uno.
Atrás queda la pesadilla. Delante no queda nada. El frío ahonda en mí la sensación de abandono. La angustia de los primeros días se ha tornado en amargo sosiego. Todo es irremediable, todo es inmenso, todo es nada. Llegué a rozar la felicidad pero, como si de una quimera se tratase, se escurre entre mis dedos sin poder retener apenas los recuerdos.
¿Cuánto tiempo ha pasado? Juntos apenas unos meses. Meses que fueron una vida, nuestra vida.
Salgo a la terraza. El viento aletea arremolinándose en las cumbres. No tardará en llegar la tormenta. Los esquiadores aprovechan las últimas horas de luz. Me apoyo en la barandilla perdiendo la mirada en el horizonte.
Tras el Veleta está el mar oculto. Quizás debí abandonarme en sus brazos de espuma blanca como la nieve que se acumula en la terraza. No, no quería morir, quería vivir y al vivir sufrir mi condena. Me así a la vida sabiendo que ya no existe nada por lo que luchar. El surco que ha cavado en mi alma lo mantendré abierto. Sólo brotará sangre. Da igual. Su recuerdo quiere escapar. Lo retengo en mí como no puedo retenerlo a él.
Un torbellino de nieve asciende desde el suelo. La tormenta está encima. Los esquiadores corren a refugiarse. Me quedo impasible apoyada en la barandilla. El polvo de nieve dibuja su rostro, nítido, tangible, imaginariamente real.
Tiendo la mano hacia él. Ansío acariciar su boca. Todo se diluye. Retraigo el brazo y aparece de nuevo. Juega conmigo. No permite, ni en la ensoñación de la tormenta, que me acerque. El adiós es definitivo. Nada lo puede remediar, ni siquiera los sueños. Necesito despedirme. De mi boca salen palabras sin sentido. Intento preguntarle por qué. Desaparece. Todo se ha borrado.
El viento azota mi rostro intentando que abandone el trance. Siento la nieve herir mi cara. No duele, sólo duele su ausencia. Entro en el salón. Cierro la cristalera que me une a su recuerdo. Me abandono en el sofá. Ha caído la noche. Tengo sueño. No quiero dormir. Las luces de la pista cercana brillan ocultando las primeras estrellas que intentan vencer la tormenta. Los copos de nieve caen parsimoniosos danzando al son de mi tristeza. Enciendo la chimenea. El fuego retorna su imagen. Un mechón de pelo acaricia su rostro. Sus ojos, verdes como la esperanza que no tengo, centellean para mí. En su boca se dibuja la primera sonrisa que me envenenó. Tengo que apartarme de su rostro. No puedo, no quiero. Me mira fijamente. ¡Está tan cerca! No debo soportar esta tortura. Mis ojos necesitan volverse, perderse de él. Yo los obligo. Es mi última oportunidad.
La estancia se ha iluminado. He atravesado la barrera del tiempo. ¿Dónde estoy? Un parque, grandes árboles rodean un lago. No le conozco. Doy un traspié. Él se acerca. Me sujeta entre sus brazos. Me lleva a un banco. Me quita el zapato.
- No tienes nada, una pequeña torcedura.
En la soledad del salón me acaricio el tobillo. Recuerdo el dolor. El dolor me lo trajo y el dolor me separó de él. Dolor, una palabra y mil sensaciones.
Vuelvo a perder la mirada. El fuego se transforma en vida pasada. Amigos comunes, reencuentro. Una pequeña tasca. Risas, bromas, vino afrutado. Una mesa en un rincón, estamos solos. Palabras, palabras, palabras… Una conversación sin fin. Recreamos la niñez, los juegos que nos moldearon, los libros que leímos, la fruta que endulzó nuestros paladares de niños. Los primeros amores, las primeras ausencias. Vamos labrando una vida compartida. Es tarde. El regreso a casa se hace inevitable. Queremos congelar el tiempo, detenerlo para no decir adiós. Vivimos el momento. El adiós da paso a un nuevo saludo. Está esperando en la puerta de la oficina. No recuerdo cuando le dije que trabajaba allí. Da igual, lo sabe y me espera. Otra calle, un paseo. Una taza de café humeante, solo con dos terrones para él, con leche y sacarina para mí. Confesiones del pasado, esperanzas de futuro. Nuestros caminos se mezclan. Comenzamos a olvidar sendas separadas. Nos buscamos. Vale cualquier excusa. Ahora es una exposición de pintura. Compartimos afición. Un viejo sentado en una silla de enea a la puerta de una casa medio derruida. Lo compra. Cuando finalice la exposición lucirá en el salón de su casa, como tantos otros. Invierte en arte. Me regala un balcón de las Alpujarras. Recuerdos de mi infancia plasmados sobre óleo.
- La infancia es tiempo de felicidad. Piensa en mí cada vez que lo mires.
El fuego da los últimos estertores. Con sus cenizas se olvidan mis recuerdos. Todo se apaga. Me acurruco bajo una manta. El sueño vence mi voluntad. Apenas unas horas y los rayos de sol escapan a las tinieblas de la noche. Se filtran por la cristalera. Olvidé echar las cortinas. No puedo dormir con luz. Me levanto. Voy al baño. No reconozco a quien me mira a través del espejo. No soy yo, no puedo ser yo. ¿Tanto he cambiado? El dolor aja el rostro. El mío está roto. Abro la ducha. El agua caliente templa mi espíritu. Fortalecidos los músculos siento hambre. No tengo qué comer. El día es radiante. Siento frío, frío que emana del alma herida. Me abrigo. Bajo a la cafetería. Me empujan. La prisa lo domina todo. Decido esperar en una mesa aislada en un rincón. Para mí el día es demasiado largo. No me espera ninguna pista, ningún remonte. La nada es mi compañera. De pronto el silencio. No queda nadie. Un camarero se afana por despejar las mesas. Abstraída, ausente, mi mente divaga de nuevo. Una cena, unos amigos, su mirada siempre en mí. Sentado en una esquina me brinda su sonrisa. Nos buscamos. Disimulamos. Cuando coinciden las miradas el mundo se detiene. Él y yo. Se acallan las palabras, las risas. Volvemos a estar con todos. Es inútil. Queremos perdernos. No nos dejan. Hay regalos. Quizás un cumpleaños. Brindis, felicitaciones y nosotros ausentes en medio de todos. Salimos del restaurante. Copas en una discoteca. Es nuestro momento. Nos perdemos. Nos abandonamos en el otro. Pasión, deseo, pérdida. El mundo gira en una danza que nos aúna. Somos uno, invencibles, amantes desbordados. Los días se suceden. No hay más realidad que nosotros. Lazos entretejidos con hilos de ímpetu, exaltación, fervor y furia. No nos pertenecemos. Robamos migajas al tiempo.
- ¿Desea algo más?
El camarero me pregunta devolviendo el recuerdo a la mañana en la nieve.
Salgo de la cafetería. El día se estalla en su esplendor. El sol reflejado en el manto albeo de la nieve pura me acompaña en un paseo sin fin. Camino entre la muchedumbre que espera su turno. El mío ha pasado. Unos niños se arrastran por la pendiente montados en trineos de plástico duro. Tropiezan, caen, se incorporan dejando atrás el rastro de nieve que mancha su atuendo. Reanudan su juego. Yo no tengo marcha atrás. Mi caída es demasiado grande. No puedo sacudir mi amargura. La desesperación se torna en caos. Una ausencia absoluta. Un vacío sin fin. Ocaso en pleno día. Tú en la lejanía lo presides todo.
Vuelvo la mirada al Veleta, el gran señor de las alturas, omnipresente, dominante. Me dirijo hacia ti. Camino por mi vía dolorosa. Mi cruz, tu ausencia. Con cada obstáculo un nuevo recuerdo.
Tras los cristales te veo remover papeles. Te afanas en tu trabajo. Me gusta mirarte desde la ausencia. Me adivinas. Lo abandonas todo. Te reúnes conmigo en una fría tarde de invierno. La temperatura se eleva vertiginosamente con tu presencia. Un nuevo café, otra conversación sin fin. Un tema nuevo, un mismo tema. Da igual. La palabra nos une en párrafos infinitos. La vida se esconde tras un silencio roto.
Asciendo a la cumbre. Nada me espera. Me obligo a llegar. Coronar la altura. Poner fin a la desesperación. La vista es impresionante. La existencia se reduce a pequeñas motitas en movimiento. Mi quietud es antagonista a la vida. La inmovilidad me impide arrojarme a los brazos de la parca. Nada tiene sentido. La muerte tampoco. El sol deslumbra mis ojos inertes. En el horizonte se dibuja el perfil del Mediterráneo. Tras él el Atlas. Pocos consiguen verlo. Se alza para mí, majestuoso. Más allá de la distancia siempre hay sombras.
¿Cuándo comenzó a nublarse mi día? Sus ilusiones quedaron hechas añicos. Tristemente comprendo que era un espejismo, soy un espejismo en medio del vacío. Todo es nada. No puedo ayudarle. No me deja acercarme. Me aleja irremediablemente de su vida. Me diluyo en mi impotencia. Rechaza la palabra y con ella nuestra unión. No hay más miradas. No hay más conversaciones. Apenas un saludo gélido como la tarde que amanece. La ruptura es alejamiento, frío, soledad, silencio. Se aleja tras las ventanas de un autobús. Mantiene la cabeza reclinada sobre el vidrio transparente que nos sirve de frontera. Sus ojos verdes apagados tras los cristales que lo alejan inexorablemente de mí. Su ausencia es mi locura. Espero su vuelta. El retorno nunca llega.
Estoy sentada en una roca, a los pies del Veleta. El abismo que se abre me llama. Una dulce melodía lo envuelve todo. Cantos de sirenas que se filtran desde mi mar ascienden a las cumbres. Es él, me espera. Tengo que ir. Las palabras borrarán de nuevo las amarguras.
- ¡Ya voy mi amor! ¡No tardo!
El cielo se nubla. Rojos nacen tras velos de desesperación. Matices que despliegan su manto de potestad. Todo cambia de color. El rojo se difumina dando paso a naranjas, azafranes y violetas. La oscuridad se abre paso a dentelladas de desesperación.
No oigo su voz. Se ha apagado con la luz del día. No me llama. No se acuerda de mí. He desaparecido de su anhelo. ¿Debo desaparecer también de la vida? El fatídico desapego de la noche abofetea mi rostro. Satirizo mi desdicha. Soy un punto en la inmensidad del universo. Cualquier estrella en su lejanía brilla más de lo que nunca hube brillado para él.
Nadie a mi alrededor. Debe ser tarde. Desciendo de la cumbre como desciendo mi vida. Me abandono a la pendiente. Siento vértigo. Reniego del letargo del día. Siento prisa por llegar a mi refugio. Doy un traspié. Alguien me recoge. Desata mi bota. Descalza mi desnuda miseria.
- No te preocupes. Sólo es una torcedura.
Son sus palabras. Se ha materializado de nuevo. Alzo la vista. Sus ojos verdes lo llenan todo. Ha vuelto. Me sumerjo en él. No importa si es una quimera o si es un sueño. Estoy con él. Me acompaña a una estancia que ha ampliado su límite. El salón es el mundo. Estamos juntos de nuevo. Enciende el fuego. Recordamos abrazos, caricias, mimos, roces que resurgen de las cenizas. Nos extasiamos el uno en el otro. Arrebatamos tiempo a la desesperación. Embriagados en nuestro aroma nos transportamos a otra dimensión. Nos abstraemos de la realidad dando paso a la ilusión. Enajenados seducimos lo imposible. Renuevo mis esperanzas, nuestras esperanzas. Cedo ante lo inevitable. Reniego del dolor. Deserto de la soledad. Acurrucada en sus brazos bordeo el delirio de un espejismo. Ciño su torso desnudo. El tacto de su cuerpo me reconforta. ¡Es todo tan real! Me sostiene la barbilla. Despeja mi frente. Deposita un suave beso en ella.
La duda me abate. Languidece la llama. Se apagan mis esperanzas. Ni una palabra. Desde que he sentido su presencia no hemos compartido palabras. Siento su tacto y sé que no está aquí. Cierro los ojos. Me ciño a él. Ha desaparecido. Abatida acepto la certeza de su ausencia. La ingenuidad de un anhelo da paso al golpe certero de realidad. No ha venido. No sabe dónde estoy. Sólo el recuerdo ha permitido su presencia. Las cenizas lo devuelven detrás de los cristales camino de su huida. He vivido este momento y para mí es más real que el pasado. No me he despedido, pero lo he vuelto a sentir. Me consuelo pensando que los caminos pueden traerlo de nuevo a mí. Me reconforto con la inútil esperanza de un reencuentro inverosímil, ilusorio, imposible, deleitándome en la utopía del momento que retornará. Las sendas se volverán a cruzar y yo estaré esperando.

 
UNA ROSA PARA DOS ESPINAS


Todavía no me hacía a la idea. ¡Me iba a quedar ciega! Bueno, eso era exagerar, me podía quedar ciega si no me operaba. Esa enfermedad silenciosa que se había adueñado de mis ojos avanzaba inexorablemente oprimiendo el nervio óptico, o eso era lo que me habían dicho. Acababa de salir del hospital y no tenía ganas de encerrarme en casa. No tenía valor para disimular mi angustia con los míos y no quería que se preocuparan más de lo que ya lo hacía yo. Decidí dar una vuelta por el centro. Quizás, entre la gente, se diluyera esa ansiedad que iba desde los pulmones hasta el estómago ahogando toda esperanza.
Siempre había tenido mala suerte o digamos que nunca tuve buena estrella. Tampoco era para buscar el consuelo en amuletos de falsos sanadores que prometen lo que ni ellos mismos se creen pero ese día en especial me sentí como si tuviese que pagar con una culpa que no reconocía. Mi mente se enmarañaba haciendo cábalas extrañas, rememorando falsos pecados, culpas inexistentes, daños subyacentes. Apenas era capaz de ver la cantidad de gente que se agolpaba tras las mesas expositoras de libros nuevos y de ocasión. Mis ojos vagaban entre ellos pero mi mente se negaba a leer la información que querían transmitir. Era el día del libro, 23 de abril de un año aciago, el año que me iba a quedar ciega. Aunque pensándolo bien, ese día estuve más cerca de la ceguera de lo que los médicos habían predicho.
“No hay más sordo que el que no quiere oír”, decía mi madre. Ese día yo era más ciega porque el miedo a dejar de ver me impedía hasta mirar. De hecho ni siquiera sé cómo pero, de pronto, me vi con una rosa en la mano. Seguramente me la habían regalado al acercarme a uno de los puestos donde debí curiosear algo, no lo recuerdo. El caso es que llevaba una rosa en las manos. Apenas saboreaba el aroma que desprendía, ni era capaz de fundirme con el color que irradiaba. Ahora que recuerdo aquel día es cuando soy capaz de ver, aunque sea en la memoria, aquella rosa y disfrutarla y acariciarla con su aterciopelado tacto que podía haber sido el bálsamo de mis desdichas si hubiese sabido alejar mi dolor que no era tanto dolor, era sólo miedo a sufrir un dolor.
Ella debía estar observándome, tal vez para pedirme dinero o tal vez sólo se fijaba en la rosa, no sé, ya te digo, yo ese día sí que estaba ciega y ella, como todo lo demás se borraba a mi paso. Debió acercarse, seguramente me dijo algo. Mi mente en blanco de realidades y sumida en la desesperación de lo que podía ser no la oyó pero algo hizo desviar mi obsesión y devolverme por un instante a la realidad de la que escapaba con la misma facilidad que el globo de gas de un niño pequeño al abrir sus manecitas para intentar asirlo con más fuerza. Fue su mirada la que se alojó en mi alma. Apenas tendría veinte años, el pelo enmarañado, la ropa ajada por sabe Dios qué desgracias, la cara mugrienta, las manos cortadas por los vientos fríos tardíos de ese mes de abril, pero esa mirada pulida, brillante, viva, esa mirada se me clavó y fue el dolor de esa espina la que me devolvió a la realidad:
-¡Qué rosa tan bonita! A mí nunca nadie me ha regalado una rosa.
Todas las rosas que yo había recibido a lo largo de mi vida se precipitaron sobre mí como un aguacero de recuerdos, de sentimientos olvidados, de cariño de hijos, de amor de hombre, de amistad eterna. Yo sí había tenido muchas rosas en mi vida pero, en ese momento, esa rosa se convirtió en la más importante y no era porque me la habían regalado a mí sino porque yo se la iba a regalar a una desconocida que sólo se había acercado a contemplar mi flor.


 
UNA VEZ SOÑÉ


Una vez soñé que era libre y estaba encadenada.

Una vez soñé que volaba y del suelo no me movía.

Una vez soñé que estaba entre las espigas y las ortigas me rodeaban.

Una vez soñé que todo era abismo y en el infinito me sumergía.

Una vez soñé que no oía y la música me acosaba.

Una vez soñé que no tenía amigos y sola en el camino palidecía.

Una vez soñé que el agua era arena y en el desierto me ahogaba.

Una vez soñé que no existían las palabras y el murmullo me invadía.

Una vez soñé que era fuego y siempre me sentía helada.

Una vez soñé que yo no era yo y todo me estremecía.

Una vez soñé que lo poseía todo y con nada gozaba


Una vez soñé que el tiempo no pasaba y entre mis dedos se escurría.

Una vez soñé que el suelo era aire y el aire denso me amortajaba.

Una vez soñé que me amabas y era yo quien te quería.

Una vez soñé que no tenía futuro y al despertar contigo lo liberaba.

Una vez soñé que moría y al dejar de soñar encontré que vivía.

RESTOS 3 (PINTURA DE STUFFEN) gracias por prestarmela