QUE TU AUSENCIA SEA MI REDENCIÓN

Que el infierno de mi soledad se abra a través de tu tumba.
Estás muerto, te he matado yo.
Entre lágrimas escupí mi veneno:
“Que tu infierno sea mi salvación”
Y para mi desconsuelo, tu infierno siempre he sido yo.
Tu presencia, ausencia y tu ausencia, mi dolor.
Mi corazón, fría lápida de mármol.
Tu corazón, volcán de desamor.
Mis entrañas roídas por desconsuelos.
Tus entrañas reventadas por mi pasión.
Luto, sangre, rabia, odio, rencor.
Adiós te digo para siempre.
Que tu ausencia sea mi redención.
REFLEXIONES TRAS UNA CRISIS

A veces pienso que somos idiotas por desperdiciar la vida como lo estamos haciendo. Yo me enfado mucho cuando fallas, pero al fallar tú fallo yo también. ¿Quién no falla alguna vez? Pero tu fallo lo dilato en el tiempo, lo engrandezco, lo rumío y lo escupo a los cuatro vientos intentando que decrezca pero soy yo la que lo hace crecer. Soy incapaz de perdonar de corazón. La boca traicionera invita al perdón pero el corazón dolido se niega a ello.
¡Han sido ya tantas veces...!
¿Y qué...? Me pregunto cuando la razón devuelve la calma a mi herido espíritu, ¿Y qué? ...
Si el amor nos ató de por vida ¿qué estamos haciendo estos últimos años?, ¿qué juego macabro nos impone herirnos sin tregua? Perdemos por el camino los momentos buenos que la vida nos ofrece, los más dulces, el almíbar se transmuta en la bilis que recorre la amargura de una garganta hastiada de discusiones. Transformamos la palabra en grito pero, son mis gritos los que salen a flote, tu silencio permanece herido, hundido por mi voz.
Te dije que sacabas lo peor de mí, y puede que sea cierto, pero si sale a flote es porque le permito escapar, porque me ahogo y me engaño pensando que mi tabla de salvación son las voces, pero esa tabla tiene falso apoyo, es frágil y me arrastra corriente abajo dejándome apenas un poco de aire para respirar. Y me ahogo más porque tu silencio, tu resignación, tu reticencia a entrar en ese juego de ruido incontrolado que espera paciente que las aguas vuelvan a su cauce tras la tormenta reconociendo tu culpa con tu mutismo y soportando la vileza de mis rugidos, porque es vileza la que pretende imponer un escarnio, una nueva herida sabiendo que te hiero al recordarte tu falta.
Falta grave, te repito una y otra vez. Otra falta, siempre la misma falta. Fallas, fallas, fallas... y mi voz pervive a través de un tiempo que ya no debería ser.
Quizás tú deberías esforzarte por no caer de nuevo y yo debería esforzarme como tú, hacer borrón y cuenta nueva, aceptarte tal cual eres ahora con tus fracasos y tus logros y ayudarte y ayudarme y no hacerte sentir tan culpable...
No sé cómo hacerlo, pero te quiero y lo voy a volver a intentar.
MADRUGÁ EN EL SACROMONTE

Sólo el compartir la Fe y el sueño de Paco podía mantenerme despierta aquella madrugada de Jueves Santo en Granada. El dolor insoportable de unas lumbares heridas dejó de tener sentido cuando, tras el paso a través de la muchedumbre, conseguimos adentrarnos en el seno del mundo paralelo, irreal a la ciudad baja, del Sacromonte.
Habiendo nacido en Granada desconocía el latir del barrio gitano. Miedos infundados, leyendas oscuras, palabras de odio vertidas contra sus habitantes habían forjado un rechazo del que me arrepiento después de vivir aquella noche de magia, fervor y sentir. Latido unísono de gitanos y payos.
La Semana Santa de Granada se vive de modo diferente en cada barrio, en cada rincón, en cada callejuela: El Albaycin, el Realejo, el Zaidín, la Alhambra y tantos otros. Cada cofradía con su personalidad, con su ideosincrasia te transporta a mundos diferentes, pero ninguno muestra tanto embrujo como en el Sacromonte.
Jueves Santo, luna llena, aroma a primavera.
La carrera oficial da color a turistas, que invaden las calles, ávidos de folklore y fotografías con las que dar envidia a sus amigos. No se integran, no son capaces de entender el verdadero espíritu que se desborda tras los pasos profusamente adornados de flores que embellecen tronos de caoba, roble o plata.
Carrera del Darro, la procesión abandona la ciudad baja. Se desdibuja, pierde la seriedad de las formas. Se acicala para su barrio, su gente la espera. Ya no es de Granada. Ya no es de los meros observadores que contemplan su paso sin sentir su alma. Ya es del barrio y el barrio se prepara a recibirlos.
El Santísimo Cristo del Consuelo, Jesús muerto en la cruz sujeto por cuatro clavos al madero. Clavos de odio, de envidia, de soberbia y desprecio, atenazan unas manos, sus manos, tendidas a todos. A los pies, un calvario de claveles rojos y en la cumbre del monte un nido de iris da paso a la cruz. Cuatro hachones en las cuatro esquinas dan luz a la esperanza.
María Santísima del Sacromonte, dolorosa ante la visión de su hijo crucificado. Camina tras él. Sola, acompasando su caminar al dolor de la pérdida. Vestida por sus camareras, mujeres sufrientes cuyos hijos son crucificados por el desdén de los que, con arrogancia, les miran por encima del hombro.
Orfebrería de cobre, reluciente, símbolo inequívoco del corazón del barrio. Cobre que ha sido su vida. Cobre bruñido con lágrimas. Cobre, metal moldeable a base de golpes, como ellos.
Hermanos nazarenos, penitentes con hábito procesional morado, antifaz y cíngulo rojo, capa dorada. Iniciaron su desfile procesional en los albores de la tarde del Miércoles Santo, ahora cansados, hacen un alto en el camino de regreso. Muestran sus semblantes ajados, rotos por el fervor a flor de piel. El fin de un año de preparativos se acerca. Su procesionar por las calles, su estación de penitencia debe acabar, pero aún queda el barrio. Es la esperanza que les impulsa a continuar. Acompañan a su Cristo y el sentir comienza donde acaba la ciudad.
Hermanas camareras, luto riguroso, peineta y mantilla que enmarcan bellos rostros, pendientes de coral y la medalla de la Hermandad. Belleza morena, gitana, orgullosa. Frente muy alta, están con su Virgen, “lo más grande”. Reflejan en su rostro el cansancio acumulado por el procesionar de la vida. Van tras la Señora. A ella dirigen sus plegarias:
- ¡María, mi hijo, acuérdate de él como del tuyo!
Hermanos costaleros, alpargatas de esparto, fajas de algodón humildes en su nobleza abrazan sus cinturas para afrontar el envite de la noche. Sudor en la frente, alegría en el corazón. No importa el esfuerzo, no lo sienten. Mañana en sus lechos el resquemor de los hombros les dará la certeza que el Cristo de los gitanos se posó sobre ellos para pasear, un año más, por las calles de “Graná”.
El capataz, afónico, pide un último esfuerzo. Emoción a raudales. Abandonan la ciudad, tiene que ser la mejor “levantá”:
- ¡A este!- el sonido bronco del martillo sobre el llamador les alerta. Se tensan los músculos.- ¡Al cielo con él! - Inician la marcha. El redoble del tambor les marca el paso.
La banda de música, que les ha acompañado durante su transcurrir en las calles de la ciudad baja, pronto enmudecerá ante el clamor que nacerá irremediablemente, un año más, en el Sacromonte.
El paseo de los Tristes dibuja en su bóveda de estrellas el esplendor perdido de la Historia. La Alambra lo preside desde una colina paralela como testigo mudo, sereno, imperturbable del cruce de razas, religiones y culturas.
Al frente de la procesión la Guardia Civil escoltada por gitanos. Un día al año se hermanan, aúnan su paso bajo la mirada protectora de su Cristo: “Todo es posible en Granada”.
La Cuesta del Chapiz velada, vaga, difusa, imprecisa por la marea humana que aguarda el paso del Consuelo. Todos a una. La cuesta se transforma en un nuevo calvario.
Esta vez Cristo es ayudado. Los hombros de los costaleros dejan paso al pueblo. No está solo, ya llega a casa y como cada año, la fiesta nace en el seno de las alturas.
Ha entrado en el barrio. Calles estrechas, gentío que impiden su avance. Hermanos cofrades que invitan a la “gente buena” a hacerse a un lado para permitir su paso. Quieren tocarlo, quieren sentirlo, robar una flor que les de el consuelo que le precede para el resto del año. Por unas horas el tiempo es infinito. Su Cristo está con ellos. Ya no hay prisa.
Surge la primera llamarada. El monte arde en pasión. Tomillos, romeros, jaras, hierbas de campo iluminan su paso. Aromas de la tierra saludan al recién llegado.
Caminamos de espaldas, avanzando despacio, la mirada fija en él. Brota la primera nota. La gente se arremolina. Una guitarra desgaja acordes de pasión. El pueblo gitano en estado puro. Somos observadores si, pero sabemos sentir, nos infunden su Fe y la recogemos con cada acorde, con cada aroma, con cada hoguera. Duelo de guitarras. Conversación desgarrada de manos y voces. Es su Cristo. Todos quieren agasajarlo. Saetas, mujeres que se arrodillan ofreciéndole su canto. Pasión, dolor, sufrimiento. Una voz poderosa al otro lado de la calle. Un hombre, un gitano, con sus mejores galas alienta el espíritu de la noche.
Debe continuar, su paso lento debe seguir el camino del monte. Está en su barrio pero su morada le espera. Surge otra hoguera. El monte se ilumina con su cadencioso avance. Una falda toma vida propia. Gira, revolotea, se distorsiona en una danza pasional al son de las palmas y la caja. El Cristo debe reanudar su ascenso. Las notas le detienen. Queda mucha noche. Al alba deberá encerrarse en la Abadía del Sacromonte. ¡Queda tanto camino por recorrer! Este camino del monte que, como cada año, será eterno.
Noche estrellada, luna llena, sentir de un pueblo.
Desvío la mirada hacia la colina de la Alhambra. Multitud de almas en la distancia oyen los cantos, admiran las hogueras, sienten su calor, pero no viven la pasión desatada del barrio.
María Santísima del Sacromonte le sigue. Recibe su homenaje: ¡Guapa! Le gritan a su paso. La agonía del camino se atenúa con cada piropo, con cada rezo. Su dolor es mitigado por las voces que le infunden anhelos, deseos, esperanzas. Se sabe querida, arropada. Percibe el latir de su pueblo. Oye sus cantos y se conmueve al saber que su hijo no está solo, no esta noche.
El lento caminar de los pasos continúa. La madrugada avanza. Mucha gente queda rezagada, se marchan al calor de su hogar. Continúan las hogueras salpicando el monte. La noche va cediendo.
Siento frío, el dolor retorna a mi cuerpo. Demasiadas horas de pié. No quiero marcharme. No le puedo abandonar ahora. Avanzamos. Hemos pasado la cueva de María la canastera. Vienen a lo lejos. Un recodo en el camino, un puente, unos árboles que lo circundan, la calzada se abre. El Cristo se detiene. Su madre aligera el paso. No quiere perderlo. No está clavada en la cruz, pero un puñal de dolor atraviesa su corazón.
Surge una nueva llamarada. Otro monte, otra hoguera, siempre la misma. Todo se detiene. Ocurre el milagro. Oigo a María, sus palabras de consuelo inundan mi espíritu. La ternura de su mirada, su voz percibida desde el alma. Habla para él y sus palabras dan aliento a nuestro camino. Son para él y las sentimos como nuestras. La bondad de una madre que no dudaría en cambiarse por el hijo. Sabe que no puede. Debe salvar al mundo, es su misión. La grandeza del hijo no puede paliar su dolor, aún así es capaz de articular palabras de alivio, bálsamo para nuestras heridas. El sosiego inunda nuestra doliente alma.
Hay que continuar. Quedan las Siete cuestas. La muchedumbre de la Cuesta del Chapiz se ha diluido. Pocos foráneos quedamos en el barrio. No somos foráneos. Esta noche de pasión, todos somos gitanos.
En los albores de la “madrugá” un frío gélido se abre paso a dentelladas entre las estrellas que escapan a la oscura noche. El cielo recoge las primeras luces. No puedo continuar. Mis piernas fallan haciendo caer al espíritu. Me siento débil. ¡Queda tan poco! No puedo acompañarte. ¡Perdóname! Sé que en tu inmensa bondad lo harás. Un último adiós. Te tengo que abandonar, pero tu recuerdo, el recuerdo de esta “Madrugá en el Sacromonte” lo llevaré impreso, grabado a fuego y cante en mi corazón.
EL ABUELO

Era la primera vez que iba al cementerio. Mis padres no querían llevarme, decían que no era lugar para una niña; pero yo en la testarudez propia de los diez años me aferré a esa idea y no supieron o no pudieron impedirlo.
El abuelo había muerto, mi abuelo, pues aunque entre primos y hermanos superábamos la docena de nietos, él era “mi abuelo”.
Juntos habíamos recorrido el mundo desde el salón de su casa. Habíamos estado en las ciudades más impresionantes y en los pueblecitos más pequeños. Los dos habíamos recorrido toda la historia: desde la edad de piedra hasta el salvaje oeste; desde el mundo árabe de califas y princesas, hasta los rudos poblados de los vikingos en Noruega. Habíamos navegado por aguas cuya furia helaría la sangre al pirata más temido y por otras en las que la calma imponía la obsesión de un fondo que albergaba toda suerte de monstruos. Habíamos recorrido las duras jornadas de camino en un oeste lleno de indios y donde siempre el séptimo de caballería hacía su aparición para salvar nuestras exiguas cabelleras:
- ¡Pasajeros a la diligencia! ¡Jía caballo!
Era nuestro grito favorito cuando, a lomos de unas piernas cansadas en tantas andaduras, se iban transformando en un brioso corcel cuyas bridas asía con toda la fuerza que podían desplegar unos brazos tan pequeños.
Aunque yo disfrutaba en las incursiones con los indios, mi abuelo saboreaba cada minuto que los dos navegábamos en los barcos vikingos sembrando el pánico en los terribles pueblos escondidos entre los fiordos, pueblos que nos atacaban e intentaban aprisionarnos y que nunca lo conseguían.
Siempre deseó ser vikingo. Yo me reía imaginándolo con ese casco adornado de cuernos que le conferiría un aspecto terrorífico. Un año para carnaval se disfrazó de Olaf el terrible. Todos nos reímos mucho al verlo de esa guisa ataviado.
Viajar fue siempre su pasión, una pasión que me transmitió desde la cuna y que acompañará hasta que emprenda mi viaje final. Esa era la razón, yo no lo podía abandonar en su último viaje. Ya que lo debía emprender solo, por lo menos, iría a despedirlo.
El cementerio estaba situado sobre una colina y desde ella se podían contemplar unas maravillosas vistas de la ciudad. La ceremonia comenzaría a las once de la mañana. Vinieron a recogerme cerca de las diez. Todos estaban apesadumbrados. Ese lugar donde nos encontrábamos no me parecía especialmente triste o desesperanzador. Recuerdo unos sillones negros de piel que, en mi corto entendimiento, me recordaban al gran sillón de orejeras desde el que vivíamos nuestras aventuras. Eso me hacía pensar que todavía se encontraba entre nosotros aunque no lo pudiera ver. Las paredes forradas de madera y sobre ellas unos cuadros con caballos que representaban la campiña inglesa. Varias mesitas bajas con lámparas y ceniceros llenaban la sala. Ligeramente apartado de la vista una especie de biombo separaba esa estancia de aquella otra dónde debía reposar, dentro del ataúd, el abuelo. No me acerqué, quizás en la ingenuidad de mi corta edad preferí recordarle tal y como era en nuestras aventuras.
Su enfermedad fue corta, pocos días después de sufrir un colapso fallecía en el “Hospital Grande” que era como lo conocíamos en la familia. Tenían que decidir cómo sería su entierro.
La familia tenía un panteón espléndido con una gran escultura de una mujer a los pies de una gran roca. Era tan bonito que la gente que acudía al cementerio se detenía a contemplar la soledad de aquella señora. Pensaron en que sus restos se depositaran allí junto con las del resto de la familia, pero yo los oí:
-¡No, al abuelo no lo podéis encerrar! Él odiaba los lugares pequeños, se ahogaba, no lo resistiría - gritaba insistentemente.
No me oían o no querían escucharme:
- Cariño, el abuelo ya no siente nada, está dormido para siempre y no se entera.
- Eso no es cierto, el abuelo no está dormido, se ha despertado a otra vida donde seguirá viajando, pero si lo encerráis no podrá hacerlo.
Ellos no lo entendían, estaban equivocados, debía ser libre.
-¡Ya sé, pensé, un entierro vikingo!
Decidí convencer a mi madre:
- No enterréis al abuelo, dejad que pueda volar- Insistía- Permitidle que se una al aire y con él siga sus viajes.
Mi madre y mi tío embargados por un dolor solo comprensible a aquellos que han perdido un ser querido, no sabían si tomar en serio o no la proposición de una niña de diez años que parecía conocer mejor que nadie al ser que les abandonaba a todos.
-¿Por qué no? Dijo el tío - Papá siempre hubiera querido ser vikingo. La incineración sería lo que él elegiría para sí si pudiera y sus cenizas las podríamos esparcir sobre el mar.
Por fin alguien comprendía. Ese era el deseo del abuelo.
A las once en punto se acercó el furgón. Cubrieron el féretro y nos encaminamos a una sala muy grande que los mayores llamaban “La Sala del Adiós”. En el centro se dispuso el ataúd rodeado de muchas flores que harían de su última travesía un viaje más agradable. Una música comenzó a sonar imponiéndose a los lamentos que anidaban en el corazón de los presentes. Una señora dijo unas breves palabras y se rezó una oración.
Todos estaban tristes, la prima Ángela con ojos vidriosos, miraba al suelo; lentamente una lágrima tras otra se desprendía de sus ojos. Estaban equivocados, el abuelo no nos dejaba, se iba a incorporar al aire, formaría parte de él y junto a él continuaría sus viajes por todo el mundo. Yo ya no oiría sus relatos, pero en mis sueños cada noche volveríamos a ser compañeros en mil aventuras.
Se lo llevaron hacia el interior, todos desde su alma le dedicaban un último adiós. Pronto se incorporaría al aire y entonces sería él, el que con un hasta luego, nos dejara.
Siempre recuerdo a mi abuelo sentado en su sillón. El sillón con orejeras tapizado en cuero negro, ese sillón que sobreviviría al tiempo y que aún ahora, vacío, en un rincón de mi casa, me hace recordar que para vivir aventuras solo se necesita un sillón.
PASEOS DEL OLVIDO

¿Quién no ha recorrido, a su pesar, alguna vez los paseos del olvido, esos por los que nunca quiso pasear?
¿Quién, con los ojos humedecidos de nostalgia, no ha vuelto a aquellos caminos perdidos de sentimientos donde la niebla lo diluye todo, dando un aspecto fantasmagórico a un pasado revivido a través del recuerdo que se quiere olvidar?
¿Quién no se ha sentado en un banco del paseo, mientras las hojas del tiempo caen marchitas de los árboles, a esperar que las mariposas de tiempos más fecundos alegren con sus colores de amor días de vacío que no puedes ahuyentar?
¿Quién no ha sentido la brisa acariciar su rostro, haciéndole sentir vivo cuando lo único que le ata a la realidad es esa misma brisa que le recuerda que aún sigue prisionero de si mismo sin poder escapar?
¿Quién no ha sentido la necesidad de hacerse árbol en el paseo del olvido y, dejar de sentir, dejar de sufrir, dejar de ser, abandonar?
¿Quién no ha soñado y quién no ha llorado bajo la sombra del recuerdo que atenuando la luz de la realidad, le dibujaba un futuro más anhelado, suspirando por un imposible que inexorablemente quedó atrás?
¿Quién no ha leído un poema sintiendo arder de nuevo la llama que devuelve a la vida un corazón mortecino que al latir quiere volver a caminar?
¿Quién no ha sentido un hormigueo en las manos cuando los ecos del recuerdo le acercan a una música que fue suya y ahora vaga entre las ramas del olvido sabiendo que en su memoria no dejará de susurrar?
¿Quién siendo uno no ha deseado dividirse para estallar en mil pedazos capaces de enamorar mil veces y así mil veces amar?
¿Quién no ha saboreado la amargura de un desengaño cuyo acíbar le recuerda una y otra vez que, aunque roto, tiene un corazón para amar?
¿Quién no desearía transportarse a través del olvido y respirar, y vivir otra época, otro amor, otra vida y volver a empezar?
¿Quién contemplando el árbol del ayer no recuerda la falta de agua en un tallo joven que, abriéndose a la vida, dejó marchitar?
¿Quién no se ha asombrado al ver junto a si, en el paseo del olvido, a aquel que como él ha envejecido sin darse cuenta que los recuerdos no calentarán su aliento marchito y lejano de un día que fue hoy pero nunca regresará?
¿Quién no se ha preguntado, al avanzar en el paseo del olvido, qué es la vejez y descubre que si tiene alguien junto a él con quien compartir, con quien caminar nunca envejece, que el corazón vive en el otro y mientras sigan adelante no se agostarán?
¿Quién no se arrepiente de no haber tendido una mano perdida, lejana, viva, lamentando que la insensibilidad del pasado ha dado paso al letargo del invierno, de la savia inerte, de la rama seca que no volverá a acariciar?
¿A quién no se le escapa una sonrisa ante la mirada de un niño que empieza a volar siguiendo el camino que un día dejaste tú atrás?
¿Quién no ha imaginado otra vida, otros caminos, otras emociones, sin saber que todos los caminos te llevan al mismo final?
¿Quién no esconde un te quiero que nunca pronunció y que, en este paseo, aflora en un suspiro que la garganta ahoga para nunca exhalar?
¿Quién no se arrepiente por hacer oídos sordos a palabras que no se pronunciaron pero al sentirlas, se dejaron escapar?
¿Quién no quisiera desandar el camino, tomar la vereda que dejó atrás, arriesgarse de nuevo aunque se vuelva a errar?
¿Quién no desearía, al final del paseo, recordar que ya ha estado y no volver jamás?
¿Quién, viviendo vidas prestadas, al entrar en el olvido no recuerda que nunca vivió ni lo hará?
¿Quién no quiso pintar un cuadro, escribir un poema, admirar una flor, oler la fragancia del día, oír el murmullo de una ola, aspirar el aroma de un alma enamorada... y se olvidó olvidar?
¿Quién no ha encerrado alguna vez su corazón prohibiéndole latir, torturando los sentimientos, dejándole morir, sin saber que cuando atenazas el corazón nada puede ya brotar?
¿Quién no entró en el paseo del olvido, oyó el rumor del viento ululando entre las ramas trayendo al presente palabras del ayer, admiró la tenue luz de la alborada que se filtraba a través de sus copas esparciendo recuerdos lejanos que insisten en volver; se embriagó con el aroma de un tiempo pasado y pensó debo partir para no regresar?
¿Quién no ha cerrado los ojos para soñar sólo un instante y al abrirlos se da cuenta que los sueños se los lleva el viento volando con el polen de las flores que no abrirán jamás?
¿Y Quién en el paseo del olvido no ha soñado con un sol que devuelva la savia a las ramas marchitas y reverdezcan, y sientan el milagro de una nueva vida, y puedan decir adiós al olvido y al paseo y a los aromas del ayer dando paso a nuevos aromas, a nuevas flores, a nuevos rayos tamizados sobre el corazón y así vivir de nuevo danzando alrededor de los sentimientos que se vuelven a añorar?
¿Quién no ha recorrido, a su pesar, alguna vez los paseos del olvido, esos por los que nunca quiso pasear?






