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CERRADO POR CURSO


Voy a empezar un curso de esos de casi 500 horas por las mañanas y luego el curro por las tardes, casi no tendré tiempo de escribir y prontito, al final de julio, tomaré vacaciones. Espero poder irme a la playita unas semanas. Robo unos minutos para deciros que encuanto pueda volveré a trazar lineas con letras,pero siempre que pueda, visitaré vuestras casas y me deleitaré con vuestros relatos. A lo mejor puedo hacer alguna escapada y volver a dibujar un paisaje o un retrato. Mientras, os deseo un buen veranito y hasta pronto.
Saluditos y besitos mil.
 
PAISAJE 3


Mis ojos de niña se abrían, expectantes, ante la visión de la inmensidad azul que se fundía con un cielo que parecía el infinito traído a mis pies. Algeciras, la playa del Rinconcillo, la casa de mi padre. Era la primera vez que veía el mar y quise correr hacia él, fundirme con él, abrazarlo y abrazarme fundirme con una nueva visión que nacía en aquel verano de hace tantos años que casi ni me acuerdo. La memoria, perezosa en su camino de vuelta apenas quiere regalarme con el recuerdo de días de felicidad, de castillos de arena y de caracolas que corrían hacia mares que se alejaban de sus dominios fronterizos. Una vasta extensión de arena, unos pocos veraneantes y una muchacha rubia, que paseaba su cabellera perfectamente alineada con la mar calma, como la espuma de las olas al romper, cuyo pie tropieza con un cristal abandonado y se abre en una fontana de vida roja que se escapa entre los granos de arena mientras su rostro se va tornando pálido y abandona el tinte bronceado que su piel lucía transformándose en blanquecino de dolor. Recuerdo los pasos firmes de mi padre que corre en su auxilio y se la lleva de la playa. Cuando regresa, para mí es un héroe, ha salvado el pie de la chica y si no hubiese sido por él quizás lo hubiera perdido. Mi mente corría más veloz que la sangre que desbordaba su piel y yo veía al cirujano con una sierra oxidada seccionando el pie de la muchacha de cabellos de espuma de mar. Recuerdo a mi abuelo que cada día se despedía de mi hermana y de mí cuando se introducía en el agua y nadaba despacito, con suavidad, con la marcha de un anciano que parece no avanzar pero no se detiene, hacia otras tierras, hacia Gibraltar decía, o hacia Marruecos, para comprar un tabaco que nunca fumaría porque él no fumaba. Y nosotras, en la orilla, con la cabeza cubierta por un gorrito que mi madre se empeñaba en ponernos, agitando pañuelos imaginarios, despidiéndonos del abuelo y deseándole buen viaje. Y esas tardes en un bar de playa con gentes que parecían familiares y me alzaban por el aire en vuelos de gaviotas etéreos, o las cartas que se arrastraban y se envidaban y yo creía que se marchaban porque las enviaban a otros lugares, y voces y olor a tabaco y a aguardiente. Recuerdos de una niñez que me mostró por primera vez la mar en un lugar donde el mar moría y el océano nacía.
 
PAISAJE 2


Oréganos en flor, castaños en sazón, nogales con nueces tiernas, grandes barrancos y siempre la casa de María con su gran terrao. Los colores del verano se entretienen en las faldas de las montañas. El aire de la sierra debe penetrar en los pulmones marchitos de mi hermana y emigramos un mes mi madre mi hermana y yo a las cumbres más altas de Granada. Capileira nos acoge cuando el turismo casi ni se ha inventado, no para estos parajes que salvajes brotan por doquier. Mis ojos siguen con pocos años y todo me parece enorme. Árboles inmensos con sombras redondeadas que dan cobijo a familias enteras. Campos de hierbas que huelen a niñez, a fresco, a eterno. Nogales que se plantan para que la niña recién nacida tenga sus muebles de dote. paños oscuros que cubren cabezas sudorosas, manos ajadas, rostros surcados por mil arrugas. Moras, tarros enteros llenos de moras que saboreamos con la ilusión de niñas que nos llenan de caramelos. El sonido de un riachuelo, los grandes paseos al atardecer que, puede que no fueran más de unos pocos cientos de metros pero que, para nuestras cortas piernecitas parecían kilómetros . Y siempre presente aquella noche de tormenta, el rayo en la plaza, los terraos chorreando agua, las cacerolas de porcelana tintineando en una melodía infernal, el cielo cayéndose a pedazos y mi madre diciendo que no pasaba nada, que la casa quería componer una sinfonía y estaba ensayando. -Es que no podemos dormir con el ruido- dije.- Si no te duermes, la casa se enfadará y el sonido será terrorífico.
Cualquiera enfadaba más a la casa. De vuelta a una cama inmensa, donde mi hermana dormía, y con el tintineo del agua al caer, conseguí dominar mis miedos y arrojarme a los brazos de quien hoy llamo Morfeo y que antes no tenía nombre.
Aspiro una nueva bocanada de aire y María, siempre de luto, nos conduce por una vereda imposible hacia su cortijo. Mi madre y María delante, nosotras somos demasiado pequeñas para ir andando y nos colocan en los serones de una burra que renquea al andar. La hija de María atrás, arreando a la pobre burra, el barranco de Poqueira a la izquierda y una pared a la derecha, cuatro años que creímos que serían los últimos que disfrutaríamos. ¡Arre bu...! era el grito de ella y la mano imprimía ágil un movimiento a la vara que le indicaba el camino a la burra coja. - Es que hay que darle para que no se pare-decía.
-Por favor, no le pegues más que nos vamos a caer.
Aquel viaje sólo quedó presente en mi memoria como el día en que casi me despeño con la burra coja. Si alguna vez tuve aficiones de amazona se borraron en esa jornada.
Volvemos a los prados de las cumbres, llenamos los sacos de orégano para que el invierno huela a alpujarra, el frío se va desparramando por las cumbres y el sol calienta sólo las horas centrales del día. Las rebecas por la tarde y mantas con olor a rancio por la noche. Mi padre viene con un taxi a por nosotros, el verano acaba en la cumbre pero comienza en la playa, aunque ese es otro paisaje.
 
PAISAJE 1


Con ojos de pocos años me asomaba a los barrotes de un balcón con vistas a una vida que ni sabía que vivía. Los gatos recorrían majestuosos el tejado de la casa de la bruja. La bruja vivía enfrente rodeada de gatos. Era oronda, inmensa en carnes y quizás hoy, si la viera, pensaría que era inmensa de ternura, pero con esos pocos años, los gatos me asustaban, los veía saltar endemoniados de un tejado a otro con el pelo erizado y los ojos desorbitados y donde hoy veo un animal majestuoso, antes veía demonios embotellados en cuerpos de felinos y donde hoy vería amor antes veía maldad. Los gatos marcaban el territorio y entre teja y teja su olor penetrante impedían acercarse a las otras fieras que la noche traía cerca de mi ventana. Nunca supe cómo pude llegar a sentir por los animales algún sentimiento diferente del pánico. En las noches de verano cuando las ventanas daban paso al aire refrescante de la sierra, los murciélagos acechaban entre sombras cazando los sueños maravillosos que los cuentos de mi padre me traían. En las tardes de estío, cuando jugaba en la azotea, montada en mi triciclo rojo como el sol del atardecer, los pájaros recorrían el cielo desde la torre de la catedral hasta la del monasterio de los Jerónimos en un vuelo rasante que cortaba el viento que me henchía los pulmones llenándolos de vida. Los mosquitos asaeteaban mi tersa piel de bebé rollizo dejando sus huellas en mis bracitos que querían tan sólo abrazar. Mi guerra con los animales, casi siempre imaginaria, tuvo un final que ignoro pero cuando, al crecer, le dije a mis padres que quería estudiar biología se sorprendieron de mi decisión. He avanzado tanto en el tiempo que apenas recuerdo los barrotes que bordeaban la terraza con vistas a unas torres bermejas, a una campana solitaria que tañe con orgullo desde su torre inmensa que anuncia las maravillas que le precede, con vistas a una sierra eterna con nieves perpetuas y a unos tejados que delimitan la única vida que conozco y que quiero, la vida de mi niñez cuando tenía una terraza con vistas.
 
SOMBRAS


Qué es una sombra si no lo imagen sin color de ti mismo. Mi sombra se ha adueñado de mí. No puedo alumbrar como antaño lo hacía. El brillo se ha apagado, ha estallado en mil colores que han corrido a refugiarse en otros cuerpos, en aquellos a los que antes daba luz. Hastiado de dudas, de penas ajenas, de dolor de otros, la carga que he soportado me ha vencido y, hecho añicos, intento recomponer un pequeño haz que me sirva de guía a mis pasos ciegos, que me oriente de nuevo en ese camino que tantas veces he alumbrado a otros y ahora permanece oscuro para mí. Ellos debieron pensarlo antes. Yo no podía con la carga de tantos. Yo era como ellos pero me veían más fuerte y volcaban sobre mí sus frustraciones. Ellos se sentían aliviados, pero mi carga se iba incrementando en cada encuentro, y ellos, sin piedad, desnudaban su alma, se vaciaban y ese cargamento de vida lo recogía yo. No se podía diluir y me pesaba, me pesaba cada día más, cada hora más, cada minuto más. No lo veían, no sentían mi caminar torpe, mi avance lento, ellos se volvían livianos y corrían hacia su suerte. Yo cargaba con sus pesadillas y apenas podía avanzar. Hoy he estallado y no he tenido a nadie a mi lado que recogiese los pedacitos. La luz, que otrora alumbrara caminos, ha alcanzado la intensidad del infinito y su carga de miserias, de desdichas, de infelicidades ajenas, la ha elevado en un cielo oscuro, iluminándolo por última vez antes de saltar en mil pedazos de dolor que se extinguía como la chispa que lo provocó. Ahora me siento volátil, etéreo, sutil, pero no soy yo, no estoy yo y quiero recomponerme. Quiero volver a alumbrar aunque sepa que, al final, de nuevo, tendré que estallar.