logotipo

img_google
Todowhite
Relatos, cuentos novelas... todo lo que el genio literario permita.
Pornografía Infantil NO
Sindicación
 
UNA SONRISA PARA MI HIJA

Hoy, al llegar a casa, cansada, tal vez aburrida de la monotonía de otro día más, pensando que el mañana traerá más de lo mismo, rutina, agobios, desilusión; cuando las esperanzas se alejan, cuando el horizonte se desdibuja, me encuentro un sobre en mi cama y un regalo. Mi hija, pensé.
Hoy, de repente, sin yo esperarlo, se ha convertido en un día diferente. Las lágrimas querían inundar mis ojos pero tú has frenado el desbordamiento.
-No llores que si lloras, lloro yo-me dices.
-No lloro, no, sonrío aunque se humedezcan los ojos.
Y es que ella es así, con un corazón capaz de curar cualquier herida, con una sonrisa que es bálsamo de todos los pesares, con unos detalles que me alegran el alma aunque humedezcan mis ojos.

Hace unos días íbamos juntas por la calle y me quedé, por un instante, fija en el escaparate de una librería. Entramos y le leí el comienzo de una novela. Un buen comienzo, digno del gran escritor que prestó su mano para recogerlo en un manuscrito:

"Nadó ciento cincuenta brazadas mar adentro y otras tantas de regreso, como cada mañana, hasta que sintió bajo los pies los guijarros de la orilla"

Viste mi cara, sé que mientras las palabras se tornaban sonidos y los sonidos imágenes, mi rostro se iluminaba, pero esta vez no podía ser. Quizás fuese abril el que traería el siguiente párrafo, o mayo pero ese día me conformaba con el inicio.

Pero no, aún estamos en marzo y hoy me has regalado una sonrisa, un comienzo de una historia, y la eterna creencia de que siempre, siempre seré la madre más orgullosa del mundo, eso dirán todas y todas tendrán razón, pero tú que ves a través de mí, que lees en mi yo más íntimo, que cuando mi semblante se entristece me dejas una flor en la almohada, que cuando una pena me ahoga me consuelas con una caricia en la mejilla y un beso en el alma, que cuando la tristeza aguijonea tanto como las espinas de las rosas siempre me cubres con tu manto cálido de amor para evitar que me hiera más y hoy que era un día sin más, un día que iba a morir en el olvido como tantos otros, lo conviertes en este otro día que comienza con alguien que nada, como yo, cada mañana. No sé cómo seguirá la historia pero sí sé que mi historia hoy es más feliz gracias a ti.

Un beso preciosa.
 
CANTO TRISTE DEL MIRLO V
Cuando era tierno, cuando me rodeaba con sus brazos y me sentía segura, cuando amanecíamos juntos, abrazados, sonrientes, cuando olvidaba mis miedos, era feliz, sí, lo era. No me engañaba, ese era el hombre que había elegido, ese era el hombre que acariciaba mi rostro cuando se despedía de mí en el portal de mi casa. Ese era el hombre que me frotaba las manos para hacerlas entrar en calor, ese era el hombre con el que soñaba pasar el resto de mi vida.
Su cuerpo se balanceaba de atrás hacia delante con cada recuerdo. Hubo noches en las que olvidaba que mi vida era un infierno, noches en las que me sentía mujer, su mujer, noches en las que el peso del vacío de un útero yermo se hacía liviano y desaparecía. Hubo noches de calor, de luz, de fuego que atravesaba nuestros cuerpos, de caricias que templaban nuestra alma, de caminos recorridos al mismo paso, noches de esperanzas y olvidos.
Siento el olor de esas noches en mi piel, siento el sabor de su boca en mi recuerdo, el tacto de sus dedos aún recorren mi piel erizando mi deseo. A pesar de todo, aún soy capaz de verlo como una persona. Fueron cinco años y nada se ha borrado de mi memoria, ni siquiera los momentos buenos. El dolor sigue presente, las vejaciones, el llanto, sus ausencias, mis torpezas, la incertidumbre del siguiente golpe, todo renace en este lugar del que creí escapar y, a pesar de todo, aún puedo ver su lado humano.
 
CANTO TRISTE DEL MIRLO IV
No se atrevía a decir que la muñeca le iba a estallar por la presión de sus manos, ni que el pie se le había torcido queriendo seguir su paso. La arrojó sobre la cama. La respiración de él se aceleraba, el pecho subía y bajaba al ritmo de su deseo. Le arrancó los botones a la blusa, luego le echaría en cara lo descuidada que era con la ropa. Se bajó los pantalones con una mano mientras con la otra manoseaba sus senos. Le pasaba la lengua por la cara, le mordía los labios y se relamía con la gota de sangre que resbalaba por la comisura manchada de carmín corrido. Se veía a si mismo como un jinete a lomos de una yegua sin domar, le excitaba la tensión que sentía bajo sus piernas, su miedo. Sus propios jadeos le alentaban en la doma, ya quedaba poco para que cediese y se sometiera a su fuerza y saber hacer. La penetraba sin que ella hubiese lubricado, los desgarros en la vagina provocaron un pequeño sangrado y él se excitaba más suponiendo ahora que la estaba desvirgando de nuevo, una virgen, una doncella entera para su placer. Se salió de ella. El chirrido de la cama se detuvo. Pensó que era el fin de su dolor, pero su dolor no conocía fin. Se irguió, la agarró con fuerza del pelo y la obligó a colocarse a los pies de la cama, a asirse a los barrotes de níquel dorado y a doblar ligeramente la columna. Le apetecía horadar el hueco prohibido, soñar con amores reprimidos. Ella se convertía en un efebo y él sería su Apolo. Se volvió a vaciar en ese cuerpo maltrecho. Dolorida, arrastrada, destruida una vez más suplicaba, anhelaba el fin de esa tortura.
-¡Perra! Me has provocado. ¿Cómo me has hecho caer en tu juego? ¡Sucia! ¡Vil! ¡Degenerada! ¿Nunca aprenderás a respetarme? Bien sabe Dios que es la única manera de que aprendas. Yo soy macho no maricón, ¿cómo has sido capaz de seducirme en contra de mi esencia?
No sabía qué le dolía más si los golpes, la humillación de poseerla por detrás o el haberle irritado tanto después de que él volviera a la casa rebosante de amor y deseo. Cada perla se convertía en una lágrima y cada lágrima en un nuevo tormento.
A todo se acostumbra uno, a los golpes también, ya no le dolían tanto, el umbral del dolor aumentaba con cada nueva paliza, con cada nuevo arrepentimiento, con cada nuevo regalo y con cada nuevo desprecio.


 
Y AHORA QUÉ

Y ahora qué. Ya no sé cómo seguir, ni siquiera sé si quiero seguir. Has oído tantas veces de mi boca un adiós que crees que nunca me marcharé. Te pedía tan poco, unas migajas, una sonrisa, una palabra y siempre me dabas largas. Estabas tan seguro, estás tan seguro que ni te preocupas en disimular. ¿Para qué me quieres a tu lado si te olvidaste de querer, para qué me ilusionas con golosinas de colores, para qué dibujas tu sonrisa de fresa si sabes que ya sólo veo en blanco y negro y los sabores saben amargos mezclados con lágrimas.
La bruma me envuelve en un manto de melancolía infinita. Y yo qué, a qué espero para romper con tus certezas, para borrar la infalibilidad de tus convicciones, para ti no hay evidencias que certifiquen mi marcha, siempre me has persuadido y lo peor de todo es que yo quería ser, una vez más, seducida por tu palabra.
Ya no puedo más. He dejado de ser perro ladrador, no sé morder pero puedo alejarme en silencio. Silenciar tu voz, amordazar mis sentidos y negarte.
¿Quiero alejarme? ¿Seré capaz de romper el cordón que nos une? ¿Aún nos une? Quizás sea yo la que sostenga los extremos y tú saltas a la comba con mis amarguras. Estoy cansada, quizás me eche a dormir para no despertar jamás, quizás…

 
NECESITO PAZ
Necesito paz, ¿es que no lo entiendes? Necesito respirar hondo y que los pulmones no me devuelvan la acidez de tu olvido, que la sangre fluya como agua que corre en los ríos silentes. Necesito sentir que no siento, paz, silencio, silencio en mi herido corazón. No quiero que se abran las heridas y mane de nuevo la sangre que malgasté amándote. Dilapidé sentimientos, extravié razones, disipé la mente que se tornó en corazón sangrante. Te había arrinconado en el recuerdo, no te pude olvidar, sabes que no te olvidé ni nunca seré capaz de hacerlo, pero un manto de tierra yerma yacía sobre tu memoria y ahora tú me devuelves el olvido sin olvidar, tú renaces de esa tierra yerma que te cubría. Me buscas en mi rinconcito, tras mi escudo protector y me escondo, me escondo en mí misma, me escondo porque me da miedo devolverte la sonrisa, me da miedo devolverte la palabra, me da miedo devolverte el corazón que, hecho trizas, arrojaste al barranco del desprecio, me da miedo mirarte porque tus ojos embaucadores me cautivarían de nuevo en un embrujo del que no podría escapar. Déjame en paz, por favor no me busques porque para respirar necesito paz.
 
CANTO TRISTE DEL MIRLO (III)
Su padre pisó por primera vez aquella casa una tarde lánguida de verano. La quietud respiraba a través de los cantos tristes de los mirlos que, enredados en su letargo, desgranaban lamentos en la letanía de su trinar. La fragancia de las flores se escapaba de las corolas para envolver el atardecer de relajantes aromas, bálsamos para espíritus dolientes. Una suave brisa mecía el horizonte. Quietud, tiempo, templanza, equilibrio, paz…
Le resultaba tan extraño traspasar el quicio, no era sólo una puerta, era su propia moralidad la que se caía como un castillo de naipes. Tras la cancela estaba lo único que le quedaba de su familia, delante sólo prejuicios. Alargó la mano temblando, haciendo un esfuerzo que nunca creyó poder superar. “A mi familia con razón o sin ella” le oía cuando era pequeño a su abuela. Nunca estuvo de acuerdo con esa afirmación hasta ese momento y no era la razón la que le impulsaba a llamar al timbre, era el amor el que derribaría esa puerta.
 
CANTO TRISTE DEL MIRLO (II)
Se llevó la pistola a la cara y acariciaba con ella sus mejillas. Sentía el frescor reconfortante de un objeto inerte, como ella. Su mente vagaba por unos recuerdos de los que quería huir pero que se hacían presentes en su amargura. Su vida no siempre fue sufrimiento, ¿o sí? Un fogonazo en la mente y un pellizco en el corazón le hicieron soltar la pistola y agarrarse con fuerza la muñeca. ¿Fue la primera vez que sentía la bestia aporreando su cuerpo? No. Una patada, un empujón, una caída tonta, una muñeca escayolada y un ramo de rosas. Nervios, problemas en el trabajo, excusas una vez más, que justificaban lo injustificable. Ella le quería, había sido sin querer, estaba alterado, problemas, no volvería a ocurrir, se lo había jurado, pero ahora recordaba el eco de otros juramentos, el aroma de otras rosas, rosas que embarraban sentimientos malditos, rosas que sólo tenían espinas, rosas que odiaba tanto como los golpes porque los dos venían siempre de la misma mano. Aún le pesaba la escayola, las vendas, los moratones mal disimulados en la cara y los que nunca se vieron en las costillas. Y ahora estaba ella en el comedor de su casa, las luces apagadas, el resplandor de las farolas amarillentas entrando por las rendijas de las persianas de madera, sola, abandonada de sí misma y viviendo de nuevo ese pasado que quería olvidar. Aunque lo hubiese olvidado ese no fue el principio, fue un principio después de otros finales.
A través de las rendijas sentía la sombra oscura del ángel vengador que nunca terminaba de alzar el vuelo desde la torre de la catedral, su espada en alto amenazaba con los castigos más aterradores que pudiera imaginar, pero qué más aterrador que su propia vida.
 
CANTO TRISTE DEL MIRLO (I)
Los dedos tamborileaban insistentemente sobre la culata. La voz del poeta se diluía en el ambiente cargado de pesares que envolvía el vacío que sentía Rosalía:

“¿Cómo hacerte saber que siempre hay tiempo?
Que uno tiene que buscarlo y dárselo…
Que nadie establece normas, salvo la vida…


-Que nadie establece las normas salvo la vida, que nadie establece las normas salvo la vida…-repetía como un autómata programado, rayado de tanto uso.
La cabeza, acompañando el movimiento insistente de los dedos, negaba una y otra vez. La voz del poeta se licuaba en la ausencia del recuerdo. Aquellos versos oídos por primera vez de la boca de su hermana que acariciaba su rostro magullado por la ira del que le juró amarla y protegerla hasta que la muerte los separase. ¿Y dónde estaba la muerte que asomaba su rostro y escondía sus manos? ¿Dónde estaba la muerte cuando ella le imploraba con el silencio de sus gritos sordos que la llevase con ella? ¿Dónde estaba la muerte cuando le suplicaba compartir un camino sin retorno, sin más piedras que las que ella ya llevaba tatuadas en la piel?
La cabeza seguía negando y el nácar de la culata entonaba una melodía difusa al son de la caricia del movimiento monótono de unos dedos quebrados por su ausencia.

Que no está prohibido amar…
Que también se puede odiar…


-Se puede odiar, se puede amar, se puede odiar, se puede odiar, odiar, odiar…Odiar mi cuerpo, odiar esta vida que establece mi sufrimiento, mi camino de espinas, demasiadas heridas que curar, no tengo fuerzas, no quiero tenerlas-los dedos continuaban tamborileando- No tiene sentido. ¡Sería tan fácil! Estoy sola, sola, sola-cogió la pistola entre sus dedos y la olió. No olía a nada, era un objeto aséptico, frío, inerte, lejano…